miércoles 2 de diciembre de 2009

Ayudar al destino

Estoy muy contento. Esta mañana he visto una cosa que me ha gustado mucho y quería comentarla con todos ustedes. Verán, me han contado muchos casos de personas que, por poner un número mal en la lista de posibles destinos para el traslado, por error, acabaron a muchos kilómetros de sus casas. Hay casos donde la confusión de un pueblo con otro, por tener un nombre parecido o porque sus institutos se llamaban de idéntica manera, desencadenó hasta el final de vínculos maritales. Es un tema delicado. Se trataba de una hojita, lo digo para los que no lo sepan, donde había que poner (hasta) trescientos códigos de IES donde te gustaría trabajar. Si cada centro tiene ocho dígitos, rellenabas hasta 2400 dígitos. Para los que somos de letras, especialmente, las posibilidades de error eran… bastantes. Así, cada año. Reitero: un posible error, en muchos casos, no tenía solución. Era vinculante y, para todos aquellos que solicitaban centro por vez primera, no había posible opción para la renuncia.

Total, que alguien ha pensado que ese sistema del tocho de códigos y la hoja de papel en blanco no es muy profesional, ni acorde a los nuevos tiempos. Y han intentado cambiarlo. Han creado una aplicación informática desde la que es posible ver tus centros de concursos anteriores (de tal modo que no es necesario volver a hacer la lista, si ya la rellenaste conforme a tus gustos, ni entretenerte con ese macro sudoku). También te señala el nombre del instituto y hasta un mapita de GoogleMaps para que puedas ver dónde se encuentra aquel IES que has solicitado. De este modo, aquellas personas cuyas preferencias están claras, lo tienen muy sencillo para cada año solicitar su retorno a Ítaca, sin tener que pensar mucho, simplemente validando la lista del año anterior.

Hay más, no se crean. Es posible, por fin, consignar los formularios desde casa, a través del certificado de usuario y/o con la ayuda de la clave de Séneca (que, para los profanos, es la plataforma desde la que evaluamos o pasamos las faltas de los alumnos). También se puede acceder a estos servicios con el nuevo DNI digital. La interfaz (por momentos siento que estoy escribiendo una reseña para Micromanía) es rápida y funciona bastante bien, siempre que se cuente con una conexión a Internet decente. Te permite ver claramente qué has solicitado y, por supuesto, también evita posibles errores en el reconocimiento de los caracteres, puesto que no es necesario usar el OCR para informatizar la caligrafía. Tú lo ves en la pantalla, lo revisas y, si todo está en orden, lo confirmas desde tu casa. Eso hace también que pueda ordenarse de forma directa, en pocos segundos, sin que tengamos que ir en peregrinación a las distintas sedes de Delegación, toda la información. Tal vez, incluso, ayude a dar destinos un poco más justos.

¡Pero tiene más ventajas aún! Hasta ahora, cada año te preguntaban por tu tiempo de servicio, tus cargos y los puntos obtenidos en los cursos y proyectos. Parece poco lógico tener que acreditar tu formación y experiencia cada año, como así era, y por ello existe ya una base de datos común donde van recopilando todo lo que cada uno tenemos en nuestro haber. Si has conseguido algo, desde el concurso anterior, como el título de doctorado, por ejemplo, lo llevas y te lo actualizan. Al ser menor la afluencia, por tanto, al estar casi todo ya en la base de datos, es más fácil compilar el trabajo… y se han permitido el lujo, por ende, de decirnos ya en qué día exacto sabremos nuestros destinos provisionales y definitivos. Hasta ahora, uno sabía cuándo pedía, pero no cuándo sería escuchado. Eso provocaba desconcierto y el nerviosismo de muchos profesores.

Sé que la esperan, pero no encontrarán en este artículo una crítica velada a nada. Me encanta el sistema y, por lo que he podido ver, es un paso bastante interesante en una línea que es útil y necesaria para todos. Me encanta, en serio. ¡Así, sí! Mi opinión es una, aislada e independiente, como siempre. Habrá a quien no le guste este nuevo sistema para pedir destinos, pero a mí sí me gusta. (Además, se sigue manteniendo la posibilidad de entregarlo a mano, para quien siga peleado con las “nuevas” tecnologías). Si esta columna sirve para que alguien dé una palmadita en la espalda a su programador, me doy por satisfecho. Prometo, por la gloria de mi madre, que no lo conozco… y que tampoco es miembro de mi familia ni de mi selecto grupo de amigos.

martes 24 de noviembre de 2009

Mar se masturba por primera vez

Aprovecho mi espacio para darle las gracias al Gobierno Extremeño por permitirme redactar esta columna (y, sobre todo, a los creadores de la campaña “el placer está en tus manos”). Asimismo, quiero agradecerle esta fabulosa oportunidad a la Junta de Andalucía y, en especial a ti, Micaela, Consejera Andaluza para la Igualdad. En serio, ser un columnista anónimo es duro. Hay personas que llevan cuatro años pasando mi página de largo; jamás se habrán detenido a leer ni una sola línea… ¡Hasta hoy! Estoy seguro de que titulares y declaraciones así se hacen pensando en nosotros, miembros numerarios del gremio de la opinión, en brindarnos una oportunidad de ser leídos por gente que no pertenezca a nuestra familia y amigos. El sexo vende. En serio, ¡gracias! Esta columna no será de las mejores, pero sí será la más leída. Tal vez hasta me propulse en Google, gracias al titular que impostoramente he seleccionado, y adelante en número de visitas al club de Fans de Naim Thomas. En serio, muchas gracias. No por la campaña en sí, pero sí por permitirme hablar de ella.

O sea, que la Junta de Andalucía se plantea implantar cursos para enseñar a los adolescentes a masturbarse. A ver, cómo lo digo sin que nadie se me enfade: no me escandaliza la idea, pero me parece un poco absurdo que les enseñemos una de las pocas cosas que se aprenden por sí solas (los objetivos, contenidos y procedimientos parecen obvios). El hábito lector lo tienen un poco atrofiado, pero ese otro hábito… creo que goza de mejor salud. ¡Vamos, digo yo! No me dedico a preguntarlo y, de hecho, tampoco quiero dedicarme a eso. Y precisamente porque no me dedico a preguntar entre mis alumnos la frecuencia con la que [colóquese aquí un eufemismo elegante], me atenazo ante la idea de que otras personas sí se cuestionen estos vericuetos… ¡porque hay cosas que son más divertidas si parecen prohibidas, si resultan un hallazgo, algo que jamás nadie hizo antes que tú! No es tan malo que investiguen por ellos mismos, de hecho. Si se lo damos todo tan machacado [lo lamento, no he encontrado un verbo mejor, estoy nervioso porque no acostumbra a leerme tanta gente], no buscarán palabras clave en el diccionario, perderán el plus de motivación que tenían los últimos temas del libro de Biología, su capacidad deductiva se centrará solo en el fútbol. No estoy a la última, lo sé. Y precisamente porque no estoy a la última prefiero que mis alumnos piensen, como nos pasaba antaño, que estas cosas ni siquiera me las he planteado nunca, que fui un adolescente-burbuja sin hormonas, sin un componente molecular ordinario. No veo justo que se les prive del placer de saberse descubridores de la pólvora.

Según me he podido informar, uno de los talleres proyectados en Extremadura indicaba que la literatura erótica era recomendable para las adolescentes tímidas, para las que atesoran pocas fantasías propias. Asimismo, desaconsejaban la pornografía visual pues configura (dicen) una imagen muy limitada del fenómeno sexual. Total, ¡que muchas gracias por barrer para casa también en esto! Tal vez mis compañeros de Plástica se enfaden conmigo (me acuerdo de “El Origen del Mundo”, presente en el D’Orsay), pero estoy muy satisfecho porque no nos costará, de este modo, que los alumnos lean el número de libros mínimo que fijamos para cada nivel cada año. Eso sí, por si acaso, retiraré la célebre pregunta, que se incluía antes en todas las fichas de lectura: “¿qué te ha parecido el final? ¿Hubieras deseado otro?” Los adolescentes siempre quieren finales felices, como ciertas peluquerías de Barcelona. Será mejor no dar pie a sus cavilaciones.

La sociedad está cambiando mucho y me parece bien que cambie. Solo me asusta que, algunas veces, no tengo claro qué finalidad tienen ciertas renovaciones. El cambio por el cambia no está mal, pero tampoco bien. Estoy seguro de que esta es una reflexión pobre, pero es la que hay. Me puede la presión, lo siento. Pienso que las cosas que no están ni bien ni mal son una pérdida de tiempo, casi siempre. ¿Obvio? ¡Lo siento! No volverá a leerme tanta gente hasta que no me dé por escribir realmente la “historia de Mar”. De hecho, este texto es lo de menos, un pretexto para la reflexión introspectiva (¿por qué tanta gente va a leerla?). Seguro que son pocos los que verdaderamente están pensando ahora en algo referente a la educación de nuestros jóvenes. Y es una pena porque ellos, la mitad de las veces, tampoco piensan por ellos mismos, ni con la cabeza.

lunes 16 de noviembre de 2009

Sobre algunos comentarios

De un tiempo a esta parte estoy recibiendo comentarios basados en descalificaciones personales, hecho que me sorprende porque no había ocurrido en los cuatro años precedentes. Me hace gracia que alguien dedique su tiempo a redactar anotaciones que saben de sobra que no voy a publicar. ¡Qué forma de perder el tiempo! Si alguno desea contrastar sus opiniones conmigo, o soltar los excesos de testosterona que le envenan el cuerpo, le ruego que me mande un correo-e a profesorcuyami@gmail.com En caso contrario, no solo no podré publicar su comentario, sino que tampoco podré contestarle. Eso sí, no contesto todos los correos que recibo. Por fortuna son muchos y, además de eso, suelo tener bastante trabajo.

A muchos lectores se les olvidan cuatro cuestiones básicas:
a) Lógicamente en mi blog yo decido qué comentarios se editan y cuáles no. Un blog no es un foro. Un blog es el espacio personal de una persona.
b) Cuando uno acata la línea editorial de un columnista no ha de comulgar plenamente con su ideario, pero si tanto os repugna mi forma de expresarme o los temas que planteo... ¿Por qué no seguís a otra persona? Nadie tiene la obligación de leer lo que escribo, así que si verdaderamente os enerva leerme, no lo hagáis, os lo imploro. No quiero que nadie muera de un flato.
c) No olvidéis que estas columnas no (solo) reflejan vivencias personales. El profesional de la educación que se esconde tras el "PROFESOR CUYAMI" poco o nada tiene que ver con la persona que redacta los artículos. Esto nunca lo he aclarado porque siempre me ha parecido de sentido común. No mezcléis planos, el plano personal y el periodístico-ficcional, pues yo no narro las vivencias de ningún centro en concreto, de ninguna ciudad, yo no muestro mis propias vivencias sino un compendido de las ideas extraídas de los cientos de correos que recibo, al cabo del año, y que son mi fundamentación teórica para escribir todo lo que escribo. Por eso, no busquéis coherencia. No cuento mi historia, cuento muchas historias. Muchos de los datos aportados no son falsos, pero sí ficticios.
d) Por último, y por si alguien sigue dudándolo, quiero dejar claro que mi deseo es siempre favorecer el desarrollo de la educación pública, denunciar aquellos aspectos que pueden mejorarse e incidir en aquellos que van en una buena línea. Mi propósito es noble, aunque más de uno no se lo crea. No busco dinero, tampoco fama, me limito a ejercer mi libertad de expresión de la forma más contructiva y productiva que sé y que puedo. Si alguno sabe hacerlo mejor, como con frecuencia me decís, le animo a que lo haga. Estoy seguro de que yo me convertiré bien pronto en su primer y mejor lector.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Campo de batalla

Cristales rotos. Excrementos próximos. Una valla medio derruida, con grietas y alambres. El suelo es irregular, repleto de baches. Terrizo. Cada bache representa una generación de las que arrastraron sus tobillos entre las alambradas. Más allá, el áspero suelo desgarra las rodillas, te hace plantearte si es una buena opción permanecer de pie. Se muestra un terreno irregular, lejos del cual hay poco desahogo. Desde la base de operaciones hasta la explanada del combate hay unos cien metros en los que impera el vacío legal. No hay minas, pero tampoco asfalto. No hay redes, ni mástiles firmes sobre los que elevar porterías ni ánimos. No describo un campo de batalla, aunque es también un campo de batalla. Así lo recuerda Fátima; allí hizo Educación Física desde que era niña y hasta su segundo de la ESO.


