martes, 26 de junio de 2007

Apaga y vámonos

"A Javi, Eva y Paco,
que hacen mágico mi mundo"


Esta semana se acaba el curso y tengo muchas ganas de llorar. Todas las mañanas me planteo qué diablos hago en esta profesión y todos los fines de semana imagino lo feliz que sería en una oficina o en los despachos de un museo. Sin embargo, hoy he comprendido qué le da sentido a todo esto. Lo confieso: más que nada, la clave está en que los alumnos son personas. Si fueran piezas de fruta, todo sería más fácil. Si fueran piezas de fruta, el trabajo se quedaría en el trabajo y no les cogería cariño, y no los odiaría. Si fueran pares de botas, no se enamorarían entre ellos ni de nosotros, no nos insultarían. Si trabajara entre bloques de hormigón, mis manos acabarían manchadas de tiza, pero no sería lo mismo. Al ver un edificio, pasado el tiempo, no se descubre en él un salto cualitativo: los alumnos son semillas que disolvemos en las entrañas del mundo y el mundo necesita delincuentes, farmacéuticos, empresarios y ministros corruptos. El mundo necesita tener un poco de todo y, por eso, nosotros en nuestras aulas tenemos un poco de todo. Y todos, sin excepción, se quedan con un minúsculo sello nuestro en algún rincón. El tiempo no es perdido jamás, aunque sea tan desesperante aguantarlos, aunque la paciencia se machaque hasta el extremo. Nada de eso: algún día volveremos a cruzárnoslos por alguna avenida, haciendo la compra en un gran almacén de las afueras, y tendrán niños, y nos sonreirán, contestándonos con ello a un millón de preguntas que dejaron irresolutas antaño. Entonces ellos nos enseñarán a nosotros un millón de cosas. Nosotros seguiremos siendo lo mismo, pero ellos habrán aprendido muchísimo de algo y en un minuto nos demostrarán que un pedacito nuestro ha llegado a ser diseñador gráfico, granjero, fontanero o trapero, y nos sentiremos muy felices porque los gritos que hemos pegado ya no importan, porque las rabietas por un suspenso de historia son historia e histeria, porque la vida va de otra cosa.

Porque la vida es otra cosa: la vida es a palo seco todo lo que pasa en los institutos, si les quitáramos a estos las clases. Vida son los primeros amores, las drogas, la anorexia y la prostitución. Son ley de vida las familias, las peleas, los viajes… y todo eso lo hemos vivido juntos. No nos une que yo les haya explicado una asignatura y que ellos la hayan recibido. Nos une que hemos convivido con todas las de la ley, que la adolescencia es nuestra patria, que el punto perdido hacia el que casi todos en la madurez soñamos regresar se sitúa en las aulas, y en ese enclave somos los docentes un eje clave. Dictamos las reglas para que ellos jueguen. Nuestras prohibiciones son sus objetivos. Nuestros defectos son sus musas: nuestros motes, su bandera generacional; somos la inspiración que desata su vértigo creativo. Hacemos mucho… aunque nuestras clases (al menos las mías, en mi primer año de docente) hayan sido un condenado desastre.

Necesito unas vacaciones. Estoy completamente agotado. Ellos son una esponja que todo lo atrapa y, por culpa de esa ósmosis tan abrumadora y tan abusiva, mis quince primeros días de julio los pasaré en una tumbona recibiendo los rayos del Sol. En septiembre, vendrán otros… y yo volveré a quejarme mientras en la sala de profesores se escuchan resoplidos e insultos hacia ellos. En septiembre vendrán otras mil historias, se reseteará el mundo y nada de lo dicho antes importará un colín: cada palabra será nueva, cada enfrentamiento será el primero, el crédito ganado y perdido no importará porque se parte de cero. De nuevo me encontraré en ese punto primero donde se escoge ser poli malo o bueno (me temo que también entonces escogeré la opción menos correcta). Será en septiembre. Y si alguien me tiene envidia ahora, si considera que son demasiadas vacaciones, que se meta en un aula y que después opine. He envejecido diez años en uno. He vivido doscientas vidas en nueve meses… y eso cansa muchísimo.

En el departamento me espera un macuto enorme. Llevo muchos meses pensando en este instante. Los pasillos estarán desiertos, ya sin alumnos, y yo apagaré la última luz. El despacho de Lengua y Literatura, a expensas de que mi portátil concluya esto, ya tiene ganas de echarme. Después, tomaré el autobús y marcharé muy lejos. Aún no he decidido dónde pasar estos dos meses. Sin lugar a dudas, lo más probable es que vaya a Chipiona, que es el pueblo donde veraneaba cada año cuando era niño. Tengo ganas de bañarme en la playa de Regla y de poder cruzarme sin miedo con un millón de adolescentes. Allí no me conocerá nadie, allí no tendré alumnos. Allí será un auténtico placer pasear por las calles sin que nadie me llame “maestro”.

martes, 19 de junio de 2007

Se busca licenciado que estudiara COU

Se busca licenciado que estudiara COU

Si Fernando de Rojas lo hubiera sabido, en ningún caso se hubiera autodenominado “bachiller”. Ha habido siempre demasiados suscritos al elenco profético de lo que ha de ser el mayor grado previo a la universidad, como para que se confirme lo que todos intuimos: las cosas siempre pueden empeorar. Recientemente, los medios de comunicación han preconizado la inminente reforma del Bachillerato. Se dice (y es verdad) que hay un salto atroz y precoz entre lo que los alumnos han de saber al concluir la ESO y lo que realmente saben. No es un salto, es un tirabuzón mortal, lo que media entre la enseñanza obligatoria y las posteriores. La solución parece tan obvia que no sé bien ni por qué me extraña: de nuevo será necesario bajar el listón del más listo, hacer que nuestros bachilleres lo aprendan todo con más calma, en tres años en vez de en dos. No sorprende que los profesores de la universidad se quejen tan encarnizadamente de que les llegan pupilos medio alelados que a duras penas son capaces de comportarse en las clases. Dicho sea de paso, es normal que yo los tenga que reprender, para eso me pagan, pero también está claro que los señores investigadores públicos no nacieron para educar y mucho menos para enseñarle a nadie a sumar con decimales. Parece claro que cada vez los alumnos superan una Selectividad más sencilla y que son cada vez menos los que lo merecen realmente. Se habla de la existencia de “quintos de ESO”, de grupos de Bachillerato repletos de escoria académica, que siguen sus estudios por pura obligación (fáctica) de sus padres, pero que no desean estar y que no saben lo suficiente como para estar; que no aprenden nada y que llegan a la universidad por pura inercia.

¿Recuerdan ustedes sus años de COU? ¿Dónde quedaron esos comentarios de texto sobre obras clásicas? ¿Cuándo dejamos de pretender que nuestros chicos leyeran el Quijote? ¿Dónde murieron la Geometría y la Trigonometría? ¿Qué fue del Latín o de la Física de verdad? Nada de nada. Y asusta que en tan pocos años el descenso haya sido tan parecido al que realiza el Dragón Kahn en su primera curva, porque nada hace presagiar que este haya finalizado aún su feroz recorrido. Me centro en un caso concreto, del que he sabido hace poco: primer día de carrera, carrera de ciencias. El profesor de Matemáticas se dirige a sus alumnos y trata de descubrir qué saben. Para su sorpresa, la hipotética programación de los cursos previos es una crónica de humor negro. Muchos no saben sumar fracciones. No han dedicado a las integrales más de una semana, en ningún caso. En general, no conocen lo que es una matriz y mucho menos qué se operaciones implican vectores. Apunto más: sumar sin calculadora es ciencia-ficción para ellos y la tabla de multiplicar se la dejaron olvidada, apuntada en la mesa de clase o en un chuletón a la parrilla. A día de hoy, se puede llegar a una carrera de ciencias sin haber estudiado Matemáticas en Bachillerato. Tres casos, por tanto, igual de tristes: lo que no saben se estudia, pero no lo dominan; no lo estudiaron jamás; lo estudiaron, pero no lo recuerdan. En cualquiera de los tres, sus llegadas a la universidad carecen de solvencia. Pero no se asusten, pues no todo está perdido (aún). Afortunadamente, llega el “eurocrédito” y con él el aprobado masivo. Nos azota (el trasero) la Era de los Grados y parece ser que los que darán en septiembre sus primeros pasos por el campus, organizarán unas fiestas colosales, tendrán un botellódromo de campeonato, pero saldrán con un título bajo el brazo que les dará el discutible título de ser los peores licenciados de nuestra historia reciente. Serán los peores médicos, los peores matemáticos, los peores economistas, los peores filólogos y los peores abogados. Se los comerán vivos los profesionales venidos de afuera y nuestra sociedad con ellos “se irá al garete” (arabismo que simplemente significa ‘navegar a la deriva’). Se los comerán vivos las generaciones anteriores y lamentarán no ser fontaneros o electricistas, pues al menos esos otros sí tendrán trabajo. Salen del Instituto sin disciplina, sin ortografía, sin memoria y sin talento. Estamos fabricando borregos, una universidad que no pensará, que botará (y votará) en masa cuando le pongan buena música, que está cada vez más lejos del Mayo Francés y más cerca de una eterna primavera, de muchas fiestas de la Primavera en la que las tardes de césped y litronas olerán a aprobado general. Por decreto.

Voy a crear un producto y a sacarlo al mercado. Es una especie de placa que se fija con ventosas a la luna trasera del coche. Pondrá lo siguiente: “si tengo un accidente, deseo que me opere un médico que haya estudiado COU”. ¿Me permitirán los beneficios dejar el Instituto? Si quieren adquirir un ejemplar, pónganse en contacto conmigo.

Prof. Cuyami

miércoles, 13 de junio de 2007

De Jonás al doctor House

La historia la escriben los no presentes en las letras. ¿Qué sería de nuestros cómics de la infancia sin el peluquero de Tintín? ¿Por qué nadie dedicó unas líneas a ensalzar el magnífico trabajo que hacía con su flequillo? Digo más: ¿qué fue del padre de Caperucita y por qué el narrador solo se centra en las figuras femeninas? Nieta, madre, abuela… ¿discriminación positiva? ¿Y a dónde van a parar los clones blanquitos que parecen morir en cada escena de La Guerra de las Galaxias? De entre todos, me quedo con el que me parece el más sangrante caso de entre todos los mártires de la anonimia: la santa esposa de Jonás. Tras varios años sin saber de él, pensando que se fue a comprar tabaco, su marido regresa a casa y pronuncia una de las frases menos creíbles de toda la historia: “cariño, me ha tragado una ballena y he estado viajando en su vientre por medio mundo”. Y ella se lo tragó como la ballena a su marido.

Todos los docentes tenemos un destino asignado. Generalmente, los hados nos exigen hacernos unos añitos de turismo rural por lugares recónditos. Sin embargo, algunos tienen más suerte. Por “comisión de servicio” se entiende ese estado próximo al limbo según el cual a ciertos profesores se les conceden a dedo ciertos centros capitalinos, coincidentes con sus preferencias. A saber: si eres concejal de cualquier municipio, se te conmuta el exilio a cambio de tus servicios políticos. Si fuiste liberado sindical, estás libre de toda culpa y puedes quedarte casi donde quieras (como jefe de estudios, secretario o director). Más allá: algunos profesores de la universidad, tampoco tienen que ejercer en sus respectivos destinos, sino próximos a sus universidades. Llama la atención que a los funcionarios se nos prohíba compatibilizar dos trabajos y que, por el contrario, algunos no solo puedan hacerlo, sino que además se les exima de peregrinaciones que bien podrían pagar con sus dos sueldos. Pero no acaba ahí la ruleta de la suerte: se conceden algunas “comisiones de servicio” por cuidar a familiares de edad avanzada (¿quién no los tiene?), a veces se conceden “destinos preferentes” por enfermedades tales como las migrañas (¿duelen menos cerca de una capital que en un pueblo?), por impartir cursos, que son asignados a dedo, opción a la que no todos podemos acceder, que se reparten entre los amigos de los amiguitos del gran amigo supremo.

Caso práctico de marrullería comparativa: a mí me pagan lo mismo que a alguien a quien, con la misma oposición que yo, han concedido Córdoba capital siendo su destino efectivo Algodonales. A él le pagan lo mismo que a mí, pero no gastará trescientos euros de alquiler ni la gasolina, porque su mamá lo concibió en la ciudad de la Mezquita y porque hizo allí buenos amigos. Tenemos los mismos puntos, hemos trabajado los mismos años y ambos somos especialistas en la misma materia. Sin embargo, él dispone de más dinero que yo a fin de mes y la única diferencia la troquela en mí que los inspectores con su otitis crónica adoptaron la comprensiva credulidad de la esposa de Jonás mientras que, sin embargo, para mi necesaria rehabilitación de rodilla, herencia de un mítico partido de fútbol, enviaron al doctor House para que me oscultara. ¿Por qué a unos sí y a otros no?

