Este texto se publicará dentro de unos días y el tema ya habrá pasado de largo como el Autedia hace con los pueblos pequeños de la comarca. Como siempre ocurre, tras la novedad no queda nada. Los textos periodísticos pierden su vigencia pronto, y este estará desactualizado, de hecho, antes incluso de haberse publicado. Sin embargo, es el momento. No logro evitarlo. Esta mañana el despertador sonó como de costumbre, pero me he quedado en el piso. Corrigiendo, todo sea dicho, pero sin entrar en clase. Tampoco puedo volver a mi ciudad porque la Junta me hace trabajar a más de cuatro horas del lugar que reza en mi DNI. Perderé noventa euros por estar haciendo lo que estoy haciendo y, honestamente, no gano nada. No soy interino y las bolsas de sustitución me cogen un poco fuera de juego porque jamás he estado en una de ellas. Empero estoy en huelga. Mi conciencia no me permite dar clases hoy. Las normas cambian cada día, los acuerdos los dictaminan cuatro o cinco sindicalistas casposos que dejaron de representarnos cuando sus manos dejaron de tener tiza sobre ellas. Mi cuota los libera. Los libera de toda obligación docente y los encadena a otros intereses, en virtud de los cuales han llegado a donde están. Casi nadie sabe nada. Me consta que más de la mitad de los interinos de mi centro ni siquiera sabían hace unos días en qué consiste la batalla, la mayoría de los padres desconoce por completo por qué sus hijos hoy vivirán seis horas de anarquía y de servicios mínimos. Nadie lo cuenta claro, nadie te informa, las negociaciones, mesas sectoriales y demás fraudes, deberían ser televisadas. Quiero verle la cara de aquel que me entrega por un puñado de monedas.
Sin que nadie lo pidiera, decidieron ordenar a los interinos por nota y no por experiencia. Eso implicaba que muchas personas (adultas y serias) se iban a ir al paro, con hipotecas, hijos y amantes que mantener. Como, de pronto, descubrieron que eso era una barbaridad, el Plan B consiste en mantenerle la antigüedad a los que están dentro y fastidiar a los que lleguen a partir de ahora. Nuevamente habría internos de dos y tres divisiones y, para colmo, se comete una deprecación abrasiva contra la Constitución, ese papelajo según el cual todos somos iguales. Si llegaste al cuerpo antes del Día D, bien. Si llegaste el día E, que todo el mundo sabe que es el posterior al D, entonces no tienes nada que hacer: cada dos años tendrás que ganarte el sueldo y te pasará hasta el Potito, fiero opositor donde los haya, si tienes un mal día o si te tocan las bolas… y salen los temas que no tienen que salir. Cada dos años te juegas tu puesto de trabajo a una carta. Y si no te parece bien, te aguantas.
¿Por qué no nos preguntan? ¿Por qué cambian las cosas entorno a las cuales ya había consenso, en vez de solucionar los problemas reales? Somos el colectivo laboral más grande de Andalucía. Los profesores estamos por todas partes. ¿Cuántas huelgas como la de hoy son necesarias para que nos traten un poco mejor? No, claro, ya lo sé. Si alguien ajeno al mundillo permanece leyendo esto, estará ya en su cabeza lo de las vacaciones y ese mito estúpido que asegura no trabajamos nada. Ante lo cual, y como siempre, solo me resta pedir a los interesados que echen su solicitud, previo estudio de un porrón de años, y que compitan por entrar en este Olimpo tan jugoso (ah, y les deseo suerte si han de pasar antes por la trepidante experiencia vital que supone la interinidad).
Se supone que una directriz de la Unión Europea dice que hemos de reducir el número de interinos. Por ello, han tenido dos planes providenciales. El primero es regalar las plazas a manojitos en un modelo injustísimo (os recuerdo: en la última oposición ni siquiera era posible conocer las notas de tus exámenes). Como no hubo plazas para todos, la estrategia segunda pasa por quitarles estabilidad a estos profesionales para mandarlos al garete cuando sea menester. Y digo yo: ¿no sería más fácil distribuir mejor las vacantes para que no sea preciso crear cada año nuevos interinos… y que la jubilación haga el resto? Y digo yo: ¿tan difícil es crear una oposición de “promoción interna” y que las vías de acceso al cuerpo de funcionario sean diferentes para los que llegan de nuevas y para los que ya están dentro? Así cada cual sabría a lo que juega y competiría contra los de su liga. En suma, y por lo pronto, vuelvo a rogar que las normas no cambien cada seis meses y que si se cambia algo que, al menos, se haga con un poco de cabeza. ¿Veis? Siempre lo mismo. Últimamente me repito más que el gazpacho de mi tía.
jueves, 2 de abril de 2009
miércoles, 25 de marzo de 2009
Cuadros, grillos y grilletes
Laly sueña despierta y por ello he esperado a encontrarme en un estado de hiperconciencia para redactar estas líneas. Solo en estados alterados de ánimo, tras estímulos desgarradores, inmerso en sueños y sueño, me es posible entender ciertas cosas. Hablamos de una artista, de una profesora con arte, que cada día se enfrenta a los invasores de guaridas, a todos los guardias de las mazmorras, a los fantasmas, grillos y grilletes que pueblan sus cuadros, sus dudas y sus muertos; no me es posible hablar del tema con objetividad porque eso sería renunciar a la parte transcendente. Laly es una profesora excelente que, pese a todo, sigue siendo un ser humano. Abarca sueños y suspiros entre sus lienzos y, de pronto, sin dar cabida a tantos sentimientos como su luz debiera engendrar, topa de bruces contra una realidad carcomida y estúpida.
Ahora, en cristiano. Laly tiene un alumno al que todos apodan El Gitano. El Gitano es tosco en las formas y ruin en el fondo. Acude al Centro para hacer negocio y, por desgracia, no me refiero a negocios justos, como bien podrían ser revender bocatas, traficar con chuletas o pintar iconos manga a cambio de besos. El Gitano vende droga y enunciarlo de otro modo sería un eufemismo injustificable. Como en el Centro el Director no tiene los arrestos necesarios para meterle mano al asunto, el tráfico de estupefacientes se ha convertido en una eventualidad más, tal como son los cambios de clase, las peleas en los recreos o los suspensos debidos al poco dormir. De este modo, la mercadotecnia ha funcionado. La droga es la misma, pero no es lo mismo comprársela a uno que a otro. ¿Cómo va a ser igual un porro liado con yerba de un tal don Nadie, que otro procedente de la factoría de El Gitano? Solo el mote ya coloca. La firma hace efecto, claro. Siempre ha sido y será así. La sociedad de consumo es a menudo eso: un eterno placebo de productos iguales, pero más sabrosos conforme más sucio sea el proceder, el actuar, el halo que lo envuelve y envenena todo.
Retomo. En el tejemaneje cotidiano que supone el trafique, Laly se encontraba en una clase centrada en las creaciones de los chicos, tratando de insuflar un poco de magia en un horizonte de pulcra roña. Vio un bulto y, en el quehacer diario de todo docente-policía, se acercó al muchacho de los pelos largos. “No tengo nada, no mires ahí”, inquirió escondiendo el paquete. Inicialmente ella pensó que se trataba de un insignificante móvil, por eso se acercó. Las leyes del Centro lo prohíben, pero el botín fue bastante más sabroso. Hablamos de una bolsita de polen de marihuana, mercancía que crispó a El Gitano sobremanera, tras la fortuita incautación. “Maestra, ¡ni se te ocurra! ¡Eso no lo toques!”. Una tranquila clase, en la que el objetivo era componer un bodegón surrealista, se concreta en una persecución a lo Corrupción en Miami. A partir de ahí, ¿os imagináis qué viene? ¿Suponéis el estrés, la tensión, los insultos, los comentarios, el bajonazo de autoestima cada vez que los alumnos te tratan de loca, por oponerte a una transacción ordinaria, por trazar diques para que el mar no siga comiéndose el terreno? Desde ahí, Laly mirará su coche antes de montarse y respirará aliviada si las cuatro ruedas tienen la misma cantidad de aire, aproximadamente. Desde entonces, le será imposible entrar en el IES, escuchar los gritos de siempre, sin haber amortiguado su conciencia con algún medicamento fuerte. ¿Quién tiene la culpa?
Me vanaglorio de decir que no existen los docentes normales. Todos estamos un poco tocados y tarados. Normal. Te llevas cornadas si toreas desde el albero. Duelen mucho y no son un gaje, sino una putada (perdón por la expresión). Es personal siempre, porque el objetivo de los alumnos, capitaneados por El Gitano, será herirla hasta que logren fundir su resistencia, quebrar sus nervios, prenderla y hacer que derrame sus humores, sus vísceras, el alma al completo. ¿Cómo no va a ser personal si todo salpica como escupitajos reciclados contra el viento? Hablo del viento del mar que aquí trae los fardos que las zodiac de los narcos dejan escapar. Todo el mundo sabe qué significa, en los puertos costeros, una persecución cerca de la orilla. Habrá pesca y alguien cambiará su forma de vestir. Lo normal. Oponerse a lo obvio se le ocurre solo a los locos y a los artistas.
Ahora, en cristiano. Laly tiene un alumno al que todos apodan El Gitano. El Gitano es tosco en las formas y ruin en el fondo. Acude al Centro para hacer negocio y, por desgracia, no me refiero a negocios justos, como bien podrían ser revender bocatas, traficar con chuletas o pintar iconos manga a cambio de besos. El Gitano vende droga y enunciarlo de otro modo sería un eufemismo injustificable. Como en el Centro el Director no tiene los arrestos necesarios para meterle mano al asunto, el tráfico de estupefacientes se ha convertido en una eventualidad más, tal como son los cambios de clase, las peleas en los recreos o los suspensos debidos al poco dormir. De este modo, la mercadotecnia ha funcionado. La droga es la misma, pero no es lo mismo comprársela a uno que a otro. ¿Cómo va a ser igual un porro liado con yerba de un tal don Nadie, que otro procedente de la factoría de El Gitano? Solo el mote ya coloca. La firma hace efecto, claro. Siempre ha sido y será así. La sociedad de consumo es a menudo eso: un eterno placebo de productos iguales, pero más sabrosos conforme más sucio sea el proceder, el actuar, el halo que lo envuelve y envenena todo.
Retomo. En el tejemaneje cotidiano que supone el trafique, Laly se encontraba en una clase centrada en las creaciones de los chicos, tratando de insuflar un poco de magia en un horizonte de pulcra roña. Vio un bulto y, en el quehacer diario de todo docente-policía, se acercó al muchacho de los pelos largos. “No tengo nada, no mires ahí”, inquirió escondiendo el paquete. Inicialmente ella pensó que se trataba de un insignificante móvil, por eso se acercó. Las leyes del Centro lo prohíben, pero el botín fue bastante más sabroso. Hablamos de una bolsita de polen de marihuana, mercancía que crispó a El Gitano sobremanera, tras la fortuita incautación. “Maestra, ¡ni se te ocurra! ¡Eso no lo toques!”. Una tranquila clase, en la que el objetivo era componer un bodegón surrealista, se concreta en una persecución a lo Corrupción en Miami. A partir de ahí, ¿os imagináis qué viene? ¿Suponéis el estrés, la tensión, los insultos, los comentarios, el bajonazo de autoestima cada vez que los alumnos te tratan de loca, por oponerte a una transacción ordinaria, por trazar diques para que el mar no siga comiéndose el terreno? Desde ahí, Laly mirará su coche antes de montarse y respirará aliviada si las cuatro ruedas tienen la misma cantidad de aire, aproximadamente. Desde entonces, le será imposible entrar en el IES, escuchar los gritos de siempre, sin haber amortiguado su conciencia con algún medicamento fuerte. ¿Quién tiene la culpa?
Me vanaglorio de decir que no existen los docentes normales. Todos estamos un poco tocados y tarados. Normal. Te llevas cornadas si toreas desde el albero. Duelen mucho y no son un gaje, sino una putada (perdón por la expresión). Es personal siempre, porque el objetivo de los alumnos, capitaneados por El Gitano, será herirla hasta que logren fundir su resistencia, quebrar sus nervios, prenderla y hacer que derrame sus humores, sus vísceras, el alma al completo. ¿Cómo no va a ser personal si todo salpica como escupitajos reciclados contra el viento? Hablo del viento del mar que aquí trae los fardos que las zodiac de los narcos dejan escapar. Todo el mundo sabe qué significa, en los puertos costeros, una persecución cerca de la orilla. Habrá pesca y alguien cambiará su forma de vestir. Lo normal. Oponerse a lo obvio se le ocurre solo a los locos y a los artistas.
¿Se puede echar a un mal profesor?
Partamos de la base de que no ha pegado a ningún alumno y de que justifica religiosamente todas sus faltas. Prefiero no dar su nombre. Al fin y al cabo, nadie va a conseguir expulsarlo del cuerpo por más que se le presione y, por ende, no está bien alarmar a los padres de una situación que no tiene arreglo. Creemos que posee una seria enfermedad psicológica. Y no es broma. Sus conductas son anómalas. Realiza actos irracionales y no da buenas clases. Acoto: me atrevería a decir que “no da clases”, pero no quiero opinar sin conocimiento de causa. Yo no estoy allí. Soy docente, no alumno. Eso sí, las leyendas sobre lo que hace en sus sesiones darían para rellenar cuatro o cinco escritos como este. Y por las tardes es aún menos discreto. Se cuenta que una vez se bañó en la fuente del pueblo, que agitó sus genitales al paso de un cortejo fúnebre, se marcha sin pagar de los bares y las limpiadoras del Centro han pedido que no las dejen solas por las tardes. Esa es la consigna: si él aparece, todos cierran las cancelas y el paso no está permitido. Es necesario cerrar con llave en todo momento y el equipo directivo ha de autorizarte expresamente la entrada, fuera del horario escolar. Todo por él. ¡Y estoy hablando de un profesor! Tiene el mismo cargo y las mismas responsabilidades que yo, pero se comporta como un auténtico alienígena.
Es cierto: no ha hecho nada grave, pero ha hecho todo aquello que no es grave. Las guardias no las cubre, confunde papel Albal con alijos de coca y se cuenta que una vez dejó una bolsa repleta de pescado crudo en los armaritos de un aula con el consiguiente hedor, posterior a la putrefacción, y con el consecuente escándalo de todos los adolescentes circundantes, descubierto el pastel. Claro, no es grave. Nadie puede echar del cuerpo a un compañero por apestar un armario, por culpa de rumores sobre su estado mental y… ¿Acaso es posible comprobar con un análisis médico si todo esto es serio o no? ¿Acaso él está obligado a rendir cuentas de sus capacidades neuronales? Más bien no. Ahí sigue. Mientras muchos de los nuestros temen que abramos el telediario algún día, ahí sigue. Y muchos no podemos quitarnos de la cabeza aquel fin de semana en que tuvo la feliz idea de perseguir a varios adolescentes con el coche. Fue a horas intempestivas. No queda probado que existiera voluntariedad. Nunca algo es lo suficientemente grave porque certezas hay pocas, dado que la opinión de nuestros alumnos no deja de ser el testimonio de adolescentes. Ahí seguimos. En las mismas. La Administración se cansa de recibir quejas de los padres, de los directores que lo soportaron antes, de todos nosotros. En realidad, no existe ningún mecanismo que posibilite excretar a un docente defectuoso. El sistema es majestuoso, pero… ¿Qué se hace en momentos así, cómo se lucha contra individuos así?
Este será su tercer expediente disciplinario abierto. El otro día fueron cinco las horas que la Inspección pasó evaluando qué podía hacerse. Algunos alumnos declararon. Muchos de nosotros tuvimos que poner por escrito que no cumple con sus obligaciones. Sin embargo, no confiamos en que todo esto sirva para algo. Tendrá la opción de recurrir, pasarán los meses y, mientras tanto, los chicos seguirán encerrados con él. No aprenderán la asignatura que imparte y seguiremos en boca de todos. Cada mañana nos preguntamos por dónde seguirán sus desvaríos, si sabe lo que hace, si sabe demasiado bien lo que hace, o si estamos poniendo en unas manos inconscientes las vidas de muchos seres frágiles. La Inspección nos reitera que nada puede hacerse, que no está en sus manos terminar con esta tensión perenne. Ni los padres tienen voz, ni la tenemos nosotros, ¿está llamado a ganar él, en esta lucha?
Con frecuencia suplico que se defienda a los docentes. Con frecuencia solicito a la sociedad respeto, prestigio y comprensión. Sin embargo, y de pronto, me doy cuenta de que sí existe impunidad extemporánea para pecados mucho más serios y delicados. Al Capone fue arrojado a las mazmorras por incumplir con los tributos viarios. Una conducta inadecuada, sistemáticamente anómala, tantos docentes que corrompen con su abulia las conciencias de nuestros estudiantes, está a salvo. Errores de forma cuestan más caros. Si no golpeas, física, sexual o moralmente, si justificas tus faltas, si estás, aunque no estés, basta. ¿Qué provoca que te echen? ¿Cómo has de actuar si descubres que un compañero está poniendo en peligro la educación de los hijos de los demás? ¿Cómo te comportas si tienes la sospecha de que otro docente supone un riesgo para la integridad de los demás? Acepto ideas. Me vendrán bien. Estamos perdidos.
Es cierto: no ha hecho nada grave, pero ha hecho todo aquello que no es grave. Las guardias no las cubre, confunde papel Albal con alijos de coca y se cuenta que una vez dejó una bolsa repleta de pescado crudo en los armaritos de un aula con el consiguiente hedor, posterior a la putrefacción, y con el consecuente escándalo de todos los adolescentes circundantes, descubierto el pastel. Claro, no es grave. Nadie puede echar del cuerpo a un compañero por apestar un armario, por culpa de rumores sobre su estado mental y… ¿Acaso es posible comprobar con un análisis médico si todo esto es serio o no? ¿Acaso él está obligado a rendir cuentas de sus capacidades neuronales? Más bien no. Ahí sigue. Mientras muchos de los nuestros temen que abramos el telediario algún día, ahí sigue. Y muchos no podemos quitarnos de la cabeza aquel fin de semana en que tuvo la feliz idea de perseguir a varios adolescentes con el coche. Fue a horas intempestivas. No queda probado que existiera voluntariedad. Nunca algo es lo suficientemente grave porque certezas hay pocas, dado que la opinión de nuestros alumnos no deja de ser el testimonio de adolescentes. Ahí seguimos. En las mismas. La Administración se cansa de recibir quejas de los padres, de los directores que lo soportaron antes, de todos nosotros. En realidad, no existe ningún mecanismo que posibilite excretar a un docente defectuoso. El sistema es majestuoso, pero… ¿Qué se hace en momentos así, cómo se lucha contra individuos así?
Este será su tercer expediente disciplinario abierto. El otro día fueron cinco las horas que la Inspección pasó evaluando qué podía hacerse. Algunos alumnos declararon. Muchos de nosotros tuvimos que poner por escrito que no cumple con sus obligaciones. Sin embargo, no confiamos en que todo esto sirva para algo. Tendrá la opción de recurrir, pasarán los meses y, mientras tanto, los chicos seguirán encerrados con él. No aprenderán la asignatura que imparte y seguiremos en boca de todos. Cada mañana nos preguntamos por dónde seguirán sus desvaríos, si sabe lo que hace, si sabe demasiado bien lo que hace, o si estamos poniendo en unas manos inconscientes las vidas de muchos seres frágiles. La Inspección nos reitera que nada puede hacerse, que no está en sus manos terminar con esta tensión perenne. Ni los padres tienen voz, ni la tenemos nosotros, ¿está llamado a ganar él, en esta lucha?
Con frecuencia suplico que se defienda a los docentes. Con frecuencia solicito a la sociedad respeto, prestigio y comprensión. Sin embargo, y de pronto, me doy cuenta de que sí existe impunidad extemporánea para pecados mucho más serios y delicados. Al Capone fue arrojado a las mazmorras por incumplir con los tributos viarios. Una conducta inadecuada, sistemáticamente anómala, tantos docentes que corrompen con su abulia las conciencias de nuestros estudiantes, está a salvo. Errores de forma cuestan más caros. Si no golpeas, física, sexual o moralmente, si justificas tus faltas, si estás, aunque no estés, basta. ¿Qué provoca que te echen? ¿Cómo has de actuar si descubres que un compañero está poniendo en peligro la educación de los hijos de los demás? ¿Cómo te comportas si tienes la sospecha de que otro docente supone un riesgo para la integridad de los demás? Acepto ideas. Me vendrán bien. Estamos perdidos.
miércoles, 11 de marzo de 2009
Humo, humores y aceite
Mi tutoría de hace dos años era conocida, por los profesores del Centro, como “el aula rosa”. Desconozco la condición sexual de mis estudiantes porque, hoy por hoy, ese dato no aparece en el expediente académico, aunque todo se andará. Sí sé que era frecuente que muchos salieran bromeando de ella, comentando que habían estado a punto de caerse tras pisar manchas de aceite. Otro compañero señalaba que en el aula de mi grupo no era capaz de separarse de la pared por miedo a que el resultado del internamiento entre las filas fuera indeseable. Su actitud iba mucho más allá de la pura defensa. Hablamos de un adulto recio y adusto, que llevaba con poco humor las bromas. Redactó en un parte disciplinario lo siguiente: “se ha pavoneado, jactándose de su condición, como si llevara un batín de cola”. Ya entonces, y aun ahora, altera mi atención, dicho sea de paso, esa actitud descrita, dado que mis chicos se portaban mucho peor conmigo que con nadie y, por el contrario, yo no tenía queja de ellos porque eran un buen grupo. Al hombre recio le tenían bastante miedo, así que dudo mucho que alguien se pavoneara de algo en momento alguno. Sí eran culpables, lo admito, de presentar maneras que, vistas por ojos rancios, podrían parecer “amaneradas”. Pero… ¿acaso la ostentación de heterosexualidad era uno de los criterios evaluables descritos en la programación de aquel buen docente?