Siguen existiendo rincones donde el tiempo se detuvo de forma desigual para todos. Siguen existiendo institutos sin campos de deporte. Siguen existiendo adolescentes sin campos de baloncesto, sin porterías (ni atadas ni firmes). Sigue habiendo docentes de Educación Física que se la juegan sacando a los alumnos a los campos de deportes locales. ¿Y si algo les pasara por el camino, fuera del IES? ¿Se imaginan de quién sería la culpa? Cierto es que la inmensa mayoría de los centros escolares tienen unas instalaciones dignas, pero sigue habiendo poblaciones marginales y marginadas: en cuatro o cinco rincones hacer deporte supone arriesgar tus tobillos. En muchos sitios no existe un pabellón para burlar la lluvia. Si un año llueve, si llueve mucho, se recluyen en las aulas para memorizar a qué altura están esas porterías que no tienen. ¡Y atrévete a pedir, si no tienes, pelotas! Sin pabellones las programaciones de aula dependen de Pepe el Brujo, de las cábalas y de las cabañuelas. “Niños, haremos deporte si no nieva”. Conseguiremos, de este modo, que los alumnos odien la nieve, además del deporte.


Fátima quiere ser profesora de Educación Física y se pregunta por qué no existen, como en otros países, cintas de correr, bicicletas estáticas, pesas… Se pregunta por qué si un balón se pierde la mitad de las veces terminan pagándolo, en sentido alegórico, aquellos que no tuvieron la culpa. ¿Encargar más? Eso es tan absurdo, a corto plazo, como plantearte una ducha en su pueblo. Allí no había duchas, ni vestuarios. Naces y te mueres con el chándal puesto. Los adolescentes así apestan. Y después, me cuentan, se pasea la Consejera de Educación inaugurando instalaciones que ya llevan funcionando muchísimo tiempo. Instalaciones que no cuentan con salones de acto, que no tienen salas de usos múltiples, donde no se pueden impartir ciertas optativas porque literalmente no hay aulas suficientes. Inauguran tus centros, pero no te preguntan por qué en un edificio nuevo no hay despachos suficientes para todos los departamentos, ni por qué no es viable instalar unas malditas placas de energía solar, aunque pongas tú la mano de obra.


Cada día me ponen más enfermo los políticos. Cada día me indignan más ciertas reformas. ¡Queremos dinero! ¡Necesitamos dinero! ¿Lo tengo que decir más clarito? Muchos niños como Fátima siguen corriendo entre hierros y cristales, en escuelas pobres, de pueblos pobres, a los que no llegan ni siquiera los inspectores. Necesitamos dinero: ¡di-ne-ro! Y siento parecer materialista porque a mí lo que de verdad me gusta es enseñar a leer y a escribir, contarle a los chicos quién fue Lope de Vega y de dónde vienen sus topónimos. Pero no. No. Y no. ¡Necesitamos antes mejorar las instalaciones! Eso sí, lo que más me indigna de todo es que en el fondo de todo está que nadie se termina de tomar en serio nuestro trabajo. Nadie termina de creerse eso de que el deporte hace más feliz a la gente, previniéndola de otros hábitos insanos como son el alcohol y las drogas. Sale más barata la gasolina para cortar la cinta, para poner buena cara en las fotos, que invertir en quien de verdad lo necesita. Los que inauguran las instalaciones deportivas jamás llevarán a sus hijos a jugar en ellas. Hoy por hoy el pádel no existe tan lejos de la capital. “Señora, ¿dónde jugarán los niños cuando llueva? Aquí llueve mucho, señora. ¿Nos puede traer una caja de mercromina y tiritas? No tenemos médicos, ni hospital en el pueblo… ¿nos presta su coche oficial para llevar a los niños al hospital, si se abren la cabeza en un socavón?”.

sábado 7 de noviembre de 2009

1963

He visto en la televisión un programa titulado “curso del 63”. Lo emiten en Antena 3 y si les hago publicidad de él es, ni más ni menos, porque creo que plantea un debate muy interesante para todos los docentes. Y también para los no docentes, claro. Se trata de un “Gran Hermano” en el que se toma a lo mejor de cada casa, a veinte alumnos díscolos, ávidos de un poco de disciplina, y se les encierra entre cámaras. Se les impone lo que, se entiende, es el modelo educativo que imperaba en los años sesenta. Se les somete a un control minucioso para ver cómo reaccionan ante lo que sus ¿abuelos? soportaban cuando tenían edad escolar. Por tanto, surgen pronto los primeros conflictos porque estamos ante jóvenes que no tienen nada claro el principio de autoridad y, por ende, presentan también un rechazo absoluto hacia las normas. La disciplina es el motor de la conducta, lo que nos hace prosperar y llegar lejos. Por el contrario, ellos no son capaces de renunciar a lo que creen imprescindible. Se extrae de todo esto que consideran imprescindible, por tanto, todo lo que tienen, pues su capacidad de renuncia se encuentra abolida por los estímulos de la sociedad de consumo. Al no ser capaces de renunciar, pues no están acostumbrados a sufrir, pues se les ha privado de forma sistemática y deliberada de la exposición al dolor, no soportan ningún cambio que no sea manifiesta e inminentemente favorable para ellos. La asunción de los cambios es imprescindible a la hora de crecer y, por tanto, es un eje crucial también en cualquier sistema educativo. Ellos lloran porque les prohíben utilizar un tanga. Se creen malos y poderosos, pero no soportan la vida sin un anillo en la nuca. No soportan los cambios, son frágiles, consustancialmente infelices, inadaptados e inadaptables. Un guiñapo, vaya. Jamás los criticaría, pues no tienen la culpa: son un mero desperdicio del sistema.

Comento con mis allegados, casi a diario, que trabajar en la educación pública te hace escorarte hacia la derecha. Dependerá, eso sí, de tu punto de inicio, que termines siendo más o menos integrista (o que te moderes, si partías desde el polo opuesto). ¿Saben qué opino yo del citado programa? Si les interesa, les diré que difunde una concepción errónea de lo que ha de ser nuestro modelo educativo. Hablo como docente y les digo, como docente, que jamás entregaría mi tiempo a un centro en el que las libertades educativas estuvieran tan restringidas para todos. Los cambios son buenos. El cambio social denota cierta evolución y evolucionar es sano y sabio. Es obvio que si los docentes tuviéramos poder para agredir a los estudiantes, por ejemplo, nuestra labor sería mucho más sencilla. Muchos no llegaríamos a hacerlo, estoy seguro, pero la propia fuerza coercitiva bastaría para doblegar su facultad volitiva. “La amenaza es más fuerte que su ejecución”. Pero eso, y quiero dejarlo bien claro, supone un paso atrás, una negligencia hacia las inmensas posibilidades que nuestra psique nos ofrece. El docente que necesita la fuerza para imponer su criterio es torpe y, como tal, no merece llamarse docente. Eso no quita que, en los casos extremos, necesitamos medidas extremas. Y no las tenemos.

Discutir sobre las diferencias entre el modelo educativo del 63 y la realidad de nuestras aulas de hoy en día, nos llevaría, necesariamente, a redefinir el peso de los límites. El debate sobre los límites es, en educación, El Debate: la clave de todo. La clave de gran parte de nuestros problemas se esconde ahí. Y me preocupa que demasiadas personas creyeran, viendo el programa, que antes estábamos mejor… porque no es así. La libertad de expresión va aparejada a la sociedad adulta a la que se supone que pertenecemos. Ni ahora estamos tan mal, ni antes estábamos tan bien. Tal vez en el punto medio esté la virtud, como siempre, y habría que reflexionar sobre cómo durante un par de décadas (setenta y ochenta) se disfrutó, en opinión de muchos, de ese punto medio. Deberíamos aspirar a reconquistarlo, pues funcionó. Ineludiblemente, hemos de reflexionar también sobre por qué lo perdimos.

Un alumno mío, hace unos años, me dijo “maestro, si abrieran un colegio donde los profesores pudieran pegarle a los alumnos, estoy seguro de que mis viejos me apuntaban. Y habría tortas por entrar”. “Y dentro, también. Por supuesto. Pero yo no trabajaría allí”, le respondí.

miércoles 28 de octubre de 2009

Ordenadores

No me gustan los plagios. Cuando consigo dormir, evitando con mi adarga la sombra ocre de mi inspector, se me presenta en sueños un alto cargo de la SGAE para destruir mis ansias de gratuidad, mi fe en una cultura que traspase barreras económicas y sociales. No me gustan los plagios porque, pese a las columnas que perpetro a veces, tengo espíritu de librepensador y me fastidiaría bastante que alguien se aprovechara de mi trabajo impunemente. Pese a todo, esta mañana me ha llegado un correo electrónico firmado por Mónica Escobar y quería darle difusión, como ella me pide, aunque no me gustan los plagios. Ya la invitaré a un café… si logra encontrarme, claro.


Presento una supuesta carta de una alumna de quinto de Primaria. Como sabrán ya, se ha destinado una importantísima partida de ordenadores para dicho nivel. Esta inversión no solo se ciñe a Andalucía, por supuesto, así que contamos una vigencia absoluta en demasiados lugares. Por desgracia, el lugar hipotético que se vislumbra en los panfletos publicitarios poco tiene que ver con demasiados hogares. Esta es la primera vez que extraigo un fragmento de Internet y me he impuesto de penitencia no volver a hacerlo en las próximas cien columnas que escriba… ¿Qué le hago si yo no hubiera sido capaz de escribirlo mejor que ella? ¡Que lo disfruten!


“Hola, me llamo Marta. La semana pasada nos trajeron un montón de ordenadores, para todos menos para el profesor. Nos pusimos muy contentos porque pensamos que también nos traerían una pizarra nueva, sillas nuevas, un telescopio, material nuevo de laboratorio y que nos arreglarían la calefacción. Pero no, sólo trajeron ordenadores. El primer día no hicimos nada con ellos porque nuestro profe no sabe informática. Dijo que ya miraría algo en casa, pero María (la empollona) le contestó que ella podía enseñarle, pues en su casa tiene un ordenador y sabe manejarlo. Todos nos reímos, pero el profe no.


El profe también dijo que eran para nosotros y que nos los podíamos llevar a casa. Yo cogí el mío y lo guardé en la mochila, pero a mi amiga Mati se le cayó y se le rompió todo (el profe le hizo una foto). A Luis se lo robaron unos gamberros mientras volvía a casa y a Santi se lo rompió Mateo, el niño que nos pega a todos. En clase los que más usan el ordenador son Toni y Andrés. Son dos niños un poco retrasados y que antes sólo molestaban. Ahora con el portátil les ponen una película de dibujos y están más callados.

Ayer nos explicaron cómo sacar información de Internet y nos mandaron deberes para buscar en casa. Mi papá, que ahora no trabaja, dice que no tenemos dinero para Internet, por eso no he podido hacer los deberes esta semana. A mi hermano mayor también le van a dar uno y él está muy contento pues dice que podrá colgar fotos y chatear con las chicas. También me ha dicho que, a partir de ahora, no tendrá que fijarse en las faltas de ortografía pues el ordenador las corrige automáticamente”.


Volvemos a lo de siempre. Este es el precio de realizar las inversiones sin contar con la opinión de los verdaderos especialistas. Volvemos a lo de siempre: las inversiones son desiguales y mientras que el despilfarro prosigue, nosotros hemos de manifestarnos para lograr que cubran todas las plazas vacantes. Volvemos a lo de siempre: implementan ciertos materiales, pero no se forma a los docentes para que aprendan a utilizarlos. Más aún: las reformas educativas pretenden arreglarle la vida a la gente, pero sin tener en cuenta sus verdaderas necesidades. Todo por el pueblo, pero sin el pueblo, vaya. Vivimos una especie de Ilustración, pero sin luces. Vivimos instalados en un nepotismo tosco en el que todo parece parcheado, sin criterio, sin vigencia. Casi todo carece de continuidad porque lo único que verdaderamente lava las caras, y siega los votos, es la rabiosa novedad.

jueves 15 de octubre de 2009

PowerPoint de un lector

Hace unos meses un compañero de profesión creó una presentación interactiva con una de mis columnas. No lo conozco, pero admito que me hizo mucha ilusión que se tomara tantas molestias por un texto mío. Os cuelgo el enlace por si alguno desea verlo y/o conservarlo. Eso sí, quiero repetir algo que creo haber dicho ya alguna que otra vez. La columna "Los funcionarios no lloran", que ha tenido siempre mucha difusión, no refleja nada bien mi verdadero sentir frente a este trabajo. Fue el resultado de una mañana deplorable, de esas que hay tantas, tras la cual me encerré frente al ordenador totalmente desanimado y clavé mi frustración.

