Soy un cotilla. Si conservo algún lector, quedaría mejor con ellos si dijera ahora mismo que me preocupo por mis alumnos. Mi inspector, apoyado en su poltrona funcionarial, al que he convertido ya en un personaje más de este relato, mientras toma café tranquilamente y lee como cada martes mi columna en EL MUNDO, se relamería de gusto si yo le diera a esta práctica una explicación pedagógica… pero no la hay. Simplemente, soy un cotilla: ¿contentos? Después de haberles mandado una actividad para buscar información en Internet, me acerqué a sus ordenadores y me puse a comprobar qué palabras habían estado buscando en Google mientras, supuestamente, debían estar haciendo lo que yo les había mandado hacer. Soy un cotilla, lo sé (no tengo excusa). Eso sí, gracias a mis vicios, les puedo exponer ahora los resultados de mis pesquisas: en dos ordenadores habían intentado buscar pornografía. Otros dos chicos habían estado mirando fotos de luchadores de Pressing Catch. Otro rebuscó páginas web de marihuana para conocer cuál era el récord mundial de altura (y no me refiero a la especialidad deportiva). De todas formas, todo esto me resultó obvio. Sin embargo, alguien había buscado la palabra “SIDA” y eso sí me preocupó bastante. Lo constaté. Había estado rebuscando páginas, bastantes páginas, muchas páginas sobre dicho tema. ¿A santo de qué?
¿Cómo puedes acercarte a una alumna de catorce años para preguntarle si cree tener SIDA? ¿Cómo se le pide a una persona que te considera su enemigo, que se duerme en tus clases, que se está intentando rebelar contra ti, que te abra su corazón, que te explique lo que está viviendo, que te hable de por qué está tan preocupada, últimamente? Sé quién se sentó en ese ordenador y todos mis prejuicios me hacen reafirmar que mi memoria no falla. Repetidora, muy delgada, es frecuente verla en malas compañías, lejos de las bibliotecas, frecuentando callejones por la noche. Sí, ¡es ella! Como sé que debo hacer algo, opto por actuar de la forma más ruin que se me ocurre. Utilizo una de mis clases, saco el tema y empleo una pregunta de uno de los chicos como pretexto para soltarles la charla sobre el SIDA. Les cuento cómo se contrae, en qué consiste, qué se puede hacer para evitar caer enfermos. No dejo de mirarla, mientras hablo. Ella piensa que es casual: no sabe, no piensa, se echa a llorar.
En mi despacho, en una guardia, compruebo que se ha mordido las uñas demasiado. No me fija los ojos en mis ojos. Me sería más fácil hacer hablar con fluidez a un gato de porcelana, por eso sé que necesito un golpe de efecto. –“Sara, ¿te apetece un cigarro?”, le pregunto, y ella se extraña, primero, y luego se espanta. Me dice que “no” (contaba con ello), pero creo haber ganado con la pregunta diez centímetros de confianza. Lo aprovecho y comienzo a introducirla en la conversación que yo deseo.
La clave de todo está en que ella tiene catorce años. Supongo que eso explica que le llamara tanto la atención lo que le contaron sus amigas de un chico que vive a catorce kilómetros del pueblo. Ese chico tiene SIDA, o eso se dice de él. A ella, aunque no me lo explica con estas palabras, le fascina la idea de que alguien tan joven pueda estar sentenciado ya. Ese chico es cruel, desagradable, parece haber vivido catorce vidas, aunque solo tiene veintidós. Años. Pocos años le quedan, según la leyenda. Cayó en sus brazos y, como tantas otras veces, mantuvo relaciones sexuales. Con catorce años, pero sin preservativo, Sara se dejó llevar por/con el joven en su coche. Me aterran las cosas que atenazan mi mente, mientras ella me explica con frialdad cómo sucedió. No hay amor en su mirada y tampoco deseo. Se siente fascinada. En cierto modo, el terror por poder estar infectada la hace sentirse especial, la hace sentirse más viva que cuando estaba segura de estar sana. Sus padres la tratan todavía como una niña, porque es una niña. Eso a ella la enferma. Tener una enfermedad tan adulta podría hacerla convertirse en un mito: la gente hablaría de ella, le harían caso por fin. Los chicos la mirarían, verían en sus ojos cierto halo de misterio, sentirían miedo de ella, la mirarían con compasión, la mirarían con-pasión. –“Maestro, ¿tú crees que tengo el SIDA?”, me dice. Y me dejo llevar y me da la sensación de que soy yo el que necesita el cigarrillo.
sábado, 26 de abril de 2008
martes, 15 de abril de 2008
Propuestas para el nuevo gobierno
Sr. Arenas, Sr. Chaves... Esto es para ustedes. Si les interesa, tomamos un café y les explico mis ideas. Eso sí, ustedes pagan, dado que sus sueldos son mayores que el mío. No tengo ideología: votaré en las próximas elecciones al partido que apoye, durante esta legislatura, un número mayor de estas propuestas. ¿Por qué no comienzan, desde ya, a ganarse mi voto? ¡Tienen cuatro años para currárselo un poquito!
Uno. Creo que el gran cáncer de nuestros institutos es la obligatoriedad de cursar el actual modelo de ESO hasta los dieciséis años. En según qué casos, resulta una tortura para los alumnos y, más aún, para nosotros. A efectos prácticos, muchos alumnos dejan de venir con quince o incluso con catorce años. Hay que regularizar esta situación y, si me lo permiten, creo que habría que plantear un sistema paralelo para alumnos que no saben o no pueden (en suma, que no quieren) estudiar a los catorce y quince años. Dos. Por tanto, creo que deberíamos invertir decididamente en PGS (Plan de Garantía Social), bien cualificados y dotados, para todos estos alumnos de los que sabemos que no titularán en la vida (¡a partir de catorce años!). Plantearía programas de jornada reducida, más prácticos, que los preparen para el mercado laboral, donde se les ofrezca el título y la formación mínima en Lengua y Matemáticas… sin tener que esperar hasta los dieciséis años. Tres. ¿Por qué no se gastan los fondos de todos los proyectitos-chorra en bajar la ratio? No solo no reforzaría los centros bilingües, sino que me plantearía suprimir dichos proyectos, porque nuestros alumnos no conocen nuestra lengua, así que estudiar en otra, resulta una quimera, visto desde dentro. Así pues, esos fondos los destinaría a desdoblar los grupos, a bajar a veinte o veinticinco la ratio máxima y, en los cursos y centros conflictivos, a quince (hay más centros conflictivos que no son considerados centro de atención preferente, por cierto). Sé que antaño existían grupos de más de treinta (y de cuarenta)… pero eran otros tiempos.
Cuatro. Los licenciados no estamos preparados ni física ni emocionalmente para impartir clases en el primer ciclo de la ESO. O bien se cambian los programas de las licenciaturas o se dinamiza el CAP (no creo en ello) o nos dejan hacer lo que sabemos hacer. Lo ideal sería que estos cursos fueran impartidos por maestros (como siempre ha sido). ¿Sería tan descabellado el retorno de los primeros y segundos a los colegios, de donde nunca debieron salir? Creo profundamente en mi inutilidad para enseñar como los maestros lo hacen. Desdoblaría los cursos altos (con licenciados) y contrataría más maestros para impartir clase en los cursos bajos. Cinco. Asesinaría al pingüino de Guadalinex y pagaría licencias Windows para que nuestros alumnos aprendan realmente algo útil en Informática, aumentaría el peso de la Informática y crearía una plataforma interactiva que realmente sirviera, ofrecería reducciones horarias al profesorado para trabajar en la labor de ponerla en pie (materiales comunes, interactivos, globales). Seis. Daría más estabilidad laboral a los interinos, pues es difícil construir un proyecto educativo si cada año tienes que renovar una parte importante de tu plantilla. Siete. Daría más derechos a los profesores de Religión, pues hacen el mismo trabajo que nosotros y no tienen reducción a los 55 años, ni muchos otros derechos. Ocho. Eliminaría la promoción automática y, mucho más aún, la aberrante medida de pasar de curso con cuatro suspensos. Nueve. Concedería a los profesionales de la educación la categoría de autoridad. Diez. Aumentaría la dotación de guardias de seguridad en las puertas de los centros y, en algunos institutos, también reforzaría la vigilancia policial dentro y fuera de las aulas (no me disgustaría ver, de vez en cuándo, algún policía haciendo algún que otro registro por sorpresa a ciertos estudiantes). Once. Acabaría con la endogamia que preside las elecciones de los cuerpos directivos, daría primacía al voto del claustro y a las ideas de los docentes: en mi opinión el director debería ser aquel que tenga el mejor equipo y las mejores ideas, no el que tenga más experiencia como director. Doce. Daría más protección a los profesores novatos, para que su inserción en el aula sea algo más gradual (quizá, con una pequeña reducción horaria el primer año, acompañada de ayudas reales por parte de sus tutores, sobre todo al comienzo del curso). Trece. Aumentaría el sueldo de los profesores de los centros conflictivos o a aquellos que tengan que trabajar en provincias muy lejanas de lo que, en realidad, han pedido (para compensar las pérdidas económicas, respecto de las personas en comisión de servicio, que trabajan junto a sus casas). Catorce. Liberalizaría todas las permutas. Quince. Pondría cámaras de vídeo dentro de las aulas y daría libertad a los profesores para enseñar a los padres lo que hacen realmente sus hijos. Dieciséis. Me dejaría de cambiar el sistema educativo según mis intereses políticos y a espaldas de los docentes.
Uno. Creo que el gran cáncer de nuestros institutos es la obligatoriedad de cursar el actual modelo de ESO hasta los dieciséis años. En según qué casos, resulta una tortura para los alumnos y, más aún, para nosotros. A efectos prácticos, muchos alumnos dejan de venir con quince o incluso con catorce años. Hay que regularizar esta situación y, si me lo permiten, creo que habría que plantear un sistema paralelo para alumnos que no saben o no pueden (en suma, que no quieren) estudiar a los catorce y quince años. Dos. Por tanto, creo que deberíamos invertir decididamente en PGS (Plan de Garantía Social), bien cualificados y dotados, para todos estos alumnos de los que sabemos que no titularán en la vida (¡a partir de catorce años!). Plantearía programas de jornada reducida, más prácticos, que los preparen para el mercado laboral, donde se les ofrezca el título y la formación mínima en Lengua y Matemáticas… sin tener que esperar hasta los dieciséis años. Tres. ¿Por qué no se gastan los fondos de todos los proyectitos-chorra en bajar la ratio? No solo no reforzaría los centros bilingües, sino que me plantearía suprimir dichos proyectos, porque nuestros alumnos no conocen nuestra lengua, así que estudiar en otra, resulta una quimera, visto desde dentro. Así pues, esos fondos los destinaría a desdoblar los grupos, a bajar a veinte o veinticinco la ratio máxima y, en los cursos y centros conflictivos, a quince (hay más centros conflictivos que no son considerados centro de atención preferente, por cierto). Sé que antaño existían grupos de más de treinta (y de cuarenta)… pero eran otros tiempos.
Cuatro. Los licenciados no estamos preparados ni física ni emocionalmente para impartir clases en el primer ciclo de la ESO. O bien se cambian los programas de las licenciaturas o se dinamiza el CAP (no creo en ello) o nos dejan hacer lo que sabemos hacer. Lo ideal sería que estos cursos fueran impartidos por maestros (como siempre ha sido). ¿Sería tan descabellado el retorno de los primeros y segundos a los colegios, de donde nunca debieron salir? Creo profundamente en mi inutilidad para enseñar como los maestros lo hacen. Desdoblaría los cursos altos (con licenciados) y contrataría más maestros para impartir clase en los cursos bajos. Cinco. Asesinaría al pingüino de Guadalinex y pagaría licencias Windows para que nuestros alumnos aprendan realmente algo útil en Informática, aumentaría el peso de la Informática y crearía una plataforma interactiva que realmente sirviera, ofrecería reducciones horarias al profesorado para trabajar en la labor de ponerla en pie (materiales comunes, interactivos, globales). Seis. Daría más estabilidad laboral a los interinos, pues es difícil construir un proyecto educativo si cada año tienes que renovar una parte importante de tu plantilla. Siete. Daría más derechos a los profesores de Religión, pues hacen el mismo trabajo que nosotros y no tienen reducción a los 55 años, ni muchos otros derechos. Ocho. Eliminaría la promoción automática y, mucho más aún, la aberrante medida de pasar de curso con cuatro suspensos. Nueve. Concedería a los profesionales de la educación la categoría de autoridad. Diez. Aumentaría la dotación de guardias de seguridad en las puertas de los centros y, en algunos institutos, también reforzaría la vigilancia policial dentro y fuera de las aulas (no me disgustaría ver, de vez en cuándo, algún policía haciendo algún que otro registro por sorpresa a ciertos estudiantes). Once. Acabaría con la endogamia que preside las elecciones de los cuerpos directivos, daría primacía al voto del claustro y a las ideas de los docentes: en mi opinión el director debería ser aquel que tenga el mejor equipo y las mejores ideas, no el que tenga más experiencia como director. Doce. Daría más protección a los profesores novatos, para que su inserción en el aula sea algo más gradual (quizá, con una pequeña reducción horaria el primer año, acompañada de ayudas reales por parte de sus tutores, sobre todo al comienzo del curso). Trece. Aumentaría el sueldo de los profesores de los centros conflictivos o a aquellos que tengan que trabajar en provincias muy lejanas de lo que, en realidad, han pedido (para compensar las pérdidas económicas, respecto de las personas en comisión de servicio, que trabajan junto a sus casas). Catorce. Liberalizaría todas las permutas. Quince. Pondría cámaras de vídeo dentro de las aulas y daría libertad a los profesores para enseñar a los padres lo que hacen realmente sus hijos. Dieciséis. Me dejaría de cambiar el sistema educativo según mis intereses políticos y a espaldas de los docentes.
miércoles, 9 de abril de 2008
Los funcionarios no lloran
Estoy cansado de escucharle a los compañeros: “Fulanito a mí me trabaja”. Estoy cansado de que no me hagan caso los alumnos, ni nadie. Estoy cansado de los dolores de garganta. Estoy cansado de escuchar que los profesores no trabajamos. Estoy cansado de que mi director tenga un horario donde no existen la mitad de sus horas. Estoy cansado de que siempre que escucho “don” sea con ironía. Estoy cansado de los consejos de muchos pedagogos, que no han entrado en un aula jamás. Estoy cansado de que los políticos se apunten tantos que no mete nadie, pero que si alguien los metiera, seríamos nosotros. Estoy cansado de solucionar robos de lapiceros y estuches. Estoy cansado de temer por la chapa de mi coche. Estoy cansado de planes absurdos como el proyecto de calidad, las ecoescuelas, los espacios de paz y todas esas sandeces que no arreglan nada. Estoy cansado de rellenar partes que no sirven y de que se critique Educación para la Ciudadanía habiendo quinientas cosas que están peor. Estoy cansado de pedirle a los alumnos que abran el libro. Estoy cansado de escuchar cómo me faltan al respeto. Estoy cansado de leer noticias de agresiones a docentes, sin que nadie haga nada. Estoy cansado de tener que coger el coche cada mañana y de conducir para llegar a mi puesto de trabajo, mientras muchos impostores aducen una comisión de servicio por enfermedades que no existen.
Estoy cansado de la falta de medios, de las clases de más de treinta alumnos y de sentir que nadie me escucha mientras hablo. Estoy cansado de regañar a los hijos, de regañar a los padres y de que los segundos compren motos a los primeros para celebrar que los he suspendido. Estoy cansado de ver alumnos promocionar, sin aprobar ni el recreo. Estoy cansado de poner notas que no sirven de nada. Estoy cansado de corregir gratis pruebas extraordinarias que se inventa la Junta para engañar a la gente. Estoy cansado de perseguir a los camellos, de buscar droga en las mochilas, de descubrir a niñas embarazadas, de hacer de psicólogo, asistente social, esteticista y hombre de la limpieza. Estoy cansado de ver papeles por el suelo, de escuchar gritos en los cambios de clase, de la Ley del Menor, de las Leyes de Murphy, de ser mirado como un traidor por los alumnos y un mercenario por los padres. Estoy cansado de las promesas de la Junta, de los sindicatos, de las propuestas de los sindicatos, de las propuestas que nunca llegan a nada, de los aumentos de sueldo que nos “proponen”, de asistir al Centro por la tarde para perder mi tiempo, de los cursos del CNICE, de los cenizos cursos del CEP, de preparar actividades que los alumnos no aprecian, del lenguaje no sexista, los membretes de la Junta sobre cualquier cosa, los accidentes, las bibliotecas sin libros y los centros TIC sin demasiados ordenadores y con demasiados tics.
Estoy cansado de los inspectores. Sí, estoy cansado de los inspectores. Estoy cansado de que todo el mundo le eche la culpa de todo a la educación, de que las familias se desmoronen, de llegar a punto del colapso a casa, de las ganas de matar a alguien, de no poder castrar químicamente a los futuros violadores que acosan ya a ciertas alumnas, de los padres que fuman porros delante de sus hijos, de los políticos, de todos los políticos, de absolutamente todos los políticos, de las leyes de Educación, reformas, contrarreformas, análisis e informes infumables. Estoy cansado de pasar frío en invierno, de pasar calor en verano, de la falta de corporativismo, de no ser ni tener autoridad, de que lo rompan todo, de no poder dar clases, de que los contenidos sean una anécdota porque son secundarios en Secundaria, de pedir perdón por explicar a última hora, de las programaciones y unidades didácticas, de colocar unos en vez de ceros, de ver cómo todos se cruzan de brazos, de sentir miedo, de ser engañado, de sentirme solo, de saberme sembrador en el desierto, de tantas mentiras, hipocresía, falta de educación en Educación, blasfemias, políticas e ira.
Estoy cansado. Pero lo sé: son solo gajes del oficio. Los funcionarios no lloran, pero sí pagan impuestos.
Estoy cansado de la falta de medios, de las clases de más de treinta alumnos y de sentir que nadie me escucha mientras hablo. Estoy cansado de regañar a los hijos, de regañar a los padres y de que los segundos compren motos a los primeros para celebrar que los he suspendido. Estoy cansado de ver alumnos promocionar, sin aprobar ni el recreo. Estoy cansado de poner notas que no sirven de nada. Estoy cansado de corregir gratis pruebas extraordinarias que se inventa la Junta para engañar a la gente. Estoy cansado de perseguir a los camellos, de buscar droga en las mochilas, de descubrir a niñas embarazadas, de hacer de psicólogo, asistente social, esteticista y hombre de la limpieza. Estoy cansado de ver papeles por el suelo, de escuchar gritos en los cambios de clase, de la Ley del Menor, de las Leyes de Murphy, de ser mirado como un traidor por los alumnos y un mercenario por los padres. Estoy cansado de las promesas de la Junta, de los sindicatos, de las propuestas de los sindicatos, de las propuestas que nunca llegan a nada, de los aumentos de sueldo que nos “proponen”, de asistir al Centro por la tarde para perder mi tiempo, de los cursos del CNICE, de los cenizos cursos del CEP, de preparar actividades que los alumnos no aprecian, del lenguaje no sexista, los membretes de la Junta sobre cualquier cosa, los accidentes, las bibliotecas sin libros y los centros TIC sin demasiados ordenadores y con demasiados tics.
Estoy cansado de los inspectores. Sí, estoy cansado de los inspectores. Estoy cansado de que todo el mundo le eche la culpa de todo a la educación, de que las familias se desmoronen, de llegar a punto del colapso a casa, de las ganas de matar a alguien, de no poder castrar químicamente a los futuros violadores que acosan ya a ciertas alumnas, de los padres que fuman porros delante de sus hijos, de los políticos, de todos los políticos, de absolutamente todos los políticos, de las leyes de Educación, reformas, contrarreformas, análisis e informes infumables. Estoy cansado de pasar frío en invierno, de pasar calor en verano, de la falta de corporativismo, de no ser ni tener autoridad, de que lo rompan todo, de no poder dar clases, de que los contenidos sean una anécdota porque son secundarios en Secundaria, de pedir perdón por explicar a última hora, de las programaciones y unidades didácticas, de colocar unos en vez de ceros, de ver cómo todos se cruzan de brazos, de sentir miedo, de ser engañado, de sentirme solo, de saberme sembrador en el desierto, de tantas mentiras, hipocresía, falta de educación en Educación, blasfemias, políticas e ira.
Estoy cansado. Pero lo sé: son solo gajes del oficio. Los funcionarios no lloran, pero sí pagan impuestos.
jueves, 3 de abril de 2008
¿El precio de Hacéldama? (2 de 2)
¿El precio de Hacéldama? (2 de 2)
Alguien rompió el silencio con unos cuantos aplausos. El moderador, que no desea que el debate se descontrole, se apresura a presentar al otro profesor. Benigno tendrá cinco minutos para explicar por qué está a favor del Plan de Calidad. Máximo ya ha mostrado su disconformidad con solvencia, pero será el resto del claustro el encargado de decidir, con sus votos, cuál de las dos posturas es la más fuerte. En cualquier caso, parece obvio que no habrá unanimidad, pues existen muchos recelos, a fin de cuentas, podría cortarse el ambiente con un cuchillo jamonero. El moderador, nuestro flamante Director, le da paso con un gesto a Benigno. Carraspea y comienza con parsimonia a desgranar su letanía:
-“¡No seáis torpes, hombre! De todos los funcionarios tipo A, somos los que menos cobramos. La Junta eso lo sabe. Por tanto, ha tomado la decisión de subirnos el sueldo. Ahora bien, ¿cómo se tomarían los médicos que a nosotros nos subieran la nómina por toda la cara? No, no es posible. Se tienen que buscar algún pretexto para pagarnos más. Vamos a ver, no hace falta ser muy listos para darse cuenta de que el Plan de Calidad no nos exige nada que no hagamos ya… ¿Acaso no aprobamos ya a más alumnos de la cuenta? ¿Acaso no los vemos promocionar sin poder evitarlo? ¿Acaso no tenemos ya que hacer cursos? ¿No es cierto que se nos revisa, que se nos vigila? ¿No se nos pide ya que mejoremos nuestros resultados? Todo esto se lleva haciendo ya varios años… ¿por qué nos extrañamos si nos pagan por ello, ahora? Haremos lo mismo y cobraremos más. ¿Os parece malo eso? No sé vosotros, pero yo ya cumplo el Plan de Caridad en mis clases. Para mí no supone ningún avance, ningún trabajo extra…
La Junta tiene derecho a obligarnos a hacer todo eso. Si decimos “no” al Plan, dentro de dos o tres años nos exigirán esto mismo, pero tendremos que hacerlo gratis… ¿no os dais cuenta? ¡Tanto tiempo pidiendo que nos suban el sueldo y ahora nos quejamos! ¿Por qué nos quejamos siempre de todo? Supongo que si hubiera sido otro el partido que lo hubiera propuesto, los que estáis a favor, estaríais en contra. Los que están en contra, estarían a favor… ¿no os parece absurdo? Dejad la política a un lado y hacedle caso a vuestra razón. Podemos renunciar al proyecto cuando queramos, en cualquier momento, y no habrá que devolver el dinero cobrado. ¡¡No es necesario aprobar a ningún alumno más!! Empezamos, cobramos… el que quiera sigue, el que no, que se vaya. ¡Y tan amigos! No es vinculante a todos, ni es obligatorio llegar hasta el final. Mientras sigues, cobras. Si no quieres seguir cobrando, te borras. ¿Dónde está el problema, entonces? Y si se ofrece algún premio más, como mantenernos en el mismo centro, ¡mejor aún! ¿No nos quejamos tanto de la precariedad, de que nos cambien de centro cada dos por tres? Parece que la Junta se ha dado cuenta de que para mejorar los institutos, tienen que darnos más estabilidad, ¡por fin vamos por el buen camino!
