viernes, 21 de noviembre de 2008

Conversación, poco sueño y muchos sueños. [Inédito]

"Soy maestra y doy clase en la ESO por lo que mi horario está lleno de Cármenes y de Juanes.

Intento enseñarles inglés mientras que ellos y ellas me enseñan a mí a ser más persona. A veces también hago mis pinitos y me pongo a intentar enseñarles valores, cosa mucho más difícil, por cierto.

Coincido contigo en que les cojo cariño. Llevo ya 20 años cogiéndoles cariño y no puedo evitarlo.

En esta semana me han acusado de dos cosas: en la primera unos compañeros/os con plaza definitiva en el centro me han acusado de poner mucha energía en el centro para ganar méritos y así poder mantener la comisión de servicios que me mantiene más cerca de mi casa. Otro compañero me ha confesado que él cree que yo me “superimplico” porque lo necesito.

Arrastro estas dos acusaciones con algo de dolor. La orientadora me ha dicho que no me preocupe que lo estoy haciendo bien. No me ha convencido. Yo creo que me ha aplicado la teoría del refuerzo positivo y a pesar de que a ella también la quiero mucho, tengo mis dudas.

Cuando el lunes vuelva a encontrarme con la Carmen o con el Juan tendré que estar convencida de algo. ¿Puedes ayudarme, profesor Cuyami? Por favor."


No. No puedo ayudarte. Esta es la primera vez que escribo un texto ex profeso para este blog. Jamás lo hice, porque jamás nadie me pidió que lo hiciera. No puedo ayudarte porque esta profesión no tiene certezas, porque nos guía la fe, una lumbre en mitad de una oscuridad demoledora. Y sin embargo... la luz la portamos nosotros. El día que pierdas el "vértigo creativo" estaremos perdidos. Plenamente. Quema tanto, duele tanto, porque es importante... Si te arriesgas a sentirte profesor, estás condenado a una incadescencia perenne, duele la sed. No puedo ayudarte, no puedes escapar de ti misma: sufres por amor. Esa espina, esa ira, la rabia de sentir la obra inacabada... eso se llama amor. AMOR con mayúsculas. Eso no tiene cura.

Esta mañana organizamos en el centro un casting para un grupo de teatro. Colocamos en la puerta del departamento un folio que ponía "el casting será hoy. Espere su turno". Tres profesores se colocaron en una mesa amplia. Dispusimos en tres pequeñas cartulinas los nombres de estos. Hacían cola en el pasillo y repasaban una hoja con un monólogo que debían declamar. En prepararlo todo tardamos diez minutos. Todos los chicos serán admitidos. Y sin embargo... surgió la magia. Con tres cartulinas y un folio creamos poesía, magia, literatura: cambiamos la vida de gente sencilla, que toda la vida recordarán una espera de diez minutos en un pasillo para llegar a ser actores. No tiene importancia, y la tiene. Esa es la magia de esto: crear magia, con cuatro detalles, hacer un destello, dotar de magia las vidas de los demás. Hacer, repartir, sembrar de esperanza este mundo tan jodido. Por una sonrisa, de rodillas, de cara al peligro. Sin miedo a nada, por tenerle miedo a todo.

Bla, bla, bla. No sé explicarlo. He dormido quince horas en cuatro días por trabajar demasiado. Eso sí, me pillas hoy entusiasmado porque he dormido quince horas en cuatro días por trabajar demasiado. Cuando sale todo mal, es una putada. Lo admito. ¡He perdido tantas veces! No puedo ayudarte, pero sí puedo pedirte que recuerdes las estrellas que has sembrado a lo largo de tu trayectoria profesional: ellas te alumbrarán dentro de esta oscuridad desoladora, y si las recuerdas con toda tu fuerza, estoy seguro de que comenzarás a llorar antes de terminar de leer estas palabras. Por ellos y por amor. Tus alumnos, los hijos de estos, tu fuerza y tu voz son ya inmortales, resuenan y resonarán siempre.

Cuelga este texto en tu taquilla. Repásalo de vez en cuando. Recibe mi sonrisa.

"Gracias, profesor Cuyami, por tu respuesta. Cada viernes necesito ese empujoncito que me avive la sonrisa para el siguiente lunes. Comparto tus palabras, me apoyo en ellas y en otras muchas que así llego más lejos.

Tu artículo del otro día, tus comentarios de la Carmen, me parecían incompletos. La Carmen tira la mesa y saca pecho, ¿Y qué? ¿Cómo sigue la historia? ¿Como siempre represión, represión, represión o hay más?

Les hay que dicen: “Yo quiero para mis hijos e hijas un centro limpio de Cármenes, que retrasan el aprendizaje del resto y yo deseo un futuro brillante para los míos”. No saben lo que se pierden. Claro, en pequeñas dosis. Lo malo es cuando el centro concertado, ese muy alto y muy grande que está cerca del mío, recomienda a todo alumnado algo esquivo que busque en la pública el apoyo psicológico que necesita. Y vienen una, dos, tres personas ... con fracaso escolar, inadaptación, conductas disruptivas, trastornos de no sé qué y de no se cuántos.

Yo necesitaba que tú me confirmaras que gente como tu Carmen y mi Juan, con todo lo que llevan a cuestas, vienen al instituto con la esperanza y el deseo interior (probablemente desconocido incluso para ellos y ellas) de que alguien les mire a los ojos sin rencor, sin resentimiento. Vienen al insituto pero sin cruzar del todo la barrera; ellos tampoco quieren que se las sigan dando “de frente”. Por precaución incordian, desconfían, agreden antes de ser agredidos, retan ... Es su modo de ser personas supervivientes. Probablemente un día descubrieron que tenían el corazón demasiado blandito y decidieron reforzarlo con doble chapa."

miércoles, 19 de noviembre de 2008

La Carmen y la lluvia

Esta es la historia de una frase: “si hago eso, ellos ganan”. Para comprender qué hay detrás de esa afirmación he de dar un pequeño rodeo y comenzar por el principio. Os pido disculpas y una pausa. Pensad.


La Carmen tiene los ojos surcados por el maquillaje siempre; se pinta de guerra con una línea gruesa y negra. Posee una cadena que nunca se quita. Colecciona oros. Los bastos, los reparte su padre cuando bebe más de una copa. Algún corazón ha roto ya con su espada: una palabra aguda, unas reacciones bruscas, un tono de voz marcado y pausado, que dilata cualquier pausa, que crispa, tensa y anima. Ella es las circunstancias. Dijo Ortega que todos somos “nosotros mismos y nuestras circunstancias”. Ella es circunstancia para todos. Cuando quiere, no hay clase. Patalea, grita, arremete contra los que la insultan y devuelve salivazos a cambio de una mala mirada. Cuentan que se dice que la leyenda narra que posee una navaja y que no teme sacarla. La temo y la adoro. Admito que me gusta que sus fines de semana duren cuatro días. Llegan las ocho y media de la mañana de un martes y, con frecuencia, no se toma ni siquiera la molestia de entrar en el aula. “¿Para qué? Si el profesor me va a echar de todas formas, aprovecho y así gano tiempo”. Se va directamente a la sala de expulsados, toma un cuaderno y pinta escaleras y botas de tacón alto. Jamás sus boas devoran elefantes.


Un buen día tomó su mochila y la arrojó sobre el escritorio del Jefe de Estudios. “¡Yo me voy de aquí! ¡Me tienen manía!”. Conste que es cierto. El Jefe lo sabe y yo también. La miró, por tanto, y le preguntó sus motivos. “Los profesores me odian, los compañeros me desprecian… ¡y aquí no me habéis enseñado ni a leer! ¡Esto es una mierda de instituto porque no sé sumar, ni restar, ni multiplicar! ¡No he aprendido nada, joder!”. Permítaseme las palabras malsonantes. Reproduzco y cito, no narro: no quiero darle cierto toque de Casa de la Pradera, porque no lo hay por ninguna parte. Imaginen el gesto. ¿Qué respondes? Cinismo, lo justo. ¡Deseamos que se vaya! ¡Cómo no! Somos trabajadores. ¿Qué limpiador desea vivir perennemente un primero de enero? A veces el camino fácil no es tan malo.


Charlamos. Con la base que tiene, no la aceptarán en el instituto más cercano sin un motivo serio. En efecto, no le hemos enseñado a leer ni a escribir y para que migre antes debe aprender lo básico. La orientadora se sienta con nosotros. Toma una hoja de papel. Yo tomo café. Consejo de guerra. Penamos que sería bueno que durante cuatro meses la dotemos de ciertos mecanismos básicos: algo de aritmética, mucho dictado, reglas de conducta, pensamiento lógico… “La lluvia en Sevilla es una pura maravilla”, y tendremos una doncella, una princesita capaz de engañar a cualquiera. Nos reímos de mi ocurrencia, pero admito que no tiene ni pajolera gracia. Estamos tensos porque de tanto que nos hemos peleado con ella, y contra ella, le tenemos bastante aprecio a la Carmen.


Como tutor, me toca acercarme. La saco de clase. Empuja la mesa antes de salir. Cae. Los demás ríen. Se convulsiona el mundo en un segundo y el profesor que trataba de explicar, maldice mi gracia: le he formado un motín. Parece decirme con la mirada que no la devuelva al aula antes de que toque la campana. La siento en mi despacho. Le cuento el plan. Específico. Le digo que podrá irse, que aprenderá algo antes y que tendrá un profesor para ella sola. Todos tendremos lo que queremos, claro. Y ella lo sabe. Afila sus uñas sobre mi escritorio y me cala como lluvia de noviembre (que ni siquiera en Sevilla es maravillosa, aunque eso no se lo explicaran a My fair lady). “Si lo hago, ellos ganan”. “No aceptaré, aunque me convenga. De mí se espera otra cosa. Mis compañeros esperan otra cosa de la Carmen y no puedo traicionarlos. Si me rindo, los profesores ganan. Y no se lo merecen. No me habéis tratado bien”.

martes, 11 de noviembre de 2008

Pecés y pelis de terror

Como legisladores no se ganan la vida, pero escogiendo nombres tronchantes sí son unos fenómenos. No me parece casual que llamaran “eso” al sistema educativo más amorfo de la historia y, por tanto, no puede ser fortuito tampoco que los institutos con ordenadores en sus aulas sean un “tic” de nuestros fabulosos librepensadores que de tanto dejar fluir el flujo incontrolable de sus conciencias, varan más allá de los cerros de Úbeda. De allí, precisamente, es una amiga que me cuenta que su centro, de Primaria, continúa con las mesas listas para que se coloquen los ordenadores y que Sus Majestades no se apresuran a realizar la entrega que llevan dos años aguardando. Dicho lo cual, y tras entrelazar una encuesta con esta idea previa, descubro que casi siempre, en la primaria, el ordenador es un juego, solo eso. Si realizan bien los deberes, se les conceden diez minutos de ciber asueto (en días previos a las notas, cuatro horas). Una constante es. En ciertos cursos de cuarto de ESO, muchos compañeros siguen tomando los ordenadores para el mismo fin: no tienen una finalidad educativa, porque eso requiere de una preparación previa que nadie hace, son un premio o, meramente, una distracción para que el ganado no moleste, mientras ellos corrigen exámenes.

Vayamos por partes. Los centros TIC son institutos modernísimos que, siguiendo los pasos de la Bauhaus, son concebidos de manera inteligente, con ordenadores en todas sus aulas y un montón de cartelitos que indican que lo son. El objetivo era que los chicos fueran suprimiendo poco a poco los cuadernos por pecés (?), pero solo se ha conseguido aficionarlos al buscaminas y a los dos o tres jueguecitos tontos de Guadalinex. Por desgracia, en vez de computadoras instalaron tartanas que estaban obsoletas desde antes de echar a rodar. Por desgracia, poco a poco se fue agotando el crédito (de los buenos propósitos) y pasó a llamarse “tic” a institutos que solo tenían unas cuantas clases con ordenadores (o sea, todo guizque) y no los que tenían ordenadores en todas las clases. Esos centros de segunda generación también tienen en la puerta muchos cartelitos en los que se explicita que son TIC… pero no tienen tantos ordenadores como cartelitos, desgraciadamente. No obstante, casi que lo prefiero. El ordenador sobre el que escribo pierde valor por momentos. ¿Se imaginan en qué se convierte un instituto con ciento treinta ordenadores, tras cinco años? Hablamos de un cementerio informático donde ni los elefantes osan echar su siestecita final. Los monitores de las clases parecen ya la imagen mental que tengo de la tele de la casa de mi abuela. Para colmo, a los teclados les han intercambiado las letras entre sí y el otro día vi uno que, por primera vez en la historia, seguía riguroso orden alfabético, gracias al chico que dedicó una guardia entera a quitar las chapitas de las teclas y disponerlas como le vino en gana.

