jueves, 29 de marzo de 2007

Vivir fuera de plano

Todos tenemos una serie de “bromas-fetiche”, de comentarios sin gracia que repetimos hasta la saciedad en situaciones análogas. Al fin y al cabo, si alguien no te los ha escuchado antes, pensará indefectiblemente que eres creativo y original (aunque también que no tienes gracia), y lo deslumbrarás con la prodigiosa fugacidad de tu verbo. Si he de serles sincero, una de las mías consistía siempre en preguntar retóricamente “¿dónde está la cámara oculta?” cuando me hallaba inmerso en alguna situación que sobrepasaba mis vivencias habituales. Al fin y al cabo, en el imaginario colectivo de todos aún se encuentra inmerso ese tipo de programas de televisión donde gente anónima es filmada en situaciones desconcertantes por una cámara picarona e invisible. Son originales, bromas inocuas y chistosas que no hacen daño a nadie y que sí desfogan nuestras tendencias voyeuristas. No pasa nada: al fin y al cabo, cuando la azafata de turno se aproxima desde detrás de un seto, piensas “qué buena está”, para más tarde respirar aliviado porque todo llegó a su fin (“de buena me libré”).

Leo en un periódico de Cádiz que van a poner en la calle a una compañera (interina, todo sea dicho, porque a un funcionario no se le expulsa del cuerpo ni con la aprobación de Cancerbero, el perro que custodiaba la entrada al Hades), porque sus alumnos de primero de ESO la grabaron a ella inmersa en una escena habitual en nuestras aulas: chicos de pie, bolas de papel volando de un lado a otro, alguna que otra silla arrojada contra el suelo, gritos… Dichoso testimonio visual que fue colgado en Internet por uno de los actores y que desencadenó que los padres advirtieran el manicomio en el que se ha convertido el centro escolar donde sus hijos acampan; provocando que la Junta le haga la cama a la docente que hacía el cameo en dicha película (hacía el papel de profesora indefensa y tal vez la nominen al Oscar por ello).

Me gustaría ficcionar este asunto, mostrarlo de un modo más literario o perverso. Lamentablemente, no lo consigo: ¡me he quedado de piedra! No solo los alumnos te impiden llevar a cabo tu trabajo, no solo manejan en clase un móvil (estando absolutamente prohibido), no solo te graban sin previo aviso y de forma ilegal… ¡sino que además es culpa tuya que te lo hayan hecho! Y no solo es culpa tuya, sino que además algunos desprenden de todo esto que tú no puedes ser profesor si no eres capaz de mantener siempre a los niños en su sitio. En vez de enseñarte a lidiar situaciones que exceden en mucho tu titulación, te expulsan del cuerpo. En vez de poner soluciones, te piden que grites más. Con frecuencia se escucha que la culpa de las acciones de indisciplina ¡es de aquellos profesores que no infunden miedo! Si eres modosito y tus ojos son celestes o tu voz engolada, ¡dedícate a otra cosa! ¡Tú no puedes enseñar si tu voz se quiebra al nonagésimo sexto grito del día, del mismo modo que una chica apellidada “Malvesada” es carne de cañón en el aula! Lo dicho: se infiere que es necesario un carácter recio y una voz potente en este sistema educativo de mis amores, porque lo contrario te manda al paro. Necesitas una buena presencia y una autoestima adusta. Necesitas, a fin de cuentas, que si un móvil echa a rodar por sorpresa, no te pille fuera de plano, ni fuera de juego. Si se rueda un film, tú serás la estrella. Gánate, por tanto, la cámara; hazla tuya. Toma buena cuenta de que esto no solo es un Instituto, sino que puede llegar a ser el inicio del camino que te llevará a Hollywood.

Ya puestos a grabar y dado que ellos nos lo hacen a nosotros, ¿por qué no pagarles con la misma moneda? ¿Para cuándo se nos permitirá a los profesores grabar las clases? Si les soy sincero, me muero de ganas de llegar a una tutoría de padres para obsequiarles con el DVD de los mejores momentos de su hijo. Sobreimpresionado, en la imagen, algún rótulo explicativo: “Rubén, tratando de prenderle fuego a un maestro (imágenes de archivo)”, “Rubén llamando rubia asquerosa a la profesora de francés”. ¿Se lo imaginan? Si se juega, juguemos. No tenemos nada que ocultar, pero ellos, sí.

Prof. Cuyami

martes, 20 de marzo de 2007

La fuerza del sino

Una espada ensangrentada. Un charco que embarra una capa. Un escudo con una hendidura ocre. Las muescas de un hacha sobre la repisa. Flecha húmeda. Estofados con cicuta. Letras escarlata que hablan de muerte… Desde siempre, los caballeros han peleado por honor y se han escrito, gracias a ello, algunas de nuestras páginas más brillantes. Eso, tan brillantes, que hemos llegado muchos a creernos que se trata en efecto de algo bello. Una afrenta, una disputa y una confrontación condenada a llegar a las manos. Y las manos, al cuello.

El esquema permanece inalterado al paso de las calendas y de las candelas. Una injuria: alguien atenta contra el honor de otro alguien y una escueta misiva emplaza a los dos contendientes. Se elige un páramo recóndito, al caer el mediodía, y es obligación de palabra que acudan ambos. Si por ventura uno de los dos no comparece al duelo, ya nunca podrá volver a levantar la cabeza al modo al que antes lo hacía. Se lucha hasta que uno muerde el polvo y se muerde su propia lengua. En ocasiones, algún cuchillo se ve. Las más, son los puños los que dirimen un justo vencedor. Espectadores, admiradores y musas, asisten a los combates. No es de recibo arriesgar la vida si no se impresiona a alguien a cambio: jamás las peleas son en solitario. No es plan: es una cita, un espectáculo de masas. Los compañeros del protagonista, a un lado. Los compañeros del antagonista, al otro. De frente, el resto de comentaristas. Hacen apuestas, murmuran y, sobre todo, guardan silencio cuando toca guardarlo.

-“Profesor, ¿puede dejarnos salir cinco minutos antes? Es que van a pelearse a la salida dos de tercero”. Siempre sucede. Es un tablón invisible, un tabloide de tirada ilimitada. De fondo, casi siempre un lío de faldas: la honra de alguna chica en juego. Un amigo que traicionó a su compadre por otra y el despecho del agraviado que lacra la venganza. Por entre los pasillos se rumorea que van a matar al débil y, en un instante, los tres grandes temas riegan de pólvora el Instituto: el amor, la muerte y la honra. El siglo de Oro al completo sangra en el descampado más cercano al Instituto, cuando uno le parte la nariz al otro. La chica de la falda más corta muestra un tanga que tal vez dio pie al comentario que terminó con la declaración de guerra: estalló la campana y todos corrieron. Todos conocen el lugar exacto y la hora exacta, porque ambos usos consuetudinarios se transmiten de promoción a promoción. Por mor de nuestro superior intelecto, los profesores también los conocemos. En la calle y es la vida: ¿quién se atreve a interponerse?

Atemporal. Los navajazos suelen salir en los periódicos, pero los ojos morados, no son noticia. Pan nuestro de cada día: mirar a otro lado y suplicarle al cielo que la pelea no transcienda a reyerta. Si los amigos del galán toman partido y el malo lleva a sus tropas, va a liarse una (epopeya) gorda. La madre de todas las batallas suele ser la portadora del tanga y si por ventura esta tiene a bien enviar un mensaje al móvil de sus garrulos primos, que trabajan en un taller próximo, el espectáculo estará garantizado y entonces no será exagerado hablar de heridos. ¿Quién es lo suficientemente hombre como para detener esto?

Nótese que una pelea se siente, se intuye. Está en el ambiente mucho antes de que el primer puñetazo llegue. Los alumnos se excitan, pulula en el ambiente un halo misterioso que a todos gusta. Les apasiona la sangre. Les encanta la proximidad de un buen cisco. Pese a todo, es un honor para mí admitir que por fortuna las mujeres han dejado de ser solo el premio o la causa. Ahora también son parte activa. En virtud de la libertad de género no es raro que todo este bullicio se enraíce en torno a un par de doncellas batalladoras a lo Millon Dólar Baby. En efecto, mi único consuelo en esos casos es desear que ninguna se golpee la cabeza con el banco y que la calle dicte sentencia. Al fin y al cabo, los profesores, allá afuera, no tenemos control sobre la fuerza del sino.

Prof. Cuyami

martes, 13 de marzo de 2007

Los niños de los camiones

Si conociera algo de su idioma, lo primero que le preguntaría es de qué era el camión. Curiosidad, malsana; operatividad, ninguna. No es lo mismo, pero es igual: se sabe que muchos camiones cruzan el estrecho con materia prima y que los chavales de los que hablo se adhieren a sus bajos, se introducen entre las ruedas, y aguantan allí un buen puñado de horas. Cuando el camión se detiene, ya en España, ellos descienden y contemplan la tierra prometida: un solar, un polígono industrial, en el mejor de los casos, un bar de carretera donde poder conseguir una taza de leche a cambio de unos cuantos llantos. Son niños. No hablo de pateras ni de cayucos. Hablo de adolescentes que llegan a Andalucía debajo de los camiones y a los que no se puede expulsar demasiado rápido porque no hablan nuestro idioma, porque no poseen papeles, porque no se sabe a dónde enviarlos de vuelta, ni cómo han llegado.

Mohamed llegó hace un par de semanas. No habla español. En el pueblo más cercano al mío existe un hogar de acogida y las monjas traen cada mañana a los chicos a nuestro Instituto. Es legítimo: han de estar escolarizados y, por tanto, vienen a clase. Por ello no sorprende que en uno de los grupos de segundo de ESO, en una ocasión, llegara a tener un total de seis. Estaban mezclados con otros alumnos de acá, pero les separaba un mundo… ¡o dos! ¿Distan dos mundos desde el primero hasta el tercero? Tal vez disten más, porque me fue imposible destruir ese telón de lata. Niños de aquí, que no estudian porque no quieren. Niños de allá que no estudian porque no pueden, sin traductores árabes, sin padres que les indiquen cuándo se condenarán si comen, hacia dónde han de implorar en sus oraciones un mundo más habitable, una tierra más blanda sobre la que dormir: asfaltos sin cristales, que no dañen los brazos cuando el camión sobrepasa un cambio de rasante.

Son monjas, creo. Los atienden mientras los burócratas echan una partida de “mentiroso” y trafican con ellos, mientras se trazan acuerdos acerca de sus cabezas: “si te los quedas invierto en tu país”, “si tú los reconoces a cambio, regularizo a otros”. Y ellos, entre tanto, ganan maldad por días, nutriéndose del miedo que sienten los otros chicos, sabedores de las leyendas que circulan sobre integristas, sobre pequeños binladen que cometen atentados en miniatura, que forman guetos… por pura afinidad lingüística y por tener en común el sueño de algo distinto a morir de hambre. Todos tienen en común que cruzaron el Estrecho para que no les cruzaran la cara, que sienten que ya nada puede salir mal, porque todo lo dejado atrás estaba peor.

Mohamed no aprenderá a leer. Es un formalismo. Están aquí, estudian con nuestros chicos, y en ciertos momentos apocalípticos, se les forman grupos especiales con objeto de darles una educación aplicada, más apta, transversal y [bla, bla] que les permita integrarse y ser los basureros del mañana. Pero claro, eso ellos no solo no lo saben sino que además no tienen la paciencia necesaria para seguir el plan oficial porque ya necesitan el dinero. Ellos se sienten extraños, confinados cada mañana junto a otros que los desprecian, condenados a escuchar el caer de la lluvia en las glotis de los docentes: oyen caer la lluvia cuando hablamos porque desafortunadamente, el árabe no se exige en las oposiciones y el español tampoco en las aduanas.

Un buen día, cuando ya los caldos monjiles les han devuelto la inmortalidad, hacen acopio de una veintena de euros y se marchan (no sé a dónde y, si lo supiera, tampoco se lo diría a nadie). Y no se les vuelve a ver. Como el vaho salido el sol. Como las telarañas en una batalla. Desaparecen como las atalayas en los proyectos de expansión urbanística. Se van. Desaparecen como los pingüinos y los glaciares. Como las oscuras golondrinas, que no regresan. Como los árboles próximos al Museo Tissen o los de la Plaza Nueva de Sevilla. No me preocupo por ellos, por ende, porque siempre se marchan: porque las migraciones son lo más natural del mundo, porque todo cambia, todo fluye. Porque otros vendrán. Porque siempre el ciclo de la vida prosigue su curso, aunque los “niños de los camiones” jamás terminen los cursos.

Prof. Cuyami

martes, 6 de marzo de 2007

Las estatuas de sal

Pienso en la mujer de Lot que por mirar atrás hubo de transformarse en estatua de sal, tras salir de Sodoma. En su honor, yo no miro, aunque mi alumna sí sigue allí: de pie, inmóvil, en mitad de la noche. No acierto a descubrir si he de pararme o si de hacerlo estaré cometiendo el mayor error de toda mi vida. No obstante, opto por pisar el embrague, el acelerador y salir de allí. Es de noche. Viernes. Recorro el pueblo para cenar con unos amigos. Acá, en este recóndito pueblo de Almería, el mar se escucha a lo lejos y el oleaje está encrespado. A veces pienso que Sheila se convertirá en estatua de sal por el mar, por el tacto salino que dejará en su boca el primer baño de su hija. Solo tiene dieciséis años y ya es prostituta.