Por último, quería plantearos una reflexión. ¿Vais a renunciar al dinero por dignidad? ¿Os queda de eso? Los alumnos nos faltan el respeto, los padres tratan de pegarnos, cuelgan vídeos nuestros en Youtube y nadie nos presta atención… ¿y os sigue quedando dignidad? Yo, si os digo la verdad, no tengo dignidad, si hablamos de dinero. Al fin y al cabo, ¿dais las clases por gusto? No, claro que no. Todos vosotros trabajáis por dinero, no por dignidad. Yo prefiero trabajar por más dinero, por mucho dinero, porque trabajo por dinero, porque soy realista. Al fin y al cabo, de eso vivimos, no de la dignidad ni del orgullo. Pero vamos, tened la cabeza alta; no van a hacernos nada distinto de lo que ya nos hacen. La única diferencia es que tendremos siete mil euros más para comprar un campito, para celebrar una fiesta, para marcharnos al Caribe con nuestra mujer y perder de vista a los alumnos, a los padres, al claustro y a todas esas historias. No tengáis miedo: tendréis unas largas y prósperas vacaciones para gastaros toda la pasta que estamos a punto de ganar.
Voto secreto. Recuento: Treintaidós votos a favor. Catorce votos en contra. Seis abstenciones. Nombre del Centro. Fecha y firma de los presentes.
Alguien rompió el silencio con unos cuantos aplausos. El moderador, que no desea que el debate se descontrole, se apresura a presentar al otro profesor. Benigno tendrá cinco minutos para explicar por qué está a favor del Plan de Calidad. Máximo ya ha mostrado su disconformidad con solvencia, pero será el resto del claustro el encargado de decidir, con sus votos, cuál de las dos posturas es la más fuerte. En cualquier caso, parece obvio que no habrá unanimidad, pues existen muchos recelos, a fin de cuentas, podría cortarse el ambiente con un cuchillo jamonero. El moderador, nuestro flamante Director, le da paso con un gesto a Benigno. Carraspea y comienza con parsimonia a desgranar su letanía:
-“¡No seáis torpes, hombre! De todos los funcionarios tipo A, somos los que menos cobramos. La Junta eso lo sabe. Por tanto, ha tomado la decisión de subirnos el sueldo. Ahora bien, ¿cómo se tomarían los médicos que a nosotros nos subieran la nómina por toda la cara? No, no es posible. Se tienen que buscar algún pretexto para pagarnos más. Vamos a ver, no hace falta ser muy listos para darse cuenta de que el Plan de Calidad no nos exige nada que no hagamos ya… ¿Acaso no aprobamos ya a más alumnos de la cuenta? ¿Acaso no los vemos promocionar sin poder evitarlo? ¿Acaso no tenemos ya que hacer cursos? ¿No es cierto que se nos revisa, que se nos vigila? ¿No se nos pide ya que mejoremos nuestros resultados? Todo esto se lleva haciendo ya varios años… ¿por qué nos extrañamos si nos pagan por ello, ahora? Haremos lo mismo y cobraremos más. ¿Os parece malo eso? No sé vosotros, pero yo ya cumplo el Plan de Caridad en mis clases. Para mí no supone ningún avance, ningún trabajo extra…
La Junta tiene derecho a obligarnos a hacer todo eso. Si decimos “no” al Plan, dentro de dos o tres años nos exigirán esto mismo, pero tendremos que hacerlo gratis… ¿no os dais cuenta? ¡Tanto tiempo pidiendo que nos suban el sueldo y ahora nos quejamos! ¿Por qué nos quejamos siempre de todo? Supongo que si hubiera sido otro el partido que lo hubiera propuesto, los que estáis a favor, estaríais en contra. Los que están en contra, estarían a favor… ¿no os parece absurdo? Dejad la política a un lado y hacedle caso a vuestra razón. Podemos renunciar al proyecto cuando queramos, en cualquier momento, y no habrá que devolver el dinero cobrado. ¡¡No es necesario aprobar a ningún alumno más!! Empezamos, cobramos… el que quiera sigue, el que no, que se vaya. ¡Y tan amigos! No es vinculante a todos, ni es obligatorio llegar hasta el final. Mientras sigues, cobras. Si no quieres seguir cobrando, te borras. ¿Dónde está el problema, entonces? Y si se ofrece algún premio más, como mantenernos en el mismo centro, ¡mejor aún! ¿No nos quejamos tanto de la precariedad, de que nos cambien de centro cada dos por tres? Parece que la Junta se ha dado cuenta de que para mejorar los institutos, tienen que darnos más estabilidad, ¡por fin vamos por el buen camino!
Por último, quería plantearos una reflexión. ¿Vais a renunciar al dinero por dignidad? ¿Os queda de eso? Los alumnos nos faltan el respeto, los padres tratan de pegarnos, cuelgan vídeos nuestros en Youtube y nadie nos presta atención… ¿y os sigue quedando dignidad? Yo, si os digo la verdad, no tengo dignidad, si hablamos de dinero. Al fin y al cabo, ¿dais las clases por gusto? No, claro que no. Todos vosotros trabajáis por dinero, no por dignidad. Yo prefiero trabajar por más dinero, por mucho dinero, porque trabajo por dinero, porque soy realista. Al fin y al cabo, de eso vivimos, no de la dignidad ni del orgullo. Pero vamos, tened la cabeza alta; no van a hacernos nada distinto de lo que ya nos hacen. La única diferencia es que tendremos siete mil euros más para comprar un campito, para celebrar una fiesta, para marcharnos al Caribe con nuestra mujer y perder de vista a los alumnos, a los padres, al claustro y a todas esas historias. No tengáis miedo: tendréis unas largas y prósperas vacaciones para gastaros toda la pasta que estamos a punto de ganar.
Voto secreto. Recuento: Treintaidós votos a favor. Catorce votos en contra. Seis abstenciones. Nombre del Centro. Fecha y firma de los presentes.
El campo del alfarero
El campo del Alfarero (1 de 2)
¡Ni los más viejos del lugar recuerdan algo semejante! Los dos partidos se arremolinan entorno a sus líderes para escuchar las últimas instrucciones, antes de la votación final. El objetivo de fondo es, ni más ni menos, captar el voto de los indecisos y de los más proclives a abstenerse. Para ello, unos prometen dinero. Otros, dignidad. El catastrofismo es la bandera de unos. La simplicidad, el arma letal de los otros. Mucho movimiento, miradas desafiantes… Por lo pronto, se ha logrado captar la atención de los más disolutos, de aquellos que no echan cuenta a nada. No falta nadie. Todos presencian el cuadro. Se miran, se increpan, llega el silencio. Toma la palabra el moderador y presenta la reyerta que está llamada a prorrumpir:
-“Señores, estamos aquí para debatir y votar si nos adscribimos (o no) al Plan de Calidad. Ya sabéis que este tema ha suscitado demasiada polvareda en la opinión pública y, por ello y con ello, muchos ya tenéis una opinión formada. Para todos los demás, esto servirá para aclarar ideas. Algunos opinan que es una vergüenza que nos paguen un plus por objetivos y que, llegado el caso, nos obliguen a aumentar el número de aprobados para recibir dinero. ¡Pero estamos hablando de mucho dinero y, por ello, muchos no quieren escuchar todos esos pretextos! ¡Más de siete mil euros, en total, por cabeza, podemos ganar! Ahora bien, ¿es lícito aceptar ese pago? ¿Debemos creernos que la Junta cumplirá su palabra o nos atraparán en la letra pequeña? Vamos a escuchar dos opiniones. Una a favor del Plan de Calidad y otra en contra. Después, se procederá a la votación. Sabemos que hay miles de personas pendientes de nosotros. Han hablado mucho los políticos sobre este proyecto. Hemos de tener cuidado: señores, presten atención, porque no se trata solo de un “sí” o de un “no”, hay mucho más en juego. ¡Doy la palabra a Máximo!
-“Compañeros, amigos… Lo que la Junta busca es manipularnos, atarnos, comprar nuestra voluntad con unos cuantos billetes. Lo que estamos discutiendo hoy es qué precio queremos poner a nuestra dignidad. Si decimos que sí, los padres pasarán un informe sobre nosotros, tendremos que venir muchas más tardes, quién sabe si no se buscará a medio plazo que perdamos nuestro mes de julio de vacaciones o que trabajemos todos los días de ocho y media a dos y media… Además, perderemos lo más importante que poseemos: ¡nuestro derecho a dar clases y evaluar libremente a los alumnos! Todos sabéis que para superar el último escalón de las bonificaciones hemos de mejorar nuestros resultados académicos. Entonces, la Junta dirá que los resultados han subido, que la nueva ley es fantástica, que todo funciona estupendamente. Entonces, nadie nos hará caso, no podremos protestar, nadie podrá chillar que las cosas están peor, que el nivel académico y educativo es deplorable. No, señores: tendremos que poner buena cara y regalarle el título a todo el mundo, por un puñado de monedas. ¡No hay derecho! ¡Tenemos más dignidad! ¿Esa es la educación en la que creemos? ¿Es lícito cobrar más por aprobar a más gente?
No. No buscan que la educación mejore su calidad. Buscan que mejoren las estadísticas. Buscan lo que siempre buscan: engañar a la gente. ¿Queremos ser cómplices de este engaño? Está a punto de prometer que aquellos que se adscriban podrán quedarse en sus centros; pronto los interinos, los profesores en prácticas, tendrán que aprobar a muchos alumnos para evitar irse al exilio. ¿Qué fue de nuestra libertad? ¿Por qué renunciamos a nuestra dignidad? Más aún, ¿pensáis que vale la pena venir tantas tardes, hacer tantos cursos? No, nada de eso. Ya sabemos todos cómo son los cursos que la Junta nos exige. Son un desastre, una deslealtad hacia la razón, un pretexto de muchos para alejarse de las aulas. Además, quizá nos paguen (está por ver, de todas formas), pero… ¿qué será lo siguiente? ¿Qué nos pedirán después? Cada vez nos exprimen más, como si no fuera ya suficientemente difícil dar clases, como si no nos dejáramos hasta la última gota de sudor con nuestras clases. Y, si como decís los que apoyáis el sí, pensáis van a pagarnos por “nada”, convendréis conmigo en que nadie regala nada, nadie da dinero porque sí… ¿Qué quieren de nosotros? ¿Sumisión o que aprobemos a más gente? ¡Muchas gracias por vuestra atención! Espero que deis vuestro voto al “NO”. ¡No pongáis precio a vuestra dignidad profesional!”
[CONTINUARÁ…]
¡Ni los más viejos del lugar recuerdan algo semejante! Los dos partidos se arremolinan entorno a sus líderes para escuchar las últimas instrucciones, antes de la votación final. El objetivo de fondo es, ni más ni menos, captar el voto de los indecisos y de los más proclives a abstenerse. Para ello, unos prometen dinero. Otros, dignidad. El catastrofismo es la bandera de unos. La simplicidad, el arma letal de los otros. Mucho movimiento, miradas desafiantes… Por lo pronto, se ha logrado captar la atención de los más disolutos, de aquellos que no echan cuenta a nada. No falta nadie. Todos presencian el cuadro. Se miran, se increpan, llega el silencio. Toma la palabra el moderador y presenta la reyerta que está llamada a prorrumpir:
-“Señores, estamos aquí para debatir y votar si nos adscribimos (o no) al Plan de Calidad. Ya sabéis que este tema ha suscitado demasiada polvareda en la opinión pública y, por ello y con ello, muchos ya tenéis una opinión formada. Para todos los demás, esto servirá para aclarar ideas. Algunos opinan que es una vergüenza que nos paguen un plus por objetivos y que, llegado el caso, nos obliguen a aumentar el número de aprobados para recibir dinero. ¡Pero estamos hablando de mucho dinero y, por ello, muchos no quieren escuchar todos esos pretextos! ¡Más de siete mil euros, en total, por cabeza, podemos ganar! Ahora bien, ¿es lícito aceptar ese pago? ¿Debemos creernos que la Junta cumplirá su palabra o nos atraparán en la letra pequeña? Vamos a escuchar dos opiniones. Una a favor del Plan de Calidad y otra en contra. Después, se procederá a la votación. Sabemos que hay miles de personas pendientes de nosotros. Han hablado mucho los políticos sobre este proyecto. Hemos de tener cuidado: señores, presten atención, porque no se trata solo de un “sí” o de un “no”, hay mucho más en juego. ¡Doy la palabra a Máximo!
-“Compañeros, amigos… Lo que la Junta busca es manipularnos, atarnos, comprar nuestra voluntad con unos cuantos billetes. Lo que estamos discutiendo hoy es qué precio queremos poner a nuestra dignidad. Si decimos que sí, los padres pasarán un informe sobre nosotros, tendremos que venir muchas más tardes, quién sabe si no se buscará a medio plazo que perdamos nuestro mes de julio de vacaciones o que trabajemos todos los días de ocho y media a dos y media… Además, perderemos lo más importante que poseemos: ¡nuestro derecho a dar clases y evaluar libremente a los alumnos! Todos sabéis que para superar el último escalón de las bonificaciones hemos de mejorar nuestros resultados académicos. Entonces, la Junta dirá que los resultados han subido, que la nueva ley es fantástica, que todo funciona estupendamente. Entonces, nadie nos hará caso, no podremos protestar, nadie podrá chillar que las cosas están peor, que el nivel académico y educativo es deplorable. No, señores: tendremos que poner buena cara y regalarle el título a todo el mundo, por un puñado de monedas. ¡No hay derecho! ¡Tenemos más dignidad! ¿Esa es la educación en la que creemos? ¿Es lícito cobrar más por aprobar a más gente?
No. No buscan que la educación mejore su calidad. Buscan que mejoren las estadísticas. Buscan lo que siempre buscan: engañar a la gente. ¿Queremos ser cómplices de este engaño? Está a punto de prometer que aquellos que se adscriban podrán quedarse en sus centros; pronto los interinos, los profesores en prácticas, tendrán que aprobar a muchos alumnos para evitar irse al exilio. ¿Qué fue de nuestra libertad? ¿Por qué renunciamos a nuestra dignidad? Más aún, ¿pensáis que vale la pena venir tantas tardes, hacer tantos cursos? No, nada de eso. Ya sabemos todos cómo son los cursos que la Junta nos exige. Son un desastre, una deslealtad hacia la razón, un pretexto de muchos para alejarse de las aulas. Además, quizá nos paguen (está por ver, de todas formas), pero… ¿qué será lo siguiente? ¿Qué nos pedirán después? Cada vez nos exprimen más, como si no fuera ya suficientemente difícil dar clases, como si no nos dejáramos hasta la última gota de sudor con nuestras clases. Y, si como decís los que apoyáis el sí, pensáis van a pagarnos por “nada”, convendréis conmigo en que nadie regala nada, nadie da dinero porque sí… ¿Qué quieren de nosotros? ¿Sumisión o que aprobemos a más gente? ¡Muchas gracias por vuestra atención! Espero que deis vuestro voto al “NO”. ¡No pongáis precio a vuestra dignidad profesional!”
[CONTINUARÁ…]
viernes, 14 de marzo de 2008
Dólmenes en NY
Párense a imaginar un mundo nuevo. El ser humano, cuando crece, se topa de bruces con una finitud desoladora. Solo hay un sol. Las estrellas no se besan entre sí. Los ríos no recorren el mundo entero y solo hay cinco continentes. La educación capa la imaginación, nos adultera, trunca nuestras aspiraciones de plenitud. Cuando recorres una carretera hasta su final descubres que no hay castillos encantados en el lugar de destino. Cuando recorres un edificio antiguo, por vez primera, puedes creer en pasadizos y sortilegios. Si vives en él, te acomodas, te acostumbras, te aprendes su código postal y pones un felpudo en su puerta. Conocer el medio mata la imaginación, aniquila el mito, nos encasilla en una cultura decadente, decrépita, sin redención posible. El desconocimiento es una virtud insoslayable: el analfabeto se imagina lo que no conoce y, por lo general, las explicaciones de quienes nada saben de la realidad suelen ser mucho más estimulantes que la verdad en sí misma.
Dar clases de Ciencias Sociales te lleva a ampliar tu universo. Él es alto y tiene un aspecto adusto, pertenece a la vieja escuela. Pedro López lo sabe todo, es un hombre bueno y sabio. Entre tantas batallitas, en todos sus años en esto, ha visto cómo se venía abajo un sistema educativo que funcionaba medio-bien, para llegar al actual. Primero trabajó en un colegio, más tarde en el instituto. Hace poco, en una de sus clases, un alumno se pegó un coscorrón. No sé cómo, pero se hizo un pequeño arañazo en el brazo. Ni sangre salía y, sin embargo, aquel percance fue la sensación en el recreo. En unos días, casi todos los alumnos llevaban una línea roja pintada en el brazo. Se extendió con ello una moda que duró varias semanas. -“Este es un universo complicado. Un instituto tiene sus propias normas, su propia lógica interna. Las relaciones causa-efecto nada tienen que ver con lo que fuera se espera de ellas. Aquí es posible que un estudiante se ponga a bailar break-dance en el aula, mientras yo explico por qué es necesario suprimir las barreras arquitectónicas (irónico, ¿verdad?). Cuando un alumno levanta la mano, todo se detiene y se reinventa. Hace poco un alumno me preguntó si es lo mismo “lluvia y precipicio”. Eso también da que pensar. Algo habrá en común entre los precipicios y las precipitaciones, pero yo no lo tengo demasiado claro.
Cualquiera que da clases de Sociales sabe que los dromedarios guardan el agua en las jorobas para beber cuando tienen sed. La primera vez que lo ves dibujado en un cuaderno te sorprende. Pronto te acostumbras y, en cierto modo, llegas a creértelo. Es lo más normal del mundo que haya dólmenes en Nueva York. Es frecuente que “la luna nueva desaparezca del cielo porque la tapan para limpiarla, una vez al mes”. Madrid es un país. Francia, una ciudad. Creo, honestamente, que Cristóbal Colón tenía mucha más idea de lo que se encontraría, antes de su gran viaje, de lo que conocen nuestros alumnos de América. Ni memoria historia, ni memoria, ni historia. Ellos no recuerdan nada que haya sucedido hace más de una semana. Nada saben de nuestro pasado o patrimonio. Muchos no han salido jamás del pueblo. A punto están de entrar en estado de shock cuando, en alguna excursión, los llevamos a Madrid o a Barcelona. No se portan mal, sienten miedo. “¿No se caerá alguno de esos edificios encima de nosotros?”, mascullan atemorizados.
La LOGSE decía que es absurdo que los alumnos aprendan de memoria cosas sobre lugares en los que nunca estarán. La LOGSE postulaba que la historia es válida en la medida en la que es útil. De nada sirve la Prehistoria porque eso no le aporta ni le resta votos a nadie. ¿No es más bello un universo donde Córdoba sea famosa por su muralla de centenares de kilómetros y Moscú por sus vistas al mar? Si el fin justifica los medios, un buen fin justifica el desconocimiento del medio. O eso creo. Aunque ya no sé ni qué creo. Me duele la cabeza y todavía me quedan cuatro horas de clase hoy. El martes es mi día malo”.
Dar clases de Ciencias Sociales te lleva a ampliar tu universo. Él es alto y tiene un aspecto adusto, pertenece a la vieja escuela. Pedro López lo sabe todo, es un hombre bueno y sabio. Entre tantas batallitas, en todos sus años en esto, ha visto cómo se venía abajo un sistema educativo que funcionaba medio-bien, para llegar al actual. Primero trabajó en un colegio, más tarde en el instituto. Hace poco, en una de sus clases, un alumno se pegó un coscorrón. No sé cómo, pero se hizo un pequeño arañazo en el brazo. Ni sangre salía y, sin embargo, aquel percance fue la sensación en el recreo. En unos días, casi todos los alumnos llevaban una línea roja pintada en el brazo. Se extendió con ello una moda que duró varias semanas. -“Este es un universo complicado. Un instituto tiene sus propias normas, su propia lógica interna. Las relaciones causa-efecto nada tienen que ver con lo que fuera se espera de ellas. Aquí es posible que un estudiante se ponga a bailar break-dance en el aula, mientras yo explico por qué es necesario suprimir las barreras arquitectónicas (irónico, ¿verdad?). Cuando un alumno levanta la mano, todo se detiene y se reinventa. Hace poco un alumno me preguntó si es lo mismo “lluvia y precipicio”. Eso también da que pensar. Algo habrá en común entre los precipicios y las precipitaciones, pero yo no lo tengo demasiado claro.
Cualquiera que da clases de Sociales sabe que los dromedarios guardan el agua en las jorobas para beber cuando tienen sed. La primera vez que lo ves dibujado en un cuaderno te sorprende. Pronto te acostumbras y, en cierto modo, llegas a creértelo. Es lo más normal del mundo que haya dólmenes en Nueva York. Es frecuente que “la luna nueva desaparezca del cielo porque la tapan para limpiarla, una vez al mes”. Madrid es un país. Francia, una ciudad. Creo, honestamente, que Cristóbal Colón tenía mucha más idea de lo que se encontraría, antes de su gran viaje, de lo que conocen nuestros alumnos de América. Ni memoria historia, ni memoria, ni historia. Ellos no recuerdan nada que haya sucedido hace más de una semana. Nada saben de nuestro pasado o patrimonio. Muchos no han salido jamás del pueblo. A punto están de entrar en estado de shock cuando, en alguna excursión, los llevamos a Madrid o a Barcelona. No se portan mal, sienten miedo. “¿No se caerá alguno de esos edificios encima de nosotros?”, mascullan atemorizados.
