Desconozco si el brillo azul de la mirada se pierde. Ella, la tiene. Desconozco si siempre fue tan reluciente el perfume de aquellos que se dedican a lo que siempre soñaron. Yo, lo tuve. Ella reluce, como la escarcha en la piel de los vampiros. Cruzamos un pueblo costero y entre sus lágrimas creo leer la feliz anagnórisis de alguien que ha descubierto un lugar donde es posible entregarte a los demás, dar la vida para que otros tengan oportunidades nuevas. Los gritos, casi siempre, se desparraman cuando olvidas que estamos en esto para hacer un poco más felices a los más débiles. Por ellos brillan sus ojos. Ella ha encontrado lo que muchos han perdido.
La envidio porque no le dirá a los alumnos “me van a pagar lo mismo”, puesto que la Junta no le dará un euro hasta que no complete sus dos primeras nóminas. Desconozco si las profesoras noveles se alimentan del humo turquesa de sus cigarros de cabareteras, pero sí sé que la envidio porque no se cree mejor que los demás, ni la ciega el ego, ni la espanta el trabajo, ni la opción de crear un método nuevo. No tiene miedo de enseñar(se) porque no ha olvidado todavía que “para enseñar hay que aprender(se)”. Y para enseñar cada día hay que aprender cada día. El compañero no es rival. La envidio porque se la presupone torpe y le explican las cosas como a mí me gustaría escucharlas, sin palabras: vacías, sin el afán de parecer lo que no somos. ¿Qué sería de nosotros si no llegaran? ¿Qué sería de nuestro negocio sin la mirada pura de quien comienza, de quienes han luchado tanto para entrar en nuestro barco? La envidio porque se cree a pies juntillas portadora de estrellas y de sueños. Escucha antes de hablar y, de momento, es capaz de extraer de cada cual lo mejor que atesora. ¿Por cuánto tiempo?
Los docentes, poco a poco, nos quedamos sordos. Es literal y literario. El propio retumbar de nuestras propias voces dentro de nuestra propia cabeza va destrozando nuestros propios tímpanos. Todo es muy propio. Del mismo modo, con los años, vamos sintiéndonos protagonistas, como los malos árbitros, de muchas historias para las que somos un mero frontón. De momento, y tras una semana educando, escucha. Desconozco si es posible mantener la mirada abierta y no perder la vida ni la vista. De momento aprecia los destellos hermosos de los pasillos indómitos de la segunda planta. Y la miro y siento nostalgia de mis primeras clases, cuando estaba mucho más próximo a mis propios ideales. (Hace cuatro años escribía con miedo e ilusión). Por aquel entonces, el ego no me cegaba tanto, me creía capaz de ser la mejor versión de mí mismo a diario. Preparaba cada clase con el mismo mimo que un mimo emplea para crear una flor de unos resquicios de aire.
Pero su mirada no será siempre pura. Recuerdo a la persona que me mordió la yugular y que me inyectó el veneno del pesimismo, del conformismo, de la ira que con frecuencia representa la amargura agridulce, y ambigua, que muchos lectores no entienden. Recuerdo la primera vez que me miraron raro por pensar en actividades nuevas, la primera vez que traté de sacar las clases del aula, que pedí reuniones extra... Recuerdo aquel mordisco y ¡cómo me dolió! Y desde entonces me creo encontrar, en ciertos momentos, sepultado bajo la mirada de la mujer de gato, esa profesora que siempre cumple los temarios y que corrige a tiempo. Aquel mordisco mató mi mirada pura, la inocencia y la confianza en el mundo. Ya no sufro tanto, cierto, pero tampoco disfruto igual. Desde entonces me persigue el destino trágico, que tanto deseo evitar, el final de saberme inmortal y funcionario, un vampiro del aula: más que un mal-nacido, un mal-muerto.
¿Y si la muerdo yo? ¿Y si acabo ya con esa pureza antes de que otro lo haga? ¿Le hablo de las presiones, de los inspectores, de agresiones, de responsabilidades penales y de comisiones de servicio…? Y en mi reacción, bajo el resquicio bendito de la luna nueva, llego a ser consciente de que sus lágrimas son lo que yo necesito. Y me fundo, y me confundo, en ellas. Tal vez pueda expulsar el veneno y recordar que soy mortal, un ser que sufre y que se emociona, que a veces siente ganas de abrazar a una gitanita que está triste porque su novio la dejó. Es posible que no todas las oraciones acaben en punto. No todas las ideas se concluyen si luchamos por trabajar con ilusión. Y, sin embargo, si lucho por comenzar de nuevo, tras tantas decepciones,
jueves, 10 de diciembre de 2009
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Ayudar al destino
Estoy muy contento. Esta mañana he visto una cosa que me ha gustado mucho y quería comentarla con todos ustedes. Verán, me han contado muchos casos de personas que, por poner un número mal en la lista de posibles destinos para el traslado, por error, acabaron a muchos kilómetros de sus casas. Hay casos donde la confusión de un pueblo con otro, por tener un nombre parecido o porque sus institutos se llamaban de idéntica manera, desencadenó hasta el final de vínculos maritales. Es un tema delicado. Se trataba de una hojita, lo digo para los que no lo sepan, donde había que poner (hasta) trescientos códigos de IES donde te gustaría trabajar. Si cada centro tiene ocho dígitos, rellenabas hasta 2400 dígitos. Para los que somos de letras, especialmente, las posibilidades de error eran… bastantes. Así, cada año. Reitero: un posible error, en muchos casos, no tenía solución. Era vinculante y, para todos aquellos que solicitaban centro por vez primera, no había posible opción para la renuncia.
Total, que alguien ha pensado que ese sistema del tocho de códigos y la hoja de papel en blanco no es muy profesional, ni acorde a los nuevos tiempos. Y han intentado cambiarlo. Han creado una aplicación informática desde la que es posible ver tus centros de concursos anteriores (de tal modo que no es necesario volver a hacer la lista, si ya la rellenaste conforme a tus gustos, ni entretenerte con ese macro sudoku). También te señala el nombre del instituto y hasta un mapita de GoogleMaps para que puedas ver dónde se encuentra aquel IES que has solicitado. De este modo, aquellas personas cuyas preferencias están claras, lo tienen muy sencillo para cada año solicitar su retorno a Ítaca, sin tener que pensar mucho, simplemente validando la lista del año anterior.
Hay más, no se crean. Es posible, por fin, consignar los formularios desde casa, a través del certificado de usuario y/o con la ayuda de la clave de Séneca (que, para los profanos, es la plataforma desde la que evaluamos o pasamos las faltas de los alumnos). También se puede acceder a estos servicios con el nuevo DNI digital. La interfaz (por momentos siento que estoy escribiendo una reseña para Micromanía) es rápida y funciona bastante bien, siempre que se cuente con una conexión a Internet decente. Te permite ver claramente qué has solicitado y, por supuesto, también evita posibles errores en el reconocimiento de los caracteres, puesto que no es necesario usar el OCR para informatizar la caligrafía. Tú lo ves en la pantalla, lo revisas y, si todo está en orden, lo confirmas desde tu casa. Eso hace también que pueda ordenarse de forma directa, en pocos segundos, sin que tengamos que ir en peregrinación a las distintas sedes de Delegación, toda la información. Tal vez, incluso, ayude a dar destinos un poco más justos.
¡Pero tiene más ventajas aún! Hasta ahora, cada año te preguntaban por tu tiempo de servicio, tus cargos y los puntos obtenidos en los cursos y proyectos. Parece poco lógico tener que acreditar tu formación y experiencia cada año, como así era, y por ello existe ya una base de datos común donde van recopilando todo lo que cada uno tenemos en nuestro haber. Si has conseguido algo, desde el concurso anterior, como el título de doctorado, por ejemplo, lo llevas y te lo actualizan. Al ser menor la afluencia, por tanto, al estar casi todo ya en la base de datos, es más fácil compilar el trabajo… y se han permitido el lujo, por ende, de decirnos ya en qué día exacto sabremos nuestros destinos provisionales y definitivos. Hasta ahora, uno sabía cuándo pedía, pero no cuándo sería escuchado. Eso provocaba desconcierto y el nerviosismo de muchos profesores.
Sé que la esperan, pero no encontrarán en este artículo una crítica velada a nada. Me encanta el sistema y, por lo que he podido ver, es un paso bastante interesante en una línea que es útil y necesaria para todos. Me encanta, en serio. ¡Así, sí! Mi opinión es una, aislada e independiente, como siempre. Habrá a quien no le guste este nuevo sistema para pedir destinos, pero a mí sí me gusta. (Además, se sigue manteniendo la posibilidad de entregarlo a mano, para quien siga peleado con las “nuevas” tecnologías). Si esta columna sirve para que alguien dé una palmadita en la espalda a su programador, me doy por satisfecho. Prometo, por la gloria de mi madre, que no lo conozco… y que tampoco es miembro de mi familia ni de mi selecto grupo de amigos.
Total, que alguien ha pensado que ese sistema del tocho de códigos y la hoja de papel en blanco no es muy profesional, ni acorde a los nuevos tiempos. Y han intentado cambiarlo. Han creado una aplicación informática desde la que es posible ver tus centros de concursos anteriores (de tal modo que no es necesario volver a hacer la lista, si ya la rellenaste conforme a tus gustos, ni entretenerte con ese macro sudoku). También te señala el nombre del instituto y hasta un mapita de GoogleMaps para que puedas ver dónde se encuentra aquel IES que has solicitado. De este modo, aquellas personas cuyas preferencias están claras, lo tienen muy sencillo para cada año solicitar su retorno a Ítaca, sin tener que pensar mucho, simplemente validando la lista del año anterior.
Hay más, no se crean. Es posible, por fin, consignar los formularios desde casa, a través del certificado de usuario y/o con la ayuda de la clave de Séneca (que, para los profanos, es la plataforma desde la que evaluamos o pasamos las faltas de los alumnos). También se puede acceder a estos servicios con el nuevo DNI digital. La interfaz (por momentos siento que estoy escribiendo una reseña para Micromanía) es rápida y funciona bastante bien, siempre que se cuente con una conexión a Internet decente. Te permite ver claramente qué has solicitado y, por supuesto, también evita posibles errores en el reconocimiento de los caracteres, puesto que no es necesario usar el OCR para informatizar la caligrafía. Tú lo ves en la pantalla, lo revisas y, si todo está en orden, lo confirmas desde tu casa. Eso hace también que pueda ordenarse de forma directa, en pocos segundos, sin que tengamos que ir en peregrinación a las distintas sedes de Delegación, toda la información. Tal vez, incluso, ayude a dar destinos un poco más justos.
¡Pero tiene más ventajas aún! Hasta ahora, cada año te preguntaban por tu tiempo de servicio, tus cargos y los puntos obtenidos en los cursos y proyectos. Parece poco lógico tener que acreditar tu formación y experiencia cada año, como así era, y por ello existe ya una base de datos común donde van recopilando todo lo que cada uno tenemos en nuestro haber. Si has conseguido algo, desde el concurso anterior, como el título de doctorado, por ejemplo, lo llevas y te lo actualizan. Al ser menor la afluencia, por tanto, al estar casi todo ya en la base de datos, es más fácil compilar el trabajo… y se han permitido el lujo, por ende, de decirnos ya en qué día exacto sabremos nuestros destinos provisionales y definitivos. Hasta ahora, uno sabía cuándo pedía, pero no cuándo sería escuchado. Eso provocaba desconcierto y el nerviosismo de muchos profesores.
Sé que la esperan, pero no encontrarán en este artículo una crítica velada a nada. Me encanta el sistema y, por lo que he podido ver, es un paso bastante interesante en una línea que es útil y necesaria para todos. Me encanta, en serio. ¡Así, sí! Mi opinión es una, aislada e independiente, como siempre. Habrá a quien no le guste este nuevo sistema para pedir destinos, pero a mí sí me gusta. (Además, se sigue manteniendo la posibilidad de entregarlo a mano, para quien siga peleado con las “nuevas” tecnologías). Si esta columna sirve para que alguien dé una palmadita en la espalda a su programador, me doy por satisfecho. Prometo, por la gloria de mi madre, que no lo conozco… y que tampoco es miembro de mi familia ni de mi selecto grupo de amigos.
martes, 24 de noviembre de 2009
Mar se masturba por primera vez
Aprovecho mi espacio para darle las gracias al Gobierno Extremeño por permitirme redactar esta columna (y, sobre todo, a los creadores de la campaña “el placer está en tus manos”). Asimismo, quiero agradecerle esta fabulosa oportunidad a la Junta de Andalucía y, en especial a ti, Micaela, Consejera Andaluza para la Igualdad. En serio, ser un columnista anónimo es duro. Hay personas que llevan cuatro años pasando mi página de largo; jamás se habrán detenido a leer ni una sola línea… ¡Hasta hoy! Estoy seguro de que titulares y declaraciones así se hacen pensando en nosotros, miembros numerarios del gremio de la opinión, en brindarnos una oportunidad de ser leídos por gente que no pertenezca a nuestra familia y amigos. El sexo vende. En serio, ¡gracias! Esta columna no será de las mejores, pero sí será la más leída. Tal vez hasta me propulse en Google, gracias al titular que impostoramente he seleccionado, y adelante en número de visitas al club de Fans de Naim Thomas. En serio, muchas gracias. No por la campaña en sí, pero sí por permitirme hablar de ella.
O sea, que la Junta de Andalucía se plantea implantar cursos para enseñar a los adolescentes a masturbarse. A ver, cómo lo digo sin que nadie se me enfade: no me escandaliza la idea, pero me parece un poco absurdo que les enseñemos una de las pocas cosas que se aprenden por sí solas (los objetivos, contenidos y procedimientos parecen obvios). El hábito lector lo tienen un poco atrofiado, pero ese otro hábito… creo que goza de mejor salud. ¡Vamos, digo yo! No me dedico a preguntarlo y, de hecho, tampoco quiero dedicarme a eso. Y precisamente porque no me dedico a preguntar entre mis alumnos la frecuencia con la que [colóquese aquí un eufemismo elegante], me atenazo ante la idea de que otras personas sí se cuestionen estos vericuetos… ¡porque hay cosas que son más divertidas si parecen prohibidas, si resultan un hallazgo, algo que jamás nadie hizo antes que tú! No es tan malo que investiguen por ellos mismos, de hecho. Si se lo damos todo tan machacado [lo lamento, no he encontrado un verbo mejor, estoy nervioso porque no acostumbra a leerme tanta gente], no buscarán palabras clave en el diccionario, perderán el plus de motivación que tenían los últimos temas del libro de Biología, su capacidad deductiva se centrará solo en el fútbol. No estoy a la última, lo sé. Y precisamente porque no estoy a la última prefiero que mis alumnos piensen, como nos pasaba antaño, que estas cosas ni siquiera me las he planteado nunca, que fui un adolescente-burbuja sin hormonas, sin un componente molecular ordinario. No veo justo que se les prive del placer de saberse descubridores de la pólvora.
Según me he podido informar, uno de los talleres proyectados en Extremadura indicaba que la literatura erótica era recomendable para las adolescentes tímidas, para las que atesoran pocas fantasías propias. Asimismo, desaconsejaban la pornografía visual pues configura (dicen) una imagen muy limitada del fenómeno sexual. Total, ¡que muchas gracias por barrer para casa también en esto! Tal vez mis compañeros de Plástica se enfaden conmigo (me acuerdo de “El Origen del Mundo”, presente en el D’Orsay), pero estoy muy satisfecho porque no nos costará, de este modo, que los alumnos lean el número de libros mínimo que fijamos para cada nivel cada año. Eso sí, por si acaso, retiraré la célebre pregunta, que se incluía antes en todas las fichas de lectura: “¿qué te ha parecido el final? ¿Hubieras deseado otro?” Los adolescentes siempre quieren finales felices, como ciertas peluquerías de Barcelona. Será mejor no dar pie a sus cavilaciones.
La sociedad está cambiando mucho y me parece bien que cambie. Solo me asusta que, algunas veces, no tengo claro qué finalidad tienen ciertas renovaciones. El cambio por el cambia no está mal, pero tampoco bien. Estoy seguro de que esta es una reflexión pobre, pero es la que hay. Me puede la presión, lo siento. Pienso que las cosas que no están ni bien ni mal son una pérdida de tiempo, casi siempre. ¿Obvio? ¡Lo siento! No volverá a leerme tanta gente hasta que no me dé por escribir realmente la “historia de Mar”. De hecho, este texto es lo de menos, un pretexto para la reflexión introspectiva (¿por qué tanta gente va a leerla?). Seguro que son pocos los que verdaderamente están pensando ahora en algo referente a la educación de nuestros jóvenes. Y es una pena porque ellos, la mitad de las veces, tampoco piensan por ellos mismos, ni con la cabeza.
O sea, que la Junta de Andalucía se plantea implantar cursos para enseñar a los adolescentes a masturbarse. A ver, cómo lo digo sin que nadie se me enfade: no me escandaliza la idea, pero me parece un poco absurdo que les enseñemos una de las pocas cosas que se aprenden por sí solas (los objetivos, contenidos y procedimientos parecen obvios). El hábito lector lo tienen un poco atrofiado, pero ese otro hábito… creo que goza de mejor salud. ¡Vamos, digo yo! No me dedico a preguntarlo y, de hecho, tampoco quiero dedicarme a eso. Y precisamente porque no me dedico a preguntar entre mis alumnos la frecuencia con la que [colóquese aquí un eufemismo elegante], me atenazo ante la idea de que otras personas sí se cuestionen estos vericuetos… ¡porque hay cosas que son más divertidas si parecen prohibidas, si resultan un hallazgo, algo que jamás nadie hizo antes que tú! No es tan malo que investiguen por ellos mismos, de hecho. Si se lo damos todo tan machacado [lo lamento, no he encontrado un verbo mejor, estoy nervioso porque no acostumbra a leerme tanta gente], no buscarán palabras clave en el diccionario, perderán el plus de motivación que tenían los últimos temas del libro de Biología, su capacidad deductiva se centrará solo en el fútbol. No estoy a la última, lo sé. Y precisamente porque no estoy a la última prefiero que mis alumnos piensen, como nos pasaba antaño, que estas cosas ni siquiera me las he planteado nunca, que fui un adolescente-burbuja sin hormonas, sin un componente molecular ordinario. No veo justo que se les prive del placer de saberse descubridores de la pólvora.
Según me he podido informar, uno de los talleres proyectados en Extremadura indicaba que la literatura erótica era recomendable para las adolescentes tímidas, para las que atesoran pocas fantasías propias. Asimismo, desaconsejaban la pornografía visual pues configura (dicen) una imagen muy limitada del fenómeno sexual. Total, ¡que muchas gracias por barrer para casa también en esto! Tal vez mis compañeros de Plástica se enfaden conmigo (me acuerdo de “El Origen del Mundo”, presente en el D’Orsay), pero estoy muy satisfecho porque no nos costará, de este modo, que los alumnos lean el número de libros mínimo que fijamos para cada nivel cada año. Eso sí, por si acaso, retiraré la célebre pregunta, que se incluía antes en todas las fichas de lectura: “¿qué te ha parecido el final? ¿Hubieras deseado otro?” Los adolescentes siempre quieren finales felices, como ciertas peluquerías de Barcelona. Será mejor no dar pie a sus cavilaciones.
La sociedad está cambiando mucho y me parece bien que cambie. Solo me asusta que, algunas veces, no tengo claro qué finalidad tienen ciertas renovaciones. El cambio por el cambia no está mal, pero tampoco bien. Estoy seguro de que esta es una reflexión pobre, pero es la que hay. Me puede la presión, lo siento. Pienso que las cosas que no están ni bien ni mal son una pérdida de tiempo, casi siempre. ¿Obvio? ¡Lo siento! No volverá a leerme tanta gente hasta que no me dé por escribir realmente la “historia de Mar”. De hecho, este texto es lo de menos, un pretexto para la reflexión introspectiva (¿por qué tanta gente va a leerla?). Seguro que son pocos los que verdaderamente están pensando ahora en algo referente a la educación de nuestros jóvenes. Y es una pena porque ellos, la mitad de las veces, tampoco piensan por ellos mismos, ni con la cabeza.
lunes, 16 de noviembre de 2009
Sobre algunos comentarios
De un tiempo a esta parte estoy recibiendo comentarios basados en descalificaciones personales, hecho que me sorprende porque no había ocurrido en los cuatro años precedentes. Me hace gracia que alguien dedique su tiempo a redactar anotaciones que saben de sobra que no voy a publicar. ¡Qué forma de perder el tiempo! Si alguno desea contrastar sus opiniones conmigo, o soltar los excesos de testosterona que le envenan el cuerpo, le ruego que me mande un correo-e a profesorcuyami@gmail.com En caso contrario, no solo no podré publicar su comentario, sino que tampoco podré contestarle. Eso sí, no contesto todos los correos que recibo. Por fortuna son muchos y, además de eso, suelo tener bastante trabajo.