Hablo de nuestra Andalucía más auténtica, de la que sale en los mapas, de aquella que todos conocemos. Muchas madres de alumnos de Instituto “hacen la calle”. Se ve normal, se asume tras ciertos miramientos impostados: acá todo vale, todo está bien. Es un trabajo más y por ello no es de extrañar que pueda ser heredado también de madres a hijas. Muchas de las nuestras apuntan maneras: en cierto centro donde estuve hace tiempo capturaron a una alumna haciéndole una felación a un chico a cambio de dinero para el bocadillo. En pleno centro escolar. Más tarde até otro cabo y alguien me confesó en una tasca que no es un milagro que cuatro hermanas nazcan en el mismo año: son hijas de prostitutas, que son acogidas por una misma mujer, que toman de ella su apellido para conservar el secreto, pero que cada cual continúa con su madre, mamando desde chicas el oficio, destrozando cualquier ilusión, cualquier inocencia, labrando un futuro que nadie podrá arreglar, que engendrará nuevas hijas como ellas, que de noche dormirán en la cama del tendero de turno, que de mañana tomarán los libros y se negarán a hacer los ejercicios en clase de Lengua porque están cansadas, porque su dominio de la lengua les da para lo único para lo que la necesitarán: para dar un poco de conversación a sus clientes, para no pensar demasiado y no sufrir en exceso por lo que están haciendo; ganarse y gastarse la vida.

Otro caso, otra tragedia. Hermosa, de ojos azules y mirada tierna: es rusa. Me contó en una clase de Alternativa a la Religión que los hombres españoles somos tontos, que aún no se cree que le den dinero tan solo por quitarse la ropa. No pasa nada: me confesó también que a su novio no le importa, que de hecho le pide que lo haga, y que así consigue unos euros para comprar unas zapatillas de marca, con las que correrá más que nadie en las clases de Educación Física. Novio o proxeneta, ella tiene quince años. Tal vez su cuerpo aparente más, pero no ha cumplido dieciséis aún. Ya conoce burdeles, aunque no lo sabe. Ya conoce bares de camioneros y carreteras. Ya ha probado en sus labios el rancio sabor del fuego. Y la droga. Y la soledad. De todas formas, por aquello de que es rusa y de que tiene una sonrisa bonita, al menos no pasa las noches al raso, no espera en una esquina sin poder mirar hacia atrás: no mantiene relaciones sexuales con desconocidos.

Tiene que estar pasando mucho frío Sheila, allí detrás, vestida con unas mallas negras, con un vestido corto, con los labios muy pintados. No es siempre así. Es solo un caso, aislado, remoto. La mayoría de mis alumnas montan en bici y flirtean con alumnos de su edad. Pero no todas, y eso me duele. Precisamente porque las demás no lo hacen es por lo que Sheila me da tanta pena. Aunque todos los trabajos son duros, su situación es inhumana. De sobra sé que yo también me prostituyo cuando soy obligado a trabajar haciendo labores que no me corresponden, que no me apetece hacer, que me vejan, que atentan contra mi dignidad. De sobra sé que me prostituyo cuando me dejo insultar por dinero, cuando me amenazan con rajar mi coche y no protesto porque me pagan por ello; cuando no pego un portazo y salgo corriendo a otro lado, a otro lugar donde me traten mejor, donde mi trabajo importe de veras. Pero no es lo mismo. O eso me temo. De todas formas, si la sal derrite el hielo, tal vez ser estatua de sal ayude a Sheila a no congelarse en todas las noches de invierno que ella pasará en la calle.

Prof. Cuyami

martes, 27 de febrero de 2007

La rémora de ser andaluz

Les pregunté qué sabían de las demás provincias y respondieron: “en Sevilla, solo hay pijos y canis. En Cádiz son homosexuales. En Jaén y Almería, todos moros. Los de Huelva… ¿esos son los leperos, esos tan brutos? Todos los granaínos tienen mala leche y sin excepción en Córdoba están atontados por culpa del calor de su verano”.

Últimos de febrero. Mañana, cumple años Andalucía. Hoy escribo desde el Instituto. Más que nada porque estamos en plena “semana cultural andaluza” y me aburre tanta patraña. Estaba echándole un vistazo a la prensa y reflexionando sobre lo hermoso que es que se nos conceda el privilegio de tener una identidad propia, que nos permitan hablar de un modo especial y único y que no prohíban nuestra forma de decir “shoriso” como sí hicieron con las hamburguesas demasiado grandes y con las hamburguesas que tenían demasiado chorizo. Está claro: si a nuestros alumnos no se les concediera el derecho a hablar en andaluz, ¿qué sería de nosotros? Aunque se venda que nuestros chicos son políglotas, lo cierto es que muchos a duras penas logran expresarse en la modalidad materna, así que existen dos opciones: o hablan ahora andaluz, o callarán para siempre. Es su rémora: tienen la desgracia de nacer de serie con una forma de expresarse que no posee prestigio entre la gente culta, que se considera ruda en ciertos ámbitos, que suena cateta: el andaluz. Es decir que será de mis alumnos, de quienes se reirán cuando vayan a Madrid a pelear en desventaja por un puesto de trabajo. Es a ellos a quienes remedarán en las series de televisión: serán la “chacha” y el “gracioso del barrio”, pero jamás el ejecutivo ni el jefe. Por suerte y por desgracia, hay cosas que ni pueden ni deben cambiarse: como los presentadores de televisión no cecean, todos los que sí lo hacemos, hemos de sentirnos acomplejados, condenados a un modo vulgar de relacionarnos con el mundo.

No ayuda nada. Entre que mis alumnos no conocen muchas palabras y que siempre se ríen de ellos cuando salen del pueblo, lo cierto es que la inmensa mayoría ha llegado a concienciarse de que el andaluz es de por sí inferior, de que ellos también son inferiores a la mayoría de los norteños educados, que sí tienen la suerte innata de pronunciar todas las “eses”. Suerte o desgracia: el prestigio lingüístico está emparentado con el dinero. Desde tiempos inmemoriales la forma de hablar de la corte es la que todos los demás tratan de imitar. De hecho, cuando Sevilla era la capital de medio mundo, allá por los siglos de oro, se consideraban graciosas las formas ceceantes de nuestras doncellas. Un punto. A nuestro favor. Se perdió el dinero, (¡es nuestro sino!) y sin él llegó la desgracia de sentirnos de forma connatural y profunda una raza en desventaja: somos pobres y se burlan de nosotros. Y eso le duele a la Andalucía que en su cumpleaños esta semana volverá a padecer en silencio los mismos problemas de siempre: unos reinventan las estructuras feudales acaparando tierras y otros maduran en unas escuelas podridas que hasta caen del árbol, siendo abono sobre el campo, regándolo después con sudores propios.

Yo me siento orgulloso de ser andaluz, pero mis alumnos, no solo piensan que la bandera blanca y verde ondea en el mástil en honor al Betis, sino que ni siquiera se saben muchos los nombres de las ocho provincias, ni siquiera sabrían explicarme una sola cosa no ofensiva acontecida en las provincias de la otra punta: a duras penas saben si Cádiz está arriba o debajo de Sevilla, y poco les importa. Algo tiene mal arreglo, a pesar de que las paredes del Centro son verdes y blancas. En eso se nota. En eso y en la semana que pasamos corriendo tras ellos y organizando actividades que por algún motivo que desconozco ya no les ilusionan. Están dormidos, se sienten catetos y no tienen ni la menor intención de reivindicar que la tierra que sus papás y mamás labran es suya. Se conforman con existir, mientras nosotros los aguantamos a ellos, mientras cuatro o cinco acaparan la inmensa mayoría de las subvenciones y tributos. Pero claro, afortunadamente, como aún hoy en día siguen existiendo el fútbol y el vino, sabremos soportar todo esto... al menos hasta que nos los prohíban también.

Prof. Cuyami

martes, 20 de febrero de 2007

Prototipo de profesor caradura

Gustavo Zascandil lee en voz muy baja y acostumbra a llevar corbatas de cuadros que combina a la perfección con sus camisas y gemelos. Cuando lo conocí, sacaba brillo a sus zapatos y repasaba en público un prospecto de medicamento en lo que a la postre resultó ser una auténtica declaración de principios. Alto, recio, con porte solemne y la mirada adusta. En todas las acepciones y en la inmensa afinidad de las permutas nos encontramos ante un soberano caradura. Por las tardes se enfunda el traje, el anagrama de la empresa y dedica sus horas de viabilidad profusa a lo que realmente le provoca ganas de vivir: sus empresas. Sus clases son una farsa, son sin mucho dramatismo un sobresueldo que le obliga a permanecer las horas muertas (las mata él mismo) en un edificio que no le despierta ningún interés, junto a unos chicos por los que no siente ninguna conmiseración ni simpatía.

A veces peco de corporativista en mis columnas. Normal: cuando los alumnos tienden a planear tu propia muerte en cada cambio de clase, llegas a buscar amigos en todos los escalafones siniestros de la estratosfera. No obstante, hoy sí pongo a las claras las clases de algunos: hay docentes que son un verdadero desastre, a los que les importa todo un clip y que hacen todo lo posible por no hacer todo lo posible. Les hablo de un hombre hecho y derecho que dedica sus clases a hablar por el móvil, que se duerme en sentido casi literal, cuyos alumnos han de despertarlo sintiendo vergüenza ajena (hacer que los alumnos sientan vergüenza es todo un logro, pero el método no parece el más correcto). Les hablo de un hombre que no pone exámenes para no tener que corregir, que jamás saca su maletín del Instituto porque eso invocaría una ligera posibilidad de prepararse alguna clase en su casa y en su vida. Les hablo de un profesor cuyo departamento es su fortín: allí trama de todo, y nada bueno. Allí posee un talonario inagotable que un amigo suyo, que pertenece a Sanitas, le va poco a poco suministrando. A pesar de su porte distinguido, a pesar de que es capaz de compatibilizar dos trabajos estresantes, él es el hombre más enfermo de entre los que sobreviven sobre la faz de la tierra: posee catorce tipos distintos de afonías, cuatro achaques de cuatro periodos de edad distintos, y todas esas afecciones las va reproduciendo en orden simétrico en cada curso. De vez en cuando, viene, pero trabajar, no trabaja nunca. Se rumorea que por su departamento han pasado amigos y amantes, pero ningún alumno. En sus guardias guarda cama. Las celebra con un reparador sueñecito sobre uno de los puf que ha instalado junto a una mesa grande donde supuestamente serían las reuniones de su departamento si no fuera porque él es el jefe y porque jamás las convoca.

Los alumnos se quejan de él y de vez en cuando alguien lo abronca, con nefasto resultado: un par de carcajadas de su parte. Él responde absorto que no lo estresen, que el universo es inagotable y que por tanto no tiene sentido hacerlo todo en un solo curso. Lo que sus alumnos no aprendan, ya lo aprenderán en otro momento. “Vive y deja vivir”, parafraseando de vez en cuando al jabalí feo del Rey León, cuando solo pide que no le exijan actos tan tediosos como poner notas, recibir padres o dar clases. Los alumnos no quieren recibir clases y él no quiere darlas: ¿para qué ser un incordio si es más fácil buscar el bien común y dedicar las horas primariamente matutinas a repasar en su PDA los balances de su empresa? Un congreso, una otitis. Un inventario urgente de final de curso, una desagradable virasis vírica extremadamente virulenta. Su filosofía es que “al enemigo no se le dé ni agua. Si les enseñamos cosas, se harán más fuertes. Si logran ser más fuertes, nos harán más daño en sus ataques. ¿Os imagináis lo peligrosos que serían nuestros alumnos si yo les enseñara realmente química? ¡Con lo agresivos que son, podrían explosionar el Instituto!” Además, él se siente un ídolo, un turco con cabeza y no una cabeza de turco: cada vez que hacemos algo mal, nos basta decir que lo hemos hecho “a lo Zascandil” (comparados con él, todos somos buenos trabajadores).

De vez en cuando algún padre se nos queja y nosotros encima tenemos que fingir lo suficientemente bien nuestra sorpresa como para que lleguen a creérselo: “¿de veras le ha dicho eso su hijo? Gustavo Zascandil es un gran profesional. Le pertenecen a él la mitad de las empresas de congelados de Huelva. Es un gran químico y su hijo tiene mucha suerte de tenerlo a él dándole clases”. Lo dicho: no solo nos estafa sino que además lo defendemos. ¿Será porque muy en el fondo todos sentimos ganas de comportarnos como él, pero a todos nos falta el valor necesario?

Prof. Cuyami

martes, 13 de febrero de 2007

El ángel exterminador

De tan obvio que es, me hace gracia. Rojo, por la sangre (supongo) y poblado de corazones, metonimia ruda y cruda de amor: un ángel que lejos de ser exterminador porta flechas que amenazan con ajar con sus dentelladas las diásporas más cívicas. Todo ello preside un buzón de cartón: solemne, indulgente, que explicita que mañana es San Valentín y que su cartero anda cerca. De entre todas sus virtudes, nuestros chicos han tomado un buen puñado de hojas perfumadas, rotuladores de color y algún que otro mechero para simular pergaminos. Hasta él peregrinan todos: arrojan sus misivas y mañana las esperarán en clase con dulzura. Algunas, de broma. Otras, gritos vetustos que de tan atemporales se muestran de rabiosa actualidad. Y yo, mientras tanto, con la certeza de que no recibiré ninguna tarjeta porque he descuidado mi físico con los años, me dedico a observar cómo febrero se derrite en un millón de detalles tiernos.