La LOGSE decía que es absurdo que los alumnos aprendan de memoria cosas sobre lugares en los que nunca estarán. La LOGSE postulaba que la historia es válida en la medida en la que es útil. De nada sirve la Prehistoria porque eso no le aporta ni le resta votos a nadie. ¿No es más bello un universo donde Córdoba sea famosa por su muralla de centenares de kilómetros y Moscú por sus vistas al mar? Si el fin justifica los medios, un buen fin justifica el desconocimiento del medio. O eso creo. Aunque ya no sé ni qué creo. Me duele la cabeza y todavía me quedan cuatro horas de clase hoy. El martes es mi día malo”.
jueves, 6 de marzo de 2008
Dificultades del francés oral
—La causa de todos los problemas recae en el hecho de que los profesores fuimos en nuestra adolescencia unos auténticos empollones. Tú, serías de los mejores en Matemáticas; Matías era de los mejores en Sociales y yo en francés… ¡Somos una manta intolerable de empollones! ¿Conoces a algún alumno empollón que proteste por algo? No, siempre protestan los desarrapados. Los empollones se aguantan con todo. Como nosotros tenemos espíritu de empollones, nos comemos todos los marrones y jamás nos metemos en charcos. ¿Por qué no vamos a la Huelga? ¿Por qué no solicitamos una serie de cosas y hasta que no nos las den cerramos todos los institutos? De acuerdo, perderíamos unas cuantas semanas de sueldo, pero ganaríamos en calidad de vida. Cuando todos los padres de Andalucía se tuvieran que comer a sus vástagos indefinidamente, imagínate la que se liaría. Los profesores somos muchísimos, el cuerpo más abundante de la Administración. Si nos plantamos, ganamos. Podríamos pedir más seguridad, más autoridad, más sueldo. ¿Por qué no cobramos como los demás funcionarios tipo A si nuestras oposiciones son administrativamente iguales que las de un médico o las de un notario? Si nos plantamos, nos dan cualquier cosa. No habrá más agresiones. No habrá más insultos. Habrá más sueldo e incluso más vacaciones. Pero… ¡no luchamos! No luchamos porque no sabemos o porque supimos demasiado, en otro tiempo. En suma, no sabemos luchar porque fuimos empollones.
Si yo fuera cruel, diría que Augusto se queja de vicio. Al fin y al cabo, los alumnos que estudian francés son los mejores. Los grupos con francés son los mejores. No tiene grandes conflictos ni les imparte clase a los terroristas del Centro (que tienen Refuerzo de Matemáticas o de Lengua). Sin embargo, lo mira con displicencia todo y suspende a un sinnúmero de alumnos. Nuestros estudiantes no saben inglés, porque no saben español. Explicarles francés también es una utopía. Además, no lo aprenden ni por las canciones (algo de inglés sí aprenden así), ni por los videojuegos (todos saben qué significa “game over”, pero no “c’est fini”), no conozco a ningún alumno de este Instituto que haya salido hablando francés. Aprenden los números, a leer con acento de Moguer y poco más. No contentos, desde la Junta, se nos dice que pronto vamos a impartir también alemán, para ser más europeos. ¿Qué les parece? Piensen en el pasado sábado. Si fueron a un centro comercial, seguro que a su lado pasó una bandada de gorriones vestidos en chándal y con seis o siete pendientes por cabeza; gorriones cuya vehemencia y lucidez los hacía gritar seis o siete veces por encima de la media mundial. ¿Se fijaron en esos adolescentes que, en cola para el cine, se pegaban entre sí sin pinta de tramar algo bueno? ¿Se acuerdan? Pues sí: ¡esos son nuestros alumnos! ¡Esos mismos!
—Yo estudié en la Sorbona. Tenía una carrera prometedora allí, pero me enamoré de una chica de Baena. Voy a París siempre que tengo vacaciones. Y mírame, en este pueblo, rodeado de analfabetos. ¡La culpa es de los profesores de Lengua! (Os lo prometo, no sé si lo dice con sorna o en serio). ¿Qué hacen en sus clases? Si ellos no enseñan qué es un sujeto, ¿cómo pretenden que yo los haga hablar en otra lengua? ¡Es inadmisible! ¡No soy un domador de Circo! ¡Y no tengo por qué enseñar español, pues mi asignatura es Francés! En consecuencia, hago lo que puedo. Leen pronunciando algunas palabras como en ingles, otras en español y el resto en andaluz. ¡Qué estrés! ¡Qué desesperación! ¡Con lo bien que me iría a mí siendo traductor de Sarkozy! O, incluso, de Carla Bruni, que está más de moda y que es más mona. En el hipotético caso de que estos alumnos vayan algún día a Francia, se comunicarán por gestos, como todo hijo de vecino. Como tengan que sobrevivir en tierras galas con lo que aprenden en los institutos, van de culo. Afortunadamente, las hamburguesas de los restaurantes de comida rápida a los que ellos van, se llaman del mismo modo en todas partes.
Si yo fuera cruel, diría que Augusto se queja de vicio. Al fin y al cabo, los alumnos que estudian francés son los mejores. Los grupos con francés son los mejores. No tiene grandes conflictos ni les imparte clase a los terroristas del Centro (que tienen Refuerzo de Matemáticas o de Lengua). Sin embargo, lo mira con displicencia todo y suspende a un sinnúmero de alumnos. Nuestros estudiantes no saben inglés, porque no saben español. Explicarles francés también es una utopía. Además, no lo aprenden ni por las canciones (algo de inglés sí aprenden así), ni por los videojuegos (todos saben qué significa “game over”, pero no “c’est fini”), no conozco a ningún alumno de este Instituto que haya salido hablando francés. Aprenden los números, a leer con acento de Moguer y poco más. No contentos, desde la Junta, se nos dice que pronto vamos a impartir también alemán, para ser más europeos. ¿Qué les parece? Piensen en el pasado sábado. Si fueron a un centro comercial, seguro que a su lado pasó una bandada de gorriones vestidos en chándal y con seis o siete pendientes por cabeza; gorriones cuya vehemencia y lucidez los hacía gritar seis o siete veces por encima de la media mundial. ¿Se fijaron en esos adolescentes que, en cola para el cine, se pegaban entre sí sin pinta de tramar algo bueno? ¿Se acuerdan? Pues sí: ¡esos son nuestros alumnos! ¡Esos mismos!
—Yo estudié en la Sorbona. Tenía una carrera prometedora allí, pero me enamoré de una chica de Baena. Voy a París siempre que tengo vacaciones. Y mírame, en este pueblo, rodeado de analfabetos. ¡La culpa es de los profesores de Lengua! (Os lo prometo, no sé si lo dice con sorna o en serio). ¿Qué hacen en sus clases? Si ellos no enseñan qué es un sujeto, ¿cómo pretenden que yo los haga hablar en otra lengua? ¡Es inadmisible! ¡No soy un domador de Circo! ¡Y no tengo por qué enseñar español, pues mi asignatura es Francés! En consecuencia, hago lo que puedo. Leen pronunciando algunas palabras como en ingles, otras en español y el resto en andaluz. ¡Qué estrés! ¡Qué desesperación! ¡Con lo bien que me iría a mí siendo traductor de Sarkozy! O, incluso, de Carla Bruni, que está más de moda y que es más mona. En el hipotético caso de que estos alumnos vayan algún día a Francia, se comunicarán por gestos, como todo hijo de vecino. Como tengan que sobrevivir en tierras galas con lo que aprenden en los institutos, van de culo. Afortunadamente, las hamburguesas de los restaurantes de comida rápida a los que ellos van, se llaman del mismo modo en todas partes.
jueves, 28 de febrero de 2008
De Oz, de coz y decó
La veo llegar con una minifalda. Parece una alumna más. No, miento. He sido demasiado impreciso: cuando la ves entrar en la sala de profesores, a punto estás de gritarle, de pedirle que se marche, de ponerle un parte disciplinario o de llamar a su casa. Pero no, no es una alumna: tiene mucha más luz. No es muy alta, no se diferencia demasiado del resto de estudiantes, pero no es una alumna. Lleva una mochila como la de ellos y en su juventud tripitió tercero de BUP. Algún que otro porro se ha fumado y habla también el lenguaje de la calle, aunque sabe más que yo de programaciones y de unidades didácticas. La jalean cuando entra de guardia en algún grupo y las leyendas sobre ella recorren todos los pasillos. Los alumnos cuentan de ella que una vez le enseñaron un video porno grabado con un móvil y que ella dio un consejo sobre lo que en él se veía. Hemos de creernos la mitad. De los alumnos, siempre te crees la mitad… pero la mitad de algo es algo. La parte cierta, la moraleja, es que le quita hierro a todo. Si algún alumno la insultara, ella le llamaría algo más fuerte. Cuando alguien le falta el respeto, ella sabe entender que quien le insulta es, ni más ni menos, que uno más de los suyos. Ella fue así. Ella es así. La única diferencia es que ronda ya la treintena y que ahora es funcionaria.
-Cuyami, no es que no te respete: tú lo haces todo muy bien, pero… creo que te pasas un poco con tus columnas. Las cosas no están tan mal como tú las cuentas. No han empeorado, porque llevan veinte años estando igual. Siempre ha habido alumnos buenos y alumnos malos, profesores odiados y motes. Siempre han recibido insultos los profesores… ¿o tú no lo hacías? En otro tiempo, bien podría haberle rajado yo misma las ruedas del coche a la directora, como pasó el otro día. Tú y yo sabemos que… ¡se lo merecía! ¿Acaso a ti no te entran ganas de hacerlo? Seguro que a ti también. La diferencia es que los adolescentes son aún más auténticos que nosotros.
Los problemas surgen cuando algunos profesores tratan de ponerse por encima, cuando tratan a los alumnos como si fueran marcianos o caniches. ¿Tan difícil es preguntarles un poco por sus vidas y reírles cuatro gracias? Si lo haces, ellos responden. ¡Siempre responden! Una vez estaba yo en clase charlando con un grupo de tercero sobre algo que había pasado aquella semana (no recuerdo qué: maté toda mi memoria para sacar las oposiciones). Total, que me llamaron a la puerta y ellos vieron que se trataba de un hombre mayor. Era, en realidad, el encargado de traernos unos libros que habíamos pedido, pero los alumnos pensaron que se trataba de un inspector. Pasé cinco minutos en el pasillo hablando con aquel hombre. Cuando entré, habían puesto en la pizarra una lista de ejercicios (¡ficticios!) y se habían puesto ellos solos a hacerlos. “Profesora, es que no queríamos que el inspector se enfadara contigo por estar hablando con nosotros, en lugar de darnos clases”.
Aquí más de uno se cree que estamos en la Sorbona. ¡Ese es el problema! Son chicos del campo. Ninguno llegará a la Universidad y dan la lata porque… necesitan llamar la atención, porque nadie les hace caso en sus casas. No necesitan diez partes disciplinarios. Necesitan alguien que, de vez en cuando, los escuche. El problema es que los profesores, poco a poco, con los años, olvidamos lo que es estar sentados seis horas en una silla, recibiendo órdenes. ¿Sabes? El otro día fui a uno de los “fantásticos” cursos que organiza el CEP. Eran tres horas… ¡y no lo aguanté! Pasada la primera media hora, me puse a charlar con el chico que estaba a mi lado. Cuando llevábamos hora y media, firmé y me largué con él a tomar un café. Se supone que yo soy adulta, pero no resisto tres horas seguidas de sermón. Ellos, que están en plena revolución hormonal, ¿tienen que estar seis horas al día tolerando rollos que son para ellos mucho peores que los cursos del CEP para nosotros? ¡Qué hipocresía! Si nosotros no podemos, ¿cómo van a poder ellos?
De veras: me gustan tus columnas. Escribes muy bien y creo que estás ayudando mucho a los profesores que lo pasan mal, porque se sienten un poco más comprendidos y respaldados. Eso sí: ¡creo que te pasas un poco de talibán! Colega, relájate un poco. ¡No es para tanto! ¡Peor se está en África!
-Cuyami, no es que no te respete: tú lo haces todo muy bien, pero… creo que te pasas un poco con tus columnas. Las cosas no están tan mal como tú las cuentas. No han empeorado, porque llevan veinte años estando igual. Siempre ha habido alumnos buenos y alumnos malos, profesores odiados y motes. Siempre han recibido insultos los profesores… ¿o tú no lo hacías? En otro tiempo, bien podría haberle rajado yo misma las ruedas del coche a la directora, como pasó el otro día. Tú y yo sabemos que… ¡se lo merecía! ¿Acaso a ti no te entran ganas de hacerlo? Seguro que a ti también. La diferencia es que los adolescentes son aún más auténticos que nosotros.
Los problemas surgen cuando algunos profesores tratan de ponerse por encima, cuando tratan a los alumnos como si fueran marcianos o caniches. ¿Tan difícil es preguntarles un poco por sus vidas y reírles cuatro gracias? Si lo haces, ellos responden. ¡Siempre responden! Una vez estaba yo en clase charlando con un grupo de tercero sobre algo que había pasado aquella semana (no recuerdo qué: maté toda mi memoria para sacar las oposiciones). Total, que me llamaron a la puerta y ellos vieron que se trataba de un hombre mayor. Era, en realidad, el encargado de traernos unos libros que habíamos pedido, pero los alumnos pensaron que se trataba de un inspector. Pasé cinco minutos en el pasillo hablando con aquel hombre. Cuando entré, habían puesto en la pizarra una lista de ejercicios (¡ficticios!) y se habían puesto ellos solos a hacerlos. “Profesora, es que no queríamos que el inspector se enfadara contigo por estar hablando con nosotros, en lugar de darnos clases”.
Aquí más de uno se cree que estamos en la Sorbona. ¡Ese es el problema! Son chicos del campo. Ninguno llegará a la Universidad y dan la lata porque… necesitan llamar la atención, porque nadie les hace caso en sus casas. No necesitan diez partes disciplinarios. Necesitan alguien que, de vez en cuando, los escuche. El problema es que los profesores, poco a poco, con los años, olvidamos lo que es estar sentados seis horas en una silla, recibiendo órdenes. ¿Sabes? El otro día fui a uno de los “fantásticos” cursos que organiza el CEP. Eran tres horas… ¡y no lo aguanté! Pasada la primera media hora, me puse a charlar con el chico que estaba a mi lado. Cuando llevábamos hora y media, firmé y me largué con él a tomar un café. Se supone que yo soy adulta, pero no resisto tres horas seguidas de sermón. Ellos, que están en plena revolución hormonal, ¿tienen que estar seis horas al día tolerando rollos que son para ellos mucho peores que los cursos del CEP para nosotros? ¡Qué hipocresía! Si nosotros no podemos, ¿cómo van a poder ellos?
De veras: me gustan tus columnas. Escribes muy bien y creo que estás ayudando mucho a los profesores que lo pasan mal, porque se sienten un poco más comprendidos y respaldados. Eso sí: ¡creo que te pasas un poco de talibán! Colega, relájate un poco. ¡No es para tanto! ¡Peor se está en África!
jueves, 21 de febrero de 2008
La Puerta de Tannhäuser
¿Y qué carajo digo yo ahora? Tengo por delante una hoja en blanco y no doy pie con bola. Según mi querido inspector, veo demasiado la tele y, por desgracia, puede que lleve razón. Me faltan las palabras y me preocupa. Al fin y al cabo, he respondido a cuatrocientos millones de preguntas de mis alumnos, este curso, pero no sé cómo poner en pie esta columna. Sé dónde están los servicios y cuándo se puede o no ir a ellos. Sé que los exámenes se hacen con bolígrafos y no con lápiz. Los móviles se usan fuera del instituto y el precio por romper un sacapuntas es pedir disculpas y comprarle otro al compañero. Sé mucho de Biología: hay especies que se extinguen, algo sé de reproducción, la alimentación es necesaria, la fotosíntesis no tiene secretos para mí. Sé contestar a muchas dudas, sé darles respuesta a casi todo… pero me cuesta horrores saber qué clase va tras la muerte.
Vayamos por partes. Me han contado una historia. Un conocido que vive cerca de otro conocido me ha hecho llegar cierta información y me ha pedido que la cuente aquí. Me hablaron de una persona. Solamente tengo cuatro o cinco datos de ella, pero he prometido contarlos. El primero es que se llamaba Cristina. El segundo, que daba clases de Educación Física en un pueblo de la Costa. El tercero, que era muy querida por sus compañeros y alumnos. De hecho, quien me habló de ella, me contó maravillas. No era de aquí. Nació en Zaragoza (ese es el cuarto dato que tengo). El quinto es cómo murió. Murió dando su vida a los demás, murió por amar a los demás demasiado. A pesar de las reformas y de las contrarreformas, a pesar de las leyes y de las medidas de disciplina, siguen existiendo profesores que entregan su vida a los demás, que no protestan, que actúan, que dan hasta la última gota de su sudor: su pundonor; su voluntad es su vocación. Pidió un permiso. La Junta le concedió unos días de libertad (sin sueldo) para realizar una labor humanitaria. Marchó a Togo. Allí se rodeó de los más pobres de entre los pobres. Los cuidó y atendió. Tuvo que marcharse y que mancharse. ¿La necesitarían más sus alumnos o aquellos enfermos? Regresó al Instituto.
Como tantos otros profesores, vivía sola. Lejos de su casa, exiliada en parte; tomaba una bicicleta y recorría el camino que separaba su casa del Instituto. Jamás se quejaba si hacía mal tiempo, tampoco se quejó cuando su frente comenzó a arder. Era domingo por la noche. Tal vez tomara una pastilla, quizá sintiera que las cosas estaban llamadas a mejorar pronto. “No será nada”, se dijo. Cerró los ojos. Quizá pensara en su familia, a la que tanto quería, quizá se acordara, entonces, de sus alumnos. Tal vez, su última mirada se fuera hacia el mar. No llegó a clase. Aquel lunes, sus alumnos no la recibieron. Alguien la sustituyó, sin que se supiera aún qué le pasaba. No pudo llamar, no pidió un médico, estaba en coma. La descubrieron en coma. Sus vecinos se asustaron por no verla. Llevada al hospital, dejó la vida y se convirtió en mito. La mató la malaria.
No tengo claro por qué estoy escribiendo esta columna. Quizá el único motivo sea que un amigo me ha pedido que la escriba. Quizá el motivo mayor es… que esta historia me ha hecho pensar muchísimo o que deseo que ustedes también piensen un poco, pues necesito rendirle con ello un pequeño homenaje a Cristina. Una profesora andaluza ha muerto de malaria por hacer el bien. Ha muerto a causa de una de esas enfermedades que solo padecen los países que no sabemos situar en el mapa. No pondrán su nombre a ninguna calle, estas líneas pronto envolverán pescado en el mercado. Es solo un papel con tinta impresa: ¿qué perdura? ¿Qué parte de nosotros no se marcha? ¿De qué sirve darte por completo a los demás si, de buenas a primeras, te sobreviene la fiebre y se acaba “todo”?
¿Como lágrimas en la lluvia se perderán nuestras ganas de cambiar el mundo? Esta columna va dedicada a todos los profesores que nos dejaron, a todos aquellos que han entregado su vida a una vocación temeraria, estúpida… la luz del mundo. Porque quizá sí sembremos y nuestra semilla sí germine. Porque quizá la muerte de uno de los nuestros deba hacernos apreciar, aún más, lo que tenemos, la vida que nos queda por vivir, este pequeño y frágil milagro de despertar cada mañana, de poder entregarle lo mejor de ti a tus alumnos, a tu familia, a todas las personas que nos cruzamos por la calle. Al fin y al cabo, no cuesta tanto trabajo dar los buenos días, no cuesta dinero el cariño, no nos morimos si tratamos de ser mejores personas. ¡Que Dios esté contigo, Cristina…!
Prof. Cuyami
Vayamos por partes. Me han contado una historia. Un conocido que vive cerca de otro conocido me ha hecho llegar cierta información y me ha pedido que la cuente aquí. Me hablaron de una persona. Solamente tengo cuatro o cinco datos de ella, pero he prometido contarlos. El primero es que se llamaba Cristina. El segundo, que daba clases de Educación Física en un pueblo de la Costa. El tercero, que era muy querida por sus compañeros y alumnos. De hecho, quien me habló de ella, me contó maravillas. No era de aquí. Nació en Zaragoza (ese es el cuarto dato que tengo). El quinto es cómo murió. Murió dando su vida a los demás, murió por amar a los demás demasiado. A pesar de las reformas y de las contrarreformas, a pesar de las leyes y de las medidas de disciplina, siguen existiendo profesores que entregan su vida a los demás, que no protestan, que actúan, que dan hasta la última gota de su sudor: su pundonor; su voluntad es su vocación. Pidió un permiso. La Junta le concedió unos días de libertad (sin sueldo) para realizar una labor humanitaria. Marchó a Togo. Allí se rodeó de los más pobres de entre los pobres. Los cuidó y atendió. Tuvo que marcharse y que mancharse. ¿La necesitarían más sus alumnos o aquellos enfermos? Regresó al Instituto.
Como tantos otros profesores, vivía sola. Lejos de su casa, exiliada en parte; tomaba una bicicleta y recorría el camino que separaba su casa del Instituto. Jamás se quejaba si hacía mal tiempo, tampoco se quejó cuando su frente comenzó a arder. Era domingo por la noche. Tal vez tomara una pastilla, quizá sintiera que las cosas estaban llamadas a mejorar pronto. “No será nada”, se dijo. Cerró los ojos. Quizá pensara en su familia, a la que tanto quería, quizá se acordara, entonces, de sus alumnos. Tal vez, su última mirada se fuera hacia el mar. No llegó a clase. Aquel lunes, sus alumnos no la recibieron. Alguien la sustituyó, sin que se supiera aún qué le pasaba. No pudo llamar, no pidió un médico, estaba en coma. La descubrieron en coma. Sus vecinos se asustaron por no verla. Llevada al hospital, dejó la vida y se convirtió en mito. La mató la malaria.
No tengo claro por qué estoy escribiendo esta columna. Quizá el único motivo sea que un amigo me ha pedido que la escriba. Quizá el motivo mayor es… que esta historia me ha hecho pensar muchísimo o que deseo que ustedes también piensen un poco, pues necesito rendirle con ello un pequeño homenaje a Cristina. Una profesora andaluza ha muerto de malaria por hacer el bien. Ha muerto a causa de una de esas enfermedades que solo padecen los países que no sabemos situar en el mapa. No pondrán su nombre a ninguna calle, estas líneas pronto envolverán pescado en el mercado. Es solo un papel con tinta impresa: ¿qué perdura? ¿Qué parte de nosotros no se marcha? ¿De qué sirve darte por completo a los demás si, de buenas a primeras, te sobreviene la fiebre y se acaba “todo”?