Si no fuera porque de pensar así, sería yo muy malpensado, llegaría a creer que esto es en parte lo de siempre. ¿Por qué desde dentro da la sensación de que todos los funcionarios no somos iguales? ¿Por qué resulta factible que los colores políticos y sindicales te lleven a un lado o te dejen en otro? ¿Por qué nadie conoce con exactitud qué criterios garantizan una “comisión de servicio” mientras que los que las reciben guardan el secreto como tumbas? ¿Por qué no podré ser yo como la mujer de Jonás, que daría sus clases, sin importarle las mentiras de otros, sin miedo a tener que irse lejos? Al fin y al cabo, a los trabajadores honrados no debería molestarnos que otros tomen atajos y no hatillos. ¿Cobran comisiones los que conceden las comisiones? ¿Por qué las llaman así, si no?

Prof. Cuyami

martes, 5 de junio de 2007

Póster de Bisbal, camisas de premamá

Siempre he pensado que es un desafío innecesario. Si escoges como nombre “Cintia” para una hija, luego no te sorprendas si se queda embarazada. Si la llamas “Olvido”, se dejará las llaves en casa. Si la llamas “Nieves”, le gustará el frío y usará cadenas. Pero si la llamas Cintia, en estos tiempos que corren, lo más normal será que a su nombre haga honor y que a ti te haga abuelo o abuela. No pasará nada. ¿Qué hay más normal en esta vida que una nueva vida? Los niños que crecen acomplejados son aquellos que poseen un padre y una madre en un único techo familiar: un bebé siempre es una bendición, haga su aparición donde la haga y con las perspectivas familiares que entrañen sus entrañas. No se lleva, no está de moda la familia. Madres solteras, padres que murieron en accidentes de tráfico, abuelas que adquieren el rol de madres porque las madres son hermanas. Y entre tanto, Cintia que dejó de venir al Instituto para convertirse bien pronto en un rumor, en una leyenda urbana en pleno pueblo. No creo que regrese al Instituto. De entre todas las opciones, optó por la valiente. Lo va a tener y se acabó su futuro. Por ende, ahora vive encerrada en la casa por temor a lo que el barrio diga. Ahora, su torre de marfil está repleta de pósters de Bisbal y de camisetas de premamá. Ahora el joven ya no puede subir a verla. “Le han hecho una barriga”, dirán en el mercado. Y poco importará quién, porque el chico dejó de existir cuando se supo la noticia. Si al menos Cintia le arrojara la melena, tal vez pudiera él ascender trepando por la fachada, pero la chafada madre de ella no deja otra alternativa. Una copa de alcohol y el resto es estrenarse. Nadie es lo suficientemente hombre si sigue virgen en cuarto de ESO.

Cada año vienen al Centro unos fantásticos conferenciantes que explican las bondades y desventajas de cada método anticonceptivo. Reparten entre las chicas compresas y sacan preservativos para hacer demostraciones. En esas charlas nadie cuenta jamás cómo se educa a un hijo. No se explica tampoco si es factible o no ser madre a los quince y seguir estudiando. En esas charlas se habla de lo de siempre: se genera estado de opinión, se les acompaña a la cama. ¿De qué esperan que se hable en un recreo posterior a esas charlas? ¿Qué se pensará, entonces, de aquellos que jamás lo han hecho? De Marco y de Cintia se rieron sus amigos. Ya eran novios desde segundo. El día de su debut, venían de una fiesta y en la tele no había nada interesante. Sus casas, vacías. Lo bueno de tener padres jóvenes es que ellos siempre regresan a casa al amanecer y además suelen hacerlo demasiado borrachos. Marco la miró con ternura. Ella, le tomó la mano. Se sonrieron y el centrifugado de la lavadora se supo pequeño, débil y tímido, lejano y aturdido.

¿Cuántas alumnas se quedan embarazadas cada año? Salgo en el recreo a la calle, para comprar EL MUNDO, y recorro las calles del pueblo. Las veo en los bares, tomando café, con un retoño en un carro. No hablan ni dicen nada, están como muertas. A veces el padre parece el padre de ellas. Sin consuelo, sin defensa: un albañil que las espera cada noche repleto de ansias por apagar sus fueros. Ellas son frágiles, jóvenes que han pasado de jugar con muñecas de plástico a jugar con los frutos de sus vientres. Nadie les avisó, jamás nadie les contó que todo acabaría así. ¡A fregar, a cambiar pañales! Algunas serán traidoras de su sangre de por vida (sí, en pleno 2007), pero otras correrán peor suerte: se casarán jóvenes, arruinarán también los porvenires de sus novios, azorando con ello sus venganzas (“tú me arruinaste la vida”). Estos, les serán infieles y agarrarán botellas para matar su propia frustración. A nadie le gusta ser albañil y padre con veinte años. A los treinta, serán viejos. Entonces, o se marchan del pueblo o se vuelven locos. Si se vuelven locos, las golpearán. Si las golpean, sus niños llegarán al Instituto horrorizados y se refugiarán en los brazos de otras niñas de su edad, también horrorizadas. También entonces las casas estarán vacías, porque estoy seguro de que entonces la televisión tampoco pondrá nada interesante. Ley de vida: nada hay tan natural como la vida, como traer al mundo nuevas vidas. Esas serán los nietos de Cintia, los bisnietos de su madre, los padres de nuevos bebés sin un referente claro, que no terminarán la ESO, que rellenarán los cafés del pueblo, delante y detrás de la barra, sin hablar jamás de nada interesante.

Prof. Cuyami

viernes, 1 de junio de 2007

Las vestiduras también les rasgan

Las vestiduras también les rasgan

¿Vestuario o bestiario? Para que nadie me diga que las columnas del Profesor Cuyami no son interactivas (todo en la ESO ha de ser interactivo), hoy les propongo un juego. Apuéstense un café con la persona que tenga a su lado y acaten mis reglas. En efecto, y como ya la entradilla y el titular han delatado, hoy voy a tratar el tema de las tribus, de las formas (en plural) de vestir de los adolescentes. Para darle un poco de más vidilla, me he permitido el lujo de realizar un escuálido estudio para establecer un ranking de cuáles son los colectivos que mejores notas sacan y, por sus defectos, los últimos clasificados. ¡No vale seguir leyendo! Antes, apuesten. Voy a hablar, −para no dar pistas los cito ahora en orden alfabético−, de los canis, de los flamencos, de los góticos, de los “heavy”, de los pijos, de los raperos y de los surferos. ¡Ya! ¡No sigan leyendo hasta que no tengan, aunque sea mentalmente, un croquis de quiénes son los más estudiosos y quiénes los que cosechan más calabazas!

Séptimo lugar: los canis. Por si alguien no los conoce, dado que no están presentes en toda Andalucía, se caracterizan por llevar chándal blanco, collares de oro, prendas de deporte punteras y artilugios informáticos de última generación. Ya poseen una música propia (id est, Haze) dado que han llegado a convertirse en producto de consumo. El marbete nació con carácter despectivo, pero ellos lo han adquirido como marca de identidad y se sienten orgullosos de ser “canis”. Sexto lugar: los surferos. En general este colectivo está compuesto por chicos de familia bien, que presumen de ser los más guapos del mundo, pero no los más inteligentes. Rara vez saben hacer surf y calcan estereotipos americanos con resultados, la mayoría de las veces, altamente insatisfactorios. Llevan prendas con flores y motivos marítimos, y se ciñen a cuatro o cinco marcas específicas de ropa. Quinto lugar: los flamencos. Los hay de tres tipos: los que son auténticamente gitanos, los “entrevenaos” y aquellos a los que la naturaleza les negó el decoro. Este tercer grupo son los transexuales del gremio: se visten con pendientes muy ostentosos, llevan camisas y camisetas muy llamativas, el pelo muy largo, a poder ser rizado, y escuchan música de Camarón y de los cantaores locales. Lo dicho, los auténticos tienen arte y, aunque pocos sean punteros en los estudios, son capaces de arrancarse por bulerías en mitad de una clase, o de una guardia. Los impostados son otra cosa. Cuarto lugar: los raperos. De estética marginal americana, aunque sus madres sigan comprándoles los calzoncillos en la boutique local. Llevan pantalones anchos y camisetas de la NBA o de equipos de cuyos deportes ni siquiera conocen sus nombres. Todo en ellos es muy americano e inspirado en las letras de los raperos famosos. El lado bueno es, sin duda, que aquellos que componen estrofas poseen bastante vocabulario y, tal y como están las cosas, esa inclinación hacia el arte es lo máximo a lo que podemos aspirar. Tengan cuidado: estos tienen tendencia a hacer grafitis, así que llévense bien con ellos o recibirá una sorpresa. Tercer lugar: los góticos. Se les reconoce por ir siempre de negro, por semejar a los vampiros, por llevar las chicas los labios muy marcados, pero (sobre todo) por su cara de pena. Su pesimismo refleja un primer choque existencial contra la vida. Evidencian ser inteligentes porque al menos poseen inquietudes, por su carácter reflexivo. Cuando se consigue estimularlos con algo, se entregan. Poseen sensibilidad, pero su apatía los hace ser en la mayoría de los casos inconstantes. Algunos son una mera pose. Otros, realmente lo pasan mal y merecen todo el apoyo. En general, destacan en Literatura y suelen llegar a Bachillerato. Segundo lugar: los pijos. A pesar de su actitud arrogante, de su tremenda intolerancia, de su insustancial querencia a llevar banderas de España sin darles ningún lustre, suelen tener a sus familias muy encima y, aunque sea por el deseo de presumir o de seguir llevando ropa de marca, náuticos y polos, lo cierto es que suelen estudiar bastante (y respetan a los profesores). Conocidas por todos son las peleas entre canis y pijos. En los Institutos públicos, no obstante, escasean estudiantes verdaderamente pijos. Y, finalmente, el primer lugar de la clasificación es para los “heavy”, curiosa especie, alterada por el transcurrir de los años. Antes eran para echarse a temblar, pero los tiempos cambian, y ellos también. Si ves en clase a un chico con una camiseta negra de un grupo de música de dicho corte, estás de suerte. De ser los más malos del lugar han pasado a convertirse en los “friquis”, en estudiantes eruditos muy introvertidos, dominadores de Internet y del Inglés. Además de ser por lo general inteligentes, su personalidad les hará llegar a ser los ingenieros del futuro. ¿Acertaron? ¿Quién se llevó el café?

Prof. Cuyami

martes, 22 de mayo de 2007

Cuéntalos tú, que yo tengo sueño

Día cero. Justo en este instante el autobús arranca y contemplamos a muchas madres, que blanden pañuelos, que dicen adiós, reflejando en sus rostros un cruce anómalo entre tristeza y paz. Sus hijos del alma pasarán unos días fuera. A cambio, ellas tendrán vacaciones. Se ahorrarán unas cuantas camas y podrán, por ventura, ir a la capital a comprar edredones y unos cuantos recambios de todo tipo. Al cuidado, nos quedamos nosotros. Dicho sea de paso, está prohibido que los alumnos que han sido expulsados vengan a los viajes, así que hemos tenido suerte. La selección resultante parece inofensiva a priori, pero siempre existen sorpresas. Escogen una película de acción para las primeras dos horas y se muestran exultantes: todos tratan de hablar con todos, ellas se muestran coquetas, ellos seguros de sí mismos. Para muchos, esta es su primera salida importante del pueblo. Vamos a Barcelona y allí pasaremos unos cuantos días. Os mando esta postal desde es la tradicional excursión que todo alumno de cuarto realiza. Cada día os escribiré una. A ver qué tal resulta este experimento.

Día uno. El viaje resultó aburridísimo. No nos dejaron dormir. Al día siguiente, nos exigieron una siesta que no todos respetaron: ¿por qué no se ponen de acuerdo para dormir al mismo tiempo? Hoy visitamos el centro de Barcelona y se quedaron muy asustados con las dimensiones de Diagonal y Josep Tarradellas. Para ellos, un rascacielos tiene cinco plantas, así que lo de aquí, no saben cómo definirlo. Todo les sorprende. Se hacen fotografías con las prostitutas y en las tiendas de ropa. La Sagrada Familia les pareció interesante, pero no duraron en sus alrededores ni diez minutos. Tantas horas de autobús y ahora resulta que lo que más les gusta es la piscina del hotel. Ellas han traído catorce bikinis distintos. Ellos catorce cámaras de fotos. Esta noche los llevaremos a dar una vuelta nocturna. Espero que no termine en tragedia la cosa.

Día dos. ¿Cuántos días puede aguantar un ser humano sin dormir? Más que nada porque ya llevamos dos. Por la noche se dedicaron a llamar por teléfono a las habitaciones de los huéspedes que intentaban descansar, vaciaron un extintor y ¡se nos perdió una niña! Ni que decir tiene que tuvimos que vigilar que los chicos y las chicas no se mezclaran en las habitaciones. Ni que decir tiene que nuestra vigilancia fue un absoluto fracaso. ¡Qué denuncia nos van a meter dentro de nueve meses algunos padres! Y para colmo, las chicas han conocido asturianos en el bar del hotel y los susodichos amenazan con venir a visitarlas la próxima noche. ¡Y tienen sus teléfonos móvil! ¡Maldita la hora en que decidí venir aquí!