Alguien me ha dicho que los vio en el Albayzin paseando tomados de la mano. Los alumnos son muy crueles y adoran los cotilleos más que los guionistas de ciertos programas de televisión de las cuatro de la tarde. No obstante, eso es algo habitual: cuando te destinan a un pueblo recóndito de nuestra Andalucía más profunda, terminas por convertir en tu vida a todos aquellos que más cerca tienes, a las mujeres que recorren los pasillos contigo, a tantísimos kilómetros de casa. Por todo eso, no es raro que Adán y Eva estén tan próximos en los claustros, que palíen juntos sus faltas de afecto, que hayan hecho todo lo posible para coincidir en las guardias de recreo o que no les importara nada acudir juntos a la excursión de Granada. Por si acaso, como buen periodista de la intimidad que soy, yo permanezco pendiente al buzón de las cartas, con la remota esperanza de ver cómo alguno de ellos arroja algún mensaje para el otro. No obstante, aunque yazgo enfoscado, ellos no se acercan, sabedores de que no soy el único que vigila.

Tal vez ahora permanezcan en algún departamento, trazando el uno corazones sobre el otro. ¡Qué sé yo! Tal vez todo sea falso; tal vez hayan conseguido soportar la desidia de las tardes de un pueblo que no se aprecia, que poco tiene que aportarles. O no. Adán se aburría: a su lado, una chica inteligente, que pertenece a un estadio cultural semejante, muchas horas juntos y la tensión del día a día. Luego llegó el primer cruce tras las aulas, las primeras miradas junto a la bandeja donde se colocan los partes disciplinarios. Más tardes, un café, rodeados de niños que no dejaban de gritar en el recreo. Mientras tanto, ella fue reparando en que tras sus ojos negros, había seguro un hombre valiente, que entendía sus dolores de garganta, que también comía con tiza en las manos, que compartía con ella el mítico “cuarto b”.

En mi hipótesis, el uno empezó a poner a la otra de ejemplo en sus oraciones de sintaxis y la otra recogió el guante y utilizó sus explicaciones de inglés para insultarlo a él, mandándole con ellos recados que los alumnos siempre le daban: “Adán, Eva ha dicho de ti que eres un [término inglés de turno]”. Y así todo fue creciendo: fuera del aula jamás hablarían de todo eso, aunque poco a poco las oraciones de sintaxis y los textos en inglés sí fueran detonando una guerra escalar, ascendente, de índole ardorosa. De este modo, y como los adolescentes gustan en deleitarse con espectáculos ricos en romance, los eligieron precisamente a ellos dos para visitar Granada. Poco antes de San Valentín, recién llegado el año, sucedió: con nieve a los pies del Darro, en una noche en Íllora, donde el Rey moro perdió su honra.

La guerra une. Los profesores somos gladiadores y nuestras miradas se cruzan siempre en la niebla. Mientras el guía recuerda cómo Abderramán arrojó la toalla, Eva lanza su mano-manzana. Entonces, tal vez Adán peque o tal vez llore. Si llora, lo hará porque San Valentín llega, porque está muy lejos de casa, porque no ha sabido defender su ciudad como un hombre o, tal vez, simplemente, porque comienza a enamorarse.

Prof. Cuyami

martes, 6 de febrero de 2007

La violencia en todo

Estimado Maestro:

Lo bueno de escribir para un periódico grande es que puedo tener la certeza de que esta carta va a llegar hasta usted. Si por casualidad no la lee de primera mano, estoy seguro de que alguien de su Colegio la fotocopiará para dársela. Por tanto, y como sé que va a leerla, me tomo la infinita libertad de hablarle con franqueza, presuponiendo su presencia al otro lado del folio. Al fin y al cabo, si usted no estuviera, estas líneas se vendrían abajo como castillos de naipes en una tarde de levante. Imagino su rostro surcado y zurcido de golpes, por las patadas. Imagino sus ojos hinchados, sus manos temblorosas al recordar todo lo que pasó, la órbita exacta de cada golpe… y no puedo evitar confinar un indómito suspiro para usted, porque lo he sentido, porque lo siento mío: cada golpe y cada grito; porque estamos heridos de muerte y, pese a todo, nos lo tomamos siempre a broma, siempre y cuando no nos llegue a nosotros la pedrada. Somos cobardes porque las vacaciones son amplias y el sueldo está bien: logramos que se nos olvide lo mucho que todo se ha complicado, el pavor que padecemos en los centros de trabajo, las amenazas de algunos padres...

Miramos a otro lado porque si lo pensásemos a diario, no entraríamos en las aulas. Antaño la educación era otra cosa: los alumnos peleaban por un futuro y los maestros y profesores éramos vistos como la llave hacia una vida más próspera, hacia una oportunidad de obtener formación, información, respeto y dignidad. Éramos dignos porque llevábamos la dignidad a las personas. Éramos dignos (“como le faltes el respeto al maestro, te pego un bofetón”) porque la sociedad estaba creciendo, porque todo el mundo era un poco más humilde, porque la gente conservaba la memoria intacta: sin los profesores, ¿qué seríamos? Sin los maestros, ¿a dónde llegaríamos? Todo lo que poseemos se lo debemos a la formación y eso era lo que nos legitimaba para mantener la disciplina, a reprender con cariño, a salvaguardar el orden para poder enseñar otras cosas al menos tan importantes como la razón áurea de todo nuestro sistema: el respeto a las personas.

Pero un buen día todo eso cesó. Los agentes de formación social hemos dejado de tener el respeto y el aprecio de la gente. Ahora nos oponemos al bienestar porque tratamos de exigir algo, porque no está de moda promover que los demás se esfuercen, aunque en realidad estemos buscando con ello su bien. El resultado eres tú: Jerez cuando la visité me pareció una ciudad tranquila, sin grandes conflictos. Da igual: el virus está latente, circula por las venas de todo el sistema y en cualquier momento y lugar se hace presente, se asoma y nos asombra. Está en todo: en los alumnos que ya no quieren estudiar y a los que se obliga a calentar el asiento, en los padres que han olvidado cómo llegaron hasta donde hoy están; la violencia se encuentra en las aulas entre los compañeros que se insultan, en las razzias sangrientas que realizan los vendedores de coca para captar nuevos adictos y adeptos. La violencia está en todo: en los inmigrantes que intimidan a los locales, en los oriundos que no reciben bien a los que llegan, en los directores que acorralan a los nuevos profesores… En todo.

Inicialmente pensé en escribir un manifiesto en esta columna. “En contra de la violencia, en pro de una mayor seguridad para los docentes”. Sin embargo, lo he desechado porque cuando se firma un manifiesto de facto o de iure se espera un cambio y, sin embargo, yo albergo muy pocas esperanzas, por no decir ninguna, de que las cosas mejoren. No puedo firmar un manifiesto porque estoy seguro de que todo permanecerá igual porque somos unos cobardes, porque nos conformamos con todas las bofetadas que nos pegan. Salimos a las puertas de los centros, guardamos un minuto de silencio o nos tomamos una jornada de vacaciones, para dejar en pocas horas en la cuneta a nuestros compañeros caídos, pobres muñecos rotos, prosiguiendo todos con la cabeza gacha con los mismos yugos de siempre. No vamos a plantarnos: si lo hiciéramos, tal vez las cosas cambiarían… pero la falta de valor no se subsana tan fácilmente: hemos perdido la dignidad, hemos aceptado como gaje algo que es un atentado contra la base de nuestra sociedad. Lo asumimos, nos rendimos y, por todo ello, esta carta no puede ser un manifiesto, no puede ser el refrendo de nuestra lucha, porque no existe lucha alguna. Por todo ello, pues es lo único que puedo hacer, al menos sí le ofrezco todas mis fuerzas, le tiendo mi mano y le deseo de corazón que encuentre el coraje necesario para seguir educando, para regresar pronto y con la cabeza bien alta.

Prof. Cuyami

martes, 30 de enero de 2007

Viajes gratis. Razón aquí

Tengan en cuenta que lo sé. De hecho, llego incluso a sentirme culpable. Estará usted plácidamente en su casa, tomando un café y unas magdalenas. Tal vez haga acopio de las fuerzas que necesita para ir a trabajar dignamente, sabedor de que un porcentaje importante de su sueldo de enero se le irá en pagar servicios sociales. Por todo ello, me produce cierta dosis de lástima darle el desayuno, destruir su paz, incordiar su conciencia. No obstante, si usted es de aquellos que piensan que unos ojos yertos imposibilitan a los sentimientos llegar hasta el corazón, no siga leyendo: vivirá mejor sin esta columna, sin llegar a saber a dónde van a parar los impuestos que paga. Yo le aviso, luego no se me queje. En cierto modo, le debo la posibilidad de enterarse, pero lo que haga con la información que ya está en sus manos, es asunto exclusivamente suyo.

Lo llaman Proyecto Comenius. El tal checo fue un hombre preocupado por la enseñanza de idiomas. Un pedagogo que se hizo famoso por una obra llamada “puerta abierta a las lenguas”, que era cosmopolita y que viajó mucho. Pregunta de Trivial: ¿sabe alguien si Jan Amos pagaba sus viajes? Más que nada porque aquellos que ahora lo emulan tienen como finalidad inmediata viajar de gorra. De hecho, con una preciosa gorra que pone en letras grandes y amarillas “proyecto Comenius”, salieron hacia el aeropuerto de Málaga dos profesores de mi Centro que, gracias a sus fantásticos contactos, han podido conocer gratis la República Checa, para peregrinar hasta la tumba del valedor del dichoso programa, para comprobar a lo Alfredo Landa, que hay vida más allá de los Pirineos. Han ganado una semana de vacaciones y, en el menos malo de los casos, usted les está pagando el sueldo.

Existen dos modalidades para tal periplo. La primera, y mucho menos lucida y lúcida, exige que los profesores galardonados se lleven a un grupo reducido de alumnos con ellos. La segunda, que es la que he constatado, ¡es solo para profesores! Ellos van, ven aquello y después nos lo cuentan. Vacaciones pagadas. Rendimiento, cero. Sin alumnos, sin nada que hacer allí: una semana de turismo y una preciosa visita al Instituto con el que nos hemos hermanado. Poco me importa ya que los fondos sean de Europa, de la Junta o de quién sean: son funcionarios, que aprovechan su posición para irse gratis de vacaciones, en proyectos que nullo modo repercuten sobre el resto del alumnado. No traen ideas nuevas, no aprehenden nada, salvo unas postales o un cuadro del pintor local. Desconozco si practican o no el inglés allí, pero sí presupongo que si nuestros profesores andaluces necesitan entrenamiento oral, mejor harían apuntándose a una academia. No hay finalidad, no sirve de nada, pero todo es muy lógico. Estamos hermanados con varios institutos de distintos países de Europa, ¿qué clase de hermanos seríamos si no visitásemos de vez en cuando a nuestros propios hermanos? La gente de Andalucía es buena gente, así que las visitas son necesarias. Hay que ir a verlos y cuantas más veces se vaya, mejor. Lógico.

Vendrán a visitarnos ellos también a nosotros. Vendrán expedicionarios allende las tierras del río Morava a visitarnos a nosotros. ¡A aprender de nosotros! [Espero por su bien que no se les pegue nada, salvo el sol de la costa]. Vienen también, de vacaciones, a pasear por la calle Larios y a comer pescaíto frito en nuestras ferias. Y a hablar inglés porque, al fin y al cabo, y paradójicamente, el proyecto se desarrolla exclusivamente en inglés: Comenius buscaba la defensa de todas las lenguas y su proyecto atrae a checos que nos hablarán en inglés en España. ¡Lógico! ¡Todo encaja! Además, si nuestros míster Marshall no vienen a vernos con alumnos, serán bien recibidos y prometo organizar otra peregrinación guiada, en mi horario de trabajo (recuérdelo: me paga usted), hasta la tumba de algún benefactor del turismo docente. Seguramente, los invitaremos a comer, los llevaremos de excursión, les proporcionaremos alojamiento pagado por… ¿se lo imaginan?

¡Ey! ¡Se me olvidaba! Aún está a tiempo: puede dejar de leer esto o puede simplemente presuponer que esta experiencia telúrica se está llevando a cabo única y exclusivamente con fondos europeos, que a usted no le costará nada. Realmente, prometo que no conozco ese dato (yo sí me creo lo de “ojos que no ven, corazón que no siente”), así que podrá creer lo que más feliz le haga y acertará. Sí le aseguro que yo no gano nada, en ninguno de los dos casos: pedí que se llevaran a alguno de mis alumnos y que lo dejaran allí, pero no me han hecho caso.