¿Como lágrimas en la lluvia se perderán nuestras ganas de cambiar el mundo? Esta columna va dedicada a todos los profesores que nos dejaron, a todos aquellos que han entregado su vida a una vocación temeraria, estúpida… la luz del mundo. Porque quizá sí sembremos y nuestra semilla sí germine. Porque quizá la muerte de uno de los nuestros deba hacernos apreciar, aún más, lo que tenemos, la vida que nos queda por vivir, este pequeño y frágil milagro de despertar cada mañana, de poder entregarle lo mejor de ti a tus alumnos, a tu familia, a todas las personas que nos cruzamos por la calle. Al fin y al cabo, no cuesta tanto trabajo dar los buenos días, no cuesta dinero el cariño, no nos morimos si tratamos de ser mejores personas. ¡Que Dios esté contigo, Cristina…!
Prof. Cuyami
domingo, 17 de febrero de 2008
Asaltacunas, ranas y princesas
Es joven. Su nombre empezaba por… Su nombre empezó como empiezan todos los nombres: un padre tuvo la feliz idea de llamar así a un hijo y como ese primer padre era de origen godo, como los godos ganaron las batallas adecuadas, aquel nombre prosperó. A decir verdad, él no sabe qué significa su nombre, porque han pasado varios siglos ya desde que los godos saltaron desde la realidad hasta los libros de Historia. Yo sí sé lo que significa, pero no quiero dármelas de sabihondo, así que me guardo el secreto. Lo veo llorar. En el departamento, en un cambio de clase, mantiene las manos sobre sus ojos. No es frecuente ver llorar a un compañero. Cuando eso sucede tiende a ser, casi siempre, porque ha tenido un conflicto de los gordos con un alumno, tras una clase realmente tensa. No es el caso. Es temprano y no ha comenzado sus explicaciones todavía. Se ciñe a decirme que está triste porque esta semana es San Valentín. Ese día le pone muy triste por algo. “¿Un antiguo amor?”, le pregunto. “Una antigua alumna”, me responde.
-“No sé cómo explicártelo. Todos sabemos que está mal, pero mi pretexto es que comencé muy joven, con solo veintitrés años. Mi primer destino, mi primera clase, fue aquella. Inevitable, creo. Desde la primera explicación, como los insectos se inmolan contra la luz de un flexo, me fijé en ella. Dieciséis años tenia, ¿solo una niña? Si así era, lo disimulaba bien. Cruzaba miradas conmigo en el pasillo. En la sala de profesores, alguna que otra vez, vino a buscarme para entregarme algún que otro trabajo. Me sonreía. Me sonreía y recorría mi cuerpo un escalofrío descomunal, un fogonazo capaz de iluminar el trazado completo del AVE. Jamás le dije nada. De hecho, hice todo lo posible por evitar sentirme así. Por desgracia, tenía que tratarla cinco eternas horas por semana. Yo era su tutor. Cuanto más la miraba, más me gustaba. Sus facciones eran preciosas, sus manos, las más lindas que jamás vi. Sus ojos transmitían un color inmenso, descomunal.
¿Puedes imaginarte la cara de tonto que se me quedó al recibir aquella primera carta en San Valentín? Tenía un buen puñado de faltas de ortografía, era sencilla, me preguntaba en ella qué me gustaba hacer en mi tiempo libre y cuál era mi música favorita. Tenía dos corazones. Uno al principio y el otro al final del folio. Meses después me dijo que uno de los dos era el suyo y que el otro representaba el mío. Aquella explicación, de tan sencilla que era, de tan simple y trivial, me perforó los pulmones con las costillas. Eso sí, logré aguantar mi cabeza sobre los hombros, contra pronóstico. No hice nada de lo que arrepentirme, te lo prometo. A veces, eso sí, charlábamos en privado, en mi departamento, durante los recreos. Medio en broma, medio en serio, le conté un sueño que había tenido una noche. Cuando ella terminara Bachillerato, cuando tocara la campana y dejara de ser mi alumna, deseaba verla llegar a la sala de profesores. Le prometí que si iba a buscarme entonces, acabada la última clase, siendo ella ya mayor de edad, siendo mi ex-alumna, yo le daría el mayor beso que jamás nadie le hubiera dado. Y ella prometió hacerlo, prometió venirme a buscar, entonces. Dos años eran. Eran solo dos años. Dos años en los que me vi obligado a seguir viéndola crecer. Cada vez más guapa, cada vez su mirada era más intensa, más adictiva y peligrosa. Te lo prometo: cumplí, esperé. Nos seguíamos cruzando en los pasillos, se detenía el mundo. Los gritos de los demás estudiantes desaparecían, mis miradas se centraban en sus ojos, se clavaban dentro de ella. Las pulsaciones se me iban a la garganta. La perdía de vista a lo lejos, en el pasillo y la rutina me arrumbaba. Contaba los días, casi. Pronto cumpliría dieciocho. Nada le quedaba ya de niña. De alumna, todo: se acercaba Selectividad.
Sentado, mirando hacia aquella puerta, mataba el tiempo ojeando una revista. Junio refulgía (o como se diga). Aquella era la última clase, el último día. Yo aguardaba de guardia y en guardia. Aquella fue la hora más larga de toda mi vida. ¿Llegaría? ¿Cumpliría nuestra promesa, al fin? Desde luego, yo la había esperado y tenía la esperanza de que ella acudiera. En tiempos del cólera, Florentino Daza esperó cincuenta años a su amor. ¡Qué horror! ¡Qué calor! ¡Qué nervioso estaba! Solo habían sido dos cursos, pero habían sido dos cursos larguísimos. Enseguida, la campana empezó a estallar. Fue eterno. Jamás me pareció tan largo su sonido. Indeleble, gigantesca, densa y tosca. De golpe, prorrumpió todo el instituto en gritos y vítores. Las vacaciones habían comenzado y Julia dejaba de ser mi alumna. Me puse de pie y miré hacia la puerta…”
-“No sé cómo explicártelo. Todos sabemos que está mal, pero mi pretexto es que comencé muy joven, con solo veintitrés años. Mi primer destino, mi primera clase, fue aquella. Inevitable, creo. Desde la primera explicación, como los insectos se inmolan contra la luz de un flexo, me fijé en ella. Dieciséis años tenia, ¿solo una niña? Si así era, lo disimulaba bien. Cruzaba miradas conmigo en el pasillo. En la sala de profesores, alguna que otra vez, vino a buscarme para entregarme algún que otro trabajo. Me sonreía. Me sonreía y recorría mi cuerpo un escalofrío descomunal, un fogonazo capaz de iluminar el trazado completo del AVE. Jamás le dije nada. De hecho, hice todo lo posible por evitar sentirme así. Por desgracia, tenía que tratarla cinco eternas horas por semana. Yo era su tutor. Cuanto más la miraba, más me gustaba. Sus facciones eran preciosas, sus manos, las más lindas que jamás vi. Sus ojos transmitían un color inmenso, descomunal.
¿Puedes imaginarte la cara de tonto que se me quedó al recibir aquella primera carta en San Valentín? Tenía un buen puñado de faltas de ortografía, era sencilla, me preguntaba en ella qué me gustaba hacer en mi tiempo libre y cuál era mi música favorita. Tenía dos corazones. Uno al principio y el otro al final del folio. Meses después me dijo que uno de los dos era el suyo y que el otro representaba el mío. Aquella explicación, de tan sencilla que era, de tan simple y trivial, me perforó los pulmones con las costillas. Eso sí, logré aguantar mi cabeza sobre los hombros, contra pronóstico. No hice nada de lo que arrepentirme, te lo prometo. A veces, eso sí, charlábamos en privado, en mi departamento, durante los recreos. Medio en broma, medio en serio, le conté un sueño que había tenido una noche. Cuando ella terminara Bachillerato, cuando tocara la campana y dejara de ser mi alumna, deseaba verla llegar a la sala de profesores. Le prometí que si iba a buscarme entonces, acabada la última clase, siendo ella ya mayor de edad, siendo mi ex-alumna, yo le daría el mayor beso que jamás nadie le hubiera dado. Y ella prometió hacerlo, prometió venirme a buscar, entonces. Dos años eran. Eran solo dos años. Dos años en los que me vi obligado a seguir viéndola crecer. Cada vez más guapa, cada vez su mirada era más intensa, más adictiva y peligrosa. Te lo prometo: cumplí, esperé. Nos seguíamos cruzando en los pasillos, se detenía el mundo. Los gritos de los demás estudiantes desaparecían, mis miradas se centraban en sus ojos, se clavaban dentro de ella. Las pulsaciones se me iban a la garganta. La perdía de vista a lo lejos, en el pasillo y la rutina me arrumbaba. Contaba los días, casi. Pronto cumpliría dieciocho. Nada le quedaba ya de niña. De alumna, todo: se acercaba Selectividad.
Sentado, mirando hacia aquella puerta, mataba el tiempo ojeando una revista. Junio refulgía (o como se diga). Aquella era la última clase, el último día. Yo aguardaba de guardia y en guardia. Aquella fue la hora más larga de toda mi vida. ¿Llegaría? ¿Cumpliría nuestra promesa, al fin? Desde luego, yo la había esperado y tenía la esperanza de que ella acudiera. En tiempos del cólera, Florentino Daza esperó cincuenta años a su amor. ¡Qué horror! ¡Qué calor! ¡Qué nervioso estaba! Solo habían sido dos cursos, pero habían sido dos cursos larguísimos. Enseguida, la campana empezó a estallar. Fue eterno. Jamás me pareció tan largo su sonido. Indeleble, gigantesca, densa y tosca. De golpe, prorrumpió todo el instituto en gritos y vítores. Las vacaciones habían comenzado y Julia dejaba de ser mi alumna. Me puse de pie y miré hacia la puerta…”
La Lola se va a los puertos
La veo con una inmensa maleta que pretende introducir en el maletero (tiene lógica) de su coche. La ayudo. Pese a ser profesor, me sigo sintiendo un caballero. Toma el GPS. Lo saca y lo conecta en el encendedor. Lo sitúa sobre el asiento del copiloto. Atornilla la antena del vehículo (¿quién se atreve a dejarla puesta en una calle como esa?), el GPS le da la bienvenida al coche y le dice con precisión dónde nos encontramos: el nombre del pueblo y la calle. Lola ya no es mi compañera. Tras batirnos en duelo durante unas cuantas semanas, terminó su tiempo. Caducó su nombramiento como un yogur. Lola suele decir que el GPS debería ser un regalo obligatorio de la Junta a todos los interinos. Ella ya lleva cuatro sustituciones en lo que va de curso. Esta ha sido la más larga. En cinco meses, ha conquistado todos los confines de nuestra Comunidad: Jaén, Sevilla, Córdoba y ahora Málaga. Turismo rural. En realidad, no ahorró nada. Perdió casi más dinero del que ganó, cambiando de alquiler y por culpa de los torrentes de gasolina que ha necesitado. Para colmo, no ha podido estudiar nada para sus oposiciones, que serán este junio y para las que casi no tendrá puntos extra. Lo peor de todo, según cuenta, es que tuvo que dormir tres semanas en una casa habitada por fantasmas. La vivienda tenía una habitación sellada y el arrendatario le exigió que no la abriera. Era un pueblo perdido en la sierra. Ahora no recuerdo su nombre. Cada noche miraba la puerta y pensaba: ¿qué hace una chica como yo en un lugar como este? Para empezar, aguantar a los cafres. Además de eso, pensar en qué puerto será el siguiente, hacia dónde la mandarán en su próxima aventura. James Bond. 007. Lola tiene lealtad a la Junta (aunque no le hayan dado todavía licencia para matar), las misiones no se protestan, los destinos se acatan. Gira de nuevo. Una pequeña ruleta. Hoy aquí, mañana allá. Cuatrocientos kilómetros lo determinan todo. “A quinientos metros, gire a la derecha”. Marta, la voz del GPS, se ha convertido en su mayor confidente.
Si te digo la verdad, lo peor que he vivido en estas semanas ha sido comprobar que las maravillosas explicaciones que recibo en el Máster cada fin de semana, no tienen nada que ver con la realidad. Nadie sabe cómo funciona un instituto hasta que no entra y trata de dar clases en él. También me sorprendió muchísimo el estado mental de muchos profesores. Existen dos opciones: están los que aprenden a marcar las distancias con los alumnos, los que los tratan con indiferencia, con amargura o incluso con violencia (sí, como Augusto. ¿Has escrito ya sobre él?); y hay otros que… se siguen esforzando por tratarlos con cariño. Y se pasa muy mal, haciéndolo así. Los que lo intentamos, tenemos días fantásticos en los que ellos son tus cómplices, en los que comparten contigo cosas que son preciosas. Recibes un trato humano que no te aporta ningún otro trabajo. Sin embargo, cuanto más les entregas, más daño pueden hacerte. Si confías en ellos, si les das cosas que te importan, todos los lances son personales, te destrozan. Cuando saltas de la tarima y das la clase desde abajo, cuando te desmitificas y te pones a su altura (y pueden insultarte, porque les haces saber que eso jamás tiene importancia), todo se convierte en algo personal y tu autoestima corre muchísimo peligro. Todo lo que te dicen son ataques y alabanzas personales. Y hay que tener mucha confianza y mucho valor para hacer eso. Supongo que al final todos terminamos por inmunizarnos. Ningún médico puede pasar su vida pensando en los pacientes que ha matado. No viviría y no podría trabajar si no aprendiera a pasar por alto lo que me dicen los alumnos.
Encima, cuando eres sustituto, cuando llegas sólo para unas semanas, los alumnos se rebelan contra ti porque tenían aprecio a la persona a la que estás sustituyendo. No te quieren. Saben que tus notas no sirven para casi nada. Imagínate: vosotros tenéis para mantener el control el recurso de las notas. Nosotros, en las sustituciones cortas, no. Y, para colmo, cuando ni siquiera tienes deshecha la maleta, has de irte. Hoy estoy en Málaga. ¿Y mañana? ¿A dónde me enviarán? El destino siempre cambia. Se supone que el Destino está escrito, pero el nuestro cambia cada dos por tres. ¡Y de nuevo toca escuchar al GPS!
No quiero ponerme metafísica, pero ¿no te resulta contradictorio que digan de nosotros que tenemos “un destino provisional”? Siempre he pensado que se trata de una profanación. “Destino” es una palabra demasiado bella como para ser utilizada en un papel burocrático.
Si te digo la verdad, lo peor que he vivido en estas semanas ha sido comprobar que las maravillosas explicaciones que recibo en el Máster cada fin de semana, no tienen nada que ver con la realidad. Nadie sabe cómo funciona un instituto hasta que no entra y trata de dar clases en él. También me sorprendió muchísimo el estado mental de muchos profesores. Existen dos opciones: están los que aprenden a marcar las distancias con los alumnos, los que los tratan con indiferencia, con amargura o incluso con violencia (sí, como Augusto. ¿Has escrito ya sobre él?); y hay otros que… se siguen esforzando por tratarlos con cariño. Y se pasa muy mal, haciéndolo así. Los que lo intentamos, tenemos días fantásticos en los que ellos son tus cómplices, en los que comparten contigo cosas que son preciosas. Recibes un trato humano que no te aporta ningún otro trabajo. Sin embargo, cuanto más les entregas, más daño pueden hacerte. Si confías en ellos, si les das cosas que te importan, todos los lances son personales, te destrozan. Cuando saltas de la tarima y das la clase desde abajo, cuando te desmitificas y te pones a su altura (y pueden insultarte, porque les haces saber que eso jamás tiene importancia), todo se convierte en algo personal y tu autoestima corre muchísimo peligro. Todo lo que te dicen son ataques y alabanzas personales. Y hay que tener mucha confianza y mucho valor para hacer eso. Supongo que al final todos terminamos por inmunizarnos. Ningún médico puede pasar su vida pensando en los pacientes que ha matado. No viviría y no podría trabajar si no aprendiera a pasar por alto lo que me dicen los alumnos.
Encima, cuando eres sustituto, cuando llegas sólo para unas semanas, los alumnos se rebelan contra ti porque tenían aprecio a la persona a la que estás sustituyendo. No te quieren. Saben que tus notas no sirven para casi nada. Imagínate: vosotros tenéis para mantener el control el recurso de las notas. Nosotros, en las sustituciones cortas, no. Y, para colmo, cuando ni siquiera tienes deshecha la maleta, has de irte. Hoy estoy en Málaga. ¿Y mañana? ¿A dónde me enviarán? El destino siempre cambia. Se supone que el Destino está escrito, pero el nuestro cambia cada dos por tres. ¡Y de nuevo toca escuchar al GPS!
No quiero ponerme metafísica, pero ¿no te resulta contradictorio que digan de nosotros que tenemos “un destino provisional”? Siempre he pensado que se trata de una profanación. “Destino” es una palabra demasiado bella como para ser utilizada en un papel burocrático.
La Oreja de Van Gogh
Ariane Dávila conoció en su juventud a Alejo Carpentier. Por aquel entonces, estaba liada con un artista cubano. Fue, en todo momento, una relación turbulenta, entre el amor y la guerra. Ella era una excelente artista también, pero agotó su universo vivencial demasiado rápido. Reflejaba siempre atmósferas prebélicas, decadentes, lugares sombríos, donde las primeras bombas hubieran hecho mella ya. Poco a poco se dio cuenta de que no era capaz de salir de ahí. No progresó y, por ello, optó por dejar la pintura y regresar a España. La historia de cómo terminó en un pueblo como este es un tanto tosca. Había más plazas en Andalucía que en Canarias. Preparó las oposiciones y… ¡zas! El resto es historia. Eso sí, una historia de letras minúsculas, nimias, muy diferentes a las letras mayúsculas que sus amigos y conocidos en Cuba escribieron.
-¿Sabes? El otro día una madre vino a buscarme. Estaba exaltada, profería todo tipo de insultos hacia mí. Según parece, le había dado por leer el diario de su hija. En él ponía que la profesora de Plástica “la había pegado toda”. Terrible, grotesco: afortunadamente, la niña vino y supuró el entuerto. ¡Yo le había pegado toda la cartulina! ¡Porque en la clase anterior se había roto! A punto estuvo la gracia de costarme una torta a mí. No estoy hecha para esto. Llevo demasiados años enseñando a los niños a dibujar. Estoy cansada. Me produce una pereza atroz explicar los colores pastel y contrariarme por sus bromas sobre ellos y la comida: he dejado de explicar esos colores, porque no tengo ganas de decir la palabra “pastel” en clase. Durante años he ayudado a decorar el Centro, pero también de eso estoy cansada: de ver bigotes pintados sobre cuadros de Dalí y jeringuillas entre los motivos de El Guernica. Todos los cuadros que flanquean los pasillos son obra mía (junto con mis alumnos, claro). Sin embargo, cada vez nos quitan más horas, cada vez veo pasar por mi clase a más grupos diferentes. Tengo trescientos alumnos. Vivo en otro mundo. No transito, prácticamente nunca, por la sala de profesores… porque aquí, en la última planta, he desarrollado mi propio universo. Los alumnos suben, como quien se reencuentra con las altas esferas, como quien transciende más allá del tiempo y del viento, como volaban las vacas del genial Chagall.
No comprendo qué hago aquí, la verdad. Estoy demasiado loca como para que me afecte la demoledora brutalidad de un instituto. Quizá, precisamente, terminé aquí porque en mi juventud dibujaba cuadros que trataban de plasmar esa misma decrepitud prebélica. Todos los días existe una guerra aquí. Encontré mi lugar en el mundo, quizá, por ende. De tan absurdo, es genial. El otro día les pedí a mis alumnos que dibujaran un triángulo y que realizaran una composición libre tomándolo como medida, como modelo, como eje de la composición. Uno de los alumnos me preguntó qué es un triángulo y otro se atrevió a contradecirme: “no existen los triángulos en la naturaleza. Aunque los veamos, no existen”. Empiezo a pensar que este pueblo se aniquilará pronto: todos los primos se casan entre sí, por eso hay tantos alumnos medio bobos; pronto nacerá el último bebé y Melquiades no podrá hacer ni descifrar nada.
No ha cambiado mucho. El dibujo técnico pasó a mejor vida (¡no se imparte como tal en la ESO!), pero el dibujo artístico… ahí sigue. Mientras ponen en duda su utilidad, mientras lo encasillan, mientras se debate si apartarlo de Cuarto (y de cuajo) o no, lo cierto es que Ariane sigue viva. No comprendo cómo su voluntad no se quiebra, cómo soporta este ambiente una persona con la sensibilidad que ella posee. Fútbol, drogas y sexo, esos son ahora los temas de los paisajes que sus alumnos trazan. ¿Y dicen los manuales que los grandes temas son atemporales?
Se cuenta en el Instituto que toma catorce pastillas al día para olvidar, para recordarse, para no perder el tino entre tanto cretino. Las perlas y los cerdos no se llevan bien. ¿Qué hace una persona que tanto ha vivido, que tanto talento atesora, que tanto arte tuvo (y retuvo), frente a chicos que no saldrán de su pueblo, que no han entrado jamás en un museo, que piensan que los artistas más consagrados de todos los tiempos son Faber-Castell y el Señor Carioca? Ariane oculta bajo una nómina estándar-media los retales y retazos de sus propios sueños. Renueva su espíritu. Algún día atará bandadas de gorriones a sus muñecas y escapará, rumbo a su planeta, como lo hizo El Principito.
-¿Sabes? El otro día una madre vino a buscarme. Estaba exaltada, profería todo tipo de insultos hacia mí. Según parece, le había dado por leer el diario de su hija. En él ponía que la profesora de Plástica “la había pegado toda”. Terrible, grotesco: afortunadamente, la niña vino y supuró el entuerto. ¡Yo le había pegado toda la cartulina! ¡Porque en la clase anterior se había roto! A punto estuvo la gracia de costarme una torta a mí. No estoy hecha para esto. Llevo demasiados años enseñando a los niños a dibujar. Estoy cansada. Me produce una pereza atroz explicar los colores pastel y contrariarme por sus bromas sobre ellos y la comida: he dejado de explicar esos colores, porque no tengo ganas de decir la palabra “pastel” en clase. Durante años he ayudado a decorar el Centro, pero también de eso estoy cansada: de ver bigotes pintados sobre cuadros de Dalí y jeringuillas entre los motivos de El Guernica. Todos los cuadros que flanquean los pasillos son obra mía (junto con mis alumnos, claro). Sin embargo, cada vez nos quitan más horas, cada vez veo pasar por mi clase a más grupos diferentes. Tengo trescientos alumnos. Vivo en otro mundo. No transito, prácticamente nunca, por la sala de profesores… porque aquí, en la última planta, he desarrollado mi propio universo. Los alumnos suben, como quien se reencuentra con las altas esferas, como quien transciende más allá del tiempo y del viento, como volaban las vacas del genial Chagall.