Día tres. No era una pregunta retórica, si algún médico lo sabe, que me escriba y que me lo diga: ¿cuánto puedo aguantar sin dormir, antes de perder la cabeza? ¡Qué horror! Una chica se dobló el tobillo durante la subida a Montjuic y me he quedado solo con la manada porque mi compañera se ha pegado cuatro horas en urgencias. Encima, nos llamaron los empleados del hotel para decirnos que en una de las habitaciones una alfombra ha muerto. No me pregunten qué le han hecho a la alfombra porque viven más tranquilos sin saberlo, confórmense con pensar que “la alfombra murió”, no investiguen más. Pero vamos, que los culpables pagarán, y nosotros también. Mi compañera va a quedarse en el Hotel con los castigados y yo saldré de fiesta con los demás. ¡Voy a morir! ¿Cómo se controla a veinte adolescentes en celo? ¿Cómo podré apartar a los asturianos de nuestras andaluzas? ¡Voy a morir!

Día cuatro. El lado bueno es que el sueño ha dejado de ser una prioridad. Se perdió. Y ahora, sí que se perdió. Un chico ha estado desaparecido siete horas. Llegó al hotel con una tajá impresionante encima y en un taxi que no pudo pagar. Vamos a mandarlo de vuelta a su casa, ¡pero no hay autobuses directos y no sabemos qué hacer! Para colmo, el mundo está mal repartido: a unos les duele la barriga por culpa del estreñimiento y otros tienen diarrea. ¿Y por qué todas las chicas se ponen malas ahora con la regla? ¿Por qué todas al mismo tiempo? ¡Necesito dormir! ¡O necesito morir! Oigo adolescentes por todas partes. Todos son problemas. Diría que hasta sueño con ellos… ¡pero eso de “dormir”, sigue siendo una quimera!

Día cinco. ¡Bendito sea el inventor de los parques temáticos! De hoy solo puedo decir que ha sido un buen día porque nos llevamos de vuelta a los mismos que trajimos (en todo caso, alguno más, pero eso lo decidirá el juez). Los hemos dejado montándose en las atracciones y nosotros fuimos a tomar café. Creo que voy a dormir sin parar dos semanas: me daré de baja por estrés. Pero vamos, lo mejor es que ya vamos de vuelta. El autobús arrancó y la mayoría duerme. ¡Esta ha sido la semana más larga de toda mi vida y prometo no volver nunca más a Barcelona y mucho menos a ese hotel!

Prof. Cuyami

jueves, 17 de mayo de 2007

Homenaje al gran Jon Cuyami, al que robé su apellido

“No me veo, la verdad”, eso fue lo que le dije. Estábamos en la sala de profesores y contra la ventana se inmolaban los primeros rayos del sol de mayo. Según me contaron, es tradicional que en esta época del año se organice un partido de fútbol sala de los profesores contra los alumnos. Es un clásico, nunca mejor dicho, que se extiende a un sinnúmero de centros educativos. Pero yo no me veía, la verdad. Lo más patético es que, en estos casos, no suele haber un Plan B. Juegas o juegas. “Cuyami, serás un buen delantero. Seguro que el Recre o la Real Sociedad te harán un huequecito en sus equipos si te ven jugar contra los alumnos”. Estábamos perdidos. Cuando alaban tus cualidades futbolísticas sin haberte visto aún calzar las botas, es mala señal (están desesperados). Solo funcionan los equipos de profesores donde no es necesario buscar a la gente a base de halagos. Cuantos más halagos se escuchan, peor es el equipo. Y los profesores no sabemos perder.


A continuación voy a enumerar una serie de películas dentro de las cuales existen escenas que semejan a lo vivido por nuestro equipo. La semana previa al partido le dio un aire a “Full Monty”, por aquello del entrenamiento y por lo poco convincente de los resultados de este. Más adelante, la cosa se convirtió en “Evasión o Victoria”, porque tratamos a toda costa de salir vivos de aquello, pero también porque alguno que otro fingió una lesión a lo Pelé para no jugar. Por último, la cosa empezó a converger hacia esas películas donde un cutre galán enseña al sol de Puerto Banús unas piernas blanquísimas. No obstante, el partido en sí fue un plagio de una película de miedo cuyo final fue cambiado por el de otra de Míster Bean. Total, tan mal estaba la cosa que en el vestuario me dio por mirarnos de arriba a abajo y llegué a sentir lástima: barrigas que llevan de gestación demasiados ciclos lunares y demasiadas cervezas, canas y chorros de sudor que evidenciaban que íbamos a morir… Más aún: las camisetas que nosotros lucíamos llevan fuera del mercado más tiempo que la Mirinda, nuestras botas de fútbol son de cuando aún se le llamaba balompié… y, frente a nosotros, estaba un grupo de chicos impetuoso que entrena en todos los recreos, que no deja de correr en todo el partido.


Falsas creencias que se rompen como una tibia a mi paso: los alumnos no pegan las patadas, las pegamos nosotros. Los profesores, desquiciados ante el baño que suelen darnos, empezamos a repartir cera desde el comienzo del encuentro. Además, es falso que los alumnos aprovechen estos choques para vengarse de nosotros. Somos nosotros los que tratamos de vengarnos de ellos. Y más aún, no es cierto que el público esté contra nosotros. Al principio, sí. Pasados algunos minutos, parecen valorar nuestro esfuerzo y nos animan. Por aquello de que el ser humano siempre tiene cierta tendencia connatural a ponerse del lado del más débil, escuchamos más palabras de ánimo que insultos. Bueno, fue así hasta la última jugada del partido, claro. Pero esa no cuenta porque fue excesivamente bochornosa. Total, que hasta entonces, como nuestra táctica estaba clara, nos mostramos muy dignos. Al principio ellos evidenciaron una superioridad tan abrumadora que llegaron a morir de éxito. Se descontrolaron y trataron de humillarnos tanto, de hacernos caños y regates superfluos, que terminaron por aparecer las primeras fracturas en su grupo. Y nosotros, a esperar. La clave estaba en recibir pocos goles y aguardar a que ellos se pelearan entre sí. Así fue. Pasado el descanso, ellos dejaron de defender, surgieron disputas por quién actuaba de portero, porque todos querían marcarnos algún gol, y ese desconcierto propagó nuestra remontada; aquella que nos llevaría hasta el empate, hasta esa última y nefasta jugada. Todo empate. Faltaban solo dos minutos. Con nuestro físico ya desecho, estando nuestro tipo en alto solo por nuestros dos profesores de Educación Física, uno de los chicos más pequeños se internó en el área con el balón controlado. Todo estaba igualado y un gol les daría la victoria definitiva. Dicho y hecho: yo, que había bajado a defender y que accidentalmente me encontraba cerca, me llevé por delante la pierna del atacante provocando dos cosas: un esguince en mi pupilo y un penalti para su equipo. Fue entonces. Entonces tuvo lugar el mayor atentado contra el fútbol que jamás se haya perpetrado en un instituto. Justo cuando iban a lanzar la pena máxima que supondría nuestra derrota… sonó una bocina enorme y todo el mundo escapó del campo. Los profesores no sabemos perder. Era necesario salir en orden… porque alguien había iniciado un simulacro de incendio.


Prof. Cuyami

martes, 8 de mayo de 2007

Hortografía (con h de hortaliza)

Hortografía con h de hortaliza


Si me lo cuentan, no me lo creo. Es tan poderosa la fuerza del mito que, cuando verdaderamente se materializa, nos produce restricciones en el habla. En efecto, eran las diez de la mañana y aquel zagal zángano estaba recostado sobre su mesa desnuda. Nada. Nada de nada. Ni un cuaderno, ni un bolígrafo, ni el mismísimo libro de cuya gratuidad tanto se ha hablado. Nada de nada. Antaño esto ya era un buen motivo para echar un sermón de campeonato, pero como ahora las competiciones se establecen en torno a qué profesor posee más talante, me mordí la lengua (casi me enveneno) y le pregunté con la mayor sutileza posible qué arcano secreto le impedía sacar a la luz el cuaderno, emulando a la mayoría de sus compañeros.


Su respuesta, de diez. Me dijo que su perro se había comido los deberes y que el cuaderno estaba roto, en alguna esquina de su habitación. ¡Su perro se había comido su cuaderno! ¡No puede ser que los mitos sigan tan en boga! ¡No me podía creer que su inocencia le permitiera decir eso sin sospechar que sonaría a excusa! Intuyo que su universo vivencial está tan mermado que no ha visto ninguna película, no ha leído ningún libro, que en ninguna serie de televisión de las que él ha visto eso se cuente como “clásica excusa del estudiante desesperado”. No tiene la competencia comunicativa necesaria para conocer que eso en el imaginario colectivo es una excusa, sea verdad o no (es mejor inventarse otra mentira que decir esa verdad). Pero claro, no han vivido nada, no saben de nada, así que, como poco, me hizo gracia. Para seguir, le pedí que me escribiera una redacción de cien palabras (cuenten si quieren, la verdad es que mi amigo Fran en eso sí hizo caso) que voy a transcribir religiosamente, sin alterar ni alternar nada. Les recuerdo: ocurrió en primero de ESO, en el antiguo séptimo de EGB; el artista tiene catorce años. Este niño no es el peor y tampoco se trata de un caso aislado. Si les gusta la ortografía, imítenla. A este paso, terminará por imponerse [ruego a los editores de EL MUNDO que le echen estómago y que lo dejen tal cual está].


"Mi perro sellama thor tiene 11 meses y es muy loco lla a exo muchos mas destrosos como partirme el ordenador, o la play2 ami madre lla lea partido muchos jarrones de flores... y un dia estaba yo con el toni en elsalon jugando a la pley y escuchamos al perro morder algo y me dijo el toni echale comer al perro me asomo i lla tenia el cuaderno echo pedazos por que llo recoji las coxas del cuaderno el la terraza y llo luego recoji las coxas del cuaderno le reñi al perro para que no bolbiera aserlo pero como es muy pequeño tiene que muda los dientes mordiendo algo... vaya tela el perro..."


¿Sin palabras o cien palabras? Si eso no les ha asesinado, lo que ahora mismo voy a recoger, les robará las ganas de vivir de por vida. Les presento una justificación que me presentó un día la madre del niño (la cual presume de trabajar en una oficina, o qué sé yo, y que presuntamente no es precisamente analfabeta). De tal palo, tal astilla:

“El niño nose si podra hacistir a clase pues yo declaro tener que viajar a Huelago y estoi alli asta el 25 de Abril”.


Decir de alguien que es anal-fabeto es explicar por dónde se las van a dar todas en la vida: en los impresos, en los contratos, a la hora de suscribir una hipoteca. En el campo, todo eso es prescindible. ¿Para qué saber escribir correctamente si siempre alguien podrá hacerlo por ti? ¿Para qué saber leer si eso no le conviene a los que analizan las jugadas, a los que deciden por nosotros? Alguien puede hacerlo por nosotros siempre. Siempre. Y mientras tanto, mientras nos cuentan que todo el mundo habla, lee y escribe de forma óptima, nuestros pueblos, siguen yendo de culo: la gente sencilla jamás aprenderá a salir del hoyo y tendrá que conformarse con cavar hoyos de golf u orificios para que germinen los tomates, las lechugas y las plantitas de marihuana.


Zeño Xabe, uzté que stá en las halturas, ha de saber que esta es la ortografía andaluza que se respira en nuestros centros educativos. Déjense de tantas chorradas de “coeducación” y de “escuelas de paz” porque se da la curiosa casualidad de que aquí en la tierra, los problemas son otros. Los libros de texto son muchas veces Ciencia-Ficción porque, en su basto imperio andaluz, hortografía sigue escribiéndose con h de hortaliza.


Prof. Cuyami

viernes, 4 de mayo de 2007

La virtualidad de matriz

Es buena persona y mejor profesional. Bermúdez, mi Jefe de Departamento, ha escogido la selección de Dinamarca. Yo, en honor a los expedicionarios del Comenius, Bélgica. ¡Maldita sea! ¡Ya me va ganando 1-0! En efecto, es un buen jefe: las cuestiones departamentales las dirimimos siempre de un modo pacífico. En este caso, a ambos nos gusta la misma optativa de Bachillerato y ninguna fuerza del cosmos nos disuadirá para cederla. Pocos alumnos, un temario hermoso y muy seleccionado: ¿qué tal si nos echamos una partida y ponemos en juego ese grupo? Será un partido de fútbol en la consola que hemos traído. En juego está quién la impartirá el próximo curso. ¡He empatado! ¡Qué golazo!