Sin embargo, lo peor sigue siendo la imposibilidad de mover las mesas. Sin parangón es el engorro de ver a los chicos escribiendo en un ladito de la mesa porque el monitor de la reconstrucción mental de la casa de mi abuela les robó el resto del espacio, no ofreciéndoles ninguna contraprestación a cambio. Bueno, vale: especifico. ¡No todo es tan inútil! Los centros TIC sí resultan muy beneficiosos para los que asumen el cargo de “coordinador de”. En pago a estos servicios se les entregan cinco horas sin dar clases, a la semana, cinco horas de reducción que a don Pedro le vinieron genial para ligarse a la administrativa del centro. En su misión, y no hablo de seducciones sino de trabajo, se contentó con ir contando el número de bajas y hacer una estadística sobre qué curso escacharraba más ratones (el mayor punto débil de esos robustos mamotretos que parecen sacados de la Alemania de la postguerra son los ratones: los alumnos deberían trabajar en alguna empresa de fumigación). Solo esa estadística hizo. Don Pedro nunca me aportó el dato que siempre quise saber. Intuyo, pero no lo tengo confirmado, que poseemos el récord de horas consecutivas sin que ningún profesor emplee los ordenadores como herramienta de trabajo. No me extraña. Dan cursos de dos tardes y pretenden con eso cambiarle la visión docente a gente que lleva veinte años en el gremio. Tras varios años en el ajo, lo que comenzó siendo una película de ciencia-ficción ha cambiado de género y da más miedo que Psicosis. Y de todo, lo que más susto provoca es que tantas toneladas de chatarra, tantos ordenadores que no soportan ni siquiera la última versión de Guadalinex, concebida ex profeso para tal fin, la paguen ustedes con sus dolientes impuestos.

martes, 4 de noviembre de 2008

Asperger y el Asteroide

Cambio los nombres, el resto es verídico. Estamos de excursión y todos los chicos comparten la comida salvo él. Lobato permanece con la mirada ida, dando tumbos como las piedras que arrojan contra los patos los alumnos disruptivos. Su madre tuvo la idea feliz de animarlo a venir. Ya aquí, Lobato consiguió durante las tres primeras horas pasar el mayor tiempo posible con nosotros. Los profesores, con otras necesidades comunicativas más adultas, deseosos también de ver si sería capaz de superarse, lo dejamos con verónicas (Sánchez y Martínez) y naturales (un libro de naturales repleto de manchas de bollería industrial), frente al “Toro” (apodo de Miguel Cañas). Pronto las compañeras lo abandonaron y las burlas del fornido muchacho, que se fue con ellas dos, lo devolvieron soltero y solitario a las inmediaciones del lago.

Lobato posee un síndrome que los sicólogos denominan “Asperger”, que no es demasiado semejante al autismo, aunque mucha gente tiende a confundirlos. Probablemente complete sus estudios de Secundaria y no sería raro que llegara a Bachillerato o, incluso, a la Universidad. De hecho, no es infrecuente que algunos de estos chicos introvertidos, con descomunales problemas de adaptación, lleguen más lejos que otros de una normalidad más aparente que cierta. No es tonto, todo lo contrario, pero sus alardes intelectuales están concentrados en puntos excepcionalmente concretos del saber humano. Pinta alas de mariposa, en un cuaderno de esquinas puntiagudas, y las dota de un realismo que me enternece y me asusta. Sin embargo, frecuentemente las musarañas anidan en su cabeza y no es capaz de mantenerse a este lado de la realidad: se distrae. Y cuando atiende, no oye. Percibe rumores y colores, pero no ve. No siempre, al menos. Su mente vara por otros derroteros, en mundos de elfos, dibujos animados y sucesos a un tiempo perversos y ancestrales. Pero no siempre. Otros días, parece (y es) un chico normal: copia, pregunta, siente calor y frío.

En los recreos casi siempre lo veo solo, con un libro, con las mejillas de un color cobrizo: su cabeza no se estanca jamás, pero cualquiera que lo observe sin excesivo mimo diría de él que permanece en Babia. Parece distraído, pero capta más matices que el resto y razona de forma magnífica. Creo que fue Lobato quien me hizo llegar una carta anónima, hace unos días. Lo sé porque se mostraba incoherente e imprecisa, con los mismos giros que él imprime cuando habla. Me sentí halagado, lo admito, porque fuera capaz de mostrarse de ese modo frente a mí. Reproducía de forma milimétrica palabras que yo había pronunciado en clase y las convertía en reproches: atacaba que les prohíba comer chicle, me llamaba feo, estaba ofendido porque en los cambios de clase no se puede salir del aula. Nadie hubiera podido retener mis expresiones, y reinterpretarlas, salvo él. La primera frase del texto era “desde este momento tu mente está bajo mi control”. Me decidí a guardar el secreto. Ambos tenemos ya demasiados problemas. Lo asumo como un lance digno. Eso sí, me quedé con las ganas de hablar con él del tema, de introducirme en su mundo, partir esa barrera y ver las luces que él ve, jugar con los duendes, echar carreras con las hadas y morir de mil formas espantosas. No puedo. Todos mis mecanismos restallan cuando concibo alguna idea más rara de la cuenta, a pesar de que a veces me dé por mirar a través de esa ventana.

Existen muchos chicos con este síndrome que no están diagnosticados, cuyos padres los reprenden y no logran comprender que sus adolescentes razonan de un modo diferente al del resto de especimenes de su edad. Yo siento lástima por Lobato porque su apertura al mundo será difícil, porque no conseguirá un desarrollo normal nunca, porque sus compañeros de trabajo se reirán de él, durante las horas del café… y la soledad no le viene bien. ¿Pero acaso existe otra opción para él que no sea estar solo? Los adolescentes están demasiado ocupados en entenderse a sí mismos: no dedican una porción de su tiempo a comprender también a quien más necesita ser comprendido. Todo adolescente se siente la persona más rara del Universo, todo adolescente se siente poseedor del asteroide B-612 y no mira más allá de los cascabeles de su estrella. Todos se sienten. Lobato lo es.

Asperger y el Asteroide

Cambio los nombres, el resto es verídico. Estamos de excursión y todos los chicos comparten la comida salvo él. Lobato permanece con la mirada ida, dando tumbos como las piedras que arrojan contra los patos los alumnos disruptivos. Su madre tuvo la idea feliz de animarlo a venir. Ya aquí, Lobato consiguió durante las tres primeras horas pasar el mayor tiempo posible con nosotros. Los profesores, con otras necesidades comunicativas más adultas, deseosos también de ver si sería capaz de superarse, lo dejamos con verónicas (Sánchez y Martínez) y naturales (un libro de naturales repleto de manchas de bollería industrial), frente al “Toro” (apodo de Miguel Cañas). Pronto las compañeras lo abandonaron y las burlas del fornido muchacho, que se fue con ellas dos, lo devolvieron soltero y solitario a las inmediaciones del lago.

Lobato posee un síndrome que los sicólogos denominan “Asperger”, que no es demasiado semejante al autismo, aunque mucha gente tiende a confundirlos. Probablemente complete sus estudios de Secundaria y no sería raro que llegara a Bachillerato o, incluso, a la Universidad. De hecho, no es infrecuente que algunos de estos chicos introvertidos, con descomunales problemas de adaptación, lleguen más lejos que otros de una normalidad más aparente que cierta. No es tonto, todo lo contrario, pero sus alardes intelectuales están concentrados en puntos excepcionalmente concretos del saber humano. Pinta alas de mariposa, en un cuaderno de esquinas puntiagudas, y las dota de un realismo que me enternece y me asusta. Sin embargo, frecuentemente las musarañas anidan en su cabeza y no es capaz de mantenerse a este lado de la realidad: se distrae. Y cuando atiende, no oye. Percibe rumores y colores, pero no ve. No siempre, al menos. Su mente vara por otros derroteros, en mundos de elfos, dibujos animados y sucesos a un tiempo perversos y ancestrales. Pero no siempre. Otros días, parece (y es) un chico normal: copia, pregunta, siente calor y frío.

En los recreos casi siempre lo veo solo, con un libro, con las mejillas de un color cobrizo: su cabeza no se estanca jamás, pero cualquiera que lo observe sin excesivo mimo diría de él que permanece en Babia. Parece distraído, pero capta más matices que el resto y razona de forma magnífica. Creo que fue Lobato quien me hizo llegar una carta anónima, hace unos días. Lo sé porque se mostraba incoherente e imprecisa, con los mismos giros que él imprime cuando habla. Me sentí halagado, lo admito, porque fuera capaz de mostrarse de ese modo frente a mí. Reproducía de forma milimétrica palabras que yo había pronunciado en clase y las convertía en reproches: atacaba que les prohíba comer chicle, me llamaba feo, estaba ofendido porque en los cambios de clase no se puede salir del aula. Nadie hubiera podido retener mis expresiones, y reinterpretarlas, salvo él. La primera frase del texto era “desde este momento tu mente está bajo mi control”. Me decidí a guardar el secreto. Ambos tenemos ya demasiados problemas. Lo asumo como un lance digno. Eso sí, me quedé con las ganas de hablar con él del tema, de introducirme en su mundo, partir esa barrera y ver las luces que él ve, jugar con los duendes, echar carreras con las hadas y morir de mil formas espantosas. No puedo. Todos mis mecanismos restallan cuando concibo alguna idea más rara de la cuenta, a pesar de que a veces me dé por mirar a través de esa ventana.

Existen muchos chicos con este síndrome que no están diagnosticados, cuyos padres los reprenden y no logran comprender que sus adolescentes razonan de un modo diferente al del resto de especimenes de su edad. Yo siento lástima por Lobato porque su apertura al mundo será difícil, porque no conseguirá un desarrollo normal nunca, porque sus compañeros de trabajo se reirán de él, durante las horas del café… y la soledad no le viene bien. ¿Pero acaso existe otra opción para él que no sea estar solo? Los adolescentes están demasiado ocupados en entenderse a sí mismos: no dedican una porción de su tiempo a comprender también a quien más necesita ser comprendido. Todo adolescente se siente la persona más rara del Universo, todo adolescente se siente poseedor del asteroide B-612 y no mira más allá de los cascabeles de su estrella. Todos se sienten. Lobato lo es.

martes, 28 de octubre de 2008

El De Lorean y el de Bolonia

Hay horas que no existen. Madrugada del domingo. Me propongo realizar un experimento antropológico fascinante. He optado por mantenerme despierto justo hasta ahora. Son las dos y, si todo me sale bien, cuando termine de redactar estas líneas, seguirán siendo las dos. O volverán a serlo, mejor dicho. Si consigo cumplir con el reloj, que tengo sincronizado con la Puerta del Sol de Madrid, esta página será invisible, me sentiré Michael J. Fox y habré viajado al pasado o regresado del futuro, porque habré escrito una columna en una hora inexistente. Paradójicamente, pretendo en ese tiempo contar una historia de otra hora que no existió tampoco. Pero de otra manera.

La mañana del pasado miércoles se inició como cualquier otra. Tomé mi maletín, crucé el vestíbulo principal del edificio y me adentré en el pasillo donde dan clase los grupos de bachillerato. Para mi sorpresa, todas las aulas estaban a oscuras. No había nadie. Me planteé seriamente si mi reloj estaba correcto, dado que mi grupo de segundo suele ser puntual. Tal vez, hubiera llegado yo más temprano de la cuenta. No, nada de eso. Bajé de nuevo, comuniqué el hallazgo al jefe de estudios y fui a tomar café con otro compañero, que se encontraba en la misma situación. Ya: sin más. Habían hecho huelga. A través de los mensajes a móviles, del Tuenti y de otras páginas de Internet, gracias al mésenyer, habían coordinado una reivindicación que la mayoría de ellos no comprendía demasiado bien. En mi opinión y en su mayoría, demostraron ser bastante vagos, pero no solidarios. Eso sí, durante mi clase del día siguiente (esa sí existió), me asediaron a preguntas sobre el tema. Transcribo aquí, junto con mis respuestas, lo que fue surgiendo. Quizá esta información le sirve a alguien para enterarse de algo.

