domingo, 6 de marzo de 2011

Zodiac

Trabajé dos años en un instituto de la costa de Cádiz. Recuerdo con pasión una mañana, estando en una clase tempranera, en que se formó un revuelo descomunal entorno a la ventana. Los alumnos, que estaban medio dormidos, muchos de ellos con el chaquetón puesto, se despertaron como si hubiera tocado una corneta militar. Aquel era un grupo malo, de alumnos de primero de la ESO. De mal comportamiento, aunque de buen oído. El centro se encontraba lejos de la playa, pero a veces se escuchaban ciertos rumores procedentes del litoral. Una embarcación, a gran velocidad, había perturbado mi(s) dictado(s). “¿Por qué os levantáis?, ¡volved a vuestros sitios!”. Ninguno me obedeció a la primera. Y pocos a la segunda. Por aquel entonces, me costaba la propia vida tener a los nenes sentados y en silencio.

-Maestro… Es que… Eso era una zodiac de los narcos. Y detrás van los civiles seguro, porque están muy cerca de la costa. ¡Mola!

Varios celebraron la noticia y yo seguí indagando, pues no comprendía demasiado bien por qué eso era una buena noticia. Podía comprender que aquella fuera una situación “estimulante” y también que, en su imaginario colectivo, los narcos son los buenos de la película. Los civiles eran una suerte de aguafiestas que, con frecuencia, entraban en el recinto del instituto armando gresca, revolviendo mochilas, y llevándose a unos cuantos al cuartelillo. Aquellos, cómo no, entraban siendo adolescentes y salían, en mitad de la mañana, convertidos en mito. Por todo ello, los civiles eran los malos y huir de los malos es motivo de júbilo. Ahora bien, no me quedaba claro en qué les beneficiaba a ellos esa huida acuática.

-¿No te das cuenta? Si las patrulleras los persiguen, tendrán que tirar los fardos por la borda. En un par de días, las bolsas llegarán a la orilla. Basta con estar ahí y… ¡zas! ¿No ves a Miguel? Miguel encontró algo hace tiempo. Lo vendió y ahora tiene dinero. Ahora compra ropa de dinero y tiene moto. Porque… Maestro, ¿qué harías tú si encontraras un fardo? ¡Dámelo! ¡Dámelo, por favor! ¡Y yo te lo vendo y te doy la mitad!

Algo así como la lotería de Navidad, en pleno mes de febrero. Un mecanismo de promoción social, en plena crisis. El pueblo lo acepta como un hecho discutible y puntual, que merece una penitencia diminuta. Ese dinero alimenta los comercios locales, la cafetería del instituto y los bares de copas. Es bueno para todos que la zodiac suelte su maná en nuestro pueblo y no en el de al lado. Además, cambiar unas zapatillas de mercadillo por unas NIKE demuestra que hemos medrado, ganando categoría, como todo el mundo hace, cuando puede. ¿Cómo criticarlo? Cada uno hace lo que puede, no lo que debe. Tal vez, no lo niego, yo me quedara una maleta repleta de euros. Perdón, retiro la cortesía: lo haría seguro. ¿Quién va a devolverlo? ¿Quién, si viene del mar, no se apoderaría de la joya de la vieja del TITANIC para subastarla por eBAY? Asumo que un colgante no mata y que la droga sí. Sin embargo, en los ojos expectantes de mis alumnos, mis reproches de entonces, no dejaban de ser matices.

Dos días más tarde, para echar para abajo la comida, me puse un chándal y salí a pasear por la playa. Muchos jugaban al fútbol, haciendo tiempo quizá, y otros habían salido a correr. Medio instituto estaba en la orilla, como nunca, practicando deporte, contemplando la belleza de un ocaso invernal, tan débil y tan puro, como un recién nacido. ¡Bendito narcotráfico que hace que los nenes hagan deporte!, pensé. Todo tiene su lado bueno, en suma. Y me sonreí, tímidamente, al descubrir algo sobresaliente en una de las dunas. ¿Y si aquello fuera…? Reconozco que me acerqué. Se trataba de un bote de pintura y tuve que seguir usando los mismos zapatos una buena temporada.

Pizarras digitales

Este año se han implantado las pizarras digitales. Sin embargo, os reconozco que yo jamás he utilizado ninguna. Cuando la Junta dice “se han implantado”, generalmente lo querría haber dicho es “se ha comenzado a” o, en su defecto, “algunos centros ya cuentan con”. Yo, por el momento, pertenezco a un instituto des-dotado, áptero para estas vicisitudes. Eso sí, sigo un concienzudo calendario de trabajo y uno de mis propósitos para este 2011 era escribir una columna sobre el tema, así que me fingiré ducho en la materia. (No os dejéis engañar, ni siquiera por mí, no sé de lo que hablo). Mi comodín de “propósito no cumplido” lo reservo para “ir más al gimnasio”, como todos los años.

Me he metido en Youtube y he buscado “pizarra digital”. He visualizado, visionado y visto unos quince o veinte vídeos. En todos, sin excepción, había un profesional del arte de la prestidigitación haciendo malabares digitales para demostrar que el producto es -además de caro- útil y fácil de manejar. Conste en acta que su utilidad me parece innegable: reemplazamos las aburridas pizarras de toda la vida por un proyector que nos permite acceder a Internet en cualquier momento. No tiene sentido pintar un mapa en la pizarra, pudiendo sacarlo de un banco de recursos. O, por ejemplo, si queremos leer el famoso soneto de Lope, sobre los efectos del amor, podemos introducir un fragmento de la película y obsequiarles, de paso, con la canción final de Jorge Drexler. ¡Aburrirse será mucho más difícil con este cachivache! Dejo a un lado la importancia real del aburrimiento y cómo en las colas del paro habremos de instalar pronto animadores socio-culturales porque estamos olvidando que el aburrimiento forma parte de la vida, que también para ese estado han de estar preparados nuestros zagales. Dejo a un lado que tanto “hipervinculismo” hipertrofia la mollera, que está demostrado que un exceso de interactividad vuelve a los nenes más lerdos, y me centro en una coletilla presente en casi todos los vídeos.

“Ayudará a sacar el mayor partido posible a la preparación de las clases”. ¡Tate! ¡Que hay que preparar las clases! ¡Esto…! ¿Y si el problema es que no nos las preparamos? Mentiría si dijera que me preparo las clases de la ESO. Yo, y no me siento mal por decirlo, cojo el libro, lo abro, y les explico, con más o menos acierto en función de cuántas horas durmiera la noche previa. Desayunando, en todo caso, me miro lo que luego voy a contar, y pienso los ejemplos. Me siento como un actor que tiene dieciocho funciones a la semana. Mimas un par de ellas, generalmente las de bachillerato, pero… ¿Podemos configurar y seleccionar material interactivo para dieciocho horas semanales? ¿De dónde sacamos veinte o treinta horas de preparación, a la semana? Aunque la gente llana piensa que los profesores somos profesionales del rascamiento genital, lo cierto es que adaptar materiales, aprender a usar la pizarra digital, tiene mucho trabajo, y no nos sobra tanto tiempo, en nuestro ocioso jornal funcionarial. ¡Y además no es tan fácil! Tiene mérito encontrar cosas adecuadas para mí, que no estoy peleado con las [ya no tan] nuevas tecnologías, así que no quiero ni imaginarme a los pobres maestrillos cuyo librillo ha sido reemplazado ásperamente por un eBOOK, y que teclean con dos dedos. ¿Quién les va a enseñar a ellos a volverse internautas, de pronto? ¿En qué momento del día aprenderán a cazar mariposas en la Red? ¿De dónde van a sacar tiempo para dejarse seducir por esta hermosa revolución?

En conclusión [este es un marcador discursivo de tipo conclusivo, lo digo como pista para los alumnos por si los ponentes escogen este texto para Selectividad, lo cual parece improbable, puesto que he empezado metiéndome con la Junta], considero que la pizarra digital es un gran invento, pero creo que tal inversión debería llevar aparejada una cuantiosa dotación horaria para que algunos aprendan a usarlas y para que otros aprendamos a usarlas bien. Me da miedo pensar que tanto dinero, en época de crisis, no va a redundar en una mejoría en los rendimientos educativos. ¿Alguien se atreve a asegurarlo, pues? ¿Es verdaderamente eficaz todo esto? ¿Es, en esencia, lo que necesitábamos? Por el contrario, sí sé es que no ha venido nadie a preguntarnos. Nadie nos ha preguntado, al menos que yo sepa, qué necesitamos para dar clases. Y, sobre todo, no conozco a nadie que haya demandado como urgencia prioritaria, este tipo de pizarras. Por mi experiencia sé, y mi intuición lo corrobora, que solo empleamos aquellos materiales que hemos solicitado. Por tanto…

Para Selectividad

A mi madre le haría muchísima ilusión que pongan un texto mío en Selectividad. Llevo cinco años escribiendo artículos de opinión y, puesto que es frecuente que se escojan textos que hablan sobre educación, he pensado que quizá este pueda valerle a los ponentes. Escribo en el segundo diario general con más lectores en España y, por supuesto, también lo hago en Andalucía. En caso de que este texto lo seleccionen para selectividad, aviso a los futuros estudiantes de que “Cuyami” es un seudónimo basado en el nombre de un futbolista que destacó en el Polideportivo Almería y en el Recreativo de Huelva. Estaría bonito que hagáis una reflexión sobre por qué para hablar sobre educación un profesor ha de usar un seudónimo. (Si alguno quiere desvariar más de la cuenta sobre la relación entre fútbol y literatura, le doy permiso). Os reconozco que es un poco frustrante que tu seudónimo tenga más entradas en Google que tu nombre real. Sin embargo, si algunas de las cuestiones que escribo se recogieran bajo un nombre real, ese hecho imputaría a mis superiores y compañeros. En tal caso, me acarrearía alguna que otra querella. Y no me apetece.

En la prueba de lengua, en la última década, casi siempre entra, al menos, un texto periodístico. Si va firmado es un artículo de opinión. En caso contrario, una editorial. En tales casos, va aparejada una pregunta llamada “géneros periodísticos”. Estudiándote esa pregunta, más que probablemente, te ahorras saberte toda la literatura. Otros seis puntos podría hacerlos cualquier adulto sin haber estudiado nada (resumir el texto, indicar cuál es la idea principal y realizar un comentario crítico que ha de hablar sobre el contenido del texto y jamás sobre su forma). Solo ofrece algo de más dificultad la pregunta restante de lengua, que en una de las opciones suele estar relacionada con sintaxis, pero que podría ser definir alguna palabra rara o explicar el significado de alguna oración, que es lo que yo escogería para este texto.

Antaño, los adultos que lean estas líneas lo recordarán, había tres asignaturas diferentes: lengua, literatura y comentario de texto. Se ha hecho “ahora”, en la línea del desarrollo de las competencias, un refrito raro, que a nadie convence. Es un poco triste que la literatura, tanto en grupos de letras como de ciencias, se reduzca a dos puntos, como mucho. Lo que más cuenta es que sepáis escribir con cierto sentido. También ayuda que, como mis alumnos harán, llevéis de casa unos cuantos truquillos para aparentar, tales como usar siempre las mismas estructuras de enlace, memorizar citas genéricas para poder incluirlas casi en cualquier tema, y trampitas así. Los más osados citarán libros que no existen y nadie podrá demostrar que “Sin más asuntos que tratar” no es el título de mi autobiografía, pues el corrector tendrá una pila de más de ciento cuarenta cuadernitos, y no cuenta con el apoyo de Internet.

Selectividad es muy fácil. Siempre lo digo. Y si este texto os lo ponen en el que ha de ser el primero de los exámenes, os doy un único consejo para estos días: no tengáis miedo. El noventa por ciento de los que estáis leyendo este texto vais a aprobar selectividad. El diez por ciento restante tendrá septiembre. Ya habéis hecho todo lo que estaba en vuestra mano. Si estáis agobiados por la nota, sabed que ya habéis hecho todo lo que estaba en vuestra mano, también. Ya no depende de vosotros. Será el factor suerte el que va a determinar si entráis o no en la carrera de vuestros sueños. Será la indulgencia del corrector, que entre un tema que vuestro profesor explicó mejor, que no se os vaya la cabeza pensando en el novio que os dejó, no pillar un virus de 24 horas y hacer el examen con fiebre... Hay tantos factores, que no está en vuestra mano controlar, que no merece la pena amargarse estudiando dos o tres horas más esta tarde. Lo peor ya ha pasado, por tanto. Lo peor es sin duda el momento de entrar en el aula, de enseñar el DNI, de leer el texto... Después, pasado ese mal trago, descubres que entiendes lo que pone, que sabes hacer las preguntas. Ahora, justo ahora, te toca ponerte a escribir. Y eso lo llevas haciendo toda tu vida, ¿cómo vas a tenerle miedo a hacer un examen… si llevas toda la vida haciendo exámenes como este?