Los videojuegos están presentes en nuestro día a día de un modo descomunal. Cuando, hace unos años, comencé a dar clases particulares a un chico llamado Adrián, descubrí con sorpresa que él no conocía los nombres de las provincias vascas, pero sí la posición exacta de todos los estados existentes en América del Norte. Gracias a uno de sus juegos favoritos, que recreaba peleas asesinas entre bandas americanas, había hecho un acopio monumental de monumentos y de ciudades yanquis. ¡Fastídiate, Bermúdez! ¡Me he puesto por delante! ¡Gol de Mpenza! ¡2-1! ¿Para cuándo un videojuego llamado GAL, en el que a base de matar etarras nuestros adolescentes se aprendan las provincias de España? Lo tienen asumido, es natural: violencia y deportes, a eso dedican sus tardes. Alguno que otro pasa cinco o seis horas jugando. Continuas. Las mismas que en el Instituto, pero con la salvedad de que frente a la pantalla sí logran mantener la atención. Y hay casos aún más graves: cuando los padres se están separando, los niños no caen en las garras ni del alcohol ni de las drogas; caen en las de los videojuegos. Se refugian en esa virtualidad para no pensar en sus verdaderos problemas. Se esconden en un entramado gigantesco de fases, trucos y personajes de los que hablan como si fueran reales, con una precisión abrumadora y malsana. En esos pueblos en los que nada sucede en las calles, los libros han dejado de aportar una posible trascendencia a sus vidas: en los videojuegos sí pueden ser héroes, futbolistas, villanos o asesinos. La mediocridad de sus vidas la palian a base de palizas con el mando de los cuatro botones. La mayoría jamás vivirá nada que merezca ser contado, así que hacen propios los logros que sus personajes animados consiguen. Dan muerte a otros porque jamás encontrarán el valor necesario para descargar en alguien de la vida terrena su propia y alarmante frustración.

¡Maldito viejo! ¡Empate a dos! ¿Será Bermúdez verdaderamente invencible como dicen sus alumnos? Ya no está de moda jugar a la pelota: ahora hay juegos que simulan un juego de pelota. Ya no está de moda bailar: ahora están de moda los videojuegos que imitan los bailes. Esto es Matrix. La virtualidad matriz de Matrix: la incomunicación de nuestros adolescentes hecha pasatiempo. Una pantalla y alguna pieza de bollería industrial, con la tele puesta de fondo. En eso se van sus tardes, mientras los libros cogen polvo y los personajes clásicos se mueren (confirmado: Miguel Strogoff, ha pedido la eutanasia). Desgastan sus capacidades en eso, en lograr descubrir una combinación de teclas de entre cien mil posibles, pero no son capaces de multiplicar seis por cinco, salvo que esa sea la prueba decisiva para guillotinar al confidente del FBI. Si se trata de matar, todo lo pueden. Si se trata de estudiar, chungo. Demasiados kilos y bollos. Y, entre tanto, los parques vacíos, sus índices de conversación inmolados a lo Bonzo porque a sus padres no les asusta estar criando zombis. Llegamos al descuento y Bermúdez y yo seguimos en empate. Si marco, me quedo la asignatura.

Ahora haré algunas preguntas, pero reconozco que no tengo respuestas. ¿Me ayudan? A saber: ¿dónde quedó aquello de que los padres castigan sin videojuegos a los niños malos? ¿Por qué cesó la moda de vigilar si los contenidos son adecuados? ¿Tan difícil es promover entre ellos un tiempo de ocio más saludable? ¿Qué ha llevado a los chicos a devolver las pelotas al cajón? Ya digo, no tengo respuestas. Más que nada, porque tampoco estoy de humor: me ha marcado Bermúdez y he perdido el partido. Según parece, el año que viene, me tocará dar clases de nuevo en primero de ESO. ¡Y no soporto a los niños de primero de ESO porque solo saben jugar a los videojuegos!

Prof. Cuyami

martes, 24 de abril de 2007

Las manías existen

[Creada durante una junta de evaluación, allá por el mes de marzo]

Inmerso estoy en un maremágnun colosal de exámenes, de listas y de trabajos defectuosos. Tal es mi caos que puedo garantizarles que me equivocaré con varios chicos. Seguro. Mis listas tienen positivos, negativos, notas de exámenes y del cuaderno. Tengo apuntado a lápiz cuáles se han portado bien en las clases y más o menos sé qué alumnos han dejado de venir al Instituto. Sin embargo, estos son solo números, datos fríos, difíciles de calibrar y que, a buen seguro, me harán equivocarme en varios casos. ¿Qué hacer con el que se esfuerza y no puede? ¿Qué hacer con aquel que supura los exámenes sin esfuerzo, pero que no merece aprobar? ¿Cómo juzgo yo a ese pillastre que me tiene enfilado desde la primera clase? Él me juzgó a mí primero. Me acusó de ser antipático, de padecer catalepsias, criticó mi forma de explicar y de vestir, llegando más tarde a la conclusión de que no hago bien mi trabajo. Él me juzgó… y ahora me ha llegado el turno a mí. Su nota será mi venganza. Esta semana termina la segunda evaluación.


Admitámoslo: somos personas. Es inevitable que cuando pasas cinco horas a la semana con otros seres vivos, algunos generen en ti simpatía y otros, antipatía. Cuando yo estudiaba, llegué a creerme que son alucinaciones de todo estudiante. Pero no. Eso de que a ciertos profesores les caemos mejor que a otros, me parecía una verdad tan dolorosa que me la fui refutando yo solito. Pero no. Soñaba que las chicas calladitas tenían un talento innato para rondar el cinco sin llegar jamás a pegar un costalazo contra la red del alero. Pero no. Milongas y migajas: existen niños a los que disfrutas suspendiendo porque es sana y legítima una venganza a destiempo. Eso, sí. Antaño se vengaban de mí, de mi actitud arrogante cuando era alumno… y ahora soy yo el que me cobro con creces todos los gritos que me dejan sin voz, todos los ratos malos que tengo que supervisar por culpa de mis criaturitas. Por fin, han llegado las notas y somos solo nosotros ahora los que dictamos sentencia; los que tenemos siempre la última palabra.


En un sistema donde la disciplina escasea tanto, un alumno que sabe comportarse, tiene medio curso aprobado. Un alumno educado y correcto, es casi imposible que perezca en su empeño de irse con el título de ESO mientras que, por el contrario, al payaso de la clase siempre le costará el doble de esfuerzo aprobar. [Este párrafo es un momento histórico, un profesor por fin va a reconocer una verdad universal]. Lo chillaré con todas mis fuerzas para que el tabú se rompa para siempre: les cuesta más aprobar a los alumnos irrespetuosos porque se le coge manía. Sí, M-A-N-Í-A. Con todas las letras y con todas las consecuencias: la vida no es justa, y nosotros tampoco podemos serlo porque ellos no lo son con nosotros. Se intenta, pero no se consigue. Ellos se suspenden, haciendo exámenes malos… pero nosotros los rematamos.


Junta de Evaluación. Cuatro de la tarde. He tomado un café de la maquinita de la Sala de Profesores porque me estoy quedando frito. Antaño pensaba que las notas surgían de un lugar más glamoroso, pero constato que me equivoqué. Todos tenemos cara de sueño, estamos cansados porque esta mañana también dimos clases. Ahora, rodeando una tabla redonda, vamos analizando caso por caso la vida de nuestros pupilos. Inevitablemente, se ironiza sobre el poco futuro que tienen algunos, se cotillea sobre sus vidas, sobre sus padres, se compara a tal chica irresponsable con sus hermanos y, en ciertas ocasiones, llegamos a mencionar sus motes, como ellos hacen con nosotros. Nota bene: “el Lichis es un prenda bueno, no se parece en nada a su hermano”. “Yo podía haberlo aprobado, estaba rozando el cinco, pero no se lo merece…”. Poco a poco, los nombramos y pasan al patíbulo. Nombre a nombre, de Abascal a Zambrano. Los buenos se despachan rápido porque en las Juntas toca vengarse de los malos, hacer sangre, y rara vez salvar náufragos. De vez en cuando, discrepa alguien e incurre entonces en la mayor ofensa posible: “El Gorra no es tan malo, conmigo se porta bien. Será que tú no sabes tratarlo…”. Y así, poco a poco, se nos va la tarde. Mientras ellos juegan a la Play en casa, mientras se les cae el mando de las manos cada dos por tres. Su hermana, se lo dice: “Juan [Montero Valle, segundo B, siete suspensos], ¡qué torpe te veo hoy! ¿Será que alguien está hablando de ti?”


Prof. Cuyami

miércoles, 18 de abril de 2007

Arenga militar (inédita)

Generalmente escribo estas columnas los fines de semana, cuando la hinchazón de la garganta no reviste ya gravedad. En esos momentos, estoy calmado y he dormido bien la noche antes. De no seguir el protocolo de desintoxicación adolescente, escribiría con rabia todos estos textos. La rabia de los docentes es muy específica y se muestra en el desprecio que llegas a sentir por algunos alumnos en algunos momentos. El líder es tu enemigo y, sin embargo, deseas ayudarlo más que nada. Él está en el extremo opuesto del mundo y en secreto maldices su existencia. ¡Cuán lejos llega eso de que “del amor al odio va un paso”! Dado que ya mentimos demasiado a diario, convendrá que por una vez me permita decir alguna verdad, lo que se siente cuando un alumno te insulta. Esta columna está escrita para el antihéroe que todo profesor se cruza en algún momento y viene a reflejar lo que todos hemos pensado alguna vez, nuestros instintos más bajos, lo que nunca hemos podido decirles. Querido Manuel Valverde, alumno que se merece dos tortas, a ti te dirijo estas letras:

“Estas líneas son para ti a pesar de que soy consciente de que, si sigues por ese camino, nunca aprenderás a leer como Dios manda. Y mejor así: porque en la construcción nadie valora a la gente que se pasa de listo. Colocarás ladrillos toda tu vida, pero no podrás olvidar a ningún profesor, a pesar de que no te recordará a ti demasiada gente. Ni siquiera cuando pegues a tu mujer, a la que habrás embarazado sin querer, porque no sabes conversar ni diez minutos seguidos, tendrás tus diez minutos de fama. Ni siquiera entonces tu nombre saldrá en los periódicos porque pondrán tus iniciales, porque no tienes un nombre ni lo tendrás nunca si sigues así, porque lo único que te hace distinguirte del montón es que estás en un instituto cualquiera y que las chicas te miran porque eres un niñato. ¡Espabila! Eso pasará: ellas no se quedan con el chico malo del Instituto. ¿Quieres ser un infeliz toda tu vida? Y aún menos se quedarán contigo, que eres un perdedor. Te jactas de que los profesores no te importamos y cuando te expulsan a casa cuentas los días que te faltan para regresar, porque nos echas de menos porque tú sin el Instituto no eres nada, aunque lo odies. Porque jamás vas solo a ninguna parte. Golpeas al débil en los recreos y nunca te enfrentas al profesor que realmente tiene carácter. Agachas la cabeza cuando alguien más grande que tú te insulta y te van a reventar a palizas en la calle por ser un bocazas sin cabeza (¿a dónde vas a llegar tú sin el título de la ESO?): no eres listo, no tienes dinero, no tienes ni siquiera el estilo necesario para ser un buen delincuente. Y pese a todo, te dedico todas mis mañanas y todos mis esfuerzos porque creo en ti. ¡Despierta! ¡Cambia un poco! Hazme caso porque todas estas cosas te las digo porque yo sí sé qué es lo mejor para ti…

¿Y tú me desafías? ¿Y tú me insultas? ¿Y tú me dices que no sé con quién estoy hablando? Por desgracia, en eso aciertas: no sé qué hago hablando contigo porque eres un mocoso que colocará los suelos que yo ensucio, que se revela contra todo porque todo se le queda grande… ¿No te das cuenta de que vas por un mal camino? ¿No te das cuenta de que vas a ser un infeliz toda tu vida si no cambias de actitud? Todos son más listos que tú, aunque les ganes en maldad, y te levantas de clase y “la lías”, porque no eres capaz de entender lo que decimos, porque te esfuerzas y suspendes, porque tu capacidad no da para ganarle a las cartas a nadie, y por eso rompes siempre la baraja. Pídeme ayuda y yo te ayudo. Quiero enseñarte y deseo que tú me dejes enseñarte. ¿Tanto te pido? ¿Por qué te sientes tan orgulloso de ti si no has conseguido nada? Te venden la peor droga porque eres un crío de barrio al que nadie respeta fuera. Cuando te echemos del Instituto, no serás nada. Cumplirás los dieciséis y no tendrás título, ni sabrás trabajar. A los dieciocho tu cuerpo tendrá los achaques de los treinta. Serás del Real Madrid o del Barça, para ganar en algo, pues solo así te sentirás un poco menos miserable: si no cambias, serás el clásico tarado que finge que los coches lo atropellan, que roba en el metro con un destornillador, porque ni siquiera es capaz de comprar una navaja. Cambia, espabila: tómate la vida en serio y deja de hacer el gilipollas. Si no, probablemente, morirás sin salir del pueblo. Te mandará al hoyo una sobredosis y para tu lápida no habrá jamás ningún epitafio digno (“vivió y murió solo: no os perdisteis nada”). Cambia. Estás a tiempo. Tienes toda la vida por delante. Quiero ayudarte. Déjate convencer.”