A muchos lectores se les olvidan cuatro cuestiones básicas:
a) Lógicamente en mi blog yo decido qué comentarios se editan y cuáles no. Un blog no es un foro. Un blog es el espacio personal de una persona.
b) Cuando uno acata la línea editorial de un columnista no ha de comulgar plenamente con su ideario, pero si tanto os repugna mi forma de expresarme o los temas que planteo... ¿Por qué no seguís a otra persona? Nadie tiene la obligación de leer lo que escribo, así que si verdaderamente os enerva leerme, no lo hagáis, os lo imploro. No quiero que nadie muera de un flato.
c) No olvidéis que estas columnas no (solo) reflejan vivencias personales. El profesional de la educación que se esconde tras el "PROFESOR CUYAMI" poco o nada tiene que ver con la persona que redacta los artículos. Esto nunca lo he aclarado porque siempre me ha parecido de sentido común. No mezcléis planos, el plano personal y el periodístico-ficcional, pues yo no narro las vivencias de ningún centro en concreto, de ninguna ciudad, yo no muestro mis propias vivencias sino un compendido de las ideas extraídas de los cientos de correos que recibo, al cabo del año, y que son mi fundamentación teórica para escribir todo lo que escribo. Por eso, no busquéis coherencia. No cuento mi historia, cuento muchas historias. Muchos de los datos aportados no son falsos, pero sí ficticios.
d) Por último, y por si alguien sigue dudándolo, quiero dejar claro que mi deseo es siempre favorecer el desarrollo de la educación pública, denunciar aquellos aspectos que pueden mejorarse e incidir en aquellos que van en una buena línea. Mi propósito es noble, aunque más de uno no se lo crea. No busco dinero, tampoco fama, me limito a ejercer mi libertad de expresión de la forma más contructiva y productiva que sé y que puedo. Si alguno sabe hacerlo mejor, como con frecuencia me decís, le animo a que lo haga. Estoy seguro de que yo me convertiré bien pronto en su primer y mejor lector.
A muchos lectores se les olvidan cuatro cuestiones básicas:
a) Lógicamente en mi blog yo decido qué comentarios se editan y cuáles no. Un blog no es un foro. Un blog es el espacio personal de una persona.
b) Cuando uno acata la línea editorial de un columnista no ha de comulgar plenamente con su ideario, pero si tanto os repugna mi forma de expresarme o los temas que planteo... ¿Por qué no seguís a otra persona? Nadie tiene la obligación de leer lo que escribo, así que si verdaderamente os enerva leerme, no lo hagáis, os lo imploro. No quiero que nadie muera de un flato.
c) No olvidéis que estas columnas no (solo) reflejan vivencias personales. El profesional de la educación que se esconde tras el "PROFESOR CUYAMI" poco o nada tiene que ver con la persona que redacta los artículos. Esto nunca lo he aclarado porque siempre me ha parecido de sentido común. No mezcléis planos, el plano personal y el periodístico-ficcional, pues yo no narro las vivencias de ningún centro en concreto, de ninguna ciudad, yo no muestro mis propias vivencias sino un compendido de las ideas extraídas de los cientos de correos que recibo, al cabo del año, y que son mi fundamentación teórica para escribir todo lo que escribo. Por eso, no busquéis coherencia. No cuento mi historia, cuento muchas historias. Muchos de los datos aportados no son falsos, pero sí ficticios.
d) Por último, y por si alguien sigue dudándolo, quiero dejar claro que mi deseo es siempre favorecer el desarrollo de la educación pública, denunciar aquellos aspectos que pueden mejorarse e incidir en aquellos que van en una buena línea. Mi propósito es noble, aunque más de uno no se lo crea. No busco dinero, tampoco fama, me limito a ejercer mi libertad de expresión de la forma más contructiva y productiva que sé y que puedo. Si alguno sabe hacerlo mejor, como con frecuencia me decís, le animo a que lo haga. Estoy seguro de que yo me convertiré bien pronto en su primer y mejor lector.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Campo de batalla
Cristales rotos. Excrementos próximos. Una valla medio derruida, con grietas y alambres. El suelo es irregular, repleto de baches. Terrizo. Cada bache representa una generación de las que arrastraron sus tobillos entre las alambradas. Más allá, el áspero suelo desgarra las rodillas, te hace plantearte si es una buena opción permanecer de pie. Se muestra un terreno irregular, lejos del cual hay poco desahogo. Desde la base de operaciones hasta la explanada del combate hay unos cien metros en los que impera el vacío legal. No hay minas, pero tampoco asfalto. No hay redes, ni mástiles firmes sobre los que elevar porterías ni ánimos. No describo un campo de batalla, aunque es también un campo de batalla. Así lo recuerda Fátima; allí hizo Educación Física desde que era niña y hasta su segundo de la ESO.
Siguen existiendo rincones donde el tiempo se detuvo de forma desigual para todos. Siguen existiendo institutos sin campos de deporte. Siguen existiendo adolescentes sin campos de baloncesto, sin porterías (ni atadas ni firmes). Sigue habiendo docentes de Educación Física que se la juegan sacando a los alumnos a los campos de deportes locales. ¿Y si algo les pasara por el camino, fuera del IES? ¿Se imaginan de quién sería la culpa? Cierto es que la inmensa mayoría de los centros escolares tienen unas instalaciones dignas, pero sigue habiendo poblaciones marginales y marginadas: en cuatro o cinco rincones hacer deporte supone arriesgar tus tobillos. En muchos sitios no existe un pabellón para burlar la lluvia. Si un año llueve, si llueve mucho, se recluyen en las aulas para memorizar a qué altura están esas porterías que no tienen. ¡Y atrévete a pedir, si no tienes, pelotas! Sin pabellones las programaciones de aula dependen de Pepe el Brujo, de las cábalas y de las cabañuelas. “Niños, haremos deporte si no nieva”. Conseguiremos, de este modo, que los alumnos odien la nieve, además del deporte.
Fátima quiere ser profesora de Educación Física y se pregunta por qué no existen, como en otros países, cintas de correr, bicicletas estáticas, pesas… Se pregunta por qué si un balón se pierde la mitad de las veces terminan pagándolo, en sentido alegórico, aquellos que no tuvieron la culpa. ¿Encargar más? Eso es tan absurdo, a corto plazo, como plantearte una ducha en su pueblo. Allí no había duchas, ni vestuarios. Naces y te mueres con el chándal puesto. Los adolescentes así apestan. Y después, me cuentan, se pasea la Consejera de Educación inaugurando instalaciones que ya llevan funcionando muchísimo tiempo. Instalaciones que no cuentan con salones de acto, que no tienen salas de usos múltiples, donde no se pueden impartir ciertas optativas porque literalmente no hay aulas suficientes. Inauguran tus centros, pero no te preguntan por qué en un edificio nuevo no hay despachos suficientes para todos los departamentos, ni por qué no es viable instalar unas malditas placas de energía solar, aunque pongas tú la mano de obra.
Cada día me ponen más enfermo los políticos. Cada día me indignan más ciertas reformas. ¡Queremos dinero! ¡Necesitamos dinero! ¿Lo tengo que decir más clarito? Muchos niños como Fátima siguen corriendo entre hierros y cristales, en escuelas pobres, de pueblos pobres, a los que no llegan ni siquiera los inspectores. Necesitamos dinero: ¡di-ne-ro! Y siento parecer materialista porque a mí lo que de verdad me gusta es enseñar a leer y a escribir, contarle a los chicos quién fue Lope de Vega y de dónde vienen sus topónimos. Pero no. No. Y no. ¡Necesitamos antes mejorar las instalaciones! Eso sí, lo que más me indigna de todo es que en el fondo de todo está que nadie se termina de tomar en serio nuestro trabajo. Nadie termina de creerse eso de que el deporte hace más feliz a la gente, previniéndola de otros hábitos insanos como son el alcohol y las drogas. Sale más barata la gasolina para cortar la cinta, para poner buena cara en las fotos, que invertir en quien de verdad lo necesita. Los que inauguran las instalaciones deportivas jamás llevarán a sus hijos a jugar en ellas. Hoy por hoy el pádel no existe tan lejos de la capital. “Señora, ¿dónde jugarán los niños cuando llueva? Aquí llueve mucho, señora. ¿Nos puede traer una caja de mercromina y tiritas? No tenemos médicos, ni hospital en el pueblo… ¿nos presta su coche oficial para llevar a los niños al hospital, si se abren la cabeza en un socavón?”.
Siguen existiendo rincones donde el tiempo se detuvo de forma desigual para todos. Siguen existiendo institutos sin campos de deporte. Siguen existiendo adolescentes sin campos de baloncesto, sin porterías (ni atadas ni firmes). Sigue habiendo docentes de Educación Física que se la juegan sacando a los alumnos a los campos de deportes locales. ¿Y si algo les pasara por el camino, fuera del IES? ¿Se imaginan de quién sería la culpa? Cierto es que la inmensa mayoría de los centros escolares tienen unas instalaciones dignas, pero sigue habiendo poblaciones marginales y marginadas: en cuatro o cinco rincones hacer deporte supone arriesgar tus tobillos. En muchos sitios no existe un pabellón para burlar la lluvia. Si un año llueve, si llueve mucho, se recluyen en las aulas para memorizar a qué altura están esas porterías que no tienen. ¡Y atrévete a pedir, si no tienes, pelotas! Sin pabellones las programaciones de aula dependen de Pepe el Brujo, de las cábalas y de las cabañuelas. “Niños, haremos deporte si no nieva”. Conseguiremos, de este modo, que los alumnos odien la nieve, además del deporte.
Fátima quiere ser profesora de Educación Física y se pregunta por qué no existen, como en otros países, cintas de correr, bicicletas estáticas, pesas… Se pregunta por qué si un balón se pierde la mitad de las veces terminan pagándolo, en sentido alegórico, aquellos que no tuvieron la culpa. ¿Encargar más? Eso es tan absurdo, a corto plazo, como plantearte una ducha en su pueblo. Allí no había duchas, ni vestuarios. Naces y te mueres con el chándal puesto. Los adolescentes así apestan. Y después, me cuentan, se pasea la Consejera de Educación inaugurando instalaciones que ya llevan funcionando muchísimo tiempo. Instalaciones que no cuentan con salones de acto, que no tienen salas de usos múltiples, donde no se pueden impartir ciertas optativas porque literalmente no hay aulas suficientes. Inauguran tus centros, pero no te preguntan por qué en un edificio nuevo no hay despachos suficientes para todos los departamentos, ni por qué no es viable instalar unas malditas placas de energía solar, aunque pongas tú la mano de obra.
Cada día me ponen más enfermo los políticos. Cada día me indignan más ciertas reformas. ¡Queremos dinero! ¡Necesitamos dinero! ¿Lo tengo que decir más clarito? Muchos niños como Fátima siguen corriendo entre hierros y cristales, en escuelas pobres, de pueblos pobres, a los que no llegan ni siquiera los inspectores. Necesitamos dinero: ¡di-ne-ro! Y siento parecer materialista porque a mí lo que de verdad me gusta es enseñar a leer y a escribir, contarle a los chicos quién fue Lope de Vega y de dónde vienen sus topónimos. Pero no. No. Y no. ¡Necesitamos antes mejorar las instalaciones! Eso sí, lo que más me indigna de todo es que en el fondo de todo está que nadie se termina de tomar en serio nuestro trabajo. Nadie termina de creerse eso de que el deporte hace más feliz a la gente, previniéndola de otros hábitos insanos como son el alcohol y las drogas. Sale más barata la gasolina para cortar la cinta, para poner buena cara en las fotos, que invertir en quien de verdad lo necesita. Los que inauguran las instalaciones deportivas jamás llevarán a sus hijos a jugar en ellas. Hoy por hoy el pádel no existe tan lejos de la capital. “Señora, ¿dónde jugarán los niños cuando llueva? Aquí llueve mucho, señora. ¿Nos puede traer una caja de mercromina y tiritas? No tenemos médicos, ni hospital en el pueblo… ¿nos presta su coche oficial para llevar a los niños al hospital, si se abren la cabeza en un socavón?”.
sábado, 7 de noviembre de 2009
1963
He visto en la televisión un programa titulado “curso del 63”. Lo emiten en Antena 3 y si les hago publicidad de él es, ni más ni menos, porque creo que plantea un debate muy interesante para todos los docentes. Y también para los no docentes, claro. Se trata de un “Gran Hermano” en el que se toma a lo mejor de cada casa, a veinte alumnos díscolos, ávidos de un poco de disciplina, y se les encierra entre cámaras. Se les impone lo que, se entiende, es el modelo educativo que imperaba en los años sesenta. Se les somete a un control minucioso para ver cómo reaccionan ante lo que sus ¿abuelos? soportaban cuando tenían edad escolar. Por tanto, surgen pronto los primeros conflictos porque estamos ante jóvenes que no tienen nada claro el principio de autoridad y, por ende, presentan también un rechazo absoluto hacia las normas. La disciplina es el motor de la conducta, lo que nos hace prosperar y llegar lejos. Por el contrario, ellos no son capaces de renunciar a lo que creen imprescindible. Se extrae de todo esto que consideran imprescindible, por tanto, todo lo que tienen, pues su capacidad de renuncia se encuentra abolida por los estímulos de la sociedad de consumo. Al no ser capaces de renunciar, pues no están acostumbrados a sufrir, pues se les ha privado de forma sistemática y deliberada de la exposición al dolor, no soportan ningún cambio que no sea manifiesta e inminentemente favorable para ellos. La asunción de los cambios es imprescindible a la hora de crecer y, por tanto, es un eje crucial también en cualquier sistema educativo. Ellos lloran porque les prohíben utilizar un tanga. Se creen malos y poderosos, pero no soportan la vida sin un anillo en la nuca. No soportan los cambios, son frágiles, consustancialmente infelices, inadaptados e inadaptables. Un guiñapo, vaya. Jamás los criticaría, pues no tienen la culpa: son un mero desperdicio del sistema.
Comento con mis allegados, casi a diario, que trabajar en la educación pública te hace escorarte hacia la derecha. Dependerá, eso sí, de tu punto de inicio, que termines siendo más o menos integrista (o que te moderes, si partías desde el polo opuesto). ¿Saben qué opino yo del citado programa? Si les interesa, les diré que difunde una concepción errónea de lo que ha de ser nuestro modelo educativo. Hablo como docente y les digo, como docente, que jamás entregaría mi tiempo a un centro en el que las libertades educativas estuvieran tan restringidas para todos. Los cambios son buenos. El cambio social denota cierta evolución y evolucionar es sano y sabio. Es obvio que si los docentes tuviéramos poder para agredir a los estudiantes, por ejemplo, nuestra labor sería mucho más sencilla. Muchos no llegaríamos a hacerlo, estoy seguro, pero la propia fuerza coercitiva bastaría para doblegar su facultad volitiva. “La amenaza es más fuerte que su ejecución”. Pero eso, y quiero dejarlo bien claro, supone un paso atrás, una negligencia hacia las inmensas posibilidades que nuestra psique nos ofrece. El docente que necesita la fuerza para imponer su criterio es torpe y, como tal, no merece llamarse docente. Eso no quita que, en los casos extremos, necesitamos medidas extremas. Y no las tenemos.
Discutir sobre las diferencias entre el modelo educativo del 63 y la realidad de nuestras aulas de hoy en día, nos llevaría, necesariamente, a redefinir el peso de los límites. El debate sobre los límites es, en educación, El Debate: la clave de todo. La clave de gran parte de nuestros problemas se esconde ahí. Y me preocupa que demasiadas personas creyeran, viendo el programa, que antes estábamos mejor… porque no es así. La libertad de expresión va aparejada a la sociedad adulta a la que se supone que pertenecemos. Ni ahora estamos tan mal, ni antes estábamos tan bien. Tal vez en el punto medio esté la virtud, como siempre, y habría que reflexionar sobre cómo durante un par de décadas (setenta y ochenta) se disfrutó, en opinión de muchos, de ese punto medio. Deberíamos aspirar a reconquistarlo, pues funcionó. Ineludiblemente, hemos de reflexionar también sobre por qué lo perdimos.
Un alumno mío, hace unos años, me dijo “maestro, si abrieran un colegio donde los profesores pudieran pegarle a los alumnos, estoy seguro de que mis viejos me apuntaban. Y habría tortas por entrar”. “Y dentro, también. Por supuesto. Pero yo no trabajaría allí”, le respondí.
Comento con mis allegados, casi a diario, que trabajar en la educación pública te hace escorarte hacia la derecha. Dependerá, eso sí, de tu punto de inicio, que termines siendo más o menos integrista (o que te moderes, si partías desde el polo opuesto). ¿Saben qué opino yo del citado programa? Si les interesa, les diré que difunde una concepción errónea de lo que ha de ser nuestro modelo educativo. Hablo como docente y les digo, como docente, que jamás entregaría mi tiempo a un centro en el que las libertades educativas estuvieran tan restringidas para todos. Los cambios son buenos. El cambio social denota cierta evolución y evolucionar es sano y sabio. Es obvio que si los docentes tuviéramos poder para agredir a los estudiantes, por ejemplo, nuestra labor sería mucho más sencilla. Muchos no llegaríamos a hacerlo, estoy seguro, pero la propia fuerza coercitiva bastaría para doblegar su facultad volitiva. “La amenaza es más fuerte que su ejecución”. Pero eso, y quiero dejarlo bien claro, supone un paso atrás, una negligencia hacia las inmensas posibilidades que nuestra psique nos ofrece. El docente que necesita la fuerza para imponer su criterio es torpe y, como tal, no merece llamarse docente. Eso no quita que, en los casos extremos, necesitamos medidas extremas. Y no las tenemos.
Discutir sobre las diferencias entre el modelo educativo del 63 y la realidad de nuestras aulas de hoy en día, nos llevaría, necesariamente, a redefinir el peso de los límites. El debate sobre los límites es, en educación, El Debate: la clave de todo. La clave de gran parte de nuestros problemas se esconde ahí. Y me preocupa que demasiadas personas creyeran, viendo el programa, que antes estábamos mejor… porque no es así. La libertad de expresión va aparejada a la sociedad adulta a la que se supone que pertenecemos. Ni ahora estamos tan mal, ni antes estábamos tan bien. Tal vez en el punto medio esté la virtud, como siempre, y habría que reflexionar sobre cómo durante un par de décadas (setenta y ochenta) se disfrutó, en opinión de muchos, de ese punto medio. Deberíamos aspirar a reconquistarlo, pues funcionó. Ineludiblemente, hemos de reflexionar también sobre por qué lo perdimos.
Un alumno mío, hace unos años, me dijo “maestro, si abrieran un colegio donde los profesores pudieran pegarle a los alumnos, estoy seguro de que mis viejos me apuntaban. Y habría tortas por entrar”. “Y dentro, también. Por supuesto. Pero yo no trabajaría allí”, le respondí.
miércoles, 28 de octubre de 2009
Ordenadores
No me gustan los plagios. Cuando consigo dormir, evitando con mi adarga la sombra ocre de mi inspector, se me presenta en sueños un alto cargo de la SGAE para destruir mis ansias de gratuidad, mi fe en una cultura que traspase barreras económicas y sociales. No me gustan los plagios porque, pese a las columnas que perpetro a veces, tengo espíritu de librepensador y me fastidiaría bastante que alguien se aprovechara de mi trabajo impunemente. Pese a todo, esta mañana me ha llegado un correo electrónico firmado por Mónica Escobar y quería darle difusión, como ella me pide, aunque no me gustan los plagios. Ya la invitaré a un café… si logra encontrarme, claro.
Presento una supuesta carta de una alumna de quinto de Primaria. Como sabrán ya, se ha destinado una importantísima partida de ordenadores para dicho nivel. Esta inversión no solo se ciñe a Andalucía, por supuesto, así que contamos una vigencia absoluta en demasiados lugares. Por desgracia, el lugar hipotético que se vislumbra en los panfletos publicitarios poco tiene que ver con demasiados hogares. Esta es la primera vez que extraigo un fragmento de Internet y me he impuesto de penitencia no volver a hacerlo en las próximas cien columnas que escriba… ¿Qué le hago si yo no hubiera sido capaz de escribirlo mejor que ella? ¡Que lo disfruten!
“Hola, me llamo Marta. La semana pasada nos trajeron un montón de ordenadores, para todos menos para el profesor. Nos pusimos muy contentos porque pensamos que también nos traerían una pizarra nueva, sillas nuevas, un telescopio, material nuevo de laboratorio y que nos arreglarían la calefacción. Pero no, sólo trajeron ordenadores. El primer día no hicimos nada con ellos porque nuestro profe no sabe informática. Dijo que ya miraría algo en casa, pero María (la empollona) le contestó que ella podía enseñarle, pues en su casa tiene un ordenador y sabe manejarlo. Todos nos reímos, pero el profe no.
El profe también dijo que eran para nosotros y que nos los podíamos llevar a casa. Yo cogí el mío y lo guardé en la mochila, pero a mi amiga Mati se le cayó y se le rompió todo (el profe le hizo una foto). A Luis se lo robaron unos gamberros mientras volvía a casa y a Santi se lo rompió Mateo, el niño que nos pega a todos. En clase los que más usan el ordenador son Toni y Andrés. Son dos niños un poco retrasados y que antes sólo molestaban. Ahora con el portátil les ponen una película de dibujos y están más callados.
Ayer nos explicaron cómo sacar información de Internet y nos mandaron deberes para buscar en casa. Mi papá, que ahora no trabaja, dice que no tenemos dinero para Internet, por eso no he podido hacer los deberes esta semana. A mi hermano mayor también le van a dar uno y él está muy contento pues dice que podrá colgar fotos y chatear con las chicas. También me ha dicho que, a partir de ahora, no tendrá que fijarse en las faltas de ortografía pues el ordenador las corrige automáticamente”.