Orientación

He pasado el puente con un grupo de segundo de bachillerato. Hemos vivido unos días fantásticos, pero ahora me encuentro en la cama por culpa de la fiebre, por haberme abrigado poco. Me vienen, por ese motivo, y a la mente, un montón de recuerdos y de vivencias con ellos. Son sus últimos meses antes de entrar en la universidad y están repletos de dudas y de miedos. Muchos vienen a ti buscando una pista sobre la profesión que más les conviene. Te piden apoyo, pues no se atreven a escoger la carrera que desean. Y son capaces de meterse en Económicas con tal de no afrontar el desafío de llegar a ser lo que verdaderamente desean llegar a ser.

En un brindis sosegado, alguien entonó la palabra “futuro”. Y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Su futuro es un páramo sombrío. El propio de una generación que, por vez primera en demasiado tiempo, tiene peores expectativas que la de sus padres. A ellos les aguarda el vicio de acumular años cotizados, sin ninguna promesa. Y les hablan de carreras que llevan al paro, y que han de evitar, como si alguna pudiera librarles de la certeza de más de cuatro millones de desprecios. ¿Acaso hay alguna orientación válida para salvarse? ¿Pueden hacer algo para escapar del futuro que les aguarda? ¿Hay para ellos, en tal caso, un porvenir habitable? ¿Qué carrera tiene salidas para este laberinto en que hemos convertido el panorama laboral? Muy irónico eso de “tener o no tener salida”. Esa es la cuestión.

La universidad se llenará pronto con los sueños de siempre, pero entran tristes, con las esperanzas mermadas y sobrias, pues todo el mundo les dice que les auguran tiempos difíciles, que habrán de venir para ellos días sin vino ni rosas. Vienen al mundo (laboral) con la desoladora aspiración de cambiar las cosas, pero nadie apuesta un duro por ellos. Como si los anteriores lo hubiéramos hecho mucho mejor. Son una generación condenada a priori, pues se dice de ellos que tienen una cultura estrepitosa, que no saben hacer oficio alguno, que no sirven, ni cuentan, que no pintarán nada.

Estos jóvenes tienen miedo, porque les recibe una sociedad con la mirada sucia, que les vaticina fracaso. Nadie les habla de victoria, ni de pasión. Nadie les enseña a ambicionar, a ganar, a darlo todo para conseguir lo que sueñan. Nadie les enseña a competir. Nadie les pide que luchen por sus sueños, que peleen, que le pinten a cara a los gilipollas conformistas que hemos construido esta sociedad moribunda. En tal caso, si volviera a ser joven, me bañaría de luz para pedirle a todos los viejunos, que habitamos el planeta, que nos dejen un hueco, que nos dejen crecer, sin tantos prejuicios, diciéndole “no” a los jóvenes, sin escuchar antes, ni siquiera, la pregunta.

Los jóvenes, los que este año mandaremos a la universidad, tienen miedo. Porque les hemos enseñado a tener miedo. Nadie les pide que confíen y jamás escuchan un “confío en ti” de entrada, tampoco. La empresa no da trabajo. Hay demasiados abogados. Ya no se necesitan periodistas. Sobran enfermeros y se ha cubierto el cupo de fontaneros y de electricistas. Hay paro en la construcción y los ingenieros y arquitectos han de emigrar. ¿Acaso las humanidades sirven para algo, si no dan de comer? Ni el arte, o la música, tampoco el teatro, o la política, repleta de dinosaurios con el culo pesado. ¿Qué lugar queda para ellos, por tanto? ¿Qué orientación se le da a alguien que te pide un consejo laboral?

Fahrenheit 451

El otro día, en un claustro, el coordinador TIC (que viene a ser el gran chamán de los ordenadores) nos sugirió que nos diéramos de alta en la página web de una editorial nueva que ofrece, de forma gratuita, la probatura de libros digitales para el aula. Nos habló de sus ventajas y, acto seguido, nos explicó que en Cataluña se ha bajado a los centros la partida presupuestaria destinada a libros para que necesariamente hayan de encargar libros digitales para los estudiantes. Las licencias vienen a costar unos treinta euros por grupo, mucho menos que el papel.

De pronto, imaginé una sociedad sin libros, donde los alumnos basen todo su aprendizaje en el contenido de sus portátiles. Se reduciría el peso de las mochilas, a menos de la mitad, y muchos arbolitos mantendrían su vida. Yo siempre fui un niño disperso. (Ahora soy un adulto algo disperso, también). Si se puede acceder a los manuales desde cualquier ordenador, se acabó el contratiempo de dejarte el libro en clase. Desde cualquier ordenador del mundo puedes ver tus actividades y preparar los exámenes, sin necesidad de tener a mano la mochila. Además, resulta más estimulante tener un libro interactivo, a lo Harry Potter, pues estos hacen parecer del cretácico a mis libros de Matemáticas, esos tan feos por los que algunos editores purgarían su tacañería visual… si el purgatorio siguiera existiendo.

Los adultos del hoy lo somos todo por los libros. Llego tarde a la era digital, me temo. Me gusta tocar el papel de lo que leo y pasar página resulta tan proverbial que me aturulla que el grosor de lo leído sea siempre lo mismo, no sentir que avanza en nuestra mano el temblor de cada capítulo. Mi profesión delata que me gustan los libros. A pesar de lo cual, ¿acaso no es la escuela el paso lógico que puede llevar a que estos formatos se impongan? Si los libros de texto en formato digital machacan a los de toda la vida, esos mismos estudiantes no comprarán las novelas de Ruiz Zafón o de Pérez Reverte en papel. ¿Para qué? Si el papel pesa y pasa (de moda). Y no te habla. Ni puede cambiarse el tamaño de las letras en función de si la escena leída es erótica o no.

Fahrenheit 451 habla de una sociedad en la que los libros pasan a estar prohibidos y se encarga a los bomberos que, en caso de encontrarse con alguno, le prendan fuego. Leer te hace plantearte la vida de otro modo y, por ende, te hace más infeliz. No hay infelicidad para quien no escoge. La facultad de poder elegir te hace desgraciado porque, en caso de escoger, en caso de equivocarte, te pones triste y te entran ganas de llorar. Y todas esas cosas. De hecho, muchas veces siento que privar a nuestros alumnos de la educación sería una deferencia repleta de magnificencia, de cara al futuro que les espera. Los haríamos borregos felices, apegados al brillo turbio de la tele, de la pantalla del móvil, de los portátiles y de cualquier otro dispositivo electrónico que se pueda concebir y manipular.

No sé qué pienso. Me da miedo este paso. Me aterra que se imponga el libro digital en las aulas. Será un avance y ya mismo lo veremos, pero no sé si me gusta. Más nos vale acostumbrarnos, pues tiene más ventajas que inconveniencias, pero no sé si me gusta. Solo se me ocurren detallitos en contra. En lo esencial reconozco que está bastante bien. ¡Qué sé yo! Mis recelos, como los de todos, se basan en una cuestión de melancolía y de miedo a envejecer. Supongo que todos, en el fondo, entendemos que los valores rectos son aquellos que se corresponden con nuestra infancia. ¡Y me parece tan lejana de pronto! ¡Me parecen tan lejanas aquellas aulas repletas de gomas de borrar y de sacapuntas! Sin pantallas de ordenador, ni cañones, ni pizarras digitales…

El campo

Profesora: Hombre, Manuel... ¡Tú por aquí! ¿Qué ha pasado? Alumno: [Gruñido de desaprobación]. Profesora: La última vez que hablamos me dijiste que intentarías que no volviéramos a vernos. ¿Te acuerdas de eso? Alumno: [Gruñido de desaprobación]. Profesora: ¿Qué ha pasado? Alumno: [Gruñido de desaprobación]. Profesora: Por favor... Si no me dices qué ha pasado... No podré ayudarte. Alumno: Es que el gilipollas ese... Profesora: Manuel, ya sabes que delante de mí no puedes insultar a otro profesor. Al que tú llamas “gilipollas”, es mi compañero. Venga, cuéntame qué ha pasado. Alumno: Es que el gilipollas ese me ha echado... ¡Y yo no he hecho ni ostia! Yo estaba tan tranquilo, se ha rallado, y me ha empezado a decir cosas. Yo le he dicho que me dejara y me ha echado. ¡Es que es es gilipollas! ¡Es gilipollas! Profesora: El profesor trata de enseñarte a comportarte, por tu bien. Alumno: [Gruñuido de desaprobación, mientras trocea un cuaderno].

P: Tú has pensado... que algún día... Todo esto acabará. Saldrás del instituto y tendrás que dedicarte a algo. ¿Sabes qué será de ti sin el graduado? A: ¿Para qué quiero yo el graduado ese? Ya se lo pueden meter por el culo los maestros. Yo voy al campo, con mi viejo, y en una mañana gano dinero para salir un mes. Y si no, trapicheando un poco, gano más en un semana que tú en un mes. P: Ya, pero tú sabes que la gente que trapichea acaba en la cárcel. Y el campo... ¿Quieres pasar toda tu vida en el campo? A: ¡Claro! El campo... En el campo no tengo que aguantar a los maestros todo el día dando por culo. Cuando voy al campo me pongo mi flamenquito to guapo y me fumo algo. Y no tengo que estar como los tontos esos, haciendo lo que dice el maestro todo el día. Solo les falta chuparle el culo. P: Si lo dices por tus compañeros... Algún día ellos ganarán más dinero que tú y quizá pienses diferente entonces, ¿no te parece? A: Estudiar no sirve para nada. ¿Para qué si tengo el campo? A mí no me gusta estudiar. Y leer y todas esas mierdas, ¿para qué sirve? Con lo bien que estoy yo en el campo, con los litros, escuchando flamenquito [y se pone a cantar]. P: Por favor, Manuel. Aquí no puedes cantar. Se supone que estás castigado. A: ¿Y quién eres tú para castigarme? A mí solo me castiga mi vieja, pero ella nunca me castiga porque sabe que no sirve para nada. [Y sigue cantando]. ¿A ti no te gusta cantar? A los maestros nunca les gusta cantar. P: A mí me gusta mucho cantar. Pero para todo hay un momento. Hay un momento para cantar y hay momentos para trabajar. Y al instituto no se viene a cantar. A: ¿Y por qué no? P: Pues porque si todos viniéramos al instituto a cantar, como tú, ¿cómo iría el país? A: ¿Y eso qué importa? P: A ti no te importa todavía, pero algún día te importará. Seguro que querrás tener una familia, comprar una casa... A: Maestra, ¿tú tienes moto? P: No. A: ¿Qué moto tienes? P: Te he dicho que no tengo moto. A: Ah, es verdad. Los maestros nunca tenéis moto.

P: Manuel, yo tenía un amigo que era como tú, cuando tenía tu edad. A: ¿Y se la calzó? P: ¿A qué te refieres? A: Maestra, ya sabes, que si tú y él... [y hace un gesto aclaratorio]. P: No, claro que no. Porque a mi amigo no le preocupaba su futuro y a mí no me gustaban los chicos que no estudian. A: ¿Entonces no se la calzó? P: No, Manuel. Te he dicho que no. A: ¿Tu amigo era marica? P: ¿Y eso qué tiene que ver? A: Seguro que era marica. P: No, no lo era... De todas formas, no deberías llamar a los homosexuales “marica”, porque eso es ofensivo. A: Maestra, ¿te puedo preguntar una cosa? P: Escúchame primero. Quiero hablarte de mi amigo. Él tampoco estudiaba, pasaba de todo y ahora... ¿Sabes lo que ha sido de él? A: ¡No me ralles! P: Manuel, tienes que saber lo que va a pasarte si no te tomas las cosas un poco más en serio. A: ¡Que no me ralles, coño! P: No te estoy rallando, solo trato de ayudarte. A: ¿Ayudarme? ¡Vete al carajo! Tú solo quieres comerme la cabeza, como los otros maestros, para que te haga caso. Pero... ¿sabes qué? Yo no le hago caso a nadie. Yo nunca hago caso. Y menos cuando alguien me quiere comer la cabeza, ¿sabes? [Se levanta y tira la mesa de un empujón]. P: Manuel... En ningún momento te he hablado mal. ¿Te parece justo que tú me trates así a mí? A: Ira... Ahora ve a mis viejos y les dirás que me he portado mal y todo eso. Anda y vete a cagar, que si tu novio no te hace lo que te tiene que hacer, yo no tengo la culpa. ¡Será mierda la tía!