Prof. Cuyami

martes, 17 de abril de 2007

Un día cualquiera en un ambulatorio

Estamos en Cádiz, plaza de san Antonio. Son las doce del mediodía y hace un sol radiante. Ella está de baja y no está bien que la vean en la calle con un desconocido. De mí, como nadie sabe que existo, poco importa dónde me encuentro. Sin embargo, a ninguno de los dos nos conviene que nos vean juntos. Le pregunto si está mejor y me responde que ha tenido días mejores. Yo sonrío, pero ella, no. Llevaba mucho tiempo deseando escribir sobre las depresiones que sufrimos los docentes, cuando di a parar con ella. En esta ocasión, la invité a tomar un mojito cubano y ella a mí a un helado enorme dispuesto sobre un cucurucho minúsculo (era imposible no llenarse las manos de vainilla). Tras eso, puse en marcha mi grabadora, un modelo antiguo, de antes de la Guerra.

No la conocí en su mejor día. Poco antes había puesto un parte disciplinario a una alumna, dando comienzo con ello a su suplicio. La causa del parte, no me la contó. Debió de ser algo ciertamente gordo porque expulsaron a la susodicha un par de semanas del centro. No regresó sola. Un novio macarra y una moto de cuarto de litro la esperaban en la puerta. Desde entonces, y durante una semana, la pareja persiguió a la profesora a la salida de clase cada día, intimidándola, con miradas muy hondas, que le robaban el hálito y el ánimo. Dentro de clase, un pequeño motín se originó: era un curso complicado y a eso se sumó que el resto de compañeros repudiaron la acción de la profesora, como no podía ser de otro modo. Curiosamente, mi confidente no acostumbra a ser la mala de la película. Los chicos le tenían cariño, pero queda demostrado que en los centros educativos el tiempo que transcurre entre el amor y el odio es solo un cambio de clase. A pesar de que ella posee cierto atractivo, le encontraron un presunto defecto físico a la altura de las circunstancias. Podía haber sido su nariz, sus labios, su pelo… pero escogieron sus pechos. Y desde entonces, y durante las cuatro clases de la “semana de pasión”, desde todas las partes del Instituto se escuchaban alusiones a su busto, que hacían mella en ella como una gota de agua que parte en dos una roca a fuerza de echarle paciencia.

Con el motín ya iniciado, regresó la chica expulsada, de forma triunfal al Instituto, mientras sus compañeros agitaban palmas a su paso (el borriquito era su novio). Y a Sandra se le vino encima, sobre sí, el peso de quinientas personas hablando de sus pechos, de la moto del chico, de cómo a última hora del viernes iban a crucificarla viva aquellos mismos chicos que meses antes hablaban de ella con respeto (cuán difícil es ganarlo y cuán rápido se pierde). Fue una estupidez. Tan solo una expulsión. De haberlo sabido, hubiera mirado a otro lado y hubiera dejado que esa chica terminara de fumarse a gusto el porro (sería por algo así, supongo, pero ella jamás me lo contó).

Llegó su momento. Última hora del viernes. Escuchó gritos cuando entró en el pasillo porque aquel era su san Martín. Consecuentemente, un inusual temblor en las manos le sobrevino para acompañar este a su ardor de estómago. “Sandra, puta”, ponía en la pizarra, y un dibujo alusivo a su cuerpo, groseramente ensanchado con tiza en ciertas zonas del trazo, completaba el cuadro. Después de eso, oyó gritos envolventes, como los de las salas modernas de cine, y una bola de papel le pasó rozando. Tras pegar un portazo y salir al pasillo a toda prisa, escuchó un clamor de vítores desde detrás de la puerta. Ellos habían ganado. Ella había salido huyendo y dejaba tras de sí su dignidad, diez años de servicio, a treinta animales orgullosos de haberla hecho llorar, y sobre todo se dejaba olvidada la fuerza de voluntad necesaria para volver a entrar allí. Supongo que fue entonces cuando se dio cuenta de que no volvería a hacerlo. Algo se había roto en su interior. Le dolía la cabeza. Le recorría el cuerpo un sudor frío. Se miró al espejo y se sitió indefensa y fea. Por eso, ni siquiera esperó a que llegara el Director. Mucho antes, tomó la maleta y se marchó. En la consulta del médico, aquella mañana, había un chico que se había caído de un andamio… y yo. Allí la conocí.

Prof. Cuyami

martes, 10 de abril de 2007

Pésame al inventor del cero

Tiemblen. Las nuevas eras dan miedo y lo de estrenar milenio fue una picota, un piquete y fatuos picadillos en comparación con lo que ahora arranca. Tiemblen de forma sincera porque Brahmagupta, al que cierto anuncio daba las gracias hace poco, llora cual soez plañidera con su frasquito repleto del preciado líquido… pues yace sin vida su creación. Se nos va, se nos muere. O lo matan, que tiene más guasa. Agarren fuerte sus recuerdos y no desdeñen a esos maestros de escuela que el peso del talante ha castrado. Su marca se marcha, se nos fue el cero: comienza una era, por ende, porque se inicia el primer año tras el cero (el año primero, por tanto o por tonto).

En efecto. Desde la semana que viene, y ya para siempre, quedan abolidos los ceros del sistema educativo andaluz (!). No estoy de broma, ojalá bromeara (aunque hay cosas con las que no se juega). Por suerte y por desgracia, no tengo la costumbre de mentirles: a partir de la próxima evaluación, la menor calificación que puede obtener un alumno en nuestros institutos será un uno. Sí, lo sé: siguen pensando que les estoy mintiendo, pero es cierto lo que digo. Si un determinado sujeto no acude al Instituto en todo el curso ni una sola vez, si no comparece a ninguna clase jamás, se habrá ganado un uno por su cara bonita, por poner su nombre… o por no ponerlo, ni siquiera. Gran hallazgo, nuestros políticos son genios: esos zagales habrán mejorado sus calificaciones de forma abrumadora. ¡Más de un cien por cien subirán las notas de todos los absentistas! ¡Qué digo un cien por cien! ¡Sacarán infinitamente más nota! Si el cero no existe, las calificaciones suben. Si las calificaciones medias suben, la gente estará más contenta e irá a votar de mejor humor porque ya nadie se avergonzará en la charcutería de que a su hijo le han puesto un cero en matemáticas. Para empezar porque ya no hay ceros. Para seguir porque pronto no habrá matemáticas. Tiempo al tiempo: si se busca que las notas suban, que nuestros alumnos no suspendan, primero eliminarán las notas bajas. Luego, las asignaturas… y todo el pescado estará vendido (o toda la chacina, porque el ejemplo que puse antes transcurría en una charcutería).

Desconozco qué iracundo señor inventó el número uno, pero si yo fuera él, me echaría a temblar. Ya saben que “cuando las barbas de tu vecino veas cortar…”. Pues eso, que no acabo el refrán porque no hace falta. Han suprimido el cero, pero tal vez sea eliminado algún otro dígito y si consiguen, sin que nos demos cuenta, eliminar el uno, el dos, el tres y también el cuatro, el sistema educativo habrá supervivido a la LOGSE, obteniendo además las mejores calificaciones de la historia. Si nos prohíben las notas inferiores al cinco, no habrá fracaso escolar. Es un plan magistral, y además está plenamente justificado. ¿A cuántos niños los ceros les han arruinado la vida? ¿Cuántas carreras académicas se han visto truncadas de esa forma tan tosca? Por el contrario si, de ahora en adelante, sus hijos les juran sobre la tumba del hámster caído que no van a traerles ningún cero más, podrán creerles sin miedo y comprarles la moto sin esperar a las notas: como poco, les traerán un uno.

Me asombra que los docentes convoquemos cero huelgas y cero funerales por el cero, pese a que será preciso y precioso que estemos todos vigilantes, no vaya a ser que traten encima de engañarnos, que nos vendan de nuevo que los resultados han vuelto a mejorar cuando en realidad lo que se hace, otra vez, es cambiarle el nombre a las cosas. Yo, por mi parte, he decidido cobrarme con creces esta sustracción (he aprovechado para poner todos los ceros que me ha sido posible, por los viejos tiempos y por los que vendrán), mientras me enjugo las lágrimas sabedor de que los ceros que he puesto en esta evaluación, que han sido muchos, serán los últimos de toda mi carrera docente. De todas formas, tenemos que levantar la cabeza y engrandecer nuestro espíritu, pues comienza otra era mejor, pues nuestras aulas serán más habitables y más felices, pues se han marchado para siempre las tercas lacras del anticonstitucional cero, pues es seguro que Brahmagupta era, además de un cretino integral, también de derechas…

Prof. CuyamiDen s

jueves, 29 de marzo de 2007

Vivir fuera de plano

Todos tenemos una serie de “bromas-fetiche”, de comentarios sin gracia que repetimos hasta la saciedad en situaciones análogas. Al fin y al cabo, si alguien no te los ha escuchado antes, pensará indefectiblemente que eres creativo y original (aunque también que no tienes gracia), y lo deslumbrarás con la prodigiosa fugacidad de tu verbo. Si he de serles sincero, una de las mías consistía siempre en preguntar retóricamente “¿dónde está la cámara oculta?” cuando me hallaba inmerso en alguna situación que sobrepasaba mis vivencias habituales. Al fin y al cabo, en el imaginario colectivo de todos aún se encuentra inmerso ese tipo de programas de televisión donde gente anónima es filmada en situaciones desconcertantes por una cámara picarona e invisible. Son originales, bromas inocuas y chistosas que no hacen daño a nadie y que sí desfogan nuestras tendencias voyeuristas. No pasa nada: al fin y al cabo, cuando la azafata de turno se aproxima desde detrás de un seto, piensas “qué buena está”, para más tarde respirar aliviado porque todo llegó a su fin (“de buena me libré”).

Leo en un periódico de Cádiz que van a poner en la calle a una compañera (interina, todo sea dicho, porque a un funcionario no se le expulsa del cuerpo ni con la aprobación de Cancerbero, el perro que custodiaba la entrada al Hades), porque sus alumnos de primero de ESO la grabaron a ella inmersa en una escena habitual en nuestras aulas: chicos de pie, bolas de papel volando de un lado a otro, alguna que otra silla arrojada contra el suelo, gritos… Dichoso testimonio visual que fue colgado en Internet por uno de los actores y que desencadenó que los padres advirtieran el manicomio en el que se ha convertido el centro escolar donde sus hijos acampan; provocando que la Junta le haga la cama a la docente que hacía el cameo en dicha película (hacía el papel de profesora indefensa y tal vez la nominen al Oscar por ello).

Me gustaría ficcionar este asunto, mostrarlo de un modo más literario o perverso. Lamentablemente, no lo consigo: ¡me he quedado de piedra! No solo los alumnos te impiden llevar a cabo tu trabajo, no solo manejan en clase un móvil (estando absolutamente prohibido), no solo te graban sin previo aviso y de forma ilegal… ¡sino que además es culpa tuya que te lo hayan hecho! Y no solo es culpa tuya, sino que además algunos desprenden de todo esto que tú no puedes ser profesor si no eres capaz de mantener siempre a los niños en su sitio. En vez de enseñarte a lidiar situaciones que exceden en mucho tu titulación, te expulsan del cuerpo. En vez de poner soluciones, te piden que grites más. Con frecuencia se escucha que la culpa de las acciones de indisciplina ¡es de aquellos profesores que no infunden miedo! Si eres modosito y tus ojos son celestes o tu voz engolada, ¡dedícate a otra cosa! ¡Tú no puedes enseñar si tu voz se quiebra al nonagésimo sexto grito del día, del mismo modo que una chica apellidada “Malvesada” es carne de cañón en el aula! Lo dicho: se infiere que es necesario un carácter recio y una voz potente en este sistema educativo de mis amores, porque lo contrario te manda al paro. Necesitas una buena presencia y una autoestima adusta. Necesitas, a fin de cuentas, que si un móvil echa a rodar por sorpresa, no te pille fuera de plano, ni fuera de juego. Si se rueda un film, tú serás la estrella. Gánate, por tanto, la cámara; hazla tuya. Toma buena cuenta de que esto no solo es un Instituto, sino que puede llegar a ser el inicio del camino que te llevará a Hollywood.

Ya puestos a grabar y dado que ellos nos lo hacen a nosotros, ¿por qué no pagarles con la misma moneda? ¿Para cuándo se nos permitirá a los profesores grabar las clases? Si les soy sincero, me muero de ganas de llegar a una tutoría de padres para obsequiarles con el DVD de los mejores momentos de su hijo. Sobreimpresionado, en la imagen, algún rótulo explicativo: “Rubén, tratando de prenderle fuego a un maestro (imágenes de archivo)”, “Rubén llamando rubia asquerosa a la profesora de francés”. ¿Se lo imaginan? Si se juega, juguemos. No tenemos nada que ocultar, pero ellos, sí.

Prof. Cuyami

martes, 20 de marzo de 2007

La fuerza del sino

Una espada ensangrentada. Un charco que embarra una capa. Un escudo con una hendidura ocre. Las muescas de un hacha sobre la repisa. Flecha húmeda. Estofados con cicuta. Letras escarlata que hablan de muerte… Desde siempre, los caballeros han peleado por honor y se han escrito, gracias a ello, algunas de nuestras páginas más brillantes. Eso, tan brillantes, que hemos llegado muchos a creernos que se trata en efecto de algo bello. Una afrenta, una disputa y una confrontación condenada a llegar a las manos. Y las manos, al cuello.