Volvemos a lo de siempre. Este es el precio de realizar las inversiones sin contar con la opinión de los verdaderos especialistas. Volvemos a lo de siempre: las inversiones son desiguales y mientras que el despilfarro prosigue, nosotros hemos de manifestarnos para lograr que cubran todas las plazas vacantes. Volvemos a lo de siempre: implementan ciertos materiales, pero no se forma a los docentes para que aprendan a utilizarlos. Más aún: las reformas educativas pretenden arreglarle la vida a la gente, pero sin tener en cuenta sus verdaderas necesidades. Todo por el pueblo, pero sin el pueblo, vaya. Vivimos una especie de Ilustración, pero sin luces. Vivimos instalados en un nepotismo tosco en el que todo parece parcheado, sin criterio, sin vigencia. Casi todo carece de continuidad porque lo único que verdaderamente lava las caras, y siega los votos, es la rabiosa novedad.
Presento una supuesta carta de una alumna de quinto de Primaria. Como sabrán ya, se ha destinado una importantísima partida de ordenadores para dicho nivel. Esta inversión no solo se ciñe a Andalucía, por supuesto, así que contamos una vigencia absoluta en demasiados lugares. Por desgracia, el lugar hipotético que se vislumbra en los panfletos publicitarios poco tiene que ver con demasiados hogares. Esta es la primera vez que extraigo un fragmento de Internet y me he impuesto de penitencia no volver a hacerlo en las próximas cien columnas que escriba… ¿Qué le hago si yo no hubiera sido capaz de escribirlo mejor que ella? ¡Que lo disfruten!
“Hola, me llamo Marta. La semana pasada nos trajeron un montón de ordenadores, para todos menos para el profesor. Nos pusimos muy contentos porque pensamos que también nos traerían una pizarra nueva, sillas nuevas, un telescopio, material nuevo de laboratorio y que nos arreglarían la calefacción. Pero no, sólo trajeron ordenadores. El primer día no hicimos nada con ellos porque nuestro profe no sabe informática. Dijo que ya miraría algo en casa, pero María (la empollona) le contestó que ella podía enseñarle, pues en su casa tiene un ordenador y sabe manejarlo. Todos nos reímos, pero el profe no.
El profe también dijo que eran para nosotros y que nos los podíamos llevar a casa. Yo cogí el mío y lo guardé en la mochila, pero a mi amiga Mati se le cayó y se le rompió todo (el profe le hizo una foto). A Luis se lo robaron unos gamberros mientras volvía a casa y a Santi se lo rompió Mateo, el niño que nos pega a todos. En clase los que más usan el ordenador son Toni y Andrés. Son dos niños un poco retrasados y que antes sólo molestaban. Ahora con el portátil les ponen una película de dibujos y están más callados.
Ayer nos explicaron cómo sacar información de Internet y nos mandaron deberes para buscar en casa. Mi papá, que ahora no trabaja, dice que no tenemos dinero para Internet, por eso no he podido hacer los deberes esta semana. A mi hermano mayor también le van a dar uno y él está muy contento pues dice que podrá colgar fotos y chatear con las chicas. También me ha dicho que, a partir de ahora, no tendrá que fijarse en las faltas de ortografía pues el ordenador las corrige automáticamente”.
Volvemos a lo de siempre. Este es el precio de realizar las inversiones sin contar con la opinión de los verdaderos especialistas. Volvemos a lo de siempre: las inversiones son desiguales y mientras que el despilfarro prosigue, nosotros hemos de manifestarnos para lograr que cubran todas las plazas vacantes. Volvemos a lo de siempre: implementan ciertos materiales, pero no se forma a los docentes para que aprendan a utilizarlos. Más aún: las reformas educativas pretenden arreglarle la vida a la gente, pero sin tener en cuenta sus verdaderas necesidades. Todo por el pueblo, pero sin el pueblo, vaya. Vivimos una especie de Ilustración, pero sin luces. Vivimos instalados en un nepotismo tosco en el que todo parece parcheado, sin criterio, sin vigencia. Casi todo carece de continuidad porque lo único que verdaderamente lava las caras, y siega los votos, es la rabiosa novedad.
jueves, 15 de octubre de 2009
PowerPoint de un lector
Hace unos meses un compañero de profesión creó una presentación interactiva con una de mis columnas. No lo conozco, pero admito que me hizo mucha ilusión que se tomara tantas molestias por un texto mío. Os cuelgo el enlace por si alguno desea verlo y/o conservarlo. Eso sí, quiero repetir algo que creo haber dicho ya alguna que otra vez. La columna "Los funcionarios no lloran", que ha tenido siempre mucha difusión, no refleja nada bien mi verdadero sentir frente a este trabajo. Fue el resultado de una mañana deplorable, de esas que hay tantas, tras la cual me encerré frente al ordenador totalmente desanimado y clavé mi frustración.
Creo que hay más motivos para la esperanza que para el desánimo. Sin embargo, también sé que esta columna refleja muy bien el sentir de muchos (de demasiados) y a ellos va dedicada. Lo mío fue un mal día, pero muchos viven encerrados en esa sensación de desánimo. Es también el mío, por supuesto, mi desánimo, aunque solo a veces; aunque solo sea una visión parcial de la experiencia docente.
http://d.yimg.com/kq/groups/16193386/59071323/name/LOS_PROFESORES_NO_LLORAN.PPS
Creo que hay más motivos para la esperanza que para el desánimo. Sin embargo, también sé que esta columna refleja muy bien el sentir de muchos (de demasiados) y a ellos va dedicada. Lo mío fue un mal día, pero muchos viven encerrados en esa sensación de desánimo. Es también el mío, por supuesto, mi desánimo, aunque solo a veces; aunque solo sea una visión parcial de la experiencia docente.
http://d.yimg.com/kq/groups/16193386/59071323/name/LOS_PROFESORES_NO_LLORAN.PPS
martes, 13 de octubre de 2009
Y sin embargo se mueve
Me imagino a Galileo con la cabeza gacha tras el enorme chaparrón de críticas que le estaban cayendo encima. Se habían salido con la suya y él tendría que reconocer que el universo al completo giraba alrededor de nuestro Orbe. Pero… dejó su puntilla. Vosotros ganáis, pero no me habéis convencido. Haré lo que vosotros queráis, no me queda otra, pero no me habéis derrotado. Simplemente tengo que acatar, porque no queda otra, a pesar de lo cual voy a seguir pensando y haciendo lo que me salga del planisferio. Lo murmuró, sí, porque no quería convertirse en un pinchito. Lo murmuró, pero su murmullo resultó ser el grito más desgarrador que he leído jamás.
Me he acordado de esa frase al concluir una reunión que hemos tenido con nuestro Jefe de Estudios para abordar el trabajo en competencias. Para los profanos he decir que todas nuestras programaciones han de ir abandonando la estructura de objetivos-contenidos-evaluación para (re)estructurarse en torno a las competencias básicas, que son una especie de lista ambigua de cosas que estaría bien que nuestros alumnos hicieran mejor. La única pega de todo esto es que el objeto de dicha digresión metafísica no la comprenden salvo cuatro o cinco luminiscentes seres nacidos de las entrañas del dios de la Pedagogía. Las programaciones antiguas eran fáciles de llevar al plano real; las que incentivan el trabajo en competencias me recuerdan a los tirabuzones que hacen los chinos en las olimpiadas, antes de caer en la piscina. Me he permitido hacer una pequeña encuesta entre los diez o doce compañeros que había en la sala de profesores durante la hora del café y lo más destacable no es que ninguno haya sabido definir “competencia” con demasiada convicción. Lo verdaderamente chocante es que todos, sin excepción, terminaron su respuesta con la coletilla “¿es eso?”. De sobra sé que cuando un profesor concluye de ese modo una afirmación evidencia que tira de oficio porque no encuentra camino alguno más allá de la línea tangente.
“Me llamo Cuyami y no comprendo el trabajo en competencias”. Deberíamos organizar una quedada anónima donde no dé tanta vergüenza presentarnos y reconocer ese secreto a voces. Les juro que me he empollado la legislación y que he ido a cursos y seminarios de gente de esa luminiscente. A pesar de lo cual, o a pesar de ellos, saco la conclusión de que eso de “potenciar lo que el estudiante ya sabe, tratando de darle una enseñanza que desarrolle sus capacidades de forma eficaz y que no se ciña a la mera memorización de los contenidos”, lo escribió alguien que acababa de salir de un SPA y no de una clase. Pero yo ni en el pediluvio descubro la diferencia entre eso y lo que ya llevamos haciendo un número descarnado de años. No lo entiendo, en serio. Y tampoco veo a los todos esos maestros con los que bordeamos la cincuentena cambiando la metodología de cuajo y así porque sí. Ah, y mucho peor. No veo las ventajas de hacerlo, no veo la ventaja de cambiarlo todo. Lo veo todo muy turbio y no se crean que no le he puesto voluntad a desliar la trabazón. No ha sido suficiente. Tal vez alguien deba sacar para mí un manual de “competencias para dummies” porque no termino de creerme que la educación tradicional esté tan mal, de hecho. Pese a lo cual, pienso que la mayoría de los docentes ya no somos tan tradicionalistas como se cree. No nos regimos por métodos ortodoxos, ni de lejos. Nos adaptamos de lo lindo a lo feo en la realidad del aula, hacemos adaptaciones curriculares (significativas y nimias) como quien calienta leches para el café. Pero no es suficiente.
¿Qué aptitudes o adoctrinamientos teóricos han de llevarme a trabajar en competencias? ¿Cuando lo haga, seré consciente de que lo estoy haciendo o es como cuando Harry Potter hablaba pársel sin darse cuenta de que lo estaba haciendo? Aprovecho mi oportunidad y que escribo en un periódico con mucha difusión para dejar un anuncio por palabras: “Docente cambia manual sobre competencias (que se entienda) por antigua máquina de correr. Interesados contacten conmigo”.
Me he acordado de esa frase al concluir una reunión que hemos tenido con nuestro Jefe de Estudios para abordar el trabajo en competencias. Para los profanos he decir que todas nuestras programaciones han de ir abandonando la estructura de objetivos-contenidos-evaluación para (re)estructurarse en torno a las competencias básicas, que son una especie de lista ambigua de cosas que estaría bien que nuestros alumnos hicieran mejor. La única pega de todo esto es que el objeto de dicha digresión metafísica no la comprenden salvo cuatro o cinco luminiscentes seres nacidos de las entrañas del dios de la Pedagogía. Las programaciones antiguas eran fáciles de llevar al plano real; las que incentivan el trabajo en competencias me recuerdan a los tirabuzones que hacen los chinos en las olimpiadas, antes de caer en la piscina. Me he permitido hacer una pequeña encuesta entre los diez o doce compañeros que había en la sala de profesores durante la hora del café y lo más destacable no es que ninguno haya sabido definir “competencia” con demasiada convicción. Lo verdaderamente chocante es que todos, sin excepción, terminaron su respuesta con la coletilla “¿es eso?”. De sobra sé que cuando un profesor concluye de ese modo una afirmación evidencia que tira de oficio porque no encuentra camino alguno más allá de la línea tangente.
“Me llamo Cuyami y no comprendo el trabajo en competencias”. Deberíamos organizar una quedada anónima donde no dé tanta vergüenza presentarnos y reconocer ese secreto a voces. Les juro que me he empollado la legislación y que he ido a cursos y seminarios de gente de esa luminiscente. A pesar de lo cual, o a pesar de ellos, saco la conclusión de que eso de “potenciar lo que el estudiante ya sabe, tratando de darle una enseñanza que desarrolle sus capacidades de forma eficaz y que no se ciña a la mera memorización de los contenidos”, lo escribió alguien que acababa de salir de un SPA y no de una clase. Pero yo ni en el pediluvio descubro la diferencia entre eso y lo que ya llevamos haciendo un número descarnado de años. No lo entiendo, en serio. Y tampoco veo a los todos esos maestros con los que bordeamos la cincuentena cambiando la metodología de cuajo y así porque sí. Ah, y mucho peor. No veo las ventajas de hacerlo, no veo la ventaja de cambiarlo todo. Lo veo todo muy turbio y no se crean que no le he puesto voluntad a desliar la trabazón. No ha sido suficiente. Tal vez alguien deba sacar para mí un manual de “competencias para dummies” porque no termino de creerme que la educación tradicional esté tan mal, de hecho. Pese a lo cual, pienso que la mayoría de los docentes ya no somos tan tradicionalistas como se cree. No nos regimos por métodos ortodoxos, ni de lejos. Nos adaptamos de lo lindo a lo feo en la realidad del aula, hacemos adaptaciones curriculares (significativas y nimias) como quien calienta leches para el café. Pero no es suficiente.
¿Qué aptitudes o adoctrinamientos teóricos han de llevarme a trabajar en competencias? ¿Cuando lo haga, seré consciente de que lo estoy haciendo o es como cuando Harry Potter hablaba pársel sin darse cuenta de que lo estaba haciendo? Aprovecho mi oportunidad y que escribo en un periódico con mucha difusión para dejar un anuncio por palabras: “Docente cambia manual sobre competencias (que se entienda) por antigua máquina de correr. Interesados contacten conmigo”.
martes, 6 de octubre de 2009
La educación pobre
Cito literalmente. “Amigo, siempre que he podido os he echado una mano, pero tenéis que entender que hay que apretarse el cinturón. Comprendo que si todos los docentes están a veinticinco horas, la gente se va a cabrear contigo, pero… ¡No hay dinero para mandar a otro profesor más!”. Hace unos años se invirtió fuerte para comprar unos “tamagochis” que eran imprescindibles para llevar el control de las faltas. Es el IES Pandemónium un centro con solera y, por tanto, los pequeños cambios han de hacerse a lo grande… o no se hacen. Se gastaron varios miles de euros y desde que esa inversión se realizó, no hemos podido encargar fotocopias libremente. Se computa cada encuadernación y los alumnos han de pagarlo casi todo. Puedes, claro que puedes, hacer copias sueltas, pero eso te catapulta a los primeros puestos de cierta lista negra sobre la que no sabría decir bien cuáles son sus efectos. Hay a disposición de todo el Centro solo dos cañones y la sala de ordenadores no está funcional, pues solo cuatro o cinco pecés tienen conexión a Internet. Se nos pide que trabajemos en la plataforma del IES y, sin embargo, la señal de Wifi es más tosca que la estrategia de los persas para conquistar Babilonia. No hay dinero. Notamos la carestía en los profesores que no mandan y en los horarios que hay que compartir. ¿Cómo se explican que un profesor de Lengua esté dando solo cuatro horas de su asignatura y, a cambio, Educación para la Ciudadanía, Alternativa, Género y Plástica? ¿Se imaginan? Esto lo provocan los recortes en el personal, y en el presupuesto, así como que la lista de internos no avance, que sea una verdadera cruzada conseguir un sustituto si el profesor dañado no se está muriendo…
En estos años he aprendido que las únicas sustituciones que se cubren ipso facto son las de los políticos que se acogen a sus quince días de veraneo para preparar la campaña electoral. Esos sustitutos sí llegan con la luz del alba del día primero. Todo lo demás transluce que estamos en cuadro: han cerrado una parte importante de los proyectos (centros TIC, programas de biblioteca…) y te remiten a la creatividad como fuente inagotable de recursos pedagógicos. Según me cuentan, las cuentas de los IES son la cuadratura del círculo, porque estamos en cuadro. ¿Han visto los datos que indican que en casi todos los países civilizados se invierte más que aquí, por alumno, en Educación? Nos cierran el grifo de agua (literalmente, no hay dinero para reponer el depósito de las máquinas y nos envían a los abrevaderos de los niños). Las mayores inversiones que se hacen, en muchos centros, se deben a premios organizados y financiados por cajas de ahorros o fundaciones. ¿Saben qué es lo que más me molesta de esta contrariedad? Estando como estamos, estando las clases a más de treinta por culpa de la crisis, tenemos que soportar que todos los panfletos oficiales vayan en papel bueno, con brillitos y logotipos cuidadosamente diseñados en Barcelona. Cuando ustedes reciben una comunicación institucional, ¿no se preguntan por qué no se gastan el dinero de la infografía en conseguir que los grupos estén un poco más descargados? Cuando vean que la Junta de Andalucía coloca vallas costosísimas explicándonos que el mundo no se viene abajo, ¿no se les ocurre pensar en la cantidad de salones multiusos que podrían edificarse con esa pasta? En nuestro instituto no existe ningún aula donde quepan sentadas más de cincuenta personas. No tenemos polideportivo. No existe teatro, ni recinto alguno que esté techado. No puede haber representaciones, ni celebraciones masivas. Si llueve, no hay deporte.
Así se invierte. En tonterías. Y la respuesta a peticiones serias, y cito, es que tenemos que apretarnos el cinturón. Por desgracia, la mayoría de los problemas que tenemos en el día a día son una cuestión de dinero, se resolverían con una inversión mayor. Habría que apostar por la FP, dar alternativas a los alumnos avocados al fracaso escolar, trabajar con más profesionales de apoyo, mejorar instalaciones y, sobre todo, hacer que baje la ratio en demasiados centros donde, llegado el mes de octubre, seguimos esperando a los nuevos compañeros. La clave: cada mes que pasan sus hijos sin profesor de Filosofía, ellos se ahorran dos mil eurillos de sueldo.
En estos años he aprendido que las únicas sustituciones que se cubren ipso facto son las de los políticos que se acogen a sus quince días de veraneo para preparar la campaña electoral. Esos sustitutos sí llegan con la luz del alba del día primero. Todo lo demás transluce que estamos en cuadro: han cerrado una parte importante de los proyectos (centros TIC, programas de biblioteca…) y te remiten a la creatividad como fuente inagotable de recursos pedagógicos. Según me cuentan, las cuentas de los IES son la cuadratura del círculo, porque estamos en cuadro. ¿Han visto los datos que indican que en casi todos los países civilizados se invierte más que aquí, por alumno, en Educación? Nos cierran el grifo de agua (literalmente, no hay dinero para reponer el depósito de las máquinas y nos envían a los abrevaderos de los niños). Las mayores inversiones que se hacen, en muchos centros, se deben a premios organizados y financiados por cajas de ahorros o fundaciones. ¿Saben qué es lo que más me molesta de esta contrariedad? Estando como estamos, estando las clases a más de treinta por culpa de la crisis, tenemos que soportar que todos los panfletos oficiales vayan en papel bueno, con brillitos y logotipos cuidadosamente diseñados en Barcelona. Cuando ustedes reciben una comunicación institucional, ¿no se preguntan por qué no se gastan el dinero de la infografía en conseguir que los grupos estén un poco más descargados? Cuando vean que la Junta de Andalucía coloca vallas costosísimas explicándonos que el mundo no se viene abajo, ¿no se les ocurre pensar en la cantidad de salones multiusos que podrían edificarse con esa pasta? En nuestro instituto no existe ningún aula donde quepan sentadas más de cincuenta personas. No tenemos polideportivo. No existe teatro, ni recinto alguno que esté techado. No puede haber representaciones, ni celebraciones masivas. Si llueve, no hay deporte.
Así se invierte. En tonterías. Y la respuesta a peticiones serias, y cito, es que tenemos que apretarnos el cinturón. Por desgracia, la mayoría de los problemas que tenemos en el día a día son una cuestión de dinero, se resolverían con una inversión mayor. Habría que apostar por la FP, dar alternativas a los alumnos avocados al fracaso escolar, trabajar con más profesionales de apoyo, mejorar instalaciones y, sobre todo, hacer que baje la ratio en demasiados centros donde, llegado el mes de octubre, seguimos esperando a los nuevos compañeros. La clave: cada mes que pasan sus hijos sin profesor de Filosofía, ellos se ahorran dos mil eurillos de sueldo.
miércoles, 30 de septiembre de 2009
El reino de las sombras (sobre las hijas de Zapatero)
Voy a tratar de analizar lo más fríamente que puedo este asunto. Voy a tratar de abrir la realidad y de cauterizarla en un único tajo. Tengo un par de lectores que me siguen con lupa y que están esperando cualquier pretexto para decir que me politizo más de la cuenta o que soy un cenizo. No es así. Entiéndanme, mi equipo bajó a segunda el año pasado y lo llevo lo mejor que puedo. Además, y por más que lo entiendo, no termino de creerme que sea verdad eso de que la crisis es una coyuntura coyuntural global. Me asusta un poco eso de la subida de los impuestos y el cáncer de próstata. Además, estoy a dieta, y eso le agria el carácter a cualquiera. ¡Tengo motivos para estar amargado! Con todo y con eso, lo voy a intentar. Voy a intentar ser lo más frío que pueda.
Datos objetivos: El Presidente del Gobierno lleva a sus hijas, en un viaje de estado, a Estados Unidos. Nuestros impuestos pagan ese desplazamiento. La cultura norteamericana da una importancia capital al peso familiar en la célula máxima de Gobierno. Donde fueras haz lo que vieres. La primera dama (¿o el primer damo?) cumplen un rol clave que se ve apuntalado por la figura de los hijos. Por tanto, la exposición de los hijos es socialmente lógica y consabida. Por tanto, es normal que nuestro funcionario máximo acuda con su familia al encuentro con el líder norteamericano. También es lógico que exponga, por tanto, al peso mediático a toda su familia. No ha de suponer un problema que estas sean menores de edad. Al fin y al cabo, cuentan con el consentimiento paterno. Nadie debe cuestionar el buen juicio y la atención como padre de una persona capacitada para dirigir un país. Hasta aquí, todo parece nocional y nacionalmente cerrado.