Competitividad

Lo cuento precisamente porque jamás me había pasado. Eso sí, estoy seguro de que esta columna va a herir la sensibilidad de muchos docentes andaluces. A mí, en otro tiempo, esta anécdota me hubiera resultado increíble e insultante. Sin embargo, tengo la dicha de ser el tutor del mejor cuarto de ESO de todos los tiempos. No tengo ninguna duda de que mi grupo conseguirá el pleno en junio, lo cual es milagroso en estos tiempos que corren, y además una parte importante de mis pupilos se van a llevar el sobresaliente de media. Me siento orgulloso de capitanear un grupo de alumnos que, frente a lo que suelo ver por ahí, tienen raza. Quieren ganar. Compiten.

El viernes estaba en mi tradicional guardia de biblioteca cuando acudieron en mi busca cinco o seis de mis estudiantes más ilustres. En cabeza una chica que cosecha dieces como un apicultor picotazos. “Maestro, ha pasado algo terrible... Alguien de nuestra clase le ha dado el examen a los de la otra clase. ¡Y están preparando las preguntas en el recreo!” Reconozco que al principio no entendí muy bien el problema, pero luego me lo explicaron entre todos. “La profesora nunca cambia los exámenes y van a sacar mejores notas que nosotros. ¡Y no es justo! ¡Nosotros somos mejores que ellos y hemos estudiado más!”. Me sorprendió la rabia con la que hablaban. Su insolencia me sobrecogió. Jamás se me había dado una situación parecida y no sabía cómo resolverla.

¿Qué debía hacer? Podía decirles que hay que alegrarse por la suerte ajena y que ellos no necesitan ganar a los demás para sentirse bien (lo segundo no es cierto y lo primero no es imprescindible). Podría haberles dicho que son el mejor cuarto de la historia y que no pasa nada por compartir promoción con otros alumnos de sobresaliente, con o sin trampas. Pero les dije lo que pienso: que me encanta su actitud y que entiendo el enfado, aunque esta vez la situación no tuviera arreglo. Mi tutoría siempre quiere ganar. Si se organiza un concurso de la disciplina que sea, ellos se plantearán ser los mejores, pasar por encima de los demás, demostrar que son los más inteligentes y los que más se esfuerzan. Los más fuertes y los más guapos. No le tienen miedo a nadie (tengo músicos, superdotados y hasta una deportista de élite).

Les recomendé que le contaran a la profesora la situación, a toro pasado. Pero el otro curso va a enfadarse mucho. ¿Por qué está tan mal visto reconocer que para ti es importante quedar por encima de otro, máxime si estos han hecho trampas? ¿Por qué es preciso ocultar que encuentras tu gloria en la victoria sobre otros? Me imagino a dos atletas a punto de cruzar la meta diciéndose, como enamorados que tratan de colgar el teléfono, “no, gana tú. ¡Tú primero!”. ¡Ridículo! Yo soy funcionario porque le gané a muchos otros. Y no me gané a mí mismo. Le gané a otros doscientos aspirantes que, de buena gana, me hubieran partido la cara, como si estuviera afiliado al PP murciano, para quitarme la plaza.

Sin embargo, lo que más me ha sorprendido no es la actitud de mis nenes. Lo más surrealista de todo es que todo el mundo al que le cuento el suceso opina que soy un hijo de puta por fomentar la competitividad, por decirle a mi tutoría que espero de ellos que sean los mejores y que si para ellos es un estímulo superar a sus homólogos, veo bien que traten de hacerlo. Todo el mundo me dice que tengo que enseñarles un montón de moñeces en las que yo no creo. Esa moñeces, me temo, son las que explican el paro, una parte de la crisis, el PER, y la falta de eficacia de nuestro sector privado. Fabricamos borregos a los que estamos enseñando que es malo pelear contra el que está al lado. Y encima los hacemos sentir mal, como si mis chicos no hubieran pasado la noche anterior estudiando hasta las tantas, sin hacer trampas, con la mayor honradez del mundo. ¿Por qué casi todo el mundo tiende a ponerse del lado del mediocre? ¿Qué tienen los ganadores que los hace parecer tan antipáticos? ¿Cuándo inculcaremos más competitividad y menos ciudadanía? ¿Acaso pensamos que el comercio chino que han abierto en el pueblo tendrá compasión del ultramarinos que tiene a su lado? Lo va a destrozar. Y destrozarán a nuestros jóvenes si no les enseñamos que, de vez en cuándo, no es tan malo sacar los dientes y morder con todas nuestras fuerzas.

Bi

Ser bi es tener dos. Dos de lo que sea. Bimembre es que tiene dos miembros. Bicéfalo es que tiene dos cabezas. Bilingüe es, o debiera ser, el que tiene dos lenguas. Pienso yo que el bilingüismo perfecto es una utopía, sin embargo. Siempre pensé, y por desgracia ese siempre no ha caducado, que los alumnos que estudian en el extranjero volvían un poco alelados. Volvían, como poco, con ciertas palabras de más en una lengua que no les era propia. ¿Eso es ser bilingüe? Pocas cosas me dan tanta pena como ver a un nativo que pregunta “cómo se dice esto en español”. Asumo que hablar bien dos lenguas es bueno, que ser bi suele ser mejor que ser mono, pues los que son bi tienen, por ejemplo, el doble de opciones de ligar (que aquellos que solo hablan una lengua). Por desgracia, lo que me ha llevado a escribir esta columna es que estoy cansado de que se le llame bilingüe a cualquier cosa o persona.

Los centros bilingües son, en Andalucía, institutos normales en los que algún profesor se ha movido más de la cuenta para conseguir una reducción horaria y una subvención. Son institutos normales en los que se dan clases normales. Eso sí, se suele contar con una línea de alumnos, un curso por nivel, donde se agrupa a los niños más buenecitos para recibir unas clases especiales. ¿En inglés? ¿En francésl? ¡Estamos locos! En español, como toda la vida. Son clases normales impartidas por profesores normales, como tú y como yo, que se han habilitado mediante la entrega de papeleo y de algún que otro examen guarrindongo, pero que tampoco son bilingües, ni especialistas en la lengua en la que pretenden impartir su materia (¿matemáticas en inglés? ¿En un instituto público?). Son gente, los profesores habilitados, que si bien pueden hablar bien inglés o francés, no poseen tampoco, en líneas generales, el nivel necesario para impartir de forma fluida en otra lengua que no sea la suya una clase. Que yo supere los exámenes del instituto de idioma no me convierte por arte de magia en profesor capaz en dos lenguas.

Está bonito, nos viste a todos, presumir de que nuestros estudiantes salen del bachillerato con un dominio fastuoso de dos lenguas, al igual que dominan ya la informática de tal manera que todos, sin excepción, saben utilizar los ordenadores para aprender a aprender, para interactuar con el medio, y no solo para ver porno y descargarse series (?). Por desgracia, a efectos prácticos, a duras penas salen dominando el español. ¿Cómo vamos a pretender, en muchos centros, llamar al churro que les estamos aportando “educación bilingüe”? Cuando los informes revelan, y rebelan, que nuestros alumnos son excretados con demasiadas carencias para expresarse y para comprender textos, no ya en inglés, sino también en españo, sacamos pecho y rellenamos prospectos de propaganda. ¿Estamos locos?

Me acuerdo de Dora La Exploradora. Vi el otro día un episodio y me quedé consternado. Surge, de entre las sombras dictatoriales de nuestra lengua, un muchacho vestido de mago que mezcla español e inglés. No habla ni lo uno ni lo otro. Se supone, eso dirá algún pedagogo progre, que es fabuloso que los niños aprendan a mezclar palabras, que alternen ambos códigos como dominan la fusión de ron y coca-cola. Fue ver al Mago de Dora y me acordé de nuestro bilingüismo de actividades sueltas, de aclaraciones entre paréntesis, de no sé hablar inglés y pretendo enseñar a hablar inglés.

Vi en un episodio de los Simpsons que Marge pretendía ser profesora de piano sin saber tocar el piano. “Bastará con sacarle siempre una lección de ventaja al alumno”, dijo. Y algo parecido ocurre con los centros bilingües. Los políticos se hacen la foto y ocultan que profesores que no dominan dos lenguas tratan de enseñar a alumnos que no llegarán ni siquiera a dominar la propia. Eso sí, ¿saben la de pasta que se gastan en el experimento? Y la de votos que pretenden ganar. Además, por todos es sabido que es esta una forma preciosa para que muchos enchufados encuentren plaza, para que muchos patricios encuentren centros mejores, para que algunos vivan como reyes, mientras que otros nos quedamos con los despojos, con el resto de grupos que reclutan a los no escogidos.

domingo, 19 de diciembre de 2010

PISA

Me prometí a mí mismo no escribir esta columna, pero me han vencido. El informe PISA ha dejado de tener interés comunicativo, pero la gente es muy pesada. Me aburre que el Madrid y el Barcelona siempre ganen (en gran parte por eso soy del Betis) y ya jamás me fijo en los datos sobre siniestralidad de las carreteras. En verano hace calor y en invierno frío. Inundaciones, cotas de nieve… Hay noticias que no son noticia. Como el estado de la cuestión de nuestra educación, por ejemplo. No tengo nada nuevo que decir, nadie se sorprende ya. (Aunque, tal vez, sí convenga hacer memoria, como todos los años). Los indicadores no indican nada. Más aún cuando algunos medios de comunicación destacan, encima, que hemos mejorado algo en comprensión lectora. Seguimos yendo como el culo (de los países de la OCDE) y debería estar prohibido por ley hacer una valoración positiva de lo que es evidente: nuestros resultados son un mojón. Un mojón en nuestro camino, que evidencia que vamos mal, que hemos de darnos la vuelta, pues estamos cada vez más lejos del destino, no más cerca.

Los primero alumnos de la ESO están llegando al mundo laboral. Se demuestra en los pequeños detalles, en cuestiones de forma: ortografía, falta de ingenio y mediocridad productiva. La cultura no está de moda. El esfuerzo no se valora. La competitividad está mal vista y nuestros objetivos son que los nenes sepan leer y hacer cuentas. Y echando cuentas, con calculadoras o sin ellas, echo en cara al modelo que hay que apostar a lo máximo para conseguir el mínimo. Los fracasados de hace un par de décadas, ahora serían estudiantes decentes, los que marcan el listón y el punto medio. Ahora bien, los humanos somos un poco anormalitos: vamos por camadas. Ahora pintan bastos, nótese el juego de palabras, y en otro tiempo éramos más finos. No corren buenos tiempos para la lírica, ni para la narrativa, aunque nuestros jóvenes sean unos artistas echándole teatro y cuento. Son rachas. Son rachas y modas. Y esta racha no es buena, por eso toca volver atrás y rescatar del modelo precedente los elementos que sí eran válidos, cambiando de ese modo la generación (perdida). Y todo el mundo sabe las causas de esta pérdida: la aplicación, a destiempo, de leyes que no eran necesarias. La falta de una alternativa eficaz para los alumnos que no superan ESO. La escasez de estabilidad en las plantillas. La ratio. El despilfarro que se hace de los medios y la paradójica carestía de otros. Profesores sin vocación por las vacaciones, o fritos a rellenar papeleo, en centros donde no se les permite hacer lo que deben. La pérdida del respeto. La desazón que produce en los progres la existencia de una ley universal del báculo: el docente manda, el alumno obedece. La pérdida de la tarima. Los padres y su permisividad. Los prejuicios hacia nuestro colectivo de una sociedad profundamente estúpida, que no sabe que las reivindicaciones del profesorado siempre repercuten en el bien común.

El diagnóstico está claro. Todo el mundo conoce el problema. Todo el mundo conoce las soluciones. (Los sindicatos viven de exponerlas, de hecho). Y las mesas sectoriales, y los anteproyectos de LEY, y todas esas cosas feas, me hacen temer que el único problema aquí es de pasta. Si todos sabemos lo que pasa y estamos hartos de aparecer entre los últimos puestos del Informe, año a año, solo veo dos opciones: o las personas que tomas las decisiones son incompetentes o no se invierte suficiente dinero para revertir las tendencias, para implementar las ideas que todos tenemos y que siempre promulgamos con juicioso orden en las charlas del café. Descarto que los mandatarios sean ineptos, pues es un sacrilegio asumir que la democracia eleva a gente poco cualificada hasta ciertos cargos, y solo se me ocurre ver que los países más productivos se dejan mucho más dinero que nosotros en todo lo referente a educación.