Si alguien me pregunta si los docentes andaluces somos homófobos, tendría que responderle que muchos sí lo son (aunque otros nos empeñemos en poner un poco de cordura y normalizar esta situación: no ganamos en número, me temo). No es infrecuente escuchar comentarios al respecto en las juntas de evaluación, apelativos sarcásticos o denominaciones despectivas, dentro y fuera de las aulas, por parte de los propios profesores. A pesar de todo lo que se le presupone a este sistema progresista y revolucionario, no hay integración. Me consta que dos de mis compañeros (un profesor y una profesora) son homosexuales y que no solo no lo admiten de cara a sus alumnos, sino que se les han escuchado comentarios que pretenden dar a entender lo opuesto. Evidentemente, los precedentes no han sido buenos para ellos: en otros IES, en aventuras anteriores, ya fueron tildados de, y abogan ahora y por ende por no dejar un resquicio que posibilite que se reedite tal película.
Los docentes gays se escudan (tal vez resulte un poco fuerte decir “se esconden”), pero los adolescentes no tienen esa opción. De todo lo expuesto, sin discusión, lo que me parece más grave son las burlas e insultos que han de soportar, reiteradamente, nuestros chicos, por parte de iguales, de parte de otros estudiantes. Para muchos el día a día se convierte en una pesadilla. Aún hoy. Aclaro: no hablo del pasado que Almodóvar retrata en “La mala educación”, sino de la pasada semana. Y de esta. Y hablo de chicos que han de tragar saliva treinta o cuarenta veces, cada día, tras oír la palabra “maricón”; chicos que tienen miedo a leer en clase porque su tono de voz no es suficientemente grave, que si juegan al fútbol serán golpeados con el balón, a posta, por el chutador más potente de todo el grupo. Hablo de chicos condenados a superar los años, engendrando rencor, sin poder expresar lo que sienten, dado que la sinceridad les acarrearía, en muchos lugares difíciles, palizas y sangrías en sus narices hinchadas y rotas. En pleno siglo veintiuno.
En un partido que enfrentaba al Real Madrid y al Betis escuché cómo para ofender a los aficionados visitantes el graderío capitalino chillaba: “sevillanos, yonquis y gitanos”. Recuerdo que me indigné poderosamente porque no encuentro el matiz peyorativo en la palabra “gitano” y me resulta horrible que alguien la utilice de tal modo, tras haberse derramado tanta sangre inútilmente. Volvemos a lo mismo: ¿por qué nos ofendemos por cosas que no son ofensas?, ¿por qué insultamos con rasgos que no son insultantes? No es necesario, ni deseable, convocar días del Orgullo Gay en los IES (¡es lo que nos faltaba!), pero sí animo a todos a reflexionar seriamente sobre la hipocresía que seguimos demostrando. En pleno siglo veintiuno y con nuestra actitud vehemente y condescendiente, derrochada a destiempo. Nadie tiene prejuicios, nadie es racista… pero cuando conocemos al novio de nuestra hija (o de nuestro hijo) siempre se nos ocurre algo políticamente correcto que reprocharle.
Si alguien me pregunta si los docentes andaluces somos homófobos, tendría que responderle que muchos sí lo son (aunque otros nos empeñemos en poner un poco de cordura y normalizar esta situación: no ganamos en número, me temo). No es infrecuente escuchar comentarios al respecto en las juntas de evaluación, apelativos sarcásticos o denominaciones despectivas, dentro y fuera de las aulas, por parte de los propios profesores. A pesar de todo lo que se le presupone a este sistema progresista y revolucionario, no hay integración. Me consta que dos de mis compañeros (un profesor y una profesora) son homosexuales y que no solo no lo admiten de cara a sus alumnos, sino que se les han escuchado comentarios que pretenden dar a entender lo opuesto. Evidentemente, los precedentes no han sido buenos para ellos: en otros IES, en aventuras anteriores, ya fueron tildados de, y abogan ahora y por ende por no dejar un resquicio que posibilite que se reedite tal película.
Los docentes gays se escudan (tal vez resulte un poco fuerte decir “se esconden”), pero los adolescentes no tienen esa opción. De todo lo expuesto, sin discusión, lo que me parece más grave son las burlas e insultos que han de soportar, reiteradamente, nuestros chicos, por parte de iguales, de parte de otros estudiantes. Para muchos el día a día se convierte en una pesadilla. Aún hoy. Aclaro: no hablo del pasado que Almodóvar retrata en “La mala educación”, sino de la pasada semana. Y de esta. Y hablo de chicos que han de tragar saliva treinta o cuarenta veces, cada día, tras oír la palabra “maricón”; chicos que tienen miedo a leer en clase porque su tono de voz no es suficientemente grave, que si juegan al fútbol serán golpeados con el balón, a posta, por el chutador más potente de todo el grupo. Hablo de chicos condenados a superar los años, engendrando rencor, sin poder expresar lo que sienten, dado que la sinceridad les acarrearía, en muchos lugares difíciles, palizas y sangrías en sus narices hinchadas y rotas. En pleno siglo veintiuno.
En un partido que enfrentaba al Real Madrid y al Betis escuché cómo para ofender a los aficionados visitantes el graderío capitalino chillaba: “sevillanos, yonquis y gitanos”. Recuerdo que me indigné poderosamente porque no encuentro el matiz peyorativo en la palabra “gitano” y me resulta horrible que alguien la utilice de tal modo, tras haberse derramado tanta sangre inútilmente. Volvemos a lo mismo: ¿por qué nos ofendemos por cosas que no son ofensas?, ¿por qué insultamos con rasgos que no son insultantes? No es necesario, ni deseable, convocar días del Orgullo Gay en los IES (¡es lo que nos faltaba!), pero sí animo a todos a reflexionar seriamente sobre la hipocresía que seguimos demostrando. En pleno siglo veintiuno y con nuestra actitud vehemente y condescendiente, derrochada a destiempo. Nadie tiene prejuicios, nadie es racista… pero cuando conocemos al novio de nuestra hija (o de nuestro hijo) siempre se nos ocurre algo políticamente correcto que reprocharle.
Humo, humores y aceite
Mi tutoría de hace dos años era conocida, por los profesores del Centro, como “el aula rosa”. Desconozco la condición sexual de mis estudiantes porque, hoy por hoy, ese dato no aparece en el expediente académico, aunque todo se andará. Sí sé que era frecuente que muchos salieran bromeando de ella, comentando que habían estado a punto de caerse tras pisar manchas de aceite. Otro compañero señalaba que en el aula de mi grupo no era capaz de separarse de la pared por miedo a que el resultado del internamiento entre las filas fuera indeseable. Su actitud iba mucho más allá de la pura defensa. Hablamos de un adulto recio y adusto, que llevaba con poco humor las bromas. Redactó en un parte disciplinario lo siguiente: “se ha pavoneado, jactándose de su condición, como si llevara un batín de cola”. Ya entonces, y aun ahora, altera mi atención, dicho sea de paso, esa actitud descrita, dado que mis chicos se portaban mucho peor conmigo que con nadie y, por el contrario, yo no tenía queja de ellos porque eran un buen grupo. Al hombre recio le tenían bastante miedo, así que dudo mucho que alguien se pavoneara de algo en momento alguno. Sí eran culpables, lo admito, de presentar maneras que, vistas por ojos rancios, podrían parecer “amaneradas”. Pero… ¿acaso la ostentación de heterosexualidad era uno de los criterios evaluables descritos en la programación de aquel buen docente?
Si alguien me pregunta si los docentes andaluces somos homófobos, tendría que responderle que muchos sí lo son (aunque otros nos empeñemos en poner un poco de cordura y normalizar esta situación: no ganamos en número, me temo). No es infrecuente escuchar comentarios al respecto en las juntas de evaluación, apelativos sarcásticos o denominaciones despectivas, dentro y fuera de las aulas, por parte de los propios profesores. A pesar de todo lo que se le presupone a este sistema progresista y revolucionario, no hay integración. Me consta que dos de mis compañeros (un profesor y una profesora) son homosexuales y que no solo no lo admiten de cara a sus alumnos, sino que se les han escuchado comentarios que pretenden dar a entender lo opuesto. Evidentemente, los precedentes no han sido buenos para ellos: en otros IES, en aventuras anteriores, ya fueron tildados de, y abogan ahora y por ende por no dejar un resquicio que posibilite que se reedite tal película.
Los docentes gays se escudan (tal vez resulte un poco fuerte decir “se esconden”), pero los adolescentes no tienen esa opción. De todo lo expuesto, sin discusión, lo que me parece más grave son las burlas e insultos que han de soportar, reiteradamente, nuestros chicos, por parte de iguales, de parte de otros estudiantes. Para muchos el día a día se convierte en una pesadilla. Aún hoy. Aclaro: no hablo del pasado que Almodóvar retrata en “La mala educación”, sino de la pasada semana. Y de esta. Y hablo de chicos que han de tragar saliva treinta o cuarenta veces, cada día, tras oír la palabra “maricón”; chicos que tienen miedo a leer en clase porque su tono de voz no es suficientemente grave, que si juegan al fútbol serán golpeados con el balón, a posta, por el chutador más potente de todo el grupo. Hablo de chicos condenados a superar los años, engendrando rencor, sin poder expresar lo que sienten, dado que la sinceridad les acarrearía, en muchos lugares difíciles, palizas y sangrías en sus narices hinchadas y rotas. En pleno siglo veintiuno.
En un partido que enfrentaba al Real Madrid y al Betis escuché cómo para ofender a los aficionados visitantes el graderío capitalino chillaba: “sevillanos, yonquis y gitanos”. Recuerdo que me indigné poderosamente porque no encuentro el matiz peyorativo en la palabra “gitano” y me resulta horrible que alguien la utilice de tal modo, tras haberse derramado tanta sangre inútilmente. Volvemos a lo mismo: ¿por qué nos ofendemos por cosas que no son ofensas?, ¿por qué insultamos con rasgos que no son insultantes? No es necesario, ni deseable, convocar días del Orgullo Gay en los IES (¡es lo que nos faltaba!), pero sí animo a todos a reflexionar seriamente sobre la hipocresía que seguimos demostrando. En pleno siglo veintiuno y con nuestra actitud vehemente y condescendiente, derrochada a destiempo. Nadie tiene prejuicios, nadie es racista… pero cuando conocemos al novio de nuestra hija (o de nuestro hijo) siempre se nos ocurre algo políticamente correcto que reprocharle.
Si alguien me pregunta si los docentes andaluces somos homófobos, tendría que responderle que muchos sí lo son (aunque otros nos empeñemos en poner un poco de cordura y normalizar esta situación: no ganamos en número, me temo). No es infrecuente escuchar comentarios al respecto en las juntas de evaluación, apelativos sarcásticos o denominaciones despectivas, dentro y fuera de las aulas, por parte de los propios profesores. A pesar de todo lo que se le presupone a este sistema progresista y revolucionario, no hay integración. Me consta que dos de mis compañeros (un profesor y una profesora) son homosexuales y que no solo no lo admiten de cara a sus alumnos, sino que se les han escuchado comentarios que pretenden dar a entender lo opuesto. Evidentemente, los precedentes no han sido buenos para ellos: en otros IES, en aventuras anteriores, ya fueron tildados de, y abogan ahora y por ende por no dejar un resquicio que posibilite que se reedite tal película.
Los docentes gays se escudan (tal vez resulte un poco fuerte decir “se esconden”), pero los adolescentes no tienen esa opción. De todo lo expuesto, sin discusión, lo que me parece más grave son las burlas e insultos que han de soportar, reiteradamente, nuestros chicos, por parte de iguales, de parte de otros estudiantes. Para muchos el día a día se convierte en una pesadilla. Aún hoy. Aclaro: no hablo del pasado que Almodóvar retrata en “La mala educación”, sino de la pasada semana. Y de esta. Y hablo de chicos que han de tragar saliva treinta o cuarenta veces, cada día, tras oír la palabra “maricón”; chicos que tienen miedo a leer en clase porque su tono de voz no es suficientemente grave, que si juegan al fútbol serán golpeados con el balón, a posta, por el chutador más potente de todo el grupo. Hablo de chicos condenados a superar los años, engendrando rencor, sin poder expresar lo que sienten, dado que la sinceridad les acarrearía, en muchos lugares difíciles, palizas y sangrías en sus narices hinchadas y rotas. En pleno siglo veintiuno.
En un partido que enfrentaba al Real Madrid y al Betis escuché cómo para ofender a los aficionados visitantes el graderío capitalino chillaba: “sevillanos, yonquis y gitanos”. Recuerdo que me indigné poderosamente porque no encuentro el matiz peyorativo en la palabra “gitano” y me resulta horrible que alguien la utilice de tal modo, tras haberse derramado tanta sangre inútilmente. Volvemos a lo mismo: ¿por qué nos ofendemos por cosas que no son ofensas?, ¿por qué insultamos con rasgos que no son insultantes? No es necesario, ni deseable, convocar días del Orgullo Gay en los IES (¡es lo que nos faltaba!), pero sí animo a todos a reflexionar seriamente sobre la hipocresía que seguimos demostrando. En pleno siglo veintiuno y con nuestra actitud vehemente y condescendiente, derrochada a destiempo. Nadie tiene prejuicios, nadie es racista… pero cuando conocemos al novio de nuestra hija (o de nuestro hijo) siempre se nos ocurre algo políticamente correcto que reprocharle.
La venganza de los capullos
Óscar de la Rosa es uno de esos alumnos a los que nadie quiere tener dentro de su aula. Es mal encarado, no desea aprender y sus formas son agresivas y toscas. Encima, presenta la peor característica que un adolescente puede tener: está crecido. Se sabe importante, es consciente de que los demás estudiantes lo tienen por un referente, de que los profesores hablamos de él en nuestras reuniones; sabe de sobra que no titulará y, por lo tanto, no tiene nada que perder. Las expulsiones le hacen gracia, los partes son una pistola de fogueo y se desfoga inquiriendo a las profesoras del centro con sus modos machistas y soeces.
En cierta ocasión una de nuestras compañeras le confiscó el móvil y él se puso hecho un basilisco, más quemado que la propia metáfora. Durante tres horas la persiguió tratando de recuperarlo, a toda costa. A todas las horas (del día) atosigó a su profesora sin dejar de repetirle que se trataba de un error: haberlo sacado y haber mandado mensajes, y jugado a dos o tres juego, y echado cuatro o cinco fotos, y reproducido un vídeo porno, no eran suficientes motivos para confiscárselo. Tan pesado se puso el interfecto que se arrodilló y paseó de esa guisa tras la docente por toda la planta baja. Pasé a su lado y el individuo me pidió que le echara una fotografía para el periódico del Instituto. Se reía, mientras nosotros le pedíamos que se pusiera en pie. Pensé que era revelador y apreté el gatillo del móvil. La borré minutos más tarde: nunca sacamos primeros planos de menores en la revista.
Hasta ahí, lo normal. Por desgracia, en secundaria todo va más allá. La familia de los capullos florales, con su patulea y progenitores al frente, nos han declarado la guerra por aquel incidente. ¡Qué desfachatez arrebatárselo a su vástago! A pesar de que el Jefe de Estudios pensaba devolvérselo en cuanto se personaran ante él, la matriarca mandó ejecutar. Al día siguiente, una inscripción pomposa (“jodido cabrón”) apareció impresa sobre la carrocería del flamante Lancia cuyas letras, me refiero a las mensualidades, no a la gamberrada, aún hoy sigue abonando religiosamente el máximo responsable de la disciplina del Centro.
¡Ah, no! El incidente no finalizó ahí. ¡Las cosas en Secundaria siempre van más allá! Y nuestra Orientadora hubo de escuchar, cuando transitaba la calle de paisana, comentarios ingeniosísimos sobre la higiene de sus cavidades vaginales, sobre el supuesto hedor que estas desprenden. Lo normal, vaya. Lo más normal del mundo es que te griten eso por haber requisado un móvil. Le quitas el cachivache tecnológico a un hijo de mala madre y te acuchillan oral y drásticamente. Solo les falta atropellarnos con el coche, claro. No lo descarto, claro. Eso, no, pero otras cosas sí las han hecho ya. Mientras meditábamos cómo se podía contraatacar, cuál debía ser la respuesta del IES, recibo una llamada al teléfono de conserjería. Preguntan por mí y, a decir verdad, me contoneo telúricamente mientras me falta el aliento. Es la policía y me pregunta por Óscar de la Rosa. Van a denunciarme y, tal vez, deba prestar declaración de forma inminente.
Hagan memoria. ¿Me denuncian por las treinta horas que pasé tratando de cambiar la conducta de su hijo? ¿Me denuncian por haber intentado enseñarle Lengua, sin éxito, cinco meses? ¿Acaso la causa última de la denuncia es que he telefoneado a sus padres catorce veces para tratar de mejorar la conducta de Óscar? ¿Será por el millón de faltas de asistencia que he tenido que notar y anotar en SÉNECA? No, claro. ¡Eso tampoco es el motivo! Hagan memoria. Me denuncian, cito textualmente, por realizar una “fotografía a un menor de edad, sin consentimiento y en una actitud vejatoria”. ¿Se imaginan? Estas, y no otras, son las cosas de secundaria. Se te quitan las ganas de todo. De educar, de meterte en líos, de tomártelo en serio, de cambiar el mundo. El hombre es lobo para el hombre y algunos padres, directamente, te hacen sentir ganas de aplicar sobre tus orificios nasales, para no percibir el aroma a ponzoña, la máscara de despresurización de cabina. Perdemos altura. Moral.
En cierta ocasión una de nuestras compañeras le confiscó el móvil y él se puso hecho un basilisco, más quemado que la propia metáfora. Durante tres horas la persiguió tratando de recuperarlo, a toda costa. A todas las horas (del día) atosigó a su profesora sin dejar de repetirle que se trataba de un error: haberlo sacado y haber mandado mensajes, y jugado a dos o tres juego, y echado cuatro o cinco fotos, y reproducido un vídeo porno, no eran suficientes motivos para confiscárselo. Tan pesado se puso el interfecto que se arrodilló y paseó de esa guisa tras la docente por toda la planta baja. Pasé a su lado y el individuo me pidió que le echara una fotografía para el periódico del Instituto. Se reía, mientras nosotros le pedíamos que se pusiera en pie. Pensé que era revelador y apreté el gatillo del móvil. La borré minutos más tarde: nunca sacamos primeros planos de menores en la revista.
Hasta ahí, lo normal. Por desgracia, en secundaria todo va más allá. La familia de los capullos florales, con su patulea y progenitores al frente, nos han declarado la guerra por aquel incidente. ¡Qué desfachatez arrebatárselo a su vástago! A pesar de que el Jefe de Estudios pensaba devolvérselo en cuanto se personaran ante él, la matriarca mandó ejecutar. Al día siguiente, una inscripción pomposa (“jodido cabrón”) apareció impresa sobre la carrocería del flamante Lancia cuyas letras, me refiero a las mensualidades, no a la gamberrada, aún hoy sigue abonando religiosamente el máximo responsable de la disciplina del Centro.
¡Ah, no! El incidente no finalizó ahí. ¡Las cosas en Secundaria siempre van más allá! Y nuestra Orientadora hubo de escuchar, cuando transitaba la calle de paisana, comentarios ingeniosísimos sobre la higiene de sus cavidades vaginales, sobre el supuesto hedor que estas desprenden. Lo normal, vaya. Lo más normal del mundo es que te griten eso por haber requisado un móvil. Le quitas el cachivache tecnológico a un hijo de mala madre y te acuchillan oral y drásticamente. Solo les falta atropellarnos con el coche, claro. No lo descarto, claro. Eso, no, pero otras cosas sí las han hecho ya. Mientras meditábamos cómo se podía contraatacar, cuál debía ser la respuesta del IES, recibo una llamada al teléfono de conserjería. Preguntan por mí y, a decir verdad, me contoneo telúricamente mientras me falta el aliento. Es la policía y me pregunta por Óscar de la Rosa. Van a denunciarme y, tal vez, deba prestar declaración de forma inminente.
Hagan memoria. ¿Me denuncian por las treinta horas que pasé tratando de cambiar la conducta de su hijo? ¿Me denuncian por haber intentado enseñarle Lengua, sin éxito, cinco meses? ¿Acaso la causa última de la denuncia es que he telefoneado a sus padres catorce veces para tratar de mejorar la conducta de Óscar? ¿Será por el millón de faltas de asistencia que he tenido que notar y anotar en SÉNECA? No, claro. ¡Eso tampoco es el motivo! Hagan memoria. Me denuncian, cito textualmente, por realizar una “fotografía a un menor de edad, sin consentimiento y en una actitud vejatoria”. ¿Se imaginan? Estas, y no otras, son las cosas de secundaria. Se te quitan las ganas de todo. De educar, de meterte en líos, de tomártelo en serio, de cambiar el mundo. El hombre es lobo para el hombre y algunos padres, directamente, te hacen sentir ganas de aplicar sobre tus orificios nasales, para no percibir el aroma a ponzoña, la máscara de despresurización de cabina. Perdemos altura. Moral.
Carta de un viejo amigo (inédito)
Manuel es delegado de la Facultad de Filología Hispánica. Hace unos días se puso en contacto conmigo para pedirme una columna prestada. Y yo, que no sé decirle que no a los amigos, cuando estos tienen motivos para recibir un “sí”, así lo he hecho. Cito. Esta columna no es mía, que conste. Le presto mi voz.
Se ha gastado ya suficiente tinta en mentir sobre la reforma universitaria europea (el famoso “Plan Bolonia”); de ahí que, a estas alturas del juego, sólo quepa retar a sus defensores a un debate público en el que se analicen, no abstracciones, sino datos concretos y leyes entrecomilladas. No sé a quién pretenderán engañar con la milonga de que en realidad “todo seguirá igual”. Algo así sólo puede sostenerse desde el más absoluto desconocimiento de la legislación educativa de la última década. ¿Para qué organizan entonces todo este cambio a nivel europeo, costoso, polémico y problemático? ¿Para qué entonces esa obsesión con que todo esto salga adelante, llegando a reprimir, expulsar y judicializar a los estudiantes?