Una comparecencia pública requiere de un atuendo adecuado. Nuestros dirigentes nos representan. Nuestros dirigentes deberían adecuarse a cierto canon estético propio del país al que abanderan. No obstante, si tu padre es el presidente de todos tus españoles eso no debería coaccionar tu forma de pensar ni de vestir. Al fin y al cabo, todo adolescente ha de tener cierto margen de expansión para tomar sus propias decisiones, acertadas o no. Imagino que todo padre desearía, aún así, que sus hijos, de cara a la opinión pública, presenten la mejor cara posible. No parece posible que Zapatero y que Sonsoles estimen que la estética de sus hijas es la más adecuada. Al fin y al cabo, si ellos estuvieran de acuerdo con la forma de expresión gótica, comulgarían de ella (y nuestro presidente siempre vestiría de negro). Por tanto, es probable que ellos desearan que sus hijas, al menos en esa ocasión tan señalada, vistieran de otro modo más acorde a los usos y a las costumbres españolas. Al fin y al cabo, el movimiento gótico (cito) estipula que “el color ha de estar ausente, pues el mundo se ha convertido en un foco de dolor carente de esperanza. No hay signos para el optimismo”. El discurso político de Rodríguez Zapatero no es ese, sino el opuesto. La imagen que transmitieron, por tanto, sus hijas, no es acorde a su mensaje de fondo. Parece lógico estimar que no le convenía que ellas (durante ese día) vistieran de ese modo. Habría que considerar que el votante socialista muestra, en líneas generales, una visión abierta ante la vida. Tal vez, incluso, en ciertos colectivos la imagen mostrada pudiera beneficiara los intereses del partido socialista. Pero no lo creo. Si el atuendo respondiera a un efecto previamente buscado, ¿por qué se ha dificultado el acceso de la opinión pública a dicha instantánea? Todo parece indicar, por tanto, que ni Rodríguez Zapatero ni su mujer consideraban adecuada la forma de vestir de sus hijas para ese día. Nudo nocional cerrado.
Tras exponer de forma objetiva todo esto… ¿Me puede alguien explicar cómo demonios se pretende que eduquemos a los hijos de la gente si ni siquiera el Presidente del Gobierno es capaz de conseguir que sus hijas se pongan una camiseta de cuadritos en un día tan señalado como es la primera visita a la casa de Obama? ¿Qué le digo yo al padre que sistemáticamente da la razón a sus vástagos, a todos esos padres que ceden sistemáticamente ante ellos… si el responsable máximo de este país también lo hace?
Datos objetivos: El Presidente del Gobierno lleva a sus hijas, en un viaje de estado, a Estados Unidos. Nuestros impuestos pagan ese desplazamiento. La cultura norteamericana da una importancia capital al peso familiar en la célula máxima de Gobierno. Donde fueras haz lo que vieres. La primera dama (¿o el primer damo?) cumplen un rol clave que se ve apuntalado por la figura de los hijos. Por tanto, la exposición de los hijos es socialmente lógica y consabida. Por tanto, es normal que nuestro funcionario máximo acuda con su familia al encuentro con el líder norteamericano. También es lógico que exponga, por tanto, al peso mediático a toda su familia. No ha de suponer un problema que estas sean menores de edad. Al fin y al cabo, cuentan con el consentimiento paterno. Nadie debe cuestionar el buen juicio y la atención como padre de una persona capacitada para dirigir un país. Hasta aquí, todo parece nocional y nacionalmente cerrado.
Una comparecencia pública requiere de un atuendo adecuado. Nuestros dirigentes nos representan. Nuestros dirigentes deberían adecuarse a cierto canon estético propio del país al que abanderan. No obstante, si tu padre es el presidente de todos tus españoles eso no debería coaccionar tu forma de pensar ni de vestir. Al fin y al cabo, todo adolescente ha de tener cierto margen de expansión para tomar sus propias decisiones, acertadas o no. Imagino que todo padre desearía, aún así, que sus hijos, de cara a la opinión pública, presenten la mejor cara posible. No parece posible que Zapatero y que Sonsoles estimen que la estética de sus hijas es la más adecuada. Al fin y al cabo, si ellos estuvieran de acuerdo con la forma de expresión gótica, comulgarían de ella (y nuestro presidente siempre vestiría de negro). Por tanto, es probable que ellos desearan que sus hijas, al menos en esa ocasión tan señalada, vistieran de otro modo más acorde a los usos y a las costumbres españolas. Al fin y al cabo, el movimiento gótico (cito) estipula que “el color ha de estar ausente, pues el mundo se ha convertido en un foco de dolor carente de esperanza. No hay signos para el optimismo”. El discurso político de Rodríguez Zapatero no es ese, sino el opuesto. La imagen que transmitieron, por tanto, sus hijas, no es acorde a su mensaje de fondo. Parece lógico estimar que no le convenía que ellas (durante ese día) vistieran de ese modo. Habría que considerar que el votante socialista muestra, en líneas generales, una visión abierta ante la vida. Tal vez, incluso, en ciertos colectivos la imagen mostrada pudiera beneficiara los intereses del partido socialista. Pero no lo creo. Si el atuendo respondiera a un efecto previamente buscado, ¿por qué se ha dificultado el acceso de la opinión pública a dicha instantánea? Todo parece indicar, por tanto, que ni Rodríguez Zapatero ni su mujer consideraban adecuada la forma de vestir de sus hijas para ese día. Nudo nocional cerrado.
Tras exponer de forma objetiva todo esto… ¿Me puede alguien explicar cómo demonios se pretende que eduquemos a los hijos de la gente si ni siquiera el Presidente del Gobierno es capaz de conseguir que sus hijas se pongan una camiseta de cuadritos en un día tan señalado como es la primera visita a la casa de Obama? ¿Qué le digo yo al padre que sistemáticamente da la razón a sus vástagos, a todos esos padres que ceden sistemáticamente ante ellos… si el responsable máximo de este país también lo hace?
jueves, 24 de septiembre de 2009
Andrea y el pollo
Leo en todas partes que ahora mismo “Belén Esteban da audiencia”. Miles de horas de programación propia, películas y cortometrajes carísimos, un partido de fútbol o abuelas entrevistadas por un presentador gracioso, no igualan el tirón mediático de la ex de un torero. Yo, que como funcionario tengo menos escrúpulos cada día, estoy también decidido a subirme a su carro de la compra. Por ello, esta mañana en clase no hacía más que darle vueltas a cómo relacionar mi línea editorial con dicho filón… y me he dado cuenta, en dicho proceso, de algo devastador: el Defensor del Menor está en contra de que Belén Esteban hable en el trabajo de su hija porque es menor de edad. Pues bien, he comprobado con espanto que todo nuestro trabajo consiste, a todas horas, en hablar de menores. Somos incapaces de pasar más de veinte minutos en el trabajo sin hacerlo. Me atrevería a decir que no tenemos ningún otro tema de conversación específico que no sea hablar de menores. Comentamos sus aptitudes y actitudes, sus circunstancias personales, sus físicos, sus relaciones sentimentales; repasamos vivencias y características de todo tipo: qué comen y cuánto duermen. En las últimas doce horas ardo tan sugestionado que, cada vez que suena el móvil, sopeso que uno de los interlocutores posibles es ese hombre tan agradable que pretende quitarme la custodia de mis tutorizados. ¿Qué será de mí si se los llevan?
Vale, lo admito, les vacilaba. No me quita el sueño que, por hablar de ellos en el trabajo, me desaparezcan de la vida los alumnos. Al fin y al cabo, y aunque mis alumnos son como hijos, estoy acostumbrado a que las promociones se precipiten (últimamente, se despeñan) al mundo laboral: estoy preparado para dejar de verlos de golpe. Imagino que el rapto sería, ni más ni menos, agilizar el proceso, por tanto. Eso sí, y ya que van a llevárselos, por culpa nuestra, como siempre y por supuesto, me gustaría que alguien me explicara antes por qué pasan tantos meses sin que nadie se acuerde de los alumnos absentistas de catorce años, por qué tantos estudiantes no disponen de medidas higiénicas suficientes, por qué las autoridades consienten que alumnos que no hablan ni una sola palabra de español sean penetrados de cuajo en nuestro sistema, sin adaptación previa, sin profesionales preparados para recibirlos… Me pregunto, como todo aquello que me indigna, por qué tiene tanta importancia hablar de una hija, de la que sabemos que toma pollo y que no siempre es visitada por su padre, habiendo tantos niños que no son alimentados correctamente, cuyos padres tienen sus condiciones mentales alteradas, o están en la cárcel, o ejercen la prostitución, sin ayuda alguna, ni para prostituirse ni para dejar de prostituirse. Me pregunto por qué en los últimos años solo he visto una vez la cara de alguien de Asuntos Sociales y su venida fue para llevarse a uno de nuestros alumnos, arrebatándole la custodia a su padre, sin prospección alguna. Decidieron que aquel hombre, que acudía todos los días a las dos y media a recoger a su hijo, dejaría de ser padre, pues es más barato dar un puñetazo encima de la mesa que tender la mano. Nadie le enseñó a mejorar.
Desconozco si la fama es tan mala para los infantes como dicen. Desconozco si es tan trágico crecer rodeado de fotógrafos. No obstante, sigo pensando que es peor que tus padres no te hagan una sola foto que recibir demasiadas. Tampoco sé si es peor que tu padre sea conocido o que nadie conozca quién es tu padre. Lo que sí tengo claro es que es absurdo que los telediarios abran con noticias de este tipo, que el circo mediático focalice nuestros desvelos en ellas, con la cantidad de barbaridades que se ven a diario en nuestras aulas, con la cantidad de gente que sí lo pasa realmente mal. Me da cierto placer imaginar juntas de evaluación en las que no podamos hablar de los alumnos, por ser menores de edad, por encontrarnos en público y sin consentimiento materno, pero me aterra estar siquiera planteándomelo. Cuando las cosas no funcionan, cuando la economía no arranca, cuando el paro sube y crece el flato, hacen falta temas de conversación para que la calle se mantenga distraída. ¿Será eso? Que quede claro. La base de la manipulación no es la mentira, sino la selección de la información que ha de ser relevante.
Vale, lo admito, les vacilaba. No me quita el sueño que, por hablar de ellos en el trabajo, me desaparezcan de la vida los alumnos. Al fin y al cabo, y aunque mis alumnos son como hijos, estoy acostumbrado a que las promociones se precipiten (últimamente, se despeñan) al mundo laboral: estoy preparado para dejar de verlos de golpe. Imagino que el rapto sería, ni más ni menos, agilizar el proceso, por tanto. Eso sí, y ya que van a llevárselos, por culpa nuestra, como siempre y por supuesto, me gustaría que alguien me explicara antes por qué pasan tantos meses sin que nadie se acuerde de los alumnos absentistas de catorce años, por qué tantos estudiantes no disponen de medidas higiénicas suficientes, por qué las autoridades consienten que alumnos que no hablan ni una sola palabra de español sean penetrados de cuajo en nuestro sistema, sin adaptación previa, sin profesionales preparados para recibirlos… Me pregunto, como todo aquello que me indigna, por qué tiene tanta importancia hablar de una hija, de la que sabemos que toma pollo y que no siempre es visitada por su padre, habiendo tantos niños que no son alimentados correctamente, cuyos padres tienen sus condiciones mentales alteradas, o están en la cárcel, o ejercen la prostitución, sin ayuda alguna, ni para prostituirse ni para dejar de prostituirse. Me pregunto por qué en los últimos años solo he visto una vez la cara de alguien de Asuntos Sociales y su venida fue para llevarse a uno de nuestros alumnos, arrebatándole la custodia a su padre, sin prospección alguna. Decidieron que aquel hombre, que acudía todos los días a las dos y media a recoger a su hijo, dejaría de ser padre, pues es más barato dar un puñetazo encima de la mesa que tender la mano. Nadie le enseñó a mejorar.
Desconozco si la fama es tan mala para los infantes como dicen. Desconozco si es tan trágico crecer rodeado de fotógrafos. No obstante, sigo pensando que es peor que tus padres no te hagan una sola foto que recibir demasiadas. Tampoco sé si es peor que tu padre sea conocido o que nadie conozca quién es tu padre. Lo que sí tengo claro es que es absurdo que los telediarios abran con noticias de este tipo, que el circo mediático focalice nuestros desvelos en ellas, con la cantidad de barbaridades que se ven a diario en nuestras aulas, con la cantidad de gente que sí lo pasa realmente mal. Me da cierto placer imaginar juntas de evaluación en las que no podamos hablar de los alumnos, por ser menores de edad, por encontrarnos en público y sin consentimiento materno, pero me aterra estar siquiera planteándomelo. Cuando las cosas no funcionan, cuando la economía no arranca, cuando el paro sube y crece el flato, hacen falta temas de conversación para que la calle se mantenga distraída. ¿Será eso? Que quede claro. La base de la manipulación no es la mentira, sino la selección de la información que ha de ser relevante.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Estic cansat (traducción al catalán)
Estic cansat de sentir dir als meus companys “Fulanet, a mi, em treballa”, però mai no em canso de batallar perquè Fulanet treballi, realment.
Estic cansat d’escoltar tothom dir que tenim massa vacances, i veure que després ells es desprenen dels seus fills i no els suporten. Això sí, no em canso de parlar amb els pares per aconseguir que estiguem junts en això, que busquem acords comuns, que provem fórmules noves per a motivar-los.
Estic cansat dels retrets de l’Administració, de les extorsions, de què ens manipulin, corrompent els nostres sindicats… No em canso de demanar als polítics que inverteixin més diner en futur, perquè fa falta, que baixin la ratio per així poder atendre millor els gitanos que no saben anglès, els immigrants que no saben espanyol, tots els nois que es perden en grups de trenta i escaig, confosos per la barreja de soroll i de droga.
Estic cansat de tenir por, de les agressions a docents, de què gravin amb el mòbil els seus actes d’indisciplina i de què no existeixi una manera eficaç de contrarrestar tant de mal.
Estic cansat de la Llei del Menor, del buit legal que produeix que tinguin les espatlles tan cobertes… però no em canso de lluitar pels drets dels nois a qui els seus pares maltracten quan tracten d’evitar que les seves mares derramin més sang. No em cansa el meu treball, em cansa no poder treballar. No em cansa portar els nois d’excursió, em cansen els retrets dels pares si algú es trenca una ungla. No em cansa cuidar-los, em cansen l’atenció excessiva, l’excés de zel: ser el dolent em cansa, perquè tracto de ser el millor de mi mateix i el millor per a ells.
Estic cansat de les crítiques per estar cansat. “Si estàs cansat, deixa-ho”, em diuen. Si estic cansat, alguna cosa falla.
Estic cansat de què ningú comprengui que si ens cansem és perquè necessitem ajuda… i no un cessament. Necessitem que algú ens cuidi una mica, tenir al nostre abast els mitjans que calen per seguir tirant endavant noves generacions, pau i vida.
Estic cansat d’extemporànies comissions de servei i, en canvi, de veure a gent que es juga la vida, per no tenir a mà els especialistes que les seves malalties requereixin, que hi hagi tant endoll per alguns, tant tracte desigual. La porta d’entrada no és democràtica.
Estic cansat dels pares rics, però no dels nens pobres.
Estic cansat del menyspreu generalitzat que sent la gent pel nostre treball, de què se sentin amb dret a tot, legitimats per a insultar-te, reprendre’t, explicar-te com es fa una classe... No em cansen els retrets, em cansa haver d’escoltar a tots aquells que em retreuen coses que són impossibles de solucionar.
No em cansa lluitar, estic cansat de lluitar contra els que no saben per què lluiten. No estic cansat d’educar, però sí de ser l’únic que educa. No em cansa donar classes, em cansa que la gent se’n vagi plorant de classe i que això es consideri un problema d’ells, del que plora, del que perd la paciència, la seva vocació, la seva gola i la seva vida.
Estic cansat de cridar, però no d’explicar. Em cansen els nois que no senten, ni escolten, no aquells que no comprenen. No estic cansat de realitzar el meu treball, estic cansat de fer tot el que no hauria de ser el meu treball: cursos inservibles, tasques de policia i política, fontaneria en els ordinadors obsolets i, si cal, quart i mig de psiquiatra, comerciant i rellotger. No em cansa tirar endavant el temari, però sí posar-lo per escrit tantes vegades.
Estic cansat de les programacions, dels informes, de tanta burocràcia. Em cansa la palmada que no arriba, que em recordin que “a l’Àfrica s’està pitjor”. Pel contrari, estimo el meu treball. Sí, estimo el meu treball. Però em desespera que les coses no siguin més fàcils, perquè si fossin més fàcils, podríem fer-ho tot millor. Em cansa que totes les setmanes hi hagi notícies dolentes i que, per desgràcia, mai no s’obrin els telenotícies amb alguna cosa bona. No em cansa construir un món millor. Però els funcionaris plorem perquè és millor sentir dolor que no sentir res. No perdo la fe. Però també perdo la fe.
PROFESOR CUYAMI
EL MUNDO d’Andalusia
26-6-2009
Estic cansat d’escoltar tothom dir que tenim massa vacances, i veure que després ells es desprenen dels seus fills i no els suporten. Això sí, no em canso de parlar amb els pares per aconseguir que estiguem junts en això, que busquem acords comuns, que provem fórmules noves per a motivar-los.
Estic cansat dels retrets de l’Administració, de les extorsions, de què ens manipulin, corrompent els nostres sindicats… No em canso de demanar als polítics que inverteixin més diner en futur, perquè fa falta, que baixin la ratio per així poder atendre millor els gitanos que no saben anglès, els immigrants que no saben espanyol, tots els nois que es perden en grups de trenta i escaig, confosos per la barreja de soroll i de droga.
Estic cansat de tenir por, de les agressions a docents, de què gravin amb el mòbil els seus actes d’indisciplina i de què no existeixi una manera eficaç de contrarrestar tant de mal.
Estic cansat de la Llei del Menor, del buit legal que produeix que tinguin les espatlles tan cobertes… però no em canso de lluitar pels drets dels nois a qui els seus pares maltracten quan tracten d’evitar que les seves mares derramin més sang. No em cansa el meu treball, em cansa no poder treballar. No em cansa portar els nois d’excursió, em cansen els retrets dels pares si algú es trenca una ungla. No em cansa cuidar-los, em cansen l’atenció excessiva, l’excés de zel: ser el dolent em cansa, perquè tracto de ser el millor de mi mateix i el millor per a ells.
Estic cansat de les crítiques per estar cansat. “Si estàs cansat, deixa-ho”, em diuen. Si estic cansat, alguna cosa falla.
Estic cansat de què ningú comprengui que si ens cansem és perquè necessitem ajuda… i no un cessament. Necessitem que algú ens cuidi una mica, tenir al nostre abast els mitjans que calen per seguir tirant endavant noves generacions, pau i vida.
Estic cansat d’extemporànies comissions de servei i, en canvi, de veure a gent que es juga la vida, per no tenir a mà els especialistes que les seves malalties requereixin, que hi hagi tant endoll per alguns, tant tracte desigual. La porta d’entrada no és democràtica.
Estic cansat dels pares rics, però no dels nens pobres.
Estic cansat del menyspreu generalitzat que sent la gent pel nostre treball, de què se sentin amb dret a tot, legitimats per a insultar-te, reprendre’t, explicar-te com es fa una classe... No em cansen els retrets, em cansa haver d’escoltar a tots aquells que em retreuen coses que són impossibles de solucionar.
No em cansa lluitar, estic cansat de lluitar contra els que no saben per què lluiten. No estic cansat d’educar, però sí de ser l’únic que educa. No em cansa donar classes, em cansa que la gent se’n vagi plorant de classe i que això es consideri un problema d’ells, del que plora, del que perd la paciència, la seva vocació, la seva gola i la seva vida.
Estic cansat de cridar, però no d’explicar. Em cansen els nois que no senten, ni escolten, no aquells que no comprenen. No estic cansat de realitzar el meu treball, estic cansat de fer tot el que no hauria de ser el meu treball: cursos inservibles, tasques de policia i política, fontaneria en els ordinadors obsolets i, si cal, quart i mig de psiquiatra, comerciant i rellotger. No em cansa tirar endavant el temari, però sí posar-lo per escrit tantes vegades.
Estic cansat de les programacions, dels informes, de tanta burocràcia. Em cansa la palmada que no arriba, que em recordin que “a l’Àfrica s’està pitjor”. Pel contrari, estimo el meu treball. Sí, estimo el meu treball. Però em desespera que les coses no siguin més fàcils, perquè si fossin més fàcils, podríem fer-ho tot millor. Em cansa que totes les setmanes hi hagi notícies dolentes i que, per desgràcia, mai no s’obrin els telenotícies amb alguna cosa bona. No em cansa construir un món millor. Però els funcionaris plorem perquè és millor sentir dolor que no sentir res. No perdo la fe. Però també perdo la fe.
PROFESOR CUYAMI
EL MUNDO d’Andalusia
26-6-2009
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Pandemia y pandemónium
“Pandemia” es, ni más ni menos, que una enfermedad que se propaga a través de muchos países. Hay un no sé qué en la citada palabra que me recuerda a “pandemónium”. “Pandemónium” es la capital imaginaria del reino infernal. “Pandemónium” es como decir “instituto”, pues es sinónimo también de lugar de confusión y de ruido extremo. Sí, eso es. ¡El juego de palabras no puede estar más a huevo! ¿Me permiten, por tanto, que a mi centro de este año lo bautice así? Desde este mismo instante trabajo en el IES Pandemónium. Y es curioso porque en el IES Pandemónium todo amenaza con convertirnos en el IES Pandemia. Lo crean o no, suena parecido, pero no es igual.