Creo que hay más motivos para la esperanza que para el desánimo. Sin embargo, también sé que esta columna refleja muy bien el sentir de muchos (de demasiados) y a ellos va dedicada. Lo mío fue un mal día, pero muchos viven encerrados en esa sensación de desánimo. Es también el mío, por supuesto, mi desánimo, aunque solo a veces; aunque solo sea una visión parcial de la experiencia docente.

http://d.yimg.com/kq/groups/16193386/59071323/name/LOS_PROFESORES_NO_LLORAN.PPS

martes 13 de octubre de 2009

Y sin embargo se mueve

Me imagino a Galileo con la cabeza gacha tras el enorme chaparrón de críticas que le estaban cayendo encima. Se habían salido con la suya y él tendría que reconocer que el universo al completo giraba alrededor de nuestro Orbe. Pero… dejó su puntilla. Vosotros ganáis, pero no me habéis convencido. Haré lo que vosotros queráis, no me queda otra, pero no me habéis derrotado. Simplemente tengo que acatar, porque no queda otra, a pesar de lo cual voy a seguir pensando y haciendo lo que me salga del planisferio. Lo murmuró, sí, porque no quería convertirse en un pinchito. Lo murmuró, pero su murmullo resultó ser el grito más desgarrador que he leído jamás.

Me he acordado de esa frase al concluir una reunión que hemos tenido con nuestro Jefe de Estudios para abordar el trabajo en competencias. Para los profanos he decir que todas nuestras programaciones han de ir abandonando la estructura de objetivos-contenidos-evaluación para (re)estructurarse en torno a las competencias básicas, que son una especie de lista ambigua de cosas que estaría bien que nuestros alumnos hicieran mejor. La única pega de todo esto es que el objeto de dicha digresión metafísica no la comprenden salvo cuatro o cinco luminiscentes seres nacidos de las entrañas del dios de la Pedagogía. Las programaciones antiguas eran fáciles de llevar al plano real; las que incentivan el trabajo en competencias me recuerdan a los tirabuzones que hacen los chinos en las olimpiadas, antes de caer en la piscina. Me he permitido hacer una pequeña encuesta entre los diez o doce compañeros que había en la sala de profesores durante la hora del café y lo más destacable no es que ninguno haya sabido definir “competencia” con demasiada convicción. Lo verdaderamente chocante es que todos, sin excepción, terminaron su respuesta con la coletilla “¿es eso?”. De sobra sé que cuando un profesor concluye de ese modo una afirmación evidencia que tira de oficio porque no encuentra camino alguno más allá de la línea tangente.

“Me llamo Cuyami y no comprendo el trabajo en competencias”. Deberíamos organizar una quedada anónima donde no dé tanta vergüenza presentarnos y reconocer ese secreto a voces. Les juro que me he empollado la legislación y que he ido a cursos y seminarios de gente de esa luminiscente. A pesar de lo cual, o a pesar de ellos, saco la conclusión de que eso de “potenciar lo que el estudiante ya sabe, tratando de darle una enseñanza que desarrolle sus capacidades de forma eficaz y que no se ciña a la mera memorización de los contenidos”, lo escribió alguien que acababa de salir de un SPA y no de una clase. Pero yo ni en el pediluvio descubro la diferencia entre eso y lo que ya llevamos haciendo un número descarnado de años. No lo entiendo, en serio. Y tampoco veo a los todos esos maestros con los que bordeamos la cincuentena cambiando la metodología de cuajo y así porque sí. Ah, y mucho peor. No veo las ventajas de hacerlo, no veo la ventaja de cambiarlo todo. Lo veo todo muy turbio y no se crean que no le he puesto voluntad a desliar la trabazón. No ha sido suficiente. Tal vez alguien deba sacar para mí un manual de “competencias para dummies” porque no termino de creerme que la educación tradicional esté tan mal, de hecho. Pese a lo cual, pienso que la mayoría de los docentes ya no somos tan tradicionalistas como se cree. No nos regimos por métodos ortodoxos, ni de lejos. Nos adaptamos de lo lindo a lo feo en la realidad del aula, hacemos adaptaciones curriculares (significativas y nimias) como quien calienta leches para el café. Pero no es suficiente.

¿Qué aptitudes o adoctrinamientos teóricos han de llevarme a trabajar en competencias? ¿Cuando lo haga, seré consciente de que lo estoy haciendo o es como cuando Harry Potter hablaba pársel sin darse cuenta de que lo estaba haciendo? Aprovecho mi oportunidad y que escribo en un periódico con mucha difusión para dejar un anuncio por palabras: “Docente cambia manual sobre competencias (que se entienda) por antigua máquina de correr. Interesados contacten conmigo”.

martes 6 de octubre de 2009

La educación pobre

Cito literalmente. “Amigo, siempre que he podido os he echado una mano, pero tenéis que entender que hay que apretarse el cinturón. Comprendo que si todos los docentes están a veinticinco horas, la gente se va a cabrear contigo, pero… ¡No hay dinero para mandar a otro profesor más!”. Hace unos años se invirtió fuerte para comprar unos “tamagochis” que eran imprescindibles para llevar el control de las faltas. Es el IES Pandemónium un centro con solera y, por tanto, los pequeños cambios han de hacerse a lo grande… o no se hacen. Se gastaron varios miles de euros y desde que esa inversión se realizó, no hemos podido encargar fotocopias libremente. Se computa cada encuadernación y los alumnos han de pagarlo casi todo. Puedes, claro que puedes, hacer copias sueltas, pero eso te catapulta a los primeros puestos de cierta lista negra sobre la que no sabría decir bien cuáles son sus efectos. Hay a disposición de todo el Centro solo dos cañones y la sala de ordenadores no está funcional, pues solo cuatro o cinco pecés tienen conexión a Internet. Se nos pide que trabajemos en la plataforma del IES y, sin embargo, la señal de Wifi es más tosca que la estrategia de los persas para conquistar Babilonia. No hay dinero. Notamos la carestía en los profesores que no mandan y en los horarios que hay que compartir. ¿Cómo se explican que un profesor de Lengua esté dando solo cuatro horas de su asignatura y, a cambio, Educación para la Ciudadanía, Alternativa, Género y Plástica? ¿Se imaginan? Esto lo provocan los recortes en el personal, y en el presupuesto, así como que la lista de internos no avance, que sea una verdadera cruzada conseguir un sustituto si el profesor dañado no se está muriendo…

En estos años he aprendido que las únicas sustituciones que se cubren ipso facto son las de los políticos que se acogen a sus quince días de veraneo para preparar la campaña electoral. Esos sustitutos sí llegan con la luz del alba del día primero. Todo lo demás transluce que estamos en cuadro: han cerrado una parte importante de los proyectos (centros TIC, programas de biblioteca…) y te remiten a la creatividad como fuente inagotable de recursos pedagógicos. Según me cuentan, las cuentas de los IES son la cuadratura del círculo, porque estamos en cuadro. ¿Han visto los datos que indican que en casi todos los países civilizados se invierte más que aquí, por alumno, en Educación? Nos cierran el grifo de agua (literalmente, no hay dinero para reponer el depósito de las máquinas y nos envían a los abrevaderos de los niños). Las mayores inversiones que se hacen, en muchos centros, se deben a premios organizados y financiados por cajas de ahorros o fundaciones. ¿Saben qué es lo que más me molesta de esta contrariedad? Estando como estamos, estando las clases a más de treinta por culpa de la crisis, tenemos que soportar que todos los panfletos oficiales vayan en papel bueno, con brillitos y logotipos cuidadosamente diseñados en Barcelona. Cuando ustedes reciben una comunicación institucional, ¿no se preguntan por qué no se gastan el dinero de la infografía en conseguir que los grupos estén un poco más descargados? Cuando vean que la Junta de Andalucía coloca vallas costosísimas explicándonos que el mundo no se viene abajo, ¿no se les ocurre pensar en la cantidad de salones multiusos que podrían edificarse con esa pasta? En nuestro instituto no existe ningún aula donde quepan sentadas más de cincuenta personas. No tenemos polideportivo. No existe teatro, ni recinto alguno que esté techado. No puede haber representaciones, ni celebraciones masivas. Si llueve, no hay deporte.

Así se invierte. En tonterías. Y la respuesta a peticiones serias, y cito, es que tenemos que apretarnos el cinturón. Por desgracia, la mayoría de los problemas que tenemos en el día a día son una cuestión de dinero, se resolverían con una inversión mayor. Habría que apostar por la FP, dar alternativas a los alumnos avocados al fracaso escolar, trabajar con más profesionales de apoyo, mejorar instalaciones y, sobre todo, hacer que baje la ratio en demasiados centros donde, llegado el mes de octubre, seguimos esperando a los nuevos compañeros. La clave: cada mes que pasan sus hijos sin profesor de Filosofía, ellos se ahorran dos mil eurillos de sueldo.

miércoles 30 de septiembre de 2009

El reino de las sombras (sobre las hijas de Zapatero)

Voy a tratar de analizar lo más fríamente que puedo este asunto. Voy a tratar de abrir la realidad y de cauterizarla en un único tajo. Tengo un par de lectores que me siguen con lupa y que están esperando cualquier pretexto para decir que me politizo más de la cuenta o que soy un cenizo. No es así. Entiéndanme, mi equipo bajó a segunda el año pasado y lo llevo lo mejor que puedo. Además, y por más que lo entiendo, no termino de creerme que sea verdad eso de que la crisis es una coyuntura coyuntural global. Me asusta un poco eso de la subida de los impuestos y el cáncer de próstata. Además, estoy a dieta, y eso le agria el carácter a cualquiera. ¡Tengo motivos para estar amargado! Con todo y con eso, lo voy a intentar. Voy a intentar ser lo más frío que pueda.


Datos objetivos: El Presidente del Gobierno lleva a sus hijas, en un viaje de estado, a Estados Unidos. Nuestros impuestos pagan ese desplazamiento. La cultura norteamericana da una importancia capital al peso familiar en la célula máxima de Gobierno. Donde fueras haz lo que vieres. La primera dama (¿o el primer damo?) cumplen un rol clave que se ve apuntalado por la figura de los hijos. Por tanto, la exposición de los hijos es socialmente lógica y consabida. Por tanto, es normal que nuestro funcionario máximo acuda con su familia al encuentro con el líder norteamericano. También es lógico que exponga, por tanto, al peso mediático a toda su familia. No ha de suponer un problema que estas sean menores de edad. Al fin y al cabo, cuentan con el consentimiento paterno. Nadie debe cuestionar el buen juicio y la atención como padre de una persona capacitada para dirigir un país. Hasta aquí, todo parece nocional y nacionalmente cerrado.


Una comparecencia pública requiere de un atuendo adecuado. Nuestros dirigentes nos representan. Nuestros dirigentes deberían adecuarse a cierto canon estético propio del país al que abanderan. No obstante, si tu padre es el presidente de todos tus españoles eso no debería coaccionar tu forma de pensar ni de vestir. Al fin y al cabo, todo adolescente ha de tener cierto margen de expansión para tomar sus propias decisiones, acertadas o no. Imagino que todo padre desearía, aún así, que sus hijos, de cara a la opinión pública, presenten la mejor cara posible. No parece posible que Zapatero y que Sonsoles estimen que la estética de sus hijas es la más adecuada. Al fin y al cabo, si ellos estuvieran de acuerdo con la forma de expresión gótica, comulgarían de ella (y nuestro presidente siempre vestiría de negro). Por tanto, es probable que ellos desearan que sus hijas, al menos en esa ocasión tan señalada, vistieran de otro modo más acorde a los usos y a las costumbres españolas. Al fin y al cabo, el movimiento gótico (cito) estipula que “el color ha de estar ausente, pues el mundo se ha convertido en un foco de dolor carente de esperanza. No hay signos para el optimismo”. El discurso político de Rodríguez Zapatero no es ese, sino el opuesto. La imagen que transmitieron, por tanto, sus hijas, no es acorde a su mensaje de fondo. Parece lógico estimar que no le convenía que ellas (durante ese día) vistieran de ese modo. Habría que considerar que el votante socialista muestra, en líneas generales, una visión abierta ante la vida. Tal vez, incluso, en ciertos colectivos la imagen mostrada pudiera beneficiara los intereses del partido socialista. Pero no lo creo. Si el atuendo respondiera a un efecto previamente buscado, ¿por qué se ha dificultado el acceso de la opinión pública a dicha instantánea? Todo parece indicar, por tanto, que ni Rodríguez Zapatero ni su mujer consideraban adecuada la forma de vestir de sus hijas para ese día. Nudo nocional cerrado.