No sé si quiero ser padre. El otro día me di cuenta de que me da una pereza atroz transmitir una cierta cultura a mis hijos. Pienso en el modelo educativo en el que trabajo… y sospecho que los padres que consiguen que sus hijos entiendan algo del mundo, duermen poco, y se esfuerzan demasiado. Sin ellos estaríamos aún más abajo en PISA.

Índigo

Victoria, la chica de los ojos azules, la estudiante de la camiseta de “Me llamo Earl”, que siempre se sienta a mi derecha, y que tiene los cabellos rubios, me ha dicho que tiene depresión. Un amigo de su padre, un afamado psicólogo, ha estado charlando con ella. Sobre la vida y sobre el mundo. Tiene dieciséis años. Después de esa conversación ambos han llegado al acuerdo de que los sentimientos de Victoria no son muy normales (y, por tanto, ¿son nocivos?). Por ese motivo, porque lo anormal es peor que lo normal, ha venido a contarme que tiene un problema. Poco antes la he visto entrar en la biblioteca, apesadumbrada, con los puños apretados, y con ganas de llorar. No estoy seguro, pero creo que ha estado buscando en el diccionario qué significa tener depresión (aunque yo le hubiera recomendado que buscara mejor el significado del adjetivo “raro”).

La tengo delante (o es como si la tuviera delante) y quiere saber lo que pienso. Todos los años reparto una hoja en blanco a mis alumnos y les pido que apunten, en quince minutos, todas las palabras que conozcan con la letra P. Es una forma sencilla de cuantificar su capacidad de expresión. Ella dio unos resultados muy anómalos: superó ampliamente a los demás compañeros y utilizó una serie de palabras que casi ningún adulto emplearía. Recuerdo uno de sus exámenes: estaba repleto de ilustraciones sobre nazarenos ensangrentados, a modo de ejemplificación. Me hizo gracia porque el sentido del humor es una marca evidente de inteligencia. La mayoría de la gente estúpida que conozco trata de enmascarar su propia estupidez aparentando que las cosas no les hacen gracia (en realidad, su problema es que no saben captar la ironía). Pero Victoria es audaz y decidida, y tiene una cautivadora forma de encarar la vida, aunque eso la lleva a regodearse en el dolor, a exagerar lo que siente, a llevar su autocrítica hasta niveles desaforados.

No, Victoria. Tú no tienes depresión. Tu única enfermedad se cura sin medicación, pero es muchísimo más grave: se llama adolescencia. Y la adolescencia es así, es lo que tiene y lo que tienes. Odias el mundo y el mundo te odia. Y te agobian problemas que no existen, o que existen a ratos, y generas otros con la esperanza de sentirte más viva. Pasas al día seis horas sentada escuchándome a mí (y a otros adultos), ¿cómo no vas a estar loca por padecer anorexia, ansiedad, manía persecutoria o conductas disruptivas? Algo tendrás que inventarte en lo que pensar mientras nosotros te hablamos. Algo tendrás que hacer para desengrasar tus neuronas, que juegan al ajedrez y que planifican de más. Has de amargarte, amarte, amar y desnutrirte, porque estás aprendiendo a vivir, y en ese proceso hemos de probarlo todo: hacernos daño, infringir daños, destruir todo lo que nos fue impuesto y desnaturalizar nuestra propia existencia. Correr todos los riesgos y saltarnos todas las normas es bueno, porque te llevará a construir otras reglas, constituyentes de un nuevo orden, más justo. Has de llorar cuando te pillen. Hacerlo mal, dejando cabos sueltos, para tener una excusa para volver al lugar del crimen, para borrar las huellas, para mirar la cara del asesino, sintiendo que todo encaja, aunque no deje de ser, en suma, un mero proyecto de caos aparente. (Seguro que tu habitación está desordenada. Eso también denota creatividad y un fuerte mundo interior).

No tienes depresión. Ni estás loca. Eres inteligente. Probablemente ese sea el problema. Todos los años tengo delante a chicos que no controlan su propia creatividad, que afrontan problemas que les superan porque están muy por delante de lo que deberían estar sintiendo. No te engañes, esos son los elegidos, los que únicamente tienen la llave para cambiar el mundo, para reventar y reinventar los verdaderos cimientos de nuestras ciudades. Victoria, no todos somos iguales. Eso es tan obvio como que tú no tienes depresión. Eso sí, ¿has oído hablar de los niños índigo?

El túnel

Recuerdo aquella columna con mucho orgullo. Conté la historia de un chico del Centro cuyo padre tenía el síndrome de Diógenes. Unos días antes llegaron los civiles y se lo llevaron. Me tocó explicarle a aquel señor, cuyo olor corporal horrorizaba a nuestra orientadora, que estaba embarazada, que no volvería a ver a su hijo. Se lo habían llevado y no me permitían decirle a dónde. (A decir verdad, yo tampoco lo sabía con mucha precisión). Recuerdo cómo lloró, cómo gritó, cómo maldijo al cielo y cómo yo estaba convencido de que me pegaría. A mí o a mi director. O a ambos. Creo que es lo que yo hubiera hecho de estar en su situación. No. Se vino abajo. Lloró como solo lloran las personas que no sabrán recuperarse jamás del golpe. Aquel hombre, al fin y al cabo, estaba enfermo y no volvería a ver jamás a su hijo.

Aquel hombre, el padre de Juan, del niño que hablaba con las gaviotas, murió pocos meses después. Me dio la noticia un antiguo alumno, que se metió en mi coche. Abrió la puerta del copiloto y me lo soltó a quemarropa con la puerta cerrada, porque no quería que se enterara nadie de la calle, no sé bien por qué. A decir verdad, desde mi ingenuidad, todo aquello me resultaba muy emocionante. Como el narrador que soy, aunque últimamente ejerza poco de ello en mis columnas, sabía que aquella era una historia preciosa. Sin muchos escrúpulos la conté. Y me sentí bien cuando varios lectores me felicitaron por lo bien que había plasmado el drama humano, la dureza de ciertas vivencias que siempre se ceban con los bajos fondos. (Me sentí un escritor comprometido, pensé que Larra se sentiría orgulloso de mí). Más aún, sentí que ser profesor te permite ayudar a los más necesitados y llegué a la conclusión de que somos todos muy santos y muy divinos.

Han pasado cinco años y creo que no volvería a contar aquella historia. Juan, el niño que jugaba con las gaviotas, ha cumplido los dieciocho y le han devuelto las riendas de su vida. El problema es que es ahora un juguete roto. Se crió sin familia y era frágil y puro. Verlo entre los otros me hacía imaginar a El Principito sentado en las rodillas de una prostituta. Aquel niño fue insultado y escupido, porque jamás se sociabilizó, pues era de otra especie. Jamás nadie supo decirle lo que necesitaba saber: nadie lo enseñó a defenderse. Para sobrevivir los adolescentes atacan a los que son más débiles. Juan era más débil que todos los demás niños y, por ese motivo, recibió tantos golpes. Todos lo utilizaron como bidón de fuel emergido entre los restos del naufragio. Arramplaron con su luz para apoderarse de un poco de autoestima. Se creían fuertes porque no eran tan débiles como Juan.

He vuelto a verlo. Me sorprendió y mucho. Estaba en un descampado y poco o nada queda de la luz del niño que jugaba con las gaviotas. En solo cinco años se ha convertido en un delincuente precoz. Su irrupción en mi barrio puede que guarde relación con el cristal del coche que el otro día me destrozaron. Me cagué en los cabrones que lo habrían hecho, obviando que esa persona puede que fuera mi Juan. Obvié que hace unos años pasé más tiempo pensando en cómo contar su historia que en buscar la fórmula más adecuada para socorrerlo. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Y si él la ha lanzado contra mi coche tiene derecho, pues está libre de culpa. Juan, ni más ni menos, es el resultado de la tardanza de Asuntos Sociales, de las trabas mentales de sus padres, de mi propio pasotismo, y de todo aquello que habrá vivido en estos años, sin familia y sin cobijo, en un centro de menores, rodeado por otros juanes como él. O peores.

Soy un hipócrita. Y me siento, y declaro, culpable.

Autoridad del profesorado

El otro día vi una noticia interesante. Un alumno había insultado a un profesor y había sido condenado a no poder acercarse al perímetro del que había sido su centro educativo. Recibió un castigo de adulto, aunque era todavía menor de edad. La noticia reabría el debate social sobre la idoneidad de concedernos a los profesores el rango de autoridad y sobre cómo se capearían los dislates de la Ley del Menor, desde dicha condición. Un castigo semejante se impondría por la ofensa hecha a un civil o contra un policía, ¿por qué a nosotros, por sistema, no se nos protege igual?

No comprendo las manifestaciones sobre cuestiones maniqueas (del tipo “no a la guerra”, “el paro es malo” o “las patatas fritas son sabrosas, aunque engordan demasiado”). Eso sí, lo que aún entiendo menos son aquellas reivindicaciones sobre las que hay consenso, pero que no se conceden. De sobra es conocido por todos que hay un serio problema de disciplina en las aulas. Sería hipócrita si no digo que ahora mismo estoy en un centro donde los alumnos, en líneas generales, dan asco de lo buenos que son. No obstante, no por ello olvido lo que he vivido en otros centros y en otros años. En este gremio mío la gente ve su película, pero olvida que hay muchas otras. Hace varios años que no tengo problemas serios dentro de clase, pero eso no hace que entienda menos necesario pelear por aquellos que han de estar en institutos más complicados. Hay profesores para los que dar clase supone arriesgar su integridad física. Solo el que lo probó lo sabe.

Para todos ellos, para los alumnos de esos centros, para los padres de todos esos alumnos, para los comerciantes de la zona, para los conserjes y jardineros, que nosotros recibamos el rango de autoridad es positivo y urgente. Pondría fin a la desprotección con la que muchos trabajan. Sería un sustento legal idóneo de cara a llevar a cabo nuestra labor a diario y con decoro. Nos devolvería a la posición, por encima de la tarima, que jamás debimos perder. Y no niego que habrá quien se aprovechará de forma insidiosa de ese rango, pero como siempre será una asquerosa minoría. Solo eso. La mayoría de los profesionales con los que he trabajado buscan lo mejor para los alumnos siempre. Y con autoridad lo seguirían buscando. La mayoría de los profesores a los que conozco desean hacer mejor su trabajo y piensan, pensamos, que nuestra figura ha de tener el reconocimiento social que merece... porque ello hará que la sociedad se vea beneficiada. Y no hablo de dinero, esta vez. Hablo de respeto. Hablo de que todos los políticos dicen que la educación es muy importante, que la formación es la clave para salir de cualquier crisis, y a la hora de la verdad nos vemos solos y pisoteados.

He leído un millón de panfletos, de todos nuestros sindicatos, reivindicando que se nos conceda el rango de autoridad. Sin embargo, todavía no he escuchado a nadie que no esté de acuerdo con esta petición. Nosotros lo pedimos, pero no sé quién está diciendo que no. Los padres dicen que quieren profesores que se impongan. ¡Hasta los alumnos se quejan si no les impones autoridad! Comprendo que mi formación, y rango, no ha de llevarme a ser un pacificador del mundo. No quiero poder sacar una placa, estando de paisano, y gritar “alto, soy profesor”. Pero en mi centro, y en sus alrededores, parece justo que estemos tan protegidos como un portero de fútbol en el área pequeña. ¡Pobre del que nos toque! Porque llueve sobre mojado y nos han tocado mucho. Todos los meses hay agresiones, aunque solo unas pocas salgan a la luz. Todos los días recibimos ciberacoso, ya hablaré otra semana del tema, y mi sola palabra ya debería bastar para zanjar ciertas investigaciones.

Si por casualidades de la vida este artículo cae en manos de algún político, trato de persuadirlo recordándole que se apuntará un tanto, si nos dan lo que pedimos. Creo que todos los medios le reirán la gracia, pues esa gracia es justa y legítima. Además de populista (que no solo “popular”), es consensuada, pues toda la sociedad la demanda. Sé que legislar conforme a lo que la gente pide y necesita es poco divertido, pero tiene también sus ventajas: tienes a tus trabajadores más contentos y les es un poco menos duro digerir que les vas a quitar media paga de Navidad. No pido ordenadores, ni despachos para todos, pues todo eso es caro. A veces las cosas inmateriales son las que más ilusión nos hacen (ese es, al menos, el espíritu de “la Navidad sin regalos”, a la que nos están avocando este año). Con más máquinas de café y con un poco de más autoridad, el mundo será un entorno más próspero y habitable. Brindo por ello.