Es insultante que resten veracidad a nuestras afirmaciones. Es incurrir en un falso debate. Podemos debatir si nos parece bien o mal que el agua tenga la propiedad de mojar, pero no podemos debatir seriamente con alguien que afirma que el agua en realidad seca. La incursión de empresas privadas en la financiación, dirección y gestión de la institución universitaria, a través de los Consejos Sociales y la ANECA, es algo que figura explícitamente en la LOU y el Real Decreto 1393/2007. ¿Cómo negar la existencia de leyes que son hechos y que han sido publicadas en el BOE?
En un debate con un mínimo de seriedad, los pro-Bolonia tendrían que argumentar por qué para ellos es positivo que los empresarios asuman esas funciones. Negando hechos sólo consiguen hacer el ridículo. ¿Cómo negar la subida del precio de las carreras si esa medida ha sido aprobada por la Conferencia General de Política Universitaria y publicada en prensa? ¿Cómo negar que las nuevas carreras de Bolonia van a ser mera formación profesional, si es lo que dicen las propias leyes que tanto defienden? ¿Cómo negar que han bajado las becas, si cualquier persona que tenga internet puede consultar el Real Decreto 675/2008 y verlo con sus propios ojos? ¿Cómo negar que la única posibilidad de formación especializada será hacer un carísimo máster, o que el 90% de ellos no están becados, si esto es algo que reconoció públicamente el propio Gobierno y no tienes más que ir a matricularte en uno para comprobarlo? Si no tienes dinero, no podrás estudiar. Pero si no trabajas, no tendrás dinero. Al establecerse la asistencia obligatoria, no podrás trabajar. Ergo estás acabado.
Con las nuevas prácticas en empresas, ¿dónde vas a trabajar cuando te gradúes? Muchos puestos de trabajo estarán siempre cubiertos por estudiantes en prácticas. ¿Qué empresario te va a contratar si puede disponer de trabajadores gratuitos cada año? ¿Cómo las grandes fortunas van a estar contra Bolonia, a la vista de eso, o a la vista de que los bancos podrán ofrecer “becas-préstamo” con intereses a los estudiantes? Si, como dicen las nuevas leyes, la concesión de financiación pública se condiciona a la previa obtención de financiación privada o al número de empresas creadas por los graduados, ¿qué será de las humanidades? ¿Quién financiará la filosofía, la historia, la literatura o el arte?
Estas son sólo algunas de las preguntas que los estudiantes hacemos y que nuestro Gobierno, que se dice progresista, se niega a contestar. Mientras tanto, a la espera de algún argumento que nos rebata, lo seguiremos gritando bien alto: ¡No a Bolonia!
Se ha gastado ya suficiente tinta en mentir sobre la reforma universitaria europea (el famoso “Plan Bolonia”); de ahí que, a estas alturas del juego, sólo quepa retar a sus defensores a un debate público en el que se analicen, no abstracciones, sino datos concretos y leyes entrecomilladas. No sé a quién pretenderán engañar con la milonga de que en realidad “todo seguirá igual”. Algo así sólo puede sostenerse desde el más absoluto desconocimiento de la legislación educativa de la última década. ¿Para qué organizan entonces todo este cambio a nivel europeo, costoso, polémico y problemático? ¿Para qué entonces esa obsesión con que todo esto salga adelante, llegando a reprimir, expulsar y judicializar a los estudiantes?
Es insultante que resten veracidad a nuestras afirmaciones. Es incurrir en un falso debate. Podemos debatir si nos parece bien o mal que el agua tenga la propiedad de mojar, pero no podemos debatir seriamente con alguien que afirma que el agua en realidad seca. La incursión de empresas privadas en la financiación, dirección y gestión de la institución universitaria, a través de los Consejos Sociales y la ANECA, es algo que figura explícitamente en la LOU y el Real Decreto 1393/2007. ¿Cómo negar la existencia de leyes que son hechos y que han sido publicadas en el BOE?
En un debate con un mínimo de seriedad, los pro-Bolonia tendrían que argumentar por qué para ellos es positivo que los empresarios asuman esas funciones. Negando hechos sólo consiguen hacer el ridículo. ¿Cómo negar la subida del precio de las carreras si esa medida ha sido aprobada por la Conferencia General de Política Universitaria y publicada en prensa? ¿Cómo negar que las nuevas carreras de Bolonia van a ser mera formación profesional, si es lo que dicen las propias leyes que tanto defienden? ¿Cómo negar que han bajado las becas, si cualquier persona que tenga internet puede consultar el Real Decreto 675/2008 y verlo con sus propios ojos? ¿Cómo negar que la única posibilidad de formación especializada será hacer un carísimo máster, o que el 90% de ellos no están becados, si esto es algo que reconoció públicamente el propio Gobierno y no tienes más que ir a matricularte en uno para comprobarlo? Si no tienes dinero, no podrás estudiar. Pero si no trabajas, no tendrás dinero. Al establecerse la asistencia obligatoria, no podrás trabajar. Ergo estás acabado.
Con las nuevas prácticas en empresas, ¿dónde vas a trabajar cuando te gradúes? Muchos puestos de trabajo estarán siempre cubiertos por estudiantes en prácticas. ¿Qué empresario te va a contratar si puede disponer de trabajadores gratuitos cada año? ¿Cómo las grandes fortunas van a estar contra Bolonia, a la vista de eso, o a la vista de que los bancos podrán ofrecer “becas-préstamo” con intereses a los estudiantes? Si, como dicen las nuevas leyes, la concesión de financiación pública se condiciona a la previa obtención de financiación privada o al número de empresas creadas por los graduados, ¿qué será de las humanidades? ¿Quién financiará la filosofía, la historia, la literatura o el arte?
Estas son sólo algunas de las preguntas que los estudiantes hacemos y que nuestro Gobierno, que se dice progresista, se niega a contestar. Mientras tanto, a la espera de algún argumento que nos rebata, lo seguiremos gritando bien alto: ¡No a Bolonia!
Pandora y otros cuentos
Siempre he pensado en la cara de tonta que se le quedaría a Pandora tras ver todo lo que manó de su caja. En el fondo, supongo, albergaba la esperanza de que todo saliera bien, de que todo lo que saliera fuera el bien. Dentro solo quedó la esperanza. Tal vez, segundos más tarde, cerrara la caja con la esperanza de que el efecto fuera reversible pero, en efecto, como la esperanza es lo único que aún seguía dentro, esta réplica no funcionó. Resultó, por tanto, que nada tenía arreglo. Cualquier intento de mejora traía consigo más fracasos, más dolor y más ira. Al fin y al cabo, su historia había terminado. Su error será más recordado que aquel de Arconada. En ocasiones la ESO me recuerda a esa caja que siempre debió permanecer cerrada y a ese balón sin ocasión, deslizándose bajo el cuerpo de nuestro arquero. ¿Por qué la abrieron? ¿Por qué se inició todo este proceso, si antes las cosas funcionaban mejor, si no había peligro, si no era necesario, si era evitable? Ahora, pasados los años, no tenemos una situación más próspera, ni hemos logrado alumnos más competentes: la progresión de las promociones demuestra que alguien se equivocó. Desconozco qué persona tendría entre sus dedos la firma última, pero sí sé que cometió una pifia terrible y que por su culpa nos la colaron a todos.
Caroline es escocesa y tiene catorce años. La veo llorar y montarse en su avión. A lo largo de estos meses lo ha hecho con frecuencia. En virtud del plan bilingüe vino de intercambio con la mala suerte de que su IES adoptivo está en un barrio “con riego de exclusión social”. Se vio de pronto rodeada de gitanos que no comprendían el inglés, obligada a tomar puchero por las noches, incapaz de asimilar por qué se cena a las diez, si ella a esa hora se halla siempre en el séptimo sueño. No basta. “Esta niña es muy rara: no se come ni el puchero, ni la pringá. ¡Será posible!” Y Caroline lloraba deseosa de reparar su realidad de siempre. Por cierto, ahora que cada uno retornó a su casa, solo me preocupa la cara de espanto del patriarca al ver el vestuario que se gasta el Cristóbal ahora que ha vuelto al barrio. “A nuestro hijo nos lo han amariconado, Mari. ¡Nos lo han amariconado! ¡Estos guiris son todos una panda de sarasas y el niño se ha vuelto igual que ellos!”
Contemplo a una maestra de sesenta años descompuesta, con el alma caída bajo los pies, mientras corrige exámenes. “Cuyami, ¡no es posible! ¡Ya lo he visto todo! Treinta años dedicada a la enseñanza y… ¡Solo esto me quedaba por ver! ¿Puedes creerte que la nota más alta en lengua española la haya sacado una chica ecuatoriana? ¡Eso es intolerable! ¡Es lo que me faltaba!” Trato de hacerle entender a mi compañera que los ecuatorianos también hablan español y que si Johanna ha realizado un examen tan imponente es porque su familia le ha inculcado la importancia que el trabajo tiene para la vida… pero ella está en otra onda. Honestamente creo que muchos docentes mayores han perdido la capacidad para escuchar. Hablan, hablan y están acostumbrados a hablar. En realidad, no buscan una respuesta, les engatusa el reflejo de su propio eco. Esa es su finalidad en sí misma y en sí mismos.
En la vorágine gris del patio descubro a un chico de primero que tiene el puño de otro marcado sobre el ojo. Se niega a revelar el nombre del agresor. Lo llevaría a la enfermería, pero no hay. La conserje tiene un botiquín, pero decido acompañarlo al centro de salud no vaya a ser que tenga algún daño en la córnea y nos ganemos, encima, una denuncia de sus padres. Por el camino, le pido que me explique lo sucedido y se niega. Medito mis posibles extorsiones y finalmente me decanto por la más agresiva. “Vale, te lo has ganado… ¡diré a todos que te lo hizo una chica! Diré que no fuiste capaz de defenderte y que una chica de primero te pegó”. Lo hago con la esperanza de herir su orgullo, pero con la suficiente sorna como para recular si me veo obligado a ello. “Maestro, ¿cómo sabes que fue eso lo que pasó? ¿Quién te lo ha dicho? ¡Mataré a quien te lo haya dicho!”. Mientras transcurre mi hora de guardia, sentado en la sala de espera, mientras las viejas del pueblo se afanan en colarse porque hay médico nuevo y todas están ansiosas por conocerlo y que les tomen la tensión, lo miro y me apiado de sus lágrimas. “Óscar, no te sientas mal… Las cosas han cambiado. ¡Ya sabes cómo se las gastan las chicas de tu edad! Tienen muchísima fuerza y bastante mala leche. Lo que te ha pasado a ti, nos ha pasado a todos alguna vez”.
Caroline es escocesa y tiene catorce años. La veo llorar y montarse en su avión. A lo largo de estos meses lo ha hecho con frecuencia. En virtud del plan bilingüe vino de intercambio con la mala suerte de que su IES adoptivo está en un barrio “con riego de exclusión social”. Se vio de pronto rodeada de gitanos que no comprendían el inglés, obligada a tomar puchero por las noches, incapaz de asimilar por qué se cena a las diez, si ella a esa hora se halla siempre en el séptimo sueño. No basta. “Esta niña es muy rara: no se come ni el puchero, ni la pringá. ¡Será posible!” Y Caroline lloraba deseosa de reparar su realidad de siempre. Por cierto, ahora que cada uno retornó a su casa, solo me preocupa la cara de espanto del patriarca al ver el vestuario que se gasta el Cristóbal ahora que ha vuelto al barrio. “A nuestro hijo nos lo han amariconado, Mari. ¡Nos lo han amariconado! ¡Estos guiris son todos una panda de sarasas y el niño se ha vuelto igual que ellos!”
Contemplo a una maestra de sesenta años descompuesta, con el alma caída bajo los pies, mientras corrige exámenes. “Cuyami, ¡no es posible! ¡Ya lo he visto todo! Treinta años dedicada a la enseñanza y… ¡Solo esto me quedaba por ver! ¿Puedes creerte que la nota más alta en lengua española la haya sacado una chica ecuatoriana? ¡Eso es intolerable! ¡Es lo que me faltaba!” Trato de hacerle entender a mi compañera que los ecuatorianos también hablan español y que si Johanna ha realizado un examen tan imponente es porque su familia le ha inculcado la importancia que el trabajo tiene para la vida… pero ella está en otra onda. Honestamente creo que muchos docentes mayores han perdido la capacidad para escuchar. Hablan, hablan y están acostumbrados a hablar. En realidad, no buscan una respuesta, les engatusa el reflejo de su propio eco. Esa es su finalidad en sí misma y en sí mismos.
En la vorágine gris del patio descubro a un chico de primero que tiene el puño de otro marcado sobre el ojo. Se niega a revelar el nombre del agresor. Lo llevaría a la enfermería, pero no hay. La conserje tiene un botiquín, pero decido acompañarlo al centro de salud no vaya a ser que tenga algún daño en la córnea y nos ganemos, encima, una denuncia de sus padres. Por el camino, le pido que me explique lo sucedido y se niega. Medito mis posibles extorsiones y finalmente me decanto por la más agresiva. “Vale, te lo has ganado… ¡diré a todos que te lo hizo una chica! Diré que no fuiste capaz de defenderte y que una chica de primero te pegó”. Lo hago con la esperanza de herir su orgullo, pero con la suficiente sorna como para recular si me veo obligado a ello. “Maestro, ¿cómo sabes que fue eso lo que pasó? ¿Quién te lo ha dicho? ¡Mataré a quien te lo haya dicho!”. Mientras transcurre mi hora de guardia, sentado en la sala de espera, mientras las viejas del pueblo se afanan en colarse porque hay médico nuevo y todas están ansiosas por conocerlo y que les tomen la tensión, lo miro y me apiado de sus lágrimas. “Óscar, no te sientas mal… Las cosas han cambiado. ¡Ya sabes cómo se las gastan las chicas de tu edad! Tienen muchísima fuerza y bastante mala leche. Lo que te ha pasado a ti, nos ha pasado a todos alguna vez”.
jueves, 26 de febrero de 2009
¿Nota o tiempo?
Dicen que el tiempo todo lo cura, pero no me queda claro qué cura al tiempo. En el mundo de los interinos, el tiempo siempre lo ha sido todo. Si llevas en el cuerpo dos meses eres mercancía. Sin embargo, aquellos que alcanzan la mayoría de edad tienen más privilegios que aquellos que somos funcionarios. Encuentras interinos que, tras quince o veinte años siéndolo, no desean sacar las oposiciones porque ello los arrastraría a perder su posición de privilegio: los funcionarios, los que comienzan a serlo, han de peregrinar por destinos lamentables. La interinidad prolongada te asegura cierta bonanza. Cambias cada dos años de centro, cierto; pero no te apartas de tu capital porque eres siempre el número uno para cubrir vacantes y eso, aunque parezca extraño, es algo que da privilegios a los cuales los funcionarios tardamos décadas en aspirar.
De pronto, y sin preguntar a nadie, la Junta toma la siguiente determinación: “ordenaremos las bolsas según la nota de las oposiciones y no en virtud de la antigüedad”. Cada dos años será preciso ganarse el jornal. Según esto, todos aquellos que se apoltronaron, tiempo ha, en una hamaca incierta a la par que confortable, serán precipitados, caerán de su estatus, serán vareados y, de pura madurez, los sustituirán los opositores del mañana, aquellos que parte de cero, máquinas de estudiar que se quedaron en las puertas del Olimpo. ¿Y ahora qué? ¿Qué opinión os doy, si no lo tengo claro? Existe cierto nerviosismo porque podría darse el caso de que cientos de hipotecas se queden en suspenso, muchos sean arrojados al paro tras muchos años, se queden esperando una llamada que no volvería a llegar. Algunos, mayores, sin recursos neuronales para acometer unas oposiciones, remojan sus barbas. ¿Ha de regalárseles, de nuevo, la plaza a los “pata negra”, por caridad cristiana? ¿Convertimos en funcionario a todo aquel que lleve en esto cierto número de años, también a todos aquellos que no desean serlo? Me quedo sin ideas.
Pienso en todos los chicos que buscan su sueño de ser profesores. En muchos casos, y tras unas oposiciones lamentables, tras enfrentarse a un sistema injustísimo tras el que ni siquiera se les explicó qué nota sacaron en cada examen, sin oportunidad alguna de reclamar con solvencia, tras años preparándose, se encuentran sin nada. Y merecen más, claro. Merecen ser profesores porque son, a día de hoy, los mejores y más preparados de entre todos los aspirantes. También es cierto que me encuentro cada día con interinos abnegados que no atesoran en su haber tantos conocimientos, pero que sí cuentan con mucha experiencia, que llevan en esto muchos más años que yo, que tienen una solvencia insultante a la hora de enfrentarse a los quehaceres del día a día. ¿Qué hacemos? ¿Cómo lo resolvemos?
La cuerda se romperá por el extremo más débil. Como siempre. En este caso, los interinos lo tienen todo entre sus manos. Se acerca una huelga… y funcionará. Al fin y al cabo, el uso indica que está mal dejar en la calle, sin trabajar (que es lo mismo), a docentes que llevan mucho tiempo haciéndolo bien. Nótese que una parte de mí me obliga a decir que algunos se lo merecerían porque descuidaron su formación hace tiempo y ofrecen un rendimiento lamentable. No obstante, ¿cuántas personas justas hacían falta para salvar Sodoma y Gomorra de la quema? Los hay. Hay muchos interinos que merecen que esta columna los apoye, aunque no puedo mostrarme incondicional porque ocurre, esta vez, que ninguna de las soluciones es justa del todo. Resulta cruel quitarle la vista a quien ve. El ciego de nacimiento no ansía ver, aunque los videntes creamos que sí. No sé, es raro. En ambos bandos tengo compañeros y no quiero frivolizar con el pan de nadie. ¿Los ordenamos por nota o por tiempo de servicio? En cualquier caso… es duro. Me pone triste este tema. Mi única certeza es que la decisión debe ser sostenible y sostenida. ¡Todos estamos hartos de que las normas del juego cambien con tanta frecuencia! No somos mercancía. No somos maquinaria. No buscamos el PER. Queremos trabajar y hemos luchado muchísimo para poder hacerlo. Queremos reglas claras e inamovibles. Así todos sabremos a qué jugar y no habrá llantos en septiembre. Así nadie se meterá en hipotecas cuyo pago depende de una firma, de una publicación en web, de los peregrinos designios de alguien que jamás da la cara. Que conste: por si acaso, yo haré huelga junto con mis compañeros interinos. No es mi guerra, pero ellos me salvan la vida todas las mañanas. Estamos juntos en esto. Supongo.
De pronto, y sin preguntar a nadie, la Junta toma la siguiente determinación: “ordenaremos las bolsas según la nota de las oposiciones y no en virtud de la antigüedad”. Cada dos años será preciso ganarse el jornal. Según esto, todos aquellos que se apoltronaron, tiempo ha, en una hamaca incierta a la par que confortable, serán precipitados, caerán de su estatus, serán vareados y, de pura madurez, los sustituirán los opositores del mañana, aquellos que parte de cero, máquinas de estudiar que se quedaron en las puertas del Olimpo. ¿Y ahora qué? ¿Qué opinión os doy, si no lo tengo claro? Existe cierto nerviosismo porque podría darse el caso de que cientos de hipotecas se queden en suspenso, muchos sean arrojados al paro tras muchos años, se queden esperando una llamada que no volvería a llegar. Algunos, mayores, sin recursos neuronales para acometer unas oposiciones, remojan sus barbas. ¿Ha de regalárseles, de nuevo, la plaza a los “pata negra”, por caridad cristiana? ¿Convertimos en funcionario a todo aquel que lleve en esto cierto número de años, también a todos aquellos que no desean serlo? Me quedo sin ideas.
Pienso en todos los chicos que buscan su sueño de ser profesores. En muchos casos, y tras unas oposiciones lamentables, tras enfrentarse a un sistema injustísimo tras el que ni siquiera se les explicó qué nota sacaron en cada examen, sin oportunidad alguna de reclamar con solvencia, tras años preparándose, se encuentran sin nada. Y merecen más, claro. Merecen ser profesores porque son, a día de hoy, los mejores y más preparados de entre todos los aspirantes. También es cierto que me encuentro cada día con interinos abnegados que no atesoran en su haber tantos conocimientos, pero que sí cuentan con mucha experiencia, que llevan en esto muchos más años que yo, que tienen una solvencia insultante a la hora de enfrentarse a los quehaceres del día a día. ¿Qué hacemos? ¿Cómo lo resolvemos?
La cuerda se romperá por el extremo más débil. Como siempre. En este caso, los interinos lo tienen todo entre sus manos. Se acerca una huelga… y funcionará. Al fin y al cabo, el uso indica que está mal dejar en la calle, sin trabajar (que es lo mismo), a docentes que llevan mucho tiempo haciéndolo bien. Nótese que una parte de mí me obliga a decir que algunos se lo merecerían porque descuidaron su formación hace tiempo y ofrecen un rendimiento lamentable. No obstante, ¿cuántas personas justas hacían falta para salvar Sodoma y Gomorra de la quema? Los hay. Hay muchos interinos que merecen que esta columna los apoye, aunque no puedo mostrarme incondicional porque ocurre, esta vez, que ninguna de las soluciones es justa del todo. Resulta cruel quitarle la vista a quien ve. El ciego de nacimiento no ansía ver, aunque los videntes creamos que sí. No sé, es raro. En ambos bandos tengo compañeros y no quiero frivolizar con el pan de nadie. ¿Los ordenamos por nota o por tiempo de servicio? En cualquier caso… es duro. Me pone triste este tema. Mi única certeza es que la decisión debe ser sostenible y sostenida. ¡Todos estamos hartos de que las normas del juego cambien con tanta frecuencia! No somos mercancía. No somos maquinaria. No buscamos el PER. Queremos trabajar y hemos luchado muchísimo para poder hacerlo. Queremos reglas claras e inamovibles. Así todos sabremos a qué jugar y no habrá llantos en septiembre. Así nadie se meterá en hipotecas cuyo pago depende de una firma, de una publicación en web, de los peregrinos designios de alguien que jamás da la cara. Que conste: por si acaso, yo haré huelga junto con mis compañeros interinos. No es mi guerra, pero ellos me salvan la vida todas las mañanas. Estamos juntos en esto. Supongo.
sábado, 14 de febrero de 2009
La caída de la moto
Solo he montado en moto tres veces en toda mi vida. La tercera (y última) de esas veces me caí. Decidí no levantarme, porque me dolían las heridas. No fui capaz de volver a subirme nunca más, por eso. Pasado el dolor, otra cicatriz aún perdura. Se llama miedo. Un experto motorista me reprendió una vez y me aseguró que si te vas al suelo tienes que ponerte en pie en el mismo instante o, si no lo logras hacer así, ya nunca más volverás a hacerlo. Eso me pasó a mí. Y precisamente de esa experiencia me acuerdo al ver un nuevo caso de violencia en las aulas. ¡Lamento que mi asociación de ideas sea tan caótica! El profesor, tras recibir la agresión, decidió volver a clase al día siguiente. Todavía con los golpes y los hematomas sobre la piel. Todavía la madre del zagal seguía en los medios de comunicación, justificando a su mozuelo. Con la cabeza turbia y las manos temblorosas, imagino a ese hombre abrochándose la camisa, tomando el maletín y saliendo de casa. ¿Intuyen cuánto miedo tendría?