No comprendo qué hago aquí, la verdad. Estoy demasiado loca como para que me afecte la demoledora brutalidad de un instituto. Quizá, precisamente, terminé aquí porque en mi juventud dibujaba cuadros que trataban de plasmar esa misma decrepitud prebélica. Todos los días existe una guerra aquí. Encontré mi lugar en el mundo, quizá, por ende. De tan absurdo, es genial. El otro día les pedí a mis alumnos que dibujaran un triángulo y que realizaran una composición libre tomándolo como medida, como modelo, como eje de la composición. Uno de los alumnos me preguntó qué es un triángulo y otro se atrevió a contradecirme: “no existen los triángulos en la naturaleza. Aunque los veamos, no existen”. Empiezo a pensar que este pueblo se aniquilará pronto: todos los primos se casan entre sí, por eso hay tantos alumnos medio bobos; pronto nacerá el último bebé y Melquiades no podrá hacer ni descifrar nada.
No ha cambiado mucho. El dibujo técnico pasó a mejor vida (¡no se imparte como tal en la ESO!), pero el dibujo artístico… ahí sigue. Mientras ponen en duda su utilidad, mientras lo encasillan, mientras se debate si apartarlo de Cuarto (y de cuajo) o no, lo cierto es que Ariane sigue viva. No comprendo cómo su voluntad no se quiebra, cómo soporta este ambiente una persona con la sensibilidad que ella posee. Fútbol, drogas y sexo, esos son ahora los temas de los paisajes que sus alumnos trazan. ¿Y dicen los manuales que los grandes temas son atemporales?
Se cuenta en el Instituto que toma catorce pastillas al día para olvidar, para recordarse, para no perder el tino entre tanto cretino. Las perlas y los cerdos no se llevan bien. ¿Qué hace una persona que tanto ha vivido, que tanto talento atesora, que tanto arte tuvo (y retuvo), frente a chicos que no saldrán de su pueblo, que no han entrado jamás en un museo, que piensan que los artistas más consagrados de todos los tiempos son Faber-Castell y el Señor Carioca? Ariane oculta bajo una nómina estándar-media los retales y retazos de sus propios sueños. Renueva su espíritu. Algún día atará bandadas de gorriones a sus muñecas y escapará, rumbo a su planeta, como lo hizo El Principito.
viernes, 18 de enero de 2008
EF
No, no. No te estoy vacilando. Estudié medicina. Terminé aquí porque… ¿Tú sabes lo estresante que es un hospital? ¿Tú sabes lo bien que se vive con cuatro meses de vacaciones al año? De veras: no tiene color, la vida es otra cosa. Preparé las oposiciones de Educación Física y… ¡pum! ¡Aquí estoy! Sí, lo admito: a mí la enseñanza no me llama la atención en absoluto, pero no deja de ser un trabajo. Es un trabajo más. Yo lo hago y me pagan por hacerlo. ¿Se plantea un frutero si tiene vocación de frutero? ¡Ni de casualidad! Él, simplemente, realiza su trabajo. Y le pagan por ello, sin que nadie le pregunte si eso tiene algo que ver con lo que estudió para llegar hasta allí. Además, a mí el deporte me interesa. Yo hago muchísimo deporte. Yo siempre estoy haciendo deporte y… si se lesiona algún niño, ¿quién mejor que un médico para atenderlo?
Marta mira mi grabadora con recelo. Es la segunda profesora a la que siento en mi despacho. Me impone. Tiene una mirada penetrante y todos sus músculos están desarrollados. Soy consciente de que podría matarme. De hecho, si no escribo lo que ella quiere que escriba, me matará con sus propias manos. Y después… escapará corriendo del lugar del crimen y nadie la atrapará porque es profesora de Educación Física y los profesores de Educación Física tienen súper poderes que la policía no es capaz de neutralizar.
Si te digo la verdad, de mi asignatura lo mejor es que a los chicos les encanta. No hay que convencerlos para que se porten bien. Su premio es… la asignatura en sí. Si dan la lata, los subo a la clase y les doy una clase normal, les explico cualquier cosa y ya no vuelven a darme problemas. Venderían a sus respectivos padres por dos horas a la semana en el patio. ¿Tú sabes lo poco que les gusta estar sentados? Bueno, claro que lo sabes… ¡tú los tienes sentados! Además, admito que en mi asignatura lo tengo francamente fácil. Si un día me duele la cabeza o he tenido un mal día en casa, les doy un balón y asunto arreglado. Lo hago con frecuencia. En estos tiempos que corren, es imposible pretender que todas las sesiones sean “controladas”. Alterno una libre y otra vigilada. Es un trato justo. Ellos están contentos y me adoran por darles tantas horas de “deporte libre”. Es fácil y es sencillo. No hablo demasiado. No explico demasiado y mi garganta no se resiente. Les saco más partido a los cursos buenos y a los malos les doy el balón, sin más explicaciones… ¿por qué tengo que aguantarlos? ¡Para eso ya estás tú, Cuyami, que no te queda otra! ¿Yo? ¿Te crees que estoy loca?
Lo peor… que muchas veces no hay horas suficientes para todos los profesores del Departamento y terminamos por dar Plástica, Refuerzo de Lengua o de Matemáticas. ¿Tengo yo pinta de profesora de Matemáticas? ¡Eso mejor se lo dejamos a Juan! ¿Me ves tú a mí dando Refuerzo de Lengua? ¡Para eso ya está Lola! Lo otro peor de la asignatura es que a todos, en algún momento de nuestra carrera docente, nos sucede. Sí, ya sabes: algún accidente. Un niño que se cae de una colchoneta, una portería mal sujeta que le cae a un niño en la cabeza… ¿sabes que casi todos los años muere en Andalucía algún chico en una clase de Educación Física? Eso no sucede en Educación para la Ciudadanía. Es a nosotros a los que nos pasa… Y además, si los tenemos en el patio, ¿tú sabes cuántos porros se fuman en nuestras horas, en las esquinas del patio? Escena típica: chica monísima de quince años, enseñando todo lo enseñable en una clase de mayo. Se niega a hacer ejercicio físico porque dice que tiene la regla. ¿Qué haces con ella? Terminará por escapársete a una esquina con su amiguita. Un rollo. Eso pasa con frecuencia. Tratas de controlarlo, pero… vivimos al filo. Aunque hagas todo lo posible, siempre puede pasar algo (y siempre pasa).
Existe cierta leyenda negra sobre la mayoría de los profesores (varones) de mi asignatura. Las alumnas siempre los acusan de propasarse con ellas. Suele decirse de ellos que se arriman demasiado, que las ayudan con demasiado mimo a saltar el potro. Si te soy sincero, jamás he conocido a ningún profesor que realmente responda a este perfil. Si algún día me encuentro con alguno, le pegaré una paliza, te lo prometo. Dicen que, cuando el río suena, agua lleva, pero yo prefiero pensar que lo de esos cerdos se trata de una leyenda urbana.
Prof. Cuyami
Marta mira mi grabadora con recelo. Es la segunda profesora a la que siento en mi despacho. Me impone. Tiene una mirada penetrante y todos sus músculos están desarrollados. Soy consciente de que podría matarme. De hecho, si no escribo lo que ella quiere que escriba, me matará con sus propias manos. Y después… escapará corriendo del lugar del crimen y nadie la atrapará porque es profesora de Educación Física y los profesores de Educación Física tienen súper poderes que la policía no es capaz de neutralizar.
Si te digo la verdad, de mi asignatura lo mejor es que a los chicos les encanta. No hay que convencerlos para que se porten bien. Su premio es… la asignatura en sí. Si dan la lata, los subo a la clase y les doy una clase normal, les explico cualquier cosa y ya no vuelven a darme problemas. Venderían a sus respectivos padres por dos horas a la semana en el patio. ¿Tú sabes lo poco que les gusta estar sentados? Bueno, claro que lo sabes… ¡tú los tienes sentados! Además, admito que en mi asignatura lo tengo francamente fácil. Si un día me duele la cabeza o he tenido un mal día en casa, les doy un balón y asunto arreglado. Lo hago con frecuencia. En estos tiempos que corren, es imposible pretender que todas las sesiones sean “controladas”. Alterno una libre y otra vigilada. Es un trato justo. Ellos están contentos y me adoran por darles tantas horas de “deporte libre”. Es fácil y es sencillo. No hablo demasiado. No explico demasiado y mi garganta no se resiente. Les saco más partido a los cursos buenos y a los malos les doy el balón, sin más explicaciones… ¿por qué tengo que aguantarlos? ¡Para eso ya estás tú, Cuyami, que no te queda otra! ¿Yo? ¿Te crees que estoy loca?
Lo peor… que muchas veces no hay horas suficientes para todos los profesores del Departamento y terminamos por dar Plástica, Refuerzo de Lengua o de Matemáticas. ¿Tengo yo pinta de profesora de Matemáticas? ¡Eso mejor se lo dejamos a Juan! ¿Me ves tú a mí dando Refuerzo de Lengua? ¡Para eso ya está Lola! Lo otro peor de la asignatura es que a todos, en algún momento de nuestra carrera docente, nos sucede. Sí, ya sabes: algún accidente. Un niño que se cae de una colchoneta, una portería mal sujeta que le cae a un niño en la cabeza… ¿sabes que casi todos los años muere en Andalucía algún chico en una clase de Educación Física? Eso no sucede en Educación para la Ciudadanía. Es a nosotros a los que nos pasa… Y además, si los tenemos en el patio, ¿tú sabes cuántos porros se fuman en nuestras horas, en las esquinas del patio? Escena típica: chica monísima de quince años, enseñando todo lo enseñable en una clase de mayo. Se niega a hacer ejercicio físico porque dice que tiene la regla. ¿Qué haces con ella? Terminará por escapársete a una esquina con su amiguita. Un rollo. Eso pasa con frecuencia. Tratas de controlarlo, pero… vivimos al filo. Aunque hagas todo lo posible, siempre puede pasar algo (y siempre pasa).
Existe cierta leyenda negra sobre la mayoría de los profesores (varones) de mi asignatura. Las alumnas siempre los acusan de propasarse con ellas. Suele decirse de ellos que se arriman demasiado, que las ayudan con demasiado mimo a saltar el potro. Si te soy sincero, jamás he conocido a ningún profesor que realmente responda a este perfil. Si algún día me encuentro con alguno, le pegaré una paliza, te lo prometo. Dicen que, cuando el río suena, agua lleva, pero yo prefiero pensar que lo de esos cerdos se trata de una leyenda urbana.
Prof. Cuyami
Uno más uno son siete
Te lo vuelvo a repetir: es sencillo y no tendrá ninguna contraindicación. Yo pongo en marcha la grabadora y cuando veas la luz roja encendida, me cuentas unas cuantas anécdotas sobre tu asignatura. Si te apetece criticar, critica. Si te apetece elogiar al sistema, elógialo. ¡A mí me da igual! Yo solo quiero que me expliques cómo vive en pleno siglo XXI un profesor de Matemáticas. Además, Juan, no revelaré tu nombre, te lo prometo. ¿Accedes? [No soy periodista y, por lo tanto, a mi grabadora le cuesta mucho arrancar. ¡Con el trabajo que me ha costado convencerlo, me falla ahora la grabadora y me da un siroco!].
“En estos tiempos que corren, los profesores de Matemáticas lo tenemos especialmente difícil. Los alumnos no están acostumbrados a esforzarse por nada, en ninguna asignatura… pero en Matemáticas, además, se nota especialmente esta desidia. Me explico: en Historia, por ejemplo, si un alumno malo tiene un día inspirado puede seguir a la perfección una clase sobre el Antiguo Egipto, sin saber nada de Prehistoria. En Matemáticas, como no saben lo que tienen que saber de cursos anteriores, muchos no pueden enterarse de nada… y, por tanto, se dedican a enredar. ¿Cómo van a aprender a multiplicar los que no saben sumar?
Jamás pensé que mi cometido en esta vida fuera enseñar a sumar y a restar: ¡yo soy doctor! ¡Hice mi tesis! ¡Y se supone que esto es un instituto serio! ¿Por qué esas cosas no las aprenden en Primaria? ¡Hay alumnos en Segundo y de Tercero de ESO que no saben multiplicar! ¡En el antiguo primero de BUP! ¿Y la tabla? ¡Estos chicos llevarán la tabla de multiplicar en una chuleta hasta que se jubilen! Están acostumbrados a los audiovisuales y para ellos un papel y una hoja no reportan ninguna motivación. Si te digo la verdad, en lo que va de curso, solo una vez los he visto concentrados. ¿Te puedes creer que en Segundo de ESO no sabían lo que era un número par? Uno me levantó la mano y me preguntó “si eso de los números pares tenía alguna relación con el juego pares-nones”. Me dijeron que para saber quién había ganado, ellos contaban de forma alterna: pares-nones. “¿Entonces eso de pares y nones significa algo? ¡Creía que era como el que dice mesa o silla!”. Cuando les conté cómo se sabía si el veintiocho era par o impar sin tener que repetir las palabras “none” y “pare” catorce veces cada una, se les iluminó el rostro y pasaron todo el recreo jugando a dicho juego. “Profe, así es mucho más fácil jugar…”. ¡Ninguno de la clase sabía qué era un número par! ¡Y tienen quince años!
No me extraña que ahora proyecten un número en la Puerta del Sol, durante las campanadas, diciendo cuántas uvas tienen que comerse. Si estos genios tienen que contar mentalmente hasta doce, se extingue la tradición. No me sorprende: ¿sabes que Marta, la profesora de Educación Física, imparte Refuerzo de Matemáticas? El mes pasado hicieron un cartel durante una clase suya. “Las Matemáticas son el analfabeto del mundo”. Sí, ponía “analfabeto”: se equivocaron [o fueron clarividentes]. El cartel estuvo colgado quince días en la clase. Muy revelador. ¡Es que aquí tampoco se sabe leer! ¿Puedes poner eso en tu columna? Escríbelo con todas las letras: no saben multiplicar y tampoco saben leer, ni los enunciados de los problemas. No sabes bien el bajón que han pegado este cotarro en los últimos años. ¡Es increíble!
El otro día mandé el ejercicio veinticinco del tema y todos se rieron. ¡Claro, tenía rima! Por supuesto, segundos más tarde, escuché a un alumno diciéndome que aquel ejercicio tenía premio. ¿Puedes creerte que cuando corregimos los ejercicios, días más tarde, un alumno me vino a preguntar qué había ganado, que qué premio había para los alumnos que habían hecho los ejercicios ese día? Porque habíamos dicho que el ejercicio tenía premio y, claro está, él quería su premio. ¡Ni siquiera saben entender sus propias bromas!
No lo sé. No sé cómo va a acabar todo esto. Es increíble cómo llegan a la Universidad, sin saber de nada. Pero… ¿qué quieres que haga yo? Llevo en la enseñanza más de veinticinco años y ya no tengo fuerzas ni ganas para cambiar el sistema. Además, por más que se intenten dinamizar, las Matemáticas siempre serán Matemáticas. ¿Para qué voy a ponerles una película o hincharlos a utilizar páginas web, si nada de eso sirve? Las Matemáticas son otra cosa… y yo, pese a todo, sigo creyendo en ellas”.
Prof. Cuyami
“En estos tiempos que corren, los profesores de Matemáticas lo tenemos especialmente difícil. Los alumnos no están acostumbrados a esforzarse por nada, en ninguna asignatura… pero en Matemáticas, además, se nota especialmente esta desidia. Me explico: en Historia, por ejemplo, si un alumno malo tiene un día inspirado puede seguir a la perfección una clase sobre el Antiguo Egipto, sin saber nada de Prehistoria. En Matemáticas, como no saben lo que tienen que saber de cursos anteriores, muchos no pueden enterarse de nada… y, por tanto, se dedican a enredar. ¿Cómo van a aprender a multiplicar los que no saben sumar?
Jamás pensé que mi cometido en esta vida fuera enseñar a sumar y a restar: ¡yo soy doctor! ¡Hice mi tesis! ¡Y se supone que esto es un instituto serio! ¿Por qué esas cosas no las aprenden en Primaria? ¡Hay alumnos en Segundo y de Tercero de ESO que no saben multiplicar! ¡En el antiguo primero de BUP! ¿Y la tabla? ¡Estos chicos llevarán la tabla de multiplicar en una chuleta hasta que se jubilen! Están acostumbrados a los audiovisuales y para ellos un papel y una hoja no reportan ninguna motivación. Si te digo la verdad, en lo que va de curso, solo una vez los he visto concentrados. ¿Te puedes creer que en Segundo de ESO no sabían lo que era un número par? Uno me levantó la mano y me preguntó “si eso de los números pares tenía alguna relación con el juego pares-nones”. Me dijeron que para saber quién había ganado, ellos contaban de forma alterna: pares-nones. “¿Entonces eso de pares y nones significa algo? ¡Creía que era como el que dice mesa o silla!”. Cuando les conté cómo se sabía si el veintiocho era par o impar sin tener que repetir las palabras “none” y “pare” catorce veces cada una, se les iluminó el rostro y pasaron todo el recreo jugando a dicho juego. “Profe, así es mucho más fácil jugar…”. ¡Ninguno de la clase sabía qué era un número par! ¡Y tienen quince años!
No me extraña que ahora proyecten un número en la Puerta del Sol, durante las campanadas, diciendo cuántas uvas tienen que comerse. Si estos genios tienen que contar mentalmente hasta doce, se extingue la tradición. No me sorprende: ¿sabes que Marta, la profesora de Educación Física, imparte Refuerzo de Matemáticas? El mes pasado hicieron un cartel durante una clase suya. “Las Matemáticas son el analfabeto del mundo”. Sí, ponía “analfabeto”: se equivocaron [o fueron clarividentes]. El cartel estuvo colgado quince días en la clase. Muy revelador. ¡Es que aquí tampoco se sabe leer! ¿Puedes poner eso en tu columna? Escríbelo con todas las letras: no saben multiplicar y tampoco saben leer, ni los enunciados de los problemas. No sabes bien el bajón que han pegado este cotarro en los últimos años. ¡Es increíble!
El otro día mandé el ejercicio veinticinco del tema y todos se rieron. ¡Claro, tenía rima! Por supuesto, segundos más tarde, escuché a un alumno diciéndome que aquel ejercicio tenía premio. ¿Puedes creerte que cuando corregimos los ejercicios, días más tarde, un alumno me vino a preguntar qué había ganado, que qué premio había para los alumnos que habían hecho los ejercicios ese día? Porque habíamos dicho que el ejercicio tenía premio y, claro está, él quería su premio. ¡Ni siquiera saben entender sus propias bromas!
No lo sé. No sé cómo va a acabar todo esto. Es increíble cómo llegan a la Universidad, sin saber de nada. Pero… ¿qué quieres que haga yo? Llevo en la enseñanza más de veinticinco años y ya no tengo fuerzas ni ganas para cambiar el sistema. Además, por más que se intenten dinamizar, las Matemáticas siempre serán Matemáticas. ¿Para qué voy a ponerles una película o hincharlos a utilizar páginas web, si nada de eso sirve? Las Matemáticas son otra cosa… y yo, pese a todo, sigo creyendo en ellas”.
Prof. Cuyami
lunes, 24 de diciembre de 2007
El silencio de Lucas Cordero
Es otoño. Caen las hojas de los árboles sobre la baranda y por la ventana parece filtrarse una estela violeta de viento, una serenata ocre, una esquirla puntiaguda que aflora tras el balanceo de los barrenderos, del murmullo quedo que insufla la calle. Mientras el pueblo se adormece y parece calibrar su propio letargo, Lucas se apoya sobre el pupitre y deja caer su cabeza sobre la terca madera que proyecta su sombra contra la pared. Es primera hora. Casi todos albergan dormido el espíritu, sin temple aún para mucha farándula, sin mirada en la mirada, con el frío estancado sobre las sienes. A las ocho y media de la mañana nadie reconcome cosas profundas.
Gilberto López imparte plástica. Pidió a sus alumnos que se trajeran papel de estraza para elaborar una composición. El profesor explica. Habla muy despacio porque sabe que sus pupilos están dormidos y que no es conveniente despertarlos todavía (la mañana será larga). Asesta cada palabra de aquella clase con cuidado, con delicadeza, moldeando el temple y el tempo. Les explica que han de dibujar con ceras blandas en cuatro colores. En la imagen debe aparecer “una figura humana en una habitación conocida”. Lo demás lo deja a libre elección de los alumnos.
Se escucha un pequeño murmullo. Nada serio, es temprano. Jorge Leal, un alumno de sobresaliente, pregunta si los colores pueden ser cualesquiera. Gilberto responde que sí, pero que es interesante que pertenezcan a la misma escala cromática. Natacha pregunta si puede dibujar a alguna persona de las que están en la clase. El profesor responde que sí, pero que ha de comentarle antes qué pretende hacer porque no quiere que se le falte el respeto a nadie. Natacha se pone colorada porque pretendía dibujar a Gilberto en la habitación de ella… y le da vergüenza decírselo a él, directamente. Natacha está, de forma platónica (claro está), enamorada de su profesor. Gilberto lo sabe, esas cosas siempre se saben, y de hecho lo utiliza para captar la atención de su alumna, de forma especial. “Una alumna enamorada estudia más que una alumna que no lo está”, le contó hace dos noches Gilberto a su novio, mientras cenaban en un restaurante chino.
La amiga de Natacha, una chica llamada Ruth, hace la pregunta por ella: “¿Y podemos dibujar a un profesor?”, y Gilberto dice que sí, pero les pide también que no sean crueles. Gilberto se ríe. En sus seis años de profesión cree haberlo visto todo. Sin embargo, en una esquina, sepultado por un enorme chaquetón rojo, Lucas Cordero acaba de tener una idea. Sale del letargo y toma los colores. Lucas Cordero no pregunta, porque Lucas Cordero nunca pregunta. Es un chico retraído, su piel es pálida, tiene la mirada profunda. Algunos profesores comentan que es “como si te viera desnudo”. Sonríe. Media sonrisa. Toma el color rojo y el negro. Los agita con agria vehemencia sobre el papel de estraza. Con un trapo acaricia la cera blanda y la extiende a lo largo y ancho de toda la composición. Más rojo. Más rojo. Sigue dibujando y el mundo parece evaporarse. Allá a lo lejos, sale el sol. Comenzó la clase siendo de noche todavía. Ha amanecido y en lontananza se inmiscuye en el pueblo un amanecer de tonalidad naranja clarito (¿qué ceras hay que mezclar para obtenerlo?).