Arranca el curso y me acuerdo de la sangre de cordero sobre los dinteles de las puertas judías, para escapar así del ángel exterminador. ¿Acaso los ministros tendrán acceso a la vacuna? ¿Acaso el presidente del Gobierno no será pinchado? Se terminó la sangre y nosotros vamos a ser el cordero. La sangre no da para todos y ello hace que nos reste solo esperar a que los sicarios vengan a por nosotros. Estamos vendidos y pronto estaremos vencidos. Pronto llegarán el caos, los gritos, las fiebres de cuarenta con sus delirios incluidos. Lo primero que haré, cuando descubra que estoy infectado, será sonarme los mocos y mandarle un clínex-bomba, en una carta con membrete oficial, a los responsables de esta atrocidad. Me imagino a los cuatro o cinco inspectores y jefecillos abriendo la carta y descubriendo por de pronto, con el pañuelo usado entre sus dedos, que ya es demasiado tarde para tratar de escapar. ¡En toda la geodésica!
No pienso nombrarla. Eso sí, me apuesto un café con todos los lectores de Andalucía a que antes de enero les escribo una crónica febril. Como no la pesque, es cierto, me arruino. ¿Cuántos lectores tendré? ¿Cuántos cafés tendré que pagar si no me contagio? Es igual, me apuesto un café con todos ustedes. Y que conste que no cobramos tan bien los profesores (y más ahora que a los funcionarios nos van a congelar el sueldo), pero estoy tan seguro de que convivir con trescientos adolescentes en un cuartito cerrado me acarreará lo previsto que estoy dispuesto a jugarme mis emolumentos de varios meses. ¿Qué harían ustedes si estuviesen embarazadas? ¿Irían a trabajar poniendo en riesgo, más de lo habitual, su salud y la de sus proyectos? Si ustedes tuvieran cualquier tipo de enfermedad crónica, lo suficientemente soportable como para no ser pinchados, ¿se meterían en un aula de veinte metros cúbicos de aire? Después que nadie se nos queje si los vástagos ajenos se quedan solos, si hay epidemia de bajas. Que nadie se queje si nos plantamos, si caemos como moscas, si alargamos más las bajas de la cuenta. Lo que va a pasar se puede evitar. Va a ser caótico y católico. Cuando comencemos a faltar, será tarde. ¿Tan difícil es esperar a que lleguen las vacunas? ¿Tan duro es que la conciliación familiar se reconcilie también con las nociones más básicas de prevención en riesgos laborales?
Dar clases será más que nunca un infierno. Tú le pones un parte y el adolescente te tose en la cara y te deja en el dique seco una semana. Ya tengo en la cabeza la apocalíptica imagen de todos los chicos con sus mascarillas verdes frente a ti, en el aula. A ver quién es el guapo que descubre quién está hablando, en esas condiciones. Si escuchas un rumor y todos los labios están tapados… ¡esto se convertirá más que nunca en un enigma policial! También imagino el calorcito del plástico en las comisuras, mientras tratas de relatar cómo se descompone un polinomio. ¡El más difícil todavía se acerca! Entiendo que el personal sanitario esté por delante de todos nosotros, pero está un poco feo que ni siquiera nos hayan dado esperanzas de salir indemnes de esta. La solución de la Administración parece sencilla. Se nos pide que enfermemos escalonadamente y que lloremos poco.
Arranca el curso y me acuerdo de la sangre de cordero sobre los dinteles de las puertas judías, para escapar así del ángel exterminador. ¿Acaso los ministros tendrán acceso a la vacuna? ¿Acaso el presidente del Gobierno no será pinchado? Se terminó la sangre y nosotros vamos a ser el cordero. La sangre no da para todos y ello hace que nos reste solo esperar a que los sicarios vengan a por nosotros. Estamos vendidos y pronto estaremos vencidos. Pronto llegarán el caos, los gritos, las fiebres de cuarenta con sus delirios incluidos. Lo primero que haré, cuando descubra que estoy infectado, será sonarme los mocos y mandarle un clínex-bomba, en una carta con membrete oficial, a los responsables de esta atrocidad. Me imagino a los cuatro o cinco inspectores y jefecillos abriendo la carta y descubriendo por de pronto, con el pañuelo usado entre sus dedos, que ya es demasiado tarde para tratar de escapar. ¡En toda la geodésica!
No pienso nombrarla. Eso sí, me apuesto un café con todos los lectores de Andalucía a que antes de enero les escribo una crónica febril. Como no la pesque, es cierto, me arruino. ¿Cuántos lectores tendré? ¿Cuántos cafés tendré que pagar si no me contagio? Es igual, me apuesto un café con todos ustedes. Y que conste que no cobramos tan bien los profesores (y más ahora que a los funcionarios nos van a congelar el sueldo), pero estoy tan seguro de que convivir con trescientos adolescentes en un cuartito cerrado me acarreará lo previsto que estoy dispuesto a jugarme mis emolumentos de varios meses. ¿Qué harían ustedes si estuviesen embarazadas? ¿Irían a trabajar poniendo en riesgo, más de lo habitual, su salud y la de sus proyectos? Si ustedes tuvieran cualquier tipo de enfermedad crónica, lo suficientemente soportable como para no ser pinchados, ¿se meterían en un aula de veinte metros cúbicos de aire? Después que nadie se nos queje si los vástagos ajenos se quedan solos, si hay epidemia de bajas. Que nadie se queje si nos plantamos, si caemos como moscas, si alargamos más las bajas de la cuenta. Lo que va a pasar se puede evitar. Va a ser caótico y católico. Cuando comencemos a faltar, será tarde. ¿Tan difícil es esperar a que lleguen las vacunas? ¿Tan duro es que la conciliación familiar se reconcilie también con las nociones más básicas de prevención en riesgos laborales?
Dar clases será más que nunca un infierno. Tú le pones un parte y el adolescente te tose en la cara y te deja en el dique seco una semana. Ya tengo en la cabeza la apocalíptica imagen de todos los chicos con sus mascarillas verdes frente a ti, en el aula. A ver quién es el guapo que descubre quién está hablando, en esas condiciones. Si escuchas un rumor y todos los labios están tapados… ¡esto se convertirá más que nunca en un enigma policial! También imagino el calorcito del plástico en las comisuras, mientras tratas de relatar cómo se descompone un polinomio. ¡El más difícil todavía se acerca! Entiendo que el personal sanitario esté por delante de todos nosotros, pero está un poco feo que ni siquiera nos hayan dado esperanzas de salir indemnes de esta. La solución de la Administración parece sencilla. Se nos pide que enfermemos escalonadamente y que lloremos poco.
El dragón y el combate
No recuerdo nada. ¿Golpearía mi cabeza con la mesita de noche, tal vez? Me he despertado jadeando. La camiseta del pijama está empapada en sudor y todavía me tiemblan las manos. No sé si fue por el calor propio del inicio de septiembre o si… No huelo a alcohol, no tengo pinchazos en los brazos. No recuerdo nada, ¡en serio! He tenido una pesadilla atroz, eso sí es seguro, que espero me aporte datos sobre mi vida. Tras eso, creí ver un destello incandescente y mi visión se quedó en blanco. Pasan los minutos y algunos datos sencillos atracan a/en mi mente (el nombre de mi madre, el modelo de mi coche, el nombre de mi equipo de Hattrick…). Pero no recuerdo a qué me dedico, por más que lo intento. Poco a poco recuerdo el nombre de mis amigos y de mis familiares, el mío propio; recuerdo cómo se llama cada uno de los personajes de la última novela de Juan José Millás e incluso me parece recordar que yo solía escribir para El Mundo. Eso sí, ¡no tengo ni idea de a qué me dedico! ¿Cuál era mi profesión antes de pegarme este porrazo en la cabeza? ¿Alguien puede ayudarme?
Cada año que pasa, y ya van cuatro, logro desconectar más y mejor de mi trabajo cuando llega el verano. Por desgracia, acabo de despertarme demasiado desorientado y dudo que esto tenga arreglo. El verano me ha pasado factura. Veo los restos de un vaso roto sobre el suelo y un viejo maletín que yace junto a la cama. En el sueño se arremolinaban muchos niños gritándome insultos, ¿sería militar? ¿Guardiacivil? Me miro en el espejo y descubro que no tengo pinta de haber portado un arma en toda mi vida. Mi condición física no da para pertenecer a los cuerpos de seguridad del Estado. En el sueño todos me hablaban de julio; en el sueño, los niños del sueño, de la llegada de julio me hablaban... ¡Julio! ¿Dónde quedó esa página? Me pongo de pie de golpe. En mi habitación, en una esquina, existe un calendario presidido por las iniciales “CEP”, que nada me dicen en este instante. Alguien la arrancó de mi calendario, la página de julio, y no me di cuenta ni siquiera, de que había pasado. ¿Y qué ocurrió con la de agosto? ¿Cómo se fue? ¿Dónde queda? No lo recuerdo. Me llevo la mano al pecho y siento que me falta el aire, respiro con dificultad.
Poco a poco me voy centrando en pequeñas certezas. Yo… hablaba en público. Alguna vez me echaban cuenta, pero tengo la sensación de que mis palabras se llevaban mal con los oídos de mis receptores. Recuerdo esa tensión, sí. Todos esos ojos frente a mí, restañando y esperando un fallo. ¿Combatí en el Vietnam? Yo vivía exiliado, a más de trescientos kilómetros de la dirección que aparece en mi DNI. Eso lo he descubierto porque tenía sobre la mesa muchas facturas de gasolina, junto a una serie de cuentas realizadas a lápiz. Mi letra parece pulcra y el lápiz estaba bien afilado cuando lo utilicé. ¿Sería un portaminas? Trato de buscarlo y hallo junto a él un trozo de tiza. ¿Qué persona normal guarda tiza en un cubilete de lápices? Voy atando cabos y me asusta darme cuenta de que las tizas están gastadas… ¡No, no puede ser! ¡Eso no! ¡No puedo ser profesor! Busco posibles interpretaciones alternativas y durante unos segundos me hace feliz imaginar que quizá tengo hijos, aunque no me acuerde de ellos. Es posible que les ayudara con la Lengua, puesto que tengo dentro de un cajón un libro de texto de tercero de la ESO. Me aterra un poco que los ejercicios están realizados en los márgenes con mi propia letra. Una de dos: o soy profesor o soy un padre que está malcriando a sus hijos. Cierro los ojos y deseo con todas mis fuerzas que la interpretación correcta sea la segunda.
Y, de pronto, ocurre. Caigo de rodillas sobre el suelo. Dejo caer, en un segundo momento, mi cuerpo hacia atrás y me veo tumbado totalmente sobre el piso del piso, mirando al techo, abrumado por todo aquello en lo que llevo dos meses sin pensar. Recuerdo mi vida, recuerdo la labor que tengo por delante, la responsabilidad, la dejadez de la Junta, los gritos y las inseguridades. Recuerdo mil y una historias, mil caras que dejé indicadas, el inicio del fin, el rugido feroz del Dragón, frente a una nueva apocalipsis. Era profesor. ¿Lo seguiré siendo?
Cada año que pasa, y ya van cuatro, logro desconectar más y mejor de mi trabajo cuando llega el verano. Por desgracia, acabo de despertarme demasiado desorientado y dudo que esto tenga arreglo. El verano me ha pasado factura. Veo los restos de un vaso roto sobre el suelo y un viejo maletín que yace junto a la cama. En el sueño se arremolinaban muchos niños gritándome insultos, ¿sería militar? ¿Guardiacivil? Me miro en el espejo y descubro que no tengo pinta de haber portado un arma en toda mi vida. Mi condición física no da para pertenecer a los cuerpos de seguridad del Estado. En el sueño todos me hablaban de julio; en el sueño, los niños del sueño, de la llegada de julio me hablaban... ¡Julio! ¿Dónde quedó esa página? Me pongo de pie de golpe. En mi habitación, en una esquina, existe un calendario presidido por las iniciales “CEP”, que nada me dicen en este instante. Alguien la arrancó de mi calendario, la página de julio, y no me di cuenta ni siquiera, de que había pasado. ¿Y qué ocurrió con la de agosto? ¿Cómo se fue? ¿Dónde queda? No lo recuerdo. Me llevo la mano al pecho y siento que me falta el aire, respiro con dificultad.
Poco a poco me voy centrando en pequeñas certezas. Yo… hablaba en público. Alguna vez me echaban cuenta, pero tengo la sensación de que mis palabras se llevaban mal con los oídos de mis receptores. Recuerdo esa tensión, sí. Todos esos ojos frente a mí, restañando y esperando un fallo. ¿Combatí en el Vietnam? Yo vivía exiliado, a más de trescientos kilómetros de la dirección que aparece en mi DNI. Eso lo he descubierto porque tenía sobre la mesa muchas facturas de gasolina, junto a una serie de cuentas realizadas a lápiz. Mi letra parece pulcra y el lápiz estaba bien afilado cuando lo utilicé. ¿Sería un portaminas? Trato de buscarlo y hallo junto a él un trozo de tiza. ¿Qué persona normal guarda tiza en un cubilete de lápices? Voy atando cabos y me asusta darme cuenta de que las tizas están gastadas… ¡No, no puede ser! ¡Eso no! ¡No puedo ser profesor! Busco posibles interpretaciones alternativas y durante unos segundos me hace feliz imaginar que quizá tengo hijos, aunque no me acuerde de ellos. Es posible que les ayudara con la Lengua, puesto que tengo dentro de un cajón un libro de texto de tercero de la ESO. Me aterra un poco que los ejercicios están realizados en los márgenes con mi propia letra. Una de dos: o soy profesor o soy un padre que está malcriando a sus hijos. Cierro los ojos y deseo con todas mis fuerzas que la interpretación correcta sea la segunda.
Y, de pronto, ocurre. Caigo de rodillas sobre el suelo. Dejo caer, en un segundo momento, mi cuerpo hacia atrás y me veo tumbado totalmente sobre el piso del piso, mirando al techo, abrumado por todo aquello en lo que llevo dos meses sin pensar. Recuerdo mi vida, recuerdo la labor que tengo por delante, la responsabilidad, la dejadez de la Junta, los gritos y las inseguridades. Recuerdo mil y una historias, mil caras que dejé indicadas, el inicio del fin, el rugido feroz del Dragón, frente a una nueva apocalipsis. Era profesor. ¿Lo seguiré siendo?
viernes, 26 de junio de 2009
Fin de curso
Pido disculpas a mis cuatro o cinco lectores por haber pasado algún tiempo desconectado de este blog (de golpe he colgado varios textos). He seguido publicando columnas en EL MUNDO-Andalucía, aunque la crisis financiera ha hecho que la periodicidad haya decrecido un poco. Pese a todo, me han comunicado que el próximo curso volverán a contar con mis servicios y, por tanto, también seguiré colgando columnas a través de este medio. ¡No me han despedido, ni nada parecido! Simplemente he estado bastante liado y no he podido dedicarle a esto los minutillos que requiere.
Muchas gracias a todos por seguirme... ¡y feliz verano! Nunca es tarde para cambiar el mundo.
Muchas gracias a todos por seguirme... ¡y feliz verano! Nunca es tarde para cambiar el mundo.
Estoy cansado
Estoy cansado de escucharle decir a mis compañeros “Fulanito a mí me trabaja”, pero jamás me canso de pelear para que Fulanito trabaje, realmente. Estoy cansado de escucharle a todo el mundo decir que tenemos demasiadas vacaciones, y que luego ellos se desprendan de sus hijos, y no los soporten. Eso sí, no me canso de hablar con los padres para conseguir que estemos juntos en esto, que busquemos acuerdos comunes, que probemos fórmulas nuevas para motivarlos. Estoy cansado de los reproches de la Administración, de las extorsiones, de que nos manipulen, corrompiendo a nuestros sindicatos… No me canso de pedir a los políticos que inviertan más dinero en futuro, porque hace falta, que bajen la ratio para así poder atender mejor a los gitanos que no saben inglés, a los inmigrantes que no saben español, a todos los chicos que se pierden en grupos de treinta y pico, confundidos por la mezcla de ruido y de droga.
Estoy cansado de sentir miedo, de las agresiones a docentes, de que graben con el móvil sus actos de indisciplina y de que no exista una forma eficaz de contrarrestar tanto daño. Estoy cansado de la Ley del Menor, del vacío legal que produce que tengan las espaldas tan cubiertas… pero no me canso de luchar por los derechos de los chicos a quienes sus padres maltratan cuando tratan de evitar que sus madres derramen más sangre. No me cansa mi trabajo, me cansa no poder trabajar. No me cansa llevar a los chicos de excursión, me cansan los reproches de los padres si alguno se rompe una uña. No me cansa cuidarlos, me cansan los cuidados excesivos, el exceso de celo: ser el malo me cansa, pues trato de ser lo mejor de mí mismo y el mejor para ellos. Estoy cansado de las críticas por estar cansado. “Si estás cansado, déjalo”, me dicen. Si estoy cansado, algo falla. Estoy cansado de que nadie comprenda que si nos cansamos es porque necesitamos ayuda… y no un cese. Necesitamos que alguien nos cuide un poco, tener a nuestro alcance los medios que hacen falta para seguir sacando adelante nuevas generaciones, paz y vida.
Estoy cansado de extemporáneas comisiones de servicio y, en cambio, de ver a gente que se juega la vida, por no tener a mano a los especialistas que sus enfermedades requieran, que haya tanto enchufe para algunos, tanto trato desigual. La puerta de entrada no es democrática. Estoy cansado de los padres ricos, pero no de los niños pobres. Estoy cansado del desprecio generalizado que siente la gente por nuestro trabajo, de que se sientan con derecho a todo, legitimados para insultarte, reprenderte, explicarte cómo se da una clase... No me cansan los reproches, me cansa tener que escuchar a todos aquellos que me reprochan cosas que son imposibles de solucionar. No me cansa luchar, estoy cansado de luchar contra los que no saben por qué luchan. No estoy cansado de educar, pero sí de ser el único que educa. No me cansa dar clases, me cansa que la gente se vaya llorando de clase y que eso se considere un problema de ellos, del que llora, del que pierde la paciencia, su vocación, su garganta y su vida.
Estoy cansado de gritar, pero no de explicar. Me cansan los chicos que no oyen, ni escuchan, no aquellos que no comprenden. No estoy cansado de realizar mi trabajo, estoy cansado de hacer todo lo que no debería ser mi trabajo: cursos inservibles, labores de policía y política, fontanería en los ordenadores obsoletos y, si se tercia, cuarto y medio de psiquiatra, comerciante y relojero. No me cansa sacar adelante el temario, pero sí ponerlo por escrito tantas veces. Estoy cansado de las programaciones, de los informes, de tanta burocracia. Me cansa la palmada que no llega, que me recuerden que “en África se está peor”. Por el contrario, amo mi trabajo. Sí, amo mi trabajo. Pero me desespera que las cosas no sean más fáciles, porque si fueran más fáciles, podríamos hacerlo todo mejor. Me cansa que todas las semanas haya noticias malas y que, por desgracia, jamás abramos los telediarios por algo bueno. No me cansa construir un mundo mejor. Pero los funcionarios lloramos porque es mejor sentir dolor que no sentir nada. No pierdo la fe. Pero también pierdo la fe.
Estoy cansado de sentir miedo, de las agresiones a docentes, de que graben con el móvil sus actos de indisciplina y de que no exista una forma eficaz de contrarrestar tanto daño. Estoy cansado de la Ley del Menor, del vacío legal que produce que tengan las espaldas tan cubiertas… pero no me canso de luchar por los derechos de los chicos a quienes sus padres maltratan cuando tratan de evitar que sus madres derramen más sangre. No me cansa mi trabajo, me cansa no poder trabajar. No me cansa llevar a los chicos de excursión, me cansan los reproches de los padres si alguno se rompe una uña. No me cansa cuidarlos, me cansan los cuidados excesivos, el exceso de celo: ser el malo me cansa, pues trato de ser lo mejor de mí mismo y el mejor para ellos. Estoy cansado de las críticas por estar cansado. “Si estás cansado, déjalo”, me dicen. Si estoy cansado, algo falla. Estoy cansado de que nadie comprenda que si nos cansamos es porque necesitamos ayuda… y no un cese. Necesitamos que alguien nos cuide un poco, tener a nuestro alcance los medios que hacen falta para seguir sacando adelante nuevas generaciones, paz y vida.
Estoy cansado de extemporáneas comisiones de servicio y, en cambio, de ver a gente que se juega la vida, por no tener a mano a los especialistas que sus enfermedades requieran, que haya tanto enchufe para algunos, tanto trato desigual. La puerta de entrada no es democrática. Estoy cansado de los padres ricos, pero no de los niños pobres. Estoy cansado del desprecio generalizado que siente la gente por nuestro trabajo, de que se sientan con derecho a todo, legitimados para insultarte, reprenderte, explicarte cómo se da una clase... No me cansan los reproches, me cansa tener que escuchar a todos aquellos que me reprochan cosas que son imposibles de solucionar. No me cansa luchar, estoy cansado de luchar contra los que no saben por qué luchan. No estoy cansado de educar, pero sí de ser el único que educa. No me cansa dar clases, me cansa que la gente se vaya llorando de clase y que eso se considere un problema de ellos, del que llora, del que pierde la paciencia, su vocación, su garganta y su vida.