Durante las horas previas, todo el centro escolar murmuraría si sería capaz, si tendría arrestos. ¿Imaginan los primeros instantes de aquella clase, la tiza en la mano, las ganas de reír, de llorar, de golpear la pared y de implorar que aquello no es justo? ¡Porque no lo es! ¡Porque nuevamente vuelve a no serlo! A todo el mundo le parece mal, claro. La violencia es mala: eso está claro. Todo el mundo habla, todo el mundo se duele ahora… ¡pero nosotros seguiremos jugándonosla cada día y ya no nos basta con un poco de solidaridad aislada! ¿Es que eso nadie lo ve? Mañana se olvidará todo, nadie lo mirará diferente y… ¿después qué? ¿Dónde se dará el siguiente caso? ¿Cuántas columnas como esta tendré que escribir? ¿Cuánto tiempo tardará mi editor en decirme que ha dejado de ser noticia y que me busque otro tema? Pero, de todo, lo que más me preocupa es cuántos se suben a la moto, sin decir nada, y tiemblan mientras leen estas palabras, y recuerdan el golpe, una y otra vez, por hacer su trabajo con amor, por esforzarse cada mañana por ofrecer una alternativa a los chicos, por tratar de cambiar el mundo. ¿Eso es lo que nos merecemos?
Las guardias suelen ser extrañas. A veces en ellas no ocurre nada. Otras veces se convierten en los peores momentos de la semana. Son… imprevisibles. El docente recorre un pasillo. Imagino la calma vívida de dentro de las aulas, como si la viviera cada día. Confuso, descubre a uno de los chicos en el pasillo. No debe estar ahí y él se limita a aplicar la norma. Ya está. Eso es todo. Estaba expulsado. Un par de patadas. Nos movemos en esos tensos minutos que transcurren entre que el jefe de estudios firma el parte de expulsión y el responsable legal del muchacho se acerca al IES a recogerlo. Mientras estás en el limbo, nada ni nadie puede decirte nada. No existe algo más peligroso que una persona que no tiene nada que perder. Bueno, vale, lo retiro: hay algo más peligroso. Las personas que no tienen nada que perder y que están drogadas son aún más peligrosas.
Corolarios. UNO: considero necesario poner guardias jurados en las puertas de muchos centros. DOS: sería interesante contar con educadores sociales en los IES para tratar con los alumnos que presentan perfiles potencialmente agresivos y que escapan a nuestras capacitaciones. TRES: los docentes que sufren agresiones deberían tener la opción de cambiar de Centro, de forma digna e inmediata. CUATRO: la Ley del Menor ampara demasiadas carnicerías y es necesario endurecerla. CINCO: los problemas de convivencia seguirán existiendo mientras no haya una alternativa eficaz para todos aquellos alumnos que no quieren estudiar y que han de seguir escolarizados. SEIS: ¿por qué los docentes no nos movilizamos de forma contundente, por fin? SIETE: ¿y para cuándo seremos autoridad? OCHO: me encantaría ver verdaderas redadas en busca de droga, en muchos centros y castigos ejemplarizantes, a diario. NUEVE: ¿para qué sirven los planes de “escuela: espacio de paz”? Nuevamente ocurre una agresión en un centro acogido a este marbete. ¿Por qué no invertir en personal cualificado y derogarlos? DIEZ: sería interesante meditar el pago de un “plus de peligrosidad” para todos aquellos docentes que trabajan en centros costeros, en barrios suburbiales, en contacto con minorías conflictivas. El agravio comparativo es grande. Ellos realizan un trabajo diferente y deberían cobrar más, puesto que realizan un trabajo más peligroso.
Durante las horas previas, todo el centro escolar murmuraría si sería capaz, si tendría arrestos. ¿Imaginan los primeros instantes de aquella clase, la tiza en la mano, las ganas de reír, de llorar, de golpear la pared y de implorar que aquello no es justo? ¡Porque no lo es! ¡Porque nuevamente vuelve a no serlo! A todo el mundo le parece mal, claro. La violencia es mala: eso está claro. Todo el mundo habla, todo el mundo se duele ahora… ¡pero nosotros seguiremos jugándonosla cada día y ya no nos basta con un poco de solidaridad aislada! ¿Es que eso nadie lo ve? Mañana se olvidará todo, nadie lo mirará diferente y… ¿después qué? ¿Dónde se dará el siguiente caso? ¿Cuántas columnas como esta tendré que escribir? ¿Cuánto tiempo tardará mi editor en decirme que ha dejado de ser noticia y que me busque otro tema? Pero, de todo, lo que más me preocupa es cuántos se suben a la moto, sin decir nada, y tiemblan mientras leen estas palabras, y recuerdan el golpe, una y otra vez, por hacer su trabajo con amor, por esforzarse cada mañana por ofrecer una alternativa a los chicos, por tratar de cambiar el mundo. ¿Eso es lo que nos merecemos?
Las guardias suelen ser extrañas. A veces en ellas no ocurre nada. Otras veces se convierten en los peores momentos de la semana. Son… imprevisibles. El docente recorre un pasillo. Imagino la calma vívida de dentro de las aulas, como si la viviera cada día. Confuso, descubre a uno de los chicos en el pasillo. No debe estar ahí y él se limita a aplicar la norma. Ya está. Eso es todo. Estaba expulsado. Un par de patadas. Nos movemos en esos tensos minutos que transcurren entre que el jefe de estudios firma el parte de expulsión y el responsable legal del muchacho se acerca al IES a recogerlo. Mientras estás en el limbo, nada ni nadie puede decirte nada. No existe algo más peligroso que una persona que no tiene nada que perder. Bueno, vale, lo retiro: hay algo más peligroso. Las personas que no tienen nada que perder y que están drogadas son aún más peligrosas.
Corolarios. UNO: considero necesario poner guardias jurados en las puertas de muchos centros. DOS: sería interesante contar con educadores sociales en los IES para tratar con los alumnos que presentan perfiles potencialmente agresivos y que escapan a nuestras capacitaciones. TRES: los docentes que sufren agresiones deberían tener la opción de cambiar de Centro, de forma digna e inmediata. CUATRO: la Ley del Menor ampara demasiadas carnicerías y es necesario endurecerla. CINCO: los problemas de convivencia seguirán existiendo mientras no haya una alternativa eficaz para todos aquellos alumnos que no quieren estudiar y que han de seguir escolarizados. SEIS: ¿por qué los docentes no nos movilizamos de forma contundente, por fin? SIETE: ¿y para cuándo seremos autoridad? OCHO: me encantaría ver verdaderas redadas en busca de droga, en muchos centros y castigos ejemplarizantes, a diario. NUEVE: ¿para qué sirven los planes de “escuela: espacio de paz”? Nuevamente ocurre una agresión en un centro acogido a este marbete. ¿Por qué no invertir en personal cualificado y derogarlos? DIEZ: sería interesante meditar el pago de un “plus de peligrosidad” para todos aquellos docentes que trabajan en centros costeros, en barrios suburbiales, en contacto con minorías conflictivas. El agravio comparativo es grande. Ellos realizan un trabajo diferente y deberían cobrar más, puesto que realizan un trabajo más peligroso.
martes, 27 de enero de 2009
¿Cómo derrocar a un dictador?
Una persona íntegra no es aquella que tiene todos los dedos de la mano. Eso parece claro, pero cuesta trabajo encontrar personas íntegras. ¡Qué fácil es descubrir a quien no lo es! Ahora bien, ¿qué ocurre cuando todo el poder de un centro educativo está en las no-íntegras manos de alguien malévolo? Ocurre, lo que siempre ocurre: ese es el germen de las dictaduras, de los conflictos, de las injusticias, de las persecuciones, de los días sin dormir por miedo a las represalias.
Estuve en un Instituto cuyo director se llama Fernando. Fernando Matorrales, para ser más preciso. Suele vérsele vestido con un sombrero de John Wayne y se autodefine como el pistolero más duro del Lejano Occidente. Su máxima es la siguiente: “si algo no salpica, es correcto”. Lo nombraron director porque… Bueno, también Hitler fue elegido democráticamente y ya se sabe cómo terminó aquella historia (a veces la gente tiene un mal día en eso de la toma de decisiones). De todas formas, es un poco distinto. ¡Admito que me he pasado varias villas comparando a este hombre con Hitler! Hitler, al menos, sí era alemán y sí fue escogido tras una votación: Fernando no tiene su plaza allí, lo nombraron a dedo. De hecho, ni siquiera he podido constatar que sea licenciado. Supongo que su mayor virtud es ser socialista y tener buenos amigos. Le pidieron que fuera director cuando el Instituto se inauguró. Desde entonces ha hecho todo lo posible para convertirlo en su cortijo. ¿Les suena de algo? Sí, Fernando Matorrales es socialista, reitero. Es uno de esos socialistas progres que se andan por las ramas, haciendo honor a su apellido, que jamás traman algo bueno, que nació incapaz de decir una verdad sin cinismo, (pero sí) capaz de amenazar, extorsionar, insultar y… supongo que, en privado, también de practicar la sodomía sin consentimiento, desde un punto de vista puramente aspectual y alegórico, claro.
Da clases de Alternativa a un grupo que no tiene alternativa (no es un juego de palabras, es un juego con los horarios… para no trabajar). Dio música a un grupo que no tenía música. Su horario del pasado curso no contemplaba ninguna hora lectiva: ¡toda una plusmarca! Colecciona grupos ficticios o de menos de cinco o seis alumnos (será para no estresarse) y pasa las horas en su despacho haciendo no se sabe muy bien el qué (en los papeles oficiales consta otra cosa). A un compañero, que estaba en prácticas, lo amenazó con pasarle un informe desfavorable para que no llegara a ser funcionario… y así lo hizo, después de estar todo un curso presionándolo. Eliminó una plaza de Matemáticas, condenando a los profesores de Naturales a dar una asignatura que no es la suya, porque le caía mal la compañera que la impartía. ¿Quejas? ¿Protestas? ¡Solo le faltó sacarse su minúscula pistola del pantalón y apuntarnos con ella! Es un matón, un portero de discoteca. Puede hacer lo que quiera en el Centro porque nadie se queja, pues no deja a nadie quejarse. Llega a las diez de la mañana y jamás está en el Centro cuando este cierra. Impone justicia, mercadea con los padres, deja en ridículo a todo aquel que trata de hablar en los claustros en oposición a sus ideas.
Desafortunadamente, ¿es posible derrocar a un director? Para elegir a uno nuevo es conditio sine quae non formar una comisión presidida por el Inspector (que, ¡oh, sorpresa!, es amigo suyo). Para que alguien se presente contra él, tiene que tener cinco años de servicio efectivo. La Comisión evalúa los méritos de los candidatos y lo que prima son los años de dirección, los proyectos hechos como director… ¿qué posibilidad hay de sustituir al actual si todos los aspirantes parten, lógicamente, de cero? Es vitalicio. Es un cargo vitalicio, puesto que nadie con experiencia irá a ese pueblo, pues sería un paso atrás: los únicos que podrían ganarle tienen ya puestos mejores. Seguirá cobrando más que nadie y trabajando menos que nadie. Seguirá pasándose las normas por el forro de su cazadora de cuero. Seguirá amenazando a los tutores jóvenes que lleguen, negando su ayuda a todo aquel que la solicite, provocando lágrimas, mirando su cartera mientras se vende droga ante sus propias narices. Repletas ya de mierda.
Estuve en un Instituto cuyo director se llama Fernando. Fernando Matorrales, para ser más preciso. Suele vérsele vestido con un sombrero de John Wayne y se autodefine como el pistolero más duro del Lejano Occidente. Su máxima es la siguiente: “si algo no salpica, es correcto”. Lo nombraron director porque… Bueno, también Hitler fue elegido democráticamente y ya se sabe cómo terminó aquella historia (a veces la gente tiene un mal día en eso de la toma de decisiones). De todas formas, es un poco distinto. ¡Admito que me he pasado varias villas comparando a este hombre con Hitler! Hitler, al menos, sí era alemán y sí fue escogido tras una votación: Fernando no tiene su plaza allí, lo nombraron a dedo. De hecho, ni siquiera he podido constatar que sea licenciado. Supongo que su mayor virtud es ser socialista y tener buenos amigos. Le pidieron que fuera director cuando el Instituto se inauguró. Desde entonces ha hecho todo lo posible para convertirlo en su cortijo. ¿Les suena de algo? Sí, Fernando Matorrales es socialista, reitero. Es uno de esos socialistas progres que se andan por las ramas, haciendo honor a su apellido, que jamás traman algo bueno, que nació incapaz de decir una verdad sin cinismo, (pero sí) capaz de amenazar, extorsionar, insultar y… supongo que, en privado, también de practicar la sodomía sin consentimiento, desde un punto de vista puramente aspectual y alegórico, claro.
Da clases de Alternativa a un grupo que no tiene alternativa (no es un juego de palabras, es un juego con los horarios… para no trabajar). Dio música a un grupo que no tenía música. Su horario del pasado curso no contemplaba ninguna hora lectiva: ¡toda una plusmarca! Colecciona grupos ficticios o de menos de cinco o seis alumnos (será para no estresarse) y pasa las horas en su despacho haciendo no se sabe muy bien el qué (en los papeles oficiales consta otra cosa). A un compañero, que estaba en prácticas, lo amenazó con pasarle un informe desfavorable para que no llegara a ser funcionario… y así lo hizo, después de estar todo un curso presionándolo. Eliminó una plaza de Matemáticas, condenando a los profesores de Naturales a dar una asignatura que no es la suya, porque le caía mal la compañera que la impartía. ¿Quejas? ¿Protestas? ¡Solo le faltó sacarse su minúscula pistola del pantalón y apuntarnos con ella! Es un matón, un portero de discoteca. Puede hacer lo que quiera en el Centro porque nadie se queja, pues no deja a nadie quejarse. Llega a las diez de la mañana y jamás está en el Centro cuando este cierra. Impone justicia, mercadea con los padres, deja en ridículo a todo aquel que trata de hablar en los claustros en oposición a sus ideas.
Desafortunadamente, ¿es posible derrocar a un director? Para elegir a uno nuevo es conditio sine quae non formar una comisión presidida por el Inspector (que, ¡oh, sorpresa!, es amigo suyo). Para que alguien se presente contra él, tiene que tener cinco años de servicio efectivo. La Comisión evalúa los méritos de los candidatos y lo que prima son los años de dirección, los proyectos hechos como director… ¿qué posibilidad hay de sustituir al actual si todos los aspirantes parten, lógicamente, de cero? Es vitalicio. Es un cargo vitalicio, puesto que nadie con experiencia irá a ese pueblo, pues sería un paso atrás: los únicos que podrían ganarle tienen ya puestos mejores. Seguirá cobrando más que nadie y trabajando menos que nadie. Seguirá pasándose las normas por el forro de su cazadora de cuero. Seguirá amenazando a los tutores jóvenes que lleguen, negando su ayuda a todo aquel que la solicite, provocando lágrimas, mirando su cartera mientras se vende droga ante sus propias narices. Repletas ya de mierda.
miércoles, 21 de enero de 2009
Hoy toca sexo
Tu hija lleva un vestido corto, muy corto, diseñado por Inditex y producido en Asia. Pasó casi dos horas en el tocador. Decía que, claro está, en fin de año no te queda otra. A la postre es la noche más corta del año, pero sus preparativos son extenuantes. El postre llega tarde; luego, las uvas. Las uvas de la ira, que traen consigo negocios horarios, tras las cuales aceptaste que llegara al mediodía, dan inicio a su fiesta. Tiene quince años, pero aduce que pronto cumplirá dieciséis. Su novio ronda los diecinueve. Estudió un ciclo formativo y ahora trabaja de albañil. Tiene un pirsin en la ceja derecha. Tu hija, no. Su novio, aunque dice que no le va el compromiso demasiado. A pesar de lo cual, él no consiente que ella baile con ninguna otra persona. Tampoco ningún otro chico está legitimado para mirarla. ¿Cuántas peleas se iniciarán por ese motivo? Solo él puede hacerlo. Solo él puede tocarla. Bailan. Beben cuatro o cinco copas. La entrada es cara. Hay que beber rápido, porque su marca de ron se agota, porque es obligatorio amortizar los gastos.
Bien pronto, las amigas de tu hija se adentran entre otras presas: se aburren de estar junto a una chica atada a otro chico, sin libertad alguna. Y ella, tras la fuga de estas, recibe ya solo miradas obscenas, pensamientos lúbricos, que están a punto de hacerse realidad. La discoteca es un antro de techos bajos, oscuros, que no posee salida de emergencia. En los servicios hay restos de coca sobre la parte superior de la cisterna y en los lavabos. Las corbatas van poco a poco aflojándose y, de un modo simétrico, los vómitos y las peleas van inundando los espíritus de todos. Inicialmente el novio de tu hija pensó en hacer el amor con ella en los servicios, en esos mismos servicios, pero descubrió que no era adecuado porque es su primera vez. ¡Qué detalle! ¿No te sientes orgulloso? Supo ver que un poco de delicadeza es necesario en instantes así. Por tanto, mantendrán relaciones en su coche.
Mientras salen, apoyada ella sobre los hombros de él, porque ha bebido demasiado, reteniendo las arcadas, con el rímel proscrito y un pendiente menos, suena de fondo la nueva canción del Gobierno. “Stop, tronco, yo no corono rollos con bombos. O con condón o yo pongo stop. Como fosos. Como pozos. Somos dos. O con condón o yo sobro. O con condón… o yo sobro. ¡Bombón! Yo propongo condón como modo. Lo cojo, lo toco, lo pongo… Con condón. Yo floto pronto. Solo con condón. Solo con coco”. Los chicos que aún restan dentro, a muchos de ellos les doy clase, bailan dicha canción y aprenden la lección (lamento el ripio que acabo de perpetrar, pero todo se pega, menos las enfermedades venéreas, claro).
Él pone cara de intelectual y le dice a tu hija al oído: “hoy toca sexo”. Ella se pone nerviosa y se ríe, medio absorta, medio borracha, próxima al desmayo, porque aquel es sin duda el hombre de su vida. Huele mal, todo huele a tabaco, de hecho, pero se montan en el coche y este tiene un ambientador fortísimo. Es un Ibiza de segunda mano, que su tío (el tío del novio de tu hija, no tu hermano) arregló para que el chico acudiera a realizar sus chapuzas. Ha bebido mucho, pero esta columna no trata sobre las colisiones viarias y ni siquiera de los atropellos, aunque sí es cierto que estuvieron a punto de pasar por encima de un par de incautos beodos. Él los reprende y eso parece excitar a tu hija. Al fin y al cabo, es un mal chico. Es destructivo y todo eso, y como no podía ser de otro modo, esa maldad ejerce un poder hipnótico sobre ella.
Paran el coche en un descampado. Son las cuatro menos cuarto de la madrugada. Todavía tiene margen para llevarla a tiempo a casa. Incluso, con un poco de suerte, podrá comer churros antes. Tal vez eso ayude a que los efectos de la intoxicación etílica se le pasen. Ah, ¿de veras sigues leyendo todavía? Lo que acabo de hacer justo ahora se llama “desembrague” en narratología. Muy oportuno. La sangre posterior a la ruptura del himen no fue un problema porque tu hija llevaba un tanga rojo que le regaló una amiga. Al fin y al cabo, aquello sucedió en fin de año y las tradiciones mandan. ¿Qué mejor día para perder la virginidad? ¡Ya estaba tardando! Eso sí, siéntete orgulloso, le dejó claro a su novio, a tu futuro yerno, que ella sin condón no hace nada de nada. Lo cierto es que eso a él le importó un pepino, pero lo importante es el detalle.
Bien pronto, las amigas de tu hija se adentran entre otras presas: se aburren de estar junto a una chica atada a otro chico, sin libertad alguna. Y ella, tras la fuga de estas, recibe ya solo miradas obscenas, pensamientos lúbricos, que están a punto de hacerse realidad. La discoteca es un antro de techos bajos, oscuros, que no posee salida de emergencia. En los servicios hay restos de coca sobre la parte superior de la cisterna y en los lavabos. Las corbatas van poco a poco aflojándose y, de un modo simétrico, los vómitos y las peleas van inundando los espíritus de todos. Inicialmente el novio de tu hija pensó en hacer el amor con ella en los servicios, en esos mismos servicios, pero descubrió que no era adecuado porque es su primera vez. ¡Qué detalle! ¿No te sientes orgulloso? Supo ver que un poco de delicadeza es necesario en instantes así. Por tanto, mantendrán relaciones en su coche.
Mientras salen, apoyada ella sobre los hombros de él, porque ha bebido demasiado, reteniendo las arcadas, con el rímel proscrito y un pendiente menos, suena de fondo la nueva canción del Gobierno. “Stop, tronco, yo no corono rollos con bombos. O con condón o yo pongo stop. Como fosos. Como pozos. Somos dos. O con condón o yo sobro. O con condón… o yo sobro. ¡Bombón! Yo propongo condón como modo. Lo cojo, lo toco, lo pongo… Con condón. Yo floto pronto. Solo con condón. Solo con coco”. Los chicos que aún restan dentro, a muchos de ellos les doy clase, bailan dicha canción y aprenden la lección (lamento el ripio que acabo de perpetrar, pero todo se pega, menos las enfermedades venéreas, claro).