Harry Potter

Que me llamen oportunista no me importa. Alguien oportunista es aquel que aprovecha sus oportunidades, lo cual no puede ser tan malo y, menos aún, en los tiempos que corren. Sí es cierto que, desde hace años, quería escribir una columna sobre la saga de los Slytherin y de los Gryffindor y que la hago coincidir con el lanzamiento de la película correspondiente al último libro. Tan desventurada coincidencia se debe a mi mala memoria. He tenido que ver miles de carteles en todas partes para recordar que tenía un encargo que satisfacer. Y aquí me hallo. Para dar mi opinión, por si le sirve a alguien.

Cuando estábamos en los cursos más altos de Filología solíamos hacer análisis de Harry Potter en los cambios de clase. Nos hacían gracia datos tales como que Snape, apellido que viene a significar 'serpiente', el símbolo de su casa, tenía un nombre de pila latino (Severus) que coincidía a la perfección con su rasgo espiritual más sobresaliente. Nos gustaba ver cómo había símbolos bíblicos, ¿acaso Albus no es un trasunto de Dios?, cómo Cancerbero aparecía, junto a elementos celtas, cómo fusionaba la Rowling un universo, nunca mejor dicho, de mitologías. Siempre, por ello, coincidíamos en que era una saga con una pluralidad muy notable de lecturas. Eso era lo que nos gustaba: satisfacía muchos horizontes de expectativas. Un adolescente podía seguirlo encaprichado de los amores de Hermione y Ron, mientras que nosotros discutíamos memeces (por supuesto los amoríos siempre serán más importantes que cualquier étimo). La calidad de un texto, no pocas veces, deviene de la mirada de quien lo contempla. Y de sus prejuicios, a ello voy.

Harry Potter es una saga moderna, de excelente creación, un trabajo cuidado y ordenado, que crece con sus lectores, en un hito sin precedentes en la historia de la Literatura. De hecho, el último volumen de la saga es una novela adulta, madurada, de tempo lentísimo, en comparación con los anteriores, introspectiva, donde el personaje pasa más de medio libro reflexionando, preparándose para afrontar su propio destino, tratando de entender la muerte... Preocupaciones todas ellas mayúsculas y cuyas enseñanzas asociadas no le vendrían nada mal a más de un adulto, con los que me cruzo cada mañana. No es un libro para niños, por tanto, porque la autora es consciente de que, a esas alturas del pastel, sus polluelos son ya pollos. El mismo grosor del tocho lo acredita. Es una saga didáctica porque, de conseguir acabarla, has dado el paso y te has convertido en lector. Puede que no te ordenes mago ni bruja, pero sí lector.

Y hablando de “brujas”... Me encanta cómo la obra aborda el tema de la paridad, de la coeducación, del sexismo. Hay un mensaje muy didáctico detrás de todos sus enfoques, pero en especial sobre este. La proporción de magos-brujas es constante en todas las esferas de poder. Compiten juntos, trabajan juntos, y en ningún pasaje del libro se aclara una cuestión que los adolescentes asumen como natural, pero que no lo es tanto: las lideresas de la obra no lo son por una cuestión de cuota, sino de carisma. Harry es un hombre, pero Hermione demuestra más valía que él, casi siempre. No es menor la importancia de Minerva, que la de Severus. Además, se desposee a la palabra “bruja” de toda connotación peyorativa, presente desde siglos ha, y se la equipara a la de “mago”, donde por derecho ha de estar.

El respeto relativo a las normas, la valentía, el (a)precio de la ambición desmedida, la búsqueda del sentido último de nuestra vida, la importancia del estudio... Son muchos los temas que aborda Harry Potter con cierto éxito, todos los postulados transversales que deseemos tratar se encuentran ejemplificados. Por eso me da mucha lástima escuchar a algunos adultos, profesores de secundaria, despotricar contra estos libros, sin conocerlos, decir que no es literatura, sino un subproducto comercial. Sí, lo reconozco: yo soy fan. Y alguna que otra vez he recomendado en ciertos cursos de la ESO la lectura de Harry Potter. Y volvería a hacerlo, que conste, porque los cánones literarios evolucionan y me escandaliza mucho más que siga habiendo profesores carcas que mandan la Celestina en tercero de la ESO, que afrontar que a veces las modas tienen detrás una razón de ser que las ampara. “Algo tendrá el agua cuando la bendicen”, me decía mi abuela.

Investigación forense

María Teresa es una profesora sagaz y completa. Aun en los tiempos que corren, los alumnos guardan silencio por su sola presencia. Sin embargo, María Teresa es comprensiva y cercana, cariñosa, incluso. Se preocupa por sus alumnos, los cuida, está atenta a las necesidades que todo grupo presenta para aportarles lo mejor de sí misma. La anorexia, los embarazos precoces, los casos de acoso... ¡El universo no guarda secretos para María Teresa! Observa la mirada cómplice de dos alumnos y sabe qué travesura han perpetrado. Podría, a decir verdad, calibrar el cuándo, el dónde y el por qué, sin interrogatorios. Lee la realidad como solo los grandes periodistas, de la talla de Javier Caraballo, saben hacerlo.
Toma la tiza, mientras una brizna de luz entra por la ventana proyectando su halo protector sobre la mejilla de una de sus alumnas. Un ojo morado. Se aproxima y la examina, sin llegar a invadir su espacio. “Pobrecilla”, se piensa. Haciendo memoria recuerda de pronto que un día, durante un examen, contempló a aquella misma chica con un corte muy profundo en el brazo derecho. Recuerda, rememora, que siempre carga la mochila en el mismo hombro. Su archivo mental se retrotrae y se da cuenta de que la adolescente que está frente a ella pertenece a una familia desestructurada: sus padres están separados, según se comentó en una junta de evaluación. De hecho, se rumoreaba que la madre de ella había rehecho su vida y que aquella chica no guardaba muy buena relación con el compañero sentimental de su madre.
Todas aquellas señales físicas... María Teresa, mientras explicaba, no pudo dejar de reflexionar sobre las evidencias. Aquella chica tenía un carácter fuerte y algo agresivo. A veces la había visto peleando en el patio, con otros compañeros. Incluso una vez, mientras hacía guardia de recreo, María Teresa pudo escuchar cómo su alumna relataba que había sufrido una paliza la tarde anterior. Mientras lo narraba se reía y por eso no dio mucho crédito a lo escuchado. ¡Era un mecanismo de defensa! Ahora todo encajaba y se lamentó no haber actuado con mayor celeridad.
El protocolo es claro. Primero hablaría con los padres de la joven. Si la custodia la tenía su madre, esta lo negaría todo. Le diría que su compañero sentimental tenía una buena relación con su hija y que todo iba correcto. En paralelo, el padre estaría más abierto al diálogo, pero también más carente de información. Lo único malo de estos casos es que no sabes si te dicen la verdad, si verdaderamente existe un problema, o si te están dando la razón con la finalidad de herir a su ex pareja. Es frecuente que el progenitor que no tiene la custodia te diga “que el comportamiento de la niña está mucho peor, puesto que su madre la ha puesto en contra de mí... y la ha hecho vivir en una continua frustración”. ¿De qué serviría escuchar todo aquello, una vez más? Habría de derivarla al Orientador del Centro y, desde él, a un psicólogo. Hay que evaluar el impacto emocional de la situación y dilucidar quién es la persona que le está infringiendo los malos tratos.
María Teresa estaba explicando integrales, pero estaba completamente distraída. ¡Hay que ser desalmado para pegarle a una niña! Aquella chica había tenido una infancia dificilísima y ni siquiera ahora la dejarían ser feliz. Asuntos Sociales ya no actuaría. Tenía ya diecisiete años y esos son demasiados: la mayoría de edad andaba cerca y ¿de qué serviría quitar la custodia pocos meses antes de los dieciocho? A pesar de lo cual, ¿acaso alguien que cumple los dieciocho tiene potestad real para emanciparse? ¿Con qué dinero? ¿Con qué ayudas? Quizá aquella chica estuviera viviendo un auténtico infierno y nadie pudiera ayudarla.
Tocó el timbre. Al terminar la clase, le pidió a su alumna que permaneciera en el aula. Ningún compañero se extrañó. No hubo reacciones de ningún tipo, aunque estuvo atenta para percibirla. Cuando todos se marcharon, tomó su mano con ternura y con ternura comenzó a relatarle todos los datos que tenía: el golpe del ojo, aquel corte, su tendencia a coger la mochila siempre con el mismo hombro, las peleas de los recreos, su agresividad manifiesta... Le contó cada detalle con mesura. Cada observación. Confiaba en que se abriera. Podía ayudarla.
Helena se rio.
-No, profesora... Creo que lo ha entendido todo mal. Soy cinturón negro de aikido. Una de las más jóvenes de toda Andalucía, por cierto. En mi deporte es inevitable llevarte alguna paliza de vez en cuándo. ¡Llevo los golpes con resignación, pero no quedan estéticos! Agradezco su interés... pero le pido que la próxima vez me pregunte antes de iniciar ninguna investigación forense.

domingo, 14 de noviembre de 2010

La columna más bestia de la historia

Imaginen que van por la calle. Acaban de salir del banco. Llevan, pongamos, cuatro cientos cincuenta euros encima. Con ese dinero van a pagar el alquiler o la hipoteca. Están felices. Brilla el sol. Las palomas del parque están contentas. Por desgracia, la raza humana no es buena siempre. Se dan la vuelta y un despiadado ser se está colando a hurtadillas junto a su cartera. Les pega un tirón y se lleva todos esos ahorros. El grito es ensordecedor y espanta a las palomas del parque. Puede que hasta el sol deje de brillar con tanta fuerza.

Es bastante comprensible, y pido perdón a mi editor por esto que voy a hacer ahora, que sintamos ganas de cagarnos en la madre del ladrón que nos ha quitado una suma semejante de dinero. Si queda poco coeducativo, me da igual cagarme en su padre, también. O en cualquier miembro o miembra de su entorno o familia. El caso es cagarse en alguien, lo reconozco. Reitero: más de cuatrocientos euros, ¿y me van a privar también del privilegio de decir alguna barbaridad? Primero llega la rabia. Después la cara de tonto. Todo eso se va, pero el dinero no vuelve.

Aterrizo: asumo ahora que alguien, una especie de Grinch, un hombre malvado, pretende robarme el espíritu de la Navidad. A mí y a mis colegas. Siento parecer materialista, puede que lo sea, pero es que generalmente trabajo por dinero, no sé ustedes. Los profesores tenemos sueldos normales, pero somos un colectivo raro porque trabajamos por dinero. En época de bonanza económica nadie repartió sus beneficios entre nosotros. En esos días de vino y rosas, no tuvimos subida de sueldo. Por el contrario, cuando las cosas comenzaron a ponerse feas, fue a nosotros a los que se llamó insolidarios y a los que se nos quitó más de cien euros cada mes. Pero no. No es suficiente. Ahora alguien se acerca a nuestras carteras con disimulo para robarnos, reitero, más de cuatrocientos euros.

Entiendo que no está bonito cagarte en la familia de ningún político, máxime si tiene poder para conseguir que amanezcas muerto. Es algo que está feo. Pido perdón a los lectores, por tanto. No quiero escandalizar a nadie. Seguro que todos piensan “eh, se le ha ido la olla al Profesor Cuyami”, pero es que estoy un poco cabreado, no sé si se me nota, porque me van a dejar la paga extraordinaria a la mitad y parece ser que ya no tiene arreglo. Si te da coraje que un desalmado te robe más de cuatrocientos euros de la cartera, en plena vía pública, todavía fastidia más que unos cuantos meses antes ese mismo chorizo te haya dicho que le sobra el dinero (si alguno no capta la analogía que piense en la última campaña electoral y en los famosos cuatrocientos euros que ahora estoy pagando a no sé qué interés).

Si a un profesional, con contrato indefinido, se le baja el sueldo... eso es ilegal. Sin embargo, a los funcionarios, que se supone que somos el súmmum de la gente privilegiada, nos han cambiado las condiciones laborales y no podemos ni quejarnos. Es como si el jefe les llega mañana y les dice que va a pagarles la mitad. Porque a él le apetece. Porque no supo gestionar bien la empresa. Porque está triste o porque se ha gastado el superávit en putas. Demandaríamos al jefe y probablemente los tribunales nos darían la razón. Los funcionarios no lloran. Los funcionarios hemos de dar gracias, sospecho, por existir, por el aire que respiramos, porque se nos concede el derecho a seguir vivos.

Si mañana, a la salida del banco, un ladrón me quita cuatrocientos euros, les aseguro que haría todo lo posible para que esa persona termine en la cárcel. (Y para que me devuelva el dinero, claro). Lo denunciaría. Le pondría al cobrador del frac, o a un torero, o a un nota vestido de pollito, en la puerta de su casa. No queda bonito, para los turistas japoneses, que haya varios miles de pollitos de dos metros en la puerta de Moncloa. Pero sería lo suyo.