¿Por qué no vinimos ayer? Porque había una huelga contra el Plan Bolonia, convocada por el Sindicato de Estudiantes. ¿Qué es ese plan? Básicamente, un acuerdo europeo para poner en común los planes de todos los países de la Unión, que no se parecen demasiado entre sí. Bueno, pero ¿y por qué nos quejamos? Se suponen que estáis en contra de que se privatice la Enseñanza Pública. ¿Qué significa que se privatice la Universidad? Nadie lo entiende muy bien, ni siquiera yo. Las Universidades, a día de hoy, tienen acuerdos muy amistosos con ciertos bancos y cajas y se deben favores entre ellos. ¿Y eso afecta a los universitarios o solo a los bancos? Sí, les afecta, por eso se ponen en huelga los universitarios: se intuye que todo tenderá a proyectarse al mundo de la empresa. Toda titulación ha de ser rentable, servir para crear empresas y generar dinero. Si una facultad no es productiva, es castigada. ¿Todas las facultades podrán ser rentables? Evidentemente, no. Aquellas que son de Humanidades van a pasarlo mal, porque no se ajustan a las directrices europeas. ¿Nos afecta eso a nosotros? Sí, en la medida en la que pronto seréis universitarios. Además, vuestro sindicato considera que ha aumentado la inversión en la Enseñanza Privada y Concertada y que está perdiendo comba la Educación Pública, que es la vuestra. ¿Es eso cierto? No lo sé, honestamente. No creo que el problema de la Pública sea que la Concertada reciba más dinero. De hecho, me alegro por los profesores de la Privada: no hay que ser envidiosos. ¿Y qué es lo que se ha dicho que pasará con las becas? Se supone que se pretende sustituir las becas universitarias por préstamos con interés muy bajo que, a medio o largo plazo, hay que devolver. ¿En serio? No me lo creo demasiado, la verdad. Al menos, no creo que eso suceda en los próximos años. Eso sí, parece claro que si no hay dinero en ningún ámbito de la sociedad, las becas se recortarán también… Pero, ¿entonces nadie irá a la universidad? Sí, iréis, pero se dice que habrá menos estudiantes. De todas formas, también se comenta que van a endurecer selectividad, incluyendo un examen oral y haciéndolo más complicado todo. Eso sí le quitará las ganas a más de uno. ¡Esto es una estafa! ¡Hay que protestar! ¿Cuándo habrá otra huelga? Por lo pronto está prevista otra, para el 13 de noviembre (…).

Hay horas que no existen. Madrugada del domingo. Me propongo realizar un experimento antropológico fascinante. He optado por mantenerme despierto justo hasta ahora. Son las dos y, si todo sale bien, cuando termine de redactar estas líneas, seguirán siendo las dos.

martes, 14 de octubre de 2008

La bandera de los padres

La arrogante niña de mejillas sonrosadas que pare en las películas un precioso texto sobre las barras y las estrellas, en mi barrio no pasaría del tercer telediario. En todo caso, saldría en el segundo, en el de mediodía: le pegarían una paliza, la grabarían con el móvil y Matías Prat hablaría de ello. Sin embargo, echo en falta un poco de patriotismo barato en mis aulas. Despierta esta columna tras un puente cito sobre nuestra fiesta nacional y dedico diez minutos de mi tiempo a pensar cuántas veces escuché el himno español en la escuela. Supongo que… tantas como mis alumnos, tantas como puntos sacó en Eurovisión la canción de Remedios Amaya. Así de raro soy: me planteo si alguien alguna vez me explicó por qué la bandera es roja y amarilla. A duras penas recuerdo de dónde procede “Hispania” y tomo conciencia de que no podría citar las provincias de Castilla León, ni con una chuleta. El doce de octubre es la fiesta del descrédito, por tanto. ¿Qué es eso de Pilar? ¿Qué pasa con la Patria? De verde y blanco se llenan los calendarios en febrero. Nuestros infantes aprenden la letra del ídem y la cantan sin excesivo sarcasmo. Las aulas son verdes y blancas, en muchos institutos, pero jamás vi ningún elemento ornamental nacional. Pregunta: ¿dónde termina España? Respuesta: donde comienza Andalucía. De “plus ultra”, ni mijita. Los papeles timbrados, lo son en andaluz. Los impresos donde se justifican las faltas, las papeleras a donde varan estos, todo rezuma un andalucismo anacrónico para una comunidad sin patria, donde el porcentaje de nacionalistas se aproxima al de testigos de Jehová. Pero de España, ni rastro.

Puedo comprender y comprendo que las competencias en materia de educación estén transferidas a las autonomías. Mi nómina, en última instancia, la respalda Chaves y no Zapatero, lo cual está muy bien porque a la hora de quejarme me queda más cerca Heliópolis que la mansión del otro. Me parece bien la legislación y ni entro ni salgo, porque es lo último de lo que me acuerdo cuando veo a un chico que no se sienta [del verbo ‘sentar’] de forma correcta. Ahora bien, ¿no deberíamos conseguir que nuestros chicos se sientan [de ‘sentir’] un poco más españoles, también? ¿Dónde quedaron las actividades para conocer al resto de comunidades? ¿No deberíamos, desde la escuela, borrar las diferencias entre vascos y catalanes, mitigar los odios, hermanar las regiones y no disgregarlas? No nos damos cuenta, pensamos que el separatismo emana de otras regiones, pero nosotros no fomentamos la común unión, tampoco: se aventan los tópicos en las explicaciones y se pasa de puntillas sobre los temas geográficos, literarios e históricos que se centran en otras regiones.

Por desgracia, y para más guasa, en nuestros centros toda referencia nacional se asocia con el fascismo por parte de los alumnos… pero también de no pocos profesores. Solo los adolescentes de ciertos colegios privados llevan banderas de España y no son, precisamente, apreciados por ello, salvo en sus restringidos círculos sociales. No hay, en general, en la pública, demasiadas pegatinas con banderas, ni referencia alguna al toro o al escudo hercúleo, en las carpetas de los alumnos. Y casi mejor. Lo prefiero porque evita problemas y todo lo que evite problemas tiene mi apoyo. ¡Ah, por cierto, he recordado otro! Existe otro distintivo fabuloso. Sí, por supuesto. Como la ley así lo establece, el retrato del Rey ha de presidirnos. Estar… está, claro. Pero resulta curioso cómo se esconde en vete tú a saber dónde. En algún despacho oscuro, en algún pasillo poco frecuentado, en un departamento que casi nadie abre… allí te toparás, en alguna guardia de abril, cuando ya descartabas hacer descubrimientos nuevos sobre el edificio, con un deslucido retrato de Sofía y de Juan Carlos, más abandonado que el Cristo de Marcelino pan y vino en su desván. Buscarlo equivale a iniciar una expedición para hallar un tesoro. Delata la importancia que tiene España para nuestro sistema educativo.

Vamos camino de ser reconquistados desde dentro, por pura abulia. Si no tenemos letra que cantar, si no existe un poema elocuente, me conformo con poseer al menos una alineación campeona o una lista de empresas del IBEX-35 en la que creer cuando tenga los ojos cerrados. “España” es, en la escuela, un tabú mayor que el sexo. ¿Están peleados los modelos educativos y los términos medios? Añoro un poco de más cordura. En serio, ¿tanto trabajo cuesta llegar y no pasarse?

domingo, 12 de octubre de 2008

Diverso y divertido

Me sorprendí sintiéndome dolido cuando uno de los chicos de la primera fila me dijo que me echaba diez años más de los que tengo. Para ellos cualquier persona con más de veinte es un anciano, me dije, pero lo cierto es que cada día que pasas aquí, envejeces una inmensidad. No obstante, todos seguimos buscando el paraíso perdido, todos seguimos recorriendo los pasillos con el deseo de colmar nuestros sueños, aquellas esperanzas que teníamos antes de ser profesores: ideales de paz y bien. En suma, hallar la fuente de la eterna juventud. Anoto en mi libro de ruta, recorto más y más señas y esquinas. De pronto, tengo una revelación. Cruzo el umbral y topo con ellos.

Paso ocho horas a la semana con los chicos de Diversificación y puedo decir con la boca bien grande que son lo mejor que me ha pasado en esta profesión nunca. Acostumbro a dar mucha cera al sistema, pero no se me caen los anillos por admitir que la Diversificación es uno de los mayores aciertos de todas las reformas hechas desde que las Olimpiadas de Cobi incendiaran su pebetero. Para los no versados, resumo el plan. Toman a ocho o diez alumnos, de tercero o cuarto de ESO, a los que les cuesta trabajo estudiar. Han de ser trabajadores, voluntariosos y, sobre todo, no presentar problemas de disciplina. Se les asignan dos profesores de referencia (uno les imparte ocho horas de las asignaturas de letras y otro, otras ocho de ciencias). Al ser un grupo muy reducido, prácticamente puedes tratarlos como si fueran clases particulares. Al final de los dos años obtienen, si han hecho bien su trabajo, el título y con él pueden acceder a un ciclo formativo… ¡o hacer lo que quieran! A priori pensé que el resto de alumnos arremeterían contra ellos, que se quedarían muy aislados por las peculiares características que presenta dicho grupo. Sin embargo, no he visto ningún indicio de ello, hasta la fecha. El resto de asignaturas sí las comparten con el resto de alumnos del grupo y nadie se extraña porque salgan del aula ordinaria unas cuantas horas. Con ellos, y por primera vez desde que ejerzo esta profesión, me encontré con chicos que realmente quieren aprender, que guardan silencio, que son educados y respetuosos contigo. He conocido ya varios grupos de diversificación a lo largo de estos años y he de reconocer que todos ellos tenían una calidad humana muy superior a la media del resto de clases. Es un placer trabajar con ellos y estoy convencido de que ese clima de trabajo es más que adecuado para personas con capacidades algo limitadas o que presentan cierto retraso por venir del extranjero, por pertenecer a estratos sociales muy bajos o por haber tenido cualquier tipo de experiencia traumática. Tienen asignadas, también, visitas periódicas de la orientadora para que los ayude en todo lo relacionado con las técnicas de estudio. Ella los anima, también, cuando tienen la moral algo más baja. Todos mejoran y la mayoría consigue sus objetivos, si la selección ha sido hecha correctamente. Los profesores consideramos la Diversificación un premio para el alumno… pero también lo es para nosotros.

Desafortunadamente, hay padres que no aceptan que sus hijos vayan a “díver”. Algunos docentes se han dedicado a difundir la leyenda de que es un “grupo para tontos”, cuando en muchos casos el nivel de estos alumnos no es inferior al de los otros terceros y cuartos. No recortamos los contenidos, aunque sí se los hacemos más asequibles. Cuando tú nominas a un alumno para ir a Diversificación y su madre o su padre no dan su consentimiento, la impotencia que sientes es indescriptible. Los docentes siempre buscamos el bien de nuestros alumnos. Por tanto, si yo fuera padre y el tutor de mi hijo me dijera que lo mejor para mi vástago es ir a “díver”, le daría un abrazo a ambos. Podría estar seguro de que el comportamiento y esfuerzo de mi hijo son máximos, porque la oferta recibida es un premio… pero también estaría feliz porque sé que va a ser tratado con el mayor esmero posible, porque participará del grupo más selecto de todo el instituto, pasando a tener a huevo el título de graduado.

martes, 30 de septiembre de 2008

Aulas y andamios

Sospecho que la Junta de Andalucía pretende ahorrarse cientos de sueldos de profesores, en el mes de septiembre. ¡Hale! ¡Ya lo he dicho! ¡Y qué a gusto me he quedado! Siento no haberle dado un poco de más emoción, como hago siempre, pero es que necesitaba desahogarme rápido. Más que nada, me urgía porque estoy un poco estresado por haber tenido que pasar dos semanas haciendo guardias en las que el número de profesores ausentes casi igualaba al de los presentes. ¡Hasta siete bajas hemos llegado a tener! Y no somos un centro demasiado grande, que conste. El primer día de curso, de hecho, cuando los alumnos de primero se presentaron aquí para recibir sus nuevos horarios, nos dimos cuenta de que varios de esos grupos no tenían todavía tutor. A más de uno nos tocó suplantarlos y ser asediados con preguntas del tipo “¿quién será nuestro tutor? ¿Por qué no lo eres tú? Y entonces, ¿qué haces aquí?”. Por algún motivo arcano, los interinos con vacantes han llegado más tarde que nunca. Los claustros iniciales han tenido que verse retrasados y, en innumerables centros, el curso ha tenido que empezar unos días más tarde de lo previsto. ¿La verdadera causante de este desfase? La Administración, sin duda, y casi como siempre. Y que conste que también es culpa suya la desoladora sensación de provisionalidad y chapuza académica que todos hemos sentido a lo largo de estos días, tras mirar el “parte de guardias” (hemos perdido dos semanas que más adelante echaremos de menos, cuando los temarios no se completen). ¿Por qué recortan gastos en estos “pequeños” detalles y después presumen, henchidos de gozo, de entregarlo todo a favor de la educación de nuestros hijos? ¡Qué poca vergüenza!

Mi Jefe de Estudios dice que cuando llama a Recursos Humanos, para pedir más profesores, no le cogen el teléfono. El enlace de la página web donde aparece el puesto de los interinos, a día de hoy, está desactivado y lleva bastantes horas sin funcionar (no quiero ni imaginar la cara de aquellos que estén de los cuatro o cinco primeros en cada bolsa). Para colmo, en muchos cuerpos minoritarios todavía no se ha repartido ninguna sustitución porque alegan que hay otras especialidades más “urgentes”. Así no es raro ver a nuestros alumnos de FP dando vueltas por el centro, a vida cuenta de las carestías que ellos sufren, de forma especial (como son mayores, la Administración nos anima a dejarlos solos unos días, para recortar gastos). ¡Oh, albricias! ¡Mañana acaba el mes! ¿Acaso a partir del miércoles los tres o cuatro lacayos encargados de telefonear a los interinos recrudecerán sus acciones? ¿Acaso habrán conseguido ahorrar varios millones, torpedeando el correcto funcionamiento de los centros, durante casi un mes? ¡No seáis tontos! Si se ahorra tanto dinero dejando a los chicos sin clases dos semanas… ¡Hacedlo más a menudo! ¡Mandad al garete la formación, que no es tan importante! ¿Se imaginan lo barato que serían para los contribuyentes los institutos si durante todo el curso nos faltaran seis o siete compañeros siempre, si los chicos de primero de ESO aprendieran lo esencial sobre la vida por ellos mismos, sin que nadie los mediatice, sin un tutor que esté dándoles la tabarra a todas horas?