Prof. Cuyami

lunes, 22 de enero de 2007

La marca machista

Córdoba. Cuatro de la tarde. No sé si era un bar o una peña. Pasaba media hora de partido cuando Juanito enganchó un cabezazo que dio la victoria a España. En ese instante, uno de los camareros tomó una cacerola y un perol y comenzó a dar golpes festivos congratulándose por la importancia del tanto. Paralelamente, yo me comía las uñas y dejaba la comida a la mitad porque tenía demasiado miedo. Pocos minutos después, aún con el Mundial en la retina, me senté en una incómoda silla de un salón de actos: fue entonces cuando la vi. Ella parecía mayor, pero vestía de manera informal. Su manera de mirarnos expresaba dos mensajes. El primero: me gusta ser mujer. El segundo: a ti ni se te ocurra verme como tal. Un bolso grande, un portafolios y una frase que cambió mi vida y que ahora voy a citar rectamente porque es digna de ser bordada en un cojín: “quiero daros la bienvenida a todos y a todas vosotros y vosotras a este proceso selectivo. De esta sala saldrán grandes profesoras y profesores… ¡mucha suerte a todos y a todas!”. Veredicto: culpable. La tipa era feminista y además tenía talante.
Ideología subyacente: se supone que nuestras estructuras lingüísticas determinan nuestra forma de ver el mundo. Se supone que el morfema –o se refiere latentemente y letalmente a animalitos varones mientras que la –a es propia de las muchachitas. ¡Pobres muchachas si en la presentación ella solo hubiera empleado la vocal o! ¡Maldita discriminación que ha perpetrado el español al fundir el neutro latino y el masculino en una única forma! ¡Qué malvadas son las vocales /u/ por provocar tales muestras de machismo con su apertura! Pues eso. Eso pensaba yo, para calmar mis nervios, para no amargarme porque en mi examen oral iba a tener que decirlo todo dos veces para que no me miraran raro, para que no sonara machista mi forma de explicar mi asignatura.
No lo comprendo. Se supone que la redacción del Estatuto de Autonomía ha de sustituir a la RAE como el modelo del español que ha de enseñarse en las aulas, pero sigo sin entender por qué. Pero sí. Eso ha dicho la Junta y yo me he resignado ya a ser en todos los informes “profesorado” y no “profesor”; me he resignado a incluir en mi vocabulario medio millón de vocablos genéricos de difícil ingesta (“limpieza” por “limpiadoras”, “adjuntía” por “adjuntos”), a tener que usar “jóvenes” en lugar de “alumnos” porque la –e es mucho más discreta y no le hace daño a nadie. Voy por el buen camino: ya siempre uso “estudiantes” en lugar de “vosotros” para complementar a mi recientemente adquirida costumbre de duplicarlo todo. Al fin y al cabo, gastar muchos litros de saliva paliará la sangre de las mujeres a las que golpean sus maridos, a las que el Gobierno no es capaz de salvar de las manos de esos malvados hablantes de una lengua tan machista. No. Siempre igual. Siempre lo mismo. Intentan llamar a las cosas de otro modo porque piensan que así se solucionan los problemas, pero no funciona el mundo de ese modo. Y encima, si le hacemos caso a la Junta y a la presidenta de mi tribunal de las oposiciones (a la que engañé vilmente porque fui capaz de decir “alumnos y alumnas” con aparente seriedad), es mucho más urgente que se usen esas patochadas que corregir la ortografía SMS que están adoptando nuestros chicos como uso habitual. Seguro que si en un examen nos escriben “paz xa tods y tdas”, habrá que ponerles un diez porque la afirmación y la forma denotan feminismo y progreso. ¡Las marcas señeras de nuestra Autonomía!
Somos punteros en “aulas de género”, en el uso del “lenguaje no sexista”, ¿cómo se entiende entonces que la inmensa mayoría de las madres de mis alumnos sean amas de casa? La explicación, un caso real: una alumna de bachillerato me confesó en una ocasión que su novio le pegaba aquellos fines de semana que a ella no le apetecía acostarse con él. Obviamente, me tocó hacer el rol de adulto responsable. De manual mi respuesta, de juzgado de guardia la suya: “no puedes consentir que te trate así, él no tiene derecho a…”, pero no sirvió de nada. Ella sí lo creía. Ella sí creía que él tenía derecho a hacer eso. Y así, muchas. Nuestros alumnos siguen enrocados en postulados que hacen pensar que la mujer seguirá discriminada mucho tiempo más, que seguirá habiendo agresiones, víctimas, sangre. Pero evidentemente la culpa de eso la tiene la lengua y, por tanto, gracias a los lingüistas y a las lingüistas de la Junta el tema va camino de solucionarse en breve… o tal vez, no.
Prof. Cuyami

martes, 16 de enero de 2007

Pingües pingüinos

Se lo achaco al principio de catarro que padezco, pero el hecho ya comienza a preocuparme. Llevo una semana entera teniendo sueños muy raros. En el primero de ellos, me encontraba en una clase de cuarto de ESO y mis alumnos me escuchaban embelesados mientras yo recitaba un fragmento de Juan Ramón Jiménez (eso solo pasa en los sueños). El texto decía de Platero que “es pequeño, peludo y suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón”. Pero entonces, todos a la vez, sin excepción, contestaron: “¡como el pingüino de Guadalinex!” El segundo sueño era bastante más explícito. En él yo era un dibujo animado, me encontraba “rompiendo el hielo”, y el mismo pingüino me perseguía para impedírmelo. De todas formas, de todos ellos, el peor fue el tercero: estaba yo en el Parque Nicolás Salmerón, en Almería, montando en bici y escuchando música cuando vi en uno de sus estanques a Bill Gates echando trozos de pan a los patos. ¡Guadalinex lo había mandado al paro tras convertirse en el único sistema operativo de la Tierra!

Mi psicoanalista me ha suplicado que libere mi subconsciente hablando aquí por fin de este tema porque teme que esto me mande a la tumba. Dichoso el que no lo sepa todavía: la Junta de Andalucía ha iniciado una cruzada contra Windows porque es un símbolo del horripilante capitalismo yanqui. Por ello, ha fundado su propio sistema operativo y una graciosa mascota, un pingüino que todavía no tiene nombre. Cierto es que Linux tiene todo mi respeto por ser una alternativa digna a Windows, pero también es cierto que Guadalinex, que es como se llama el nuestro, no es sino una versión mal simplificada de Linux, una versión creada a toda prisa e implantada con calzador en todos los centros que desde hace un par de años poseen ordenadores en todas las aulas. Muy pronto la cruzada llegó hasta las bibliotecas, hasta los ordenadores de los centros sociales, prohibiéndose en toda institución pública el uso de Windows (espero que nadie dedique un día de su vida a investigar con qué funcionan los ordenadores de los directores de instituto andaluces, ¡se llevarán una gran sorpresa!). Se nos está vendiendo que es una maravilla el cambio porque nos ahorramos pagar la licencia de Windows al ser Gudalinex “software libre”, o sea, programa que cualquiera puede usar sin tener que pagar. ¿Es creíble? ¿Es creíble que haya seres humanos que están creando un sistema operativo nuevo, que lo implantan en miles y miles de ordenadores sin que nadie cobre un duro por ello? ¡Eso sí que es amor a la informática!

Me temo que el truco está en que los programas que todos los profesores sabemos usar (Office, de Microsoft) no funcionan con Guadalinex y que, por tanto, hay que crear otros nuevos. Los programadores ganan dinero con cursos infumables que nos podríamos ahorrar si los programas instalados fueran los de siempre. Además de eso, los ordenadores no son gratis: son los mismos los que nos instalan las máquinas que aquellos que programan los comandos y que dan los cursos. No es gratis, es una trampa: el dinero se lo llevan otros, pero se gasta cuanto menos el mismo. Sin concurso, sin oposiciones: sin demostrar a nadie que es útil realmente que nuestros alumnos trabajen con un sistema operativo diferente del que posee el resto del mundo, del que ellos necesitarán en su vida laboral. Llegarán a la oficina, a sus casas, y encontrarán Word, pero eso ya no puede enseñarse en la escuela, no puede instalarse (salvo en los ordenadores de los directivos, claro), porque el pingüino corporativo andaluz es mucho más simpático y, si hablara, que seguro que pronto lo hará, sesearía y aspiraría las jotas. ¡Pobres de los alumnos andaluces que quieran trabajar en el extranjero!

Muchos programas que usan los ciegos no valen con Guadalinex. Muchas aplicaciones creadas para sordos no valen con Guadalinex. Las presentaciones que los profesores poseemos para dar las clases no se abren bien con Guadalinex. Nada. Nada funciona bien, salvo los ordenadores de la sala de profesores... que sí tienen Windows. Pero nos tenemos que creer que es más barato reinventar toda la informática desde abajo, desde la prehistoria, desde sus cimientos, que pagar una dichosa licencia que no saldría tan cara si se pactara un precio de conjunto. De todas formas, lo que más me preocupa de todo esto es que el tema está revestido de un aura siniestramente cateta. ¿Cuándo podré comprar en el supermercado la Chaves-cola?

Prof. Cuyami

jueves, 11 de enero de 2007

Estocolmo, capital de Andalucía

Estocolmo es la ciudad más grande de Suecia y también su capital. Leo también en el cuarto tomo de mi enciclopedia que es administrativamente el eje de la provincia homónima. Hasta ahora, todos los datos los conocía. Me sorprende algo más que su población urbana es de setecientos y pico mil habitantes, casi igual que la de Sevilla. Además de eso, su casco urbano alcanza el millón de habitantes si le sumamos aquellas personas que viven en pueblos limítrofes… O sea, que aunque no he estado nunca en Estocolmo, puedo imaginármelo si pienso que es como Sevilla, pero en tonos amarillos y azules. ¡Para eso no necesitaba una enciclopedia!

Llego a la siguiente entrada y por fin encuentro lo que ansiaba aprehender. El “síndrome de Estocolmo” es un estado anímico según el cual la víctima de un secuestro, o persona detenida contra su voluntad, desarrolla una relación de complicidad con su secuestrador. Completa un viejo vademécum de mi padre, que era médico en la mili, que en ocasiones los que lo sufren acaban ayudando a sus captores a llevar a cabo sus fines. ¡Toma ya! ¡Diagnóstico acertado! ¿Que a qué vienen estas investigaciones tan torticeras? Hipocondría o perspicacia, lo cierto es que creo haberme contagiado. Mis compañeros del Instituto me hablaron de eso, pero yo no lo creía, yo no vi necesario utilizar protección en mis relaciones con mis alumnos. Lo aclaro: un porcentaje importante de los docentes andaluces lo sufren y no saben catalogarlo. O no se atreven a reconocerlo o no tienen una enciclopedia a mano. Cuando llegan las vacaciones, experimentamos un sentimiento anómalo primo hermano del “síndrome de Estocolmo”: los actos que hasta hace poco nos producían miedo, atormentaban nuestras noches y hacían que nuestras manos sudaran, ahora nos elevan una sonrisa hasta los labios. Imagínense qué cuadro (clínico): el otro día un viejo amigo me contó que sus pupilos quemaron durante la primera semana de curso la papelera, la segunda descolgaron el perchero, la tercera rompieron un cristal, la cuarta el picaporte de la puerta y culminando dicho ciclo temático, para cerrar el segundo mes, urdieron un plan maléfico para destruir el sistema de iluminación. Me asusta: se reía mientras lo contaba a pesar de que él podía haber sido el último juguete roto. Ahí acaba la paradoja y comienza la enfermedad: si esos sucesos acontecen contigo dentro del aula, temes por tu vida, piensas que tú serás lo siguiente. Pero cuando sales, cuando ves unos cuantos escaparates y haces un par de compras a la salud del presidente Chaves, vuelves a ser un ciudadano normal, se te va el miedo del cuerpo y te regresa a cambio y con él el primero de los síntomas: la sonrisa. Pero hay más. El segundo es contar como anécdotas los enfrentamientos. El tercero, la melancolía. Lo último, la añoranza.