Gilberto felicita a Natacha. Definitivamente lo ha dibujado más guapo de lo que es (¡al novio de Gilberto le encantará ese dibujo!, seguro que lo cuelga en su despacho). Ruth dibujó a una niña china dándole la mano a una niña árabe, que lleva un pañuelo sobre la cabeza (lo ha copiado del libro de Educación para la Ciudadanía). Gilberto la felicita para que Ruth no sienta celos de Natacha, pero Gilberto sabe también que Ruth no se ganará la vida dibujando. “Montmartre está lleno de pintores con menos talento que tú”, suele decirle. Pero sabe que miente.
A punto de tocar la campana, Gilberto le pide a Lucas Cordero su creación. Queda pasmado, se horroriza. Sobre el papel se observa con claridad la figura de un hombre degollado. La sangre chorrea prominentemente. El hombre degollado permanece de rodillas, con las manos juntas, suplicando clemencia, despojado ya de su cabeza. El captor posee una sonrisa enorme, que traspasa su rostro. Con un hacha ha segado el cuello de su presa. A decir verdad, Gilberto no se atreve a preguntarlo, pero todo parece indicar que el fondo reproduce el despacho del Director del Centro. Y el hombre sin cabeza es ni más ni menos que el Director.
¿Y ahora qué?
Gilberto López imparte plástica. Pidió a sus alumnos que se trajeran papel de estraza para elaborar una composición. El profesor explica. Habla muy despacio porque sabe que sus pupilos están dormidos y que no es conveniente despertarlos todavía (la mañana será larga). Asesta cada palabra de aquella clase con cuidado, con delicadeza, moldeando el temple y el tempo. Les explica que han de dibujar con ceras blandas en cuatro colores. En la imagen debe aparecer “una figura humana en una habitación conocida”. Lo demás lo deja a libre elección de los alumnos.
Se escucha un pequeño murmullo. Nada serio, es temprano. Jorge Leal, un alumno de sobresaliente, pregunta si los colores pueden ser cualesquiera. Gilberto responde que sí, pero que es interesante que pertenezcan a la misma escala cromática. Natacha pregunta si puede dibujar a alguna persona de las que están en la clase. El profesor responde que sí, pero que ha de comentarle antes qué pretende hacer porque no quiere que se le falte el respeto a nadie. Natacha se pone colorada porque pretendía dibujar a Gilberto en la habitación de ella… y le da vergüenza decírselo a él, directamente. Natacha está, de forma platónica (claro está), enamorada de su profesor. Gilberto lo sabe, esas cosas siempre se saben, y de hecho lo utiliza para captar la atención de su alumna, de forma especial. “Una alumna enamorada estudia más que una alumna que no lo está”, le contó hace dos noches Gilberto a su novio, mientras cenaban en un restaurante chino.
La amiga de Natacha, una chica llamada Ruth, hace la pregunta por ella: “¿Y podemos dibujar a un profesor?”, y Gilberto dice que sí, pero les pide también que no sean crueles. Gilberto se ríe. En sus seis años de profesión cree haberlo visto todo. Sin embargo, en una esquina, sepultado por un enorme chaquetón rojo, Lucas Cordero acaba de tener una idea. Sale del letargo y toma los colores. Lucas Cordero no pregunta, porque Lucas Cordero nunca pregunta. Es un chico retraído, su piel es pálida, tiene la mirada profunda. Algunos profesores comentan que es “como si te viera desnudo”. Sonríe. Media sonrisa. Toma el color rojo y el negro. Los agita con agria vehemencia sobre el papel de estraza. Con un trapo acaricia la cera blanda y la extiende a lo largo y ancho de toda la composición. Más rojo. Más rojo. Sigue dibujando y el mundo parece evaporarse. Allá a lo lejos, sale el sol. Comenzó la clase siendo de noche todavía. Ha amanecido y en lontananza se inmiscuye en el pueblo un amanecer de tonalidad naranja clarito (¿qué ceras hay que mezclar para obtenerlo?).
Gilberto felicita a Natacha. Definitivamente lo ha dibujado más guapo de lo que es (¡al novio de Gilberto le encantará ese dibujo!, seguro que lo cuelga en su despacho). Ruth dibujó a una niña china dándole la mano a una niña árabe, que lleva un pañuelo sobre la cabeza (lo ha copiado del libro de Educación para la Ciudadanía). Gilberto la felicita para que Ruth no sienta celos de Natacha, pero Gilberto sabe también que Ruth no se ganará la vida dibujando. “Montmartre está lleno de pintores con menos talento que tú”, suele decirle. Pero sabe que miente.
A punto de tocar la campana, Gilberto le pide a Lucas Cordero su creación. Queda pasmado, se horroriza. Sobre el papel se observa con claridad la figura de un hombre degollado. La sangre chorrea prominentemente. El hombre degollado permanece de rodillas, con las manos juntas, suplicando clemencia, despojado ya de su cabeza. El captor posee una sonrisa enorme, que traspasa su rostro. Con un hacha ha segado el cuello de su presa. A decir verdad, Gilberto no se atreve a preguntarlo, pero todo parece indicar que el fondo reproduce el despacho del Director del Centro. Y el hombre sin cabeza es ni más ni menos que el Director.
¿Y ahora qué?
Querido Reyes Magos
Queridos Reyes Magos:
Soy consciente de que es un poco pronto para enviaros esta carta. Sin embargo, mañana me acercaré a Correos y la franquearé porque este pueblo del litoral almeriense está muy alejado del verdadero Oriente y porque las comunicaciones (sobre todo por carretera, por tren ni hablamos) son algo defectuosas y poco afectuosas, así que será mejor que vayamos bien de tiempo (vosotros sois magos, pero los carteros no tanto). Ni que decir tiene que he sido muy bueno a lo largo del año. Me he portado bien… aunque creo que voy a suspender bastante. Pero no es culpa mía, ¡que conste! Es más bien que me tienen manía. Hay profesores muy malos, muy crueles, que ponen muchos deberes y que suspenden a los alumnos porque les da la gana… pero yo no soy uno de ellos.
¿Qué pido? ¿Qué pido? ¡Uf! ¡Qué presión! ¡Son muchas cosas! Yo pido todo lo que se me ocurra y vosotros veis qué se puede hacer. En primer lugar deseo un instituto que no esté lejos de todo. Estoy un poco harto del turismo rural. Admiro a los habitantes de las Alpujarras, pero no me gustaría ir para allá, sino regresar a mi tierra: ¿sería posible que se liberalizaran las permutas? Es que es un poco duro estar a trescientos kilómetros de casa (y trabajar con cafres) y me consta que hay muchos profesores que tienen que pasar por el exilio, no solo yo. En segundo lugar, me gustaría tener algún grupo de Bachillerato porque se me empieza a olvidar lo mucho que amo esta profesión y lo que me gustaba que me hicieran caso (sé que Bachillerato no es como cuando yo estudié COU, pero algo es algo). También me gustaría tener en mi aula solo a inmigrantes que hablen mi idioma y, sobre todo, que estos no estén en grupos con más treinta alumnos. De hecho, me gustaría contar con grupos un poco más reducidos siempre. Más que nada porque los alumnos de ahora no son como los de antes y veinte ya parecen demasiados… salvo que estén dormidos o drogados (ambas cosas ocurren a veces).
Quiero material informático en el Centro, porque se habla de un ordenador por cada dos alumnos, pero creo que se os acabó el cargamento antes de llegar a Almería. También os pido un guardiacivil en la entrada y en la salida, que vigile la valla a través de la cual le venden droga a los alumnos en el recreo (así de paso evita las peleas y las agresiones en la calle). Me gustaría también un aparcamiento dentro del Instituto, para que no nos pinchen las ruedas ni nos rallen la pintura. Si es posible, desearía días de asuntos propios, como el resto de funcionarios. Pero prefiero en vez de eso una alternativa digna para todos aquellos alumnos que con catorce años decidan no seguir estudiando (que dedican dos años a calentar el asiento, haciendo el mayor daño posible, porque no hay otra cosa para ellos). ¡Ah, ya! ¡Quiero pastillas Juanola! Una caja XXL para la garganta, porque mandar a callar te deja las cuerdas vocales un tanto mermadas. De todas formas, lo que más me gustaría de todo sería un poco de más autoridad: que los alumnos vuelvan a hacernos más caso, que los padres nos respeten un poquito más, que no agredan a ningún otro compañero más, que no vivamos tan al límite. No quiero escuchar tantos insultos al cabo del día, ni recibir pintadas en las paredes del centro, me gustaría que volviera la tarima, que nos hablen de usted. Quiero estar por encima. Me gustaría que ser profesor volviera a significar algo. Me gustaría que nuestro trabajo estuviera un poco mejor valorado por la sociedad: dejar de ser asistente social o educador social, explicar mi asignatura y educar a los alumnos que verdaderamente quieran ser educados. ¿Sería posible pedir padres que colaboren más? ¿Sería posible que los chicos vinieran educados ya de casa o que trajeran de serie un dispositivo para sentarse y callarse cuando entra el profesor? Y, sobre todo, y ante todo, esta carta es para pediros… ¡que le traigáis carbón a los alumnos a los que se lo hemos suspendido todo! El cargamento de motos es un poco excesivo, el año pasado os pasasteis con las motos. Si yo los suspendo y vosotros les traéis una moto, ¿con qué cara miro al alumno de turno en enero cuando le diga que yo voy a volver a suspenderlo… y él me responda que “le da igual”?
Gracias. Gracias. Gracias. Nunca me habéis fallado. ¡Haced lo que podáis, también esta vez! Y de paso aprovecho para desearos una feliz Navidad para vosotros tres, para vuestros camellos y para todos los que creen en vosotros. Oye, por cierto, ¿eso de los “camellos” va con segundas? Es que trabajo en un instituto y, por ello, me he acostumbrado a pensar mal siempre.
Prof. Cuyami
Soy consciente de que es un poco pronto para enviaros esta carta. Sin embargo, mañana me acercaré a Correos y la franquearé porque este pueblo del litoral almeriense está muy alejado del verdadero Oriente y porque las comunicaciones (sobre todo por carretera, por tren ni hablamos) son algo defectuosas y poco afectuosas, así que será mejor que vayamos bien de tiempo (vosotros sois magos, pero los carteros no tanto). Ni que decir tiene que he sido muy bueno a lo largo del año. Me he portado bien… aunque creo que voy a suspender bastante. Pero no es culpa mía, ¡que conste! Es más bien que me tienen manía. Hay profesores muy malos, muy crueles, que ponen muchos deberes y que suspenden a los alumnos porque les da la gana… pero yo no soy uno de ellos.
¿Qué pido? ¿Qué pido? ¡Uf! ¡Qué presión! ¡Son muchas cosas! Yo pido todo lo que se me ocurra y vosotros veis qué se puede hacer. En primer lugar deseo un instituto que no esté lejos de todo. Estoy un poco harto del turismo rural. Admiro a los habitantes de las Alpujarras, pero no me gustaría ir para allá, sino regresar a mi tierra: ¿sería posible que se liberalizaran las permutas? Es que es un poco duro estar a trescientos kilómetros de casa (y trabajar con cafres) y me consta que hay muchos profesores que tienen que pasar por el exilio, no solo yo. En segundo lugar, me gustaría tener algún grupo de Bachillerato porque se me empieza a olvidar lo mucho que amo esta profesión y lo que me gustaba que me hicieran caso (sé que Bachillerato no es como cuando yo estudié COU, pero algo es algo). También me gustaría tener en mi aula solo a inmigrantes que hablen mi idioma y, sobre todo, que estos no estén en grupos con más treinta alumnos. De hecho, me gustaría contar con grupos un poco más reducidos siempre. Más que nada porque los alumnos de ahora no son como los de antes y veinte ya parecen demasiados… salvo que estén dormidos o drogados (ambas cosas ocurren a veces).
Quiero material informático en el Centro, porque se habla de un ordenador por cada dos alumnos, pero creo que se os acabó el cargamento antes de llegar a Almería. También os pido un guardiacivil en la entrada y en la salida, que vigile la valla a través de la cual le venden droga a los alumnos en el recreo (así de paso evita las peleas y las agresiones en la calle). Me gustaría también un aparcamiento dentro del Instituto, para que no nos pinchen las ruedas ni nos rallen la pintura. Si es posible, desearía días de asuntos propios, como el resto de funcionarios. Pero prefiero en vez de eso una alternativa digna para todos aquellos alumnos que con catorce años decidan no seguir estudiando (que dedican dos años a calentar el asiento, haciendo el mayor daño posible, porque no hay otra cosa para ellos). ¡Ah, ya! ¡Quiero pastillas Juanola! Una caja XXL para la garganta, porque mandar a callar te deja las cuerdas vocales un tanto mermadas. De todas formas, lo que más me gustaría de todo sería un poco de más autoridad: que los alumnos vuelvan a hacernos más caso, que los padres nos respeten un poquito más, que no agredan a ningún otro compañero más, que no vivamos tan al límite. No quiero escuchar tantos insultos al cabo del día, ni recibir pintadas en las paredes del centro, me gustaría que volviera la tarima, que nos hablen de usted. Quiero estar por encima. Me gustaría que ser profesor volviera a significar algo. Me gustaría que nuestro trabajo estuviera un poco mejor valorado por la sociedad: dejar de ser asistente social o educador social, explicar mi asignatura y educar a los alumnos que verdaderamente quieran ser educados. ¿Sería posible pedir padres que colaboren más? ¿Sería posible que los chicos vinieran educados ya de casa o que trajeran de serie un dispositivo para sentarse y callarse cuando entra el profesor? Y, sobre todo, y ante todo, esta carta es para pediros… ¡que le traigáis carbón a los alumnos a los que se lo hemos suspendido todo! El cargamento de motos es un poco excesivo, el año pasado os pasasteis con las motos. Si yo los suspendo y vosotros les traéis una moto, ¿con qué cara miro al alumno de turno en enero cuando le diga que yo voy a volver a suspenderlo… y él me responda que “le da igual”?
Gracias. Gracias. Gracias. Nunca me habéis fallado. ¡Haced lo que podáis, también esta vez! Y de paso aprovecho para desearos una feliz Navidad para vosotros tres, para vuestros camellos y para todos los que creen en vosotros. Oye, por cierto, ¿eso de los “camellos” va con segundas? Es que trabajo en un instituto y, por ello, me he acostumbrado a pensar mal siempre.
Prof. Cuyami
jueves, 6 de diciembre de 2007
¿Diagnósticos o autopsias?
Tomo EL MUNDO [página cuarta, carta al Director firmada por Don Agustín Pérez Morán, profesor de Lengua y Delegado de la Asociación de Profesores de Instituto. Viernes 30 de noviembre de 2007]. Le pido disculpas, Don Agustín. No puedo abordar este tema mejor de lo que usted lo ha hecho. Sin embargo, y como no podía ser de otro modo, sí puedo aportarle una dosis cruel y mayor de mala uva a sus argumentos. Marca de la casa.
Si han estado listos los señores lectores supondrán a estas alturas que quien les escribe es profesor de Lengua y Literatura (eso sí, dentro de dos o tres semanas lo negaré todo, en otra columna). Hace cosa de un mes entró la directora de mi centro en el despacho departamental y nos contó que “iban a” realizarse por segundo año las pruebas de diagnóstico. Id est: un examen que se aplica a todos los alumnos de tercero de ESO para medir las destrezas (en Lengua y Matemáticas) que estos tienen tras finalizar el primer ciclo de ESO. Estas pruebas son una patraña, a pesar de que se revisten de cierta sofisticación malsana: supuestamente son anónimas, pero nos entregan a los correctores la equivalencia de códigos y de nombres de los estudiantes; se pide a todos los centros de Andalucía que se comience a la vez, aunque no hay nadie “externo” que presencie esto, y se les entregan toneladas de papel timbrado a los chicos, para que se asusten y piensen que no están perdiendo su tiempo. El objetivo, a toda costa, es demostrar que nuestros alumnos tienen un nivel académico general genial. Por lo tanto, se les presentan unas preguntas lastimosas, a su altura: el año pasado la prueba estrella estaba basada en una canción de Andy y Lucas (en lugar de textos clásicos, pues estos están pasados de moda) y este año les pidieron a los alumnos que definieran: “pringao”, “tío” y “tron”, para medir con ello sus competencias lingüísticas. ¡Canela fina! Es solo un ejemplo.
Todos los datos que salen en los medios de comunicación (de izquierda) sobre la calidad de nuestra enseñanza, toda la propaganda, todos los proyectos, todo está basado en las 1770 notas que cada profesor de Lengua ha de poner por cada grupo de alumnos (sí, sé que parece una locura ponerle tantas notas a tan solo 30 exámenes, pero loco te vuelves tú cuando terminas de corregir todo eso). Son miles de códigos que, tras tres o cuatro horas, te parecen todos iguales de absurdos. Para colmo, no nos pagan un plus por corregir esas pruebas, a pesar de que se pierde una semana entera en dicho trabajo y a pesar de que los demás profesores, de otras áreas, no tienen que corregirlas (es un agravio comparativo que quedó segundo en el campeonato mundial de agravios comparativos).
Paso a glosar un ejemplo. Se plantea un texto a los alumnos sobre las personas con minusvalías físicas. Se les pide que opinen al respecto. Nosotros, los profesores, hemos de poner siete notas sobre lo que cada alumno ha respondido. Evaluamos por separado: la coherencia, la cohesión, la riqueza semántica, la corrección normativa, la caligrafía, la presentación, la fluidez en las ideas… ¡así hasta siete notas para una sola redacción! Llega el momento de leer lo que el alumno ha escrito: “Po a mí me parece bien.” Remarco el punto final porque es sobrecogedor: ahí queda eso. Y al “eso” hay que ponerle siete notas (más notas que palabras ha escrito el alumno). Y no hablo de un caso aislado. Casi ninguno redacta con fluidez más de diez o doce líneas… y nosotros tenemos que exprimirnos la sesera para calibrar eso en términos psicopedagógicos, de tal manera que nuestro centro salga bien parado, de tal manera que mejoremos las calificaciones del año precedente para no ser castigados por la Junta.
Lean la carta al director publicada por Agustín. No sé y no puedo mejorarla. Las pruebas de diagnóstico son una patraña. No es pesimismo, ni melancolía, sino espíritu crítico: el sistema no funciona. Lo único que demuestran esas pruebas, lo único que se vuelve a poner de manifiesto, es que la única solución que tiene el sistema educativo es retroceder diez años y comenzar de nuevo. ¿Por qué no volvemos al BUP? ¿Por qué no llevamos el primer ciclo de la ESO a los Colegios para que los maestros hagan con ellos lo que muchos licenciados no hemos sido capaces de hacer (me incluyo)? Hay que volver atrás, tirarlo todo. Regresar al sistema antiguo, olvidarnos de todo esto. El día que entró en vigor la LOGSE fue el comienzo del fin. No todo está perdido… se puede rectificar volviendo atrás, si reconocemos que hemos estado perdiendo el tiempo. Mi consejo: no se crean las estadísticas. Jamás se las crean. En dos años no he leído ni una sola estadística oficial sobre la educación secundaria que refleje lo que está pasando realmente. Estamos generando analfabetos funcionales. Es culpa de todos (y ahí me incluyo: le pongo entusiasmo, pero no sé hacerlo mejor). ¿Cómo de mal han de hacer las pruebas de diagnóstico los chavales para que se den cuenta los que mandan, de una vez por todas, de que llevamos diez años metiendo la pata?
Prof. Cuyami
Si han estado listos los señores lectores supondrán a estas alturas que quien les escribe es profesor de Lengua y Literatura (eso sí, dentro de dos o tres semanas lo negaré todo, en otra columna). Hace cosa de un mes entró la directora de mi centro en el despacho departamental y nos contó que “iban a” realizarse por segundo año las pruebas de diagnóstico. Id est: un examen que se aplica a todos los alumnos de tercero de ESO para medir las destrezas (en Lengua y Matemáticas) que estos tienen tras finalizar el primer ciclo de ESO. Estas pruebas son una patraña, a pesar de que se revisten de cierta sofisticación malsana: supuestamente son anónimas, pero nos entregan a los correctores la equivalencia de códigos y de nombres de los estudiantes; se pide a todos los centros de Andalucía que se comience a la vez, aunque no hay nadie “externo” que presencie esto, y se les entregan toneladas de papel timbrado a los chicos, para que se asusten y piensen que no están perdiendo su tiempo. El objetivo, a toda costa, es demostrar que nuestros alumnos tienen un nivel académico general genial. Por lo tanto, se les presentan unas preguntas lastimosas, a su altura: el año pasado la prueba estrella estaba basada en una canción de Andy y Lucas (en lugar de textos clásicos, pues estos están pasados de moda) y este año les pidieron a los alumnos que definieran: “pringao”, “tío” y “tron”, para medir con ello sus competencias lingüísticas. ¡Canela fina! Es solo un ejemplo.
Todos los datos que salen en los medios de comunicación (de izquierda) sobre la calidad de nuestra enseñanza, toda la propaganda, todos los proyectos, todo está basado en las 1770 notas que cada profesor de Lengua ha de poner por cada grupo de alumnos (sí, sé que parece una locura ponerle tantas notas a tan solo 30 exámenes, pero loco te vuelves tú cuando terminas de corregir todo eso). Son miles de códigos que, tras tres o cuatro horas, te parecen todos iguales de absurdos. Para colmo, no nos pagan un plus por corregir esas pruebas, a pesar de que se pierde una semana entera en dicho trabajo y a pesar de que los demás profesores, de otras áreas, no tienen que corregirlas (es un agravio comparativo que quedó segundo en el campeonato mundial de agravios comparativos).
Paso a glosar un ejemplo. Se plantea un texto a los alumnos sobre las personas con minusvalías físicas. Se les pide que opinen al respecto. Nosotros, los profesores, hemos de poner siete notas sobre lo que cada alumno ha respondido. Evaluamos por separado: la coherencia, la cohesión, la riqueza semántica, la corrección normativa, la caligrafía, la presentación, la fluidez en las ideas… ¡así hasta siete notas para una sola redacción! Llega el momento de leer lo que el alumno ha escrito: “Po a mí me parece bien.” Remarco el punto final porque es sobrecogedor: ahí queda eso. Y al “eso” hay que ponerle siete notas (más notas que palabras ha escrito el alumno). Y no hablo de un caso aislado. Casi ninguno redacta con fluidez más de diez o doce líneas… y nosotros tenemos que exprimirnos la sesera para calibrar eso en términos psicopedagógicos, de tal manera que nuestro centro salga bien parado, de tal manera que mejoremos las calificaciones del año precedente para no ser castigados por la Junta.