Estoy cansado de gritar, pero no de explicar. Me cansan los chicos que no oyen, ni escuchan, no aquellos que no comprenden. No estoy cansado de realizar mi trabajo, estoy cansado de hacer todo lo que no debería ser mi trabajo: cursos inservibles, labores de policía y política, fontanería en los ordenadores obsoletos y, si se tercia, cuarto y medio de psiquiatra, comerciante y relojero. No me cansa sacar adelante el temario, pero sí ponerlo por escrito tantas veces. Estoy cansado de las programaciones, de los informes, de tanta burocracia. Me cansa la palmada que no llega, que me recuerden que “en África se está peor”. Por el contrario, amo mi trabajo. Sí, amo mi trabajo. Pero me desespera que las cosas no sean más fáciles, porque si fueran más fáciles, podríamos hacerlo todo mejor. Me cansa que todas las semanas haya noticias malas y que, por desgracia, jamás abramos los telediarios por algo bueno. No me cansa construir un mundo mejor. Pero los funcionarios lloramos porque es mejor sentir dolor que no sentir nada. No pierdo la fe. Pero también pierdo la fe.
El pacto del Yoni
Salgo a desayunar como cada mañana. En esta ocasión, Josico está de pie, tomándose su café, ojeando el Marca del día anterior. Por azares de la vida, tan lejos de nuestra tierra, hemos ido a coincidir un bético y un sevillista, en tierra extraña. Nos conocimos por casualidad, haciendo patria, con los lugareños, discutiendo de fútbol. Él me aparca todas las mañanas su Seat León bajo mi bloque y apunta hacia mí una bandera pirata, del equipo ese suyo al que tanta grima le tengo. Todavía recuerdo la mañana en que charlamos por vez primera. “Tío, ¡no me puedo creer que haya otro sevillano tan lejos de nuestra ciudad! ¡Somos una plaga! Pero… ¡tú encima te quedas definitivo! ¡Estás colgado! ¡Tú sí que tienes un problema!” El caso es que Josico se está convirtiendo en mi colega. El exilio es así: él conoce cosas de mí que nadie intuye y yo descubrí con solo mirarlo a los ojos que está liado con una de sus compañeras de curro. “Todo lo que yo sé es lo que tú sabes, y lo que yo sé, lo aprendiste tú también de niño: ligamos igual porque somos del mismo lugar”. Y no digo que no.
“Oye, Cuyami, ¡os vais a cagar! En serio, ¡os vais a cagar!” No me gusta que se metan en mis hábitos excretores, pero (con todo y con eso) le pregunto el motivo que legitima tal afirmación. “Os va a llegar un sexto que es terrible… ¡En serio, jamás vi un sexto tan malo!” Se me olvidó comentar antes que Josico es maestro de Educación Física e imparte clases en el colegio del pueblo. Sus actuales pupilos son mi porvenir. “No será para tanto, macho. He oído a cientos de maestros hablando de sus niños así… ¡y después nunca es para tanto! No trates de asustarme porque, a estas alturas de mi vida, ya me las sé todas. Me preocupa mucho más el descenso del Betis…”. Llega ahora el momento en el que Josico comienza a hablarme del Yoni. Es el maleante más prometedor que ha salido del Colegio en varias décadas. Haciendo caso de las palabras de Josico, vamos a morir todos. Según él, es el líder de una generación galáctica. En otro centro, recuerdo, estuvimos dos años escuchando hablar de un tal Chulín. Se le esperó tanto que, el día que pisó el Instituto al fin, a punto estuve de pedirle un autógrafo. A decir verdad, no andaba mal dotado de maldad. No levantaba más de cuarta y media del suelo, pero no necesitaba envergadura física para enseñarte el culo a las limpiadoras, para amenazar con armas a los padres, para acosar a las chicas.
“¿Y el tal Yoni ese tiene su edad?”, le pregunto, con la esperanza de que me diga que va a repetir. “Cuyami, ¡parece que te has caído de un guindo! ¡Cómo se nota que eres del equipo que eres! Vamos a ver: con los alumnos de estas características se establece un pacto secreto entre los maestros para que no repitan nunca. Yoni no sabe leer y va a pasar curso. Si repiten, nos los tenemos que quedar nosotros y tampoco eso hará que mejoren demasiado. Cuanto antes pasen a la ESO, antes nos dejarán en paz. Los que repiten son los más buenecitos, hombre, no los que tienen mal comportamiento. Cuando llegan a Primero pasan a ser vuestro problema y no queremos que se hagan poderosos en nuestras manos. El ser humano se vuelve letal con trece años… y nosotros no queremos tentar la suerte. Por lo tanto, solo me queda decirte una cosa… ¡ahí lo llevas! Si te digo la verdad, yo lo haría repetir, porque el año que viene no voy a estar en este pueblo y porque el crío se lo merece, pero mis compañeros sí estarán y ellos no quieren tener más raciones de Yoni. Pensando en ellos, el Yoni va a sacar una buena nota en Educación Física. Al fin y al cabo, en meterse en peleas sí es realmente bueno… y el boxeo es deporte olímpico, ¿no?”.
Me imagino ya a su madre. La tendré frente a mí y me mirará con ternura: “mi Yoni es muy inteligente, jamás repitió en el Colegio, y los maestros no tenían quejas de él”. Su pobre madre pensará que no lo motivamos de forma adecuada, que le tomamos manía. ¡Será todo un reto convencerla de lo contrario! En fin, lo único cierto es que las nuevas generaciones pisan fuerte, sea el Yoni para tanto o no. Sistemáticamente los alumnos mayores miran a sus predecesores con susto y pasmo: “nosotros no éramos tan malos”, te dicen. No obstante, la memoria de los peces y la de los seres humanos no difieren tanto.
“Oye, Cuyami, ¡os vais a cagar! En serio, ¡os vais a cagar!” No me gusta que se metan en mis hábitos excretores, pero (con todo y con eso) le pregunto el motivo que legitima tal afirmación. “Os va a llegar un sexto que es terrible… ¡En serio, jamás vi un sexto tan malo!” Se me olvidó comentar antes que Josico es maestro de Educación Física e imparte clases en el colegio del pueblo. Sus actuales pupilos son mi porvenir. “No será para tanto, macho. He oído a cientos de maestros hablando de sus niños así… ¡y después nunca es para tanto! No trates de asustarme porque, a estas alturas de mi vida, ya me las sé todas. Me preocupa mucho más el descenso del Betis…”. Llega ahora el momento en el que Josico comienza a hablarme del Yoni. Es el maleante más prometedor que ha salido del Colegio en varias décadas. Haciendo caso de las palabras de Josico, vamos a morir todos. Según él, es el líder de una generación galáctica. En otro centro, recuerdo, estuvimos dos años escuchando hablar de un tal Chulín. Se le esperó tanto que, el día que pisó el Instituto al fin, a punto estuve de pedirle un autógrafo. A decir verdad, no andaba mal dotado de maldad. No levantaba más de cuarta y media del suelo, pero no necesitaba envergadura física para enseñarte el culo a las limpiadoras, para amenazar con armas a los padres, para acosar a las chicas.
“¿Y el tal Yoni ese tiene su edad?”, le pregunto, con la esperanza de que me diga que va a repetir. “Cuyami, ¡parece que te has caído de un guindo! ¡Cómo se nota que eres del equipo que eres! Vamos a ver: con los alumnos de estas características se establece un pacto secreto entre los maestros para que no repitan nunca. Yoni no sabe leer y va a pasar curso. Si repiten, nos los tenemos que quedar nosotros y tampoco eso hará que mejoren demasiado. Cuanto antes pasen a la ESO, antes nos dejarán en paz. Los que repiten son los más buenecitos, hombre, no los que tienen mal comportamiento. Cuando llegan a Primero pasan a ser vuestro problema y no queremos que se hagan poderosos en nuestras manos. El ser humano se vuelve letal con trece años… y nosotros no queremos tentar la suerte. Por lo tanto, solo me queda decirte una cosa… ¡ahí lo llevas! Si te digo la verdad, yo lo haría repetir, porque el año que viene no voy a estar en este pueblo y porque el crío se lo merece, pero mis compañeros sí estarán y ellos no quieren tener más raciones de Yoni. Pensando en ellos, el Yoni va a sacar una buena nota en Educación Física. Al fin y al cabo, en meterse en peleas sí es realmente bueno… y el boxeo es deporte olímpico, ¿no?”.
Me imagino ya a su madre. La tendré frente a mí y me mirará con ternura: “mi Yoni es muy inteligente, jamás repitió en el Colegio, y los maestros no tenían quejas de él”. Su pobre madre pensará que no lo motivamos de forma adecuada, que le tomamos manía. ¡Será todo un reto convencerla de lo contrario! En fin, lo único cierto es que las nuevas generaciones pisan fuerte, sea el Yoni para tanto o no. Sistemáticamente los alumnos mayores miran a sus predecesores con susto y pasmo: “nosotros no éramos tan malos”, te dicen. No obstante, la memoria de los peces y la de los seres humanos no difieren tanto.
¡Bienvenidos al Norte!
Pueblo pequeño. Montaña. Mil habitantes. Treinta profesores. Tres lugares para comer. Tomo la frase de una película francesa llamada “Bienvenidos al Norte”. Si les gusta esta columna, vean la película. “Un proverbio local dice que aquí se llora solo dos veces. Los forasteros lloran al llegar… y también el día de su partida”. Los profesores están condenados a encontrarse en el Súper, a tomar café juntos, a estremecerse bajo las mismas campanadas del reloj de la torre. El pueblo tiene cuatro calles. El clima etílico del lugar es más que considerable y, reza la leyenda, el pueblo ha roto matrimonios, construido hijos putativos, de allí han salido amistades indelebles y algún que otro labio roto en alguna reyerta tabernaria a cuenta de la profesora de Historia. El trabajo no acaba jamás, porque jamás dejan de estar de servicio. En el Restaurante o en el Mercado, todos conocen quién es docente y han de responder dudas a los padres o tomar cañas con los alumnos. Aquellos que somos de ciudad nos encontraríamos ante la difícil tesitura de tener el establecimiento franquiciado más próximo a tres cuartos de suerte, si la carretera permanece abierta. Otro mundo.
Esta columna es un pretexto para enumerar las fases que todo profesor vive al acometer el exilio. Si alguno de ustedes se encuentra en algún lugar semejante, no teman: todo acaba bien. Es posible que se den a la bebida. Por lo demás, no hay riesgos. Reitero, voy con las fases. Notarán que se parecen bastante al proceso de duelo que experimenta una persona que siente que va a morir. Me he inspirado ahí, lo admito, pero goza de especificidad plena. A saber. 1) Negación: el sujeto manifiesta un rechazo irracional. Llora. No atiende a razones. Está abrumado por la cantidad de curvas y se limita a señalar que aquello no puede estar ocurriendo. “No, ¡yo en este instituto no me quedo! ¡No puede ser! ¡Tiene que haber un error!”. 2) Negociación: pasado el enajenamiento inicial, busca alternativas que son bastante inviables. “Mi sindicato me concederá una comisión de servicios. Al fin y al cabo… ¡me duele muchísimo el dedo gordo del pie! Y si no… ¡puedo darme de baja! Soy funcionario y tengo un primo que lleva cafés en Torretriana. ¿Y si presto favores sexuales a…?”. 3) Parálisis: el docente queda a merced de su destino. Se deja ir y comienza a plantearse de veras lo que le espera. Es en este momento cuando mira los horarios de los autobuses, comprueba cuáles son las carreteras menos malas, busca alojamiento sin perder en ningún momento el rictus de muerto en vida. “Bueno, es lo que hay, ¿no? Voy a ir preparando las cosas. Aquí puedo aprovechar para estudiar, aprender yoga, hacer batuka, leerme al fin Fortunata y Jacinta…”. 4) Aceptación: se culmina el proceso con la madurez emocional propia de un superhéroe. Se pierde el miedo y se descubre que todo lugar tiene ventajas y desventajas. Los pueblos medio aislados tienen alumnado cálido y de calidad y el modo de vida enaltece el beatus ille. En esta fase, todo te ilusiona. “Ya que tengo que quedarme… ¡al menos me lo voy a pasar bien! Esto podré contárselo a mis nietos”. 5) Nirvana: olvidas que existe un “antes de”, entras en comunión con el medio y re-actualizas tu lectura de Heidi. Conoces gente, sales, le coges miedo a marcharte. “¡Guou! No sé si es porque estoy demasiado borracha… ¡pero os quiero tanto!”. 6) Plenitud: el bar es tu bar. Asumes que este lugar siempre va a pertenecerte. Comienzas a recitar los nombres de (todas) las calles. Ya no todo es perfecto, claro. Añoras momentos del comienzo y desearías volver atrás. Ha dejado de ser un sueño, pero… ¿dónde estarías mejor? “Estoy pensando en volver a pedirlo. Está lejos de todo, pero se vive bastante bien y terminas por acostumbrarte a las curvas de la carretera… y a todo lo demás”. 7) Despedida: aunque siempre has dicho que no sería así, lloras y con ello se cierra el círculo. Se hace realidad en ti el proverbio y descubres que has sido feliz. Ítaca aguarda. Penélope espera. A Calipso… ¿dónde la dejamos?
Cuando comuniqué a mi editor mi destino, me dijo: “profesor Cuyami, ¡le han descubierto!, ese lugar es lo más parecido a las Islas Canarias (para Unamuno) que tiene la Junta de Andalucía”. Honestamente, no creo que haya relación entre lo que escribo (y pienso) y mi emplazamiento actual. Eso sí, si algún inspector despechado tiene algo que ver en todo esto, quiero darle las gracias de forma sincera. Estoy en la fase de plenitud. Aunque mi emplazamiento no es idéntico al caso descrito, este sitio es lo mejor que me ha pasado laboralmente en toda mi vida. Los alumnos son buenos y el aire puro de la costa va a hacer que me vuelva místico perdido. Lloraré el día que me marche… porque soy feliz.
Esta columna es un pretexto para enumerar las fases que todo profesor vive al acometer el exilio. Si alguno de ustedes se encuentra en algún lugar semejante, no teman: todo acaba bien. Es posible que se den a la bebida. Por lo demás, no hay riesgos. Reitero, voy con las fases. Notarán que se parecen bastante al proceso de duelo que experimenta una persona que siente que va a morir. Me he inspirado ahí, lo admito, pero goza de especificidad plena. A saber. 1) Negación: el sujeto manifiesta un rechazo irracional. Llora. No atiende a razones. Está abrumado por la cantidad de curvas y se limita a señalar que aquello no puede estar ocurriendo. “No, ¡yo en este instituto no me quedo! ¡No puede ser! ¡Tiene que haber un error!”. 2) Negociación: pasado el enajenamiento inicial, busca alternativas que son bastante inviables. “Mi sindicato me concederá una comisión de servicios. Al fin y al cabo… ¡me duele muchísimo el dedo gordo del pie! Y si no… ¡puedo darme de baja! Soy funcionario y tengo un primo que lleva cafés en Torretriana. ¿Y si presto favores sexuales a…?”. 3) Parálisis: el docente queda a merced de su destino. Se deja ir y comienza a plantearse de veras lo que le espera. Es en este momento cuando mira los horarios de los autobuses, comprueba cuáles son las carreteras menos malas, busca alojamiento sin perder en ningún momento el rictus de muerto en vida. “Bueno, es lo que hay, ¿no? Voy a ir preparando las cosas. Aquí puedo aprovechar para estudiar, aprender yoga, hacer batuka, leerme al fin Fortunata y Jacinta…”. 4) Aceptación: se culmina el proceso con la madurez emocional propia de un superhéroe. Se pierde el miedo y se descubre que todo lugar tiene ventajas y desventajas. Los pueblos medio aislados tienen alumnado cálido y de calidad y el modo de vida enaltece el beatus ille. En esta fase, todo te ilusiona. “Ya que tengo que quedarme… ¡al menos me lo voy a pasar bien! Esto podré contárselo a mis nietos”. 5) Nirvana: olvidas que existe un “antes de”, entras en comunión con el medio y re-actualizas tu lectura de Heidi. Conoces gente, sales, le coges miedo a marcharte. “¡Guou! No sé si es porque estoy demasiado borracha… ¡pero os quiero tanto!”. 6) Plenitud: el bar es tu bar. Asumes que este lugar siempre va a pertenecerte. Comienzas a recitar los nombres de (todas) las calles. Ya no todo es perfecto, claro. Añoras momentos del comienzo y desearías volver atrás. Ha dejado de ser un sueño, pero… ¿dónde estarías mejor? “Estoy pensando en volver a pedirlo. Está lejos de todo, pero se vive bastante bien y terminas por acostumbrarte a las curvas de la carretera… y a todo lo demás”. 7) Despedida: aunque siempre has dicho que no sería así, lloras y con ello se cierra el círculo. Se hace realidad en ti el proverbio y descubres que has sido feliz. Ítaca aguarda. Penélope espera. A Calipso… ¿dónde la dejamos?
Cuando comuniqué a mi editor mi destino, me dijo: “profesor Cuyami, ¡le han descubierto!, ese lugar es lo más parecido a las Islas Canarias (para Unamuno) que tiene la Junta de Andalucía”. Honestamente, no creo que haya relación entre lo que escribo (y pienso) y mi emplazamiento actual. Eso sí, si algún inspector despechado tiene algo que ver en todo esto, quiero darle las gracias de forma sincera. Estoy en la fase de plenitud. Aunque mi emplazamiento no es idéntico al caso descrito, este sitio es lo mejor que me ha pasado laboralmente en toda mi vida. Los alumnos son buenos y el aire puro de la costa va a hacer que me vuelva místico perdido. Lloraré el día que me marche… porque soy feliz.
Redes sociales
Sucedió de forma inocente. Siempre he pensado que los grandes descubrimientos siempre poseen esa misma ingenuidad: una manzana que pega sobre la cabeza, una cueva que creíamos vacía no lo está, juntamos elementos que parecían peleados… ¡y ocurre algo! Estábamos de excursión en el campo. Una de las chicas del grupo dijo que las fotografías que estaban haciendo iban a colgarlas en el Tuenti y yo, que siempre he sido muy cotilla, me interesé por ello. En mi cabeza entraba lo siguiente “por fin una forma de conseguir material para la revista del IES, sin tener que solicitárselo a los autores quince o dieciséis veces”. Así me veis, introduciendo “tuenti” en Google, con la esperanza de que me saliera algo más accesible de lo que, en realidad, encontré. Se trata de una red social, semejante al Facebook, que cuenta con más usuarios en España que nadie, pero que exige una invitación para poder acceder. Rebusqué en mi memoria y en mi agenda hasta encontrar a alguien lo suficientemente adolescente como para invitarme. ¿Quién podría estar dado de alta en el tal Tuenti? Lo hallé y, en unos pocos minutos, pude acceder por fin a un nuevo mundo.
Se trata de un universo paralelo. El ochenta por ciento de mis alumnos tienen una cuenta. La mayoría de ellos, de hecho, entran a diario. A través del Tuenti quedan, se comunican, preguntan cosas del Instituto y, sobre todo, ligan. Es cómodo porque te permite recordar cumpleaños (o, mejor dicho, te evita tener que recordarlos). Además de eso, sin necesidad de rebuscar demasiado, te permite encontrar a personas que creíamos perdidas, que yacen a los pies de algún pedestal de la memoria. Le hago caso a Sabina y me creo eso de que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, pero lo cierto es que Tuenti aporta rincones abiertos a la melancolía: te permite recuperar bienhechores, descubrir que siempre somos generosos cuando imaginamos dónde estarán nuestros ex, aquellas personas que nos han hecho tanto daño o todo lo demás.
Ah, se me olvidaba el tema de la columna: Tuenti es, ante todo, un descomunal álbum de fotografías. De hecho, su gracia principal estriba en el morbo de ver situaciones sin ser vistos, vivencias, novios, viajes… de otros. Existen miles de posados veraniegos, instantáneas de borrachera, vestidos imposibles de comunión. Tuenti nos permite rastrear y discernir si nos gustan los amigos de alguien, cuánto bebe cada cuál, las compañías, los enemigos… de nuestros hijos y amigos. Solo existe un pequeño problema: nadie controla qué fotografías tienen la anuencia de los interesados y tampoco si son adecuados los comentarios que el resto de mortales aporta sobre estas. Regreso a lo que nos ocupa, que hoy estoy un poco disperso: ¿se imaginan cuántas fotografías de docentes, tomadas en clase, y sin consentimiento, se encuentran en las redes sociales? ¿Cuántos profesores están, sin saber que están? Yo estoy, se lo aseguro. Usted puede que esté, también. ¿Se imaginan la índole de los comentarios de los estudiantes que las cuelgan? Probablemente fallan. Si les soy sincero, la línea general no es demasiado faltona. Hablan de nosotros, pero no hablan demasiado mal de nosotros. No obstante, el otro día me llegó un comunicado firmado por el claustro de un IES. Se trataba de un centro en el que los profesores protestaban porque estaban cansados de tener que aguantarse con esta práctica, hartos de ser difamados en Tuenti, asqueados de que se cuestione la identidad sexual de la gente, la profesionalidad, las conductas higiénicas o alcohólicas de todos los docentes. Sin defensa posible y mediante fotos que vulneran el derecho a la privacidad.
Con todo y con eso, quiero quedarme con la parte positiva. Os recomiendo Tuenti. Daos de alta y mimetizaros con el entorno: volveréis a los veinte años o a los años veinte. La experiencia vale la pena porque te permite conocer mejor a tus alumnos, porque ayuda a ganarte su respeto, porque así podrás felicitarlos y preguntarles si han tenido un mal día, cuando tengas problemas con ellos. Así descubres sus inquietudes, sus problemas, así te haces con su lenguaje, con sus roles; así te será más fácil comunicarte con ellos en todos los sentidos. Es una herramienta didáctica muy útil (sé que posiblemente nadie me creerá) y, si este argumento no te convence, seguro que sí valdrá otro bastante más egoísta. Si tú estás, no te critican. Son adolescentes, pero no son tontos. Si molas, molarás más. Si no molas, tu presencia en Tuenti les cortará el rollo. ¡Y eso supone el fin del problema!