Tengo ganas de volver a verlos. Llevo todas las vacaciones imaginando clases perfectas que pretendo dar. Al llevarlas a la práctica serán un desastre y mis ilusiones y buenos propósitos para año neonato se quebrarán cuando alguno se niegue a sacar el cuaderno, cuando a la quinta palabra que diga note ya cómo nadie me está escuchando, cuando se den cuenta de que al final de la segunda evaluación no vienen los Reyes Magos y que, por tanto, no existe ninguna motivación para comportarse bien. De todas formas, eso de que los Reyes traen carbón a los niños traviesos es mentira, así que el próximo curso ya habrán aprendido la lección y por tanto no se portarán bien ni siquiera en diciembre. Pero me alegro. Todos los míos han sido unos auténticos y despreciables [colóquese aquí un término psicopedagógico despectivo que sea políticamente correcto, si lo hay] y sin embargo nadie habrá recibido carbón. Pero me alegro. Me alegro mucho por ellos. Me alegro de que hayan recibido regalos y de que hayan pasado unos días felices con su familia a pesar de que no me han dejado desempeñar mi trabajo hasta ahora, a pesar de que me han insultado, de que han acabado con mi garganta un par de veces, a pesar del miedo que me han hecho pasar en ciertas clases. A pesar de todo eso, confío en que todo les haya ido bien durante las vacaciones. Porque se lo merecen. ¡Vaya por Dios! ¿Qué acabo de decir? ¿He dicho “porque se lo merecen”? Si he dicho eso, significa que ya padezco el Síndrome. Si es así, y con la prontitud con la que lo he inoculado, de aquí a junio temo desear adoptar a unos cuantos de mis “angelitos”. Si eso llega a pasarme, no lo duden, remátenme. Estarán haciéndome un favor…

domingo, 24 de diciembre de 2006

El espíritu de la Navidad

Si la Virgen María hubiera sido andaluza, de haber estado acudiendo a algún instituto de los nuestros, cuando quedó en cinta, estoy seguro de que la hubieran obligado a abortar. Hubiera pasado un par de semanas sin acudir al centro y después su tutor encontraría en su casillero una hoja de su madre (santa Ana), acreditando que la adolescente estuvo realmente en el hospital aquejada de apendicitis. Corolario: si la Virgen María hubiera abortado, jamás sería Navidad y en todas partes del mundo sería Zaragoza. Sí, ya saben, allí la han prohibido porque los fastos religiosos pueden herir la sensibilidad de todos los que no profesan la fe católica. No solo allí, también en nuestra tierra devienen estas pesquisas: escuché el otro día en la COPE que a un profesor de un pueblo de Málaga le han tirado a la basura sus figuras del Belén porque estos tinglados no son aptos para todos los públicos. Una confesión desde mis entrañas: he repudiado tanto esas películas en las que un duende malo secuestra el espíritu de la Navidad que al final me voy a tener que comer mis propias palabras cuando terminen por llegar a ser proféticas. Entre todos, vamos a lograr que el año menos pensado la Virgen aborte.
Una leyenda urbana reza que la bondad de los cursos es inversamente proporcional al número de tarjetas navideñas que sus alumnos son obligados a confeccionar en estas fechas. Si son malos, todos los profesores los atosigamos a todas horas con más y más dibujitos que colorear. Seamos francos: a estas alturas ya nada puede hacerse para motivar a estos chicos porque todos están más pendientes de la carta a Sus Majestades que de nuestras lecciones. Nuestros alumnos son prosaicos hasta el tuétano, pero cuando se trata de conquistar regalos, sí hacen acopio de fe, sí son capaces de pedir perdón y hasta de incoarnos permisos para acudir al baño. Las buenas notas implican regalos y eso los lleva a creer en los Reyes y a pedirnos un último milagro (navideño) en referencia a las notas que se les echan encima. Ese es el espíritu de la Navidad: el de la urgencia por mejorar las calificaciones a cualquier precio para conquistar regalos de precio alto. A continuación detallo a cuánto está el cambio de nota en mi pueblo: la ausencia de cates se paga con una moto. Creo que por un vehículo de esos de cuatro ruedas (los quads) se les está exigiendo un notable, así que espero que ninguno de nuestros alumnos saque sobresaliente en todas las materias porque, de ser así, no habrá espacio en toda la calle para aparcar las limusinas. La ambición de los padres merma con los años y al final a eso se reduce todo: la Navidad demuestra la descomposición de las familias, el materialismo que lo embarga todo. Dista un huevo (de Pascua) el conocimiento que nuestros alumnos poseen de nuestras tradiciones: ni nacimientos, ni árboles, ni historias. Solo regalos. ¿Saben cuántos ponen un Belén en su casa? ¿Y un árbol de Navidad? Empecemos más abajo: ¿se imaginan cuántas familias pasarán desunidas estas fiestas? ¿Se imaginan cuántas familias no son familias? Me consta que hay varios chicos de mi tutoría se comerán las uvas en casas diferentes de las de sus hermanos. Algo se muere; algo va mal.
Cuando la Directora me lo dijo, yo le noté cuarto y mitad de nostalgia en su mirada rubia. Ahí va la frase: “muchos solo aquí tendrán la oportunidad de vivir las fiestas. Muchos no saben lo que es un regalo, lo que es un Belén. Lo montamos aquí porque quizá esto sea lo más parecido en toda su vida que tengan a vivir en familia estos ritos”. Padres narcotraficantes, madres maltratadas, familias de inmigrantes que tendrán que trabajar, que no conocen nuestras costumbres, para los que el gorro de Papá Noel supone una marca de opresión y jamás un consuelo, ni un regalo, ni una caricia. Muchas familias están rotas y en estos días más que nunca se nota dicha descomposición social. Se ríen muchos alumnos cuando les preguntamos por sus abuelos, porque no los sienten una parte de sus vidas. ¿Familia? Duele saber que tal vez la única palmada que reciban muchos será nuestra, que la nuestra será la única felicitación sentida que alguno se lleve consigo a la discoteca de turno. Y no. Yo me resisto, aunque sé que es complicado. No me dejo vencer sin intentarlo. Me muero de ganas de decirle a todos que les deseo una Feliz Navidad, que confío en que tengan un buen año nuevo. No obstante, mis propias palabras tras ser dichas me recuerdan demasiado a un anuncio de cava, a palabras repletas de oquedad, que no sacian ni ensucian la sed, que no dicen nada. En sus miradas, en los rostros ausentes de sus padres al recoger las notas, descubriré tal vez que mis palabras resuenan huecas, romas, oxidadas de tanto opio y de tanto tópico, porque ya nadie cree en todo esto, porque ya casi nadie se alegra realmente de tener una familia si esta no es capaz de comprar regalos caros.

Prof. Cuyami

Sobre los profesores de Religión

Si Cervantes viviera, estoy seguro de que sería profesor de Historia. Siguiendo el mismo proceso deductivo, también creo que se dedicaría en sus clases única y exclusivamente a contar la batalla de Lepanto, una vez y otra. De todas formas, si Cervantes viviera, muchas otras cosas cambiarían: recuperaría la movilidad de su yerta mano con tratamientos láser y, si tuviera que escribir el Quijote otra vez, con su ordenador portátil en el departamento de su instituto, estoy seguro de que elegiría a un profesor de Religión para ilustrar con él los enfrentamientos que siempre surgen entre el idealismo y el pragmatismo.
Si don Quijote viviera, estoy seguro de que se parecería a Mónica, la profesora de Religión de mi Centro. Ella hace su trabajo a pesar de que los enemigos acechan en todos los despachos, planeando su aniquilación (pero son visiones suyas: no son gigantes, son molinos; no son demagogos, son políticos). Primero le prendieron fuego a sus departamentos (que ya no existen), luego comenzaron a despedirlos en junio para re-contratarlos en septiembre, ahorrándose así unas cuantas monedas y causándoles innumerables problemas, también la antigüedad de sus servicios deja de suponer un aumento de sueldo, tampoco son tratados del mismo modo por el resto de compañeros del claustro: reciben peores horarios, trabajan en ocasiones en más de un centro... La Religión no cuenta ya para la nota media y, de hecho, la alternativa no se evalúa, tampoco. La opción de los alumnos es escoger entre dos horas libres o dos horas dando clases. Entre hacer algo y no hacer nada, está clara la preferencia de nuestros pupilos. Así les va: Mónica tiene que explicar a sabiendas de que todos los chicos ansían perder la hora, ser “alternativos”: estar en el patio o estudiar para otras materias.
Si don Quijote viviera, seguro que se parecería a Mónica y estoy seguro también de que él sí sería capaz de ver personas en lugar de alumnos. Sin tapujos y sin melindres: a pesar de que sigue siendo elegida por muchísimos padres, los altos cargos ya han decidido eliminar la Asignatura. Probablemente la pondrán por las tardes, o a última hora, relegándola a una hora semanal. Después, cuando la mayoría de los quijotes se hayan quedado sin alumnos, sin horas y, por supuesto, también sin trabajo, asestarán el golpe de gracia (¿qué más da unas cuántas personas en el paro? ¿No dijo Cristo que no solo de pan vive el hombre?). Titularán los periódicos “progresistas”: “el final de dos mil años de mentiras” o “golpe de muerte al Antiguo Régimen” y muchos se lo creerán, pensarán realmente que la asignatura de Religión era un problema porque Mónica ponía a sus alumnos a rezar cantigas satánicas. No, no van por ahí sus clases: en la actualidad es más fácil que te echen del gremio por poner a un alumno a rezar que por pegarle un bofetón; así que ella simplemente intenta enseñarles un poco de humanidad, valores universales y algo de cultura para que no sean llamados catetos las pocas veces que les toque entrar en una iglesia para asistir a una boda o para enterrar a un familiar.
No prejubilan a los quijotes del aula, ni les aplican la reducción horaria por cumplir los cincuenta y cinco años. Les juntan grupos buenos con grupos malos, para tener que pagarles menos horas de clase, mientras los cargos directivos sí se agencian pequeñas facciones de “alternativa”, con las que hinchar sus horarios. Chollo al canto: los seis o siete que no van a ciertos grupos de Religión se quedan en el despacho de turno ayudando a ordenar alfabéticamente tacos de partes disciplinarios (mano de obra barata e infantil, como en la Revolución Industrial). Y, mientras tanto, a Mónica le toca poner la otra mejilla porque la Iglesia, que es quien los nombra, no los defiende, porque cada ley nueva los estruja un poquito más, para sacarles todo el jugo, porque han caducado y solo les resta ya que alguien abra la puerta de la nevera y que los arroje al cubo de la basura.
Y también mientras tanto, ajena a todo esto, Mónica habla de amor y no denuncia a nadie ni golpea la mesa con fuerza, porque ella sí cree en lo que explica. Y como no lo crea, chungo, porque ella es el único profesor al que se le exige coherencia: porque sin fe nadie sería capaz de soportar su infierno, porque un profesor de Lengua puede cometer faltas en la intimidad, pero el castigo para un quijote que peca, es mucho más severo. Mientras tanto, los alumnos se pegan, se escupen, consumen drogas y me amenazan a mí con reventarme las llantas del coche por haberles suspendido un examen. No: nuestros alumnos han de ser buenos por naturaleza y no necesitan esa patraña de la fe. Ya conocemos la receta: una dosis de “educación para la ciudadanía” y todas las conciencias estarán sanas. ¿La mía también? Espero olvidarme pronto de esa frase de Napoleón tan drástica por la que “por cada sacerdote que eliminemos, necesitaremos poner diez nuevos policías”.

Prof. Cuyami

Amor adolescente

No recuerdo cuándo perdí la capacidad para mirar así. Gracias a hacerme mayor he obtenido un buen puñado de mis sueños: ahora soy profesor, escribo en un periódico y de vez en cuando me da por sentirme orgulloso de poder conducir, de que nadie me mire raro si voy al cine a ver una película no apta para menores, de que me traten de usted en los bancos cuando se enteran de que soy funcionario… Pese a todo, otras veces siento que al crecer no todo vale la pena: los veo mirarse así y me da por preguntarme cómo se hacía, cómo es posible poner tanta cara de idiota, tan solo por sentirte y sentarte cerca de otra persona. Verdaderamente, ellos cuando se dicen eso de “te quiero más de lo que he querido a nadie”, lo echan todo afuera, sin comparaciones y sin historias pretéritas. Supongo que ellos aman con todas sus ganas porque todo lo viven por vez primera, porque no se han desgastado aún y por tanto tienen intactas todas sus fuerzas.
Una de las cosas que más me gusta de trabajar en un instituto es poder ver a dos alumnos que verdaderamente se aman. Tal vez me llamen esta semana pederasta en los foros de Internet de padres, pero no me importa en absoluto: aunque no se les dé nada bien estudiar, aunque cometan doscientas faltas de ortografía en cada notita, cuando confisco alguna carta de amor, de esas que se intercalan en clase, recuerdo que el ser humano es bueno por naturaleza, recobro la fe en el mundo y se me renueva la pasión necesaria para afirmar que todo el mundo tiene algo bueno dentro y que este algo siempre se manifiesta en nuestra mirada cuando nos enamoramos.
Conozco a “grandes estudiantes” que han suspendido todas las asignaturas de un trimestre por haberse enamorado. Un alumno me lo dijo el otro día de la forma más clara posible: “maestro, no soy capaz de concentrarme porque me he enamorado” y juro solemnemente sobre la tumba de Romeo y Julieta que en ese instante no supe si darle un bofetón o un abrazo. Es cierto: todos viven en el centro sus primeros amores y casi siempre la chica del asiento de su lado es la enamorada para ellos y el macarra mayor del pasillo de enfrente el amante de ellas. Cierto es que ellas los prefieren mayores, que muchas suspiran frente a algunos profesores o pensando en alumnos de cursos superiores y que ellos tienen una mentalidad más aniñada, que los hace, en general, desechar a las alumnas de otros cursos. Sin embargo, a pesar de que los relojes biológicos sean tan distintos y de que eso complique tanto que surjan parejas dentro de una misma clase, cuando eso sucede, admito que el universo entero se resetea y que todos empatizamos con el rocío, con las azucenas, con las horquillas del pelo o con las puestas de sol. En suma, el amor se contagia y todos revivimos en ellos esa etapa de nuestras vidas en que fuimos capaces de amar sin miedo.
Tal vez enamorarse sea lo peor que puede hacer un alumno que pretende sacar adelante el curso y también es probable que el amor sea una de las mayores causas de suspenso que existen, pero no siempre acarrea efectos tan nocivos. También he visto el caso contrario: vi a chicas preparar con toda su rabia un examen porque les gustaba el profesor y también supe de alumnos que repasaron francés hasta las tres de la mañana con tal de estar con la chica de sus sueños, tras haberles confesado su inutilidad de forma manifiestamente exagerada. El amor los hace fracasar, pero también es en ocasiones el motor último para algunas reacciones agónicas al final de un curso: “si apruebas todas las asignaturas mi padre dice que podrás venirte con nosotros en vacaciones”. “Fiat lux”: ellas lo dicen, y se obra el milagro.
Existen otro tipo de notitas, aquellas que hablan de sexo y que no transmiten ningún tipo de sentimiento alguno más allá de los ardores corporales. Esas misivas no me interesan, pero tampoco me escandalizan, pues son habituales. No me escandaliza que un alumno confiese en una hoja de papel lo que desea experimentar con la vecina de pasillo. No me escandaliza, pero tampoco me interesa. A esas edades todos tienen esos instintos, aunque sean pocos los que lo llevan al papel. Lejos de parecerme soeces, los que escriben esas ofertas al menos evidencian ser sinceros y no tanto impúdicos (pues impúdicos lo son casi todos; al menos los que lo escriben demuestran ser valientes). De todas formas, descarto en esta reflexión ese tipo de cartas, las subidas de tono, porque estoy hablando de amor y los adolescentes que se enamoran no hablan de sexo. Al fin y al cabo, no nos engañemos, a pesar de que supuestamente el romanticismo no esté de moda, la adolescencia sigue siendo de por sí, aún ahora, una etapa de la vida manifiestamente cursi.