Él pone cara de intelectual y le dice a tu hija al oído: “hoy toca sexo”. Ella se pone nerviosa y se ríe, medio absorta, medio borracha, próxima al desmayo, porque aquel es sin duda el hombre de su vida. Huele mal, todo huele a tabaco, de hecho, pero se montan en el coche y este tiene un ambientador fortísimo. Es un Ibiza de segunda mano, que su tío (el tío del novio de tu hija, no tu hermano) arregló para que el chico acudiera a realizar sus chapuzas. Ha bebido mucho, pero esta columna no trata sobre las colisiones viarias y ni siquiera de los atropellos, aunque sí es cierto que estuvieron a punto de pasar por encima de un par de incautos beodos. Él los reprende y eso parece excitar a tu hija. Al fin y al cabo, es un mal chico. Es destructivo y todo eso, y como no podía ser de otro modo, esa maldad ejerce un poder hipnótico sobre ella.
Paran el coche en un descampado. Son las cuatro menos cuarto de la madrugada. Todavía tiene margen para llevarla a tiempo a casa. Incluso, con un poco de suerte, podrá comer churros antes. Tal vez eso ayude a que los efectos de la intoxicación etílica se le pasen. Ah, ¿de veras sigues leyendo todavía? Lo que acabo de hacer justo ahora se llama “desembrague” en narratología. Muy oportuno. La sangre posterior a la ruptura del himen no fue un problema porque tu hija llevaba un tanga rojo que le regaló una amiga. Al fin y al cabo, aquello sucedió en fin de año y las tradiciones mandan. ¿Qué mejor día para perder la virginidad? ¡Ya estaba tardando! Eso sí, siéntete orgulloso, le dejó claro a su novio, a tu futuro yerno, que ella sin condón no hace nada de nada. Lo cierto es que eso a él le importó un pepino, pero lo importante es el detalle.
sábado, 20 de diciembre de 2008
Cuento de Navidad
Los que dominan el arte de leer las runas, aquellos que son capaces de seguir pisadas en la nieve, un pastor especialista en guiarse por olores, la chica del cántaro que había tenido aquel arcano sueño, entre todos ellos me contaron esta historia. Lo sé: tal vez no sea cierta, pero puede serlo. En cualquier caso, en algunos momentos, podría decirse que eso no importa demasiado.
Nacho había enseñado un villancico y los alumnos de primero adornaban con la flauta todo el Centro. Rosa se encargó del belén. Muchos, al fin y al cabo, jamás verían uno en sus casas. Cristina escogió el mejor relato y alguien le regaló un juego con bolígrafos y lápices al ganador del concurso. Al mozo no le hizo demasiada ilusión, a pesar de que estábamos en el último día escolar del año, y de que eso siempre predispone a sonreír. Faltaban muchos, suele ocurrir. Al fin y al cabo, las notas se daría al siguiente día y ya nadie se jugaba nada y todas las clases jugaban a algo. En la sala de profesores, una botella de anís nos recordaba, junto a la fuente de agua, que nos encontrábamos en un día señalado. El brillo achispado de los ojos de muchos de los presentes traslucía que todo iba bien, que nada podría romper esa calma, a pesar de los gritos de algún aula, a pesar de las carreras por los pasillos, del ardor excesivo y excelso de muchos estudiantes.
De pronto, se abrió la puerta. Afuera seguía cayendo agua-nieve y el puerto próximo pronto exigiría cadenas. Ella hizo su aparición y la conserje fue a recibirla corriendo, por encontrarse empapada. “¿Le traigo una manta? ¿Algo de abrigo? ¿Se encuentra bien?”. Pero ni se movía. Este nuevo personaje tenía la mente perdida y seca. Ambas, la conserje y ella, se conocían del pueblo, alguna que otra vez, algún día cinco, se habían cruzado saludos entre los puestos del mercadillo, buscando ropas de bebé o algún que otro artilugio para preparar la bechamel. La señora del tembleque enfermizo era madre de dos alumnos del Centro. Con frecuencia, se había escuchado en las juntas de evaluación que su marido no la trataba demasiado bien. No obstante, sus zagales eran adolescentes de trato fácil, de mirada activa y actitud dócil, a pesar del infierno al que su madre estaba condenada a perpetuidad. La Navidad… es la familia. Como causa y conclusión, esta es una época dura para todos aquellos que no la poseen, que la tienen rota, que no encuentran una lumbre común sobre la que compartir sus manos.
Poco a poco muchos profesores fueron acercándose. Sus rostros desprendían gozo, ilusión, casi todos se habían contagiado del regusto melindroso de los polvorones que los alumnos de cuarto nos habían vendido para costear su viaje estival. Incluso Nicolás, conocido por todos por tener una voluntad indomeñable, por su mala follá, había relajado su semblante. Un profesor musulmán, seguidor estricto de las directrices de Mahoma, también brindaba con mosto y traducía chistes de su tierra en los que los cristianos éramos malos y tontos. Sin embargo, la aureola trémula de todos se convertía en rescoldos cuando veían a la madre de los Téllez desplomada sobre los hombros de nuestra conserje.
A pesar de las palabras de Mari Sol, esta no dejaba de llorar. No articulaba palabra alguna porque, desde antiguo, llorar y hablar no han sido nunca acciones demasiado compatibles en esta región. Por ello, todos trataban de animarla con acciones de lo más variopintas y contradictorias, de hecho. Elena consideraba que lo mejor era abrazarla, Andrés estaba preocupado por la falta de aire, Ascensión fue por un poco de agua, Desireé impidió que ningún alumno se acercara. Diego fue a avisar a sus hijos y aguardó con ellos en su despacho hasta que llegara el momento más adecuado para que estos vieran a su madre. Tras media hora de tempo lento, de tensión inenarrable, tras media hora de muchos llantos y ningún cambio, la madre de los Téllez fue capaz de contener el balanceo espasmódico de su cuerpo y de hablar.
-“Creo que he matado a mi marido”, dijo al fin.
Nacho había enseñado un villancico y los alumnos de primero adornaban con la flauta todo el Centro. Rosa se encargó del belén. Muchos, al fin y al cabo, jamás verían uno en sus casas. Cristina escogió el mejor relato y alguien le regaló un juego con bolígrafos y lápices al ganador del concurso. Al mozo no le hizo demasiada ilusión, a pesar de que estábamos en el último día escolar del año, y de que eso siempre predispone a sonreír. Faltaban muchos, suele ocurrir. Al fin y al cabo, las notas se daría al siguiente día y ya nadie se jugaba nada y todas las clases jugaban a algo. En la sala de profesores, una botella de anís nos recordaba, junto a la fuente de agua, que nos encontrábamos en un día señalado. El brillo achispado de los ojos de muchos de los presentes traslucía que todo iba bien, que nada podría romper esa calma, a pesar de los gritos de algún aula, a pesar de las carreras por los pasillos, del ardor excesivo y excelso de muchos estudiantes.
De pronto, se abrió la puerta. Afuera seguía cayendo agua-nieve y el puerto próximo pronto exigiría cadenas. Ella hizo su aparición y la conserje fue a recibirla corriendo, por encontrarse empapada. “¿Le traigo una manta? ¿Algo de abrigo? ¿Se encuentra bien?”. Pero ni se movía. Este nuevo personaje tenía la mente perdida y seca. Ambas, la conserje y ella, se conocían del pueblo, alguna que otra vez, algún día cinco, se habían cruzado saludos entre los puestos del mercadillo, buscando ropas de bebé o algún que otro artilugio para preparar la bechamel. La señora del tembleque enfermizo era madre de dos alumnos del Centro. Con frecuencia, se había escuchado en las juntas de evaluación que su marido no la trataba demasiado bien. No obstante, sus zagales eran adolescentes de trato fácil, de mirada activa y actitud dócil, a pesar del infierno al que su madre estaba condenada a perpetuidad. La Navidad… es la familia. Como causa y conclusión, esta es una época dura para todos aquellos que no la poseen, que la tienen rota, que no encuentran una lumbre común sobre la que compartir sus manos.
Poco a poco muchos profesores fueron acercándose. Sus rostros desprendían gozo, ilusión, casi todos se habían contagiado del regusto melindroso de los polvorones que los alumnos de cuarto nos habían vendido para costear su viaje estival. Incluso Nicolás, conocido por todos por tener una voluntad indomeñable, por su mala follá, había relajado su semblante. Un profesor musulmán, seguidor estricto de las directrices de Mahoma, también brindaba con mosto y traducía chistes de su tierra en los que los cristianos éramos malos y tontos. Sin embargo, la aureola trémula de todos se convertía en rescoldos cuando veían a la madre de los Téllez desplomada sobre los hombros de nuestra conserje.
A pesar de las palabras de Mari Sol, esta no dejaba de llorar. No articulaba palabra alguna porque, desde antiguo, llorar y hablar no han sido nunca acciones demasiado compatibles en esta región. Por ello, todos trataban de animarla con acciones de lo más variopintas y contradictorias, de hecho. Elena consideraba que lo mejor era abrazarla, Andrés estaba preocupado por la falta de aire, Ascensión fue por un poco de agua, Desireé impidió que ningún alumno se acercara. Diego fue a avisar a sus hijos y aguardó con ellos en su despacho hasta que llegara el momento más adecuado para que estos vieran a su madre. Tras media hora de tempo lento, de tensión inenarrable, tras media hora de muchos llantos y ningún cambio, la madre de los Téllez fue capaz de contener el balanceo espasmódico de su cuerpo y de hablar.
-“Creo que he matado a mi marido”, dijo al fin.
martes, 9 de diciembre de 2008
¿Manuel o Manuela?
Esta historia sonará inverosímil, salvo en su barrio. Parece claro que Andalucía está cambiando y que poco tiene que ver ya con el retal melindroso, de valores tradicionales, que fue hasta hace bien poco. No, Andalucía progresa. Por suerte. Prueba de ello fue aquella reunión. A las cuatro y once minutos dio comienzo. Los padres, como acostumbran a hacer, no fueron puntuales, pero él sí. El tutor de sus hijos los miraba con ternura. Había optado por esperar hasta que el último de ellos se incorporara al encuentro. Ya, sí. Los miró y dijo las palabras más importantes de toda su vida: “desde el próximo lunes dejaré de ser Manuel… y pasaré a llamarme Manuela, culminando con ello mi tratamiento. Si ustedes no están de acuerdo con que sus hijos estudien conmigo, ahora que mi condición ha cambiado, lo comprendo. Están a tiempo aún para solicitar el cambio de grupo. El director, estoy seguro de ello, tendrá a bien posibilitarlo”.
Sí, sí. Han leído bien. Pronto se iniciaron los rumores, sobre si su mujer estaba o no satisfecha con el cambio (quien me contó esta historia asegura que sí, que no peligra dicho matrimonio). Los había curiosos, preocupados, atrevidos… ¿en qué consistía exactamente la última fase del “tratamiento”? ¿Sería preciso pasar por el quirófano para ello o la cuestión se reducía a un mero cambio de look? No mejoraba demasiado las cosas el hecho de que Manuel sirva, intachablemente, eso sí, a la Enseñanza Pública en un colegio de Primaria. ¡Cuánta hipocresía! ¿Cómo es posible que a un padre le parezca mal que sus hijos de ocho años sean atendidos por él/ella, ahora? ¿Acaso cambia algo, más allá de lo evidente? ¡Qué intransigentes!
Lo que jamás llegó a ver el maestro, eso sí, fue una conversación que aconteció pocos días más tarde. Sus antiguos alumnos, ya en el Instituto, se replanteaban su infancia entera por el mero hecho de haber sido educados por un/a maestro/a. Pónganse en su caso: todos hemos tenido algún venerable docente al que hemos idolatrado y tenido por referente. Si mañana, en la cola del súper, a un tris de conseguir las entradas para un concierto o celebrando la Fiesta de la Vendimia, nos lo encontrásemos vestido de mujer, con un bolso, y con todo lo demás, al hombro… ¿Qué pensaríamos? No lo juzgo, que conste y por supuesto, solo constato la zozobra de los estudiantes, que se miraban entre sí y que no lograban evitar un diáfano “¡jo, tú!, ¡qué palo!”
Durante la hora de tutoría surge el tema y uno de ellos me transmite su pesar. “Es que si lo veo… creo que no lo saludaría”. Trato de demostrar todos los valores transversales por los que me pagan: transmito tolerancia, integración, bla y bla. Trato de incidir sobre el (que yo pienso que es el) verdadero origen del conflicto. “Antes era hombre y… ahora es mujer. ¿Dónde está el problema? Fue tu maestro, en el cole, y sigue siéndolo”. Me paro, consciente de que ya no es maestro, sino maestra, pero constato también que no se han dado cuenta del cambio de matiz. No es eso, por tanto, lo que les preocupa. O es eso… o es que están horrorizados y no reaccionan. De pronto, llego a tener la sensación de que esos chicos no son tan connaturalmente “progres” como yo creía. Tal vez, y a pesar de que pueda parecer imposible, puede que un adolescente considere que no es normal que un hombre pase, de una semana a otra, a ser mujer y que a la mujer de este no le importe demasiado el cambio. ¿Será posible?
-“No, Cuyami, si ese no es el problema, es que… A ver, ¿cómo te lo digo? El problema está en que… si me lo encuentro por la calle, ¿cómo lo llamo? Si lo llamo don Manuel, se puede cabrear. Si lo llamo doña Manuela, me dará la risa. ¡Por eso, si me lo encuentro, cambiaré de acera! No quiero reírme de él, ni hacer que se enfade, porque le tengo cariño, ¡porque fue mi maestro! ¿O fue mi maestra? ¡Joé, macho, yo qué sé! ¡Qué lío!”.
Después de veinte minutos, entre todos llegamos a una conclusión beneficiosa para ambas partes. Desde hoy, todos sus antiguos alumnos, si se encuentran a don Manuel en algún taller mecánico o viendo la cabalgata de los Reyes Magos, optarán por llamarlo “profe”, a secas. Y así no se enfada nadie y nadie se reirá: así acertarán seguro.
Sí, sí. Han leído bien. Pronto se iniciaron los rumores, sobre si su mujer estaba o no satisfecha con el cambio (quien me contó esta historia asegura que sí, que no peligra dicho matrimonio). Los había curiosos, preocupados, atrevidos… ¿en qué consistía exactamente la última fase del “tratamiento”? ¿Sería preciso pasar por el quirófano para ello o la cuestión se reducía a un mero cambio de look? No mejoraba demasiado las cosas el hecho de que Manuel sirva, intachablemente, eso sí, a la Enseñanza Pública en un colegio de Primaria. ¡Cuánta hipocresía! ¿Cómo es posible que a un padre le parezca mal que sus hijos de ocho años sean atendidos por él/ella, ahora? ¿Acaso cambia algo, más allá de lo evidente? ¡Qué intransigentes!
Lo que jamás llegó a ver el maestro, eso sí, fue una conversación que aconteció pocos días más tarde. Sus antiguos alumnos, ya en el Instituto, se replanteaban su infancia entera por el mero hecho de haber sido educados por un/a maestro/a. Pónganse en su caso: todos hemos tenido algún venerable docente al que hemos idolatrado y tenido por referente. Si mañana, en la cola del súper, a un tris de conseguir las entradas para un concierto o celebrando la Fiesta de la Vendimia, nos lo encontrásemos vestido de mujer, con un bolso, y con todo lo demás, al hombro… ¿Qué pensaríamos? No lo juzgo, que conste y por supuesto, solo constato la zozobra de los estudiantes, que se miraban entre sí y que no lograban evitar un diáfano “¡jo, tú!, ¡qué palo!”
Durante la hora de tutoría surge el tema y uno de ellos me transmite su pesar. “Es que si lo veo… creo que no lo saludaría”. Trato de demostrar todos los valores transversales por los que me pagan: transmito tolerancia, integración, bla y bla. Trato de incidir sobre el (que yo pienso que es el) verdadero origen del conflicto. “Antes era hombre y… ahora es mujer. ¿Dónde está el problema? Fue tu maestro, en el cole, y sigue siéndolo”. Me paro, consciente de que ya no es maestro, sino maestra, pero constato también que no se han dado cuenta del cambio de matiz. No es eso, por tanto, lo que les preocupa. O es eso… o es que están horrorizados y no reaccionan. De pronto, llego a tener la sensación de que esos chicos no son tan connaturalmente “progres” como yo creía. Tal vez, y a pesar de que pueda parecer imposible, puede que un adolescente considere que no es normal que un hombre pase, de una semana a otra, a ser mujer y que a la mujer de este no le importe demasiado el cambio. ¿Será posible?
-“No, Cuyami, si ese no es el problema, es que… A ver, ¿cómo te lo digo? El problema está en que… si me lo encuentro por la calle, ¿cómo lo llamo? Si lo llamo don Manuel, se puede cabrear. Si lo llamo doña Manuela, me dará la risa. ¡Por eso, si me lo encuentro, cambiaré de acera! No quiero reírme de él, ni hacer que se enfade, porque le tengo cariño, ¡porque fue mi maestro! ¿O fue mi maestra? ¡Joé, macho, yo qué sé! ¡Qué lío!”.
Después de veinte minutos, entre todos llegamos a una conclusión beneficiosa para ambas partes. Desde hoy, todos sus antiguos alumnos, si se encuentran a don Manuel en algún taller mecánico o viendo la cabalgata de los Reyes Magos, optarán por llamarlo “profe”, a secas. Y así no se enfada nadie y nadie se reirá: así acertarán seguro.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
Camiones de juguete
Cuando comencé a dar clases, me sentía desprotegido: yo era uno y ellos son muchos. Ahora me ocurre más aún, claro, pero he conseguido, al menos, no sentirme tan solo. Ya no me quejo tanto, ni me siento una víctima, sino un verdugo. Francisco pulverizó el récord de expulsiones del Centro aquel otoño. Yo sugerí que le regaláramos una tostadora para conmemorarlo, pero la iniciativa no prosperó. Como tutor suyo que fui, hace dos años, me tocó hablar con su madre varias veces. Ella no sabía cómo tratarlo, lo temía, estaba segura de que su hijo consumía drogas y de que vendía maría también a pequeña escala. Fue sincera, directa y no lloró demasiado. Me pidió ayuda y yo me comprometí a hablar con Francisco, aunque pensaba honestamente que eso no ayudaría demasiado. Mi investigación duró un mes. En las guardias de recreo me acercaba y le daba palique. Me costó la vida propia conseguir que me dedicara unos minutos. Como alumno disruptivo que es (considerado) era muy solicitado por los otros compañeros. De cara al foro, él me hacía un favor a mí, por hablar conmigo. Acepté que no fuera al revés. Finalmente, algo de fútbol sabía, de mayor quería ser camionero, como su padre, y le gustaba muchísimo un pequeño pueblo de la sierra de Huelva de donde era natural su abuela. “¡Necesito más datos!”, pensaba. Eso me dije. Siempre. Y así fue… hasta que descubrí lo que realmente le quitaba el sueño y las ganas de estudiar. Su padre había transportado mercancía quince años y ese curro le duró hasta que los maderos descubrieron que no eran fresas lo que llevaba dentro. Fue encarcelado, unos meses, tiempo suficiente para hacerse adicto a la carga que él mismo había transportado anteriormente. Al salir, su carácter había cambiado: más de una vez colocó sobre su mujer algún golpe e hizo llorar a su hijo. Un buen día, se separaron. Inicialmente a Francisco le tocó vivir los trámites legales, juicios, abogados que no dejaban de preguntarle cosas absurdas y el agobio de los profesores que querían conocer cada día cómo se sentía. Luego, llegó lo peor. Todo el mundo olvidó lo que estaba pasando y comenzaron a reprocharle su actitud con acritud. De preguntarle con demasiada frecuencia cómo se sentía pasamos a todo lo contrario.
Pero su padre cambió de nuevo. Ingresó en una clínica de desintoxicación, estuvo ausente del pueblo algún tiempo… y se olvidó de que tenía un hijo. En palabras de Francisco, dejó de quererlo. Él se sentía fatal. Echaba de menos a su padre. Tenía ganas de montar en el camión, de pasear por medio mundo, de escuchar miles de historias sobre países muy lejanos. Es mayor; Francisco es un tipo duro, pero echaba de menos quedarse dormido en el sofá, tras haber escuchado batallitas, visto un partido de fútbol con su padre y haber devorado una pizza carbonara. Podría decir que Francisco lloró desconsoladamente contándome todo esto, pero no sería cierto. Sospecho que, a pesar de tener quince años, cuando lo conocí ya había agotado todas sus lágrimas.
Tras varias semanas de incertidumbres, logré quedar con él. El padre de Francisco tiene una cobra tatuada en su brazo derecho. Parece un macarra trasnochado y arquetípico. Los ojos los tiene apagados y alguien parece haber detenido las cenizas de un cigarro sobre sus cuerdas vocales. Le conté grano a grano cómo se sentía su hijo. Esperaba de él una respuesta dura, de expresidiario, tenía la seguridad de que iba a decirme que la madre de Francisco debía educarlo, que él ya había hecho bastante aquella madrugada en que lo engendraron en el asiento trasero de un Seat Ibiza. Sin embargo, aquel hombre tan duro sí lloró. No como su hijo. Me miró fijamente y me apretó la mano. “Verá usted, lo he estado pensando… y no deseo que mi hijo Francisco se convierta en alguien como yo. Deseo más que nada en el mundo pasar mi tiempo con él, claro… pero no quiero, bajo ningún concepto, que vuelva a cometer los errores de su padre. Por eso, y a pesar de que me duele muchísimo, intento convivir con él el menor tiempo posible, porque no quiero que vea el monstruo en que se ha convertido su padre”.
Pero su padre cambió de nuevo. Ingresó en una clínica de desintoxicación, estuvo ausente del pueblo algún tiempo… y se olvidó de que tenía un hijo. En palabras de Francisco, dejó de quererlo. Él se sentía fatal. Echaba de menos a su padre. Tenía ganas de montar en el camión, de pasear por medio mundo, de escuchar miles de historias sobre países muy lejanos. Es mayor; Francisco es un tipo duro, pero echaba de menos quedarse dormido en el sofá, tras haber escuchado batallitas, visto un partido de fútbol con su padre y haber devorado una pizza carbonara. Podría decir que Francisco lloró desconsoladamente contándome todo esto, pero no sería cierto. Sospecho que, a pesar de tener quince años, cuando lo conocí ya había agotado todas sus lágrimas.