Tras exponer de forma objetiva todo esto… ¿Me puede alguien explicar cómo demonios se pretende que eduquemos a los hijos de la gente si ni siquiera el Presidente del Gobierno es capaz de conseguir que sus hijas se pongan una camiseta de cuadritos en un día tan señalado como es la primera visita a la casa de Obama? ¿Qué le digo yo al padre que sistemáticamente da la razón a sus vástagos, a todos esos padres que ceden sistemáticamente ante ellos… si el responsable máximo de este país también lo hace?

jueves 24 de septiembre de 2009

Andrea y el pollo

Leo en todas partes que ahora mismo “Belén Esteban da audiencia”. Miles de horas de programación propia, películas y cortometrajes carísimos, un partido de fútbol o abuelas entrevistadas por un presentador gracioso, no igualan el tirón mediático de la ex de un torero. Yo, que como funcionario tengo menos escrúpulos cada día, estoy también decidido a subirme a su carro de la compra. Por ello, esta mañana en clase no hacía más que darle vueltas a cómo relacionar mi línea editorial con dicho filón… y me he dado cuenta, en dicho proceso, de algo devastador: el Defensor del Menor está en contra de que Belén Esteban hable en el trabajo de su hija porque es menor de edad. Pues bien, he comprobado con espanto que todo nuestro trabajo consiste, a todas horas, en hablar de menores. Somos incapaces de pasar más de veinte minutos en el trabajo sin hacerlo. Me atrevería a decir que no tenemos ningún otro tema de conversación específico que no sea hablar de menores. Comentamos sus aptitudes y actitudes, sus circunstancias personales, sus físicos, sus relaciones sentimentales; repasamos vivencias y características de todo tipo: qué comen y cuánto duermen. En las últimas doce horas ardo tan sugestionado que, cada vez que suena el móvil, sopeso que uno de los interlocutores posibles es ese hombre tan agradable que pretende quitarme la custodia de mis tutorizados. ¿Qué será de mí si se los llevan?

Vale, lo admito, les vacilaba. No me quita el sueño que, por hablar de ellos en el trabajo, me desaparezcan de la vida los alumnos. Al fin y al cabo, y aunque mis alumnos son como hijos, estoy acostumbrado a que las promociones se precipiten (últimamente, se despeñan) al mundo laboral: estoy preparado para dejar de verlos de golpe. Imagino que el rapto sería, ni más ni menos, agilizar el proceso, por tanto. Eso sí, y ya que van a llevárselos, por culpa nuestra, como siempre y por supuesto, me gustaría que alguien me explicara antes por qué pasan tantos meses sin que nadie se acuerde de los alumnos absentistas de catorce años, por qué tantos estudiantes no disponen de medidas higiénicas suficientes, por qué las autoridades consienten que alumnos que no hablan ni una sola palabra de español sean penetrados de cuajo en nuestro sistema, sin adaptación previa, sin profesionales preparados para recibirlos… Me pregunto, como todo aquello que me indigna, por qué tiene tanta importancia hablar de una hija, de la que sabemos que toma pollo y que no siempre es visitada por su padre, habiendo tantos niños que no son alimentados correctamente, cuyos padres tienen sus condiciones mentales alteradas, o están en la cárcel, o ejercen la prostitución, sin ayuda alguna, ni para prostituirse ni para dejar de prostituirse. Me pregunto por qué en los últimos años solo he visto una vez la cara de alguien de Asuntos Sociales y su venida fue para llevarse a uno de nuestros alumnos, arrebatándole la custodia a su padre, sin prospección alguna. Decidieron que aquel hombre, que acudía todos los días a las dos y media a recoger a su hijo, dejaría de ser padre, pues es más barato dar un puñetazo encima de la mesa que tender la mano. Nadie le enseñó a mejorar.

Desconozco si la fama es tan mala para los infantes como dicen. Desconozco si es tan trágico crecer rodeado de fotógrafos. No obstante, sigo pensando que es peor que tus padres no te hagan una sola foto que recibir demasiadas. Tampoco sé si es peor que tu padre sea conocido o que nadie conozca quién es tu padre. Lo que sí tengo claro es que es absurdo que los telediarios abran con noticias de este tipo, que el circo mediático focalice nuestros desvelos en ellas, con la cantidad de barbaridades que se ven a diario en nuestras aulas, con la cantidad de gente que sí lo pasa realmente mal. Me da cierto placer imaginar juntas de evaluación en las que no podamos hablar de los alumnos, por ser menores de edad, por encontrarnos en público y sin consentimiento materno, pero me aterra estar siquiera planteándomelo. Cuando las cosas no funcionan, cuando la economía no arranca, cuando el paro sube y crece el flato, hacen falta temas de conversación para que la calle se mantenga distraída. ¿Será eso? Que quede claro. La base de la manipulación no es la mentira, sino la selección de la información que ha de ser relevante.

lunes 21 de septiembre de 2009

Estic cansat (traducción al catalán)

Estic cansat de sentir dir als meus companys “Fulanet, a mi, em treballa”, però mai no em canso de batallar perquè Fulanet treballi, realment.
Estic cansat d’escoltar tothom dir que tenim massa vacances, i veure que després ells es desprenen dels seus fills i no els suporten. Això sí, no em canso de parlar amb els pares per aconseguir que estiguem junts en això, que busquem acords comuns, que provem fórmules noves per a motivar-los.

Estic cansat dels retrets de l’Administració, de les extorsions, de què ens manipulin, corrompent els nostres sindicats… No em canso de demanar als polítics que inverteixin més diner en futur, perquè fa falta, que baixin la ratio per així poder atendre millor els gitanos que no saben anglès, els immigrants que no saben espanyol, tots els nois que es perden en grups de trenta i escaig, confosos per la barreja de soroll i de droga.


Estic cansat de tenir por, de les agressions a docents, de què gravin amb el mòbil els seus actes d’indisciplina i de què no existeixi una manera eficaç de contrarrestar tant de mal.
Estic cansat de la Llei del Menor, del buit legal que produeix que tinguin les espatlles tan cobertes… però no em canso de lluitar pels drets dels nois a qui els seus pares maltracten quan tracten d’evitar que les seves mares derramin més sang. No em cansa el meu treball, em cansa no poder treballar. No em cansa portar els nois d’excursió, em cansen els retrets dels pares si algú es trenca una ungla. No em cansa cuidar-los, em cansen l’atenció excessiva, l’excés de zel: ser el dolent em cansa, perquè tracto de ser el millor de mi mateix i el millor per a ells.

Estic cansat de les crítiques per estar cansat. “Si estàs cansat, deixa-ho”, em diuen. Si estic cansat, alguna cosa falla.

Estic cansat de què ningú comprengui que si ens cansem és perquè necessitem ajuda… i no un cessament. Necessitem que algú ens cuidi una mica, tenir al nostre abast els mitjans que calen per seguir tirant endavant noves generacions, pau i vida.


Estic cansat d’extemporànies comissions de servei i, en canvi, de veure a gent que es juga la vida, per no tenir a mà els especialistes que les seves malalties requereixin, que hi hagi tant endoll per alguns, tant tracte desigual. La porta d’entrada no és democràtica.
Estic cansat dels pares rics, però no dels nens pobres.
Estic cansat del menyspreu generalitzat que sent la gent pel nostre treball, de què se sentin amb dret a tot, legitimats per a insultar-te, reprendre’t, explicar-te com es fa una classe... No em cansen els retrets, em cansa haver d’escoltar a tots aquells que em retreuen coses que són impossibles de solucionar.

No em cansa lluitar, estic cansat de lluitar contra els que no saben per què lluiten. No estic cansat d’educar, però sí de ser l’únic que educa. No em cansa donar classes, em cansa que la gent se’n vagi plorant de classe i que això es consideri un problema d’ells, del que plora, del que perd la paciència, la seva vocació, la seva gola i la seva vida.


Estic cansat de cridar, però no d’explicar. Em cansen els nois que no senten, ni escolten, no aquells que no comprenen. No estic cansat de realitzar el meu treball, estic cansat de fer tot el que no hauria de ser el meu treball: cursos inservibles, tasques de policia i política, fontaneria en els ordinadors obsolets i, si cal, quart i mig de psiquiatra, comerciant i rellotger. No em cansa tirar endavant el temari, però sí posar-lo per escrit tantes vegades.

Estic cansat de les programacions, dels informes, de tanta burocràcia. Em cansa la palmada que no arriba, que em recordin que “a l’Àfrica s’està pitjor”. Pel contrari, estimo el meu treball. Sí, estimo el meu treball. Però em desespera que les coses no siguin més fàcils, perquè si fossin més fàcils, podríem fer-ho tot millor. Em cansa que totes les setmanes hi hagi notícies dolentes i que, per desgràcia, mai no s’obrin els telenotícies amb alguna cosa bona. No em cansa construir un món millor. Però els funcionaris plorem perquè és millor sentir dolor que no sentir res. No perdo la fe. Però també perdo la fe.



PROFESOR CUYAMI
EL MUNDO d’Andalusia
26-6-2009

miércoles 16 de septiembre de 2009

Pandemia y pandemónium

“Pandemia” es, ni más ni menos, que una enfermedad que se propaga a través de muchos países. Hay un no sé qué en la citada palabra que me recuerda a “pandemónium”. “Pandemónium” es la capital imaginaria del reino infernal. “Pandemónium” es como decir “instituto”, pues es sinónimo también de lugar de confusión y de ruido extremo. Sí, eso es. ¡El juego de palabras no puede estar más a huevo! ¿Me permiten, por tanto, que a mi centro de este año lo bautice así? Desde este mismo instante trabajo en el IES Pandemónium. Y es curioso porque en el IES Pandemónium todo amenaza con convertirnos en el IES Pandemia. Lo crean o no, suena parecido, pero no es igual.

Arranca el curso y me acuerdo de la sangre de cordero sobre los dinteles de las puertas judías, para escapar así del ángel exterminador. ¿Acaso los ministros tendrán acceso a la vacuna? ¿Acaso el presidente del Gobierno no será pinchado? Se terminó la sangre y nosotros vamos a ser el cordero. La sangre no da para todos y ello hace que nos reste solo esperar a que los sicarios vengan a por nosotros. Estamos vendidos y pronto estaremos vencidos. Pronto llegarán el caos, los gritos, las fiebres de cuarenta con sus delirios incluidos. Lo primero que haré, cuando descubra que estoy infectado, será sonarme los mocos y mandarle un clínex-bomba, en una carta con membrete oficial, a los responsables de esta atrocidad. Me imagino a los cuatro o cinco inspectores y jefecillos abriendo la carta y descubriendo por de pronto, con el pañuelo usado entre sus dedos, que ya es demasiado tarde para tratar de escapar. ¡En toda la geodésica!

No pienso nombrarla. Eso sí, me apuesto un café con todos los lectores de Andalucía a que antes de enero les escribo una crónica febril. Como no la pesque, es cierto, me arruino. ¿Cuántos lectores tendré? ¿Cuántos cafés tendré que pagar si no me contagio? Es igual, me apuesto un café con todos ustedes. Y que conste que no cobramos tan bien los profesores (y más ahora que a los funcionarios nos van a congelar el sueldo), pero estoy tan seguro de que convivir con trescientos adolescentes en un cuartito cerrado me acarreará lo previsto que estoy dispuesto a jugarme mis emolumentos de varios meses. ¿Qué harían ustedes si estuviesen embarazadas? ¿Irían a trabajar poniendo en riesgo, más de lo habitual, su salud y la de sus proyectos? Si ustedes tuvieran cualquier tipo de enfermedad crónica, lo suficientemente soportable como para no ser pinchados, ¿se meterían en un aula de veinte metros cúbicos de aire? Después que nadie se nos queje si los vástagos ajenos se quedan solos, si hay epidemia de bajas. Que nadie se queje si nos plantamos, si caemos como moscas, si alargamos más las bajas de la cuenta. Lo que va a pasar se puede evitar. Va a ser caótico y católico. Cuando comencemos a faltar, será tarde. ¿Tan difícil es esperar a que lleguen las vacunas? ¿Tan duro es que la conciliación familiar se reconcilie también con las nociones más básicas de prevención en riesgos laborales?