Las oposiciones acabaron en julio. Desde junio la Administración sabe aproximadamente cuántos profesores necesita cada centro. ¿Cómo es posible que hayan hecho falta al menos tres meses para mandar a los nuevos profesores? Una de dos: o son unos rácanos y no quieren pagarles el mes de septiembre… o la persona que aprieta los botones tiene un serio problema con la mecanografía. Opto por la primera opción, porque no soy quién para poner en duda el abnegado trabajo de los administrativos de Torretriana. Eso sí, como siempre, todo da igual. Yo y todos apostamos por agachar la cabeza, olvidar las circunstancias y a los causantes de estas, solicitando al de la planta de más arriba (a Chaves, el funcionario máximo) que lluevan hombres y mujeres en octubre, que se termine esta sequía de interinos, a pesar de la crisis… para poder trabajar en paz. ¡Que ya va siendo hora! ¡Hasta los chicos están hartos de perder el tiempo! ¡Y ya es decir! Algo va mal.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Contra Dios

La frase es clara y concisa. “Dios ha muerto”. Sin más, sin matización posible. Sin embargo, tendemos a ser los lectores muy poco curiosos. ¿Cómo murió? ¿Quién lo mató? ¿Alguien exigió responsabilidades penales? ¿Qué arma fue utilizada? ¿Tuvo el mayordomo algo que ver en todo esto? Por deformación profesional tiendo a imaginar a ciertos seres mitológicos dándose puntapiés en la tripa y proclamando epitafios redondos, anacrónicos para tanto dolor. Acaso, si Dios murió, ¿una de las puñaladas recibidas no ha de ser semejante a las que están recibiendo los profesores de Religión hoy en día? Me pregunto si la deidad receptora de tantas procesiones, a las que asisten tantos cargos electos de diversos partidos a los que no quiero señalar, lograría verle la cara a su asesino, antes de expirar. Parece claro, un nivel por debajo, que los profesores de Religión están revolviendo sus sábanas un septiembre más, sin descubrir el puñal en sus espaldas, sin saber qué será de ellos, desconociendo todavía el plan que ha de dejarlos sin pan y sin sangre. Intuyen una fecha de caducidad implícita, lenta, inapelable, que lapida las conciencias sin piedad, que dilapida los corazones y dilata las esperas, que les va quitando horas cada año, sin que esté en su mano evitarlo. Horas de sueño. Y horas de clase.

¿Cómo es posible que aumente el número de alumnos, apuntados en Religión en un centro, y que disminuyan el número de horas de Religión concedidas por la Administración para estos? ¿Cómo es posible que los grupos de Alternativa de mis jefes tengan dos y tres alumnos y que la Junta los obligue a fusionar los cursos de los profesores de Religión surgiendo mezcolanzas de más de treinta alumnos? Se han reducido drásticamente el número de horas, mientras se despilfarran sueldos en profesores de planes bilingües de resultado nefasto. A nadie se le derraman los anillos por acumular a destajo profesores de Lengua en un solo grupo y, por el contrario, se reduce cada año el sueldo a un colectivo de profesores que también poseen familias, hipotecas, responsabilidades… Llega septiembre y se les cae un dígito del sueldo por la falta de un par de horas lectivas. Surgen mileuristas de sesenta años sin que se tenga en cuenta la labor realizada a lo largo de los últimos veinte, tras asegurarles todos los veranos que la situación está resuelta a medio plazo. ¿Y qué más? Repito la tesis. No baja el número de matriculados y sí drásticamente el número de horas (el pasado curso suprimieron, porque sí, 1.170 y esta vez la sangría ascendió hasta las 2.465, según los sindicatos). Saquen ustedes sus propias conclusiones porque a mí me pone de mal humor explicitar el corolario.

En cierto papel de cierto sindicato descubro que prometieron mantenerles el sueldo, hace un año, cuando firmaron sus contratos indefinidos. Ni de roña. En otras comunidades se han buscado fórmulas para que estas familias no tengan problemas, para que el sueldo de todo un curso no esté pendiente de la foto finish de septiembre. ¿Quién se hará esa foto? ¿Qué sindicato aparecerá apretando las manos (o los atributos) de quién? En algunas comunidades socialistas se les ha permitido a estos docentes completar sus horarios a través de diversas tareas de apoyo a sus respectivos centros. Aquí, no. Lo comprendo. A los cristianos si les das pan, te lo consagran. ¡Al enemigo ni agua! “Si son tan buenos, que pongan otra mejilla”. Si les quedan mejillas, claro.

¿Qué será lo siguiente? Que lo digan claro, por favor. Estos trabajadores tienen contratos indefinidos y, por el contrario, nadie parece dar crédito a que las condiciones vayan a respetarse de cara a próximos cursos. ¿Reducirán el sueldo a los profesores de Latín cuando descubran que se trata de una lengua difunta, también? ¡Qué sé yo! Si yo fuera padre, protestaría ahora. Si deseo que mis hijos, en un futuro, puedan estudiar Religión, este es el momento de quejarme. Para todos los demás, para todos los ateos de Andalucía, os filtro que pretenden a medio plazo quitaros también la oportunidad de decir “no” (¡con lo mucho que desahoga hacer apostasía!). Me da por pensar que van a privarnos de la capacidad de elegir y, probablemente, lo siguiente sea robarnos también nuestra facultad para pensar (diferente).

viernes, 19 de septiembre de 2008

Vuelta al Cole

La carretera no se acaba. Las vacaciones, sí. Con esa filosofía me subo al coche y hago acopio de todos los discos compactos que la guantera es capaz de albergar. Creo que lo llevo todo, aunque bien pronto descubro que no es así. Me consuelo pensando que en occidente con una tarjeta de crédito se logra casi cualquier cosa. Con eso y con algo de dinero en la cuenta corriente, llegaré lejos. Afortunadamente, está recién cobrado mi soborno de seiscientos euros por votar que sí al plan de calidad (sin lugar a dudas, los dos minutos más rentables de toda mi vida, dado que no gané el panel final, aquella vez que fui a concursar, hace años, a un programa de la tele). De pronto, descubro que mi GPS está obsoleto y me arroja por una carretera lamentable, sombría, más tortuosa que una tutoría complicada. Tanto hablar de los interinos que peregrinan de un centro a otro y por fin me toca experimentarlo en mis propias carnes.

¡Ni siquiera había oído el nombre del pueblo antes y me costó trabajo aprender a pronunciarlo! Bueno, miento. Una vez lo vi. Lo leí justo cuando deposité su código en el puesto doscientos de mi lista. Lista, según se ve, que fue tan tenida en cuenta como cuando pedí un caballo de carreras a los Reyes Magos. Por aquel entonces, recibí un monopatín. El parecido entre dicho regalo y mi petición era bastante mayor que la semejanza entre un lugar habitable (y habitado) y este pueblo. Por lo menos tengo dos años para hablaros de él, así que no seáis impacientes. Por ahora solo os diré que lo colman unas dos mil personas y que es semejante su número al de las cabras que se comen todas las latas de los alrededores. Eso sí, guardadme el secreto porque esa es la parte que mi madre oculta a sus amigas en la peluquería: para todo el que quiera concederme una permuta, que sepa que es un paraíso perdido hermosísimo, que ahorrará dinero y que despertará literalmente por las mañanas con gallos y con el trinar de los pajaritos. Debí ser albañil o un intelectual de la brocha gorda, especializarme en pintar soldaditos de plomo… Tantos años de trabajo para resultar exiliado de este modo, para terminar incomunicado, en mitad de la montaña, para pasar los ásperos días de diciembre: Madre, ¡manda huevos (porque aquí a veces escasea la comida)! Por lo demás, no me quejo: mi casera es una mujer fabulosa. Los cuatro pisos del municipio que están en disposición de ser alquilados se reparten entre los profesores del centro: aquí tus vecinos son compañeros, hermanos, grandes hermanos... En efecto, es turismo rural en estado puro, convivencia extrema y alcohol en cantidades industriales. Los entretenimientos del sitio conceden un placer poco duradero, pero es bonito. He pasado una tarde entretenida, pero lamento no haber dejado nada por hacer para las próximas seiscientas.

Descubro que hay una vieja piscina y me decido a entrar. Allí se ven un montón de adolescentes que se arrojan a la vez y que parecen estar a punto de matarse en cada incursión en el agua. No hay socorrista y yo no estoy de servicio. Si sucede un accidente, tendremos entierro. Catorce personas detrás de un féretro y la calle principal (y casi única) colapsada por el cortejo suponen una imagen mental que me horroriza. ¡Estoy agotado! Y no de andar, precisamente. Lo estoy por haber pasado las noches de todo mi verano rezando. Dios no me escuchó tampoco. El tiempo siguió avanzando y cuando el lector reciba esta desesperanzadora misiva ya habré dado mis primeras tres clases. A duras penas entiendo a mis alumnos, aún: su dicción parece un cuadro de Dalí (o peor aún, aunque no puedo poner ningún ejemplo más rebuscado. Siempre me aburrieron las clases de Arte y como no tengo Internet no puedo citar ningún autor que sea más abstracto, si cabe). Sin embargo, a todo se adapta uno. O eso espero. En cuanto escuche los gritos en el patio y me vea vestido de luces, todo lo demás se me habrá olvidado. Prefiero no pensarlo. ¿Qué me espera? La incertidumbre devastadora de siempre, supongo. ¿Cuántas veces lloraré esta vez? ¿Aprenderán algo? ¿Se enamorará alguna chica de mí? ¿Me interpondrán alguna querella? ¿Adquiriré mi propia ganadería o me afiliaré a un sindicato? Si sois padres, dadles caña a vuestros hijos. Si sois profesores, tened muchísima suerte. Y si por casualidad esto lo lee algún alumno… que conste que era broma lo de antes. ¿Cómo va a llorar un profesor? ¡Estaba de cachondeo!

jueves, 4 de septiembre de 2008

¿Quién quiere ser funcionario?

De pronto surgió una chica y abrió la cancela del portal. Los cuatro se miraron entre sí. Era solo una desconocida, pero ellos también lo habían sido hasta media hora antes y, por lo tanto, eso no significaba nada. En pleno mes de julio, rozando agosto, en Sevilla, los pensamientos fluyen de una forma anómala. No da el seso para demasiado raciocinio: “Perdona, ¿sabes si en el primero c existe algún sindicato?” Pareció descolocada. Llevaba una bolsa de la compra, tenía calor y un top turquesa sobre unos short. Les miró y confesó que vivía en el piso de al lado (el primero d). En el primero c vivía un matrimonio que tenía un hijo, según ella. “¿Y no sabes si quizá el hijo puede tener algo que ver con el sindicato?”, le preguntó uno de los nuestros a la vecina. Ese hijo tenía dos años, nos contestó. Luego se rio y se marchó… y entre lo uno y lo otro no debieron de pasar más de quince o veinte segundos. “Quizá sea un sindicalista precoz, nunca se sabe”, profetizó Rosa. En ese tiempo, el quinto miembro del comando salió del bar más próximo. “¡Buenas noticias! En el Bar… ¡me han dicho que sí hay un hombre que se dedica a esas cosas y que vive en el primer piso!” Pronto comenzaron a discutir sobre si la zagala de las bolsas tendría o no buena relación con el padre del bebé. Quizá por eso no le hubiera contado nunca que trabajaba en un sindicato de Educación. Quizá, solo quizá, se encontraran en el lugar correcto. En cualquier caso, Tomás los miró y no pudo evitar sentirse ridículo. Habían venido desde Madrid, Málaga, Algeciras y Chipiona. Eran profundos desconocidos y se encontraban en mitad del barrio de Triana, bajo un incesante mar de más de cuarenta grados, tras recorrer media ciudad con ayuda del GPS, olvidando desde dónde aquella aventura había dejado de tener sentido.