Tras varias semanas de incertidumbres, logré quedar con él. El padre de Francisco tiene una cobra tatuada en su brazo derecho. Parece un macarra trasnochado y arquetípico. Los ojos los tiene apagados y alguien parece haber detenido las cenizas de un cigarro sobre sus cuerdas vocales. Le conté grano a grano cómo se sentía su hijo. Esperaba de él una respuesta dura, de expresidiario, tenía la seguridad de que iba a decirme que la madre de Francisco debía educarlo, que él ya había hecho bastante aquella madrugada en que lo engendraron en el asiento trasero de un Seat Ibiza. Sin embargo, aquel hombre tan duro sí lloró. No como su hijo. Me miró fijamente y me apretó la mano. “Verá usted, lo he estado pensando… y no deseo que mi hijo Francisco se convierta en alguien como yo. Deseo más que nada en el mundo pasar mi tiempo con él, claro… pero no quiero, bajo ningún concepto, que vuelva a cometer los errores de su padre. Por eso, y a pesar de que me duele muchísimo, intento convivir con él el menor tiempo posible, porque no quiero que vea el monstruo en que se ha convertido su padre”.
viernes, 21 de noviembre de 2008
Conversación, poco sueño y muchos sueños. [Inédito]
"Soy maestra y doy clase en la ESO por lo que mi horario está lleno de Cármenes y de Juanes.
Intento enseñarles inglés mientras que ellos y ellas me enseñan a mí a ser más persona. A veces también hago mis pinitos y me pongo a intentar enseñarles valores, cosa mucho más difícil, por cierto.
Coincido contigo en que les cojo cariño. Llevo ya 20 años cogiéndoles cariño y no puedo evitarlo.
En esta semana me han acusado de dos cosas: en la primera unos compañeros/os con plaza definitiva en el centro me han acusado de poner mucha energía en el centro para ganar méritos y así poder mantener la comisión de servicios que me mantiene más cerca de mi casa. Otro compañero me ha confesado que él cree que yo me “superimplico” porque lo necesito.
Arrastro estas dos acusaciones con algo de dolor. La orientadora me ha dicho que no me preocupe que lo estoy haciendo bien. No me ha convencido. Yo creo que me ha aplicado la teoría del refuerzo positivo y a pesar de que a ella también la quiero mucho, tengo mis dudas.
Cuando el lunes vuelva a encontrarme con la Carmen o con el Juan tendré que estar convencida de algo. ¿Puedes ayudarme, profesor Cuyami? Por favor."
No. No puedo ayudarte. Esta es la primera vez que escribo un texto ex profeso para este blog. Jamás lo hice, porque jamás nadie me pidió que lo hiciera. No puedo ayudarte porque esta profesión no tiene certezas, porque nos guía la fe, una lumbre en mitad de una oscuridad demoledora. Y sin embargo... la luz la portamos nosotros. El día que pierdas el "vértigo creativo" estaremos perdidos. Plenamente. Quema tanto, duele tanto, porque es importante... Si te arriesgas a sentirte profesor, estás condenado a una incadescencia perenne, duele la sed. No puedo ayudarte, no puedes escapar de ti misma: sufres por amor. Esa espina, esa ira, la rabia de sentir la obra inacabada... eso se llama amor. AMOR con mayúsculas. Eso no tiene cura.
Esta mañana organizamos en el centro un casting para un grupo de teatro. Colocamos en la puerta del departamento un folio que ponía "el casting será hoy. Espere su turno". Tres profesores se colocaron en una mesa amplia. Dispusimos en tres pequeñas cartulinas los nombres de estos. Hacían cola en el pasillo y repasaban una hoja con un monólogo que debían declamar. En prepararlo todo tardamos diez minutos. Todos los chicos serán admitidos. Y sin embargo... surgió la magia. Con tres cartulinas y un folio creamos poesía, magia, literatura: cambiamos la vida de gente sencilla, que toda la vida recordarán una espera de diez minutos en un pasillo para llegar a ser actores. No tiene importancia, y la tiene. Esa es la magia de esto: crear magia, con cuatro detalles, hacer un destello, dotar de magia las vidas de los demás. Hacer, repartir, sembrar de esperanza este mundo tan jodido. Por una sonrisa, de rodillas, de cara al peligro. Sin miedo a nada, por tenerle miedo a todo.
Bla, bla, bla. No sé explicarlo. He dormido quince horas en cuatro días por trabajar demasiado. Eso sí, me pillas hoy entusiasmado porque he dormido quince horas en cuatro días por trabajar demasiado. Cuando sale todo mal, es una putada. Lo admito. ¡He perdido tantas veces! No puedo ayudarte, pero sí puedo pedirte que recuerdes las estrellas que has sembrado a lo largo de tu trayectoria profesional: ellas te alumbrarán dentro de esta oscuridad desoladora, y si las recuerdas con toda tu fuerza, estoy seguro de que comenzarás a llorar antes de terminar de leer estas palabras. Por ellos y por amor. Tus alumnos, los hijos de estos, tu fuerza y tu voz son ya inmortales, resuenan y resonarán siempre.
Cuelga este texto en tu taquilla. Repásalo de vez en cuando. Recibe mi sonrisa.
"Gracias, profesor Cuyami, por tu respuesta. Cada viernes necesito ese empujoncito que me avive la sonrisa para el siguiente lunes. Comparto tus palabras, me apoyo en ellas y en otras muchas que así llego más lejos.
Tu artículo del otro día, tus comentarios de la Carmen, me parecían incompletos. La Carmen tira la mesa y saca pecho, ¿Y qué? ¿Cómo sigue la historia? ¿Como siempre represión, represión, represión o hay más?
Les hay que dicen: “Yo quiero para mis hijos e hijas un centro limpio de Cármenes, que retrasan el aprendizaje del resto y yo deseo un futuro brillante para los míos”. No saben lo que se pierden. Claro, en pequeñas dosis. Lo malo es cuando el centro concertado, ese muy alto y muy grande que está cerca del mío, recomienda a todo alumnado algo esquivo que busque en la pública el apoyo psicológico que necesita. Y vienen una, dos, tres personas ... con fracaso escolar, inadaptación, conductas disruptivas, trastornos de no sé qué y de no se cuántos.
Yo necesitaba que tú me confirmaras que gente como tu Carmen y mi Juan, con todo lo que llevan a cuestas, vienen al instituto con la esperanza y el deseo interior (probablemente desconocido incluso para ellos y ellas) de que alguien les mire a los ojos sin rencor, sin resentimiento. Vienen al insituto pero sin cruzar del todo la barrera; ellos tampoco quieren que se las sigan dando “de frente”. Por precaución incordian, desconfían, agreden antes de ser agredidos, retan ... Es su modo de ser personas supervivientes. Probablemente un día descubrieron que tenían el corazón demasiado blandito y decidieron reforzarlo con doble chapa."
Intento enseñarles inglés mientras que ellos y ellas me enseñan a mí a ser más persona. A veces también hago mis pinitos y me pongo a intentar enseñarles valores, cosa mucho más difícil, por cierto.
Coincido contigo en que les cojo cariño. Llevo ya 20 años cogiéndoles cariño y no puedo evitarlo.
En esta semana me han acusado de dos cosas: en la primera unos compañeros/os con plaza definitiva en el centro me han acusado de poner mucha energía en el centro para ganar méritos y así poder mantener la comisión de servicios que me mantiene más cerca de mi casa. Otro compañero me ha confesado que él cree que yo me “superimplico” porque lo necesito.
Arrastro estas dos acusaciones con algo de dolor. La orientadora me ha dicho que no me preocupe que lo estoy haciendo bien. No me ha convencido. Yo creo que me ha aplicado la teoría del refuerzo positivo y a pesar de que a ella también la quiero mucho, tengo mis dudas.
Cuando el lunes vuelva a encontrarme con la Carmen o con el Juan tendré que estar convencida de algo. ¿Puedes ayudarme, profesor Cuyami? Por favor."
No. No puedo ayudarte. Esta es la primera vez que escribo un texto ex profeso para este blog. Jamás lo hice, porque jamás nadie me pidió que lo hiciera. No puedo ayudarte porque esta profesión no tiene certezas, porque nos guía la fe, una lumbre en mitad de una oscuridad demoledora. Y sin embargo... la luz la portamos nosotros. El día que pierdas el "vértigo creativo" estaremos perdidos. Plenamente. Quema tanto, duele tanto, porque es importante... Si te arriesgas a sentirte profesor, estás condenado a una incadescencia perenne, duele la sed. No puedo ayudarte, no puedes escapar de ti misma: sufres por amor. Esa espina, esa ira, la rabia de sentir la obra inacabada... eso se llama amor. AMOR con mayúsculas. Eso no tiene cura.
Esta mañana organizamos en el centro un casting para un grupo de teatro. Colocamos en la puerta del departamento un folio que ponía "el casting será hoy. Espere su turno". Tres profesores se colocaron en una mesa amplia. Dispusimos en tres pequeñas cartulinas los nombres de estos. Hacían cola en el pasillo y repasaban una hoja con un monólogo que debían declamar. En prepararlo todo tardamos diez minutos. Todos los chicos serán admitidos. Y sin embargo... surgió la magia. Con tres cartulinas y un folio creamos poesía, magia, literatura: cambiamos la vida de gente sencilla, que toda la vida recordarán una espera de diez minutos en un pasillo para llegar a ser actores. No tiene importancia, y la tiene. Esa es la magia de esto: crear magia, con cuatro detalles, hacer un destello, dotar de magia las vidas de los demás. Hacer, repartir, sembrar de esperanza este mundo tan jodido. Por una sonrisa, de rodillas, de cara al peligro. Sin miedo a nada, por tenerle miedo a todo.
Bla, bla, bla. No sé explicarlo. He dormido quince horas en cuatro días por trabajar demasiado. Eso sí, me pillas hoy entusiasmado porque he dormido quince horas en cuatro días por trabajar demasiado. Cuando sale todo mal, es una putada. Lo admito. ¡He perdido tantas veces! No puedo ayudarte, pero sí puedo pedirte que recuerdes las estrellas que has sembrado a lo largo de tu trayectoria profesional: ellas te alumbrarán dentro de esta oscuridad desoladora, y si las recuerdas con toda tu fuerza, estoy seguro de que comenzarás a llorar antes de terminar de leer estas palabras. Por ellos y por amor. Tus alumnos, los hijos de estos, tu fuerza y tu voz son ya inmortales, resuenan y resonarán siempre.
Cuelga este texto en tu taquilla. Repásalo de vez en cuando. Recibe mi sonrisa.
"Gracias, profesor Cuyami, por tu respuesta. Cada viernes necesito ese empujoncito que me avive la sonrisa para el siguiente lunes. Comparto tus palabras, me apoyo en ellas y en otras muchas que así llego más lejos.
Tu artículo del otro día, tus comentarios de la Carmen, me parecían incompletos. La Carmen tira la mesa y saca pecho, ¿Y qué? ¿Cómo sigue la historia? ¿Como siempre represión, represión, represión o hay más?
Les hay que dicen: “Yo quiero para mis hijos e hijas un centro limpio de Cármenes, que retrasan el aprendizaje del resto y yo deseo un futuro brillante para los míos”. No saben lo que se pierden. Claro, en pequeñas dosis. Lo malo es cuando el centro concertado, ese muy alto y muy grande que está cerca del mío, recomienda a todo alumnado algo esquivo que busque en la pública el apoyo psicológico que necesita. Y vienen una, dos, tres personas ... con fracaso escolar, inadaptación, conductas disruptivas, trastornos de no sé qué y de no se cuántos.
Yo necesitaba que tú me confirmaras que gente como tu Carmen y mi Juan, con todo lo que llevan a cuestas, vienen al instituto con la esperanza y el deseo interior (probablemente desconocido incluso para ellos y ellas) de que alguien les mire a los ojos sin rencor, sin resentimiento. Vienen al insituto pero sin cruzar del todo la barrera; ellos tampoco quieren que se las sigan dando “de frente”. Por precaución incordian, desconfían, agreden antes de ser agredidos, retan ... Es su modo de ser personas supervivientes. Probablemente un día descubrieron que tenían el corazón demasiado blandito y decidieron reforzarlo con doble chapa."
miércoles, 19 de noviembre de 2008
La Carmen y la lluvia
Esta es la historia de una frase: “si hago eso, ellos ganan”. Para comprender qué hay detrás de esa afirmación he de dar un pequeño rodeo y comenzar por el principio. Os pido disculpas y una pausa. Pensad.
La Carmen tiene los ojos surcados por el maquillaje siempre; se pinta de guerra con una línea gruesa y negra. Posee una cadena que nunca se quita. Colecciona oros. Los bastos, los reparte su padre cuando bebe más de una copa. Algún corazón ha roto ya con su espada: una palabra aguda, unas reacciones bruscas, un tono de voz marcado y pausado, que dilata cualquier pausa, que crispa, tensa y anima. Ella es las circunstancias. Dijo Ortega que todos somos “nosotros mismos y nuestras circunstancias”. Ella es circunstancia para todos. Cuando quiere, no hay clase. Patalea, grita, arremete contra los que la insultan y devuelve salivazos a cambio de una mala mirada. Cuentan que se dice que la leyenda narra que posee una navaja y que no teme sacarla. La temo y la adoro. Admito que me gusta que sus fines de semana duren cuatro días. Llegan las ocho y media de la mañana de un martes y, con frecuencia, no se toma ni siquiera la molestia de entrar en el aula. “¿Para qué? Si el profesor me va a echar de todas formas, aprovecho y así gano tiempo”. Se va directamente a la sala de expulsados, toma un cuaderno y pinta escaleras y botas de tacón alto. Jamás sus boas devoran elefantes.
Un buen día tomó su mochila y la arrojó sobre el escritorio del Jefe de Estudios. “¡Yo me voy de aquí! ¡Me tienen manía!”. Conste que es cierto. El Jefe lo sabe y yo también. La miró, por tanto, y le preguntó sus motivos. “Los profesores me odian, los compañeros me desprecian… ¡y aquí no me habéis enseñado ni a leer! ¡Esto es una mierda de instituto porque no sé sumar, ni restar, ni multiplicar! ¡No he aprendido nada, joder!”. Permítaseme las palabras malsonantes. Reproduzco y cito, no narro: no quiero darle cierto toque de Casa de la Pradera, porque no lo hay por ninguna parte. Imaginen el gesto. ¿Qué respondes? Cinismo, lo justo. ¡Deseamos que se vaya! ¡Cómo no! Somos trabajadores. ¿Qué limpiador desea vivir perennemente un primero de enero? A veces el camino fácil no es tan malo.
Charlamos. Con la base que tiene, no la aceptarán en el instituto más cercano sin un motivo serio. En efecto, no le hemos enseñado a leer ni a escribir y para que migre antes debe aprender lo básico. La orientadora se sienta con nosotros. Toma una hoja de papel. Yo tomo café. Consejo de guerra. Penamos que sería bueno que durante cuatro meses la dotemos de ciertos mecanismos básicos: algo de aritmética, mucho dictado, reglas de conducta, pensamiento lógico… “La lluvia en Sevilla es una pura maravilla”, y tendremos una doncella, una princesita capaz de engañar a cualquiera. Nos reímos de mi ocurrencia, pero admito que no tiene ni pajolera gracia. Estamos tensos porque de tanto que nos hemos peleado con ella, y contra ella, le tenemos bastante aprecio a la Carmen.
Como tutor, me toca acercarme. La saco de clase. Empuja la mesa antes de salir. Cae. Los demás ríen. Se convulsiona el mundo en un segundo y el profesor que trataba de explicar, maldice mi gracia: le he formado un motín. Parece decirme con la mirada que no la devuelva al aula antes de que toque la campana. La siento en mi despacho. Le cuento el plan. Específico. Le digo que podrá irse, que aprenderá algo antes y que tendrá un profesor para ella sola. Todos tendremos lo que queremos, claro. Y ella lo sabe. Afila sus uñas sobre mi escritorio y me cala como lluvia de noviembre (que ni siquiera en Sevilla es maravillosa, aunque eso no se lo explicaran a My fair lady). “Si lo hago, ellos ganan”. “No aceptaré, aunque me convenga. De mí se espera otra cosa. Mis compañeros esperan otra cosa de la Carmen y no puedo traicionarlos. Si me rindo, los profesores ganan. Y no se lo merecen. No me habéis tratado bien”.
La Carmen tiene los ojos surcados por el maquillaje siempre; se pinta de guerra con una línea gruesa y negra. Posee una cadena que nunca se quita. Colecciona oros. Los bastos, los reparte su padre cuando bebe más de una copa. Algún corazón ha roto ya con su espada: una palabra aguda, unas reacciones bruscas, un tono de voz marcado y pausado, que dilata cualquier pausa, que crispa, tensa y anima. Ella es las circunstancias. Dijo Ortega que todos somos “nosotros mismos y nuestras circunstancias”. Ella es circunstancia para todos. Cuando quiere, no hay clase. Patalea, grita, arremete contra los que la insultan y devuelve salivazos a cambio de una mala mirada. Cuentan que se dice que la leyenda narra que posee una navaja y que no teme sacarla. La temo y la adoro. Admito que me gusta que sus fines de semana duren cuatro días. Llegan las ocho y media de la mañana de un martes y, con frecuencia, no se toma ni siquiera la molestia de entrar en el aula. “¿Para qué? Si el profesor me va a echar de todas formas, aprovecho y así gano tiempo”. Se va directamente a la sala de expulsados, toma un cuaderno y pinta escaleras y botas de tacón alto. Jamás sus boas devoran elefantes.
Un buen día tomó su mochila y la arrojó sobre el escritorio del Jefe de Estudios. “¡Yo me voy de aquí! ¡Me tienen manía!”. Conste que es cierto. El Jefe lo sabe y yo también. La miró, por tanto, y le preguntó sus motivos. “Los profesores me odian, los compañeros me desprecian… ¡y aquí no me habéis enseñado ni a leer! ¡Esto es una mierda de instituto porque no sé sumar, ni restar, ni multiplicar! ¡No he aprendido nada, joder!”. Permítaseme las palabras malsonantes. Reproduzco y cito, no narro: no quiero darle cierto toque de Casa de la Pradera, porque no lo hay por ninguna parte. Imaginen el gesto. ¿Qué respondes? Cinismo, lo justo. ¡Deseamos que se vaya! ¡Cómo no! Somos trabajadores. ¿Qué limpiador desea vivir perennemente un primero de enero? A veces el camino fácil no es tan malo.
Charlamos. Con la base que tiene, no la aceptarán en el instituto más cercano sin un motivo serio. En efecto, no le hemos enseñado a leer ni a escribir y para que migre antes debe aprender lo básico. La orientadora se sienta con nosotros. Toma una hoja de papel. Yo tomo café. Consejo de guerra. Penamos que sería bueno que durante cuatro meses la dotemos de ciertos mecanismos básicos: algo de aritmética, mucho dictado, reglas de conducta, pensamiento lógico… “La lluvia en Sevilla es una pura maravilla”, y tendremos una doncella, una princesita capaz de engañar a cualquiera. Nos reímos de mi ocurrencia, pero admito que no tiene ni pajolera gracia. Estamos tensos porque de tanto que nos hemos peleado con ella, y contra ella, le tenemos bastante aprecio a la Carmen.
Como tutor, me toca acercarme. La saco de clase. Empuja la mesa antes de salir. Cae. Los demás ríen. Se convulsiona el mundo en un segundo y el profesor que trataba de explicar, maldice mi gracia: le he formado un motín. Parece decirme con la mirada que no la devuelva al aula antes de que toque la campana. La siento en mi despacho. Le cuento el plan. Específico. Le digo que podrá irse, que aprenderá algo antes y que tendrá un profesor para ella sola. Todos tendremos lo que queremos, claro. Y ella lo sabe. Afila sus uñas sobre mi escritorio y me cala como lluvia de noviembre (que ni siquiera en Sevilla es maravillosa, aunque eso no se lo explicaran a My fair lady). “Si lo hago, ellos ganan”. “No aceptaré, aunque me convenga. De mí se espera otra cosa. Mis compañeros esperan otra cosa de la Carmen y no puedo traicionarlos. Si me rindo, los profesores ganan. Y no se lo merecen. No me habéis tratado bien”.
martes, 11 de noviembre de 2008
Pecés y pelis de terror
Como legisladores no se ganan la vida, pero escogiendo nombres tronchantes sí son unos fenómenos. No me parece casual que llamaran “eso” al sistema educativo más amorfo de la historia y, por tanto, no puede ser fortuito tampoco que los institutos con ordenadores en sus aulas sean un “tic” de nuestros fabulosos librepensadores que de tanto dejar fluir el flujo incontrolable de sus conciencias, varan más allá de los cerros de Úbeda. De allí, precisamente, es una amiga que me cuenta que su centro, de Primaria, continúa con las mesas listas para que se coloquen los ordenadores y que Sus Majestades no se apresuran a realizar la entrega que llevan dos años aguardando. Dicho lo cual, y tras entrelazar una encuesta con esta idea previa, descubro que casi siempre, en la primaria, el ordenador es un juego, solo eso. Si realizan bien los deberes, se les conceden diez minutos de ciber asueto (en días previos a las notas, cuatro horas). Una constante es. En ciertos cursos de cuarto de ESO, muchos compañeros siguen tomando los ordenadores para el mismo fin: no tienen una finalidad educativa, porque eso requiere de una preparación previa que nadie hace, son un premio o, meramente, una distracción para que el ganado no moleste, mientras ellos corrigen exámenes.