El esquema permanece inalterado al paso de las calendas y de las candelas. Una injuria: alguien atenta contra el honor de otro alguien y una escueta misiva emplaza a los dos contendientes. Se elige un páramo recóndito, al caer el mediodía, y es obligación de palabra que acudan ambos. Si por ventura uno de los dos no comparece al duelo, ya nunca podrá volver a levantar la cabeza al modo al que antes lo hacía. Se lucha hasta que uno muerde el polvo y se muerde su propia lengua. En ocasiones, algún cuchillo se ve. Las más, son los puños los que dirimen un justo vencedor. Espectadores, admiradores y musas, asisten a los combates. No es de recibo arriesgar la vida si no se impresiona a alguien a cambio: jamás las peleas son en solitario. No es plan: es una cita, un espectáculo de masas. Los compañeros del protagonista, a un lado. Los compañeros del antagonista, al otro. De frente, el resto de comentaristas. Hacen apuestas, murmuran y, sobre todo, guardan silencio cuando toca guardarlo.

-“Profesor, ¿puede dejarnos salir cinco minutos antes? Es que van a pelearse a la salida dos de tercero”. Siempre sucede. Es un tablón invisible, un tabloide de tirada ilimitada. De fondo, casi siempre un lío de faldas: la honra de alguna chica en juego. Un amigo que traicionó a su compadre por otra y el despecho del agraviado que lacra la venganza. Por entre los pasillos se rumorea que van a matar al débil y, en un instante, los tres grandes temas riegan de pólvora el Instituto: el amor, la muerte y la honra. El siglo de Oro al completo sangra en el descampado más cercano al Instituto, cuando uno le parte la nariz al otro. La chica de la falda más corta muestra un tanga que tal vez dio pie al comentario que terminó con la declaración de guerra: estalló la campana y todos corrieron. Todos conocen el lugar exacto y la hora exacta, porque ambos usos consuetudinarios se transmiten de promoción a promoción. Por mor de nuestro superior intelecto, los profesores también los conocemos. En la calle y es la vida: ¿quién se atreve a interponerse?

Atemporal. Los navajazos suelen salir en los periódicos, pero los ojos morados, no son noticia. Pan nuestro de cada día: mirar a otro lado y suplicarle al cielo que la pelea no transcienda a reyerta. Si los amigos del galán toman partido y el malo lleva a sus tropas, va a liarse una (epopeya) gorda. La madre de todas las batallas suele ser la portadora del tanga y si por ventura esta tiene a bien enviar un mensaje al móvil de sus garrulos primos, que trabajan en un taller próximo, el espectáculo estará garantizado y entonces no será exagerado hablar de heridos. ¿Quién es lo suficientemente hombre como para detener esto?

Nótese que una pelea se siente, se intuye. Está en el ambiente mucho antes de que el primer puñetazo llegue. Los alumnos se excitan, pulula en el ambiente un halo misterioso que a todos gusta. Les apasiona la sangre. Les encanta la proximidad de un buen cisco. Pese a todo, es un honor para mí admitir que por fortuna las mujeres han dejado de ser solo el premio o la causa. Ahora también son parte activa. En virtud de la libertad de género no es raro que todo este bullicio se enraíce en torno a un par de doncellas batalladoras a lo Millon Dólar Baby. En efecto, mi único consuelo en esos casos es desear que ninguna se golpee la cabeza con el banco y que la calle dicte sentencia. Al fin y al cabo, los profesores, allá afuera, no tenemos control sobre la fuerza del sino.

Prof. Cuyami

martes, 13 de marzo de 2007

Los niños de los camiones

Si conociera algo de su idioma, lo primero que le preguntaría es de qué era el camión. Curiosidad, malsana; operatividad, ninguna. No es lo mismo, pero es igual: se sabe que muchos camiones cruzan el estrecho con materia prima y que los chavales de los que hablo se adhieren a sus bajos, se introducen entre las ruedas, y aguantan allí un buen puñado de horas. Cuando el camión se detiene, ya en España, ellos descienden y contemplan la tierra prometida: un solar, un polígono industrial, en el mejor de los casos, un bar de carretera donde poder conseguir una taza de leche a cambio de unos cuantos llantos. Son niños. No hablo de pateras ni de cayucos. Hablo de adolescentes que llegan a Andalucía debajo de los camiones y a los que no se puede expulsar demasiado rápido porque no hablan nuestro idioma, porque no poseen papeles, porque no se sabe a dónde enviarlos de vuelta, ni cómo han llegado.

Mohamed llegó hace un par de semanas. No habla español. En el pueblo más cercano al mío existe un hogar de acogida y las monjas traen cada mañana a los chicos a nuestro Instituto. Es legítimo: han de estar escolarizados y, por tanto, vienen a clase. Por ello no sorprende que en uno de los grupos de segundo de ESO, en una ocasión, llegara a tener un total de seis. Estaban mezclados con otros alumnos de acá, pero les separaba un mundo… ¡o dos! ¿Distan dos mundos desde el primero hasta el tercero? Tal vez disten más, porque me fue imposible destruir ese telón de lata. Niños de aquí, que no estudian porque no quieren. Niños de allá que no estudian porque no pueden, sin traductores árabes, sin padres que les indiquen cuándo se condenarán si comen, hacia dónde han de implorar en sus oraciones un mundo más habitable, una tierra más blanda sobre la que dormir: asfaltos sin cristales, que no dañen los brazos cuando el camión sobrepasa un cambio de rasante.

Son monjas, creo. Los atienden mientras los burócratas echan una partida de “mentiroso” y trafican con ellos, mientras se trazan acuerdos acerca de sus cabezas: “si te los quedas invierto en tu país”, “si tú los reconoces a cambio, regularizo a otros”. Y ellos, entre tanto, ganan maldad por días, nutriéndose del miedo que sienten los otros chicos, sabedores de las leyendas que circulan sobre integristas, sobre pequeños binladen que cometen atentados en miniatura, que forman guetos… por pura afinidad lingüística y por tener en común el sueño de algo distinto a morir de hambre. Todos tienen en común que cruzaron el Estrecho para que no les cruzaran la cara, que sienten que ya nada puede salir mal, porque todo lo dejado atrás estaba peor.

Mohamed no aprenderá a leer. Es un formalismo. Están aquí, estudian con nuestros chicos, y en ciertos momentos apocalípticos, se les forman grupos especiales con objeto de darles una educación aplicada, más apta, transversal y [bla, bla] que les permita integrarse y ser los basureros del mañana. Pero claro, eso ellos no solo no lo saben sino que además no tienen la paciencia necesaria para seguir el plan oficial porque ya necesitan el dinero. Ellos se sienten extraños, confinados cada mañana junto a otros que los desprecian, condenados a escuchar el caer de la lluvia en las glotis de los docentes: oyen caer la lluvia cuando hablamos porque desafortunadamente, el árabe no se exige en las oposiciones y el español tampoco en las aduanas.

Un buen día, cuando ya los caldos monjiles les han devuelto la inmortalidad, hacen acopio de una veintena de euros y se marchan (no sé a dónde y, si lo supiera, tampoco se lo diría a nadie). Y no se les vuelve a ver. Como el vaho salido el sol. Como las telarañas en una batalla. Desaparecen como las atalayas en los proyectos de expansión urbanística. Se van. Desaparecen como los pingüinos y los glaciares. Como las oscuras golondrinas, que no regresan. Como los árboles próximos al Museo Tissen o los de la Plaza Nueva de Sevilla. No me preocupo por ellos, por ende, porque siempre se marchan: porque las migraciones son lo más natural del mundo, porque todo cambia, todo fluye. Porque otros vendrán. Porque siempre el ciclo de la vida prosigue su curso, aunque los “niños de los camiones” jamás terminen los cursos.

Prof. Cuyami

martes, 6 de marzo de 2007

Las estatuas de sal

Pienso en la mujer de Lot que por mirar atrás hubo de transformarse en estatua de sal, tras salir de Sodoma. En su honor, yo no miro, aunque mi alumna sí sigue allí: de pie, inmóvil, en mitad de la noche. No acierto a descubrir si he de pararme o si de hacerlo estaré cometiendo el mayor error de toda mi vida. No obstante, opto por pisar el embrague, el acelerador y salir de allí. Es de noche. Viernes. Recorro el pueblo para cenar con unos amigos. Acá, en este recóndito pueblo de Almería, el mar se escucha a lo lejos y el oleaje está encrespado. A veces pienso que Sheila se convertirá en estatua de sal por el mar, por el tacto salino que dejará en su boca el primer baño de su hija. Solo tiene dieciséis años y ya es prostituta.

Hablo de nuestra Andalucía más auténtica, de la que sale en los mapas, de aquella que todos conocemos. Muchas madres de alumnos de Instituto “hacen la calle”. Se ve normal, se asume tras ciertos miramientos impostados: acá todo vale, todo está bien. Es un trabajo más y por ello no es de extrañar que pueda ser heredado también de madres a hijas. Muchas de las nuestras apuntan maneras: en cierto centro donde estuve hace tiempo capturaron a una alumna haciéndole una felación a un chico a cambio de dinero para el bocadillo. En pleno centro escolar. Más tarde até otro cabo y alguien me confesó en una tasca que no es un milagro que cuatro hermanas nazcan en el mismo año: son hijas de prostitutas, que son acogidas por una misma mujer, que toman de ella su apellido para conservar el secreto, pero que cada cual continúa con su madre, mamando desde chicas el oficio, destrozando cualquier ilusión, cualquier inocencia, labrando un futuro que nadie podrá arreglar, que engendrará nuevas hijas como ellas, que de noche dormirán en la cama del tendero de turno, que de mañana tomarán los libros y se negarán a hacer los ejercicios en clase de Lengua porque están cansadas, porque su dominio de la lengua les da para lo único para lo que la necesitarán: para dar un poco de conversación a sus clientes, para no pensar demasiado y no sufrir en exceso por lo que están haciendo; ganarse y gastarse la vida.

Otro caso, otra tragedia. Hermosa, de ojos azules y mirada tierna: es rusa. Me contó en una clase de Alternativa a la Religión que los hombres españoles somos tontos, que aún no se cree que le den dinero tan solo por quitarse la ropa. No pasa nada: me confesó también que a su novio no le importa, que de hecho le pide que lo haga, y que así consigue unos euros para comprar unas zapatillas de marca, con las que correrá más que nadie en las clases de Educación Física. Novio o proxeneta, ella tiene quince años. Tal vez su cuerpo aparente más, pero no ha cumplido dieciséis aún. Ya conoce burdeles, aunque no lo sabe. Ya conoce bares de camioneros y carreteras. Ya ha probado en sus labios el rancio sabor del fuego. Y la droga. Y la soledad. De todas formas, por aquello de que es rusa y de que tiene una sonrisa bonita, al menos no pasa las noches al raso, no espera en una esquina sin poder mirar hacia atrás: no mantiene relaciones sexuales con desconocidos.

Tiene que estar pasando mucho frío Sheila, allí detrás, vestida con unas mallas negras, con un vestido corto, con los labios muy pintados. No es siempre así. Es solo un caso, aislado, remoto. La mayoría de mis alumnas montan en bici y flirtean con alumnos de su edad. Pero no todas, y eso me duele. Precisamente porque las demás no lo hacen es por lo que Sheila me da tanta pena. Aunque todos los trabajos son duros, su situación es inhumana. De sobra sé que yo también me prostituyo cuando soy obligado a trabajar haciendo labores que no me corresponden, que no me apetece hacer, que me vejan, que atentan contra mi dignidad. De sobra sé que me prostituyo cuando me dejo insultar por dinero, cuando me amenazan con rajar mi coche y no protesto porque me pagan por ello; cuando no pego un portazo y salgo corriendo a otro lado, a otro lugar donde me traten mejor, donde mi trabajo importe de veras. Pero no es lo mismo. O eso me temo. De todas formas, si la sal derrite el hielo, tal vez ser estatua de sal ayude a Sheila a no congelarse en todas las noches de invierno que ella pasará en la calle.

Prof. Cuyami

martes, 27 de febrero de 2007

La rémora de ser andaluz

Les pregunté qué sabían de las demás provincias y respondieron: “en Sevilla, solo hay pijos y canis. En Cádiz son homosexuales. En Jaén y Almería, todos moros. Los de Huelva… ¿esos son los leperos, esos tan brutos? Todos los granaínos tienen mala leche y sin excepción en Córdoba están atontados por culpa del calor de su verano”.