Lean la carta al director publicada por Agustín. No sé y no puedo mejorarla. Las pruebas de diagnóstico son una patraña. No es pesimismo, ni melancolía, sino espíritu crítico: el sistema no funciona. Lo único que demuestran esas pruebas, lo único que se vuelve a poner de manifiesto, es que la única solución que tiene el sistema educativo es retroceder diez años y comenzar de nuevo. ¿Por qué no volvemos al BUP? ¿Por qué no llevamos el primer ciclo de la ESO a los Colegios para que los maestros hagan con ellos lo que muchos licenciados no hemos sido capaces de hacer (me incluyo)? Hay que volver atrás, tirarlo todo. Regresar al sistema antiguo, olvidarnos de todo esto. El día que entró en vigor la LOGSE fue el comienzo del fin. No todo está perdido… se puede rectificar volviendo atrás, si reconocemos que hemos estado perdiendo el tiempo. Mi consejo: no se crean las estadísticas. Jamás se las crean. En dos años no he leído ni una sola estadística oficial sobre la educación secundaria que refleje lo que está pasando realmente. Estamos generando analfabetos funcionales. Es culpa de todos (y ahí me incluyo: le pongo entusiasmo, pero no sé hacerlo mejor). ¿Cómo de mal han de hacer las pruebas de diagnóstico los chavales para que se den cuenta los que mandan, de una vez por todas, de que llevamos diez años metiendo la pata?
Prof. Cuyami
jueves, 15 de noviembre de 2007
Horeja: cuarenta minutejos
Albert Einstein. Teoría de la Relatividad. ¿El tiempo transcurre de forma constante? Manolo García. Disco análogo. ¿Nunca el tiempo es perdido? Miro el reloj, mi eterno compañero. En los pasillos, se escuchan gritos. Agoto los últimos instantes en la sala de profesores. Dos de la tarde. Muchos nos hacemos los remolones con cierta frecuencia. Es la sexta y no me refiero a la televisión, sino a la última hora del día. Estamos cansados y no lo digo por los niños. Llevo en el Centro desde las ocho y media y mis fuerzas no dan para más. Afortunadamente, la última dura solo cincuenta y cinco minutos.
En mi Instituto, algunas horas son más cortas. Se trata de un vacío legal que alguien me explicó una vez, pero de cuyo motivo no me acuerdo. De las seis horas de clase, tres son de cincuenta y cinco minutos, cada una. Las otras tres, de sesenta. Hay quince minutos de margen que nos debe el dios Cronos y que nos cobramos así. Sin embargo, si esas clases duran cincuenta y cinco minutos y hay cinco más de descanso entre cada clase, nos quedamos en cincuenta. Diez minutos perdidos, sería. Pero no. Hay más. A última hora, se abren las puertas cinco minutos antes y es frecuente que los alumnos estén fuera antes de que toque la campana. Eso por no hablar de la compasiva clemencia que tiene la sirena: ¡casualmente la alarma está adelantada para que toque un poquito antes de que se cumpla la última hora! Un par de minutos, casi imperceptibles para el ojo humano, pero que se notan y se agradecen bastante. Nos quedamos en cuarenta y cinco, con todo ello. No es solo eso. De quinta a sexta, algunos cursos salen del Instituto. Los jefes están en otros menesteres. Los cambios de clase duran un poquito más, por ello. Cuarenta minutos. Sin embargo, con la clase tan ingobernable, es habitual finalizar la explicación un poco antes. En ese margen, los alumnos recogen el aula, ponen las sillas encima de las mesas, se colocan los abrigos. Treinta y cinco minutos. Antes bien, es cierto también que a veces, por estar ellos cansados, entre que comienzas y no, entre que los mandas a callar y se sientan, tras el cambio de clase, pasan unos instantes. Treinta minutos. ¡Ah, pero encima cuando se consiguen sentar, te entregan justificantes, te suplican que no se dé la clase, te instan a entender que están cansados! Veinticinco minutos.
A veces, las horas duran veinticinco minutos. Parece un milagro, un misterio, un vórtice espacio-temporal. Cosas mundanas. ¿Qué puede hacerse en tan poco tiempo? Contra pronóstico, esas son las clases más largas, las peores. Esos veinticinco minutos no avanzan, los alumnos no atienden, el runrún de los estómagos actúa de diapasón y todo gira de forma tortuosa. Cuando hace calor, el reloj avanza en su sentido inverso. No es infrecuente dar ciertos toquecitos por hora, a la esfera, para cerciorarte de que las agujas no se detuvieron. Sin embargo, poco o nada suele tenerse en cuenta la relatividad del tiempo. ¿Por qué no nos pagan el doble por estas agónicas últimas clases de la mañana? Hasta un chimpancé podría impartir clases a las ocho y media. El grado de sufrimiento nada tiene que ver entonces con el postrero, dado que los alumnos están dormidos, cuando recién empieza a clarear. En esos momentos, todo es fácil, aprovechas hasta el último instante y cualquier actividad o explicación te sale bien. Cualquier curso es bueno a primera. A primera, te luces. A última, te pones el traje de luces… ¡y a torear! Cualquier curso es malo a última hora.
Me hace gracia. Los inspectores se están poniendo más severos y están suprimiendo las clases de cincuenta y cinco minutos en muchos IES. Por ventura, los Inspectores jamás se enteran de nada. Ellos viven en los mundos de Yupi, o más allá; se quedaron anclados en pleno Romanticismo. Les parece poco serio que algunas clases sean más cortas cuando, en realidad, el tiempo efectivo de todas las demás jamás compensa tanta pulcritud. A mí, por descontado, me da igual. Si las horas regresan a sus convencionales sesenta minutos, propondré que los minutos se recorten a cuarenta y cinco segundos: ¿también en eso se meterán los Inspectores? Vale, de acuerdo. Si eso no resulta, prometo inventar algún otro método nuevo para perder aún más tiempo y contraerlas hasta el cuarto de hora que verdaderamente los eso-estudiantes asimilan. ¿Todos los funcionarios del mundo pueden tomarse su café, fumarse sus tres o cuatro cigarritos y leerse la prensa en Internet y yo he de trabajar las horas completas? ¡Pero si los niños no te echan cuenta más de veinte minutos! ¡Diablos! Los profesores somos funcionarios, no superhéroes. Y si debemos trabajar como superhéroes y no como funcionarios, que nos paguen lo que el Erario Público de Gotham destina a sus superhéroes.
Prof. Cuyami
En mi Instituto, algunas horas son más cortas. Se trata de un vacío legal que alguien me explicó una vez, pero de cuyo motivo no me acuerdo. De las seis horas de clase, tres son de cincuenta y cinco minutos, cada una. Las otras tres, de sesenta. Hay quince minutos de margen que nos debe el dios Cronos y que nos cobramos así. Sin embargo, si esas clases duran cincuenta y cinco minutos y hay cinco más de descanso entre cada clase, nos quedamos en cincuenta. Diez minutos perdidos, sería. Pero no. Hay más. A última hora, se abren las puertas cinco minutos antes y es frecuente que los alumnos estén fuera antes de que toque la campana. Eso por no hablar de la compasiva clemencia que tiene la sirena: ¡casualmente la alarma está adelantada para que toque un poquito antes de que se cumpla la última hora! Un par de minutos, casi imperceptibles para el ojo humano, pero que se notan y se agradecen bastante. Nos quedamos en cuarenta y cinco, con todo ello. No es solo eso. De quinta a sexta, algunos cursos salen del Instituto. Los jefes están en otros menesteres. Los cambios de clase duran un poquito más, por ello. Cuarenta minutos. Sin embargo, con la clase tan ingobernable, es habitual finalizar la explicación un poco antes. En ese margen, los alumnos recogen el aula, ponen las sillas encima de las mesas, se colocan los abrigos. Treinta y cinco minutos. Antes bien, es cierto también que a veces, por estar ellos cansados, entre que comienzas y no, entre que los mandas a callar y se sientan, tras el cambio de clase, pasan unos instantes. Treinta minutos. ¡Ah, pero encima cuando se consiguen sentar, te entregan justificantes, te suplican que no se dé la clase, te instan a entender que están cansados! Veinticinco minutos.
A veces, las horas duran veinticinco minutos. Parece un milagro, un misterio, un vórtice espacio-temporal. Cosas mundanas. ¿Qué puede hacerse en tan poco tiempo? Contra pronóstico, esas son las clases más largas, las peores. Esos veinticinco minutos no avanzan, los alumnos no atienden, el runrún de los estómagos actúa de diapasón y todo gira de forma tortuosa. Cuando hace calor, el reloj avanza en su sentido inverso. No es infrecuente dar ciertos toquecitos por hora, a la esfera, para cerciorarte de que las agujas no se detuvieron. Sin embargo, poco o nada suele tenerse en cuenta la relatividad del tiempo. ¿Por qué no nos pagan el doble por estas agónicas últimas clases de la mañana? Hasta un chimpancé podría impartir clases a las ocho y media. El grado de sufrimiento nada tiene que ver entonces con el postrero, dado que los alumnos están dormidos, cuando recién empieza a clarear. En esos momentos, todo es fácil, aprovechas hasta el último instante y cualquier actividad o explicación te sale bien. Cualquier curso es bueno a primera. A primera, te luces. A última, te pones el traje de luces… ¡y a torear! Cualquier curso es malo a última hora.
Me hace gracia. Los inspectores se están poniendo más severos y están suprimiendo las clases de cincuenta y cinco minutos en muchos IES. Por ventura, los Inspectores jamás se enteran de nada. Ellos viven en los mundos de Yupi, o más allá; se quedaron anclados en pleno Romanticismo. Les parece poco serio que algunas clases sean más cortas cuando, en realidad, el tiempo efectivo de todas las demás jamás compensa tanta pulcritud. A mí, por descontado, me da igual. Si las horas regresan a sus convencionales sesenta minutos, propondré que los minutos se recorten a cuarenta y cinco segundos: ¿también en eso se meterán los Inspectores? Vale, de acuerdo. Si eso no resulta, prometo inventar algún otro método nuevo para perder aún más tiempo y contraerlas hasta el cuarto de hora que verdaderamente los eso-estudiantes asimilan. ¿Todos los funcionarios del mundo pueden tomarse su café, fumarse sus tres o cuatro cigarritos y leerse la prensa en Internet y yo he de trabajar las horas completas? ¡Pero si los niños no te echan cuenta más de veinte minutos! ¡Diablos! Los profesores somos funcionarios, no superhéroes. Y si debemos trabajar como superhéroes y no como funcionarios, que nos paguen lo que el Erario Público de Gotham destina a sus superhéroes.
Prof. Cuyami
El Inspector Gadget
El Inspector Gadget salva el mundo
Estoy en contra de la eutanasia. Sin embargo, si algún día me convierto en uno de ellos, mátenme. Se lo suplico, háganme ese favor. A las dos personas a las que más manía les tengo en todo el mundo son al padre de Lewis Hamilton, que aparece siempre tan sonriente y que tiene una pinta descomunal de meterse en todo… y al Inspector que frecuenta mi Instituto. Ahora que lo pienso, los motivos por los que les tengo tirria a ambos son los mismos. Mi Inspector también es demasiado sonriente y también tiene pinta de meterse en todo. Además, ambos ven los toros desde la barrera y le ponen pegas a lo que los demás hacen, sin hacer nada ellos. ¿Cómo opinas sobre las chicanes que otros trazan sobre la pista si tú solo coges el coche para hacer la compra? Lo mismo le pasa a muchos inspectores. Preguntan dónde está todo el mundo, pero se meten en las clases solo cinco minutos. ¡De ese modo se ve la educación tan fácil! ¿No son entrañables? Abren tu puerta y se te sube a la garganta una congoja incoherente e inconsciente. Te sonríen, te preguntan qué estás haciendo en esa hora y aparentan cierto interés que es impostado y que fastidia tela. “Mamarracho, en esta hora hago lo que hago en todas las demás. Hago, lo que tú no has tenido agallas de seguir haciendo: ¡enseñarle algo a estas bestias!”.
Pero claro, los que cambian el mundo son ellos, no tú. A pesar de que en muchos casos como docentes lo pasaban francamente mal, motivo que les llevó a prepararse otras oposiciones para promocionar dentro del cuerpo y escaparse de las aulas. A pesar de eso, obtuvieron la omnisciencia en el momento en el que transcendieron a un lugar mejor, a un despacho más grande. Ahora, lo saben todo. Son unos traidores (¿de ahí el paralelismo con la familia de Hamilton?) porque no nos defienden a pesar de que dicen ser de nuestra misma especie. Antes, eran como nosotros. Ya, no. Conocen nuestros secretos… pero los utilizan en nuestra contra. También tienen sus amigos, sus enemigos y sus cuentas pendientes. Pasan factura a antiguos directores y devuelven los mimos a sus compañeros de café, de vidas pasadas. Con cuánta frecuencia se escucha: “No pasa nada, el Inspector es íntimo amigo de nuestro Director”. O el caso contrario: “Tened listos y en orden todos los papeles porque el Inspector está muy enfadado con nosotros porque estamos expulsando a demasiados alumnos”. Están por encima del bien y del mal, porque ellos son el bien y el mal. Atesoran todo el saber universal y, sin embargo, están exentos de compartirlo con las futuras generaciones.
En la Universidad, los profesores pasan toda su vida formándose para ser catedráticos. Cuando lo consiguen, en muchos casos, parece que se les funden las neuronas y dejan de trabajar y de tomarse en serio su trabajo. Nuestros catedráticos son los ínclitos estos. De coherencia, la justa. Poseen una memoria tan limitada como la gracia de sus chistes. ¿No recuerdan lo que molesta la sonrisita de quien se introduce en tu clase cinco minutos y encima trata de parecer simpático? La experiencia me dice que, además de eso, se afanan en vivir bien, en todos los sentidos de la vida y de la expresión: rehúyen los problemas como rehúye el agua el gremlin Gizmo. ¡Son unos vagos! Si los dejas en paz, no te persiguen. Si les complicas la existencia, te atosigan. ¡Qué fraude de salvadores del mundo son, pues perdieron su alma… de docentes!
Llegó hasta mis oídos la leyenda urbana de que en cierto centro de la provincia de Cádiz los profesores, enfadados porque se hubiera puesto en la calle a una compañera por un motivo injusto, se pusieron en huelga durante una semana. Desde aquel entonces, las visitas de su alguacil fueron mucho mayores y más crueles. Las preguntas y requerimientos, mucho más fuertes. Ya nadie volvió a respirar a gusto: ya nadie volvió a ponerse en huelga. Pagaron con creces su denuncia. La justicia es así. Alguien ordena. Otros, obedecen.
Si algún inspector lee esto y piensa: “Eh, ¡yo soy una buena persona!”, le suplico que me perdone. Todo el mundo tiene sus antipatías y yo tengo las mías, también. De todas formas, sospecho que el perdón que ahora estoy suplicando no es sincero. Un inspector jamás recuerda sus experiencias en el aula, pero jamás olvida las palabras de escarnio de otras personas. Eso mi inconsciente lo sabe. En tal caso, me temo que estoy pidiendo perdón porque con la honestidad con la que funciona el cotarro, si mi Inspector lee esto y se enfada conmigo, me veo el próximo curso en Pulpí, que es un pueblo fantástico, pero que se ha convertido en todo un mito dentro del mundo de la docencia por estar francamente alejado de (casi) todo. Nada es casual. Todo tiene un por qué. Fortuito aquí, viene de fuerte. Siempre se rompe el coche que debe romperse…
Prof. Cuyami
Estoy en contra de la eutanasia. Sin embargo, si algún día me convierto en uno de ellos, mátenme. Se lo suplico, háganme ese favor. A las dos personas a las que más manía les tengo en todo el mundo son al padre de Lewis Hamilton, que aparece siempre tan sonriente y que tiene una pinta descomunal de meterse en todo… y al Inspector que frecuenta mi Instituto. Ahora que lo pienso, los motivos por los que les tengo tirria a ambos son los mismos. Mi Inspector también es demasiado sonriente y también tiene pinta de meterse en todo. Además, ambos ven los toros desde la barrera y le ponen pegas a lo que los demás hacen, sin hacer nada ellos. ¿Cómo opinas sobre las chicanes que otros trazan sobre la pista si tú solo coges el coche para hacer la compra? Lo mismo le pasa a muchos inspectores. Preguntan dónde está todo el mundo, pero se meten en las clases solo cinco minutos. ¡De ese modo se ve la educación tan fácil! ¿No son entrañables? Abren tu puerta y se te sube a la garganta una congoja incoherente e inconsciente. Te sonríen, te preguntan qué estás haciendo en esa hora y aparentan cierto interés que es impostado y que fastidia tela. “Mamarracho, en esta hora hago lo que hago en todas las demás. Hago, lo que tú no has tenido agallas de seguir haciendo: ¡enseñarle algo a estas bestias!”.
Pero claro, los que cambian el mundo son ellos, no tú. A pesar de que en muchos casos como docentes lo pasaban francamente mal, motivo que les llevó a prepararse otras oposiciones para promocionar dentro del cuerpo y escaparse de las aulas. A pesar de eso, obtuvieron la omnisciencia en el momento en el que transcendieron a un lugar mejor, a un despacho más grande. Ahora, lo saben todo. Son unos traidores (¿de ahí el paralelismo con la familia de Hamilton?) porque no nos defienden a pesar de que dicen ser de nuestra misma especie. Antes, eran como nosotros. Ya, no. Conocen nuestros secretos… pero los utilizan en nuestra contra. También tienen sus amigos, sus enemigos y sus cuentas pendientes. Pasan factura a antiguos directores y devuelven los mimos a sus compañeros de café, de vidas pasadas. Con cuánta frecuencia se escucha: “No pasa nada, el Inspector es íntimo amigo de nuestro Director”. O el caso contrario: “Tened listos y en orden todos los papeles porque el Inspector está muy enfadado con nosotros porque estamos expulsando a demasiados alumnos”. Están por encima del bien y del mal, porque ellos son el bien y el mal. Atesoran todo el saber universal y, sin embargo, están exentos de compartirlo con las futuras generaciones.
En la Universidad, los profesores pasan toda su vida formándose para ser catedráticos. Cuando lo consiguen, en muchos casos, parece que se les funden las neuronas y dejan de trabajar y de tomarse en serio su trabajo. Nuestros catedráticos son los ínclitos estos. De coherencia, la justa. Poseen una memoria tan limitada como la gracia de sus chistes. ¿No recuerdan lo que molesta la sonrisita de quien se introduce en tu clase cinco minutos y encima trata de parecer simpático? La experiencia me dice que, además de eso, se afanan en vivir bien, en todos los sentidos de la vida y de la expresión: rehúyen los problemas como rehúye el agua el gremlin Gizmo. ¡Son unos vagos! Si los dejas en paz, no te persiguen. Si les complicas la existencia, te atosigan. ¡Qué fraude de salvadores del mundo son, pues perdieron su alma… de docentes!
Llegó hasta mis oídos la leyenda urbana de que en cierto centro de la provincia de Cádiz los profesores, enfadados porque se hubiera puesto en la calle a una compañera por un motivo injusto, se pusieron en huelga durante una semana. Desde aquel entonces, las visitas de su alguacil fueron mucho mayores y más crueles. Las preguntas y requerimientos, mucho más fuertes. Ya nadie volvió a respirar a gusto: ya nadie volvió a ponerse en huelga. Pagaron con creces su denuncia. La justicia es así. Alguien ordena. Otros, obedecen.
Si algún inspector lee esto y piensa: “Eh, ¡yo soy una buena persona!”, le suplico que me perdone. Todo el mundo tiene sus antipatías y yo tengo las mías, también. De todas formas, sospecho que el perdón que ahora estoy suplicando no es sincero. Un inspector jamás recuerda sus experiencias en el aula, pero jamás olvida las palabras de escarnio de otras personas. Eso mi inconsciente lo sabe. En tal caso, me temo que estoy pidiendo perdón porque con la honestidad con la que funciona el cotarro, si mi Inspector lee esto y se enfada conmigo, me veo el próximo curso en Pulpí, que es un pueblo fantástico, pero que se ha convertido en todo un mito dentro del mundo de la docencia por estar francamente alejado de (casi) todo. Nada es casual. Todo tiene un por qué. Fortuito aquí, viene de fuerte. Siempre se rompe el coche que debe romperse…
Prof. Cuyami
Hijos de
Cuando repasé la lista por vez primera, supe que este no sería un curso cómodo. Pronto, la tuve frente a mí. Sentada en uno de los primeros asientos, inmersa en un grupo pulcrísimo. Parecía hecho a posta y, de hecho, así es: un grupo con los mejores alumnos de todo el Instituto para que las malas compañías no estén próximas en exceso. La hija del Director, ni más ni menos, estará en mi tutoría todo el año. No le alabo el gusto a él, más bien me parece una tortura. La mirarán con recelo todos los compañeros y nosotros, los profesores, soñaremos ensañarnos con ella, sin llegar a consumar nuestra venganza jamás (los anhelos retenidos, son los más nocivos). Pese a todo corporativismo baladí, el Director es mi Jefe. Él decide mi horario. Él me echa las broncas cuando llego tarde. Él me adjudica los permisos, aunque estos no estén contemplados en la ley. Él es mi jefe: reparte las aulas, asigna las guardias. Él es mi jefe y ahora tengo a su hija frente a mí. Todas las tardes, hablarán de mis clases, me someteré a un examen perpetuo. Si cuento un chiste verde en su presencia, el Director se enterará. Si un día llego a clase sin dormir, él tendrá conocimiento de eso. Si me ensaño con ese grupo, si digo algún taco… ¡esa pequeña mocosa va a chivarse de mí! Es natural, yo también me chivaría. Y después, pagaré las culpas. ¿Y qué le hago? ¿Cómo lo evito? ¿Cómo suspenderla y que parezca un accidente? ¡No tengo lo que hay que tener! No. No tengo valor. No tengo el valor suficiente como para echarle una bronca, siendo la hija de quien es. ¿Y si se pone a llorar y se refugia en los brazos de su Papá? Tal vez, en tal caso, el ajuste de cuentas sea para mí. ¡Yo también me vengaría si alguien “hace daño” a un hijo mío! No es extraño, es instinto.