Más de dos meses antes, cuando comenzó el proceso, estaba yo en la sala de profesores y las vacaciones eran todavía un refugio neuronal para los instantes duros. Lo recuerdo y los personajes de entonces se alargan como espectros en las dunas. “Oye, ¿te puedes creer que hay cientos de personas a las que no han admitido en las oposiciones porque ya eran funcionarios? No comprendo cómo alguien que ya ha sacado las oposiciones puede volver a echar los papeles…”, dije sin despegar la vista de la web de la Junta. Juan Carlos, apoyado sobre otro de los ordenadores, me miró con ternura. No podía creerse que yo lo estuviera diciendo realmente. “Cuyami, echan los papeles para no ser miembros de tribunal. No los aceptan, claro, pero están exentos de evaluar. Pagan setenta euros por un mes de vacaciones. ¿No lo sabías? Mucha gente lo hace. La Junta se gana un dinerito y ellos pueden hacer planes para julio sin tener que esperar a las listas”. Por aquel entonces, muchos de los interinos que pasan ahora a ser funcionarios, a los que nadie podrá echar jamás, que le darán clase a vuestros hijos, a vuestros nietos, que se harán eternos y que profetizarán en tierra propia antes que yo, todavía no habían empezado a prepararse para el examen. Se sabían ganadores a priori, se amparaban en los tres puntos de más que tendrían en el oral (gracias a un informe y a tener que hacer una parte menos), en el hecho de que una quincena de temas, de entre los setenta del temario, era más que suficiente para superar el examen. Cinco bolas para hacer una y ni siquiera suspendiendo te quedabas en tierra. Ellos lo sabían y les bastaba con llegar al quince para tener su pleno (¿se imaginan profesores dominadores solo de un diez por ciento de lo que explican durante el curso?). En los cafés, se jactaban con la seguridad de saberse ganadores antes de comenzar la batalla. “Hombre, estas son las nuestras. La Unión Europea les ha dicho que tienen que reducir el número de interinos a toda costa. Por tanto, quizá sea cierto que salen más plazas que nunca, pero no me gustaría ser opositor de primer año. En muchas especialidades no tienen absolutamente nada que hacer…”.

Yo la vi. Su primera y última exposición. Una vergüenza. La vi defender una programación bochornosa. En el escrito, algo hizo. “En dos horas no puede verse la diferencia entre alguien que sabe y alguien que sabe poco”, eso me lo reconoció otro de mis compañeros, miembro de tribunal y todo. Estefanía es una profesora deplorable y ha obtenido un nueve y medio. Lleva sin tocar un libro quince años, pero ha dado igual. No prepara las clases y no se ha involucrado jamás en nada porque cambia de plaza como el Circo Europa de pueblo. Tenía diez puntos en virtud de sus correrías y le han puesto cerca de un diez en la nota total, sin explicaciones. Ni siquiera sabremos jamás qué tenía en el escrito y qué en el otro. Nadie lo ha publicado. En su especialidad, en FOL, ninguna plaza fue para ninguno de los nuevos. Ni las reencarnaciones de Aranzadi, del mismísimo Adam Smith, hubieran obtenido un puesto. Ni siquiera Solbes hubiera sido escogido para impartir economía. La batalla estaba perdida antes de librarla: ¿qué clase de oposiciones escogen no a los mejores para un puesto, sino a los que llevan más tiempo haciendo (en algunos casos, mal) ese trabajo? No se libraron. Casi cincuenta mil aspirantes cayeron como moscas en una tela de araña cara. ¿Y si los multiplicamos por el precio de las tasas que pagaron? Creo que esa suma dará para enarbolar un nuevo piso más en Torretriana. Un nuevo valle para tanto caído.

Se trata de las oposiciones con menos glamour. Alguien que ha luchado, que ha peleado durante dos años, debería al menos recibir un poco de compostura en la recta final. Los recibe a pie de puerta un chico con un polo verde y un pantalón corto que estuvo a punto de quedar dormido durante la exposición de mi amiga. En la presentación, los hacinan en una sala de profesores sin aire acondicionado. Inicialmente pensaron en otra sala, pero los promotores no se habían dado cuenta de que eran demasiados y de que quedaba poco serio pedirles que se sentaran en el suelo. Un miembro del tribunal le dijo a mi amiga que no tenían nada que hacer, que esta iba a ser para los interinos. También le reconoció que el objetivo debía ser precisamente ese: alimentar a la eterna pescadilla que se automuerde, convertirte en interino para que dos años más tarde el mismo sistema que te ha fagocitado te defeque con bastante menos dignidad de la que tenías al principio, cuando ya estés “suavón” tras haber pasado por un novio en cada puerto, tras hacer turismo, tras contemplar amaneceres, haber cambiado cromos, ido al cine solo, vivido en lugares a los que toda tu vida temerás regresar. En algunos tribunales aceptan anexos, en otros te dejan exponer con un ordenador, en algunos el corrector es un aliado y en otros el mayor enemigo. Los hay que se refieren a “alumnos y alumnas” y otros te laceran si pegas tales latigazos a la lengua. Presiden hombres con el ABC debajo del brazo y otros que llevan EL PAÍS. Y no es lo mismo. No hay normas absolutas. Perdón: las normas no están claras, no son normas, en suma. Se trata de un partido donde no se comienza con el tanteador a cero, donde la política, los sindicatos, donde tus sueños y designios no dependen solo de tu destreza con el boli. Quizá ese que está junto a ti, que saluda y guiña el ojo a uno de los miembros del tribunal (con el que ha compartido miles de cafés en el instituto), ya te va ganando, antes de empezar. Diseminó a los interinos la Administración siguiendo no sé qué proporción áurea. No te libras, ni siquiera fugándote a la recóndita Almería. Suspiras hondo y le pides a Dios que al menos te dejen demostrar si vales o no, si eres un buen profesor. ¡Chaval, te equivocaste de dios!

Los cinco están en Torretriana. Uno de ellos sugiere que se trata del infierno de Dante. Miran su reflejo en el mármol que lo recubre todo y piensan en lo bien que viven allí los políticos que dirigen los destinos de esos mismos profesores a los que agreden en el aula. Ya han ido a los sindicatos y punto. Ahí acaba la mención y la utilidad de la mayoría de estos. Alguien les dijo allí que “un sindicato no puede decir de algo que es blanco o negro porque tiene afiliados del blanco y afiliados del negro”. Otro sindicalista les confesó que no los defenderían porque sus intereses no se correspondían con el de los interinos, que ganan en número. Precisamente, sobre la mesa de ese hombre, se veía una comisión de servicio que rezaba lo siguiente: “Solicita trabajar en la provincia de Sevilla por el profundo dolor y desasosiego que le produce encontrarse lejos de su familia”. Aceptada. Los que se fugaron del aula, los que tienen a sus hijas en casa en virtud de papelajos como ese, viven de defender al grupo de Aida, Lucía, Sergio, Mónica, Eduardo y compañía... Pero esto es Andalucía (¿o es Esparta?) y un pequeño ejército no debe derrotar a una administración entera.

Otra historia. Tras dos años preparando oposiciones, con un nueve y medio en el examen, se queda sin plaza. Con dos hijos en el mundo, se encuentra esperando en la puerta de un despacho sin saber qué decir porque han logrado que se sienta un número. A más de mil personas los dejaron fuera de la lista por no entregar un papel que la convocatoria no decía claramente cuándo se entregaba, que parecía estar dirigido a los que ya daban clases, tras el que no se concedió la oportunidad de subsanar tal pérdida. Un lío de tantos. Un anexo Doce que les está dejando sin dormir, que ha mandado a la basura los esfuerzos de buena gente que solo buscaba ser profesores. Muchas de sus academias no hicieron bien su trabajo y no les informaron. La web de la Junta no lo especificaba claramente y sospechan que los sindicatos han colgado esa información a posteriori. Esta es, en suma, la historia de un puñado de personas que corren detrás de un papel por toda Sevilla. Un papel, dentro de un pajar, de una casa de locos, de este corrupto sistema, de este enredo que te lleva a esperar con los ojos envueltos en lágrimas que un pobre bebé sindicalista, de dos años de edad, de la calle Evangelista, te salve de todos tus problemas y te permita levantarte por las mañanas con fe, sin sentirte estúpido por haber gastado tu dinero y tus fuerzas, que te libre de seguir indignado por haberte dejado engañar por esos chapuceros burócratas que dirigen nuestra Comunidad.

Regreso. Ya es oficial

En un par de semanas regresaré con EL MUNDO y, por supuesto, mis textos seguirán siendo colgados aquí, también. Os doy las gracias por todas las muestras de apoyo y afecto recibidas a lo largo de estos más de dos años. También por las críticas, porque han resultado a la postre realmente estimulantes.

El pasado día uno de septiembre editamos un texto muy especial. Poseía una extensión notablemente más amplia porque abordaba un tema preocupante. Era un artículo sobre las oposiciones, en el que relato la historia de muchas personas afectadas por un síndrome peculiar, que no les permitió pasar un mes de julio corriente. Lo repoduzco a continuación y espero que os sea de agrado.

¡Feliz vuelta al trabajo! (Para que luego digan que no soy optimista, ¿acaso mi exclamación no refleja que estoy convencido de que será un curso estupendo?).

martes, 24 de junio de 2008

Tomo vacaciones

Acabo de colgar mi última columna de este curso (morir matando, vivir muerto). Con ella me despido, sin la certeza de si EL MUNDO renovará mi sección el próximo curso. Carezco de certezas al respecto, pero eso no me abruma: nuestra profesión es precisamente eso, un cúmulo incesante de incertidumbres.

Haré lo posible por volver. Hasta entonces, este blog permanecerá latente, amplificando el eco de nuestras dudas, inseguridades y conquistas. Disfrutad del verano: nos lo hemos ganado.

PROFESOR CUYAMI

Morir matando, vivir muerto

Esta columna la he escrito varias veces y nunca acierto con el tono. Hay una verdad, la verdad que me apetece confesar. Hay otra verdad: la prohibida. Esa me apetece aún más compartirla, pero es demasiado delicada. Yo no sé qué es lo que tiene lo de guardar un secreto que lo hace todo tan atractivo. Pues bien, ¿veis este primer párrafo? Pues… ¡he borrado ya varios como este! Me atrevería a decir que he borrado varios, incluso, que eran bastante mejores que este (lo cual, no es difícil, por cierto). Eso sí, este quiero dejarlo. Quiero dejarlo porque nadie puede vivir eternamente borrando. No lleva a ningún lugar tratar de borrar lo vivido. Los recuerdos sirven. El pasado está ahí y se recuerda y se recubre de cariño, del mismo modo en que yo le cogeré cariño a este párrafo por estar donde está, en esta última columna del curso, justo al principio del final… aunque sea malo.

Si dejara de dar clases, lo que más echaría de menos es el toque del timbre los viernes, la sensación de haber sobrevivido y convivido; echaría de menos el brote de adrenalina en el pecho, antes de una clase complicada. Echaría de menos la sensación de haber enseñado algo. Si cuelgo la tiza, echaría de menos las manchas blancas en la ropa, tras una jornada de trabajo. Las cornadas del torero, volver a casa y tirar los zapatos, la voz quebrada, las ganas de llorar por mirar a un compañero que ha sufrido; sentirme de su bando, saber que somos de los nuestros, mentirme y creer que vale la pena, que caminamos y cambiamos el mundo. Añoraría ser suicidas, animadoras, abanderados, la voz suave de las chicas que estudian, el murmullo de los bolígrafos durante un examen, el brillo carmesí de la mirada de las madres, los bocatas de pizza, la paz de las primeras horas, el brillo tierno del sol de abril durante una guardia de recreo. Echaría en falta los golpes sobre la mesa, perder la paciencia, ser actor, juez y parte. Que me miren, que me admiren, sentirme odiado y amado a un tiempo, importar en la vida de alguien, importar vidas, saberme portador de estrellas y de sueños. Ya no reinventaría el mundo, no me saltaría [mis propias] normas, cesarían las sorpresas y los trabajos sacados de Internet. Se apagaría una parte crucial de mi vida, no volvería a nacer, perdería mi balcón hacia la inmortalidad y la piedra Urim me haría naufragar en el samsara.

Si me fuera, echaría en falta la ternura de Javi, su vocación de revolucionario siempreviva y la rivalidad sana, la deidad glamurosa que Eva me regalaba en cada palabra de ánimo, Paco y sus trucos, su calma infinita y su bondad. Echaría de menos cazar fantasmas y buscar robots con Antonio. Echaría de menos las iras, ideas, idas y venidas. Cesaría ser lo mejor de mí mismo, exigirme lo que se exigen los que exigen mucho. Sus confesiones, llorar de risa, vivir mil vidas en una, querer morir por el hecho de estar tan vivo, amar lo amargo y lo que hago, donar la vida entera al entregarme para morir en el empeño. Perdería el miedo a regresar y las ganas de volver, la necesidad de huir y la inercia de seguir, los requiebros del ánimo, estar triste y fuerte, cambiar de ruleta en cada hora, ver la fiesta según toque, un gol, desde según qué ojos, contemplar el mundo desde sus mundos, partir el pan y repartirlo entre todos, que sobren sacos y tacos: obrar milagros, andar sobre las aguas, enseñarme y ensañarme enseñando.