Últimos de febrero. Mañana, cumple años Andalucía. Hoy escribo desde el Instituto. Más que nada porque estamos en plena “semana cultural andaluza” y me aburre tanta patraña. Estaba echándole un vistazo a la prensa y reflexionando sobre lo hermoso que es que se nos conceda el privilegio de tener una identidad propia, que nos permitan hablar de un modo especial y único y que no prohíban nuestra forma de decir “shoriso” como sí hicieron con las hamburguesas demasiado grandes y con las hamburguesas que tenían demasiado chorizo. Está claro: si a nuestros alumnos no se les concediera el derecho a hablar en andaluz, ¿qué sería de nosotros? Aunque se venda que nuestros chicos son políglotas, lo cierto es que muchos a duras penas logran expresarse en la modalidad materna, así que existen dos opciones: o hablan ahora andaluz, o callarán para siempre. Es su rémora: tienen la desgracia de nacer de serie con una forma de expresarse que no posee prestigio entre la gente culta, que se considera ruda en ciertos ámbitos, que suena cateta: el andaluz. Es decir que será de mis alumnos, de quienes se reirán cuando vayan a Madrid a pelear en desventaja por un puesto de trabajo. Es a ellos a quienes remedarán en las series de televisión: serán la “chacha” y el “gracioso del barrio”, pero jamás el ejecutivo ni el jefe. Por suerte y por desgracia, hay cosas que ni pueden ni deben cambiarse: como los presentadores de televisión no cecean, todos los que sí lo hacemos, hemos de sentirnos acomplejados, condenados a un modo vulgar de relacionarnos con el mundo.

No ayuda nada. Entre que mis alumnos no conocen muchas palabras y que siempre se ríen de ellos cuando salen del pueblo, lo cierto es que la inmensa mayoría ha llegado a concienciarse de que el andaluz es de por sí inferior, de que ellos también son inferiores a la mayoría de los norteños educados, que sí tienen la suerte innata de pronunciar todas las “eses”. Suerte o desgracia: el prestigio lingüístico está emparentado con el dinero. Desde tiempos inmemoriales la forma de hablar de la corte es la que todos los demás tratan de imitar. De hecho, cuando Sevilla era la capital de medio mundo, allá por los siglos de oro, se consideraban graciosas las formas ceceantes de nuestras doncellas. Un punto. A nuestro favor. Se perdió el dinero, (¡es nuestro sino!) y sin él llegó la desgracia de sentirnos de forma connatural y profunda una raza en desventaja: somos pobres y se burlan de nosotros. Y eso le duele a la Andalucía que en su cumpleaños esta semana volverá a padecer en silencio los mismos problemas de siempre: unos reinventan las estructuras feudales acaparando tierras y otros maduran en unas escuelas podridas que hasta caen del árbol, siendo abono sobre el campo, regándolo después con sudores propios.

Yo me siento orgulloso de ser andaluz, pero mis alumnos, no solo piensan que la bandera blanca y verde ondea en el mástil en honor al Betis, sino que ni siquiera se saben muchos los nombres de las ocho provincias, ni siquiera sabrían explicarme una sola cosa no ofensiva acontecida en las provincias de la otra punta: a duras penas saben si Cádiz está arriba o debajo de Sevilla, y poco les importa. Algo tiene mal arreglo, a pesar de que las paredes del Centro son verdes y blancas. En eso se nota. En eso y en la semana que pasamos corriendo tras ellos y organizando actividades que por algún motivo que desconozco ya no les ilusionan. Están dormidos, se sienten catetos y no tienen ni la menor intención de reivindicar que la tierra que sus papás y mamás labran es suya. Se conforman con existir, mientras nosotros los aguantamos a ellos, mientras cuatro o cinco acaparan la inmensa mayoría de las subvenciones y tributos. Pero claro, afortunadamente, como aún hoy en día siguen existiendo el fútbol y el vino, sabremos soportar todo esto... al menos hasta que nos los prohíban también.

Prof. Cuyami

martes, 20 de febrero de 2007

Prototipo de profesor caradura

Gustavo Zascandil lee en voz muy baja y acostumbra a llevar corbatas de cuadros que combina a la perfección con sus camisas y gemelos. Cuando lo conocí, sacaba brillo a sus zapatos y repasaba en público un prospecto de medicamento en lo que a la postre resultó ser una auténtica declaración de principios. Alto, recio, con porte solemne y la mirada adusta. En todas las acepciones y en la inmensa afinidad de las permutas nos encontramos ante un soberano caradura. Por las tardes se enfunda el traje, el anagrama de la empresa y dedica sus horas de viabilidad profusa a lo que realmente le provoca ganas de vivir: sus empresas. Sus clases son una farsa, son sin mucho dramatismo un sobresueldo que le obliga a permanecer las horas muertas (las mata él mismo) en un edificio que no le despierta ningún interés, junto a unos chicos por los que no siente ninguna conmiseración ni simpatía.

A veces peco de corporativista en mis columnas. Normal: cuando los alumnos tienden a planear tu propia muerte en cada cambio de clase, llegas a buscar amigos en todos los escalafones siniestros de la estratosfera. No obstante, hoy sí pongo a las claras las clases de algunos: hay docentes que son un verdadero desastre, a los que les importa todo un clip y que hacen todo lo posible por no hacer todo lo posible. Les hablo de un hombre hecho y derecho que dedica sus clases a hablar por el móvil, que se duerme en sentido casi literal, cuyos alumnos han de despertarlo sintiendo vergüenza ajena (hacer que los alumnos sientan vergüenza es todo un logro, pero el método no parece el más correcto). Les hablo de un hombre que no pone exámenes para no tener que corregir, que jamás saca su maletín del Instituto porque eso invocaría una ligera posibilidad de prepararse alguna clase en su casa y en su vida. Les hablo de un profesor cuyo departamento es su fortín: allí trama de todo, y nada bueno. Allí posee un talonario inagotable que un amigo suyo, que pertenece a Sanitas, le va poco a poco suministrando. A pesar de su porte distinguido, a pesar de que es capaz de compatibilizar dos trabajos estresantes, él es el hombre más enfermo de entre los que sobreviven sobre la faz de la tierra: posee catorce tipos distintos de afonías, cuatro achaques de cuatro periodos de edad distintos, y todas esas afecciones las va reproduciendo en orden simétrico en cada curso. De vez en cuando, viene, pero trabajar, no trabaja nunca. Se rumorea que por su departamento han pasado amigos y amantes, pero ningún alumno. En sus guardias guarda cama. Las celebra con un reparador sueñecito sobre uno de los puf que ha instalado junto a una mesa grande donde supuestamente serían las reuniones de su departamento si no fuera porque él es el jefe y porque jamás las convoca.

Los alumnos se quejan de él y de vez en cuando alguien lo abronca, con nefasto resultado: un par de carcajadas de su parte. Él responde absorto que no lo estresen, que el universo es inagotable y que por tanto no tiene sentido hacerlo todo en un solo curso. Lo que sus alumnos no aprendan, ya lo aprenderán en otro momento. “Vive y deja vivir”, parafraseando de vez en cuando al jabalí feo del Rey León, cuando solo pide que no le exijan actos tan tediosos como poner notas, recibir padres o dar clases. Los alumnos no quieren recibir clases y él no quiere darlas: ¿para qué ser un incordio si es más fácil buscar el bien común y dedicar las horas primariamente matutinas a repasar en su PDA los balances de su empresa? Un congreso, una otitis. Un inventario urgente de final de curso, una desagradable virasis vírica extremadamente virulenta. Su filosofía es que “al enemigo no se le dé ni agua. Si les enseñamos cosas, se harán más fuertes. Si logran ser más fuertes, nos harán más daño en sus ataques. ¿Os imagináis lo peligrosos que serían nuestros alumnos si yo les enseñara realmente química? ¡Con lo agresivos que son, podrían explosionar el Instituto!” Además, él se siente un ídolo, un turco con cabeza y no una cabeza de turco: cada vez que hacemos algo mal, nos basta decir que lo hemos hecho “a lo Zascandil” (comparados con él, todos somos buenos trabajadores).

De vez en cuando algún padre se nos queja y nosotros encima tenemos que fingir lo suficientemente bien nuestra sorpresa como para que lleguen a creérselo: “¿de veras le ha dicho eso su hijo? Gustavo Zascandil es un gran profesional. Le pertenecen a él la mitad de las empresas de congelados de Huelva. Es un gran químico y su hijo tiene mucha suerte de tenerlo a él dándole clases”. Lo dicho: no solo nos estafa sino que además lo defendemos. ¿Será porque muy en el fondo todos sentimos ganas de comportarnos como él, pero a todos nos falta el valor necesario?

Prof. Cuyami

martes, 13 de febrero de 2007

El ángel exterminador

De tan obvio que es, me hace gracia. Rojo, por la sangre (supongo) y poblado de corazones, metonimia ruda y cruda de amor: un ángel que lejos de ser exterminador porta flechas que amenazan con ajar con sus dentelladas las diásporas más cívicas. Todo ello preside un buzón de cartón: solemne, indulgente, que explicita que mañana es San Valentín y que su cartero anda cerca. De entre todas sus virtudes, nuestros chicos han tomado un buen puñado de hojas perfumadas, rotuladores de color y algún que otro mechero para simular pergaminos. Hasta él peregrinan todos: arrojan sus misivas y mañana las esperarán en clase con dulzura. Algunas, de broma. Otras, gritos vetustos que de tan atemporales se muestran de rabiosa actualidad. Y yo, mientras tanto, con la certeza de que no recibiré ninguna tarjeta porque he descuidado mi físico con los años, me dedico a observar cómo febrero se derrite en un millón de detalles tiernos.

Alguien me ha dicho que los vio en el Albayzin paseando tomados de la mano. Los alumnos son muy crueles y adoran los cotilleos más que los guionistas de ciertos programas de televisión de las cuatro de la tarde. No obstante, eso es algo habitual: cuando te destinan a un pueblo recóndito de nuestra Andalucía más profunda, terminas por convertir en tu vida a todos aquellos que más cerca tienes, a las mujeres que recorren los pasillos contigo, a tantísimos kilómetros de casa. Por todo eso, no es raro que Adán y Eva estén tan próximos en los claustros, que palíen juntos sus faltas de afecto, que hayan hecho todo lo posible para coincidir en las guardias de recreo o que no les importara nada acudir juntos a la excursión de Granada. Por si acaso, como buen periodista de la intimidad que soy, yo permanezco pendiente al buzón de las cartas, con la remota esperanza de ver cómo alguno de ellos arroja algún mensaje para el otro. No obstante, aunque yazgo enfoscado, ellos no se acercan, sabedores de que no soy el único que vigila.

Tal vez ahora permanezcan en algún departamento, trazando el uno corazones sobre el otro. ¡Qué sé yo! Tal vez todo sea falso; tal vez hayan conseguido soportar la desidia de las tardes de un pueblo que no se aprecia, que poco tiene que aportarles. O no. Adán se aburría: a su lado, una chica inteligente, que pertenece a un estadio cultural semejante, muchas horas juntos y la tensión del día a día. Luego llegó el primer cruce tras las aulas, las primeras miradas junto a la bandeja donde se colocan los partes disciplinarios. Más tardes, un café, rodeados de niños que no dejaban de gritar en el recreo. Mientras tanto, ella fue reparando en que tras sus ojos negros, había seguro un hombre valiente, que entendía sus dolores de garganta, que también comía con tiza en las manos, que compartía con ella el mítico “cuarto b”.

En mi hipótesis, el uno empezó a poner a la otra de ejemplo en sus oraciones de sintaxis y la otra recogió el guante y utilizó sus explicaciones de inglés para insultarlo a él, mandándole con ellos recados que los alumnos siempre le daban: “Adán, Eva ha dicho de ti que eres un [término inglés de turno]”. Y así todo fue creciendo: fuera del aula jamás hablarían de todo eso, aunque poco a poco las oraciones de sintaxis y los textos en inglés sí fueran detonando una guerra escalar, ascendente, de índole ardorosa. De este modo, y como los adolescentes gustan en deleitarse con espectáculos ricos en romance, los eligieron precisamente a ellos dos para visitar Granada. Poco antes de San Valentín, recién llegado el año, sucedió: con nieve a los pies del Darro, en una noche en Íllora, donde el Rey moro perdió su honra.

La guerra une. Los profesores somos gladiadores y nuestras miradas se cruzan siempre en la niebla. Mientras el guía recuerda cómo Abderramán arrojó la toalla, Eva lanza su mano-manzana. Entonces, tal vez Adán peque o tal vez llore. Si llora, lo hará porque San Valentín llega, porque está muy lejos de casa, porque no ha sabido defender su ciudad como un hombre o, tal vez, simplemente, porque comienza a enamorarse.

Prof. Cuyami

martes, 6 de febrero de 2007

La violencia en todo

Estimado Maestro:

Lo bueno de escribir para un periódico grande es que puedo tener la certeza de que esta carta va a llegar hasta usted. Si por casualidad no la lee de primera mano, estoy seguro de que alguien de su Colegio la fotocopiará para dársela. Por tanto, y como sé que va a leerla, me tomo la infinita libertad de hablarle con franqueza, presuponiendo su presencia al otro lado del folio. Al fin y al cabo, si usted no estuviera, estas líneas se vendrían abajo como castillos de naipes en una tarde de levante. Imagino su rostro surcado y zurcido de golpes, por las patadas. Imagino sus ojos hinchados, sus manos temblorosas al recordar todo lo que pasó, la órbita exacta de cada golpe… y no puedo evitar confinar un indómito suspiro para usted, porque lo he sentido, porque lo siento mío: cada golpe y cada grito; porque estamos heridos de muerte y, pese a todo, nos lo tomamos siempre a broma, siempre y cuando no nos llegue a nosotros la pedrada. Somos cobardes porque las vacaciones son amplias y el sueldo está bien: logramos que se nos olvide lo mucho que todo se ha complicado, el pavor que padecemos en los centros de trabajo, las amenazas de algunos padres...