Vayamos por partes. Los centros TIC son institutos modernísimos que, siguiendo los pasos de la Bauhaus, son concebidos de manera inteligente, con ordenadores en todas sus aulas y un montón de cartelitos que indican que lo son. El objetivo era que los chicos fueran suprimiendo poco a poco los cuadernos por pecés (?), pero solo se ha conseguido aficionarlos al buscaminas y a los dos o tres jueguecitos tontos de Guadalinex. Por desgracia, en vez de computadoras instalaron tartanas que estaban obsoletas desde antes de echar a rodar. Por desgracia, poco a poco se fue agotando el crédito (de los buenos propósitos) y pasó a llamarse “tic” a institutos que solo tenían unas cuantas clases con ordenadores (o sea, todo guizque) y no los que tenían ordenadores en todas las clases. Esos centros de segunda generación también tienen en la puerta muchos cartelitos en los que se explicita que son TIC… pero no tienen tantos ordenadores como cartelitos, desgraciadamente. No obstante, casi que lo prefiero. El ordenador sobre el que escribo pierde valor por momentos. ¿Se imaginan en qué se convierte un instituto con ciento treinta ordenadores, tras cinco años? Hablamos de un cementerio informático donde ni los elefantes osan echar su siestecita final. Los monitores de las clases parecen ya la imagen mental que tengo de la tele de la casa de mi abuela. Para colmo, a los teclados les han intercambiado las letras entre sí y el otro día vi uno que, por primera vez en la historia, seguía riguroso orden alfabético, gracias al chico que dedicó una guardia entera a quitar las chapitas de las teclas y disponerlas como le vino en gana.
Sin embargo, lo peor sigue siendo la imposibilidad de mover las mesas. Sin parangón es el engorro de ver a los chicos escribiendo en un ladito de la mesa porque el monitor de la reconstrucción mental de la casa de mi abuela les robó el resto del espacio, no ofreciéndoles ninguna contraprestación a cambio. Bueno, vale: especifico. ¡No todo es tan inútil! Los centros TIC sí resultan muy beneficiosos para los que asumen el cargo de “coordinador de”. En pago a estos servicios se les entregan cinco horas sin dar clases, a la semana, cinco horas de reducción que a don Pedro le vinieron genial para ligarse a la administrativa del centro. En su misión, y no hablo de seducciones sino de trabajo, se contentó con ir contando el número de bajas y hacer una estadística sobre qué curso escacharraba más ratones (el mayor punto débil de esos robustos mamotretos que parecen sacados de la Alemania de la postguerra son los ratones: los alumnos deberían trabajar en alguna empresa de fumigación). Solo esa estadística hizo. Don Pedro nunca me aportó el dato que siempre quise saber. Intuyo, pero no lo tengo confirmado, que poseemos el récord de horas consecutivas sin que ningún profesor emplee los ordenadores como herramienta de trabajo. No me extraña. Dan cursos de dos tardes y pretenden con eso cambiarle la visión docente a gente que lleva veinte años en el gremio. Tras varios años en el ajo, lo que comenzó siendo una película de ciencia-ficción ha cambiado de género y da más miedo que Psicosis. Y de todo, lo que más susto provoca es que tantas toneladas de chatarra, tantos ordenadores que no soportan ni siquiera la última versión de Guadalinex, concebida ex profeso para tal fin, la paguen ustedes con sus dolientes impuestos.
Vayamos por partes. Los centros TIC son institutos modernísimos que, siguiendo los pasos de la Bauhaus, son concebidos de manera inteligente, con ordenadores en todas sus aulas y un montón de cartelitos que indican que lo son. El objetivo era que los chicos fueran suprimiendo poco a poco los cuadernos por pecés (?), pero solo se ha conseguido aficionarlos al buscaminas y a los dos o tres jueguecitos tontos de Guadalinex. Por desgracia, en vez de computadoras instalaron tartanas que estaban obsoletas desde antes de echar a rodar. Por desgracia, poco a poco se fue agotando el crédito (de los buenos propósitos) y pasó a llamarse “tic” a institutos que solo tenían unas cuantas clases con ordenadores (o sea, todo guizque) y no los que tenían ordenadores en todas las clases. Esos centros de segunda generación también tienen en la puerta muchos cartelitos en los que se explicita que son TIC… pero no tienen tantos ordenadores como cartelitos, desgraciadamente. No obstante, casi que lo prefiero. El ordenador sobre el que escribo pierde valor por momentos. ¿Se imaginan en qué se convierte un instituto con ciento treinta ordenadores, tras cinco años? Hablamos de un cementerio informático donde ni los elefantes osan echar su siestecita final. Los monitores de las clases parecen ya la imagen mental que tengo de la tele de la casa de mi abuela. Para colmo, a los teclados les han intercambiado las letras entre sí y el otro día vi uno que, por primera vez en la historia, seguía riguroso orden alfabético, gracias al chico que dedicó una guardia entera a quitar las chapitas de las teclas y disponerlas como le vino en gana.
Sin embargo, lo peor sigue siendo la imposibilidad de mover las mesas. Sin parangón es el engorro de ver a los chicos escribiendo en un ladito de la mesa porque el monitor de la reconstrucción mental de la casa de mi abuela les robó el resto del espacio, no ofreciéndoles ninguna contraprestación a cambio. Bueno, vale: especifico. ¡No todo es tan inútil! Los centros TIC sí resultan muy beneficiosos para los que asumen el cargo de “coordinador de”. En pago a estos servicios se les entregan cinco horas sin dar clases, a la semana, cinco horas de reducción que a don Pedro le vinieron genial para ligarse a la administrativa del centro. En su misión, y no hablo de seducciones sino de trabajo, se contentó con ir contando el número de bajas y hacer una estadística sobre qué curso escacharraba más ratones (el mayor punto débil de esos robustos mamotretos que parecen sacados de la Alemania de la postguerra son los ratones: los alumnos deberían trabajar en alguna empresa de fumigación). Solo esa estadística hizo. Don Pedro nunca me aportó el dato que siempre quise saber. Intuyo, pero no lo tengo confirmado, que poseemos el récord de horas consecutivas sin que ningún profesor emplee los ordenadores como herramienta de trabajo. No me extraña. Dan cursos de dos tardes y pretenden con eso cambiarle la visión docente a gente que lleva veinte años en el gremio. Tras varios años en el ajo, lo que comenzó siendo una película de ciencia-ficción ha cambiado de género y da más miedo que Psicosis. Y de todo, lo que más susto provoca es que tantas toneladas de chatarra, tantos ordenadores que no soportan ni siquiera la última versión de Guadalinex, concebida ex profeso para tal fin, la paguen ustedes con sus dolientes impuestos.
martes, 4 de noviembre de 2008
Asperger y el Asteroide
Cambio los nombres, el resto es verídico. Estamos de excursión y todos los chicos comparten la comida salvo él. Lobato permanece con la mirada ida, dando tumbos como las piedras que arrojan contra los patos los alumnos disruptivos. Su madre tuvo la idea feliz de animarlo a venir. Ya aquí, Lobato consiguió durante las tres primeras horas pasar el mayor tiempo posible con nosotros. Los profesores, con otras necesidades comunicativas más adultas, deseosos también de ver si sería capaz de superarse, lo dejamos con verónicas (Sánchez y Martínez) y naturales (un libro de naturales repleto de manchas de bollería industrial), frente al “Toro” (apodo de Miguel Cañas). Pronto las compañeras lo abandonaron y las burlas del fornido muchacho, que se fue con ellas dos, lo devolvieron soltero y solitario a las inmediaciones del lago.
Lobato posee un síndrome que los sicólogos denominan “Asperger”, que no es demasiado semejante al autismo, aunque mucha gente tiende a confundirlos. Probablemente complete sus estudios de Secundaria y no sería raro que llegara a Bachillerato o, incluso, a la Universidad. De hecho, no es infrecuente que algunos de estos chicos introvertidos, con descomunales problemas de adaptación, lleguen más lejos que otros de una normalidad más aparente que cierta. No es tonto, todo lo contrario, pero sus alardes intelectuales están concentrados en puntos excepcionalmente concretos del saber humano. Pinta alas de mariposa, en un cuaderno de esquinas puntiagudas, y las dota de un realismo que me enternece y me asusta. Sin embargo, frecuentemente las musarañas anidan en su cabeza y no es capaz de mantenerse a este lado de la realidad: se distrae. Y cuando atiende, no oye. Percibe rumores y colores, pero no ve. No siempre, al menos. Su mente vara por otros derroteros, en mundos de elfos, dibujos animados y sucesos a un tiempo perversos y ancestrales. Pero no siempre. Otros días, parece (y es) un chico normal: copia, pregunta, siente calor y frío.
En los recreos casi siempre lo veo solo, con un libro, con las mejillas de un color cobrizo: su cabeza no se estanca jamás, pero cualquiera que lo observe sin excesivo mimo diría de él que permanece en Babia. Parece distraído, pero capta más matices que el resto y razona de forma magnífica. Creo que fue Lobato quien me hizo llegar una carta anónima, hace unos días. Lo sé porque se mostraba incoherente e imprecisa, con los mismos giros que él imprime cuando habla. Me sentí halagado, lo admito, porque fuera capaz de mostrarse de ese modo frente a mí. Reproducía de forma milimétrica palabras que yo había pronunciado en clase y las convertía en reproches: atacaba que les prohíba comer chicle, me llamaba feo, estaba ofendido porque en los cambios de clase no se puede salir del aula. Nadie hubiera podido retener mis expresiones, y reinterpretarlas, salvo él. La primera frase del texto era “desde este momento tu mente está bajo mi control”. Me decidí a guardar el secreto. Ambos tenemos ya demasiados problemas. Lo asumo como un lance digno. Eso sí, me quedé con las ganas de hablar con él del tema, de introducirme en su mundo, partir esa barrera y ver las luces que él ve, jugar con los duendes, echar carreras con las hadas y morir de mil formas espantosas. No puedo. Todos mis mecanismos restallan cuando concibo alguna idea más rara de la cuenta, a pesar de que a veces me dé por mirar a través de esa ventana.
Existen muchos chicos con este síndrome que no están diagnosticados, cuyos padres los reprenden y no logran comprender que sus adolescentes razonan de un modo diferente al del resto de especimenes de su edad. Yo siento lástima por Lobato porque su apertura al mundo será difícil, porque no conseguirá un desarrollo normal nunca, porque sus compañeros de trabajo se reirán de él, durante las horas del café… y la soledad no le viene bien. ¿Pero acaso existe otra opción para él que no sea estar solo? Los adolescentes están demasiado ocupados en entenderse a sí mismos: no dedican una porción de su tiempo a comprender también a quien más necesita ser comprendido. Todo adolescente se siente la persona más rara del Universo, todo adolescente se siente poseedor del asteroide B-612 y no mira más allá de los cascabeles de su estrella. Todos se sienten. Lobato lo es.
Lobato posee un síndrome que los sicólogos denominan “Asperger”, que no es demasiado semejante al autismo, aunque mucha gente tiende a confundirlos. Probablemente complete sus estudios de Secundaria y no sería raro que llegara a Bachillerato o, incluso, a la Universidad. De hecho, no es infrecuente que algunos de estos chicos introvertidos, con descomunales problemas de adaptación, lleguen más lejos que otros de una normalidad más aparente que cierta. No es tonto, todo lo contrario, pero sus alardes intelectuales están concentrados en puntos excepcionalmente concretos del saber humano. Pinta alas de mariposa, en un cuaderno de esquinas puntiagudas, y las dota de un realismo que me enternece y me asusta. Sin embargo, frecuentemente las musarañas anidan en su cabeza y no es capaz de mantenerse a este lado de la realidad: se distrae. Y cuando atiende, no oye. Percibe rumores y colores, pero no ve. No siempre, al menos. Su mente vara por otros derroteros, en mundos de elfos, dibujos animados y sucesos a un tiempo perversos y ancestrales. Pero no siempre. Otros días, parece (y es) un chico normal: copia, pregunta, siente calor y frío.
En los recreos casi siempre lo veo solo, con un libro, con las mejillas de un color cobrizo: su cabeza no se estanca jamás, pero cualquiera que lo observe sin excesivo mimo diría de él que permanece en Babia. Parece distraído, pero capta más matices que el resto y razona de forma magnífica. Creo que fue Lobato quien me hizo llegar una carta anónima, hace unos días. Lo sé porque se mostraba incoherente e imprecisa, con los mismos giros que él imprime cuando habla. Me sentí halagado, lo admito, porque fuera capaz de mostrarse de ese modo frente a mí. Reproducía de forma milimétrica palabras que yo había pronunciado en clase y las convertía en reproches: atacaba que les prohíba comer chicle, me llamaba feo, estaba ofendido porque en los cambios de clase no se puede salir del aula. Nadie hubiera podido retener mis expresiones, y reinterpretarlas, salvo él. La primera frase del texto era “desde este momento tu mente está bajo mi control”. Me decidí a guardar el secreto. Ambos tenemos ya demasiados problemas. Lo asumo como un lance digno. Eso sí, me quedé con las ganas de hablar con él del tema, de introducirme en su mundo, partir esa barrera y ver las luces que él ve, jugar con los duendes, echar carreras con las hadas y morir de mil formas espantosas. No puedo. Todos mis mecanismos restallan cuando concibo alguna idea más rara de la cuenta, a pesar de que a veces me dé por mirar a través de esa ventana.
Existen muchos chicos con este síndrome que no están diagnosticados, cuyos padres los reprenden y no logran comprender que sus adolescentes razonan de un modo diferente al del resto de especimenes de su edad. Yo siento lástima por Lobato porque su apertura al mundo será difícil, porque no conseguirá un desarrollo normal nunca, porque sus compañeros de trabajo se reirán de él, durante las horas del café… y la soledad no le viene bien. ¿Pero acaso existe otra opción para él que no sea estar solo? Los adolescentes están demasiado ocupados en entenderse a sí mismos: no dedican una porción de su tiempo a comprender también a quien más necesita ser comprendido. Todo adolescente se siente la persona más rara del Universo, todo adolescente se siente poseedor del asteroide B-612 y no mira más allá de los cascabeles de su estrella. Todos se sienten. Lobato lo es.
Asperger y el Asteroide
Cambio los nombres, el resto es verídico. Estamos de excursión y todos los chicos comparten la comida salvo él. Lobato permanece con la mirada ida, dando tumbos como las piedras que arrojan contra los patos los alumnos disruptivos. Su madre tuvo la idea feliz de animarlo a venir. Ya aquí, Lobato consiguió durante las tres primeras horas pasar el mayor tiempo posible con nosotros. Los profesores, con otras necesidades comunicativas más adultas, deseosos también de ver si sería capaz de superarse, lo dejamos con verónicas (Sánchez y Martínez) y naturales (un libro de naturales repleto de manchas de bollería industrial), frente al “Toro” (apodo de Miguel Cañas). Pronto las compañeras lo abandonaron y las burlas del fornido muchacho, que se fue con ellas dos, lo devolvieron soltero y solitario a las inmediaciones del lago.
Lobato posee un síndrome que los sicólogos denominan “Asperger”, que no es demasiado semejante al autismo, aunque mucha gente tiende a confundirlos. Probablemente complete sus estudios de Secundaria y no sería raro que llegara a Bachillerato o, incluso, a la Universidad. De hecho, no es infrecuente que algunos de estos chicos introvertidos, con descomunales problemas de adaptación, lleguen más lejos que otros de una normalidad más aparente que cierta. No es tonto, todo lo contrario, pero sus alardes intelectuales están concentrados en puntos excepcionalmente concretos del saber humano. Pinta alas de mariposa, en un cuaderno de esquinas puntiagudas, y las dota de un realismo que me enternece y me asusta. Sin embargo, frecuentemente las musarañas anidan en su cabeza y no es capaz de mantenerse a este lado de la realidad: se distrae. Y cuando atiende, no oye. Percibe rumores y colores, pero no ve. No siempre, al menos. Su mente vara por otros derroteros, en mundos de elfos, dibujos animados y sucesos a un tiempo perversos y ancestrales. Pero no siempre. Otros días, parece (y es) un chico normal: copia, pregunta, siente calor y frío.
En los recreos casi siempre lo veo solo, con un libro, con las mejillas de un color cobrizo: su cabeza no se estanca jamás, pero cualquiera que lo observe sin excesivo mimo diría de él que permanece en Babia. Parece distraído, pero capta más matices que el resto y razona de forma magnífica. Creo que fue Lobato quien me hizo llegar una carta anónima, hace unos días. Lo sé porque se mostraba incoherente e imprecisa, con los mismos giros que él imprime cuando habla. Me sentí halagado, lo admito, porque fuera capaz de mostrarse de ese modo frente a mí. Reproducía de forma milimétrica palabras que yo había pronunciado en clase y las convertía en reproches: atacaba que les prohíba comer chicle, me llamaba feo, estaba ofendido porque en los cambios de clase no se puede salir del aula. Nadie hubiera podido retener mis expresiones, y reinterpretarlas, salvo él. La primera frase del texto era “desde este momento tu mente está bajo mi control”. Me decidí a guardar el secreto. Ambos tenemos ya demasiados problemas. Lo asumo como un lance digno. Eso sí, me quedé con las ganas de hablar con él del tema, de introducirme en su mundo, partir esa barrera y ver las luces que él ve, jugar con los duendes, echar carreras con las hadas y morir de mil formas espantosas. No puedo. Todos mis mecanismos restallan cuando concibo alguna idea más rara de la cuenta, a pesar de que a veces me dé por mirar a través de esa ventana.
Existen muchos chicos con este síndrome que no están diagnosticados, cuyos padres los reprenden y no logran comprender que sus adolescentes razonan de un modo diferente al del resto de especimenes de su edad. Yo siento lástima por Lobato porque su apertura al mundo será difícil, porque no conseguirá un desarrollo normal nunca, porque sus compañeros de trabajo se reirán de él, durante las horas del café… y la soledad no le viene bien. ¿Pero acaso existe otra opción para él que no sea estar solo? Los adolescentes están demasiado ocupados en entenderse a sí mismos: no dedican una porción de su tiempo a comprender también a quien más necesita ser comprendido. Todo adolescente se siente la persona más rara del Universo, todo adolescente se siente poseedor del asteroide B-612 y no mira más allá de los cascabeles de su estrella. Todos se sienten. Lobato lo es.
Lobato posee un síndrome que los sicólogos denominan “Asperger”, que no es demasiado semejante al autismo, aunque mucha gente tiende a confundirlos. Probablemente complete sus estudios de Secundaria y no sería raro que llegara a Bachillerato o, incluso, a la Universidad. De hecho, no es infrecuente que algunos de estos chicos introvertidos, con descomunales problemas de adaptación, lleguen más lejos que otros de una normalidad más aparente que cierta. No es tonto, todo lo contrario, pero sus alardes intelectuales están concentrados en puntos excepcionalmente concretos del saber humano. Pinta alas de mariposa, en un cuaderno de esquinas puntiagudas, y las dota de un realismo que me enternece y me asusta. Sin embargo, frecuentemente las musarañas anidan en su cabeza y no es capaz de mantenerse a este lado de la realidad: se distrae. Y cuando atiende, no oye. Percibe rumores y colores, pero no ve. No siempre, al menos. Su mente vara por otros derroteros, en mundos de elfos, dibujos animados y sucesos a un tiempo perversos y ancestrales. Pero no siempre. Otros días, parece (y es) un chico normal: copia, pregunta, siente calor y frío.
En los recreos casi siempre lo veo solo, con un libro, con las mejillas de un color cobrizo: su cabeza no se estanca jamás, pero cualquiera que lo observe sin excesivo mimo diría de él que permanece en Babia. Parece distraído, pero capta más matices que el resto y razona de forma magnífica. Creo que fue Lobato quien me hizo llegar una carta anónima, hace unos días. Lo sé porque se mostraba incoherente e imprecisa, con los mismos giros que él imprime cuando habla. Me sentí halagado, lo admito, porque fuera capaz de mostrarse de ese modo frente a mí. Reproducía de forma milimétrica palabras que yo había pronunciado en clase y las convertía en reproches: atacaba que les prohíba comer chicle, me llamaba feo, estaba ofendido porque en los cambios de clase no se puede salir del aula. Nadie hubiera podido retener mis expresiones, y reinterpretarlas, salvo él. La primera frase del texto era “desde este momento tu mente está bajo mi control”. Me decidí a guardar el secreto. Ambos tenemos ya demasiados problemas. Lo asumo como un lance digno. Eso sí, me quedé con las ganas de hablar con él del tema, de introducirme en su mundo, partir esa barrera y ver las luces que él ve, jugar con los duendes, echar carreras con las hadas y morir de mil formas espantosas. No puedo. Todos mis mecanismos restallan cuando concibo alguna idea más rara de la cuenta, a pesar de que a veces me dé por mirar a través de esa ventana.
Existen muchos chicos con este síndrome que no están diagnosticados, cuyos padres los reprenden y no logran comprender que sus adolescentes razonan de un modo diferente al del resto de especimenes de su edad. Yo siento lástima por Lobato porque su apertura al mundo será difícil, porque no conseguirá un desarrollo normal nunca, porque sus compañeros de trabajo se reirán de él, durante las horas del café… y la soledad no le viene bien. ¿Pero acaso existe otra opción para él que no sea estar solo? Los adolescentes están demasiado ocupados en entenderse a sí mismos: no dedican una porción de su tiempo a comprender también a quien más necesita ser comprendido. Todo adolescente se siente la persona más rara del Universo, todo adolescente se siente poseedor del asteroide B-612 y no mira más allá de los cascabeles de su estrella. Todos se sienten. Lobato lo es.
martes, 28 de octubre de 2008
El De Lorean y el de Bolonia
Hay horas que no existen. Madrugada del domingo. Me propongo realizar un experimento antropológico fascinante. He optado por mantenerme despierto justo hasta ahora. Son las dos y, si todo me sale bien, cuando termine de redactar estas líneas, seguirán siendo las dos. O volverán a serlo, mejor dicho. Si consigo cumplir con el reloj, que tengo sincronizado con la Puerta del Sol de Madrid, esta página será invisible, me sentiré Michael J. Fox y habré viajado al pasado o regresado del futuro, porque habré escrito una columna en una hora inexistente. Paradójicamente, pretendo en ese tiempo contar una historia de otra hora que no existió tampoco. Pero de otra manera.