Dar clases será más que nunca un infierno. Tú le pones un parte y el adolescente te tose en la cara y te deja en el dique seco una semana. Ya tengo en la cabeza la apocalíptica imagen de todos los chicos con sus mascarillas verdes frente a ti, en el aula. A ver quién es el guapo que descubre quién está hablando, en esas condiciones. Si escuchas un rumor y todos los labios están tapados… ¡esto se convertirá más que nunca en un enigma policial! También imagino el calorcito del plástico en las comisuras, mientras tratas de relatar cómo se descompone un polinomio. ¡El más difícil todavía se acerca! Entiendo que el personal sanitario esté por delante de todos nosotros, pero está un poco feo que ni siquiera nos hayan dado esperanzas de salir indemnes de esta. La solución de la Administración parece sencilla. Se nos pide que enfermemos escalonadamente y que lloremos poco.

El dragón y el combate

No recuerdo nada. ¿Golpearía mi cabeza con la mesita de noche, tal vez? Me he despertado jadeando. La camiseta del pijama está empapada en sudor y todavía me tiemblan las manos. No sé si fue por el calor propio del inicio de septiembre o si… No huelo a alcohol, no tengo pinchazos en los brazos. No recuerdo nada, ¡en serio! He tenido una pesadilla atroz, eso sí es seguro, que espero me aporte datos sobre mi vida. Tras eso, creí ver un destello incandescente y mi visión se quedó en blanco. Pasan los minutos y algunos datos sencillos atracan a/en mi mente (el nombre de mi madre, el modelo de mi coche, el nombre de mi equipo de Hattrick…). Pero no recuerdo a qué me dedico, por más que lo intento. Poco a poco recuerdo el nombre de mis amigos y de mis familiares, el mío propio; recuerdo cómo se llama cada uno de los personajes de la última novela de Juan José Millás e incluso me parece recordar que yo solía escribir para El Mundo. Eso sí, ¡no tengo ni idea de a qué me dedico! ¿Cuál era mi profesión antes de pegarme este porrazo en la cabeza? ¿Alguien puede ayudarme?

Cada año que pasa, y ya van cuatro, logro desconectar más y mejor de mi trabajo cuando llega el verano. Por desgracia, acabo de despertarme demasiado desorientado y dudo que esto tenga arreglo. El verano me ha pasado factura. Veo los restos de un vaso roto sobre el suelo y un viejo maletín que yace junto a la cama. En el sueño se arremolinaban muchos niños gritándome insultos, ¿sería militar? ¿Guardiacivil? Me miro en el espejo y descubro que no tengo pinta de haber portado un arma en toda mi vida. Mi condición física no da para pertenecer a los cuerpos de seguridad del Estado. En el sueño todos me hablaban de julio; en el sueño, los niños del sueño, de la llegada de julio me hablaban... ¡Julio! ¿Dónde quedó esa página? Me pongo de pie de golpe. En mi habitación, en una esquina, existe un calendario presidido por las iniciales “CEP”, que nada me dicen en este instante. Alguien la arrancó de mi calendario, la página de julio, y no me di cuenta ni siquiera, de que había pasado. ¿Y qué ocurrió con la de agosto? ¿Cómo se fue? ¿Dónde queda? No lo recuerdo. Me llevo la mano al pecho y siento que me falta el aire, respiro con dificultad.

Poco a poco me voy centrando en pequeñas certezas. Yo… hablaba en público. Alguna vez me echaban cuenta, pero tengo la sensación de que mis palabras se llevaban mal con los oídos de mis receptores. Recuerdo esa tensión, sí. Todos esos ojos frente a mí, restañando y esperando un fallo. ¿Combatí en el Vietnam? Yo vivía exiliado, a más de trescientos kilómetros de la dirección que aparece en mi DNI. Eso lo he descubierto porque tenía sobre la mesa muchas facturas de gasolina, junto a una serie de cuentas realizadas a lápiz. Mi letra parece pulcra y el lápiz estaba bien afilado cuando lo utilicé. ¿Sería un portaminas? Trato de buscarlo y hallo junto a él un trozo de tiza. ¿Qué persona normal guarda tiza en un cubilete de lápices? Voy atando cabos y me asusta darme cuenta de que las tizas están gastadas… ¡No, no puede ser! ¡Eso no! ¡No puedo ser profesor! Busco posibles interpretaciones alternativas y durante unos segundos me hace feliz imaginar que quizá tengo hijos, aunque no me acuerde de ellos. Es posible que les ayudara con la Lengua, puesto que tengo dentro de un cajón un libro de texto de tercero de la ESO. Me aterra un poco que los ejercicios están realizados en los márgenes con mi propia letra. Una de dos: o soy profesor o soy un padre que está malcriando a sus hijos. Cierro los ojos y deseo con todas mis fuerzas que la interpretación correcta sea la segunda.

Y, de pronto, ocurre. Caigo de rodillas sobre el suelo. Dejo caer, en un segundo momento, mi cuerpo hacia atrás y me veo tumbado totalmente sobre el piso del piso, mirando al techo, abrumado por todo aquello en lo que llevo dos meses sin pensar. Recuerdo mi vida, recuerdo la labor que tengo por delante, la responsabilidad, la dejadez de la Junta, los gritos y las inseguridades. Recuerdo mil y una historias, mil caras que dejé indicadas, el inicio del fin, el rugido feroz del Dragón, frente a una nueva apocalipsis. Era profesor. ¿Lo seguiré siendo?

viernes 26 de junio de 2009

Fin de curso

Pido disculpas a mis cuatro o cinco lectores por haber pasado algún tiempo desconectado de este blog (de golpe he colgado varios textos). He seguido publicando columnas en EL MUNDO-Andalucía, aunque la crisis financiera ha hecho que la periodicidad haya decrecido un poco. Pese a todo, me han comunicado que el próximo curso volverán a contar con mis servicios y, por tanto, también seguiré colgando columnas a través de este medio. ¡No me han despedido, ni nada parecido! Simplemente he estado bastante liado y no he podido dedicarle a esto los minutillos que requiere.

Muchas gracias a todos por seguirme... ¡y feliz verano! Nunca es tarde para cambiar el mundo.

Estoy cansado

Estoy cansado de escucharle decir a mis compañeros “Fulanito a mí me trabaja”, pero jamás me canso de pelear para que Fulanito trabaje, realmente. Estoy cansado de escucharle a todo el mundo decir que tenemos demasiadas vacaciones, y que luego ellos se desprendan de sus hijos, y no los soporten. Eso sí, no me canso de hablar con los padres para conseguir que estemos juntos en esto, que busquemos acuerdos comunes, que probemos fórmulas nuevas para motivarlos. Estoy cansado de los reproches de la Administración, de las extorsiones, de que nos manipulen, corrompiendo a nuestros sindicatos… No me canso de pedir a los políticos que inviertan más dinero en futuro, porque hace falta, que bajen la ratio para así poder atender mejor a los gitanos que no saben inglés, a los inmigrantes que no saben español, a todos los chicos que se pierden en grupos de treinta y pico, confundidos por la mezcla de ruido y de droga.

Estoy cansado de sentir miedo, de las agresiones a docentes, de que graben con el móvil sus actos de indisciplina y de que no exista una forma eficaz de contrarrestar tanto daño. Estoy cansado de la Ley del Menor, del vacío legal que produce que tengan las espaldas tan cubiertas… pero no me canso de luchar por los derechos de los chicos a quienes sus padres maltratan cuando tratan de evitar que sus madres derramen más sangre. No me cansa mi trabajo, me cansa no poder trabajar. No me cansa llevar a los chicos de excursión, me cansan los reproches de los padres si alguno se rompe una uña. No me cansa cuidarlos, me cansan los cuidados excesivos, el exceso de celo: ser el malo me cansa, pues trato de ser lo mejor de mí mismo y el mejor para ellos. Estoy cansado de las críticas por estar cansado. “Si estás cansado, déjalo”, me dicen. Si estoy cansado, algo falla. Estoy cansado de que nadie comprenda que si nos cansamos es porque necesitamos ayuda… y no un cese. Necesitamos que alguien nos cuide un poco, tener a nuestro alcance los medios que hacen falta para seguir sacando adelante nuevas generaciones, paz y vida.

Estoy cansado de extemporáneas comisiones de servicio y, en cambio, de ver a gente que se juega la vida, por no tener a mano a los especialistas que sus enfermedades requieran, que haya tanto enchufe para algunos, tanto trato desigual. La puerta de entrada no es democrática. Estoy cansado de los padres ricos, pero no de los niños pobres. Estoy cansado del desprecio generalizado que siente la gente por nuestro trabajo, de que se sientan con derecho a todo, legitimados para insultarte, reprenderte, explicarte cómo se da una clase... No me cansan los reproches, me cansa tener que escuchar a todos aquellos que me reprochan cosas que son imposibles de solucionar. No me cansa luchar, estoy cansado de luchar contra los que no saben por qué luchan. No estoy cansado de educar, pero sí de ser el único que educa. No me cansa dar clases, me cansa que la gente se vaya llorando de clase y que eso se considere un problema de ellos, del que llora, del que pierde la paciencia, su vocación, su garganta y su vida.

Estoy cansado de gritar, pero no de explicar. Me cansan los chicos que no oyen, ni escuchan, no aquellos que no comprenden. No estoy cansado de realizar mi trabajo, estoy cansado de hacer todo lo que no debería ser mi trabajo: cursos inservibles, labores de policía y política, fontanería en los ordenadores obsoletos y, si se tercia, cuarto y medio de psiquiatra, comerciante y relojero. No me cansa sacar adelante el temario, pero sí ponerlo por escrito tantas veces. Estoy cansado de las programaciones, de los informes, de tanta burocracia. Me cansa la palmada que no llega, que me recuerden que “en África se está peor”. Por el contrario, amo mi trabajo. Sí, amo mi trabajo. Pero me desespera que las cosas no sean más fáciles, porque si fueran más fáciles, podríamos hacerlo todo mejor. Me cansa que todas las semanas haya noticias malas y que, por desgracia, jamás abramos los telediarios por algo bueno. No me cansa construir un mundo mejor. Pero los funcionarios lloramos porque es mejor sentir dolor que no sentir nada. No pierdo la fe. Pero también pierdo la fe.

El pacto del Yoni

Salgo a desayunar como cada mañana. En esta ocasión, Josico está de pie, tomándose su café, ojeando el Marca del día anterior. Por azares de la vida, tan lejos de nuestra tierra, hemos ido a coincidir un bético y un sevillista, en tierra extraña. Nos conocimos por casualidad, haciendo patria, con los lugareños, discutiendo de fútbol. Él me aparca todas las mañanas su Seat León bajo mi bloque y apunta hacia mí una bandera pirata, del equipo ese suyo al que tanta grima le tengo. Todavía recuerdo la mañana en que charlamos por vez primera. “Tío, ¡no me puedo creer que haya otro sevillano tan lejos de nuestra ciudad! ¡Somos una plaga! Pero… ¡tú encima te quedas definitivo! ¡Estás colgado! ¡Tú sí que tienes un problema!” El caso es que Josico se está convirtiendo en mi colega. El exilio es así: él conoce cosas de mí que nadie intuye y yo descubrí con solo mirarlo a los ojos que está liado con una de sus compañeras de curro. “Todo lo que yo sé es lo que tú sabes, y lo que yo sé, lo aprendiste tú también de niño: ligamos igual porque somos del mismo lugar”. Y no digo que no.

“Oye, Cuyami, ¡os vais a cagar! En serio, ¡os vais a cagar!” No me gusta que se metan en mis hábitos excretores, pero (con todo y con eso) le pregunto el motivo que legitima tal afirmación. “Os va a llegar un sexto que es terrible… ¡En serio, jamás vi un sexto tan malo!” Se me olvidó comentar antes que Josico es maestro de Educación Física e imparte clases en el colegio del pueblo. Sus actuales pupilos son mi porvenir. “No será para tanto, macho. He oído a cientos de maestros hablando de sus niños así… ¡y después nunca es para tanto! No trates de asustarme porque, a estas alturas de mi vida, ya me las sé todas. Me preocupa mucho más el descenso del Betis…”. Llega ahora el momento en el que Josico comienza a hablarme del Yoni. Es el maleante más prometedor que ha salido del Colegio en varias décadas. Haciendo caso de las palabras de Josico, vamos a morir todos. Según él, es el líder de una generación galáctica. En otro centro, recuerdo, estuvimos dos años escuchando hablar de un tal Chulín. Se le esperó tanto que, el día que pisó el Instituto al fin, a punto estuve de pedirle un autógrafo. A decir verdad, no andaba mal dotado de maldad. No levantaba más de cuarta y media del suelo, pero no necesitaba envergadura física para enseñarte el culo a las limpiadoras, para amenazar con armas a los padres, para acosar a las chicas.