Me he quedado bastante a gusto. Esta columna no sirve para nada. Mañana envolverá pescado en el mercado (si es que alguien tiene dinero para ir al mercado a comprar un artículo de lujo como es el pescado). Eso sí... ¡cómo desahoga! Al fin y al cabo, si nos quitan el derecho al pataleo, a un pataleo vigoroso y terco, si nos prohíben escribir columnas tan bestias como esta, ¿a qué seguir viviendo?

Sobre los comentarios (2)

Sé que alguna que otra vez he dicho ya cosas al respecto, pero lo vuelvo a recordar, por si alguno no se ha enterado ya. No publicaré amenazas de muerte que sean anónimas. Si alguien quiere hacer comentarios sobre mí, decir lo malo que soy, o solicitarle al destino que me envíe un cáncer de pancreas, que diga su nombre completo y su DNI. Y os garantizo que así nos reiremos un rato todos. Es muy fácil atacar cuando la persona a la que atacas no podrá defenderse. (Aunque hoy en día, gracias a las direcciones IP, te llevas unas sorpresas de lo más jugosas).

De todas formas, que conste que lo que hago es leer las dos primeras líneas de los comentarios. Si me gustan, sigo leyendo y los publico. Si no me gustan, los borro sin seguir leyendo. Si alguien busca pluralidad, le puedo recomendar otros foros. Aquí no hay pluralidad, ni la habrá. Aquí me limito a dejar constancia de algunas de mis columnas por si le interesan a alguien. No daré pie a nadie a insultarme, ni contestaré gilipolleces.

Si alguno tiene tiempo libre, que se acoja al PLAN DE CALIDAD. O que redescubra la masturbación. O que haga SUDOKUS. Aquí no son bien recibidos los que se divierten tratando de hacer daño. (Y menos tratando de hacérmelo a mí, como es lógico). Si a alguno mi sola existencia le conmueve, que no entre. De ese modo le será más fácil olvidarse de que existo.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Caderas

He llamado a esta columna “caderas” porque quiero hablar de las “cátedras” y me parece muy obvio llamarla “cátedras” porque no deja nada a la imaginación ese título. Y lo llamo “caderas” y no “cátedras” porque ambas palabras proceden de la misma raíz latina y quiero dármelas de listo, esta vez. Son un doblete, que se llama, que es cuando un étimo perpetra dos evoluciones, una culta y otra popular. Ahora bien, ¿de qué me sirve saber todo esto? ¿Para qué me sirve ser tan listo? [Nótese la ironía, revestida de arrogancia]. No me sirve para nada... ¡porque nunca podré ser catedrático! Lamento que esto suene a rabieta de niño pequeño, pero es que me indigna que, ya que soy funcionario, me esté prohibido llegar más lejos en mi vida (laboral). He de asumir, y no quiero, que me irá mejor durmiendo más horas de siesta por las tardes. Dormir no gasta y últimamente me cuesta llegar al final de mes con algo de dinero en la cartera.

Hace muchos años, en una galaxia muy lejana, había una figura (ahora en extinción) que tenía una serie de privilegios sobre el resto de mortales: podían escoger grupos, ostentaban la jefatura de departamento y eran mirados con lupa y con una mezcla de envidia y de admiración por la sociedad. En la búsqueda de un mundo en el que todos hemos de ser más iguales, y donde los que tienen más capacidad deben arrodillarse y pasar por la puertecita del perro, se pensó que no era justo que unos cobraran más que otros por hacer el mismo trabajo. Se quitaron las cátedras y ahora, hoy en día, los únicos catedráticos que varan por ahí son los rescoldos de un antiguo emporio. Algo así como los últimos samuráis de lo suyo: ya no nace ninguno nuevo, pero no han asesinado a los que quedaban. Siguen por ahí, coleando, los que no se han jubilado, todavía. ¡Qué cosas!

Y digo yo: ¿por qué no? Yo quiero ambicionar. Quiero tener la oportunidad, que no el derecho, de intentar cobrar más, de levantarme por las mañanas un poco más motivado. No quiero sentir que con venticuatro años resolví mi vida. No es justo. No lo quiero. Cuando saqué las oposiciones todo el mundo me decía eso mismo y ahora, después de cinco años, me da muchísimo coraje que así sea: no quiero tener la vida resuelta, quiero poder promocionar, quiero poder ascender, como los hijos de mis vecinos. Produzco más si sé que puedo mejorar mis condiciones laborales. Seguiría formándome si eso puede llevarme a vivir mejor. Será que soy egoísta o que el altruismo siempre naufraga en el mismo punto: si hay otro mejor que yo, no me importa hincar la rodilla, pero no compito si no tengo nada que ganar.

No me molesta que haya catedráticos, claro, pero me molesta no poder serlo yo, algún día. Esa es la paradoja: aceptar los privilegios de otros se lleva peor si esa opción tú no la has tenido. Pero los admiro, de hecho, puesto que ellos pelearon por un cupo menor de plazas y demostraron ser los mejores de su especie. Y ser los mejores no es malo, como parecen inculcarnos los que son mediocres. No se debe pedir perdón por ser de los mejores, incluso. De hecho, deberían pagarte más por ser de los mejores.

Este tema lo tenía en mi libreta de pendientes desde hace mucho tiempo. Lo que me ha llevado a redactar por fin este texto reivindicativo es que me he enterado esta mañana de que hay comunidades autónomas donde han regresado a secundaria las cátedras. En las últimas convocatorias de oposiciones se han habilitado una serie de plazas para ello... y nadie ha muerto. No ha perecido nadie pisoteado, ni se han visto escenas similares a las de El Corte Inglés en rebajas. La gente, docentes que han llevado una carrera ejemplar, han concurrido para demostrar que son buenos profesionales, especialmente buenos. Visto así, creo yo, no está tan mal la cosa. Podría decirse que queda hasta bonito para la foto.

Si la sociedad admiraba a los catedráticos, si los profesores (no he escuchado a nadie opinar lo contrario, cada vez que sale el tema) deseamos que vuelvan, si los propios catedráticos reivindican su vigencia, si no hacen daño a nadie, salvo por el pago de un complemento que tampoco justifica su supresión, ¿por qué no abrimos el debate? ¿Por qué no aceptamos, sin más, que a veces los tiempos pasados fueron mejores, en algunos aspectos? Reconozco que cualquier tiempo pasado no fue mejor. Pero en educación... demasiadas veces lo parece.

Tornos

He visto por televisión que en un instituto catalán se han instalado tornos a la entrada del recinto para que los nenes (imagino que también los profesores) certifiquen su entrada en el edificio. Me imagino a hordas descomunales de carne fresca tratando de pasar por un angosto filtro, como el caldo que supera las troneras de un colador. Demasiado esfuerzo para poco tropezón. Y me imagino también los tropezones, las caídas, las carreras, los alaridos del último minuto, como si todas las eventualidades de la vida fueran tan arrogantemente férreas como los turnos de una fábrica de los primeros años de la era industrial.

En mi IES los padres reciben un SMS a los pocos minutos de que sus hijos se hayan escapado de clase. Tenemos una PDA y esta, cómo no, está conectada al Gran Hermano que todo lo ve. Creo que Orwell en alguna febrícula primaveral debió soñar con Séneca PDA, o con PASEN, o con HELVIA, con cualquiera de las plataformas que nos permiten crear subnormales más dóciles. Pero subnormales. La sociedad actual está compuesta por gente de bien que se saltó alguna que otra clase de vez en cuándo, certifico. Muchos de los seres vivos a los que admiro no hubieran picado en tiempo y forma en los tornos de sus IES, cuando eran jóvenes. Sin embargo, ahora son individuos productivos y hasta respetados. Será que todos aprendemos desde la aceptación de las normas, pero también desde la rebeldía hacia ellas. Hoy en día los adolescentes, para mi gusto, empiezan a tenerlo demasiado difícil para hacer travesuras y las travesuras también forman parte del proceso educativo.

A lo que voy: ¿acaso lo que nos hace crecer no es la facultad para equivocarnos, para transgredir según qué normas, para escoger lo que verdaderamente deseamos? Es una verdad universal que aquellos jóvenes enclaustrados bajo la mayor de las disciplinas morales, en material sexual, luego tienen un despertar erótico exabrupto, antinatural y hasta escandaloso. El exceso de represión es tan trágico como la laxitud. Tan peligroso es pasarse como no llegar y, traducido a la materia en la que nos encontramos, sigo pensando que no está bonito fiscalizarlo todo tanto, alienar al individuo de su obligación de “escoger correctamente”. Si imponemos, si obligamos, si lo regulamos todo, no estaremos formando, estamos adulterando: yo también querría saltarme las clases si fueran tan sumamente obligatorias. No enseñamos a elegir aquello que es positivo, simplemente restringimos la oferta de errores posibles, no ampliando la de aciertos. Quien no escoge, no acierta. Simplemente, pervive. Quien no escoge, no vive, no existe, no piensa: no es persona.

Por momentos creo estar hablando como un pedagogo, así que me callo, pero quiero hacer antes una lectura social, mucho más que dura. Algo falla, algo está podrido, en una sociedad en la que es necesario imponer normas que son lógicas, que cualquiera, incluso un adolescente, entendería que son innecesarias. No me preocupa que mis alumnos justifiquen o no sus faltas, pues ellos saben que faltar está mal y llevarán la penitencia en su nota. Ese es su asunto, esa es su responsabilidad: escogen correr un riesgo y son plenamente conscientes de cuál es el peligro y la consecuencia directa. Tarde o temprano tendrán que aprobar la asignatura y si no es en junio, será en septiembre o no será: no me quita el sueño. No me incumbe cuál es la problemática que hay detrás, aunque me preocupe, aunque deba conocerla: es su problemática y así debe ser, pues ellos escogen arriesgarse. No solo no es bueno evitar que los individuos cometan errores. También es malo. Tan malo como el modelo educativo que lastra el derecho a la educación en virtud de su obligatoriedad. Si no se escoge, no se acierta. Si algo es obligatorio, jamás podrá llevarnos a acertar.

Aspirantes a la cárcel

He tenido conocimiento de una actividad, que se está desarrollando en algunos centros educativos, y deseo compartirla con todos vosotros para generar un poco de polémica, como siempre. Como podrá intuirse por el titular de este artículo, me imagino que esa es su razón de ser, la dinámica guarda relación con la cárcel. Más aún, con los presos. Si alguien con dos dedos de frente está leyendo esto pensará “qué novedad: pedirle a los alumnos que ayuden a los presos a escribir más correctamente, a modo de voluntariado”. Lo acepto: no es una genialidad que nuestros chiquillos, clases medias del incipiente porvenir, dediquen su tiempo a humanizar a personas que lo han perdido todo, llevándoles ropa o cuitas. Está bien y es sano.

Pero no. Es al revés. ¡Tachán! Llega aquí el golpe de efecto que de mí esperaban. Son los alumnos los que están llamados a aprender de los presos. Los presos son llamados a compartir sus experiencias, a transmitir la incidencia que han tenido las drogas en sus vidas, para mostrar testimonios de maltrato, delitos e infortunios, toda suerte de actitudes de lo más educativas. En algunos lugares se lleva a los presos para que relaten sus correrías, sus hazañas, un poco como el Aripreste de Hita relataba sus golferías con el pretexto de ser un contraejemplo, de ser vistos por las futuras generaciones a modo de antihéroe. Sin embargo, ¿eso sucede acaso? ¿Acaso alguien era capaz de leerse el infumable “Libro de Buen Amor” sin el morbo consabido de aprender mucho en la materia de las cosas obscenas?

Defiendo las dos posturas, como si fuera un columnista serio, y que cada cual se quede con la que desee. En primer lugar, es cierto que los presos son personas, en la mayoría de los casos, a las que hace bien comuncarse, sociabilizarse, sentirse útiles, expresarse, mostrar lo que han vivido. A nuestros alumnos, además, les llega un testimonio vivo, directo, que se presenta en un formato llamativo. Se cuenta que algunos han acudido al IES hasta con grilletes para salpimentar un poco más el asunto. Asumo que nuestros estudiantes, en general, gastan poca atención en algo de lo que se les dice. Por ello, si las lecciones sobre la vida son asumidas de un modo más eficaz por alguien que lleva un pijama (alegórico) de rayas, sean bienvenidos. Nuestra sociedad, nuestros centros educativos, han de estar abiertos a la realidad, integrando a todos los colectivos excluidos o en riesgo de exclusión social. No es positivo alejar a nuestros estudiantes del mundo de las drogas, de las lacras sociales como la prostitución o la fuga de capitales. Todo acaba por descubrirse y es mejor, cómo no, que ciertas cosas se aprendan pronto y en compañía de un adulto.