Miramos a otro lado porque si lo pensásemos a diario, no entraríamos en las aulas. Antaño la educación era otra cosa: los alumnos peleaban por un futuro y los maestros y profesores éramos vistos como la llave hacia una vida más próspera, hacia una oportunidad de obtener formación, información, respeto y dignidad. Éramos dignos porque llevábamos la dignidad a las personas. Éramos dignos (“como le faltes el respeto al maestro, te pego un bofetón”) porque la sociedad estaba creciendo, porque todo el mundo era un poco más humilde, porque la gente conservaba la memoria intacta: sin los profesores, ¿qué seríamos? Sin los maestros, ¿a dónde llegaríamos? Todo lo que poseemos se lo debemos a la formación y eso era lo que nos legitimaba para mantener la disciplina, a reprender con cariño, a salvaguardar el orden para poder enseñar otras cosas al menos tan importantes como la razón áurea de todo nuestro sistema: el respeto a las personas.

Pero un buen día todo eso cesó. Los agentes de formación social hemos dejado de tener el respeto y el aprecio de la gente. Ahora nos oponemos al bienestar porque tratamos de exigir algo, porque no está de moda promover que los demás se esfuercen, aunque en realidad estemos buscando con ello su bien. El resultado eres tú: Jerez cuando la visité me pareció una ciudad tranquila, sin grandes conflictos. Da igual: el virus está latente, circula por las venas de todo el sistema y en cualquier momento y lugar se hace presente, se asoma y nos asombra. Está en todo: en los alumnos que ya no quieren estudiar y a los que se obliga a calentar el asiento, en los padres que han olvidado cómo llegaron hasta donde hoy están; la violencia se encuentra en las aulas entre los compañeros que se insultan, en las razzias sangrientas que realizan los vendedores de coca para captar nuevos adictos y adeptos. La violencia está en todo: en los inmigrantes que intimidan a los locales, en los oriundos que no reciben bien a los que llegan, en los directores que acorralan a los nuevos profesores… En todo.

Inicialmente pensé en escribir un manifiesto en esta columna. “En contra de la violencia, en pro de una mayor seguridad para los docentes”. Sin embargo, lo he desechado porque cuando se firma un manifiesto de facto o de iure se espera un cambio y, sin embargo, yo albergo muy pocas esperanzas, por no decir ninguna, de que las cosas mejoren. No puedo firmar un manifiesto porque estoy seguro de que todo permanecerá igual porque somos unos cobardes, porque nos conformamos con todas las bofetadas que nos pegan. Salimos a las puertas de los centros, guardamos un minuto de silencio o nos tomamos una jornada de vacaciones, para dejar en pocas horas en la cuneta a nuestros compañeros caídos, pobres muñecos rotos, prosiguiendo todos con la cabeza gacha con los mismos yugos de siempre. No vamos a plantarnos: si lo hiciéramos, tal vez las cosas cambiarían… pero la falta de valor no se subsana tan fácilmente: hemos perdido la dignidad, hemos aceptado como gaje algo que es un atentado contra la base de nuestra sociedad. Lo asumimos, nos rendimos y, por todo ello, esta carta no puede ser un manifiesto, no puede ser el refrendo de nuestra lucha, porque no existe lucha alguna. Por todo ello, pues es lo único que puedo hacer, al menos sí le ofrezco todas mis fuerzas, le tiendo mi mano y le deseo de corazón que encuentre el coraje necesario para seguir educando, para regresar pronto y con la cabeza bien alta.

Prof. Cuyami

martes, 30 de enero de 2007

Viajes gratis. Razón aquí

Tengan en cuenta que lo sé. De hecho, llego incluso a sentirme culpable. Estará usted plácidamente en su casa, tomando un café y unas magdalenas. Tal vez haga acopio de las fuerzas que necesita para ir a trabajar dignamente, sabedor de que un porcentaje importante de su sueldo de enero se le irá en pagar servicios sociales. Por todo ello, me produce cierta dosis de lástima darle el desayuno, destruir su paz, incordiar su conciencia. No obstante, si usted es de aquellos que piensan que unos ojos yertos imposibilitan a los sentimientos llegar hasta el corazón, no siga leyendo: vivirá mejor sin esta columna, sin llegar a saber a dónde van a parar los impuestos que paga. Yo le aviso, luego no se me queje. En cierto modo, le debo la posibilidad de enterarse, pero lo que haga con la información que ya está en sus manos, es asunto exclusivamente suyo.

Lo llaman Proyecto Comenius. El tal checo fue un hombre preocupado por la enseñanza de idiomas. Un pedagogo que se hizo famoso por una obra llamada “puerta abierta a las lenguas”, que era cosmopolita y que viajó mucho. Pregunta de Trivial: ¿sabe alguien si Jan Amos pagaba sus viajes? Más que nada porque aquellos que ahora lo emulan tienen como finalidad inmediata viajar de gorra. De hecho, con una preciosa gorra que pone en letras grandes y amarillas “proyecto Comenius”, salieron hacia el aeropuerto de Málaga dos profesores de mi Centro que, gracias a sus fantásticos contactos, han podido conocer gratis la República Checa, para peregrinar hasta la tumba del valedor del dichoso programa, para comprobar a lo Alfredo Landa, que hay vida más allá de los Pirineos. Han ganado una semana de vacaciones y, en el menos malo de los casos, usted les está pagando el sueldo.

Existen dos modalidades para tal periplo. La primera, y mucho menos lucida y lúcida, exige que los profesores galardonados se lleven a un grupo reducido de alumnos con ellos. La segunda, que es la que he constatado, ¡es solo para profesores! Ellos van, ven aquello y después nos lo cuentan. Vacaciones pagadas. Rendimiento, cero. Sin alumnos, sin nada que hacer allí: una semana de turismo y una preciosa visita al Instituto con el que nos hemos hermanado. Poco me importa ya que los fondos sean de Europa, de la Junta o de quién sean: son funcionarios, que aprovechan su posición para irse gratis de vacaciones, en proyectos que nullo modo repercuten sobre el resto del alumnado. No traen ideas nuevas, no aprehenden nada, salvo unas postales o un cuadro del pintor local. Desconozco si practican o no el inglés allí, pero sí presupongo que si nuestros profesores andaluces necesitan entrenamiento oral, mejor harían apuntándose a una academia. No hay finalidad, no sirve de nada, pero todo es muy lógico. Estamos hermanados con varios institutos de distintos países de Europa, ¿qué clase de hermanos seríamos si no visitásemos de vez en cuando a nuestros propios hermanos? La gente de Andalucía es buena gente, así que las visitas son necesarias. Hay que ir a verlos y cuantas más veces se vaya, mejor. Lógico.

Vendrán a visitarnos ellos también a nosotros. Vendrán expedicionarios allende las tierras del río Morava a visitarnos a nosotros. ¡A aprender de nosotros! [Espero por su bien que no se les pegue nada, salvo el sol de la costa]. Vienen también, de vacaciones, a pasear por la calle Larios y a comer pescaíto frito en nuestras ferias. Y a hablar inglés porque, al fin y al cabo, y paradójicamente, el proyecto se desarrolla exclusivamente en inglés: Comenius buscaba la defensa de todas las lenguas y su proyecto atrae a checos que nos hablarán en inglés en España. ¡Lógico! ¡Todo encaja! Además, si nuestros míster Marshall no vienen a vernos con alumnos, serán bien recibidos y prometo organizar otra peregrinación guiada, en mi horario de trabajo (recuérdelo: me paga usted), hasta la tumba de algún benefactor del turismo docente. Seguramente, los invitaremos a comer, los llevaremos de excursión, les proporcionaremos alojamiento pagado por… ¿se lo imaginan?

¡Ey! ¡Se me olvidaba! Aún está a tiempo: puede dejar de leer esto o puede simplemente presuponer que esta experiencia telúrica se está llevando a cabo única y exclusivamente con fondos europeos, que a usted no le costará nada. Realmente, prometo que no conozco ese dato (yo sí me creo lo de “ojos que no ven, corazón que no siente”), así que podrá creer lo que más feliz le haga y acertará. Sí le aseguro que yo no gano nada, en ninguno de los dos casos: pedí que se llevaran a alguno de mis alumnos y que lo dejaran allí, pero no me han hecho caso.

Prof. Cuyami

lunes, 22 de enero de 2007

La marca machista

Córdoba. Cuatro de la tarde. No sé si era un bar o una peña. Pasaba media hora de partido cuando Juanito enganchó un cabezazo que dio la victoria a España. En ese instante, uno de los camareros tomó una cacerola y un perol y comenzó a dar golpes festivos congratulándose por la importancia del tanto. Paralelamente, yo me comía las uñas y dejaba la comida a la mitad porque tenía demasiado miedo. Pocos minutos después, aún con el Mundial en la retina, me senté en una incómoda silla de un salón de actos: fue entonces cuando la vi. Ella parecía mayor, pero vestía de manera informal. Su manera de mirarnos expresaba dos mensajes. El primero: me gusta ser mujer. El segundo: a ti ni se te ocurra verme como tal. Un bolso grande, un portafolios y una frase que cambió mi vida y que ahora voy a citar rectamente porque es digna de ser bordada en un cojín: “quiero daros la bienvenida a todos y a todas vosotros y vosotras a este proceso selectivo. De esta sala saldrán grandes profesoras y profesores… ¡mucha suerte a todos y a todas!”. Veredicto: culpable. La tipa era feminista y además tenía talante.
Ideología subyacente: se supone que nuestras estructuras lingüísticas determinan nuestra forma de ver el mundo. Se supone que el morfema –o se refiere latentemente y letalmente a animalitos varones mientras que la –a es propia de las muchachitas. ¡Pobres muchachas si en la presentación ella solo hubiera empleado la vocal o! ¡Maldita discriminación que ha perpetrado el español al fundir el neutro latino y el masculino en una única forma! ¡Qué malvadas son las vocales /u/ por provocar tales muestras de machismo con su apertura! Pues eso. Eso pensaba yo, para calmar mis nervios, para no amargarme porque en mi examen oral iba a tener que decirlo todo dos veces para que no me miraran raro, para que no sonara machista mi forma de explicar mi asignatura.
No lo comprendo. Se supone que la redacción del Estatuto de Autonomía ha de sustituir a la RAE como el modelo del español que ha de enseñarse en las aulas, pero sigo sin entender por qué. Pero sí. Eso ha dicho la Junta y yo me he resignado ya a ser en todos los informes “profesorado” y no “profesor”; me he resignado a incluir en mi vocabulario medio millón de vocablos genéricos de difícil ingesta (“limpieza” por “limpiadoras”, “adjuntía” por “adjuntos”), a tener que usar “jóvenes” en lugar de “alumnos” porque la –e es mucho más discreta y no le hace daño a nadie. Voy por el buen camino: ya siempre uso “estudiantes” en lugar de “vosotros” para complementar a mi recientemente adquirida costumbre de duplicarlo todo. Al fin y al cabo, gastar muchos litros de saliva paliará la sangre de las mujeres a las que golpean sus maridos, a las que el Gobierno no es capaz de salvar de las manos de esos malvados hablantes de una lengua tan machista. No. Siempre igual. Siempre lo mismo. Intentan llamar a las cosas de otro modo porque piensan que así se solucionan los problemas, pero no funciona el mundo de ese modo. Y encima, si le hacemos caso a la Junta y a la presidenta de mi tribunal de las oposiciones (a la que engañé vilmente porque fui capaz de decir “alumnos y alumnas” con aparente seriedad), es mucho más urgente que se usen esas patochadas que corregir la ortografía SMS que están adoptando nuestros chicos como uso habitual. Seguro que si en un examen nos escriben “paz xa tods y tdas”, habrá que ponerles un diez porque la afirmación y la forma denotan feminismo y progreso. ¡Las marcas señeras de nuestra Autonomía!
Somos punteros en “aulas de género”, en el uso del “lenguaje no sexista”, ¿cómo se entiende entonces que la inmensa mayoría de las madres de mis alumnos sean amas de casa? La explicación, un caso real: una alumna de bachillerato me confesó en una ocasión que su novio le pegaba aquellos fines de semana que a ella no le apetecía acostarse con él. Obviamente, me tocó hacer el rol de adulto responsable. De manual mi respuesta, de juzgado de guardia la suya: “no puedes consentir que te trate así, él no tiene derecho a…”, pero no sirvió de nada. Ella sí lo creía. Ella sí creía que él tenía derecho a hacer eso. Y así, muchas. Nuestros alumnos siguen enrocados en postulados que hacen pensar que la mujer seguirá discriminada mucho tiempo más, que seguirá habiendo agresiones, víctimas, sangre. Pero evidentemente la culpa de eso la tiene la lengua y, por tanto, gracias a los lingüistas y a las lingüistas de la Junta el tema va camino de solucionarse en breve… o tal vez, no.
Prof. Cuyami