“¿Y el tal Yoni ese tiene su edad?”, le pregunto, con la esperanza de que me diga que va a repetir. “Cuyami, ¡parece que te has caído de un guindo! ¡Cómo se nota que eres del equipo que eres! Vamos a ver: con los alumnos de estas características se establece un pacto secreto entre los maestros para que no repitan nunca. Yoni no sabe leer y va a pasar curso. Si repiten, nos los tenemos que quedar nosotros y tampoco eso hará que mejoren demasiado. Cuanto antes pasen a la ESO, antes nos dejarán en paz. Los que repiten son los más buenecitos, hombre, no los que tienen mal comportamiento. Cuando llegan a Primero pasan a ser vuestro problema y no queremos que se hagan poderosos en nuestras manos. El ser humano se vuelve letal con trece años… y nosotros no queremos tentar la suerte. Por lo tanto, solo me queda decirte una cosa… ¡ahí lo llevas! Si te digo la verdad, yo lo haría repetir, porque el año que viene no voy a estar en este pueblo y porque el crío se lo merece, pero mis compañeros sí estarán y ellos no quieren tener más raciones de Yoni. Pensando en ellos, el Yoni va a sacar una buena nota en Educación Física. Al fin y al cabo, en meterse en peleas sí es realmente bueno… y el boxeo es deporte olímpico, ¿no?”.

Me imagino ya a su madre. La tendré frente a mí y me mirará con ternura: “mi Yoni es muy inteligente, jamás repitió en el Colegio, y los maestros no tenían quejas de él”. Su pobre madre pensará que no lo motivamos de forma adecuada, que le tomamos manía. ¡Será todo un reto convencerla de lo contrario! En fin, lo único cierto es que las nuevas generaciones pisan fuerte, sea el Yoni para tanto o no. Sistemáticamente los alumnos mayores miran a sus predecesores con susto y pasmo: “nosotros no éramos tan malos”, te dicen. No obstante, la memoria de los peces y la de los seres humanos no difieren tanto.

¡Bienvenidos al Norte!

Pueblo pequeño. Montaña. Mil habitantes. Treinta profesores. Tres lugares para comer. Tomo la frase de una película francesa llamada “Bienvenidos al Norte”. Si les gusta esta columna, vean la película. “Un proverbio local dice que aquí se llora solo dos veces. Los forasteros lloran al llegar… y también el día de su partida”. Los profesores están condenados a encontrarse en el Súper, a tomar café juntos, a estremecerse bajo las mismas campanadas del reloj de la torre. El pueblo tiene cuatro calles. El clima etílico del lugar es más que considerable y, reza la leyenda, el pueblo ha roto matrimonios, construido hijos putativos, de allí han salido amistades indelebles y algún que otro labio roto en alguna reyerta tabernaria a cuenta de la profesora de Historia. El trabajo no acaba jamás, porque jamás dejan de estar de servicio. En el Restaurante o en el Mercado, todos conocen quién es docente y han de responder dudas a los padres o tomar cañas con los alumnos. Aquellos que somos de ciudad nos encontraríamos ante la difícil tesitura de tener el establecimiento franquiciado más próximo a tres cuartos de suerte, si la carretera permanece abierta. Otro mundo.

Esta columna es un pretexto para enumerar las fases que todo profesor vive al acometer el exilio. Si alguno de ustedes se encuentra en algún lugar semejante, no teman: todo acaba bien. Es posible que se den a la bebida. Por lo demás, no hay riesgos. Reitero, voy con las fases. Notarán que se parecen bastante al proceso de duelo que experimenta una persona que siente que va a morir. Me he inspirado ahí, lo admito, pero goza de especificidad plena. A saber. 1) Negación: el sujeto manifiesta un rechazo irracional. Llora. No atiende a razones. Está abrumado por la cantidad de curvas y se limita a señalar que aquello no puede estar ocurriendo. “No, ¡yo en este instituto no me quedo! ¡No puede ser! ¡Tiene que haber un error!”. 2) Negociación: pasado el enajenamiento inicial, busca alternativas que son bastante inviables. “Mi sindicato me concederá una comisión de servicios. Al fin y al cabo… ¡me duele muchísimo el dedo gordo del pie! Y si no… ¡puedo darme de baja! Soy funcionario y tengo un primo que lleva cafés en Torretriana. ¿Y si presto favores sexuales a…?”. 3) Parálisis: el docente queda a merced de su destino. Se deja ir y comienza a plantearse de veras lo que le espera. Es en este momento cuando mira los horarios de los autobuses, comprueba cuáles son las carreteras menos malas, busca alojamiento sin perder en ningún momento el rictus de muerto en vida. “Bueno, es lo que hay, ¿no? Voy a ir preparando las cosas. Aquí puedo aprovechar para estudiar, aprender yoga, hacer batuka, leerme al fin Fortunata y Jacinta…”. 4) Aceptación: se culmina el proceso con la madurez emocional propia de un superhéroe. Se pierde el miedo y se descubre que todo lugar tiene ventajas y desventajas. Los pueblos medio aislados tienen alumnado cálido y de calidad y el modo de vida enaltece el beatus ille. En esta fase, todo te ilusiona. “Ya que tengo que quedarme… ¡al menos me lo voy a pasar bien! Esto podré contárselo a mis nietos”. 5) Nirvana: olvidas que existe un “antes de”, entras en comunión con el medio y re-actualizas tu lectura de Heidi. Conoces gente, sales, le coges miedo a marcharte. “¡Guou! No sé si es porque estoy demasiado borracha… ¡pero os quiero tanto!”. 6) Plenitud: el bar es tu bar. Asumes que este lugar siempre va a pertenecerte. Comienzas a recitar los nombres de (todas) las calles. Ya no todo es perfecto, claro. Añoras momentos del comienzo y desearías volver atrás. Ha dejado de ser un sueño, pero… ¿dónde estarías mejor? “Estoy pensando en volver a pedirlo. Está lejos de todo, pero se vive bastante bien y terminas por acostumbrarte a las curvas de la carretera… y a todo lo demás”. 7) Despedida: aunque siempre has dicho que no sería así, lloras y con ello se cierra el círculo. Se hace realidad en ti el proverbio y descubres que has sido feliz. Ítaca aguarda. Penélope espera. A Calipso… ¿dónde la dejamos?

Cuando comuniqué a mi editor mi destino, me dijo: “profesor Cuyami, ¡le han descubierto!, ese lugar es lo más parecido a las Islas Canarias (para Unamuno) que tiene la Junta de Andalucía”. Honestamente, no creo que haya relación entre lo que escribo (y pienso) y mi emplazamiento actual. Eso sí, si algún inspector despechado tiene algo que ver en todo esto, quiero darle las gracias de forma sincera. Estoy en la fase de plenitud. Aunque mi emplazamiento no es idéntico al caso descrito, este sitio es lo mejor que me ha pasado laboralmente en toda mi vida. Los alumnos son buenos y el aire puro de la costa va a hacer que me vuelva místico perdido. Lloraré el día que me marche… porque soy feliz.

Redes sociales

Sucedió de forma inocente. Siempre he pensado que los grandes descubrimientos siempre poseen esa misma ingenuidad: una manzana que pega sobre la cabeza, una cueva que creíamos vacía no lo está, juntamos elementos que parecían peleados… ¡y ocurre algo! Estábamos de excursión en el campo. Una de las chicas del grupo dijo que las fotografías que estaban haciendo iban a colgarlas en el Tuenti y yo, que siempre he sido muy cotilla, me interesé por ello. En mi cabeza entraba lo siguiente “por fin una forma de conseguir material para la revista del IES, sin tener que solicitárselo a los autores quince o dieciséis veces”. Así me veis, introduciendo “tuenti” en Google, con la esperanza de que me saliera algo más accesible de lo que, en realidad, encontré. Se trata de una red social, semejante al Facebook, que cuenta con más usuarios en España que nadie, pero que exige una invitación para poder acceder. Rebusqué en mi memoria y en mi agenda hasta encontrar a alguien lo suficientemente adolescente como para invitarme. ¿Quién podría estar dado de alta en el tal Tuenti? Lo hallé y, en unos pocos minutos, pude acceder por fin a un nuevo mundo.

Se trata de un universo paralelo. El ochenta por ciento de mis alumnos tienen una cuenta. La mayoría de ellos, de hecho, entran a diario. A través del Tuenti quedan, se comunican, preguntan cosas del Instituto y, sobre todo, ligan. Es cómodo porque te permite recordar cumpleaños (o, mejor dicho, te evita tener que recordarlos). Además de eso, sin necesidad de rebuscar demasiado, te permite encontrar a personas que creíamos perdidas, que yacen a los pies de algún pedestal de la memoria. Le hago caso a Sabina y me creo eso de que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, pero lo cierto es que Tuenti aporta rincones abiertos a la melancolía: te permite recuperar bienhechores, descubrir que siempre somos generosos cuando imaginamos dónde estarán nuestros ex, aquellas personas que nos han hecho tanto daño o todo lo demás.

Ah, se me olvidaba el tema de la columna: Tuenti es, ante todo, un descomunal álbum de fotografías. De hecho, su gracia principal estriba en el morbo de ver situaciones sin ser vistos, vivencias, novios, viajes… de otros. Existen miles de posados veraniegos, instantáneas de borrachera, vestidos imposibles de comunión. Tuenti nos permite rastrear y discernir si nos gustan los amigos de alguien, cuánto bebe cada cuál, las compañías, los enemigos… de nuestros hijos y amigos. Solo existe un pequeño problema: nadie controla qué fotografías tienen la anuencia de los interesados y tampoco si son adecuados los comentarios que el resto de mortales aporta sobre estas. Regreso a lo que nos ocupa, que hoy estoy un poco disperso: ¿se imaginan cuántas fotografías de docentes, tomadas en clase, y sin consentimiento, se encuentran en las redes sociales? ¿Cuántos profesores están, sin saber que están? Yo estoy, se lo aseguro. Usted puede que esté, también. ¿Se imaginan la índole de los comentarios de los estudiantes que las cuelgan? Probablemente fallan. Si les soy sincero, la línea general no es demasiado faltona. Hablan de nosotros, pero no hablan demasiado mal de nosotros. No obstante, el otro día me llegó un comunicado firmado por el claustro de un IES. Se trataba de un centro en el que los profesores protestaban porque estaban cansados de tener que aguantarse con esta práctica, hartos de ser difamados en Tuenti, asqueados de que se cuestione la identidad sexual de la gente, la profesionalidad, las conductas higiénicas o alcohólicas de todos los docentes. Sin defensa posible y mediante fotos que vulneran el derecho a la privacidad.

Con todo y con eso, quiero quedarme con la parte positiva. Os recomiendo Tuenti. Daos de alta y mimetizaros con el entorno: volveréis a los veinte años o a los años veinte. La experiencia vale la pena porque te permite conocer mejor a tus alumnos, porque ayuda a ganarte su respeto, porque así podrás felicitarlos y preguntarles si han tenido un mal día, cuando tengas problemas con ellos. Así descubres sus inquietudes, sus problemas, así te haces con su lenguaje, con sus roles; así te será más fácil comunicarte con ellos en todos los sentidos. Es una herramienta didáctica muy útil (sé que posiblemente nadie me creerá) y, si este argumento no te convence, seguro que sí valdrá otro bastante más egoísta. Si tú estás, no te critican. Son adolescentes, pero no son tontos. Si molas, molarás más. Si no molas, tu presencia en Tuenti les cortará el rollo. ¡Y eso supone el fin del problema!