La mañana del pasado miércoles se inició como cualquier otra. Tomé mi maletín, crucé el vestíbulo principal del edificio y me adentré en el pasillo donde dan clase los grupos de bachillerato. Para mi sorpresa, todas las aulas estaban a oscuras. No había nadie. Me planteé seriamente si mi reloj estaba correcto, dado que mi grupo de segundo suele ser puntual. Tal vez, hubiera llegado yo más temprano de la cuenta. No, nada de eso. Bajé de nuevo, comuniqué el hallazgo al jefe de estudios y fui a tomar café con otro compañero, que se encontraba en la misma situación. Ya: sin más. Habían hecho huelga. A través de los mensajes a móviles, del Tuenti y de otras páginas de Internet, gracias al mésenyer, habían coordinado una reivindicación que la mayoría de ellos no comprendía demasiado bien. En mi opinión y en su mayoría, demostraron ser bastante vagos, pero no solidarios. Eso sí, durante mi clase del día siguiente (esa sí existió), me asediaron a preguntas sobre el tema. Transcribo aquí, junto con mis respuestas, lo que fue surgiendo. Quizá esta información le sirve a alguien para enterarse de algo.
¿Por qué no vinimos ayer? Porque había una huelga contra el Plan Bolonia, convocada por el Sindicato de Estudiantes. ¿Qué es ese plan? Básicamente, un acuerdo europeo para poner en común los planes de todos los países de la Unión, que no se parecen demasiado entre sí. Bueno, pero ¿y por qué nos quejamos? Se suponen que estáis en contra de que se privatice la Enseñanza Pública. ¿Qué significa que se privatice la Universidad? Nadie lo entiende muy bien, ni siquiera yo. Las Universidades, a día de hoy, tienen acuerdos muy amistosos con ciertos bancos y cajas y se deben favores entre ellos. ¿Y eso afecta a los universitarios o solo a los bancos? Sí, les afecta, por eso se ponen en huelga los universitarios: se intuye que todo tenderá a proyectarse al mundo de la empresa. Toda titulación ha de ser rentable, servir para crear empresas y generar dinero. Si una facultad no es productiva, es castigada. ¿Todas las facultades podrán ser rentables? Evidentemente, no. Aquellas que son de Humanidades van a pasarlo mal, porque no se ajustan a las directrices europeas. ¿Nos afecta eso a nosotros? Sí, en la medida en la que pronto seréis universitarios. Además, vuestro sindicato considera que ha aumentado la inversión en la Enseñanza Privada y Concertada y que está perdiendo comba la Educación Pública, que es la vuestra. ¿Es eso cierto? No lo sé, honestamente. No creo que el problema de la Pública sea que la Concertada reciba más dinero. De hecho, me alegro por los profesores de la Privada: no hay que ser envidiosos. ¿Y qué es lo que se ha dicho que pasará con las becas? Se supone que se pretende sustituir las becas universitarias por préstamos con interés muy bajo que, a medio o largo plazo, hay que devolver. ¿En serio? No me lo creo demasiado, la verdad. Al menos, no creo que eso suceda en los próximos años. Eso sí, parece claro que si no hay dinero en ningún ámbito de la sociedad, las becas se recortarán también… Pero, ¿entonces nadie irá a la universidad? Sí, iréis, pero se dice que habrá menos estudiantes. De todas formas, también se comenta que van a endurecer selectividad, incluyendo un examen oral y haciéndolo más complicado todo. Eso sí le quitará las ganas a más de uno. ¡Esto es una estafa! ¡Hay que protestar! ¿Cuándo habrá otra huelga? Por lo pronto está prevista otra, para el 13 de noviembre (…).
Hay horas que no existen. Madrugada del domingo. Me propongo realizar un experimento antropológico fascinante. He optado por mantenerme despierto justo hasta ahora. Son las dos y, si todo sale bien, cuando termine de redactar estas líneas, seguirán siendo las dos.
La mañana del pasado miércoles se inició como cualquier otra. Tomé mi maletín, crucé el vestíbulo principal del edificio y me adentré en el pasillo donde dan clase los grupos de bachillerato. Para mi sorpresa, todas las aulas estaban a oscuras. No había nadie. Me planteé seriamente si mi reloj estaba correcto, dado que mi grupo de segundo suele ser puntual. Tal vez, hubiera llegado yo más temprano de la cuenta. No, nada de eso. Bajé de nuevo, comuniqué el hallazgo al jefe de estudios y fui a tomar café con otro compañero, que se encontraba en la misma situación. Ya: sin más. Habían hecho huelga. A través de los mensajes a móviles, del Tuenti y de otras páginas de Internet, gracias al mésenyer, habían coordinado una reivindicación que la mayoría de ellos no comprendía demasiado bien. En mi opinión y en su mayoría, demostraron ser bastante vagos, pero no solidarios. Eso sí, durante mi clase del día siguiente (esa sí existió), me asediaron a preguntas sobre el tema. Transcribo aquí, junto con mis respuestas, lo que fue surgiendo. Quizá esta información le sirve a alguien para enterarse de algo.
¿Por qué no vinimos ayer? Porque había una huelga contra el Plan Bolonia, convocada por el Sindicato de Estudiantes. ¿Qué es ese plan? Básicamente, un acuerdo europeo para poner en común los planes de todos los países de la Unión, que no se parecen demasiado entre sí. Bueno, pero ¿y por qué nos quejamos? Se suponen que estáis en contra de que se privatice la Enseñanza Pública. ¿Qué significa que se privatice la Universidad? Nadie lo entiende muy bien, ni siquiera yo. Las Universidades, a día de hoy, tienen acuerdos muy amistosos con ciertos bancos y cajas y se deben favores entre ellos. ¿Y eso afecta a los universitarios o solo a los bancos? Sí, les afecta, por eso se ponen en huelga los universitarios: se intuye que todo tenderá a proyectarse al mundo de la empresa. Toda titulación ha de ser rentable, servir para crear empresas y generar dinero. Si una facultad no es productiva, es castigada. ¿Todas las facultades podrán ser rentables? Evidentemente, no. Aquellas que son de Humanidades van a pasarlo mal, porque no se ajustan a las directrices europeas. ¿Nos afecta eso a nosotros? Sí, en la medida en la que pronto seréis universitarios. Además, vuestro sindicato considera que ha aumentado la inversión en la Enseñanza Privada y Concertada y que está perdiendo comba la Educación Pública, que es la vuestra. ¿Es eso cierto? No lo sé, honestamente. No creo que el problema de la Pública sea que la Concertada reciba más dinero. De hecho, me alegro por los profesores de la Privada: no hay que ser envidiosos. ¿Y qué es lo que se ha dicho que pasará con las becas? Se supone que se pretende sustituir las becas universitarias por préstamos con interés muy bajo que, a medio o largo plazo, hay que devolver. ¿En serio? No me lo creo demasiado, la verdad. Al menos, no creo que eso suceda en los próximos años. Eso sí, parece claro que si no hay dinero en ningún ámbito de la sociedad, las becas se recortarán también… Pero, ¿entonces nadie irá a la universidad? Sí, iréis, pero se dice que habrá menos estudiantes. De todas formas, también se comenta que van a endurecer selectividad, incluyendo un examen oral y haciéndolo más complicado todo. Eso sí le quitará las ganas a más de uno. ¡Esto es una estafa! ¡Hay que protestar! ¿Cuándo habrá otra huelga? Por lo pronto está prevista otra, para el 13 de noviembre (…).
Hay horas que no existen. Madrugada del domingo. Me propongo realizar un experimento antropológico fascinante. He optado por mantenerme despierto justo hasta ahora. Son las dos y, si todo sale bien, cuando termine de redactar estas líneas, seguirán siendo las dos.
martes, 14 de octubre de 2008
La bandera de los padres
La arrogante niña de mejillas sonrosadas que pare en las películas un precioso texto sobre las barras y las estrellas, en mi barrio no pasaría del tercer telediario. En todo caso, saldría en el segundo, en el de mediodía: le pegarían una paliza, la grabarían con el móvil y Matías Prat hablaría de ello. Sin embargo, echo en falta un poco de patriotismo barato en mis aulas. Despierta esta columna tras un puente cito sobre nuestra fiesta nacional y dedico diez minutos de mi tiempo a pensar cuántas veces escuché el himno español en la escuela. Supongo que… tantas como mis alumnos, tantas como puntos sacó en Eurovisión la canción de Remedios Amaya. Así de raro soy: me planteo si alguien alguna vez me explicó por qué la bandera es roja y amarilla. A duras penas recuerdo de dónde procede “Hispania” y tomo conciencia de que no podría citar las provincias de Castilla León, ni con una chuleta. El doce de octubre es la fiesta del descrédito, por tanto. ¿Qué es eso de Pilar? ¿Qué pasa con la Patria? De verde y blanco se llenan los calendarios en febrero. Nuestros infantes aprenden la letra del ídem y la cantan sin excesivo sarcasmo. Las aulas son verdes y blancas, en muchos institutos, pero jamás vi ningún elemento ornamental nacional. Pregunta: ¿dónde termina España? Respuesta: donde comienza Andalucía. De “plus ultra”, ni mijita. Los papeles timbrados, lo son en andaluz. Los impresos donde se justifican las faltas, las papeleras a donde varan estos, todo rezuma un andalucismo anacrónico para una comunidad sin patria, donde el porcentaje de nacionalistas se aproxima al de testigos de Jehová. Pero de España, ni rastro.
Puedo comprender y comprendo que las competencias en materia de educación estén transferidas a las autonomías. Mi nómina, en última instancia, la respalda Chaves y no Zapatero, lo cual está muy bien porque a la hora de quejarme me queda más cerca Heliópolis que la mansión del otro. Me parece bien la legislación y ni entro ni salgo, porque es lo último de lo que me acuerdo cuando veo a un chico que no se sienta [del verbo ‘sentar’] de forma correcta. Ahora bien, ¿no deberíamos conseguir que nuestros chicos se sientan [de ‘sentir’] un poco más españoles, también? ¿Dónde quedaron las actividades para conocer al resto de comunidades? ¿No deberíamos, desde la escuela, borrar las diferencias entre vascos y catalanes, mitigar los odios, hermanar las regiones y no disgregarlas? No nos damos cuenta, pensamos que el separatismo emana de otras regiones, pero nosotros no fomentamos la común unión, tampoco: se aventan los tópicos en las explicaciones y se pasa de puntillas sobre los temas geográficos, literarios e históricos que se centran en otras regiones.
Por desgracia, y para más guasa, en nuestros centros toda referencia nacional se asocia con el fascismo por parte de los alumnos… pero también de no pocos profesores. Solo los adolescentes de ciertos colegios privados llevan banderas de España y no son, precisamente, apreciados por ello, salvo en sus restringidos círculos sociales. No hay, en general, en la pública, demasiadas pegatinas con banderas, ni referencia alguna al toro o al escudo hercúleo, en las carpetas de los alumnos. Y casi mejor. Lo prefiero porque evita problemas y todo lo que evite problemas tiene mi apoyo. ¡Ah, por cierto, he recordado otro! Existe otro distintivo fabuloso. Sí, por supuesto. Como la ley así lo establece, el retrato del Rey ha de presidirnos. Estar… está, claro. Pero resulta curioso cómo se esconde en vete tú a saber dónde. En algún despacho oscuro, en algún pasillo poco frecuentado, en un departamento que casi nadie abre… allí te toparás, en alguna guardia de abril, cuando ya descartabas hacer descubrimientos nuevos sobre el edificio, con un deslucido retrato de Sofía y de Juan Carlos, más abandonado que el Cristo de Marcelino pan y vino en su desván. Buscarlo equivale a iniciar una expedición para hallar un tesoro. Delata la importancia que tiene España para nuestro sistema educativo.
Vamos camino de ser reconquistados desde dentro, por pura abulia. Si no tenemos letra que cantar, si no existe un poema elocuente, me conformo con poseer al menos una alineación campeona o una lista de empresas del IBEX-35 en la que creer cuando tenga los ojos cerrados. “España” es, en la escuela, un tabú mayor que el sexo. ¿Están peleados los modelos educativos y los términos medios? Añoro un poco de más cordura. En serio, ¿tanto trabajo cuesta llegar y no pasarse?
Puedo comprender y comprendo que las competencias en materia de educación estén transferidas a las autonomías. Mi nómina, en última instancia, la respalda Chaves y no Zapatero, lo cual está muy bien porque a la hora de quejarme me queda más cerca Heliópolis que la mansión del otro. Me parece bien la legislación y ni entro ni salgo, porque es lo último de lo que me acuerdo cuando veo a un chico que no se sienta [del verbo ‘sentar’] de forma correcta. Ahora bien, ¿no deberíamos conseguir que nuestros chicos se sientan [de ‘sentir’] un poco más españoles, también? ¿Dónde quedaron las actividades para conocer al resto de comunidades? ¿No deberíamos, desde la escuela, borrar las diferencias entre vascos y catalanes, mitigar los odios, hermanar las regiones y no disgregarlas? No nos damos cuenta, pensamos que el separatismo emana de otras regiones, pero nosotros no fomentamos la común unión, tampoco: se aventan los tópicos en las explicaciones y se pasa de puntillas sobre los temas geográficos, literarios e históricos que se centran en otras regiones.
Por desgracia, y para más guasa, en nuestros centros toda referencia nacional se asocia con el fascismo por parte de los alumnos… pero también de no pocos profesores. Solo los adolescentes de ciertos colegios privados llevan banderas de España y no son, precisamente, apreciados por ello, salvo en sus restringidos círculos sociales. No hay, en general, en la pública, demasiadas pegatinas con banderas, ni referencia alguna al toro o al escudo hercúleo, en las carpetas de los alumnos. Y casi mejor. Lo prefiero porque evita problemas y todo lo que evite problemas tiene mi apoyo. ¡Ah, por cierto, he recordado otro! Existe otro distintivo fabuloso. Sí, por supuesto. Como la ley así lo establece, el retrato del Rey ha de presidirnos. Estar… está, claro. Pero resulta curioso cómo se esconde en vete tú a saber dónde. En algún despacho oscuro, en algún pasillo poco frecuentado, en un departamento que casi nadie abre… allí te toparás, en alguna guardia de abril, cuando ya descartabas hacer descubrimientos nuevos sobre el edificio, con un deslucido retrato de Sofía y de Juan Carlos, más abandonado que el Cristo de Marcelino pan y vino en su desván. Buscarlo equivale a iniciar una expedición para hallar un tesoro. Delata la importancia que tiene España para nuestro sistema educativo.
Vamos camino de ser reconquistados desde dentro, por pura abulia. Si no tenemos letra que cantar, si no existe un poema elocuente, me conformo con poseer al menos una alineación campeona o una lista de empresas del IBEX-35 en la que creer cuando tenga los ojos cerrados. “España” es, en la escuela, un tabú mayor que el sexo. ¿Están peleados los modelos educativos y los términos medios? Añoro un poco de más cordura. En serio, ¿tanto trabajo cuesta llegar y no pasarse?
domingo, 12 de octubre de 2008
Diverso y divertido
Me sorprendí sintiéndome dolido cuando uno de los chicos de la primera fila me dijo que me echaba diez años más de los que tengo. Para ellos cualquier persona con más de veinte es un anciano, me dije, pero lo cierto es que cada día que pasas aquí, envejeces una inmensidad. No obstante, todos seguimos buscando el paraíso perdido, todos seguimos recorriendo los pasillos con el deseo de colmar nuestros sueños, aquellas esperanzas que teníamos antes de ser profesores: ideales de paz y bien. En suma, hallar la fuente de la eterna juventud. Anoto en mi libro de ruta, recorto más y más señas y esquinas. De pronto, tengo una revelación. Cruzo el umbral y topo con ellos.
Paso ocho horas a la semana con los chicos de Diversificación y puedo decir con la boca bien grande que son lo mejor que me ha pasado en esta profesión nunca. Acostumbro a dar mucha cera al sistema, pero no se me caen los anillos por admitir que la Diversificación es uno de los mayores aciertos de todas las reformas hechas desde que las Olimpiadas de Cobi incendiaran su pebetero. Para los no versados, resumo el plan. Toman a ocho o diez alumnos, de tercero o cuarto de ESO, a los que les cuesta trabajo estudiar. Han de ser trabajadores, voluntariosos y, sobre todo, no presentar problemas de disciplina. Se les asignan dos profesores de referencia (uno les imparte ocho horas de las asignaturas de letras y otro, otras ocho de ciencias). Al ser un grupo muy reducido, prácticamente puedes tratarlos como si fueran clases particulares. Al final de los dos años obtienen, si han hecho bien su trabajo, el título y con él pueden acceder a un ciclo formativo… ¡o hacer lo que quieran! A priori pensé que el resto de alumnos arremeterían contra ellos, que se quedarían muy aislados por las peculiares características que presenta dicho grupo. Sin embargo, no he visto ningún indicio de ello, hasta la fecha. El resto de asignaturas sí las comparten con el resto de alumnos del grupo y nadie se extraña porque salgan del aula ordinaria unas cuantas horas. Con ellos, y por primera vez desde que ejerzo esta profesión, me encontré con chicos que realmente quieren aprender, que guardan silencio, que son educados y respetuosos contigo. He conocido ya varios grupos de diversificación a lo largo de estos años y he de reconocer que todos ellos tenían una calidad humana muy superior a la media del resto de clases. Es un placer trabajar con ellos y estoy convencido de que ese clima de trabajo es más que adecuado para personas con capacidades algo limitadas o que presentan cierto retraso por venir del extranjero, por pertenecer a estratos sociales muy bajos o por haber tenido cualquier tipo de experiencia traumática. Tienen asignadas, también, visitas periódicas de la orientadora para que los ayude en todo lo relacionado con las técnicas de estudio. Ella los anima, también, cuando tienen la moral algo más baja. Todos mejoran y la mayoría consigue sus objetivos, si la selección ha sido hecha correctamente. Los profesores consideramos la Diversificación un premio para el alumno… pero también lo es para nosotros.
Desafortunadamente, hay padres que no aceptan que sus hijos vayan a “díver”. Algunos docentes se han dedicado a difundir la leyenda de que es un “grupo para tontos”, cuando en muchos casos el nivel de estos alumnos no es inferior al de los otros terceros y cuartos. No recortamos los contenidos, aunque sí se los hacemos más asequibles. Cuando tú nominas a un alumno para ir a Diversificación y su madre o su padre no dan su consentimiento, la impotencia que sientes es indescriptible. Los docentes siempre buscamos el bien de nuestros alumnos. Por tanto, si yo fuera padre y el tutor de mi hijo me dijera que lo mejor para mi vástago es ir a “díver”, le daría un abrazo a ambos. Podría estar seguro de que el comportamiento y esfuerzo de mi hijo son máximos, porque la oferta recibida es un premio… pero también estaría feliz porque sé que va a ser tratado con el mayor esmero posible, porque participará del grupo más selecto de todo el instituto, pasando a tener a huevo el título de graduado.
Paso ocho horas a la semana con los chicos de Diversificación y puedo decir con la boca bien grande que son lo mejor que me ha pasado en esta profesión nunca. Acostumbro a dar mucha cera al sistema, pero no se me caen los anillos por admitir que la Diversificación es uno de los mayores aciertos de todas las reformas hechas desde que las Olimpiadas de Cobi incendiaran su pebetero. Para los no versados, resumo el plan. Toman a ocho o diez alumnos, de tercero o cuarto de ESO, a los que les cuesta trabajo estudiar. Han de ser trabajadores, voluntariosos y, sobre todo, no presentar problemas de disciplina. Se les asignan dos profesores de referencia (uno les imparte ocho horas de las asignaturas de letras y otro, otras ocho de ciencias). Al ser un grupo muy reducido, prácticamente puedes tratarlos como si fueran clases particulares. Al final de los dos años obtienen, si han hecho bien su trabajo, el título y con él pueden acceder a un ciclo formativo… ¡o hacer lo que quieran! A priori pensé que el resto de alumnos arremeterían contra ellos, que se quedarían muy aislados por las peculiares características que presenta dicho grupo. Sin embargo, no he visto ningún indicio de ello, hasta la fecha. El resto de asignaturas sí las comparten con el resto de alumnos del grupo y nadie se extraña porque salgan del aula ordinaria unas cuantas horas. Con ellos, y por primera vez desde que ejerzo esta profesión, me encontré con chicos que realmente quieren aprender, que guardan silencio, que son educados y respetuosos contigo. He conocido ya varios grupos de diversificación a lo largo de estos años y he de reconocer que todos ellos tenían una calidad humana muy superior a la media del resto de clases. Es un placer trabajar con ellos y estoy convencido de que ese clima de trabajo es más que adecuado para personas con capacidades algo limitadas o que presentan cierto retraso por venir del extranjero, por pertenecer a estratos sociales muy bajos o por haber tenido cualquier tipo de experiencia traumática. Tienen asignadas, también, visitas periódicas de la orientadora para que los ayude en todo lo relacionado con las técnicas de estudio. Ella los anima, también, cuando tienen la moral algo más baja. Todos mejoran y la mayoría consigue sus objetivos, si la selección ha sido hecha correctamente. Los profesores consideramos la Diversificación un premio para el alumno… pero también lo es para nosotros.
Desafortunadamente, hay padres que no aceptan que sus hijos vayan a “díver”. Algunos docentes se han dedicado a difundir la leyenda de que es un “grupo para tontos”, cuando en muchos casos el nivel de estos alumnos no es inferior al de los otros terceros y cuartos. No recortamos los contenidos, aunque sí se los hacemos más asequibles. Cuando tú nominas a un alumno para ir a Diversificación y su madre o su padre no dan su consentimiento, la impotencia que sientes es indescriptible. Los docentes siempre buscamos el bien de nuestros alumnos. Por tanto, si yo fuera padre y el tutor de mi hijo me dijera que lo mejor para mi vástago es ir a “díver”, le daría un abrazo a ambos. Podría estar seguro de que el comportamiento y esfuerzo de mi hijo son máximos, porque la oferta recibida es un premio… pero también estaría feliz porque sé que va a ser tratado con el mayor esmero posible, porque participará del grupo más selecto de todo el instituto, pasando a tener a huevo el título de graduado.
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