Y cuando lleguen las reuniones de padres, cuando me vea sentado a mi Director frente a mí, me va a dar un tabardillo. Me mirará con esa mirada suya de mala persona y necesitaré un cambio de dodotis. Y si... ¿le da por pedirme una tutoría? No me veo, la verdad. Es muy raro. Nos conocemos demasiado. ¿Me pedirá la programación de aula si suspendo a su hija? Las programaciones de aula son como los unicornios azules de Silvio Rodríguez. Muchos hemos oído hablar de ellas… pero nadie las ha visto, en realidad. ¿Y si le da por pedírmela? ¿Le pido a él su ROF o el plan de autoprotección, para compensar? Un diálogo de besugos y de suburbios propio del mismísimo Budy Allen se barrunta: “¿Por qué has suspendido a mi hija? ¿Puedes enseñarme los criterios de evaluación que ella ha incumplido?”. Supongo que le respondería: “Todo es culpa de mi Director, que no ha habilitado salidas de emergencia. ¡Los niños no pueden concentrarse si los extintores están pintados en la pared, pero no son reales!”. Después de eso, nos daríamos bofetadas mutuas. ¡Miedo me da! ¡Él estuvo en el ejército, o eso creo! Y yo siempre he sido un poco nenaza.
Al menos, ha tenido la delicadeza de no darle clases él mismo a su propia hija. Cosa que suele hacerse, por cierto. Sin embargo, ¿cómo se evalúa a tu propio hijo? ¿Si ha de preguntarte una duda te llama “Papá” o “Profesor Cuyami”? ¿Cómo se abronca a tu propio hijo, delante de sus compañeros? ¿Y delante de tus compañeros? ¿Qué pensarán el resto de alumnos al ver sus calificaciones? Y si le pones un parte disciplinario para que lo firmen sus padres, ¿lo puedes firmar tú allí, sin necesidad de llevarlo a casa? Peor aún. Si le das clases a tu propio hijo y lo suspendes, ¿te concedes una entrevista a ti mismo? ¿Dialogas contigo mismo, como el protocolo ordena? ¿Has de presentarte a ti mismo una tarjeta para justificar sus faltas cuando él no pueda asistir a clase? ¿Te tratas a ti mismo de tú o de usted? ¡Diablos! ¡Esto es desquiciante! ¡Entraña un trastorno de doble personalidad y esquizofrenia, fijo! Porque yo siempre trato a los padres de usted, pero si soy yo mismo con quien estoy hablando, suelo tener menos miramientos.
Ficción. En mi caso, no sucederá. “Yo a mis hijos los llevaré a la privada”, como siempre digo en mis columnas (esta afirmación os juro que no es ficción, sino una verdad como una catedral… y un consejo para todos los padres de Andalucía). Lo que sí es cierto es que sí voy a tener que darle clases todo este curso a la hija de… Pedro. ¡Y eso es un marrón descomunal! El único lado bueno de todo esto es que si él escoge qué profesores le dan clases a cada grupo y me ha tocado a mí con su varita para que yo sea tutor de su hija, será que a día de hoy no tiene muy mal concepto de mí. Si yo fuera un vaina, jamás hubiera consentido que le diera clases a su hija. ¡Qué honor! ¡Me acaba de dar un subidón de autoestima al caer en la cuenta! Ahora bien, ¿seguirá pensando él de mí lo mismo cuando llegue septiembre y lo llame a su casa para comunicarle que su hija está avocada a repetir curso? Vale, lo reconozco. En esto último voy de farol…
Prof. Cuyami
Y cuando lleguen las reuniones de padres, cuando me vea sentado a mi Director frente a mí, me va a dar un tabardillo. Me mirará con esa mirada suya de mala persona y necesitaré un cambio de dodotis. Y si... ¿le da por pedirme una tutoría? No me veo, la verdad. Es muy raro. Nos conocemos demasiado. ¿Me pedirá la programación de aula si suspendo a su hija? Las programaciones de aula son como los unicornios azules de Silvio Rodríguez. Muchos hemos oído hablar de ellas… pero nadie las ha visto, en realidad. ¿Y si le da por pedírmela? ¿Le pido a él su ROF o el plan de autoprotección, para compensar? Un diálogo de besugos y de suburbios propio del mismísimo Budy Allen se barrunta: “¿Por qué has suspendido a mi hija? ¿Puedes enseñarme los criterios de evaluación que ella ha incumplido?”. Supongo que le respondería: “Todo es culpa de mi Director, que no ha habilitado salidas de emergencia. ¡Los niños no pueden concentrarse si los extintores están pintados en la pared, pero no son reales!”. Después de eso, nos daríamos bofetadas mutuas. ¡Miedo me da! ¡Él estuvo en el ejército, o eso creo! Y yo siempre he sido un poco nenaza.
Al menos, ha tenido la delicadeza de no darle clases él mismo a su propia hija. Cosa que suele hacerse, por cierto. Sin embargo, ¿cómo se evalúa a tu propio hijo? ¿Si ha de preguntarte una duda te llama “Papá” o “Profesor Cuyami”? ¿Cómo se abronca a tu propio hijo, delante de sus compañeros? ¿Y delante de tus compañeros? ¿Qué pensarán el resto de alumnos al ver sus calificaciones? Y si le pones un parte disciplinario para que lo firmen sus padres, ¿lo puedes firmar tú allí, sin necesidad de llevarlo a casa? Peor aún. Si le das clases a tu propio hijo y lo suspendes, ¿te concedes una entrevista a ti mismo? ¿Dialogas contigo mismo, como el protocolo ordena? ¿Has de presentarte a ti mismo una tarjeta para justificar sus faltas cuando él no pueda asistir a clase? ¿Te tratas a ti mismo de tú o de usted? ¡Diablos! ¡Esto es desquiciante! ¡Entraña un trastorno de doble personalidad y esquizofrenia, fijo! Porque yo siempre trato a los padres de usted, pero si soy yo mismo con quien estoy hablando, suelo tener menos miramientos.
Ficción. En mi caso, no sucederá. “Yo a mis hijos los llevaré a la privada”, como siempre digo en mis columnas (esta afirmación os juro que no es ficción, sino una verdad como una catedral… y un consejo para todos los padres de Andalucía). Lo que sí es cierto es que sí voy a tener que darle clases todo este curso a la hija de… Pedro. ¡Y eso es un marrón descomunal! El único lado bueno de todo esto es que si él escoge qué profesores le dan clases a cada grupo y me ha tocado a mí con su varita para que yo sea tutor de su hija, será que a día de hoy no tiene muy mal concepto de mí. Si yo fuera un vaina, jamás hubiera consentido que le diera clases a su hija. ¡Qué honor! ¡Me acaba de dar un subidón de autoestima al caer en la cuenta! Ahora bien, ¿seguirá pensando él de mí lo mismo cuando llegue septiembre y lo llame a su casa para comunicarle que su hija está avocada a repetir curso? Vale, lo reconozco. En esto último voy de farol…
Prof. Cuyami
viernes, 2 de noviembre de 2007
Obra para el Opus
Escúcheme bien, señora. ¡Lléveselo! Su hijo no tiene cabida en nuestro Centro. Ni yo, ni mis compañeros, podremos hacer con él un buen trabajo. No me malinterprete. No tengo ningún inconveniente en que se quede. Javier es fantástico. Lo aprecio mucho. Desde el día en que lo conocí, siento ganas de ser su tutor. Es un chico… ¡distinto! No sé si me entiende. Verdaderamente, lo miras a los ojos y sientes que es un buen chaval, que le interesa lo que se le explica, sin tener que convencerlo a cada instante. Tiene talento, tiene madera: es listo. Con un poco de suerte podría llegar a ser ingeniero, fiscal, presidente del Gobierno o astronauta. ¡Lo que él quiera! No lo malgaste… ¡lléveselo! Sé que es una inversión importante. Se dejará un buen dinero, pero vale la pena. Créame: me duele decírselo. Decírselo entraña reconocer que nuestro trabajo jamás ostentará la brillantez que me gustaría que tuviera. Pero es así. Figúrese: pasé siete años estudiando para esto. Yo, que tan bien hacía mis comentarios de texto, que obtuve un premio extraordinario en mi tesis doctoral… ¡para terminar aquí! Sé de lo que le hablo, en serio. En general, hay muy buenos especialistas, pero no podemos hacer nada más. En realidad, actuamos más como trabajadores sociales y, muchas veces, no tanto como profesores. Figúrese: ¿qué puede explicársele de Física a estos alumnos que no saben ni leer, casi? Por eso me da tanta lástima su hijo…
Sí, me habló de un Colegio. Es del Opus Dei. Se lo recomiendo. Me han hablado muy bien de él. ¡Sáquelo de aquí! ¡Lléveselo de aquí! Matricúlelo en ese Colegio. Podría decirle que lo llevara a otro centro público, pero yo no me arriesgaría, si fuera usted, porque su hijo es bueno. Podría recomendarle un instituto mejor, pero… ¿quiere que le sea franco? Yo trabajo en esto. Sé lo que hay dentro y jamás llevaría a un hijo mío a un centro público. Soy sincero. El dinero que se gaste ahora de más se lo ahorrará el día de mañana en consultas del psicoanalista. Porque… las cosas no son como cuando usted estudiaba. Entonces, la enseñanza pública tenía calidad. Ahora, los tiempos han cambiado. Existen muy pocos IES que, verdaderamente, puedan competir académicamente con un privado. Y, créame, este no es uno de ellos. ¡Ya me gustaría a mí!
Si quiere que le sea sincero, puedo darle varios motivos por los que un instituto público no puede compararse con otro del Opus Dei. En primer lugar, los medios. Ya lo ve usted: ¿ve el mobiliario con el que contamos? ¿Quiere que le muestre nuestra biblioteca? La sala de ordenadores no es mucho mejor que la biblioteca, a pesar de que somos centro TIC. ¿Algo más? ¡Ah, eso! La disciplina. La disciplina lo es todo. Aquí eso… se concibe a ratos, ya sabe. Es diferente. Los padres no colaboran y, por tanto, muchos grupos no funcionan. Si un alumno no deja en paz a los demás, los profesores nos lo tenemos que comer. Eso, en la privada, no sucede. Porque… los padres son de otra manera y porque si un alumno no se comporta, se va a la calle (y entonces, se lo come un instituto público). ¿A usted le gustaría ver a su hijo compartiendo cesto con hijos de delincuentes? Sí, el lado bueno es ese: al menos aprenderá antes lo que es la calle, lo que es la vida. Pero, ¿sabe el tiempo que tarda un alumno en conocer todos los tipos de droga que existen, estando aquí? Eso, en la privada, no es de ese modo. Algo hay, claro, pero no tiene nada que ver.
Supongo que en todos lados habrá indeseables, pero existe mucha gente sin educación en Educación. Hay profesores que no dan ningún ejemplo. Se reciben puñaladas desde todos los rincones. Usted alucinaría con las cosas que hace y dice mi Director. Es un auténtico impresentable. Al menos, si el director es un cura, la cosa cambia un poco. Al menos, la buena fe, se le presupone. Aquí se presupone el instinto de supervivencia, eso es lo único que vale. ¿De veras quiere que ese tipo de gente, sin educación, eduque a su hijo? Porque hay gente fantástica, gente que ama a sus alumnos… pero la mayoría pierden la fe, más pronto o más temprano. La gente buena, no dura mucho. O lo pasan muy mal y se vuelven malos. Y después, ¿qué queda? ¿El odio? Aquí, el que no mata, muere. Y la mayoría de las veces, los contenidos son un aditamento, un colorante. Un condimento regado, por muchos, con odio. No sea tonta: su hijo vale la pena. Lléveselo. Estoy seguro de que en el Opus Dei harán una obra excelente con él…
Sí, me habló de un Colegio. Es del Opus Dei. Se lo recomiendo. Me han hablado muy bien de él. ¡Sáquelo de aquí! ¡Lléveselo de aquí! Matricúlelo en ese Colegio. Podría decirle que lo llevara a otro centro público, pero yo no me arriesgaría, si fuera usted, porque su hijo es bueno. Podría recomendarle un instituto mejor, pero… ¿quiere que le sea franco? Yo trabajo en esto. Sé lo que hay dentro y jamás llevaría a un hijo mío a un centro público. Soy sincero. El dinero que se gaste ahora de más se lo ahorrará el día de mañana en consultas del psicoanalista. Porque… las cosas no son como cuando usted estudiaba. Entonces, la enseñanza pública tenía calidad. Ahora, los tiempos han cambiado. Existen muy pocos IES que, verdaderamente, puedan competir académicamente con un privado. Y, créame, este no es uno de ellos. ¡Ya me gustaría a mí!
Si quiere que le sea sincero, puedo darle varios motivos por los que un instituto público no puede compararse con otro del Opus Dei. En primer lugar, los medios. Ya lo ve usted: ¿ve el mobiliario con el que contamos? ¿Quiere que le muestre nuestra biblioteca? La sala de ordenadores no es mucho mejor que la biblioteca, a pesar de que somos centro TIC. ¿Algo más? ¡Ah, eso! La disciplina. La disciplina lo es todo. Aquí eso… se concibe a ratos, ya sabe. Es diferente. Los padres no colaboran y, por tanto, muchos grupos no funcionan. Si un alumno no deja en paz a los demás, los profesores nos lo tenemos que comer. Eso, en la privada, no sucede. Porque… los padres son de otra manera y porque si un alumno no se comporta, se va a la calle (y entonces, se lo come un instituto público). ¿A usted le gustaría ver a su hijo compartiendo cesto con hijos de delincuentes? Sí, el lado bueno es ese: al menos aprenderá antes lo que es la calle, lo que es la vida. Pero, ¿sabe el tiempo que tarda un alumno en conocer todos los tipos de droga que existen, estando aquí? Eso, en la privada, no es de ese modo. Algo hay, claro, pero no tiene nada que ver.
Supongo que en todos lados habrá indeseables, pero existe mucha gente sin educación en Educación. Hay profesores que no dan ningún ejemplo. Se reciben puñaladas desde todos los rincones. Usted alucinaría con las cosas que hace y dice mi Director. Es un auténtico impresentable. Al menos, si el director es un cura, la cosa cambia un poco. Al menos, la buena fe, se le presupone. Aquí se presupone el instinto de supervivencia, eso es lo único que vale. ¿De veras quiere que ese tipo de gente, sin educación, eduque a su hijo? Porque hay gente fantástica, gente que ama a sus alumnos… pero la mayoría pierden la fe, más pronto o más temprano. La gente buena, no dura mucho. O lo pasan muy mal y se vuelven malos. Y después, ¿qué queda? ¿El odio? Aquí, el que no mata, muere. Y la mayoría de las veces, los contenidos son un aditamento, un colorante. Un condimento regado, por muchos, con odio. No sea tonta: su hijo vale la pena. Lléveselo. Estoy seguro de que en el Opus Dei harán una obra excelente con él…
Comida para peces
Nekane nació en Donosti. Recuerdo que un día y en su presencia le llamé a su ciudad “San Sebastián” y se enfadó muchísimo conmigo. Las malas personas no reprimen aquellos detalles que incomodan a los otros. En su presencia, y desde entonces, llamo a la ciudad de la Playa de la Concha, Donosti. ¡Qué menos que emplear aquí la denominación de origen que ella prefiere, si voy a hablar de ella en esta columna! No sé bien por qué marcharon. Nada siniestro se esconde; ni rastro de terrorismo. Su padre trabaja en una multinacional y le ofrecían más dinero por mudarse al otro extremo peninsular. A Nekane no le quedaba otra alternativa que hacer su petate y proseguir con su vida, lejos de su primer novio, de su mejor amiga y de sus peces, a los que visita cada vez que regresa a su tierra y que están al cuidado de su abuela. Por desgracia, cada vez que vuelve, quedan menos. La última visita se saldó con la desaparición de su pez favorito, uno que era de la misma especie que Nemo. Había fallecido dos semanas antes del regreso de Nekane. Sospecha que su abuela no le echa a los peces la comida adecuada, pero no tenemos pruebas que confirmen este hecho, ni que lo desmienta.
El padre de Nekane suele prestarle mucha atención al hermano de Nekane, que se llama Aitor. Aitor estudia en la Escuela Superior de Ingeniería y tiene muchas dudas que a él le apasiona responder. Nekane, por el contrario, tiene dificultades con el Inglés de tercero de la ESO y eso no supone un reto interesante para su padre. Y la madre de Nekane tampoco presta mucha atención a la chica porque pasa muchas temporadas fuera, cuidando de la abuela. Quizá esto explique que, de un día para otro, Nekane comenzara a venir al Instituto vestida totalmente de negro. Es guapa, tiene unos ojos hermosos. De ser una chica modosita, con cierta tendencia a los tonos pastel, trocó totalmente sus querencias hasta llegar a parecer un alter ego de sí misma, pero en escala de grises. Supongo que nada mejoró en casa. El siguiente paso fueron los piercing. Agujereó por tres o cuatro sitios su hermoso rostro. De su torso, ni hablo. ¿Un tatuaje? No lo descarto, pues apareció en clase durante una buena temporada con un esparadrapo enorme en su brazo. Después, se decantó por las mangas largas. En mayo o junio saldremos de dudas.
Un buen día leyó un relato en Internet sobre una chica que empleaba una cucharilla de postre para provocarse el vómito. Según parece, si te introduces los dedos, las uñas van desgastándose por los jugos gástricos y se ponen de un asqueroso color amarillo. Además, es muy fácil que te descubran por ese rastro y hay que tener cuidado porque a veces los profesores se meten más de la cuenta en la vida de sus alumnos. Encima, sus atuendos negros no casarían bien con las uñas amarillas, con esos restos de uña amarillos. ¿Cómo se las pintaría de negro si las perdía? El vómito, a veces, hace que pierdas las uñas, de tanto deterioro. No pasa nada. Robó una cucharilla de postre del cajón de la cocina y desde entonces la emplea después de cada comida, con bastante regularidad. De hecho, se siente muy orgullosa porque la treta está teniendo resultados evidentes. Ya le han desaparecido los signos evidentes del ciclo menstrual y, por ello, se ahorra tener que llevar tampones en el bolso. Además, cada vez se ve más delgada, y eso es algo bueno. ¡Ya es casi una modelo! Y ha conseguido algo mejor aún: su padre, el otro día, durante unos segundos, la miró fijamente y le preguntó: “Nekane, ¿estás bien? Te veo más delgada…”
Si todo va bien y si su plan surte efecto, será mucho más feliz dentro de unos meses. Tal vez entonces no le presten tanta atención a Aitor. “¡Aitor siempre piensa que lo sabe todo! Con su melenita y sus apuntes… ¡siempre haciéndole la pelota a Papá! ¿No se da cuenta de que le presta atención, simplemente, porque ganará pronto mucho dinero? Y está tan gordo… ¡los kilos de más ya no se llevan!”. A veces, me doy cuenta de que Nekane está mareada, durante mis clases, porque tiene la mirada perdida. Cuando le pregunto si se encuentra bien, me responde siempre que no ha desayunado todavía, pero que lo hará en el recreo.
Le pido a Pepi un café para mí y un colacao para ella. La tengo a mi lado, durante mi hora de guardia, pero me siento completamente incapaz de sacarle el tema porque no poseo respuestas para sus preguntas. Me siento en el borde de la silla. Ella me mira. Le brillan los ojos y me abruma su presencia. Trato de sonreír, pero en su sonrisa descubro cierta nostalgia que deja helado mi café. Quizá su abuela no lo haga mal. Se acuerda de sus peces. Tal vez ellos hayan dejado de comer porque perdieron la memoria, porque se sienten solos.
Prof. Cuyami
El padre de Nekane suele prestarle mucha atención al hermano de Nekane, que se llama Aitor. Aitor estudia en la Escuela Superior de Ingeniería y tiene muchas dudas que a él le apasiona responder. Nekane, por el contrario, tiene dificultades con el Inglés de tercero de la ESO y eso no supone un reto interesante para su padre. Y la madre de Nekane tampoco presta mucha atención a la chica porque pasa muchas temporadas fuera, cuidando de la abuela. Quizá esto explique que, de un día para otro, Nekane comenzara a venir al Instituto vestida totalmente de negro. Es guapa, tiene unos ojos hermosos. De ser una chica modosita, con cierta tendencia a los tonos pastel, trocó totalmente sus querencias hasta llegar a parecer un alter ego de sí misma, pero en escala de grises. Supongo que nada mejoró en casa. El siguiente paso fueron los piercing. Agujereó por tres o cuatro sitios su hermoso rostro. De su torso, ni hablo. ¿Un tatuaje? No lo descarto, pues apareció en clase durante una buena temporada con un esparadrapo enorme en su brazo. Después, se decantó por las mangas largas. En mayo o junio saldremos de dudas.
Un buen día leyó un relato en Internet sobre una chica que empleaba una cucharilla de postre para provocarse el vómito. Según parece, si te introduces los dedos, las uñas van desgastándose por los jugos gástricos y se ponen de un asqueroso color amarillo. Además, es muy fácil que te descubran por ese rastro y hay que tener cuidado porque a veces los profesores se meten más de la cuenta en la vida de sus alumnos. Encima, sus atuendos negros no casarían bien con las uñas amarillas, con esos restos de uña amarillos. ¿Cómo se las pintaría de negro si las perdía? El vómito, a veces, hace que pierdas las uñas, de tanto deterioro. No pasa nada. Robó una cucharilla de postre del cajón de la cocina y desde entonces la emplea después de cada comida, con bastante regularidad. De hecho, se siente muy orgullosa porque la treta está teniendo resultados evidentes. Ya le han desaparecido los signos evidentes del ciclo menstrual y, por ello, se ahorra tener que llevar tampones en el bolso. Además, cada vez se ve más delgada, y eso es algo bueno. ¡Ya es casi una modelo! Y ha conseguido algo mejor aún: su padre, el otro día, durante unos segundos, la miró fijamente y le preguntó: “Nekane, ¿estás bien? Te veo más delgada…”
Si todo va bien y si su plan surte efecto, será mucho más feliz dentro de unos meses. Tal vez entonces no le presten tanta atención a Aitor. “¡Aitor siempre piensa que lo sabe todo! Con su melenita y sus apuntes… ¡siempre haciéndole la pelota a Papá! ¿No se da cuenta de que le presta atención, simplemente, porque ganará pronto mucho dinero? Y está tan gordo… ¡los kilos de más ya no se llevan!”. A veces, me doy cuenta de que Nekane está mareada, durante mis clases, porque tiene la mirada perdida. Cuando le pregunto si se encuentra bien, me responde siempre que no ha desayunado todavía, pero que lo hará en el recreo.
Le pido a Pepi un café para mí y un colacao para ella. La tengo a mi lado, durante mi hora de guardia, pero me siento completamente incapaz de sacarle el tema porque no poseo respuestas para sus preguntas. Me siento en el borde de la silla. Ella me mira. Le brillan los ojos y me abruma su presencia. Trato de sonreír, pero en su sonrisa descubro cierta nostalgia que deja helado mi café. Quizá su abuela no lo haga mal. Se acuerda de sus peces. Tal vez ellos hayan dejado de comer porque perdieron la memoria, porque se sienten solos.
Prof. Cuyami
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