La bolsa o la vida

Recuerdo aquella escena milenaria, tomada de aquella película milenaria, en la que una cámara enfocaba el vuelo inconstante de una pequeña bolsa de plástico. Subía y bajaba con facilidad, inculcada en sus virajes, por rachas desiguales de viento. Eso es la belleza, como reza parte de su título. Antes bien, he dejado de ver belleza en eso. Hace meses que surgió el rumor: las bolsas de interinos estaban paradas. A esto le sumamos que en Andalucía no es posible saber el orden exacto de los presentes. Solo se revela quién es el primero que ocupa el escalafón y tu puesto exacto, pero nunca la lista completa. Hablo de las bolsas de interinos, por si no se nota, de las cuales salen los profesores que realizan las sustituciones para reemplazar a los caídos en acto de servicio. En la virtualidad más sublime, introduces tu número de ciudadano español y la aplicación informática te devuelve otro distintivo algebraico según el cual sabes si estás a punto de trabajar o no. Son muchos más los que distan mucho de hacerlo, que aquellos que permanecen en capilla, todo sea dicho, pero hay quien sí se lleva alegrías de vez en cuando. A veces esas alegrías vuelven a encabezarlas interinos con mucho tiempo de servicio… y tus ilusiones se frenan en seco porque ese cambio viene acompañado siempre de pérdidas de puesto. En algunas especialidades, ningún opositor de libre (o sea, los que no eran interinos) ha podido todavía comenzar a trabajar (casi un año después de las oposiciones). No tuvieron plazas en las oposiciones y ahora tampoco la bolsa de interinos tiene para ellos un hueco habitable.

Un amigo que trabaja dentro del gran pastel (¿les he dicho alguna vez que Torretriana me recuerda a una enorme creación de la hermana de Arguiñano?) me dijo una vez que es un auténtico milagro que cobremos la nómina cada mes. Me dijo que el funcionamiento de la Consejería de Educación es un desastre. “Si no se publica la lista completa de los interinos es porque hay muchos cambios”, me dijo. “A veces se altera el orden si hay alguna sentencia que así lo aconseja, otras veces… bueno, tú sabes, a veces alguien tiene que adelantar algún puesto por algún motivo”. Hoy puedes estar el treinta y mañana y cuarenta y uno. No hay esperanza, ni criterio: simplemente pasas las horas muertas cruzando dedos y enlaces, con la feliz esperanza de que algo altere y alterne las cosas. Últimamente, los milagros no ocurren. Se dice que estamos en crisis y que ampliar las plantillas de profesores ha dejado de ser una prioridad. “Es inútil, el próximo curso no trabajaremos”, escuché decir a un par de chicas que casualmente pretenden entrar en el gremio y que compartían, junto a mí, equipo en un cibercafé.

Existe una leyenda urbana que reza que nuestros sindicatos han pactado con la Junta que el próximo año muchas sustituciones “cortas” no se cubran. También existe la creencia de que ahora, faltando poco más de un mes, aquellos que nos hagamos un esguince, tampoco seremos reemplazados. Según eso, si es cierto, nuestros compañeros habrán de hacer guardias, agotándose aún más en un mes que se las trae, y los alumnos estarán desamparados en las postrimerías del curso. Más que nada porque hay que ahorrar gastos. USTEA ha creado una página que pretende recabar información sobre qué centros están desatendidos, sobre qué sustituciones no se cubren… y no son pocos ya los inscritos. Parece que esa es, de un tiempo a esta parte, una de las consignas que se perciben: el ahorro pasa por un deterioro en la calidad de la enseñanza pública. Ya ocurrió con muchos proyectos del CEP, para los que dejó de haber dinero hace tiempo; influye en el tránsito de las bolsas de interinos y repercutirá también en aspectos tan importantes como la creación de nuevos ciclos formativos (¿se juegan algo a que en el próximo ejercicio el ritmo de crecimiento de la FP se estancará de forma notable?).

Nunca he pasado por una de esas listas. Pese a lo cual, quiero mandar palabras de ánimo a todos aquellos que están pendientes de la llamada de la selva. Cuando suene el teléfono, estaréis dentro. Los problemas pasarán entonces a ser otros. Sé que creéis que todo estará solucionado entonces, que los planes de boda pueden recrudecerse, que habrá babero nuevo para el bebé. Sin embargo, ya os lo digo, los problemas se multiplicarán exponencialmente, y nada estará resuelto (siento romper el sueño, vuestro trabajo no estará garantizado de por vida). Eso sí, ¡disfrutad del momento! Llorad cuando os llamen. Bailad bajo la lluvia: ¡lo que sea! Pero no os ilusionéis en exceso. En lo relativo a la Junta y a sus burocracias, no os ilusionéis jamás. Es una amante ingrata. Y no corren buenos tiempos. Omiten.

El triunfo de la mediocridad

Soy consciente de que voy a perder unos cuantos lectores a lo largo de estas líneas. Pese a lo cual, aunque no voy demasiado sobrado de clientela, quiero correr el riesgo de ser políticamente incorrecto, le duela a quien le duela. Me centro: acaba de llegarme el borrador de mi declaración de la Renta y tengo que pagar. Cobro cada mes unos mil ochocientos euros. Estoy exiliado. A pesar de ser un funcionario público de la más alta categoría, mi puesto de trabajo está a más de tres horas de viaje de mi domicilio habitual. Estoy obligado a pagar cuatrocientos euros de alquiler. En Madrid esos gastos sí podría desgravarlos, pero en Andalucía se me considera un privilegiado y no me dan ni un céntimo por ello. Gasto en gasolina todos los meses unos doscientos euros, tampoco por ellos recibo ayuda alguna, y al estar apartado de todo mi mundo mis facturas de teléfono fijo y móvil son altas. Todos esos gastos se los debo a la Administración (también mi alimentación se incrementa: todos sabemos que vivir solo sale proporcionalmente mucho más caro). Teniendo en cuenta cuánto tendría que conducir tuve que comprarme un coche y suelo comer tres veces al día. Al final, si echamos cuentas y sin pagar hipoteca, resulta que me quedan unos quinientos euros para vivir todo el mes. No está mal, ¡Dios me libre! (Hay gente que está peor, lo sé). Pero la Admnistración me tiene fiscalizado y sabe hasta dónde meo.

Estudié catorce años para acceder a la Universidad. En ella cursé cinco cursos en cinco años. Preparé las oposiciones en nueve meses. Pasé ese tiempo levantándome a las cinco y pico de la mañana. Me encerraba a las seis y media en una biblioteca y, en líneas generales, cuando salía de allí era de noche. Nadie me ha regalado nada. Hice un trabajo excelente y conseguí ser funcionario con veinticuatro años. Y ahora, ¿me oyen?, muchas promociones de VPO me niegan una casa porque cobro demasiado. Ahora, a pesar de ser joven, me deniegan las becas y las ayudas de alquiler. ¿Me oyen? ¡Vivo peor que aquellos que se quedaban en la puerta del Instituto fumando porros! ¡Vivo más lejos, tengo menos dinero y encima he de pagarle más a Hacienda, encima he de sufragar el PER y el subsidio de algunas personas que se merecen mi dinero menos que yo! ¡Estoy hasta los mismísimos de pagarle dos años de paro a alguna gente que no quiere trabajar! Los quinientos euros que se ahorran cada mes aquellos jóvenes que reciban una VPO, y que se ganan con un trivial sorteo, yo tardé veinte años en ganarlos… ¡y me costaron cinco dioptrías en cada ojo! No me entiendan mal: creo en la solidaridad y en todas esas cosas bonitas. Soy educador y me dejo la crisma por los demás, pero ¿no les parece un poco fuerte que encima de que tengo poco dinero, habiendo trabajado tanto, deba pagar a Hacienda cuando, en realidad, llevan todo el año quitándome un quince por ciento de mi sueldo cada mes, mientras que muchos otros jóvenes trabajan en negro? Cotizo más y ¿de qué me sirve estar asegurándome el paro si yo jamás he estado ni estaré en el paro? ¿He de pensar en mi jubilación, que tendrá lugar vete tú a saber cuándo? Yo no quiero auto-pagarme el paro porque no corro ese riesgo. Y quiero tener las mismas oportunidades que los jóvenes que han trabajado menos que yo. ¿De qué sirve estudiar tanto si no tengo dinero para pagar una casa, si no puedo escoger dónde quiero vivir, si me deniegan todas las ayudas que mi edad merece?

Y encima has de escuchar cómo todo el mundo te dice que eres afortunado, que tienes privilegios. La suerte no existe. En Andalucía no se prima a la gente brillante (y no lo digo por mí, que conste): se tiene contenta a la gente mediocre. Los jóvenes no saben competir porque no vale la pena competir. Me he privado de muchas fiestas, de mucho alcohol y de todas las drogas, para conseguir todo lo que tengo y, sin embargo, cuando digo en qué pueblo trabajo y cuánto gano por ello, mucha gente se ríe de mí. Todo el mundo piensa que esto está muy bien pagado, pero hay meses que mi banco tirita. “No te gestionas bien”, me dicen. Y yo me río: yo hago las cosas de forma legal y ese pecado siempre te sale caro. Tengo el seguro del coche a mi nombre y no robo el Wifi del vecino (en todo caso, soy yo el vecino al que alguien le está robando el Wifi). Lo dicho: fracasen, no persigan comerse el mundo porque Hacienda te hará encima pagar por ello (pregúntenle a los empresarios que hacen bien su trabajo qué opinan). Haces todo lo que está en tu mano y terminas cenando un sábado en Burger King porque te falta dinero para otra cosa. Hacienda somos todos, dicen. Pero no todos pagamos a Hacienda. Callan.

jueves 2 de abril de 2009

Estoy de huelga

Este texto se publicará dentro de unos días y el tema ya habrá pasado de largo como el Autedia hace con los pueblos pequeños de la comarca. Como siempre ocurre, tras la novedad no queda nada. Los textos periodísticos pierden su vigencia pronto, y este estará desactualizado, de hecho, antes incluso de haberse publicado. Sin embargo, es el momento. No logro evitarlo. Esta mañana el despertador sonó como de costumbre, pero me he quedado en el piso. Corrigiendo, todo sea dicho, pero sin entrar en clase. Tampoco puedo volver a mi ciudad porque la Junta me hace trabajar a más de cuatro horas del lugar que reza en mi DNI. Perderé noventa euros por estar haciendo lo que estoy haciendo y, honestamente, no gano nada. No soy interino y las bolsas de sustitución me cogen un poco fuera de juego porque jamás he estado en una de ellas. Empero estoy en huelga. Mi conciencia no me permite dar clases hoy. Las normas cambian cada día, los acuerdos los dictaminan cuatro o cinco sindicalistas casposos que dejaron de representarnos cuando sus manos dejaron de tener tiza sobre ellas. Mi cuota los libera. Los libera de toda obligación docente y los encadena a otros intereses, en virtud de los cuales han llegado a donde están. Casi nadie sabe nada. Me consta que más de la mitad de los interinos de mi centro ni siquiera sabían hace unos días en qué consiste la batalla, la mayoría de los padres desconoce por completo por qué sus hijos hoy vivirán seis horas de anarquía y de servicios mínimos. Nadie lo cuenta claro, nadie te informa, las negociaciones, mesas sectoriales y demás fraudes, deberían ser televisadas. Quiero verle la cara de aquel que me entrega por un puñado de monedas.

Sin que nadie lo pidiera, decidieron ordenar a los interinos por nota y no por experiencia. Eso implicaba que muchas personas (adultas y serias) se iban a ir al paro, con hipotecas, hijos y amantes que mantener. Como, de pronto, descubrieron que eso era una barbaridad, el Plan B consiste en mantenerle la antigüedad a los que están dentro y fastidiar a los que lleguen a partir de ahora. Nuevamente habría internos de dos y tres divisiones y, para colmo, se comete una deprecación abrasiva contra la Constitución, ese papelajo según el cual todos somos iguales. Si llegaste al cuerpo antes del Día D, bien. Si llegaste el día E, que todo el mundo sabe que es el posterior al D, entonces no tienes nada que hacer: cada dos años tendrás que ganarte el sueldo y te pasará hasta el Potito, fiero opositor donde los haya, si tienes un mal día o si te tocan las bolas… y salen los temas que no tienen que salir. Cada dos años te juegas tu puesto de trabajo a una carta. Y si no te parece bien, te aguantas.

¿Por qué no nos preguntan? ¿Por qué cambian las cosas entorno a las cuales ya había consenso, en vez de solucionar los problemas reales? Somos el colectivo laboral más grande de Andalucía. Los profesores estamos por todas partes. ¿Cuántas huelgas como la de hoy son necesarias para que nos traten un poco mejor? No, claro, ya lo sé. Si alguien ajeno al mundillo permanece leyendo esto, estará ya en su cabeza lo de las vacaciones y ese mito estúpido que asegura no trabajamos nada. Ante lo cual, y como siempre, solo me resta pedir a los interesados que echen su solicitud, previo estudio de un porrón de años, y que compitan por entrar en este Olimpo tan jugoso (ah, y les deseo suerte si han de pasar antes por la trepidante experiencia vital que supone la interinidad).