Prof. Cuyami

Reuniones con padres

Me santiguaría de no ser porque la enseñanza pública ha de ser laica y “sobre todo” muy discreta. En secreto un funcionario puede adorar al dios de las gominolas, ser espía ruso o escribir para EL MUNDO con tal de que no se note. En esas estoy, de camino a mi clase y apuntalando mis sendas con discreción, porque hoy he citado a un buen puñado de padres para la primera reunión del curso y, aunque no tengo ni la más remota idea de si vendrán o no, se supone que yo soy el profesional de esto y que por tanto no debo llegar tarde a pesar de la lluvia. Llueve y eso significa que muchos no vendrán. Cualquier pretexto es válido para separar a ciertos individuos del sino de sus hijos. Pese a todo, nuestro sínodo sí ha de continuar con padres o sin ellos ¿De qué se habla en una reunión de padres? ¿Para qué me he tomado la molestia de quedarme sin siesta? Para que sirva de guía para los individuos primerizos en estas lidias, me he tomado la intensa libertad de confeccionar un subjetivo decálogo que no pretende ser exhaustivo, pero al menos sí sincero, con diez axiomas básicos que reflejan lo que sucede en una reunión de padres. Espero que disculpen mi falta de decoro.
UNO: a las reuniones de padres siempre vienen los padres de los alumnos modélicos. Por el contrario, los padres de los chicos conflictivos supuran sus dudas en entrevistas privadas, porque les da vergüenza que el resto de padres del pueblo se entere de sus miserias. DOS: el objetivo es siempre que los padres se involucren y que, por ende, procedan a imponer más disciplina sobre sus hijos. Desgraciadamente, como los padres de los alumnos que necesitan reproches no vienen, al final las reprimendas caen en saco roto (el mismo saco en el que previamente los alumnos han “dado por”). TRES: los tutores siempre nos esforzamos por no pillarnos los dedos y por eso las afirmaciones se mitigan todas con un preciado “algunos alumnos”. Desafortunadamente, los padres siempre sienten que sus niños del alma están exentos de dicho cómputo: nadie se da por aludido casi nunca de nada. CUATRO: en todos los centros las limpiadoras hacen horas extra antes de dichas sesiones. Ofrezco un experimento: ¿qué pasaría si los padres vieran cómo quedan las aulas después de una mañana entera con sus hijos dentro? Seguro que más de uno se llevaría unos cuantos azotes… y no lo digo ni por las limpiadoras ni por los profesores. CINCO: todo el mundo sabe que en el argot de los padres la expresión “nos iremos viendo a lo largo del curso” significa un adiós irreversible. El padre que verdaderamente piensa ir a verte te pregunta antes seis o siete veces qué huecos tienes en tu horario. Afortunadamente, los que tienen interés son los menos. Sí, he dicho “afortunadamente”, ¿pasa algo? Es que a esos al final llegas a tenerlos hasta en la sopa (al final descubren hasta los restaurantes que frecuentas) y eso supone un grave incordio. Afortunadamente, los padres del “nos iremos viendo” se disipan como lágrimas en la lluvia. SEIS: no sé por qué motivo las madres siempre se sientan delante y los padres tienden a apartarse un poco más. Hagan la prueba, compruébenlo: no solo es sistemático que las mujeres se sienten mucho más interesadas, por lo general, por la vida académica de sus hijos, sino que además la siguen más de cerca, en todos los sentidos. Las madres ganan de goleada: vienen en mayor número y se sientan más cerca. Nótese también que, en mi caso, la mayoría de los asistentes a la reunión son asistentas (en ambos juegos de la palabra, porque el nivel socioeconómico del pueblo es bastante bajo y muchas madres limpian casas). SIETE: por lo general, los padres que guardan silencio evidencian ser más inteligentes que los que hablan. Por alguna razón que desconozco, en las reuniones de padres está prohibido terminantemente hacer preguntas que no sean estúpidas. Cuando tenga un par de tardes libres, escribiré una enciclopedia con una selección de las más tontas: ¿podría notificarme todos los días cómo va mi hijo? [Respuesta: podría, pero necesito dormir siete horas al día] ¿Puede darme su número de móvil para preguntarle cómo va Valentín? [Respuesta: sí puedo, pero no quiero]. ¿Puede decirme si mi hijo va a aprobar el curso? [Respuesta: se lo diré si adivina usted antes el número del cuponazo del viernes]. ¿Sabe usted quién es el niño que le rompe el bote de zumo a Mi Lucerito? [Respuesta: se debe a una conspiración judeomasónica]. OCHO: en las reuniones con padres, se demuestra que todos los alumnos “podrían dar mucho más de sí mismos, pero que trabajan menos de lo que deberían”. Esa greguería es fantástica para dejar contentas a todas las madres. También vale si te preguntan por algún alumno al que no conoces bien. En efecto, está feo decirle a una madre que su hijo está alelado y por eso todos los tutores usamos la frase comodín. NUEVE: pues eso, que está feo decirle a una madre que su hijo está alelado y que por eso en las reuniones se transmite siempre la idea de que todo va a mejorar y de que lo hará gracias a la reunión que se está teniendo porque, y como dice la regla DIEZ de este decálogo, ningún tutor se atreve a reconocer en público que las reuniones colectivas con los padres ni arreglan nada, ni cambian algo.

Prof. Cuyami

El ascensor social

Ya me la imagino. Estaremos en la puerta del mercado y la señora tendrá un bolsón enorme. Enfurruñada, me dirigirá la palabra: “pensé que eras un buen chico, educado, que solo tratabas temas relacionados con la educación y que jamás te metías en política. Me has decepcionado, Cuyami. Yo te leía cada semana, pero ya voy a dejar de hacerlo porque tu columna de la semana pasada se pasó de la raya”. Confuso, amodorrado por el madrugón, y un tanto perplejo, la miraré y le pediré disculpas: “señora, creí que debía hacerlo. La política está presente en todo y también en la educación. Aquella columna la escribí porque lo consideraba importante, pero quiero que le quede claro que nada ni nadie me pidió que la escribiera. De hecho, yo siempre he pensado que las ideologías están denostadas, que en esta España de hoy se debe votar a alguien que nos ofrezca credibilidad, sean cuales sean las siglas de su partido. Se vota contra una gestión, pero no a una ideología… Eso creía yo, hasta que entré a dar clases en el instituto”.
Si se porta bien, si no me pega con el bolso, si acepta seguir comprando EL MUNDO y leyendo mis columnas, le explicaré el por qué de mi cambio de actitud. Le escuché una vez decir a un profesor que cuando comienzas a dar clases tu posicionamiento político necesariamente se recrudece hacia la derecha. Si eres anarquista, pasas al socialismo. Si eres socialista, te revistes de centro. Si previamente eras ya de centro acabas en planteamientos de derechas y si eras de derechas, acabas apuntándote a alguna banda de cabezas rapadas (no planteo el caso de qué pasaría si alguien de extrema derecha saca las oposiciones, porque ningún tribunal andaluz permitiría eso). Se echa tanto de menos la disciplina en el aula, es tan evidente el fracaso de los postulados de izquierdas, que es imposible no plantearse la verdadera raíz de la LOGSE, que es la madre del cordero y también la madre de la actual legislación. Se supone que el postulado base de su concepción es que cualquier persona debe tener derecho a la misma educación, que era necesario abrir el sistema a todo el mundo para posibilitar con ello la plena integración social. Por el contrario, la “estandarización” del alumnado ha repercutido en nuestros alumnos de forma negativa: se nos pide que los tratemos a todos por igual y esta paulatina igualación se realiza a costa del nivel académico. Como todos los alumnos han de entrar en el mismo saco y en la misma aula, se destruyen las capacidades de los alumnos más dotados. Dado que el sistema ha de ponerse al nivel del más tonto, los más listos no consiguen aprender lo que necesitan. Dicho de otro modo: la demagógica democratización del sistema socialista provoca un sistema en el que los alumnos de clases desfavorecidas no reciben la formación necesaria para “salir de pobres”. Los alumnos brillantes, se aburren en el sistema público porque el listón lo ponen los torpes, porque todos han de estar integrados.
Junto a mi instituto existe una parada donde toman su autobús escolar los niños de padres influyentes. Al no existir un centro privado en el pueblo, esos chicos van a la capital a realizar sus estudios. Allí veo cada mañana al hijo del alcalde (socialista, por supuesto), al hijo del concejal de urbanismo (socialista, cómo no) y cuando no los lleva el chofer, también a los vástagos del terrateniente autóctono (de raigambre socialista, por descontado). Estadística a vuelapluma: los hijos de socialistas adinerados van a centros privados, generalmente colegios católicos, y los hijos del pueblo van a un instituto público donde ni de lejos podemos conseguir que su nivel académico se aproxime al de los ricos. La conclusión es un poco fuerte, pero si no la aplico, reviento: darle a todos las mismas oportunidades tiene como resultado que las elites del pueblo seguirán ostentando ese rango unas cuantas generaciones más. No hay revolución social ni cambio posible: antes los hijos del campo si tenían fuerzas y ambición podían llegar lejos. Ahora, no. Las aulas públicas recogen a toda la morralla social, a todos los desechos y derechos del sistema y por este motivo los niveles se quedan más abajo del suelo, más próximos a los surcos que trazan la hoz y el martillo sobre los campos de papas y de papás. No podemos competir con los centros privados gracias a esta paulatina democratización y por tanto, “en los campos de mi Andalucía”, como dijera el villancico, los pastores seguirán siendo siempre los mismos y los caciques, también.

Prof. Cuyami

jueves, 16 de noviembre de 2006

La cicatriz de las venas

De camino al despacho, con las manos repletas de papeles, con un mechero que requisé en el bolsillo, con catorce cosas que hacer y mientras el móvil comienza a vibrarme en la chaqueta, me planteo seriamente qué hacer si “Verónica decide morir”. Ella es alta y tiene cierta propensión a llevar ropa ajustada. Matizo que su vestuario parece configurado en escala de grises, a pesar de lo cual sus labios siempre tienden a aportarle un colorido extraordinario a mis clases. Viene maquillada. Su cuello permanece atado a la tierra mediante un escapulario de la Virgen del Carmen y en sus muñecas lleva correas de cuero con pequeños pinchos. Sus ojos son azules y su cuerpo se ha desarrollado por completo: hecho, no me avergüenza reconocerlo, que aprovecha siempre para salirse con la suya. Siempre la mirada la tiene ausente, aunque ella sí esté presente. Una vez le descubrí en un cuaderno un dibujo de una geisha bosquejado a lápiz y en un control, buscando una chuleta, constate que era cierto. Tiene una cicatriz en la muñeca. No se ve, es casi imperceptible, pero estar está. Cuando yo era más joven trabajé en un correccional. Allí me explicaron que aquellas personas que desean suicidarse desangrándose han de rajar la vena con la cuchilla, pero de arriba a abajo y no en horizontal, para que no cicatrice. Ella lo hizo mal y gracias a eso ahora está en el instituto. La descubrieron en la bañera todavía con sangre en el cuerpo… porque no tuvo la precaución de buscar en google “instrucciones para cortarse las venas”.

Su madre vino a vernos. La matricularon tarde y mal. Su psiquiatra dice que no está preparada para contemplar conductas violentas. Si está expuesta a estos incidentes, su carácter puede darnos problemas. A mí me preocupa este dato porque en un instituto esos lances sí están asegurados. Según parece, su padre abusó de ella: la violó y desde la cárcel, amenaza con volver a buscarla. No tiene la culpa: si estás drogado, no eres responsable de tus actos. Otra excusa: no es de acá. Son inmigrantes y la madre de Verónica dio a luz cuando aún era una adolescente. No sabe leer y rellenó los papeles de acceso al centro con mi ayuda. Me pidió por favor que la cuidara, que escogiera para ella buenos chicos, que evitara que se metiera en líos. Verónica ya decidió morir en una ocasión y todos tememos que vuelva a intentarlo. Según parece, el tipo de líos en el que su madre teme que se meta es precisamente ese: la muerte. A veces, se retrasa en su llegada al aula. ¿La reprendes? ¿La felicitas? A mí me asusta ser duro con ella, pero soy consciente de que necesita disciplina. Los demás alumnos saben que la trato de otro modo. De hecho, uno me acusó de dejarla ir al servicio (a ella sí, a los demás no) porque “está buena”, pero yo prefiero que se crea que ese es el motivo antes de que conozcan la verdadera explicación.