Se trata de un universo paralelo. El ochenta por ciento de mis alumnos tienen una cuenta. La mayoría de ellos, de hecho, entran a diario. A través del Tuenti quedan, se comunican, preguntan cosas del Instituto y, sobre todo, ligan. Es cómodo porque te permite recordar cumpleaños (o, mejor dicho, te evita tener que recordarlos). Además de eso, sin necesidad de rebuscar demasiado, te permite encontrar a personas que creíamos perdidas, que yacen a los pies de algún pedestal de la memoria. Le hago caso a Sabina y me creo eso de que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, pero lo cierto es que Tuenti aporta rincones abiertos a la melancolía: te permite recuperar bienhechores, descubrir que siempre somos generosos cuando imaginamos dónde estarán nuestros ex, aquellas personas que nos han hecho tanto daño o todo lo demás.
Ah, se me olvidaba el tema de la columna: Tuenti es, ante todo, un descomunal álbum de fotografías. De hecho, su gracia principal estriba en el morbo de ver situaciones sin ser vistos, vivencias, novios, viajes… de otros. Existen miles de posados veraniegos, instantáneas de borrachera, vestidos imposibles de comunión. Tuenti nos permite rastrear y discernir si nos gustan los amigos de alguien, cuánto bebe cada cuál, las compañías, los enemigos… de nuestros hijos y amigos. Solo existe un pequeño problema: nadie controla qué fotografías tienen la anuencia de los interesados y tampoco si son adecuados los comentarios que el resto de mortales aporta sobre estas. Regreso a lo que nos ocupa, que hoy estoy un poco disperso: ¿se imaginan cuántas fotografías de docentes, tomadas en clase, y sin consentimiento, se encuentran en las redes sociales? ¿Cuántos profesores están, sin saber que están? Yo estoy, se lo aseguro. Usted puede que esté, también. ¿Se imaginan la índole de los comentarios de los estudiantes que las cuelgan? Probablemente fallan. Si les soy sincero, la línea general no es demasiado faltona. Hablan de nosotros, pero no hablan demasiado mal de nosotros. No obstante, el otro día me llegó un comunicado firmado por el claustro de un IES. Se trataba de un centro en el que los profesores protestaban porque estaban cansados de tener que aguantarse con esta práctica, hartos de ser difamados en Tuenti, asqueados de que se cuestione la identidad sexual de la gente, la profesionalidad, las conductas higiénicas o alcohólicas de todos los docentes. Sin defensa posible y mediante fotos que vulneran el derecho a la privacidad.
Con todo y con eso, quiero quedarme con la parte positiva. Os recomiendo Tuenti. Daos de alta y mimetizaros con el entorno: volveréis a los veinte años o a los años veinte. La experiencia vale la pena porque te permite conocer mejor a tus alumnos, porque ayuda a ganarte su respeto, porque así podrás felicitarlos y preguntarles si han tenido un mal día, cuando tengas problemas con ellos. Así descubres sus inquietudes, sus problemas, así te haces con su lenguaje, con sus roles; así te será más fácil comunicarte con ellos en todos los sentidos. Es una herramienta didáctica muy útil (sé que posiblemente nadie me creerá) y, si este argumento no te convence, seguro que sí valdrá otro bastante más egoísta. Si tú estás, no te critican. Son adolescentes, pero no son tontos. Si molas, molarás más. Si no molas, tu presencia en Tuenti les cortará el rollo. ¡Y eso supone el fin del problema!
La bolsa o la vida
Recuerdo aquella escena milenaria, tomada de aquella película milenaria, en la que una cámara enfocaba el vuelo inconstante de una pequeña bolsa de plástico. Subía y bajaba con facilidad, inculcada en sus virajes, por rachas desiguales de viento. Eso es la belleza, como reza parte de su título. Antes bien, he dejado de ver belleza en eso. Hace meses que surgió el rumor: las bolsas de interinos estaban paradas. A esto le sumamos que en Andalucía no es posible saber el orden exacto de los presentes. Solo se revela quién es el primero que ocupa el escalafón y tu puesto exacto, pero nunca la lista completa. Hablo de las bolsas de interinos, por si no se nota, de las cuales salen los profesores que realizan las sustituciones para reemplazar a los caídos en acto de servicio. En la virtualidad más sublime, introduces tu número de ciudadano español y la aplicación informática te devuelve otro distintivo algebraico según el cual sabes si estás a punto de trabajar o no. Son muchos más los que distan mucho de hacerlo, que aquellos que permanecen en capilla, todo sea dicho, pero hay quien sí se lleva alegrías de vez en cuando. A veces esas alegrías vuelven a encabezarlas interinos con mucho tiempo de servicio… y tus ilusiones se frenan en seco porque ese cambio viene acompañado siempre de pérdidas de puesto. En algunas especialidades, ningún opositor de libre (o sea, los que no eran interinos) ha podido todavía comenzar a trabajar (casi un año después de las oposiciones). No tuvieron plazas en las oposiciones y ahora tampoco la bolsa de interinos tiene para ellos un hueco habitable.
Un amigo que trabaja dentro del gran pastel (¿les he dicho alguna vez que Torretriana me recuerda a una enorme creación de la hermana de Arguiñano?) me dijo una vez que es un auténtico milagro que cobremos la nómina cada mes. Me dijo que el funcionamiento de la Consejería de Educación es un desastre. “Si no se publica la lista completa de los interinos es porque hay muchos cambios”, me dijo. “A veces se altera el orden si hay alguna sentencia que así lo aconseja, otras veces… bueno, tú sabes, a veces alguien tiene que adelantar algún puesto por algún motivo”. Hoy puedes estar el treinta y mañana y cuarenta y uno. No hay esperanza, ni criterio: simplemente pasas las horas muertas cruzando dedos y enlaces, con la feliz esperanza de que algo altere y alterne las cosas. Últimamente, los milagros no ocurren. Se dice que estamos en crisis y que ampliar las plantillas de profesores ha dejado de ser una prioridad. “Es inútil, el próximo curso no trabajaremos”, escuché decir a un par de chicas que casualmente pretenden entrar en el gremio y que compartían, junto a mí, equipo en un cibercafé.
Existe una leyenda urbana que reza que nuestros sindicatos han pactado con la Junta que el próximo año muchas sustituciones “cortas” no se cubran. También existe la creencia de que ahora, faltando poco más de un mes, aquellos que nos hagamos un esguince, tampoco seremos reemplazados. Según eso, si es cierto, nuestros compañeros habrán de hacer guardias, agotándose aún más en un mes que se las trae, y los alumnos estarán desamparados en las postrimerías del curso. Más que nada porque hay que ahorrar gastos. USTEA ha creado una página que pretende recabar información sobre qué centros están desatendidos, sobre qué sustituciones no se cubren… y no son pocos ya los inscritos. Parece que esa es, de un tiempo a esta parte, una de las consignas que se perciben: el ahorro pasa por un deterioro en la calidad de la enseñanza pública. Ya ocurrió con muchos proyectos del CEP, para los que dejó de haber dinero hace tiempo; influye en el tránsito de las bolsas de interinos y repercutirá también en aspectos tan importantes como la creación de nuevos ciclos formativos (¿se juegan algo a que en el próximo ejercicio el ritmo de crecimiento de la FP se estancará de forma notable?).
Nunca he pasado por una de esas listas. Pese a lo cual, quiero mandar palabras de ánimo a todos aquellos que están pendientes de la llamada de la selva. Cuando suene el teléfono, estaréis dentro. Los problemas pasarán entonces a ser otros. Sé que creéis que todo estará solucionado entonces, que los planes de boda pueden recrudecerse, que habrá babero nuevo para el bebé. Sin embargo, ya os lo digo, los problemas se multiplicarán exponencialmente, y nada estará resuelto (siento romper el sueño, vuestro trabajo no estará garantizado de por vida). Eso sí, ¡disfrutad del momento! Llorad cuando os llamen. Bailad bajo la lluvia: ¡lo que sea! Pero no os ilusionéis en exceso. En lo relativo a la Junta y a sus burocracias, no os ilusionéis jamás. Es una amante ingrata. Y no corren buenos tiempos. Omiten.
Un amigo que trabaja dentro del gran pastel (¿les he dicho alguna vez que Torretriana me recuerda a una enorme creación de la hermana de Arguiñano?) me dijo una vez que es un auténtico milagro que cobremos la nómina cada mes. Me dijo que el funcionamiento de la Consejería de Educación es un desastre. “Si no se publica la lista completa de los interinos es porque hay muchos cambios”, me dijo. “A veces se altera el orden si hay alguna sentencia que así lo aconseja, otras veces… bueno, tú sabes, a veces alguien tiene que adelantar algún puesto por algún motivo”. Hoy puedes estar el treinta y mañana y cuarenta y uno. No hay esperanza, ni criterio: simplemente pasas las horas muertas cruzando dedos y enlaces, con la feliz esperanza de que algo altere y alterne las cosas. Últimamente, los milagros no ocurren. Se dice que estamos en crisis y que ampliar las plantillas de profesores ha dejado de ser una prioridad. “Es inútil, el próximo curso no trabajaremos”, escuché decir a un par de chicas que casualmente pretenden entrar en el gremio y que compartían, junto a mí, equipo en un cibercafé.
Existe una leyenda urbana que reza que nuestros sindicatos han pactado con la Junta que el próximo año muchas sustituciones “cortas” no se cubran. También existe la creencia de que ahora, faltando poco más de un mes, aquellos que nos hagamos un esguince, tampoco seremos reemplazados. Según eso, si es cierto, nuestros compañeros habrán de hacer guardias, agotándose aún más en un mes que se las trae, y los alumnos estarán desamparados en las postrimerías del curso. Más que nada porque hay que ahorrar gastos. USTEA ha creado una página que pretende recabar información sobre qué centros están desatendidos, sobre qué sustituciones no se cubren… y no son pocos ya los inscritos. Parece que esa es, de un tiempo a esta parte, una de las consignas que se perciben: el ahorro pasa por un deterioro en la calidad de la enseñanza pública. Ya ocurrió con muchos proyectos del CEP, para los que dejó de haber dinero hace tiempo; influye en el tránsito de las bolsas de interinos y repercutirá también en aspectos tan importantes como la creación de nuevos ciclos formativos (¿se juegan algo a que en el próximo ejercicio el ritmo de crecimiento de la FP se estancará de forma notable?).
Nunca he pasado por una de esas listas. Pese a lo cual, quiero mandar palabras de ánimo a todos aquellos que están pendientes de la llamada de la selva. Cuando suene el teléfono, estaréis dentro. Los problemas pasarán entonces a ser otros. Sé que creéis que todo estará solucionado entonces, que los planes de boda pueden recrudecerse, que habrá babero nuevo para el bebé. Sin embargo, ya os lo digo, los problemas se multiplicarán exponencialmente, y nada estará resuelto (siento romper el sueño, vuestro trabajo no estará garantizado de por vida). Eso sí, ¡disfrutad del momento! Llorad cuando os llamen. Bailad bajo la lluvia: ¡lo que sea! Pero no os ilusionéis en exceso. En lo relativo a la Junta y a sus burocracias, no os ilusionéis jamás. Es una amante ingrata. Y no corren buenos tiempos. Omiten.
El triunfo de la mediocridad
Soy consciente de que voy a perder unos cuantos lectores a lo largo de estas líneas. Pese a lo cual, aunque no voy demasiado sobrado de clientela, quiero correr el riesgo de ser políticamente incorrecto, le duela a quien le duela. Me centro: acaba de llegarme el borrador de mi declaración de la Renta y tengo que pagar. Cobro cada mes unos mil ochocientos euros. Estoy exiliado. A pesar de ser un funcionario público de la más alta categoría, mi puesto de trabajo está a más de tres horas de viaje de mi domicilio habitual. Estoy obligado a pagar cuatrocientos euros de alquiler. En Madrid esos gastos sí podría desgravarlos, pero en Andalucía se me considera un privilegiado y no me dan ni un céntimo por ello. Gasto en gasolina todos los meses unos doscientos euros, tampoco por ellos recibo ayuda alguna, y al estar apartado de todo mi mundo mis facturas de teléfono fijo y móvil son altas. Todos esos gastos se los debo a la Administración (también mi alimentación se incrementa: todos sabemos que vivir solo sale proporcionalmente mucho más caro). Teniendo en cuenta cuánto tendría que conducir tuve que comprarme un coche y suelo comer tres veces al día. Al final, si echamos cuentas y sin pagar hipoteca, resulta que me quedan unos quinientos euros para vivir todo el mes. No está mal, ¡Dios me libre! (Hay gente que está peor, lo sé). Pero la Admnistración me tiene fiscalizado y sabe hasta dónde meo.
Estudié catorce años para acceder a la Universidad. En ella cursé cinco cursos en cinco años. Preparé las oposiciones en nueve meses. Pasé ese tiempo levantándome a las cinco y pico de la mañana. Me encerraba a las seis y media en una biblioteca y, en líneas generales, cuando salía de allí era de noche. Nadie me ha regalado nada. Hice un trabajo excelente y conseguí ser funcionario con veinticuatro años. Y ahora, ¿me oyen?, muchas promociones de VPO me niegan una casa porque cobro demasiado. Ahora, a pesar de ser joven, me deniegan las becas y las ayudas de alquiler. ¿Me oyen? ¡Vivo peor que aquellos que se quedaban en la puerta del Instituto fumando porros! ¡Vivo más lejos, tengo menos dinero y encima he de pagarle más a Hacienda, encima he de sufragar el PER y el subsidio de algunas personas que se merecen mi dinero menos que yo! ¡Estoy hasta los mismísimos de pagarle dos años de paro a alguna gente que no quiere trabajar! Los quinientos euros que se ahorran cada mes aquellos jóvenes que reciban una VPO, y que se ganan con un trivial sorteo, yo tardé veinte años en ganarlos… ¡y me costaron cinco dioptrías en cada ojo! No me entiendan mal: creo en la solidaridad y en todas esas cosas bonitas. Soy educador y me dejo la crisma por los demás, pero ¿no les parece un poco fuerte que encima de que tengo poco dinero, habiendo trabajado tanto, deba pagar a Hacienda cuando, en realidad, llevan todo el año quitándome un quince por ciento de mi sueldo cada mes, mientras que muchos otros jóvenes trabajan en negro? Cotizo más y ¿de qué me sirve estar asegurándome el paro si yo jamás he estado ni estaré en el paro? ¿He de pensar en mi jubilación, que tendrá lugar vete tú a saber cuándo? Yo no quiero auto-pagarme el paro porque no corro ese riesgo. Y quiero tener las mismas oportunidades que los jóvenes que han trabajado menos que yo. ¿De qué sirve estudiar tanto si no tengo dinero para pagar una casa, si no puedo escoger dónde quiero vivir, si me deniegan todas las ayudas que mi edad merece?
Y encima has de escuchar cómo todo el mundo te dice que eres afortunado, que tienes privilegios. La suerte no existe. En Andalucía no se prima a la gente brillante (y no lo digo por mí, que conste): se tiene contenta a la gente mediocre. Los jóvenes no saben competir porque no vale la pena competir. Me he privado de muchas fiestas, de mucho alcohol y de todas las drogas, para conseguir todo lo que tengo y, sin embargo, cuando digo en qué pueblo trabajo y cuánto gano por ello, mucha gente se ríe de mí. Todo el mundo piensa que esto está muy bien pagado, pero hay meses que mi banco tirita. “No te gestionas bien”, me dicen. Y yo me río: yo hago las cosas de forma legal y ese pecado siempre te sale caro. Tengo el seguro del coche a mi nombre y no robo el Wifi del vecino (en todo caso, soy yo el vecino al que alguien le está robando el Wifi). Lo dicho: fracasen, no persigan comerse el mundo porque Hacienda te hará encima pagar por ello (pregúntenle a los empresarios que hacen bien su trabajo qué opinan). Haces todo lo que está en tu mano y terminas cenando un sábado en Burger King porque te falta dinero para otra cosa. Hacienda somos todos, dicen. Pero no todos pagamos a Hacienda. Callan.
Estudié catorce años para acceder a la Universidad. En ella cursé cinco cursos en cinco años. Preparé las oposiciones en nueve meses. Pasé ese tiempo levantándome a las cinco y pico de la mañana. Me encerraba a las seis y media en una biblioteca y, en líneas generales, cuando salía de allí era de noche. Nadie me ha regalado nada. Hice un trabajo excelente y conseguí ser funcionario con veinticuatro años. Y ahora, ¿me oyen?, muchas promociones de VPO me niegan una casa porque cobro demasiado. Ahora, a pesar de ser joven, me deniegan las becas y las ayudas de alquiler. ¿Me oyen? ¡Vivo peor que aquellos que se quedaban en la puerta del Instituto fumando porros! ¡Vivo más lejos, tengo menos dinero y encima he de pagarle más a Hacienda, encima he de sufragar el PER y el subsidio de algunas personas que se merecen mi dinero menos que yo! ¡Estoy hasta los mismísimos de pagarle dos años de paro a alguna gente que no quiere trabajar! Los quinientos euros que se ahorran cada mes aquellos jóvenes que reciban una VPO, y que se ganan con un trivial sorteo, yo tardé veinte años en ganarlos… ¡y me costaron cinco dioptrías en cada ojo! No me entiendan mal: creo en la solidaridad y en todas esas cosas bonitas. Soy educador y me dejo la crisma por los demás, pero ¿no les parece un poco fuerte que encima de que tengo poco dinero, habiendo trabajado tanto, deba pagar a Hacienda cuando, en realidad, llevan todo el año quitándome un quince por ciento de mi sueldo cada mes, mientras que muchos otros jóvenes trabajan en negro? Cotizo más y ¿de qué me sirve estar asegurándome el paro si yo jamás he estado ni estaré en el paro? ¿He de pensar en mi jubilación, que tendrá lugar vete tú a saber cuándo? Yo no quiero auto-pagarme el paro porque no corro ese riesgo. Y quiero tener las mismas oportunidades que los jóvenes que han trabajado menos que yo. ¿De qué sirve estudiar tanto si no tengo dinero para pagar una casa, si no puedo escoger dónde quiero vivir, si me deniegan todas las ayudas que mi edad merece?
Y encima has de escuchar cómo todo el mundo te dice que eres afortunado, que tienes privilegios. La suerte no existe. En Andalucía no se prima a la gente brillante (y no lo digo por mí, que conste): se tiene contenta a la gente mediocre. Los jóvenes no saben competir porque no vale la pena competir. Me he privado de muchas fiestas, de mucho alcohol y de todas las drogas, para conseguir todo lo que tengo y, sin embargo, cuando digo en qué pueblo trabajo y cuánto gano por ello, mucha gente se ríe de mí. Todo el mundo piensa que esto está muy bien pagado, pero hay meses que mi banco tirita. “No te gestionas bien”, me dicen. Y yo me río: yo hago las cosas de forma legal y ese pecado siempre te sale caro. Tengo el seguro del coche a mi nombre y no robo el Wifi del vecino (en todo caso, soy yo el vecino al que alguien le está robando el Wifi). Lo dicho: fracasen, no persigan comerse el mundo porque Hacienda te hará encima pagar por ello (pregúntenle a los empresarios que hacen bien su trabajo qué opinan). Haces todo lo que está en tu mano y terminas cenando un sábado en Burger King porque te falta dinero para otra cosa. Hacienda somos todos, dicen. Pero no todos pagamos a Hacienda. Callan.
jueves, 2 de abril de 2009
Estoy de huelga
Este texto se publicará dentro de unos días y el tema ya habrá pasado de largo como el Autedia hace con los pueblos pequeños de la comarca. Como siempre ocurre, tras la novedad no queda nada. Los textos periodísticos pierden su vigencia pronto, y este estará desactualizado, de hecho, antes incluso de haberse publicado. Sin embargo, es el momento. No logro evitarlo. Esta mañana el despertador sonó como de costumbre, pero me he quedado en el piso. Corrigiendo, todo sea dicho, pero sin entrar en clase. Tampoco puedo volver a mi ciudad porque la Junta me hace trabajar a más de cuatro horas del lugar que reza en mi DNI. Perderé noventa euros por estar haciendo lo que estoy haciendo y, honestamente, no gano nada. No soy interino y las bolsas de sustitución me cogen un poco fuera de juego porque jamás he estado en una de ellas. Empero estoy en huelga. Mi conciencia no me permite dar clases hoy. Las normas cambian cada día, los acuerdos los dictaminan cuatro o cinco sindicalistas casposos que dejaron de representarnos cuando sus manos dejaron de tener tiza sobre ellas. Mi cuota los libera. Los libera de toda obligación docente y los encadena a otros intereses, en virtud de los cuales han llegado a donde están. Casi nadie sabe nada. Me consta que más de la mitad de los interinos de mi centro ni siquiera sabían hace unos días en qué consiste la batalla, la mayoría de los padres desconoce por completo por qué sus hijos hoy vivirán seis horas de anarquía y de servicios mínimos. Nadie lo cuenta claro, nadie te informa, las negociaciones, mesas sectoriales y demás fraudes, deberían ser televisadas. Quiero verle la cara de aquel que me entrega por un puñado de monedas.