Sin embargo, y paso a la segunda postura, todos aquellos que trabajamos con adolescentes sabemos que ellos, en la mayoría de los casos, son especialistas en buscarle la dimensión lúdica y lúbrica a todo... pero no la dimensión educativa. Son especialistas en obtener la información que nadie desea darles: cómo se consigue la droga, cómo se comienzan las ventas, qué es legal y dónde están los límites. Quién sabe si estas prácticas no despertarán en ellos más interés por dichos campos paralaborales, nuevos estímulos, por labrarse un futuro... dentro del hampa. Además, todo adolescente que se precie admirará más al excluido, al que está fuera del sistema, a todos los que transgreden las normas, que a sus aburridos profesores. Yo también los admiraba, y no me refiero a los profesores, cuando tenía su edad.

No se llevan abogados. Se señala a ciertos individuos e implícitamente se les llama fracasados. Nos regodeamos de no ser como ellos, de no haber acabado (de momento) donde ellos. Pero no se lleva a un notario, ni a una jefa de ventas de una organización prestigiosa. No se nos muestra el ejemplo positivo. ¿Acaso no sería más eficaz mostrar la vida más próxima a las películas de Disney, contando que aquellos que hacen las cosas bien salen beneficiados, que el karma imprime su enseña en todos los que trabajan por sacar el país adelante y no por meter en él más droga? ¿Tan difícil es ayudar a los alumnos a sentirse motivados, insuflarles las ganas de cambiar el mundo, de un modo sano?

¿Huelga?

Se puede tirar de hemeroteca y se verá que, en estos cuatro años, las he hecho todas. Hice las huelgas de interinos, no siéndolo, y también las de funcionarios. Me faltó tiempo para parar cuando agredieron a un compañero mío y, por supuesto, reivindico más dignidad, más coberturas, menos enchufes y más salario, cada semana. Por pedir, que no quede. Y más en vista de la importancia que nuestro gremio posee para la sociedad, y la poca cuenta que nos echan, con demasiada frecuencia, los medios y las autoridades. El problema es que, en este preciso instante, mientras escribo estas líneas, no he decidido si hacer la huelga, esta vez. Os quiero contar cómo me siento, simple y llanamente, por si le sirve a alguien o por si alguien me quiere ayudar a mí. Si alguien se siente como yo, que me escriba: me vendría bien cualquier consejo o afán de comprensión.

Si voy a la huelga, me temo que no cambiará nada. De hecho, nadie tiene demasiado claro qué demonios demandamos. Si se buscan mejores condiciones laborales, me quedo fuera de cualquier petición. Si peleamos por estatutos más justos, poco me incumbe, pues yo no tengo. Si queremos que cambie el Gobierno, para eso están las elecciones. Si nuestro afán es reivindicar nuestro malestar por la situación generalizada del país… ¿Acaso no lo hacemos a diario, mientras tomamos café? Si voy a la huelga, perderé un día de salario, mientras que los sindicalistas que llevan las pancartas sí cobrarán su sueldo y sus dietas. Si voy a la huelga, se especulará sobre mi profesionalidad, los alumnos perderán clase, y los sindicatos se sentirán respaldados y sacarán pecho. No quiero que saquen pecho. No en mi nombre. No se lo merecen, pues viven mejor que yo el resto del año. No me siento defendido por la inmensa mayoría de ellos y no siento que yo deba defenderlos a ellos, esta vez.

Si voy a la huelga, el Gobierno dirá que hemos ejercido nuestro derecho constitucional y que eso es bonito y entrañable. Los sindicatos dirán que los trabajadores somos los que tenemos el control del mundo, puede que hasta del universo, aunque eso no podría ser más estúpido. Si voy a la huelga, mis compañeros que trabajen ese día habrán de hacerlo doblemente, y mis nuevos jefes se plantearán cuál es mi ideológica política… puesto que la inmensa mayoría de los profesores de mi instituto han manifestado ya que no la harán. Puede que me perjudique hacer huelga, de hecho. No habrá piquetes, pero sí habrá piques si no voy a trabajar.

Si no hago huelga, es posible que nada cambie. Sin embargo, el Gobierno no podrá decir que la incidencia del paro ha sido mínimo, puesto que eso sería dejar en vergüenza a los sindicatos, que son sus amigos. Si no hago huelga, me sentiré mal cuando vaya a trabajar, puesto que tengo muy claro que no se están haciendo bien las cosas, desde arriba. Si no hago huelga, será difícil quitarme la sensación de que podríamos haber hecho más, de que fue nuestro deber hacer más, de que es imprescindible hacer más para cambiar las estructuras de nuestro obsoleto país. Si no hago huelga, daré la espalda a muchas personas que están trabajando duramente por los trabajadores, por los funcionarios, por todos los profesores de Andalucía. Ellos, una minaría de su grupúsculo, superhéroes de un colectivo connotado de holgazanes, merecen todo mi respeto y respaldo.

¡Estoy hecho un lío! Creo que voy a consultarlo con la almohada. ¿Huelga o no huelga? Y si la almohada no me saca de dudas, puede que lo decida a cara o cruz. De hecho, si tiro la moneda y cae por el lado del euro, iré a trabajar para no perder mis setenta euros. Si sale la cara de Juan Carlos, por el contrario, creo que no iré a trabajar. (Siento la asociación de ideas, es bastante cruel y totalmente fortuita).

Opositores

Javier se sintió extrañado al repasar la lista de notas de su tribunal. ¿Cómo era posible que aquel chico, que salió tan desencantado del primer examen, y al que escuchó hablando con tantos titubeos, hubiera obtenido una plaza de funcionario? Lo agregó al Facebook y descubrió que estaba “en una relación con” una de las miembras de su tribunal. Javier pensó en interponer una reclamación, pero... ¿para qué? ¿De qué serviría? Todo el mundo sabe que las notas de oposición no tienen vuelta atrás, ni vuelta de hoja.

Aida es una de las mejores opositoras del mundo. Obtuvo unas notas impresionantes y este año, nuevamente, estuvo por encima del nueve. Por desgracia, hace dos años no hubo ninguna plaza en su especialidad para opositores libres. Todos los que entraron fueron interinos. Dos años después, siendo ella interina, se tuvo que enfrentar con el drama de no ser “suficientemente interina”. Sin un diez de baremo, ser el mejor es secundario. Todo el mundo sabe que en estas oposiciones no ganan los mejores.

Antonio, después de veinte años siendo interino, conocía a varios de los miembros de su tribunal. Al constatar que se quedaría sin una plaza por pocas décimas, llamó al móvil personal de uno de estos. Quería ver su examen, conocer el desglose de sus notas. Quería descubrir dónde se le habían escapado las décimas que lo separaban de la gloria. Ante su sorpresa, le dijeron que no se molestara en acudir. No le enseñarían el examen. Las calificaciones eran definitivas y nadie iba a explicarle el por qué de estas.

Manolo se presentó con una programación de academia. Otra chica, en su mismo tribunal, tenía el mismo texto. Eso él no lo sabía, pero al terminar su exposición, su tribunal le hizo saber que dos de los apartados de ambos eran idénticos. No trabajará este año, por un ataque de honestidad. Se sentían indignados porque alguien hubiera osado a presentarse con un texto que no era propio. Se sentían ofendidos, muy dolidos, tan decepcionados... que pasaron por alto que todo el mundo copia sus programaciones, que es habitual traficar con ellas, que casi todos los que estamos dentro, tal vez ellos mismos también, lo hemos hecho.

N. es el peor profesor con el que jamás he trabajado. Es un impresentable en el sentido más pleno y específico de la expresión. Eso sí, tiene suerte. Es un pececillo engordado por un sindicato. Por fin, después de muchos años de no-trabajo, ha conseguido un puesto en el Olimpo. Si como interino era vago, no quiero ni pensar cómo será su carrera de funcionario de carrera. Nada sé de cómo fue su examen. No ha comentado nada a nadie. Es perro viejo y sabe que hay cosas que es mejor no contar.

Aquella chica, en la puerta del tribunal, me comentó que llevaba todo el curso sin estudiar porque su padre estaba al borde de la muerte. Llevaba papeles y su cara era icónicamente patética. Llevaba ropa vieja y el rostro amarillento. Era una auténtica perdedora. Me han contado que como funcionaria come gambas con entusiasmo y con ambas manos. No sé qué pasó entre un estado y el otro. No he seguido su historia, así que no tengo los detalles.

Sergio tiene una tara física impresionante: uno de sus dedos no se mueve de un modo normal. Tiene menos movilidad en la mano derecha por culpa de un accidente de moto, que tuvo cuando era más loco y más joven. Quién le iba a decir a él que ese accidente le permitiría ganar mil setecientos y pico de euros al mes, para toda la vida. Hay que cubrir las plazas de discapacidad y si tienes un médico generoso o un buen contacto... todo el mundo se encuentra algo.

Silvia terminó la carrera, estudió muy duro y sacó las oposiciones a la primera. Por desgracia, Silvia es excepcional.

Con Mermelada

Tengo nuevo claustro. Ahora vivo en otra ciudad y tengo mis cosas en cajas. De momento no estoy asentado y recuerdo, más que nunca, a todos aquellos profesores que dicen que nuestra vida tiene mucho de locura nómada. Despides (y despistas) a mucha gente y te regeneras en verano, esos veranos que nadie comprende, que nadie ajeno al gremio respeta. Todo es nuevo: cambian las normas, los nenes de primero nos reciben con portátiles debajo del brazo, se aprobó el ROC, aunque todavía no tengo muy claro en qué consiste, y recibimos a nuevos compañeros, procedentes de las oposiciones menos justas de la historia. Lo de siempre, más o menos, pero con tantos cambios que los que pierden la mirada en el pasado, se conduelen de que esta profesión nuestra esté más irreconocible que nunca.

En el primer claustro de mi nuevo IES, un señor calvo, que tiene el regusto de cierto acento trasnochado de Albacete, pidió la palabra para hablar de dinero. "Comenzamos bien", pensé. Con su recordatorio del famoso pellizco, de nuestra bajada de sueldo del siete por ciento, inició un reproche holgazán, algo manido, sobre lo poco que la sociedad nos respeta. "Huelga de celo", dijo. Comentó que sería interesante hacer solo lo indispensable, suspender las excursiones, abandonar los grupos de trabajo, el seguimiento de la biblioteca, dejar de formarnos, quitarle al instituto todo aquello que no sea estrictamente indispensable.

Me dolió. Y mucho. Porque creo, más que nadie, o tanto como el que más, en la necesidad de luchar, de decir las cositas claras... pero los comienzos de cursos deberían ser obligatoriamente ilusionantes para todos. Debería estar penado ir penando, perder la fe. Nos han pagado para descansar y yo me siento con ganas de volver a darlo todo, después de haber descansado; tengo muchas ganas de iniciar una nueva andadura, de buscar formas nuevas para explicar las adverbiales, de afrontar nuevos retos, con la certeza de que el sueldo es un pretexto para dar la vida por algo que verdaderamente vale la pena. En junio estaba quemado, claro, pero ahora ya no estamos en junio.

Da pena que se hable de "huelga de celo", que nos conformemos con cumplir, en un trabajo pensado para gente con principios y sin mesura. Nadie toma una tostada soltera, sin nada que la cubra. Un universo de docentes-funcionarios, en el que los de música no den la nota, en el que los filósofos no se anden por las ramas y los de Educación Física no bajen los balones de las ídem, no me gusta: no quiero un instituto sin pasión, sin cosas superfluas, con tanto celo, sin vida alguna. ¡Los alumnos no tienen la culpa de que nos hayan bajado el sueldo! Ahora bien, tal vez el problema no sea ese. Creo que muchos se quejan del dinero porque no son capaces de asumir que perdieron esa pasión del "Cantar de los Cantares", puesto que lo único honrado, el año en que no me sienta nervioso la noche previa al inicio de un curso nuevo, sería colgarla tiza y dedicarme a vender pollos asados.

A mí las tostadas me gustan con mermelada y los institutos repletos de vida, con las uñas comidas en las manos de los alumnos nuevos, con carpetas de Maxi Iglesias forradas e impolutas, con nuevos politonos que tendré que fingir que no he escuchado. Un nuevo curso empieza hoy. Y es bonito estar de vacaciones, pero me he cansado ya de fingir que alguien me escucha cuando le encuentro un doble sentido a las cosas. Tengo ganas de regañar, de escandalizar, de seducir (en sentido etimológico) y de conmover, de mentir por fines justos, con la justa medida, que yo impondré pues soy referente de virtud y de orden, aunque yo mismo me salte mis propios dictados a diario. Añoro corregir faltas en los dictados, tensar los renglones torcidos, alzar el telón y explicar con tesón, miles de cosas que no le importan a nadie, tal vez ni a mí mismo, pero que siempre "entrarán en el próximo examen".