Un compañero me contó el otro día que a él un alumno sí se le suicidó. Pasa todos los años, en todas las autonomías. El acoso escolar, las vejaciones a las que sus familiares los someten, el sentirse incomprendidos, algún desconocido al que conocieron por Internet… Después, somos nosotros los que salimos en el telediario. El titular de la prensa dirá: “una adolescente se suicida tras ser expulsada del instituto por salir al servicio sin permiso”. Yo sé que estoy a tiempo y me pregunto seriamente qué puedo hacer para evitarlo. Tal vez si hubiera menos peleas, si consiguiera que su padre se quedara en la cárcel unos cuantos años más, ¿si qué? Por desgracia, tengo muchos problemas y muchas cosas que hacer esta tarde. Además de eso, supongo que su padre será un tipo peligroso. Las cosas claras y el chocolate espeso: soy funcionario, y no un héroe. En ocasiones sufres un ataque de testosterona y te metes entre dos alumnos que se pegan. Eso tiene un pase, pero hablar con un exconvicto es muy diferente: no me pagan por jugarme la vida. En general, estos casos se dejan a un lado. El orientador del centro está de baja cada dos por tres, pero cuando hablo con él me dice que estos asuntos es mejor dejarlos en manos de la justicia. También suele decirme que llamará a Asuntos Sociales, que no es mala chica, aunque está un poco confundida por la edad. La edad. Estoy seguro de que esa es la verdadera causa: la edad. Si tuviera diez años más, no sería un problema para los demás alumnos del instituto. Solo tenemos que esperar a que crezca y el problema se habrá resuelto…

Una vez la llevé a mi despacho para hablar con ella y logré que me contara que cuando lo hizo, le dolía la cabeza. Tenía encima un enfado inconmensurable. El móvil de su mejor amiga comunicaba y perdió los nervios por culpa de la música que esta había puesto para “amenizar la espera” de aquellos que la llaman. En aquel momento, su madre estaba limpiando una casa y su padre acaba de hacer algo terrible con ella. Se sentía sucia y una última gota proverbial de llanto colmó su paciencia. ¡Vale ya de llenar el vaso de agua! ¡Probemos mejor a llenar la bañera de sangre!


Prof. Cuyami

Juego de perspectivas (inédita)

[Lo que Verónica ve] El dobladillo del pantalón está lleno de barro y la mochila la lleva colgada de un solo hombro. Afuera cae la lluvia sobre el pueblo y la melancolía lo embarga todo. El joven, de tan solo trece años, de mirada perdida y ausente, que trae aparejada una cuarta de agua en los zapatos, que ha caminado durante más de media hora para llegar a casa, esbozando una tierna sonrisa, se echa a llorar. “Mamá, me han echado del instituto… Un maestro, muy malo, dice que yo le pegué a un niño. ¡Pero no fue culpa mía! No quiero ir nunca más al instituto. Estoy cansado de que me tengan manía y de que me hagan llorar”.

[Lo que Ángel ve] Son las doce de la mañana y están en clase. El profesor habla de algo, pero a nadie le interesa de qué. Ángel recibe una nota que le llega desde el fondo de la clase. En dicho papel aparecen escritas no más de tres líneas y sin embargo sí es espacio suficiente como para dar cobijo a catorce faltas de ortografía. Ángel se enfada: lo escrito es un atentado contra su hombría y contra su reputación y por tanto decide actuar en consecuencia. Sintiéndose un héroe clásico, porque va a enfrentarse a su propio destino, porque se está forjando una personalidad con entereza, se levanta y pone en su sitio a Abel, el autor de la injuria. Lamentablemente, el profesor lo descubre cuando está llevando a cabo su gesta. ¿Bajar la cabeza?, ¿retroceder? ¡Non serviam! No baja la mirada porque si alguien te insulta, tienes que defenderte. ¡Así funcionan las cosas en el Instituto! ¡Esto ya no es el colegio!

[Lo que Abel ve] El profesor está desvariando. ¿A quién le interesa qué son las estaciones? ¿Primavera? ¿Verano? En el pueblo solo hay una estación y es la de autobuses. ¡Qué manera de perder el tiempo! Abel toma un papel y se acuerda de su amigo Ángel. Decide escribirle una nota para meterse con él, para matar el tiempo. La redacta y pide a una compañera que se la haga llegar a su amigo. Acto seguido, comienza a reírse pensando en lo que ha puesto. No obstante, y para su sorpresa, a Ángel parece no haberle hecho tanta gracia como a él porque se levanta de su mesa, se le acerca y le propina un puñetazo enorme en la barriga. De inmediato Abel suelta un grito motivado por el extremo dolor que siente a cuenta del golpe. El profesor acude.

[Lo que Miguel ve] El profesor se esfuerza, como cada mañana, por lograr que sus alumnos aprendan algo. Pone ejemplos muy originales y hasta se ha permitido el lujo de traer tizas de colores. Piensa que está inspirado, creativo, que esta clase “no se perderá como lágrimas en la lluvia”. De repente, y para su sorpresa, descubre que uno de sus alumnos, Ángel Cel, se levanta de su sitio. Él presupone que es para pedirle un bolígrafo a otro niño y por tanto no se alarma: “No querrá perderse ni un detalle de mi explicación, por eso va a pedir algo para seguir tomando nota”. Por el contrario, Ángel se acerca a Abel y comienza a pegarle. Lo ataca con saña, en mitad de la clase, agrediéndolo en reiteradas ocasiones. Miguel es la autoridad y por eso reprende al alumno. Inexplicablemente, el agresor se encara con él y no parece dispuesto a acatar su culpa. En vista de que se trata de una agresión grave y de que la televisión cada vez denuncia con más fuerza este tipo de casos, Miguel decide poner un parte grave al alumno y condenarlo con ello a una merecida expulsión.

[Hasta aquí llega la comedia, aquí comienza el drama] La madre de Ángel jamás aceptará que su bondadoso hijo ha atacado a un compañero. Miguel no reforzará su autoridad porque a su regreso, el alumno no solo no mejorará su conducta en sus clases, sino que además se esforzará por localizar su coche para propinarle un arañón a su carrocería: al fin y al cabo, vale la pena encararse con los profesores porque ha descubierto que en caso de expulsión, su madre siempre se pondrá de su parte (y las chicas los prefieren golfos). Ángel no hará los deberes mandados para su exilio porque se siente muy feliz por haber ganado cuatro días de vacaciones. Abel será acosado por el resto de compañeros porque por su culpa Ángel, que es un alumno muy querido, ha sido expulsado cuatro días. Mientras tanto, la directora del centro acusará a Miguel de no saber mantener la disciplina en sus clases. Al fin y al cabo, las expulsiones no benefician a nadie: los inspectores están más pendientes de aquellos centros que expulsan a muchos alumnos y eso se convierte en un problema serio si tenemos en cuenta que si al inspector le da por venir descubrirá que la directora no es licenciada, que no cumple el número obligatorio de horas de permanencia en el centro y que ni ella ni el jefe de estudios están presentes cada mañana cuando se inicia la jornada.


Prof. Cuyami

Yeray tiene los ojos rojos

Los ojos los tiene rojos y tu cabeza no se sostiene sin tus manos. Un momento, recapacitemos. Siendo la hora que es, lo más normal sería que estuviera más espabilado, que levantaras la mano con más fuerza, que no me dejaras en paz. Una de dos: o estás drogado o tienes sueño. Bueno, también puede ser que tengas sueño porque estás drogado. No. Tiene catorce años. ¿Porros? ¡Pero si está en primero! ¿Ya has empezado? ¿Tan joven? Estás mal sentado, tienes la mirada perdida y acabamos de volver del recreo. Tal vez te hagan daño las lentillas y el sueño se deba a que te quedaste hasta tarde viendo la tele. Pero dudo. Es cierto que muchos de vosotros no os acostáis antes de la una, pero me extraña que eso sea lo que te pasa: a primera hora, tal vez, pero no tras el recreo. ¿Sabes qué voy a hacer para salir de dudas? Creo que ahora te pediré que hables, que sigas leyendo en voz alta para comprobar así si reaccionas de forma violenta, si coordinas bien. ¿Sabes?, el otro día una madre de un compañero tuyo me dijo que había visto desde la calle a un alumno fumando un porro dentro del Instituto. ¿Y si tú estuvieras también en ese grupo? ¿Y si tú también los fumaras aquí? Se cumplirán mis pronósticos si me respondes violentamente, si no logras articular de forma normal, si te brillan los ojos más de la cuenta. ¡Ojalá que no! Ojalá me equivoque contigo, Yeray. ¡Ojalá sea un comienzo de gripe, aunque lo dudo! Conozco a tus padres y en el pueblo se rumorea que pasan droga. En la ficha de comienzo de curso tachaste la casilla de “trabajo del padre”, no respondiste, y varias veces te he visto en los recreos muy cerca de la valla. ¿Sabes?, por todo eso me temo lo peor.

Ahora que lo pienso, Yeray, siempre que la policía merodea el instituto, tú sales corriendo y te escondes lejos del patio. En todos los recreos gente ajena al centro se coloca al otro lado de la tapia y habla con vosotros. Son chicos de vuestra edad, que aparcan sus motos, que os mandan llamar por vuestros nombres. Ellos no estudian y se dice que es allí donde os la venden. En una ocasión, haciendo un mural de tutoría, os pedí que hicierais alguno en contra de las drogas y tú ofreciste de tu propio bolsillo papel de liar para pegarlo sobre la cartulina. Para ponerte a prueba, Yeray, te pedí que montaras un porro de pega para que el mural quedara bonito y tú no solo lo hiciste, sino que además lo rellenaste con virutas de lápiz. Sacaste de la chaqueta una bolsita con “boquillas” y con ese mismo papel tuyo lo liaste con destreza. Te liaste un porro, aunque sin marihuana, en veinte segundos y además delante mía. A decir verdad, jamás te creí tan mañoso. Si se te dieran tan bien las matemáticas como liarte porros de pega en clase, podrías ganar mucho dinero cuando seas mayor…

Yeray, ahora te pediré que sigas leyendo y aunque está mal confesarlo, no sabes bien cuánto miedo tengo. El jefe de estudios el otro día descubrió en los servicios a una alumna consumiendo hachís y sé de sobra que la mayoría de tus compañeros beben alcohol los fines de semana y que los porros lo habéis probado casi todos. Pero no. Yo no puedo estar en los servicios para vigilarte en los recreos y tu profesor de química tampoco analizará las pastillas de éxtasis que te tragas cada fin de semana. Eres libre. ¿Qué puedo hacer yo?

¿Cuánto tiempo tardarás en meterte una raya? Cuando dejo por error una tiza sobre vuestras mesas, Cristina la trocea y la dispone en forma de raya. Ella tiene trece años y no creo que se haya metido ninguna todavía, pero me asusta que ya haga esa broma. ¿Cuánto tiempo tardará ella en esnifarla? Y cuando lo haga, ¿sabes que tú irás detrás? Ella te gusta y harías cualquier cosa que te pidiera. Una tarde, a la salida del instituto, fumaréis un par de porros con lo que Manuel traiga de la plantación privada de su padre y después la raya será vuestro postre. ¿Y después qué? ¿Cogerás la moto para volver a casa? ¿Cogerás la costumbre de hacerlo con ella cada viernes? ¿Aprovecharás los recreos para metértela? Créeme, hablaría con tu camello o con tu padre, para poder ayudarte, pero voy a cruzarme de brazos porque temo que ambas personas sean la misma. ¿Imaginas que la droga que tu padre vende sea la misma que tú fumas, previo paso por otras manos?

En estos precisos instantes mis labios dicen “Yeray, sigue leyendo”, pero en realidad las palabras salen trabadas, pues creo contemplar gotas de sangre sobre los lavabos de la discoteca del pueblo. Y sobre ti. Veo tu cráneo partido contra un mojón de carretera y mientras te pido que leas las líneas del texto, estas se convierten en sierpes que entran por tu nariz, en chorros escarlata que brotan de tus ojos. Tú no lo sabes, pero en realidad la bronca que voy a echarte ahora mismo no te caerá por no estar haciéndome ni pulcro caso y tampoco por el grito con el que me has dicho que no sabes qué tienes que leer. Esta bronca te la dedico a ti, al hombre que podrías haber sido. Ahora voy a decirte que eres un “niñato” porque ya has tirado por la borda tu vida, porque no eres capaz aún de darte cuenta de dónde te has metido y porque verdaderamente yo sí te quiero.

Prof. Cuyami

Bajada de pantalones (inédita)

Varias personas me han comentado que vieron en la televisión un reportaje sobre “violencia en las aulas” en el que se recogían unas imágenes captadas con un móvil en las que un alumno le bajaba los pantalones a un profesor mientras este se daba la vuelta para escribir en la pizarra. Sé que es cierto que esto pasó porque mucha gente distinta me lo ha contado, pero admito que yo no he podido ver las imágenes porque mi psicoanalista me ha prohibido ver en la televisión programas en los que se hable de la ESO. Eso sí, la idea me ha impactado tanto, a pesar de no haber visto el video, que ando desde entonces dándole vueltas a qué haría yo si me pasara algo semejante. Al final la única determinación en firme que he adoptado es llevar todos los días a clase calzoncillos en los que aparezcan consignas educativas (“un parte disciplinario a todo el que lea esto”, “H2 0=agua” o “Cervantes escribió el Quijote”)… por si acaso. No obstante, y teniendo en cuenta la indefensión en que me hallo sumido de un tiempo a esta parte, me sorprende que la Junta no opte ya por suministrarnos lencería reglamentaria con el logotipo ese de los dos arcos y el triangulito en verde. Al fin y al cabo, y como están las cosas, no descarto que algún día nuestra ropa interior llegue a ser material de trabajo al igual que las tizas, los folios o las pastillas de prozac.