Si me marcho, no volveré a soñar con el Pollo o con el día en que Durán sea “un durán”. No volveré a soñar que el reloj de los zapatos, que pende en el módulo primero, que anuncia mi hora, echa a rodar. Al fin. Mi hora acecha. Sí, hablo de ese reloj sin manecillas y con los zapatos blancos, del que nunca hablé con nadie, que ahora me atormenta y me delata. Si me voy, no tendré que temer nunca más que voy a irme, pero jamás volveré a verlo. Dos años. Estos dos años han cambiado mi vida. Me miro y no me veo, me siento lejos, más ignorante, con menos voz… pero han crecido, a cambio, las ganas de reinventarme, de reventarme cambiando el mundo, de disfraz, de chillar hasta dejarme partida la garganta, de suplicarle a todos los profesores andaluces que no pierdan su fe, que no pierdan su partida ni su patria, que estemos juntos en esto, pues trato de proponer palabras para lo que todos sentimos: es mejor estar vivo que estar muerto, claro; pero es muchísimo mejor morir matando que vivir muerto. Ah, ya: ¡la partida! Cuando cincele este párrafo último caerá sobre mí el verano, desapareceré, seré un recuerdo infantil, un mito que alguien traerá a colación en alguna tasca, bajo el crepitar denso y sordo de la lluvia. Recojo la maleta. Abandono mi hogar, para siempre. ¿Están justificadas mis lágrimas?

jueves, 5 de junio de 2008

Una historia, cinco finales

PLANTEAMIENTO. Todos los días Ulises veía a Penélope en el metro. Caía sobre ellos la bruma que envuelve a la línea 3 en Moncloa. El sopor y la angustia, el tropel desconcertante de un millón de vidas que se entrecruzan, los aproximaba. Parecía detenerse todo. Cuando su mirada se posaba sobre ella, el universo entero dejaba de importar. Fueron muchos los encuentros: un poema, una nota, una taza de café y quizá, tras este, alguna partida de Risk, flores sobre el sofá y una habitación de hotel deshecha. Dos o tres meses bastaron para aproximar aficiones. Tras estos, una oposición. No mucho más hubo de pasar para que él se convirtiera en profesor, para que ella cambiara de bufete. Se casaron y Málaga les concedió la opción de estar juntos. Pasaron dos años, muy rápido. Como en un sueño, con los ojos envueltos en lágrimas, Ulises paró una clase de Bachillerato. Le sonó el móvil y él sonrió: “Soy papá, ¿alguien tiene un cigarrillo?”. Todos los alumnos comenzaron a aplaudir.
NUDO. Al pertenecer Ulises a una especialidad minoritaria, han tardado cuatro años en asignarle un destino definitivo. No pudo contener un pequeño grito cuando, estando en la sala de profesores, constató que tendría que tendría que trabajar en Pulpí. Tan lejos de su mujer, de su hijo Telémaco, exiliado y obligado a recorrer miles de kilómetros cada año: se vino abajo. ¿Cómo podría aguantar tantos días sin ver a su hijo? ¿Qué haría de lunes a viernes para contener su dolor? No. No era posible. Todo aquello debía ser un error. Estaba pagando una hipoteca. En Málaga. ¿Qué sería de su vida en Pulpí?
DESENLACE-1. Alguien escuchó los lamentos de Ulises y se ofreció para ayudarlo. “Tengo un amigo que trabaja en”, fue el comienzo de la conversación que arregló su vida, de nuevo. Problemas de migrañas, un médico con cierto parecido a Nick Riviera, para obtener una comisión de servicios. Cada tarde Ulises juega con Telémaco junto al Jardín Botánico. Cada tres meses, se escucha en la sala de profesores la voz del niño mientras su papá asiste a las juntas de evaluación. Todos los vecinos comentan que es un padre ejemplar y nadie sabe con qué favor pagó la comisión de servicio que le fue concedida.
DESENLACE-2. Telémaco tenía ocho años ya. Ulises, sintió una punzada en el corazón y supo que las listas habían sido publicadas. ¡Había sufrido tantísimo para llegar hasta allí! Habían sido años de duros madrugones, de muchas horas en la carretera, había pasado por tres institutos hasta que, finalmente, había conseguido su sueño: un centro cerca de Málaga, que le permitirá dormir todas las noches con su mujer y jugar cada tarde con su hijo. Lamentablemente, se había perdido momentos irrepetibles, una parte crucial de la infancia de su hijo… ¡pero lo había logrado y eso ya bastaba! Esta noche cenarán en un chino.
DESENLACE-3. No quería perderse, por nada del mundo, el segundo cumpleaños de su hijo. Había conducido demasiado. Aquella curva está mal peraltada. Ni siquiera vio llegar el camión.
DESENLACE-4. Miró a su mujer. La cuna estaba a pocos metros y, por primera vez en varios meses, Telémaco había dejado de llorar. Nada les había ido bien desde que Ulises se marchó al pueblo. Penélope se había sentido muy sola y, los fines de semana, en las pocas horas que podía disfrutar de su marido, se encontraban tan cansados que naufragaban juntos en el mismo lecho: se miraban indolentes, discutían demasiado, se marchó la pasión a navegar a nuevos puertos. Ni siquiera fue necesario que cantaran las silencias. Tras dos cursos en Almería, ella le espetó el desolador “tenemos que hablar”.
DESENLACE-5. Ulises apagó el ordenador y se echó a reír. No estaba dispuesto a perderse la infancia de su hijo. Durante muchos siglos las mujeres habían trabajado en casa, ¿había algo malo, acaso, en que fuera Penélope la que llevara el dinero a casa?

jueves, 29 de mayo de 2008

Ránking de buena vida

Solicité hace tiempo a una prestigiosísima universidad extranjera que elaborara un ranking para mi sección semanal. Finalmente, me ha llegado un correo electrónico en el que se desgrana el resultado de sus estudios. Deseaba conocer quién vive mejor en mi instituto. Para confeccionar esta clasificación han tenido en cuenta, principalmente, tres variables (ninguna de ellas es más importante). La primera es la “cantidad de alumnos con los que trabajan”, la segunda el “número de horas que pasa en el aula”. La tercera, por descontado, la “responsabilidad de sus funciones”. ¡Allá voy! ¡Hagan sus apuestas! El ganador se lleva una copa y el reconocimiento de toda la comunidad científica.

En el diez, y que me perdonen porque les tengo gran aprecio, colocan a los profes de Educación Física: son curritos y tienen las mismas horas que yo, pero nada tiene que ver aguantar a los chicos en el patio que dentro de un aula. En el puesto nueve va el Jefe de Extraescolares. Es un profesor normal, de acuerdo, pero se ahorra el suplicio que entraña una tutoría (y tres horas de clases) para organizar excursiones, que casi siempre organiza otro. Por idéntica reducción, aunque con menor responsabilidad si cabe, colocan a la responsable del proyecto “Escuela espacio de paz” en el ocho, a quien no se le reprocha que los niños se sigan matando, a pesar de que ellos trabajan tres horas menos a la semana para tratar de evitarlo. Por un motivo similar, el puesto número siete lo habitan los profesores del Proyecto Bilingüe. Ellos, al menos en mi centro, no dan una clase en inglés ni por error… Eso sí, su fantástica habilitación los exime todos los años de todos los cursos nocivos. Algo así le pasa al inquilino del puesto seis: nuestro fabuloso profesor de francés tampoco suda en exceso la camiseta (recordemos que los alumnos de francés son siempre los mejores). De todas formas, nada de eso es comparable con el habitante del puesto cinco: ¡el Director! Nótese que este puesto de responsabilidad puede ser fabuloso o un castigo, en función de las dotes que tenga el susodicho para escaquearse y de su compromiso. Como el nuestro es un amo del escapismo, lo cierto es que no da ninguna hora de clase y, además de eso, jamás está en el centro cuando se le necesita (aunque sea el que más cobra, por cierto), pero no todos son así, que conste. Cuatro: el Secretario. Pasa la mayor parte del día entre papeles y da pocas horas de clases (además de eso, y por desgracia para su mujer, es el único de todo el centro que tiene algo parecido a una secretaria). Eso sí, como tenga un pequeño error de cálculo se agencia unos marrones colosales (no me gustaría ser secretario).

Burla burlando hemos llegado a los tres puestos principales (el podio de la buena vida, de la dolce vita). ¡Uy! No esperen encontrar aquí a los administrativos (cobran poco y tienen que aguantar al secretario), a los jefes de estudio (tienen la mayor cuota de responsabilidad de todo el centro) y tampoco a las limpiadoras (si yo encontrara lo que ellas encuentran en los servicios cada tarde, tendría pesadillas). ¿No saben quién está en el bronce? Sin lugar a dudas… ¡el PT! No todos son así, que conste, hay muchos abnegados… pero me hablaron de alguno que tiene solo cuatro o cinco niños a los que enseña a escribir y a leer. No se estresa, no se agobia, no da muchas clases y sus rivales son pocos y cobardes. Por no tener, no tiene ni que poner notas. Causalmente, el segundo mejor vividor es su compañera de departamento. ¡Divino! Esto es como la Lotería de Navidad: cuando la lotería toca, toca por barrios (en este caso, por departamentos). Puesto segundo y plata: los orientadores (toda mi admiración hacia ellos, son los que mejor escogieron sus oposiciones, ¡se lo han ganado! No entran en clase en exceso y viven la mejor parte de la educación: el trato personal con los alumnos). ¡Vaya! ¡Hasta ahora he sido demasiado cruel! Me he pasado… y todavía me falta revelar el ganador. La prestigiosa universidad a la que he encargado este estudio no se aclara. Inicialmente pensaron que la persona que mejor vive es el inspector, pero teniendo en cuenta que todo el mundo se acuerda de sus madres cada dos por tres, tiene su cosa eso de ser el malo de la película (y, por tanto, le perdonaré esta vez el castigo). También pone aquí que viven requetebién los liberados sindicales, pero me niego a incluirlos porque… esos ya ni se pasan por el instituto a vernos, así que han perdido el derecho a ganar esta copa. ¿Quién queda? ¿Quién gana? Primer puesto y oro. [Redoble de tambores]. Ganador: ¡los profesores políticos! Sí, me explico: alcaldes de pueblos, concejales… ¡Los hay a manojitos! ¡Dos sueldos e inmunidad diplomática! Faltan cada dos por tres, pero nadie tiene arrestos para denegarles la compatibilidad. De mayor (si llego con vida) quiero ser uno de ellos.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Barrigas y barricadas

Eduardo Fernández pagó el café. Nos encontrábamos en pleno centro de Sevilla. Hace tiempo alguien me dijo que los sevillanos no meriendan en La Campana. Hay lugares que, de tan sevillanos como son, resultan burdos para los verdaderos oriundos. Será por eso, quizá, que me encontré con él en ese lugar y no en otro. No tenía muchas ganas de conversar, pero tampoco de pensar en un páramo inédito. Había tenido una mañana torva, intensa, propia de mayo. Con o sin sayo, amenazaba lluvia. Lo tengo delante y me mira con cierto estupor. Supongo que, como tantos otros, me imaginaba de otro modo. No aparento ser un buen profesor. Quizá ni siquiera aparento ser profesor.

“Cuyami, necesito que escriba sobre la manifestación”, fueron sus primeras palabras. Y yo, que vivo en la inopia, no pude más que reconocer que no tenía ni la menor idea de a qué se refería. “Le imaginaba más a la vanguardia, más al tanto de las discrepancias, de los deseos, de nuestras luchas…”. Y yo sonreí. A duras penas sé quién ha ganado la liga de fútbol. De Fórmula Uno tengo más idea, pero como a mi inspector no le hace gracia que hable del papá de Hamilton en mis columnas, me mantengo callado. “A ver, ilústreme. Le concedo cinco minutos. Pondré mi grabadora. Si consigue convencerme, publicaré lo que me diga. Cinco minutos, no más… y usted paga el café”, sonreí socarrón. No debería tratar de forma tan irónica a la gente que no me conoce. A veces ocurre que llegan a tomarme en serio.

-“El 21 de mayo tenemos previsto ponernos en huelga. El paro lo convocamos varios sindicatos. En concreto, APIA, CGT, SADI, SIEP y USTEA… pero es posible que se sume más gente. El pretexto es el programa de calidad, la pérdida de nuestra dignidad, que nos estamos vendiendo, que aceptamos que toda la responsabilidad es nuestra, cuando no es así. Nos sobornan para que estemos callados, pero la mayoría de los centros han dicho que no. Han rechazado el soborno porque se está iniciando una nueva corriente, han prendido las ganas de luchar, se recrudece el deseo de pelear por el respeto de la sociedad: lo tuvimos y lo perdimos, hay que volver a ganarlo. ¿Cuántas veces en sus columnas nos ha dicho usted que debemos plantarnos? ¿Cuántas veces nos ha llamado a la huelga? ¿No ha criticado tantas veces la indolencia del profesorado? Este es el momento. No solo por el plan de calidad, sino porque debemos comenzar a reivindicar lo que es nuestro. Han intentado comprarnos y les ha salido mal… ¿por qué la gente no se entera? ¿Por qué la gente no se entera de que los docentes estamos hartos de todo lo que nos está sucediendo? ¿No es acaso evidente que estamos perdiendo autoridad, poder adquisitivo y capacidad de decisión? Ahora puede pegarnos cualquiera, nos dejamos la garganta y no sirve… y nos echan las culpas de todo, cuando estamos entregando hasta la última gota de nuestro sudor.