Sin que nadie lo pidiera, decidieron ordenar a los interinos por nota y no por experiencia. Eso implicaba que muchas personas (adultas y serias) se iban a ir al paro, con hipotecas, hijos y amantes que mantener. Como, de pronto, descubrieron que eso era una barbaridad, el Plan B consiste en mantenerle la antigüedad a los que están dentro y fastidiar a los que lleguen a partir de ahora. Nuevamente habría internos de dos y tres divisiones y, para colmo, se comete una deprecación abrasiva contra la Constitución, ese papelajo según el cual todos somos iguales. Si llegaste al cuerpo antes del Día D, bien. Si llegaste el día E, que todo el mundo sabe que es el posterior al D, entonces no tienes nada que hacer: cada dos años tendrás que ganarte el sueldo y te pasará hasta el Potito, fiero opositor donde los haya, si tienes un mal día o si te tocan las bolas… y salen los temas que no tienen que salir. Cada dos años te juegas tu puesto de trabajo a una carta. Y si no te parece bien, te aguantas.
¿Por qué no nos preguntan? ¿Por qué cambian las cosas entorno a las cuales ya había consenso, en vez de solucionar los problemas reales? Somos el colectivo laboral más grande de Andalucía. Los profesores estamos por todas partes. ¿Cuántas huelgas como la de hoy son necesarias para que nos traten un poco mejor? No, claro, ya lo sé. Si alguien ajeno al mundillo permanece leyendo esto, estará ya en su cabeza lo de las vacaciones y ese mito estúpido que asegura no trabajamos nada. Ante lo cual, y como siempre, solo me resta pedir a los interesados que echen su solicitud, previo estudio de un porrón de años, y que compitan por entrar en este Olimpo tan jugoso (ah, y les deseo suerte si han de pasar antes por la trepidante experiencia vital que supone la interinidad).
Se supone que una directriz de la Unión Europea dice que hemos de reducir el número de interinos. Por ello, han tenido dos planes providenciales. El primero es regalar las plazas a manojitos en un modelo injustísimo (os recuerdo: en la última oposición ni siquiera era posible conocer las notas de tus exámenes). Como no hubo plazas para todos, la estrategia segunda pasa por quitarles estabilidad a estos profesionales para mandarlos al garete cuando sea menester. Y digo yo: ¿no sería más fácil distribuir mejor las vacantes para que no sea preciso crear cada año nuevos interinos… y que la jubilación haga el resto? Y digo yo: ¿tan difícil es crear una oposición de “promoción interna” y que las vías de acceso al cuerpo de funcionario sean diferentes para los que llegan de nuevas y para los que ya están dentro? Así cada cual sabría a lo que juega y competiría contra los de su liga. En suma, y por lo pronto, vuelvo a rogar que las normas no cambien cada seis meses y que si se cambia algo que, al menos, se haga con un poco de cabeza. ¿Veis? Siempre lo mismo. Últimamente me repito más que el gazpacho de mi tía.
Sin que nadie lo pidiera, decidieron ordenar a los interinos por nota y no por experiencia. Eso implicaba que muchas personas (adultas y serias) se iban a ir al paro, con hipotecas, hijos y amantes que mantener. Como, de pronto, descubrieron que eso era una barbaridad, el Plan B consiste en mantenerle la antigüedad a los que están dentro y fastidiar a los que lleguen a partir de ahora. Nuevamente habría internos de dos y tres divisiones y, para colmo, se comete una deprecación abrasiva contra la Constitución, ese papelajo según el cual todos somos iguales. Si llegaste al cuerpo antes del Día D, bien. Si llegaste el día E, que todo el mundo sabe que es el posterior al D, entonces no tienes nada que hacer: cada dos años tendrás que ganarte el sueldo y te pasará hasta el Potito, fiero opositor donde los haya, si tienes un mal día o si te tocan las bolas… y salen los temas que no tienen que salir. Cada dos años te juegas tu puesto de trabajo a una carta. Y si no te parece bien, te aguantas.
¿Por qué no nos preguntan? ¿Por qué cambian las cosas entorno a las cuales ya había consenso, en vez de solucionar los problemas reales? Somos el colectivo laboral más grande de Andalucía. Los profesores estamos por todas partes. ¿Cuántas huelgas como la de hoy son necesarias para que nos traten un poco mejor? No, claro, ya lo sé. Si alguien ajeno al mundillo permanece leyendo esto, estará ya en su cabeza lo de las vacaciones y ese mito estúpido que asegura no trabajamos nada. Ante lo cual, y como siempre, solo me resta pedir a los interesados que echen su solicitud, previo estudio de un porrón de años, y que compitan por entrar en este Olimpo tan jugoso (ah, y les deseo suerte si han de pasar antes por la trepidante experiencia vital que supone la interinidad).
Se supone que una directriz de la Unión Europea dice que hemos de reducir el número de interinos. Por ello, han tenido dos planes providenciales. El primero es regalar las plazas a manojitos en un modelo injustísimo (os recuerdo: en la última oposición ni siquiera era posible conocer las notas de tus exámenes). Como no hubo plazas para todos, la estrategia segunda pasa por quitarles estabilidad a estos profesionales para mandarlos al garete cuando sea menester. Y digo yo: ¿no sería más fácil distribuir mejor las vacantes para que no sea preciso crear cada año nuevos interinos… y que la jubilación haga el resto? Y digo yo: ¿tan difícil es crear una oposición de “promoción interna” y que las vías de acceso al cuerpo de funcionario sean diferentes para los que llegan de nuevas y para los que ya están dentro? Así cada cual sabría a lo que juega y competiría contra los de su liga. En suma, y por lo pronto, vuelvo a rogar que las normas no cambien cada seis meses y que si se cambia algo que, al menos, se haga con un poco de cabeza. ¿Veis? Siempre lo mismo. Últimamente me repito más que el gazpacho de mi tía.
miércoles, 25 de marzo de 2009
Cuadros, grillos y grilletes
Laly sueña despierta y por ello he esperado a encontrarme en un estado de hiperconciencia para redactar estas líneas. Solo en estados alterados de ánimo, tras estímulos desgarradores, inmerso en sueños y sueño, me es posible entender ciertas cosas. Hablamos de una artista, de una profesora con arte, que cada día se enfrenta a los invasores de guaridas, a todos los guardias de las mazmorras, a los fantasmas, grillos y grilletes que pueblan sus cuadros, sus dudas y sus muertos; no me es posible hablar del tema con objetividad porque eso sería renunciar a la parte transcendente. Laly es una profesora excelente que, pese a todo, sigue siendo un ser humano. Abarca sueños y suspiros entre sus lienzos y, de pronto, sin dar cabida a tantos sentimientos como su luz debiera engendrar, topa de bruces contra una realidad carcomida y estúpida.
Ahora, en cristiano. Laly tiene un alumno al que todos apodan El Gitano. El Gitano es tosco en las formas y ruin en el fondo. Acude al Centro para hacer negocio y, por desgracia, no me refiero a negocios justos, como bien podrían ser revender bocatas, traficar con chuletas o pintar iconos manga a cambio de besos. El Gitano vende droga y enunciarlo de otro modo sería un eufemismo injustificable. Como en el Centro el Director no tiene los arrestos necesarios para meterle mano al asunto, el tráfico de estupefacientes se ha convertido en una eventualidad más, tal como son los cambios de clase, las peleas en los recreos o los suspensos debidos al poco dormir. De este modo, la mercadotecnia ha funcionado. La droga es la misma, pero no es lo mismo comprársela a uno que a otro. ¿Cómo va a ser igual un porro liado con yerba de un tal don Nadie, que otro procedente de la factoría de El Gitano? Solo el mote ya coloca. La firma hace efecto, claro. Siempre ha sido y será así. La sociedad de consumo es a menudo eso: un eterno placebo de productos iguales, pero más sabrosos conforme más sucio sea el proceder, el actuar, el halo que lo envuelve y envenena todo.
Retomo. En el tejemaneje cotidiano que supone el trafique, Laly se encontraba en una clase centrada en las creaciones de los chicos, tratando de insuflar un poco de magia en un horizonte de pulcra roña. Vio un bulto y, en el quehacer diario de todo docente-policía, se acercó al muchacho de los pelos largos. “No tengo nada, no mires ahí”, inquirió escondiendo el paquete. Inicialmente ella pensó que se trataba de un insignificante móvil, por eso se acercó. Las leyes del Centro lo prohíben, pero el botín fue bastante más sabroso. Hablamos de una bolsita de polen de marihuana, mercancía que crispó a El Gitano sobremanera, tras la fortuita incautación. “Maestra, ¡ni se te ocurra! ¡Eso no lo toques!”. Una tranquila clase, en la que el objetivo era componer un bodegón surrealista, se concreta en una persecución a lo Corrupción en Miami. A partir de ahí, ¿os imagináis qué viene? ¿Suponéis el estrés, la tensión, los insultos, los comentarios, el bajonazo de autoestima cada vez que los alumnos te tratan de loca, por oponerte a una transacción ordinaria, por trazar diques para que el mar no siga comiéndose el terreno? Desde ahí, Laly mirará su coche antes de montarse y respirará aliviada si las cuatro ruedas tienen la misma cantidad de aire, aproximadamente. Desde entonces, le será imposible entrar en el IES, escuchar los gritos de siempre, sin haber amortiguado su conciencia con algún medicamento fuerte. ¿Quién tiene la culpa?
Me vanaglorio de decir que no existen los docentes normales. Todos estamos un poco tocados y tarados. Normal. Te llevas cornadas si toreas desde el albero. Duelen mucho y no son un gaje, sino una putada (perdón por la expresión). Es personal siempre, porque el objetivo de los alumnos, capitaneados por El Gitano, será herirla hasta que logren fundir su resistencia, quebrar sus nervios, prenderla y hacer que derrame sus humores, sus vísceras, el alma al completo. ¿Cómo no va a ser personal si todo salpica como escupitajos reciclados contra el viento? Hablo del viento del mar que aquí trae los fardos que las zodiac de los narcos dejan escapar. Todo el mundo sabe qué significa, en los puertos costeros, una persecución cerca de la orilla. Habrá pesca y alguien cambiará su forma de vestir. Lo normal. Oponerse a lo obvio se le ocurre solo a los locos y a los artistas.
Ahora, en cristiano. Laly tiene un alumno al que todos apodan El Gitano. El Gitano es tosco en las formas y ruin en el fondo. Acude al Centro para hacer negocio y, por desgracia, no me refiero a negocios justos, como bien podrían ser revender bocatas, traficar con chuletas o pintar iconos manga a cambio de besos. El Gitano vende droga y enunciarlo de otro modo sería un eufemismo injustificable. Como en el Centro el Director no tiene los arrestos necesarios para meterle mano al asunto, el tráfico de estupefacientes se ha convertido en una eventualidad más, tal como son los cambios de clase, las peleas en los recreos o los suspensos debidos al poco dormir. De este modo, la mercadotecnia ha funcionado. La droga es la misma, pero no es lo mismo comprársela a uno que a otro. ¿Cómo va a ser igual un porro liado con yerba de un tal don Nadie, que otro procedente de la factoría de El Gitano? Solo el mote ya coloca. La firma hace efecto, claro. Siempre ha sido y será así. La sociedad de consumo es a menudo eso: un eterno placebo de productos iguales, pero más sabrosos conforme más sucio sea el proceder, el actuar, el halo que lo envuelve y envenena todo.
Retomo. En el tejemaneje cotidiano que supone el trafique, Laly se encontraba en una clase centrada en las creaciones de los chicos, tratando de insuflar un poco de magia en un horizonte de pulcra roña. Vio un bulto y, en el quehacer diario de todo docente-policía, se acercó al muchacho de los pelos largos. “No tengo nada, no mires ahí”, inquirió escondiendo el paquete. Inicialmente ella pensó que se trataba de un insignificante móvil, por eso se acercó. Las leyes del Centro lo prohíben, pero el botín fue bastante más sabroso. Hablamos de una bolsita de polen de marihuana, mercancía que crispó a El Gitano sobremanera, tras la fortuita incautación. “Maestra, ¡ni se te ocurra! ¡Eso no lo toques!”. Una tranquila clase, en la que el objetivo era componer un bodegón surrealista, se concreta en una persecución a lo Corrupción en Miami. A partir de ahí, ¿os imagináis qué viene? ¿Suponéis el estrés, la tensión, los insultos, los comentarios, el bajonazo de autoestima cada vez que los alumnos te tratan de loca, por oponerte a una transacción ordinaria, por trazar diques para que el mar no siga comiéndose el terreno? Desde ahí, Laly mirará su coche antes de montarse y respirará aliviada si las cuatro ruedas tienen la misma cantidad de aire, aproximadamente. Desde entonces, le será imposible entrar en el IES, escuchar los gritos de siempre, sin haber amortiguado su conciencia con algún medicamento fuerte. ¿Quién tiene la culpa?
Me vanaglorio de decir que no existen los docentes normales. Todos estamos un poco tocados y tarados. Normal. Te llevas cornadas si toreas desde el albero. Duelen mucho y no son un gaje, sino una putada (perdón por la expresión). Es personal siempre, porque el objetivo de los alumnos, capitaneados por El Gitano, será herirla hasta que logren fundir su resistencia, quebrar sus nervios, prenderla y hacer que derrame sus humores, sus vísceras, el alma al completo. ¿Cómo no va a ser personal si todo salpica como escupitajos reciclados contra el viento? Hablo del viento del mar que aquí trae los fardos que las zodiac de los narcos dejan escapar. Todo el mundo sabe qué significa, en los puertos costeros, una persecución cerca de la orilla. Habrá pesca y alguien cambiará su forma de vestir. Lo normal. Oponerse a lo obvio se le ocurre solo a los locos y a los artistas.
¿Se puede echar a un mal profesor?
Partamos de la base de que no ha pegado a ningún alumno y de que justifica religiosamente todas sus faltas. Prefiero no dar su nombre. Al fin y al cabo, nadie va a conseguir expulsarlo del cuerpo por más que se le presione y, por ende, no está bien alarmar a los padres de una situación que no tiene arreglo. Creemos que posee una seria enfermedad psicológica. Y no es broma. Sus conductas son anómalas. Realiza actos irracionales y no da buenas clases. Acoto: me atrevería a decir que “no da clases”, pero no quiero opinar sin conocimiento de causa. Yo no estoy allí. Soy docente, no alumno. Eso sí, las leyendas sobre lo que hace en sus sesiones darían para rellenar cuatro o cinco escritos como este. Y por las tardes es aún menos discreto. Se cuenta que una vez se bañó en la fuente del pueblo, que agitó sus genitales al paso de un cortejo fúnebre, se marcha sin pagar de los bares y las limpiadoras del Centro han pedido que no las dejen solas por las tardes. Esa es la consigna: si él aparece, todos cierran las cancelas y el paso no está permitido. Es necesario cerrar con llave en todo momento y el equipo directivo ha de autorizarte expresamente la entrada, fuera del horario escolar. Todo por él. ¡Y estoy hablando de un profesor! Tiene el mismo cargo y las mismas responsabilidades que yo, pero se comporta como un auténtico alienígena.
Es cierto: no ha hecho nada grave, pero ha hecho todo aquello que no es grave. Las guardias no las cubre, confunde papel Albal con alijos de coca y se cuenta que una vez dejó una bolsa repleta de pescado crudo en los armaritos de un aula con el consiguiente hedor, posterior a la putrefacción, y con el consecuente escándalo de todos los adolescentes circundantes, descubierto el pastel. Claro, no es grave. Nadie puede echar del cuerpo a un compañero por apestar un armario, por culpa de rumores sobre su estado mental y… ¿Acaso es posible comprobar con un análisis médico si todo esto es serio o no? ¿Acaso él está obligado a rendir cuentas de sus capacidades neuronales? Más bien no. Ahí sigue. Mientras muchos de los nuestros temen que abramos el telediario algún día, ahí sigue. Y muchos no podemos quitarnos de la cabeza aquel fin de semana en que tuvo la feliz idea de perseguir a varios adolescentes con el coche. Fue a horas intempestivas. No queda probado que existiera voluntariedad. Nunca algo es lo suficientemente grave porque certezas hay pocas, dado que la opinión de nuestros alumnos no deja de ser el testimonio de adolescentes. Ahí seguimos. En las mismas. La Administración se cansa de recibir quejas de los padres, de los directores que lo soportaron antes, de todos nosotros. En realidad, no existe ningún mecanismo que posibilite excretar a un docente defectuoso. El sistema es majestuoso, pero… ¿Qué se hace en momentos así, cómo se lucha contra individuos así?
Este será su tercer expediente disciplinario abierto. El otro día fueron cinco las horas que la Inspección pasó evaluando qué podía hacerse. Algunos alumnos declararon. Muchos de nosotros tuvimos que poner por escrito que no cumple con sus obligaciones. Sin embargo, no confiamos en que todo esto sirva para algo. Tendrá la opción de recurrir, pasarán los meses y, mientras tanto, los chicos seguirán encerrados con él. No aprenderán la asignatura que imparte y seguiremos en boca de todos. Cada mañana nos preguntamos por dónde seguirán sus desvaríos, si sabe lo que hace, si sabe demasiado bien lo que hace, o si estamos poniendo en unas manos inconscientes las vidas de muchos seres frágiles. La Inspección nos reitera que nada puede hacerse, que no está en sus manos terminar con esta tensión perenne. Ni los padres tienen voz, ni la tenemos nosotros, ¿está llamado a ganar él, en esta lucha?
Con frecuencia suplico que se defienda a los docentes. Con frecuencia solicito a la sociedad respeto, prestigio y comprensión. Sin embargo, y de pronto, me doy cuenta de que sí existe impunidad extemporánea para pecados mucho más serios y delicados. Al Capone fue arrojado a las mazmorras por incumplir con los tributos viarios. Una conducta inadecuada, sistemáticamente anómala, tantos docentes que corrompen con su abulia las conciencias de nuestros estudiantes, está a salvo. Errores de forma cuestan más caros. Si no golpeas, física, sexual o moralmente, si justificas tus faltas, si estás, aunque no estés, basta. ¿Qué provoca que te echen? ¿Cómo has de actuar si descubres que un compañero está poniendo en peligro la educación de los hijos de los demás? ¿Cómo te comportas si tienes la sospecha de que otro docente supone un riesgo para la integridad de los demás? Acepto ideas. Me vendrán bien. Estamos perdidos.
Es cierto: no ha hecho nada grave, pero ha hecho todo aquello que no es grave. Las guardias no las cubre, confunde papel Albal con alijos de coca y se cuenta que una vez dejó una bolsa repleta de pescado crudo en los armaritos de un aula con el consiguiente hedor, posterior a la putrefacción, y con el consecuente escándalo de todos los adolescentes circundantes, descubierto el pastel. Claro, no es grave. Nadie puede echar del cuerpo a un compañero por apestar un armario, por culpa de rumores sobre su estado mental y… ¿Acaso es posible comprobar con un análisis médico si todo esto es serio o no? ¿Acaso él está obligado a rendir cuentas de sus capacidades neuronales? Más bien no. Ahí sigue. Mientras muchos de los nuestros temen que abramos el telediario algún día, ahí sigue. Y muchos no podemos quitarnos de la cabeza aquel fin de semana en que tuvo la feliz idea de perseguir a varios adolescentes con el coche. Fue a horas intempestivas. No queda probado que existiera voluntariedad. Nunca algo es lo suficientemente grave porque certezas hay pocas, dado que la opinión de nuestros alumnos no deja de ser el testimonio de adolescentes. Ahí seguimos. En las mismas. La Administración se cansa de recibir quejas de los padres, de los directores que lo soportaron antes, de todos nosotros. En realidad, no existe ningún mecanismo que posibilite excretar a un docente defectuoso. El sistema es majestuoso, pero… ¿Qué se hace en momentos así, cómo se lucha contra individuos así?
Este será su tercer expediente disciplinario abierto. El otro día fueron cinco las horas que la Inspección pasó evaluando qué podía hacerse. Algunos alumnos declararon. Muchos de nosotros tuvimos que poner por escrito que no cumple con sus obligaciones. Sin embargo, no confiamos en que todo esto sirva para algo. Tendrá la opción de recurrir, pasarán los meses y, mientras tanto, los chicos seguirán encerrados con él. No aprenderán la asignatura que imparte y seguiremos en boca de todos. Cada mañana nos preguntamos por dónde seguirán sus desvaríos, si sabe lo que hace, si sabe demasiado bien lo que hace, o si estamos poniendo en unas manos inconscientes las vidas de muchos seres frágiles. La Inspección nos reitera que nada puede hacerse, que no está en sus manos terminar con esta tensión perenne. Ni los padres tienen voz, ni la tenemos nosotros, ¿está llamado a ganar él, en esta lucha?
Con frecuencia suplico que se defienda a los docentes. Con frecuencia solicito a la sociedad respeto, prestigio y comprensión. Sin embargo, y de pronto, me doy cuenta de que sí existe impunidad extemporánea para pecados mucho más serios y delicados. Al Capone fue arrojado a las mazmorras por incumplir con los tributos viarios. Una conducta inadecuada, sistemáticamente anómala, tantos docentes que corrompen con su abulia las conciencias de nuestros estudiantes, está a salvo. Errores de forma cuestan más caros. Si no golpeas, física, sexual o moralmente, si justificas tus faltas, si estás, aunque no estés, basta. ¿Qué provoca que te echen? ¿Cómo has de actuar si descubres que un compañero está poniendo en peligro la educación de los hijos de los demás? ¿Cómo te comportas si tienes la sospecha de que otro docente supone un riesgo para la integridad de los demás? Acepto ideas. Me vendrán bien. Estamos perdidos.
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