Hablando de bajadas de pantalones de la Junta, ¿alguien ha leído algo sobre la “seudo-selectividad” que han organizado para tercero de ESO hace poco? Si lo han sufrido o vivido, atestiguarán lo que voy a contarles ahora. Si no han leído nada aún al respecto, les prometo que me encuentro en perfectas condiciones (los que consumen drogas son mis alumnos, pero no yo) y que nada de esto me lo he inventado. Según parece, como en el informe PISA los alumnos españoles y en especial los andaluces lo hicieron tan bien, se nos ha obligado a repartirles una especie de reválida que no se parece en nada a la europea, que es más fácil y que por tanto está encaminada a limpiar el buen nombre de nuestra tierra. Lo más interesante es que en ella todo estaba dispuesto siniestramente a la andaluza. En lugar de analizar textos literarios, ¡la Junta ha incluido una canción de Andy y Lucas como pregunta estrella! En el bloque de Lengua, según me han contado los miembros de ese departamento, había que responder a diecinueve preguntas de las cuales muchas eran tipo test. Lo realmente llamativo es que en esos casos más de la mitad de las opciones eran válidas. Un ejemplo de pauta de corrección sería el siguiente: si el alumno opta por “a”, es un auténtico fenómeno (máxima nota). Si el alumno opta por “b”, ha demostrado mucha intuición (buena nota). Si el alumno opta por “c” demuestra no tener mucha idea, pero al menos ha demostrado gran capacidad para la improvisación (aprobado). Si el alumno opta por “d” ha fallado… pero seguro que eso se debe a que ya estaba cansado de acertar preguntas (no sea duro con su calificación cuando lo evalúe).

Hasta ahora he hablado del bloque de Lengua, pero del otro, del de matemáticas, mejor no decir nada. Al fin y al cabo, estos exámenes son una patraña. Los exámenes llegaban en un sobre lacrado y se corregían anónimamente, con un código, como en selectividad (teóricamente). En la práctica, los profesores que corrigen los exámenes son los mismos que les dan clases a esos mismos chicos y en cada momento sabían quién era quién. Además de eso, se prohibía expresamente que los folios salieran de los respectivos centros, pero esto no se ha cumplido ni de lejos. Minucias: teniendo en cuenta que era necesario endosarle diecinueve notas a cada alumnos en un tiempo récord y que no pagan ni un duro por semejante misión de micos correctivas, ¿se cree alguien que mis compañeros de Lengua y Literatura (o de Lengua y Andy y Lucas) se han esforzado mucho en la evaluación? Pero no se preocupen: si nuestros alumnos lo hacen bien, sacarán pecho los mandamases plenamente, pero si les da por hacerlo mal, ¿acaso no sacarán pecho también? ¿Qué cambia? ¿Qué diferencia hay? ¿Acaso no van a vendernos pronto que todos nuestros estudiantes son fantásticos y que la ESO funciona aquí mejor que en ninguna otra parte, corrijan los de Lengua lo que corrijan?

Tercero de ESO: primero de BUP. Ambicioso proyecto: los alumnos han de comprender lo que pone en un texto y saber escribir unas líneas. ¿Se pueden creer que muchos ni siquiera eran capaces de hacer eso? Pero no, nuestros alumnos son los mejores. Por tanto, no me preocupa que los chicos de nuestro no sepan leer ningún texto más complicado que las canciones de Andy y Lucas porque, al paso que vamos, habremos de conformarnos con salir favorecidos en los vídeos que nos graben con los pantalones bajados. Todo esto me hace evocar a un viejo profesor al que llamaban “el bikini” porque ‘enseñaba todo menos lo que tenía que enseñar’. A este paso, nuestro sistema se adscribirá bien pronto al “modelo bikini” porque eso de aprender cosas de las antiguas es una estupidez y una pérdida de tiempo. Eso sí, recomiendo encarecidamente que los bikinis promocionales de dicho modelo posean el emblema ese de la Junta para que nuestras profesoras salgan bien guapas en los videos que les graben. Por descontado, en eso de hacer logotipos nadie nos gana. La prueba era una patraña, pero he de reconocer que al menos el diseño de los folios, muchos se quedaron en blanco, era precioso. Estoy seguro de que nuestros bikinis y calzoncillos arrasarán este verano.


Prof. Cuyami

Otro tipo de amor

Tengo muchas ganas de llorar. Se supone que los profesores no lloran, pero a mí la congoja se me ha metido demasiado dentro esta noche. Tengo muchas ganas de llorar porque nadie me defiende, porque trato de hacer mi trabajo lo mejor que puedo y mi equipo directivo no me apoya en absoluto. Dicen que hay grupos peores, que no es positivo expulsar a tantos alumnos y que es nuestro deber aguantarlos, hagan lo que nos hagan. Es un gueto y como tutor yo he de soportarlos. Es mi misión y por tanto ellos se lavan las manos con una pulcritud más propia de un quirófano que de un instituto: me lo ha dicho así y como en cualquier otro trabajo del mundo he de callarme porque ellos son mis jefes y no mis compañeros.

En momentos así se me cae el alma a los pies y detesto mi trabajo. Se me viene a la cabeza lo que en otro tiempo fue ser profesor, lo que significaba, y caigo en la cuenta de que hemos consentido que este oficio se degrade. En momentos así, cuando todo se me derrumba, me da por levantar la cabeza y por pensar en lo bueno, porque no todo es malo. En esta columna de hoy quiero hacer una acción de gracias, quiero pensar en las cosas que me hacen regresar cada mañana porque como me dé ahora por agachar aún más el cuello, me quedaré derribado en mi sitio y terminaré por pedir una baja por depresión antes de que lleguen los Reyes. Verdaderamente hay muchos profesores que lo pasan mal: les tiemblan las piernas, la voz y los folios. Hay muchos profesores a los que miras antes de entrar en el aula y tienen cara de yugo. Hay demasiados a los que insultan a diario, a los que este sistema ha despojado de autoridad y de identidad. Por todos ellos, por los que lo estáis pasando tan mal como yo, van estas letras.

A veces un niño manda a callar a otros y parece que el universo entero se parara. Son instantes, estoy de acuerdo, pero en ocasiones los grupos malos también descubren el silencio, aunque este sea simplemente un pretexto para tomar aire con el objeto de chillar después a pleno pulmón de nuevo. En esos momentos, cuando callan, ellos te miran, se extrañan al sentir el silencio y tú sientes el paso de un ángel. Porque es cierto que sucede que ocasiones los encuentras fuera del aula y te dirigen una sonrisa esos mismos chicos que dentro que se rebelaban contra ti. Al fin y al cabo, son niños: su juego es enfrentarse contigo, pero la mayoría saben que no es más que un juego. Después en la calle te miran y sonríen con esa ternura capaz de transmitirte que algún día confesarán "Cuyami fue mi maestro, fue el mejor maestro que he tenido" y hablarán con cariño de su instituto, aunque ahora lo detesten tanto. Tú no lo sabes, pero en realidad sí que aprenden. Jamás aprenden lo que nosotros queremos enseñarles, pero siempre aprenden lo que realmente necesitan aprender. Algunos terminan los deberes y sonríen por la promesa de un positivo. Les asignas una nota buena, y se sienten felices porque tú has confiado en ellos. Aprenden, aunque de otro modo, también los que nunca son capaces de terminar a tiempo las lecciones. Esos mismos niños que tantos gritos me arrancan cada mañana necesitan cariño, necesitan nuestro apoyo y la mayor enseñanza posible es que alguien también cree en ellos. Se portan mal porque nadie les hace caso y cuando finalmente los miras a los ojos y les dices que han hecho bien algo, sonríen y descubren que eres uno de los suyos. En ocasiones, incluso, siento que son conscientes de lo que trato de hacer por ellos. Me miran con la complicidad entre las cejas y aunque de ninguna manera me reconocerían que me tienen cariño, yo siento que es así. Somos su referente, su horizonte de expectativas. Por más que nos detesten, en realidad nos quieren. A veces los regañamos y se echan a llorar de pura decepción. A veces los decepcionamos nosotros a ellos y si eso sucede es precisamente porque confiaron en nosotros, aunque parezca imposible, aunque siempre parezcan hostiles no lo son tanto… y eso ya de por sí vale la pena.

A veces un niño manda a callar a otros y parece que el universo entero se parara. Son instantes, estoy de acuerdo, pero en ocasiones los grupos malos también descubren el silencio, aunque este sea simplemente un pretexto para tomar aire con el objeto de chillar después a pleno pulmón de nuevo. En esos momentos, cuando callan, ellos te miran, se extrañan al sentir el silencio y tú sientes el paso de un ángel. Porque es cierto que sucede que ocasiones los encuentras fuera del aula y te dirigen una sonrisa esos mismos chicos que dentro que se rebelaban contra ti. Al fin y al cabo, son niños: su juego es enfrentarse contigo, pero la mayoría saben que no es más que un juego. Después en la calle te miran y sonríen con esa ternura capaz de transmitirte que algún día confesarán "Cuyami fue mi maestro, fue el mejor maestro que he tenido" y hablarán con cariño de su instituto, aunque ahora lo detesten tanto. Tú no lo sabes, pero en realidad sí que aprenden. Jamás aprenden lo que nosotros queremos enseñarles, pero siempre aprenden lo que realmente necesitan aprender. Algunos terminan los deberes y sonríen por la promesa de un positivo. Les asignas una nota buena, y se sienten felices porque tú has confiado en ellos. Aprenden, aunque de otro modo, también los que nunca son capaces de terminar a tiempo las lecciones. Esos mismos niños que tantos gritos me arrancan cada mañana necesitan cariño, necesitan nuestro apoyo y la mayor enseñanza posible es que alguien también cree en ellos. Se portan mal porque nadie les hace caso y cuando finalmente los miras a los ojos y les dices que han hecho bien algo, sonríen y descubren que eres uno de los suyos. En ocasiones, incluso, siento que son conscientes de lo que trato de hacer por ellos. Me miran con la complicidad entre las cejas y aunque de ninguna manera me reconocerían que me tienen cariño, yo siento que es así. Somos su referente, su horizonte de expectativas. Por más que nos detesten, en realidad nos quieren. A veces los regañamos y se echan a llorar de pura decepción. A veces los decepcionamos nosotros a ellos y si eso sucede es precisamente porque confiaron en nosotros, aunque parezca imposible, aunque siempre parezcan hostiles no lo son tanto… y eso ya de por sí vale la pena.

De camino al Instituto por las calles colindantes van corriendo. Es temprano y están tan dormidos que no hablan, que no gritan, a pesar de estar cerca los unos de los otros. Se les ve llegando por calles diversas, separados los unos de los otros por unos miserables metros. Cada mañana paso a su lado y los observo de arriba a abajo: los zapatos de deporte, una mochila muy grande y varias toneladas de complejos. Ni son niños ni son adultos. Sus cuerpos están cambiando y ni siquiera ellos entienden por qué hacen las cosas. Se apasionan y se desesperan. Aprenden con rapidez y se mueren de ganas de que alguien los ilusione, de que alguien los enseñe a ser mayores. Aunque escondidos, también tienen proyectos y sueños. El Instituto es su mundo y por eso le ponen tanta pasión a cada lance, a cada pelea, a cada grito. Para muchos enfrentarse contigo es un recuerdo lindo que algún día contarán en la barra de algún bar. Hablarán de su infancia, de cuando sus padres todavía no se habían separado… y tal vez de refilón se refieran entonces a cualquiera de nuestras palabras, a cualquiera de nosotros y a cientos de clases que pensamos que están llamadas a caer en el olvido. "¿Te acuerdas del profesor Cuyami? Era un pedazo de… [Y en ese momento, cuanto más grande llegue a ser el insulto, más grande será la fuerza con que llegué a importarles]".


De camino al Instituto por las calles colindantes van corriendo. Es temprano y están tan dormidos que no hablan, que no gritan, a pesar de estar cerca los unos de los otros. Se les ve llegando por calles diversas, separados los unos de los otros por unos miserables metros. Cada mañana paso a su lado y los observo de arriba a abajo: los zapatos de deporte, una mochila muy grande y varias toneladas de complejos. Ni son niños ni son adultos. Sus cuerpos están cambiando y ni siquiera ellos entienden por qué hacen las cosas. Se apasionan y se desesperan. Aprenden con rapidez y se mueren de ganas de que alguien los ilusione, de que alguien los enseñe a ser mayores. Aunque escondidos, también tienen proyectos y sueños. El Instituto es su mundo y por eso le ponen tanta pasión a cada lance, a cada pelea, a cada grito. Para muchos enfrentarse contigo es un recuerdo lindo que algún día contarán en la barra de algún bar. Hablarán de su infancia, de cuando sus padres todavía no se habían separado… y tal vez de refilón se refieran entonces a cualquiera de nuestras palabras, a cualquiera de nosotros y a cientos de clases que pensamos que están llamadas a caer en el olvido. "¿Te acuerdas del profesor Cuyami? Era un pedazo de… [Y en ese momento, cuanto más grande llegue a ser el insulto, más grande será la fuerza con que llegué a importarles]".