Hoy empiezo mi quinto curso en EL MUNDO y he aprendido muchas cosas en todo este tiempo. Lo más básico, sin lugar a dudas, es que la clave para seguir haciendo lo que hago, con un poco de optimismo, es creerme que es posible alcanzar cosas que no son posibles. Tengo ganas de aportar algo, de entregar alguna clave que ayude a mis alumnos a ser más felices, signifique eso lo que signifique. Este curso será muy bueno y muy malo, me dice mi intuición. Como todas las cosas realmente importantes en la vida, me dice la experiencia.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Decíamos ayer... (explicación)

Hoy, día cuatro de agosto, he colgado muchísimas columnas (unas veinte). Los que me seguís por prensa habréis visto que no he dejado de publicar artículos en EL MUNDO cada semana, en ningún momento, como vengo haciendo desde hace cuatro años. ¿El motivo por el que he dejado de colgarlas en Internet? Que cada cual piense y se imagine una justificación plausible. No ha sido, en ningún caso, pereza o desgana. Ha sido, en todo caso, la asunción de un consejo... de un abogado.

No han sido meses fáciles para mí, en lo personal. En realidad, nada importa mi vida personal, pues el que escribe (el personaje) no es la persona (quien vive). Y quien vive no le interesa a nadie, claro. Se sigue la vida del columnista, las desventuras de un docente anónimo. Yo, la persona, no importo. Solo soy el símbolo de mucha gente y ni siquiera tengo un nombre propio de pila. Ni más, ni menos. Hay quien no lo entiende, pero es así.

Mis jefes me han dicho que el año que viene sigo en EL MUNDO. Comenzaré en septiembre y será mi quinto año. Estoy muy ilusionado porque cambio de centro, como muchos de vosotros, y tendré nuevas aventuras que relatar, todas ellas ficticias, aunque inspiradas en mucha gente buena que habré de conocer, y también estoy ilusionado porque podré volver a colgar mis textos aquí. Espero que entonces... ningún compañero se dedique a proferirme amenazas de muerte a modo de comentarios anónimos.

Pido perdón a todos aquellos que esperaran mis columnas y que, durante tantas semanas, se hayan sentido decepcionados por la prolongada carestía. ¡Aquí están! Y, cómo no, pronto estaremos de vuelta para tratar, cómo no, de cambiar el mundo.

Un abrazo a todos y tened un buen verano. ¡Nos vemos en septiembre!

Final de curso

Pensé que me daría más pena. Supuse que esta vez, al igual que en las anteriores, tendría dentro una ristra de cosas por decir, miles de palabras de gratitud y algún que otro vituperio. Siempre pensé que este final de curso, que este día final, que da al traste con un nuevo ciclo, sería más intenso, apasionado, visceral y potente. Sin embargo, mi cabeza ya no está aquí, ni da para más. Acudo a clase, en este día último, con la cabeza alta, con la moral tranquila, con la certeza de que todo está cumplido. Y no tengo lágrimas, ni miedos, ni mentiras; no me queda dentro ningún sentimiento ocre que epate algo. A estas alturas, después de cuatro años, no me despido tanto, ni arropo los destinos de los que han sido mis niños. Ya, a estas alturas, no me sacudo el polvo de los zapatos, ni me siento profeta que parte de ninguna parte, ni una parte importante del orden, ni del caos. Ya no temo convertirme en estatua de sal y miro hacia atrás, sin grima alguna. Simplemente, se acaba otro curso. Y, en la anormalidad más armónica, se juntan los nervios de los opositores, las despedidas, los ecos del Mundial, los calores y la calada firme del último paso. No estoy triste, ni alegre, simplemente ya no estoy. Ya no estoy dispuesto a sentirlo tanto, por eso ya no estoy. Y ya no quiero que me arranquen nada, porque ya no estoy aquí. Me hago mayor y lo noto, precisamente, en que las cosas ya no me importan tanto, supongo. Y no sé si es bueno o si soy malo.

Recuerdo ahora el primer día en que llegué al pueblo. Todos los alumnos estaban en la piscina local. Me di un baño sabiendo que no podría volver a hacerlo desde el anonimato. Desde entonces, he bordeado el expediente disciplinario demasiadas veces. He descubierto que no vale la pena sobresalir, que nuestro sistema premia a los mediocres. Me he sentido esclavo, perdido, he naufragado en las peores carreteras y he vivido toda suerte de aventuras que no puedo relatar, aunque me muera de ganas. Y, ahora que toca marcharse, que cambio de centro, como tantos miles de profesores en toda Andalucía, me queda la eterna duda de no saber qué será de mí, quién ocupará mi plaza, me aterra saber que la lluvia siempre atraviesa los espectros y que los ecos del pasado son ecos, y que los ecos nunca dicen nada nuevo, ni interesante, solo repiten como un estudiante que ha copiado, las verdades que otro alguien ya no recuerda por qué gritó con tanta fuerza.

Hoy empiezan las vacaciones de los niños. Las nuestras nos las tomaremos la semana próxima. Se inicia ahora un proceso feo de papeleo, en el que nos volvemos burócratas, verdaderos funcionarios. Me asusta el toque del timbre, cuando no tienes que volver al aula. A todos nos sobresalta, como el despertar de un sueño fresquito. Y, sin embargo, aunque los papeles no suelen darte malas respuestas, me pone triste ver este universo tan vacío. Me pone triste no tener réplicas, ver los pupitres huecos. Este trabajo, sin los alumnos, ¿qué sería? Si ellos se van, y se van hoy, nos quedamos huérfanos y viudos. Y resulta sencillamente imposible asumir que no los verás más, que ellos se quedan enclavados aquí, que yo me marcho, que ya no habrá más bromas, ni más golpes en la mesa. Qué distinta es esta despedida de la anterior... Sabría decir que ya no soy el mismo, pero no sabría razonar el por qué.

Dice Sabina que “al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”. No tengo ni idea de si he (o no) de regresar algún día por estas tierras. Supongo que no debo y supongo también que sí que lo haré. Cuando vuelves, me imagino, a un instituto en el que trabajaste muchos años atrás, permanecen los bares, dos o tres docentes, y poco más. Han edificado, las taquillas tienen nuevos propietarios y, sobre todo, y eso pica, los alumnos te miran del mismo modo en que mirarían a un comercial de Santillana. No quiero verme aquí de ese modo, sentirme un extraño, aunque asumo que los dos años que he pasado aquí son no más que una raya sobre el agua, un aguacero, que agrieta la tierra, que provoca desprendimientos y dudas, pero que siempre se pasa.

Hoy se termina el curso. Y hago las maletas. Y regreso a Ítaca, sin Penélope y sin Calipso, sin barco, sin dignidad, sin lustre, sin fuste, sin dolor: sin nada. Jamás fue tan literal, os lo juro. Hoy se marcha un curso y me recuerdo más joven, más loco, más hombre y más guerrero. Hoy se termina el curso y me acuerdo de Ángela, de María José, de Daniel, de Javier o de Encarnación. Hoy se termina el curso y me siento acabado, agotado, desolado... recordando que “desolar” es arrancar de la tierra los rastrojos para volver a sembrar de nuevo en tierra nueva. Hoy se termina un curso y solo Dios sabe, a ciencia cierta, lo muchísimo que amo este trabajo.

Selectividad

Esta semana se desarrollarán en Andalucía los exámenes de acceso a la Universidad. El año pasado tuve la inmensa suerte de corregir y aprendí mucho de aquella experiencia. Todo lo que viví me ha ayudado muchísimo a preparar a mis alumnos este año y, sobre todo, también a entender mucho mejor todo este proceso en el que miles de adolescentes se encuentran sumidos en este precioso momento. Esta columna surge con la vocación de tranquilizar a los alumnos de esta convocatoria, pero también a los profesores (que, no pocas veces, sienten que su dignidad docente pende y depende de los resultados que obtengan). Les voy a dar diez razones para tener confianza. Al fin y al cabo, van a examinarse de la Selectividad más fácil de toda la historia y suspender es altamente complicado e improbable.

Primer motivo. Por primera vez desde que el hombre bajó del árbol, solo será obligatorio realizar cuatro exámenes (Lengua, Filosofía o Historia, Inglés o Francés y una optativa). Por tanto, eso de que las PAU sea una aventura agotadora... tiene poco de realidad y mucho de nostalgia. Serán además cuatro los días de realización de las pruebas, para solo cuatro exámenes obligatorios. Segundo motivo. Selectividad se aprueba a partir de un cuatro. Te hacen media desde el cuatro, si tu nota de bachillerato es superior al seis, como ocurre en la mayoría de los casos. Tercer motivo. La ortografía no resta en exceso, ni siquiera en Lengua. En algunas universidades andaluzas no se quitó el año pasado puntuación por las faltas, por más que los alumnos tuvieran docenas de errores. Cuarto motivo. Los porcentajes de aprobados rondaron, en la pasada convocatoria de junio, el noventa por ciento... ¡siendo más difícil aquella que la selectividad de este año! Por tanto, parece probable que en 2010 menos de uno de cada diez suspenda. Quinto motivo. En todas las pruebas hay dos opciones, con lo cual solo con dominar una parte del temario se ha de lograr el apto. No hay factor sorpresa en muchos casos: casi todos los profesores hemos vaticinado cómo será nuestro examen y casi nunca fallamos. Casi todo se intuye. Sexto motivo: en esta ocasión, podrán hacerse asignaturas “para subir nota”. Estas solo ponderarán si resulta beneficioso para el alumno. Esta opción, que nunca ha existido, reportará algunas décimas a personas que puedan necesitarlas. Séptimo motivo. En la Selectividad de este año se puede sacar hasta un catorce, puesto que se puede realizar dos asignaturas “para subir nota”. Por tanto, sobre la hipotética nota superior, un catorce, sacar más de un cuatro parece de risa. Octavo motivo. Cada corrector habrá de corregir, de media, unos trescientos exámenes. No es raro, por tanto, que a veces se tienda a ser generoso, por las prisas, pues la falta de atención beneficia a los exámenes corregidos, siempre. Además de eso, en la ponencia en la que yo me encontré el pasado junio, nos establecieron una nota media de la que no podíamos bajar (y que era superior al seis). Si tus exámenes corregidos tenían una puntuación inferior, como media, tenías que subir las calificaciones. Asimismo, teníamos terminantemente prohibido puntuar con 4'75. En esos casos, y para evitar reclamaciones, se nos “recomendaba” redondear al alza. Noveno motivo. Los alumnos tienen la posibilidad de reclamar y de pedir una segunda corrección, por si algo no fuera correcto en el proceso. Décimo motivo. Selectividad supone no más que una prueba de madurez. Los niveles establecidos en segundo de bachillerato son, en la mayoría de los casos, superiores a los de Selectividad. Si un alumno ha aprobado segundo de bachillerato, lo normal es que esté más que preparado para superar este trance.

Por desgracia, otra cosa será la entrada en la carrera de nuestros sueños. En esta ocasión, y eso supone un problema para los aspirantes vía PAU, los alumnos de FP de grado superior entrarán en la Universidad sin necesidad de examinarse con el resto. Por tanto, todos aquellos que lleven, pongamos, un diez de expediente, en una FP de administración, tendrán garantizada una plaza en Medicina. Puede ser, por tanto, el año de las FP y un mal año para aquellos que desean una plaza en alguna de las carreras más codiciadas. Afortunadamente, la oferta de plazas que ofrecen nuestras universidades es amplia y hay un lugar para todos. O casi.

En fin, ¡que ya está! Nos disponemos a vivir la Selectividad más fácil de todos los tiempos y solo aquellos alumnos que se pongan más nerviosos de la cuenta, suspenderán. Por ello, hagan provisión de tilas, revisen los DNI, vean algún partido del Mundial en la tele, pues estudiar ya no sirve de algo, y disfruten de la experiencia... pues es apasionante. A mis alumnos de segundo de bachillerato siempre les digo que se inicia, tras todo este suplicio, el mejor verano de sus vidas. Para mí lo fue, sin duda. El año pasado todos mis alumnos aprobaron en Selectividad la asignatura que imparto y se lo aseguro, no es mérito mío. Si pudieron aprobar todos, teniéndome a mí de profesor, es porque aprobar Selectividad, con las normas actuales, está chupado. A pesar de lo cual, y aunque no sea necesaria, ¡os deseo mucha suerte a todos!