Paramos porque para hacer bien nuestro trabajo, conforme a las nuevas exigencias que el alumnado perpetra, requerimos de una jornada laboral más corta (con menos clases y más horas para preparar dichas sesiones), es indispensable más profesorado para bajar la ratio, para dar una respuesta de garantías al problema del fracaso escolar, más estabilidad para los interinos, para poder construir con ellos proyectos educativos más sólidos, deseamos profesionales especializados, un mayor apoyo de las instituciones, que nos dejen dar clases y que manden a otras personas para realizar el trabajo burocrático… ¡porque nosotros debemos dedicarnos a dar clases, si queremos que los alumnos aprendan! ¡Ah, y por supuesto… necesitamos que se nos pague como a funcionarios! Si tenemos unas oposiciones idénticas a las de otros profesionales, ¿por qué no cobramos como ellos?

Si usted me cediera espacio en su columna, aprovecharía para pedirles a los profesores de Andalucía que el miércoles 21 [mañana] opusieran un poco de resistencia, que pelearan, que dejaran de cobrar un día para conseguir que nuestra situación mejore el resto de días. Está en nuestra mano alcanzar lo que verdaderamente necesitamos y no solo los siete mil euros con los que prometieron untarnos… ¿Los pagarán o serán como los cuatrocientos de Zapatero, que se difuminan en el café como el terrón que acabo de echar? No, no basta. Hay que hacer mucho más. Tenemos que pelear. El momento ha llegado. Vale la pena iniciar esta insurrección porque ya hemos aguantado demasiado. ¡Vayamos a la huelga!”.

domingo, 18 de mayo de 2008

El Profesor Cuyami va a la cárcel

Desconfío. Pienso. Constato hasta tres veces que es realmente mi nombre el que aparece impreso sobre aquel sobre. Sí, no hay duda. Se trata de mí. Es una carta para mí. Mi apellido es inconfundible, el cartero no puede equivocarse, no vive ningún otro Cuyami en la ciudad (al menos, que yo sepa). Repaso mentalmente mi historial de amantes. No tengo conocimiento de que ninguna de ellas pueda ser la causante de… ¡saldré de dudas! Sea quien sea, está en la cárcel. Eso es seguro. Hay mucha gente que está en la cárcel, eso no me extraña, pero no llego a comprender qué puede llevar a alguien así a ponerse en contacto con alguien como yo.


Abro el sobre y libero una interjección insolente porque me había equivocado de lleno (¿qué me llevó a pensar en una amante? ¿Qué afán peliculero me posee?). Tras la apertura, paso una semana entera imaginando cómo será enfrentarme a este momento. Finalmente, tomo el coche y acudo por fin. Me cachean y he de rellenar un sucinto cuestionario. Paso junto a varias celdas habitadas. Nada tienen que ver con las imágenes que aparecen en las películas. Nadie grita. Paso junto a un hombre mayor. Parece estar estudiando. Otro chico está dormido. Otros dos ven la televisión. Me recorre el cuerpo un cruel escalofrío. Jamás había entrado en una cárcel y mis propios prejuicios me carcomen.


¿Han escuchado alguna vez la historia de Luzbel? Sí, lo sé. Suelo deslizar citas bíblicas dentro de mis columnas. Generalmente, no vienen muy al caso, pero lo hago porque necesitaré la asistencia de Dios cuando mi amigo, el Inspector Gadget, intente ajustarme las cuentas. Esta vez, resulta inevitable. También Manuel era el ángel más bello y, de eso, ha pasado a convertirse en... Nada más abrir el sobre, me dirigí al desván de casa. Desempolvé un montón de carpetas hasta que topé con aquel cuaderno del profesor de 1999. Por aquel entonces, él estaba en Segundo de ESO y la ESO se inauguraba, como quien dice. Era un chico... fantástico. Trasmitía una luz impresionante en su mirada. Era el más hermoso, el más noble. Sin embargo, solía sentarse junto a otro chico, llamado Israel, que no poseía ninguna virtud aparente, salvo su exceso de vitalidad. Este segundo, en cierta ocasión, le mostró una pequeña bolsita con dos gramos de polen de marihuana. Le explicó que muchos chicos del Instituto lo vendían. Compraban dos mil pesetas. Consumían la mitad y la otra mitad la revendían recuperando el dinero. No obtenían beneficios, pero sí más droga. Desgraciadamente, Manuel se encaprichó de unas Nike Jordan rojas. Las llevaba su primo y él sentía mucha envida porque por aquel entonces todavía practicaba deporte. La cara de Manuel es diferente, ya no es puro el brillo de sus ojos. Te mira y ve tu dinero, los gatos maúllan a su paso. Para conseguir aquellas zapatillas, solo tuvo que venderle droga a otros cuatro o cinco chavales, pero hipotecó su propia alma. Solo cuatro o cinco. Le sorprendió lo fácil que era el trabajo de camello: cuatro ventas equivalían a un par nuevo de zapatillas, si se buscaba a las víctimas adecuadas. Sus padres no preguntaban y se sorprendía a sí mismo imaginando cómo sería eso de convertirte en tu propio jefe. Los mayores, los profesores, no se enteraban de nada. A la salida del Instituto, en los cambios de clase, en la valla, junto al patio, todo lugar era bueno para potenciar su mercadotecnia. Eran pequeñas cantidades, pequeñas ventas, pero lo llevaron pronto a conseguir notables beneficios. Cuanto mayores eran las ventas, mayor era el beneficio (¡tiene su lógica!). Eso sí, cuando se vio con una suma importante bajo el colchón, dejó de estudiar y trató de conseguir aún más pasta: tanta que la situación se le escapó de las manos con la misma facilidad con que [lo] colocaba la mercancía. Hasta ahí sé. Yo dejé aquel instituto y no volví a verlo en varios años. De hecho, no volví a saber nada de él hasta recibir aquella carta, en la que me pedía que viniera a visitarlo por algo importante.


Manuel me mira. Me siento profundamente incómodo. Me siento terriblemente sucio y tengo la impresión de que me está viendo desnudo. Me pregunto si yo puede evitarlo, quizá. Me pregunto si quiere hablar conmigo para reprocharme cómo terminó su vida o lo sencilla que es la mía, o cómo pude olvidarlo, sin que me costara lo más mínimo conciliar el sueño desde entonces. En su brazo derecho ha tatuado una serpiente y me pregunto a mí mismo si él recordará que en otro tiempo deseaba ser farmacéutico. Estoy desconcertado, realmente. A Manuel le enseñé cuatro o cinco normas ortográficas y salí de su vida, sin tiempo para dejarle demasiada huella. Sin embargo, y tras tantos años, ahora desea hablar conmigo, pero yo no deseo hablar con él.

viernes, 9 de mayo de 2008

La gitana del lazo azul

Cada vez me llevo peor con las fiestas de los pueblos. Cuatro casetas y cinco personas en cada una, hacen un total de veinte personas. Más o menos ese es el cómputo. Más o menos: soy de letras y estaba medio borracho. Por ende, viví la fiesta intensamente porque aliciente adicional no hay. Allá donde la diversión se mide de forma inversamente proporcional a la precisión de la micción, te encuentras ante una fiesta popular. ¿Qué hace un ilustre licenciado como yo en un lugar como este? Es jueves, trabajo aquí, todos los lugareños hablan maravillas de las virtudes de la feria del pueblo de al lado y yo he recibido una invitación de tres o cuatro interinos del centro. No echaban nada en la tele, no tengo ganas de comenzar otro libro. No tenía nada que perder, claro: pensé que podría ser estimulante, un ejercicio sociológico de gran alcance. Total, que cuando menos me lo esperaba, imbuida por un comentario de una de mis compañeras, al escuchar mi apellido, la gitana del lazo azul viene y se pega a mí. Me pregunta si soy yo el columnista de EL MUNDO y me siento Paulo Coelho, pero en versión Belén Esteban (por la falta de glamur). ¡Ah, ya! Jamás hablan conmigo los lectores y para una vez que se me acerca una, está ebria y quiere echarme la bronca. Dice que está indignada conmigo porque dediqué una columna a las chuletas y no conté cómo son las que hacen los jóvenes, hoy en día. Dice que tiene curiosidad, que quiere saber si son como cuando ella estudiaba. Dedico esta columna a la gitana del lazo azul y a todas los interinos que, exiliados y al borde de las oposiciones, toman la determinación de salir con los compañeros a la fiesta del pueblo de al lado (la parranda no será gran cosa, pero no se arrepentirán, se lo prometo).

Nuestros alumnos no han evolucionado demasiado. Son bastante primarios y, por lo tanto, creo que la Edad de Oro de las chuletas acabó hace bastante tiempo. Eso sí, las nuevas tecnologías han dado cierto fuste a los cuatro o cinco métodos de siempre. Admito que sigue prevaleciendo el pequeño trozo de papel con texto escrito (a mano u ordenador). Los chicos suelen guardarlos en sudaderas de bolsillo frontal, al estilo canguro. Las chicas optan por la falda, por conservarlas entre las piernas o debajo del culo (si te atreves a mirar allí, te ganas una denuncia por acoso). Abundan también los textos escritos en la mesa y también en las paredes. En cierta ocasión (me quito el sombrero en su honor), un grupo fabricó un mural de “la respiración” y lo pegaron en la pared, antes de un examen mío. Dentro del mismo estaba la vida y obra de Lope de Vega, junto a los ventrículos y aurículas. Admito que no le presté ninguna atención, hasta que la clase no concluyó. No busqué a los culpables, me pareció demasiado original el engaño como para castigarlos. Más burdo sigue siendo el típico cambiazo, esos sí los persigo. Como casi todos decimos qué va a caer, aunque sea grosso modo, ellos utilizan un folio en blanco para introducir muchísima información y lo sacan cuando miramos para otro lado. Ni que decir tiene que esto también se hace en Matemáticas con las fórmulas, pero allí lo que se saca no es el folio que se entrega, sino el que “supuestamente” utilizan de borrador (y que tiene las fórmulas escritas de serie).

Se dice que en la universidad están proliferando los pinganillos, en virtud de los cuales te dictan las respuestas desde el exterior del edificio. Se cuenta que esto se utilizará también en las próximas oposiciones. No obstante, a nuestros institutos todavía no ha llegado y difícilmente llegue. Sí lo han hecho los móviles, claro, que muchas veces dejan encima de la mesa (para mirar la hora, supuestamente). Por el contrario, como mensaje de texto, pueden apuntar fechas y datos difíciles de recordar. De todas formas, la forma más fácil de copiar sigue siendo la mirada hacia el compañero (empollón), con o sin disimulo. Inclusive, en los últimos asientos, es posible charlar un rato, si el profesor no echa demasiada cuenta. Los sitios de la ventana también tienen la ventaja de posibilitar poner papeles auxiliares en la parte exterior del marco, para echarle un ojo desde el asiento (mirada hacia arriba y suspiro). No se puede pasar tampoco por alto el recurso de la chuleta en el estuche (el sesenta por ciento tienen regalo dentro), los datos arañados sobre el bolígrafo y el cuaderno abierto bajo la mesa (parece tosco, pero cuando los pillas te dicen que “se les cayó” y cualquiera los baja del burro). De todas formas, de entre todas, la chuleta que más me gusta encontrar es la tatuada a boli en la mano o sobre el brazo: un clásico que jamás pasa de moda.

Mesón Casa Diego

Estoy enfadado. Acabo de salir de una entrevista con un padre. Lo miré y, desde el primer instante en el que lo tuve delante, encontré en mi interior la absoluta certeza de que ese tipejo deseaba gresca. En las entrevistas pasa algo semejante a lo de ciertos bares de carretera (en los que reconozco no haber estado jamás y de los que tengo referencias por algún que otro libro y, ante todo, por muchas películas). Allí el primer golpe se asesta con una mirada. Este hombre me lo hizo igual. Y todo comenzó por algo tan antiguo como… podría decirse que es tan antiguo como el propio hombre. La historia se remonta a los albores de la humanidad, si no antes. Ya, lo sé: no está documentado. Y no se puede documentar, porque creo que las chuletas se inventaron antes que los exámenes, antes que la escritura, incluso; allá por el magma o el día primero. No obstante, a pesar de su longevidad, nunca han gozado de buena fama. Con ellas pasa algo semejante a lo con las flatulencias y con otras secreciones humanas, voluntarias e involuntarias. Todo el mundo afirma no haberlo hecho jamás y casi todo el mundo es culpable, por el contrario. En cierta ocasión, se me ocurrió la feliz idea de ofrecer dos puntos más en un examen a todos aquellos alumnos que se levantaran y que pusieran sobre mi mesa alguna chuleta. Media clase contribuyó a la irrupción de lo que pronto vendrá a ser El Museo Nacional de la Chuleta, del que me ofrezco a ser director, a cambio de una reducción en mi horario lectivo. Propongo instituirlo, al estilo Almagro, en algún lugar donde sean ilustres los asadores (quizá Salteras, quizá junto a Itálica… y así nos ahorramos una taquilla). Total, otra opción es revitalizar algún pueblo perdido en el mapa, alguno de esos poblachos que no tienen nada que contar o que ofrecer: seguro que vendrían japoneses, gente de todos los confines del mundo, para hacerse fotos junto a un “cambiazo” o frente a la “chuleta más grande del mundo”.

Lo malo de tener un torrente de ideas tan abrupto, como el que te aporta esta profesión, es que a veces no doy pie con bola y dejo los temas a la mitad: estaba hablando del papá ese. Ese papá quería tema y estaba indignado porque su hijo se iba expulsado. Su hijito del alma se había dedicado a potenciar el mecenazgo del conocimiento efímero (y clandestino): se había convertido en camello de la proteína. No contento con hacer chuletas, se había dedicado a confeccionarlas con el ordenador y a venderlas a cincuenta céntimos el corte. Supuestamente se había ganado a nuestra costa unos treinta euros, o eso reza la leyenda. Claro está, eso el papá no lo veía motivo suficiente para una expulsión. Supongo que por eso, o porque es un bobo supino, me preguntó (oh, ¡qué ironía tan selecta!) si conocía la estadística de cuántos profesores habían llegado hasta las aulas haciendo chuletas. Yo, por supuesto, en un ataque de gallardía y de cinismo, me indigné muchísimo y repuse que todos hemos sido excelentes estudiantes y que a ninguno de nosotros nos ha hecho falta una treta tan burda. Lo admito, mentí. No obstante, temo que una estadística al respecto arrojaría unos datos más falsos que el cuadro de Munch que tengo colgado en mi habitación.

Casi siempre me sucede, cuando hablo con papás, que se me ocurre una respuesta ingeniosa (mucho mejor que la que he dado) cuando ya es tarde, cuando me encuentro haciendo otra cosa (o no haciendo nada, que viene a ser mi pasatiempo favorito de un tiempo a esta parte). Total, que estaba yo poniendo la colada y me di cuenta de que sí se está produciendo un cambio sustancial. Antes, cuando un alumno copiaba, tenía la conciencia sucia, estaba convencido de que hacía algo malo. Si un profesor confiscaba una chuleta, el estudiante se quedaba pálido y no levantaba la cabeza del folio en cuatro o cinco años. Por el contrario, ahora te contestan, se indignan contigo: “Maestro, ¡si yo solo lo he utilizado en una pregunta! ¿Cómo se te ocurre quitarme el examen?”. ¡Grotesco! Ahora lo haces con toda la sutileza, delicadeza, lisonjas imaginables: “Disculpe, no quiero desconfiar de usted, pero…”. Y se rebotan. Y los padres, lo ven normal. “Pobrecito, eso lo hacen todos, pero mi hijo es más torpe, le falta experiencia”, me dijo una vez una madre. ¿Tan difícil de entender es que si te saltas un stop y te pillan, te han pillado? La culpa ha muerto. Parece que fuera traumatizante hacer que los chicos se sientan culpables por algo. Si son culpables, que se sientan culpables, [taco].

sábado, 26 de abril de 2008

Sida, Sara, ¿será?

Soy un cotilla. Si conservo algún lector, quedaría mejor con ellos si dijera ahora mismo que me preocupo por mis alumnos. Mi inspector, apoyado en su poltrona funcionarial, al que he convertido ya en un personaje más de este relato, mientras toma café tranquilamente y lee como cada martes mi columna en EL MUNDO, se relamería de gusto si yo le diera a esta práctica una explicación pedagógica… pero no la hay. Simplemente, soy un cotilla: ¿contentos? Después de haberles mandado una actividad para buscar información en Internet, me acerqué a sus ordenadores y me puse a comprobar qué palabras habían estado buscando en Google mientras, supuestamente, debían estar haciendo lo que yo les había mandado hacer. Soy un cotilla, lo sé (no tengo excusa). Eso sí, gracias a mis vicios, les puedo exponer ahora los resultados de mis pesquisas: en dos ordenadores habían intentado buscar pornografía. Otros dos chicos habían estado mirando fotos de luchadores de Pressing Catch. Otro rebuscó páginas web de marihuana para conocer cuál era el récord mundial de altura (y no me refiero a la especialidad deportiva). De todas formas, todo esto me resultó obvio. Sin embargo, alguien había buscado la palabra “SIDA” y eso sí me preocupó bastante. Lo constaté. Había estado rebuscando páginas, bastantes páginas, muchas páginas sobre dicho tema. ¿A santo de qué?

¿Cómo puedes acercarte a una alumna de catorce años para preguntarle si cree tener SIDA? ¿Cómo se le pide a una persona que te considera su enemigo, que se duerme en tus clases, que se está intentando rebelar contra ti, que te abra su corazón, que te explique lo que está viviendo, que te hable de por qué está tan preocupada, últimamente? Sé quién se sentó en ese ordenador y todos mis prejuicios me hacen reafirmar que mi memoria no falla. Repetidora, muy delgada, es frecuente verla en malas compañías, lejos de las bibliotecas, frecuentando callejones por la noche. Sí, ¡es ella! Como sé que debo hacer algo, opto por actuar de la forma más ruin que se me ocurre. Utilizo una de mis clases, saco el tema y empleo una pregunta de uno de los chicos como pretexto para soltarles la charla sobre el SIDA. Les cuento cómo se contrae, en qué consiste, qué se puede hacer para evitar caer enfermos. No dejo de mirarla, mientras hablo. Ella piensa que es casual: no sabe, no piensa, se echa a llorar.

En mi despacho, en una guardia, compruebo que se ha mordido las uñas demasiado. No me fija los ojos en mis ojos. Me sería más fácil hacer hablar con fluidez a un gato de porcelana, por eso sé que necesito un golpe de efecto. –“Sara, ¿te apetece un cigarro?”, le pregunto, y ella se extraña, primero, y luego se espanta. Me dice que “no” (contaba con ello), pero creo haber ganado con la pregunta diez centímetros de confianza. Lo aprovecho y comienzo a introducirla en la conversación que yo deseo.

La clave de todo está en que ella tiene catorce años. Supongo que eso explica que le llamara tanto la atención lo que le contaron sus amigas de un chico que vive a catorce kilómetros del pueblo. Ese chico tiene SIDA, o eso se dice de él. A ella, aunque no me lo explica con estas palabras, le fascina la idea de que alguien tan joven pueda estar sentenciado ya. Ese chico es cruel, desagradable, parece haber vivido catorce vidas, aunque solo tiene veintidós. Años. Pocos años le quedan, según la leyenda. Cayó en sus brazos y, como tantas otras veces, mantuvo relaciones sexuales. Con catorce años, pero sin preservativo, Sara se dejó llevar por/con el joven en su coche. Me aterran las cosas que atenazan mi mente, mientras ella me explica con frialdad cómo sucedió. No hay amor en su mirada y tampoco deseo. Se siente fascinada. En cierto modo, el terror por poder estar infectada la hace sentirse especial, la hace sentirse más viva que cuando estaba segura de estar sana. Sus padres la tratan todavía como una niña, porque es una niña. Eso a ella la enferma. Tener una enfermedad tan adulta podría hacerla convertirse en un mito: la gente hablaría de ella, le harían caso por fin. Los chicos la mirarían, verían en sus ojos cierto halo de misterio, sentirían miedo de ella, la mirarían con compasión, la mirarían con-pasión. –“Maestro, ¿tú crees que tengo el SIDA?”, me dice. Y me dejo llevar y me da la sensación de que soy yo el que necesita el cigarrillo.

martes, 15 de abril de 2008

Propuestas para el nuevo gobierno

Sr. Arenas, Sr. Chaves... Esto es para ustedes. Si les interesa, tomamos un café y les explico mis ideas. Eso sí, ustedes pagan, dado que sus sueldos son mayores que el mío. No tengo ideología: votaré en las próximas elecciones al partido que apoye, durante esta legislatura, un número mayor de estas propuestas. ¿Por qué no comienzan, desde ya, a ganarse mi voto? ¡Tienen cuatro años para currárselo un poquito!

Uno. Creo que el gran cáncer de nuestros institutos es la obligatoriedad de cursar el actual modelo de ESO hasta los dieciséis años. En según qué casos, resulta una tortura para los alumnos y, más aún, para nosotros. A efectos prácticos, muchos alumnos dejan de venir con quince o incluso con catorce años. Hay que regularizar esta situación y, si me lo permiten, creo que habría que plantear un sistema paralelo para alumnos que no saben o no pueden (en suma, que no quieren) estudiar a los catorce y quince años. Dos. Por tanto, creo que deberíamos invertir decididamente en PGS (Plan de Garantía Social), bien cualificados y dotados, para todos estos alumnos de los que sabemos que no titularán en la vida (¡a partir de catorce años!). Plantearía programas de jornada reducida, más prácticos, que los preparen para el mercado laboral, donde se les ofrezca el título y la formación mínima en Lengua y Matemáticas… sin tener que esperar hasta los dieciséis años. Tres. ¿Por qué no se gastan los fondos de todos los proyectitos-chorra en bajar la ratio? No solo no reforzaría los centros bilingües, sino que me plantearía suprimir dichos proyectos, porque nuestros alumnos no conocen nuestra lengua, así que estudiar en otra, resulta una quimera, visto desde dentro. Así pues, esos fondos los destinaría a desdoblar los grupos, a bajar a veinte o veinticinco la ratio máxima y, en los cursos y centros conflictivos, a quince (hay más centros conflictivos que no son considerados centro de atención preferente, por cierto). Sé que antaño existían grupos de más de treinta (y de cuarenta)… pero eran otros tiempos.

Cuatro. Los licenciados no estamos preparados ni física ni emocionalmente para impartir clases en el primer ciclo de la ESO. O bien se cambian los programas de las licenciaturas o se dinamiza el CAP (no creo en ello) o nos dejan hacer lo que sabemos hacer. Lo ideal sería que estos cursos fueran impartidos por maestros (como siempre ha sido). ¿Sería tan descabellado el retorno de los primeros y segundos a los colegios, de donde nunca debieron salir? Creo profundamente en mi inutilidad para enseñar como los maestros lo hacen. Desdoblaría los cursos altos (con licenciados) y contrataría más maestros para impartir clase en los cursos bajos. Cinco. Asesinaría al pingüino de Guadalinex y pagaría licencias Windows para que nuestros alumnos aprendan realmente algo útil en Informática, aumentaría el peso de la Informática y crearía una plataforma interactiva que realmente sirviera, ofrecería reducciones horarias al profesorado para trabajar en la labor de ponerla en pie (materiales comunes, interactivos, globales). Seis. Daría más estabilidad laboral a los interinos, pues es difícil construir un proyecto educativo si cada año tienes que renovar una parte importante de tu plantilla. Siete. Daría más derechos a los profesores de Religión, pues hacen el mismo trabajo que nosotros y no tienen reducción a los 55 años, ni muchos otros derechos. Ocho. Eliminaría la promoción automática y, mucho más aún, la aberrante medida de pasar de curso con cuatro suspensos. Nueve. Concedería a los profesionales de la educación la categoría de autoridad. Diez. Aumentaría la dotación de guardias de seguridad en las puertas de los centros y, en algunos institutos, también reforzaría la vigilancia policial dentro y fuera de las aulas (no me disgustaría ver, de vez en cuándo, algún policía haciendo algún que otro registro por sorpresa a ciertos estudiantes). Once. Acabaría con la endogamia que preside las elecciones de los cuerpos directivos, daría primacía al voto del claustro y a las ideas de los docentes: en mi opinión el director debería ser aquel que tenga el mejor equipo y las mejores ideas, no el que tenga más experiencia como director. Doce. Daría más protección a los profesores novatos, para que su inserción en el aula sea algo más gradual (quizá, con una pequeña reducción horaria el primer año, acompañada de ayudas reales por parte de sus tutores, sobre todo al comienzo del curso). Trece. Aumentaría el sueldo de los profesores de los centros conflictivos o a aquellos que tengan que trabajar en provincias muy lejanas de lo que, en realidad, han pedido (para compensar las pérdidas económicas, respecto de las personas en comisión de servicio, que trabajan junto a sus casas). Catorce. Liberalizaría todas las permutas. Quince. Pondría cámaras de vídeo dentro de las aulas y daría libertad a los profesores para enseñar a los padres lo que hacen realmente sus hijos. Dieciséis. Me dejaría de cambiar el sistema educativo según mis intereses políticos y a espaldas de los docentes.