Se supone que una directriz de la Unión Europea dice que hemos de reducir el número de interinos. Por ello, han tenido dos planes providenciales. El primero es regalar las plazas a manojitos en un modelo injustísimo (os recuerdo: en la última oposición ni siquiera era posible conocer las notas de tus exámenes). Como no hubo plazas para todos, la estrategia segunda pasa por quitarles estabilidad a estos profesionales para mandarlos al garete cuando sea menester. Y digo yo: ¿no sería más fácil distribuir mejor las vacantes para que no sea preciso crear cada año nuevos interinos… y que la jubilación haga el resto? Y digo yo: ¿tan difícil es crear una oposición de “promoción interna” y que las vías de acceso al cuerpo de funcionario sean diferentes para los que llegan de nuevas y para los que ya están dentro? Así cada cual sabría a lo que juega y competiría contra los de su liga. En suma, y por lo pronto, vuelvo a rogar que las normas no cambien cada seis meses y que si se cambia algo que, al menos, se haga con un poco de cabeza. ¿Veis? Siempre lo mismo. Últimamente me repito más que el gazpacho de mi tía.

miércoles 25 de marzo de 2009

Cuadros, grillos y grilletes

Laly sueña despierta y por ello he esperado a encontrarme en un estado de hiperconciencia para redactar estas líneas. Solo en estados alterados de ánimo, tras estímulos desgarradores, inmerso en sueños y sueño, me es posible entender ciertas cosas. Hablamos de una artista, de una profesora con arte, que cada día se enfrenta a los invasores de guaridas, a todos los guardias de las mazmorras, a los fantasmas, grillos y grilletes que pueblan sus cuadros, sus dudas y sus muertos; no me es posible hablar del tema con objetividad porque eso sería renunciar a la parte transcendente. Laly es una profesora excelente que, pese a todo, sigue siendo un ser humano. Abarca sueños y suspiros entre sus lienzos y, de pronto, sin dar cabida a tantos sentimientos como su luz debiera engendrar, topa de bruces contra una realidad carcomida y estúpida.

Ahora, en cristiano. Laly tiene un alumno al que todos apodan El Gitano. El Gitano es tosco en las formas y ruin en el fondo. Acude al Centro para hacer negocio y, por desgracia, no me refiero a negocios justos, como bien podrían ser revender bocatas, traficar con chuletas o pintar iconos manga a cambio de besos. El Gitano vende droga y enunciarlo de otro modo sería un eufemismo injustificable. Como en el Centro el Director no tiene los arrestos necesarios para meterle mano al asunto, el tráfico de estupefacientes se ha convertido en una eventualidad más, tal como son los cambios de clase, las peleas en los recreos o los suspensos debidos al poco dormir. De este modo, la mercadotecnia ha funcionado. La droga es la misma, pero no es lo mismo comprársela a uno que a otro. ¿Cómo va a ser igual un porro liado con yerba de un tal don Nadie, que otro procedente de la factoría de El Gitano? Solo el mote ya coloca. La firma hace efecto, claro. Siempre ha sido y será así. La sociedad de consumo es a menudo eso: un eterno placebo de productos iguales, pero más sabrosos conforme más sucio sea el proceder, el actuar, el halo que lo envuelve y envenena todo.

Retomo. En el tejemaneje cotidiano que supone el trafique, Laly se encontraba en una clase centrada en las creaciones de los chicos, tratando de insuflar un poco de magia en un horizonte de pulcra roña. Vio un bulto y, en el quehacer diario de todo docente-policía, se acercó al muchacho de los pelos largos. “No tengo nada, no mires ahí”, inquirió escondiendo el paquete. Inicialmente ella pensó que se trataba de un insignificante móvil, por eso se acercó. Las leyes del Centro lo prohíben, pero el botín fue bastante más sabroso. Hablamos de una bolsita de polen de marihuana, mercancía que crispó a El Gitano sobremanera, tras la fortuita incautación. “Maestra, ¡ni se te ocurra! ¡Eso no lo toques!”. Una tranquila clase, en la que el objetivo era componer un bodegón surrealista, se concreta en una persecución a lo Corrupción en Miami. A partir de ahí, ¿os imagináis qué viene? ¿Suponéis el estrés, la tensión, los insultos, los comentarios, el bajonazo de autoestima cada vez que los alumnos te tratan de loca, por oponerte a una transacción ordinaria, por trazar diques para que el mar no siga comiéndose el terreno? Desde ahí, Laly mirará su coche antes de montarse y respirará aliviada si las cuatro ruedas tienen la misma cantidad de aire, aproximadamente. Desde entonces, le será imposible entrar en el IES, escuchar los gritos de siempre, sin haber amortiguado su conciencia con algún medicamento fuerte. ¿Quién tiene la culpa?

Me vanaglorio de decir que no existen los docentes normales. Todos estamos un poco tocados y tarados. Normal. Te llevas cornadas si toreas desde el albero. Duelen mucho y no son un gaje, sino una putada (perdón por la expresión). Es personal siempre, porque el objetivo de los alumnos, capitaneados por El Gitano, será herirla hasta que logren fundir su resistencia, quebrar sus nervios, prenderla y hacer que derrame sus humores, sus vísceras, el alma al completo. ¿Cómo no va a ser personal si todo salpica como escupitajos reciclados contra el viento? Hablo del viento del mar que aquí trae los fardos que las zodiac de los narcos dejan escapar. Todo el mundo sabe qué significa, en los puertos costeros, una persecución cerca de la orilla. Habrá pesca y alguien cambiará su forma de vestir. Lo normal. Oponerse a lo obvio se le ocurre solo a los locos y a los artistas.

¿Se puede echar a un mal profesor?

Partamos de la base de que no ha pegado a ningún alumno y de que justifica religiosamente todas sus faltas. Prefiero no dar su nombre. Al fin y al cabo, nadie va a conseguir expulsarlo del cuerpo por más que se le presione y, por ende, no está bien alarmar a los padres de una situación que no tiene arreglo. Creemos que posee una seria enfermedad psicológica. Y no es broma. Sus conductas son anómalas. Realiza actos irracionales y no da buenas clases. Acoto: me atrevería a decir que “no da clases”, pero no quiero opinar sin conocimiento de causa. Yo no estoy allí. Soy docente, no alumno. Eso sí, las leyendas sobre lo que hace en sus sesiones darían para rellenar cuatro o cinco escritos como este. Y por las tardes es aún menos discreto. Se cuenta que una vez se bañó en la fuente del pueblo, que agitó sus genitales al paso de un cortejo fúnebre, se marcha sin pagar de los bares y las limpiadoras del Centro han pedido que no las dejen solas por las tardes. Esa es la consigna: si él aparece, todos cierran las cancelas y el paso no está permitido. Es necesario cerrar con llave en todo momento y el equipo directivo ha de autorizarte expresamente la entrada, fuera del horario escolar. Todo por él. ¡Y estoy hablando de un profesor! Tiene el mismo cargo y las mismas responsabilidades que yo, pero se comporta como un auténtico alienígena.

Es cierto: no ha hecho nada grave, pero ha hecho todo aquello que no es grave. Las guardias no las cubre, confunde papel Albal con alijos de coca y se cuenta que una vez dejó una bolsa repleta de pescado crudo en los armaritos de un aula con el consiguiente hedor, posterior a la putrefacción, y con el consecuente escándalo de todos los adolescentes circundantes, descubierto el pastel. Claro, no es grave. Nadie puede echar del cuerpo a un compañero por apestar un armario, por culpa de rumores sobre su estado mental y… ¿Acaso es posible comprobar con un análisis médico si todo esto es serio o no? ¿Acaso él está obligado a rendir cuentas de sus capacidades neuronales? Más bien no. Ahí sigue. Mientras muchos de los nuestros temen que abramos el telediario algún día, ahí sigue. Y muchos no podemos quitarnos de la cabeza aquel fin de semana en que tuvo la feliz idea de perseguir a varios adolescentes con el coche. Fue a horas intempestivas. No queda probado que existiera voluntariedad. Nunca algo es lo suficientemente grave porque certezas hay pocas, dado que la opinión de nuestros alumnos no deja de ser el testimonio de adolescentes. Ahí seguimos. En las mismas. La Administración se cansa de recibir quejas de los padres, de los directores que lo soportaron antes, de todos nosotros. En realidad, no existe ningún mecanismo que posibilite excretar a un docente defectuoso. El sistema es majestuoso, pero… ¿Qué se hace en momentos así, cómo se lucha contra individuos así?

Este será su tercer expediente disciplinario abierto. El otro día fueron cinco las horas que la Inspección pasó evaluando qué podía hacerse. Algunos alumnos declararon. Muchos de nosotros tuvimos que poner por escrito que no cumple con sus obligaciones. Sin embargo, no confiamos en que todo esto sirva para algo. Tendrá la opción de recurrir, pasarán los meses y, mientras tanto, los chicos seguirán encerrados con él. No aprenderán la asignatura que imparte y seguiremos en boca de todos. Cada mañana nos preguntamos por dónde seguirán sus desvaríos, si sabe lo que hace, si sabe demasiado bien lo que hace, o si estamos poniendo en unas manos inconscientes las vidas de muchos seres frágiles. La Inspección nos reitera que nada puede hacerse, que no está en sus manos terminar con esta tensión perenne. Ni los padres tienen voz, ni la tenemos nosotros, ¿está llamado a ganar él, en esta lucha?

Con frecuencia suplico que se defienda a los docentes. Con frecuencia solicito a la sociedad respeto, prestigio y comprensión. Sin embargo, y de pronto, me doy cuenta de que sí existe impunidad extemporánea para pecados mucho más serios y delicados. Al Capone fue arrojado a las mazmorras por incumplir con los tributos viarios. Una conducta inadecuada, sistemáticamente anómala, tantos docentes que corrompen con su abulia las conciencias de nuestros estudiantes, está a salvo. Errores de forma cuestan más caros. Si no golpeas, física, sexual o moralmente, si justificas tus faltas, si estás, aunque no estés, basta. ¿Qué provoca que te echen? ¿Cómo has de actuar si descubres que un compañero está poniendo en peligro la educación de los hijos de los demás? ¿Cómo te comportas si tienes la sospecha de que otro docente supone un riesgo para la integridad de los demás? Acepto ideas. Me vendrán bien. Estamos perdidos.

miércoles 11 de marzo de 2009

Humo, humores y aceite

Mi tutoría de hace dos años era conocida, por los profesores del Centro, como “el aula rosa”. Desconozco la condición sexual de mis estudiantes porque, hoy por hoy, ese dato no aparece en el expediente académico, aunque todo se andará. Sí sé que era frecuente que muchos salieran bromeando de ella, comentando que habían estado a punto de caerse tras pisar manchas de aceite. Otro compañero señalaba que en el aula de mi grupo no era capaz de separarse de la pared por miedo a que el resultado del internamiento entre las filas fuera indeseable. Su actitud iba mucho más allá de la pura defensa. Hablamos de un adulto recio y adusto, que llevaba con poco humor las bromas. Redactó en un parte disciplinario lo siguiente: “se ha pavoneado, jactándose de su condición, como si llevara un batín de cola”. Ya entonces, y aun ahora, altera mi atención, dicho sea de paso, esa actitud descrita, dado que mis chicos se portaban mucho peor conmigo que con nadie y, por el contrario, yo no tenía queja de ellos porque eran un buen grupo. Al hombre recio le tenían bastante miedo, así que dudo mucho que alguien se pavoneara de algo en momento alguno. Sí eran culpables, lo admito, de presentar maneras que, vistas por ojos rancios, podrían parecer “amaneradas”. Pero… ¿acaso la ostentación de heterosexualidad era uno de los criterios evaluables descritos en la programación de aquel buen docente?

Si alguien me pregunta si los docentes andaluces somos homófobos, tendría que responderle que muchos sí lo son (aunque otros nos empeñemos en poner un poco de cordura y normalizar esta situación: no ganamos en número, me temo). No es infrecuente escuchar comentarios al respecto en las juntas de evaluación, apelativos sarcásticos o denominaciones despectivas, dentro y fuera de las aulas, por parte de los propios profesores. A pesar de todo lo que se le presupone a este sistema progresista y revolucionario, no hay integración. Me consta que dos de mis compañeros (un profesor y una profesora) son homosexuales y que no solo no lo admiten de cara a sus alumnos, sino que se les han escuchado comentarios que pretenden dar a entender lo opuesto. Evidentemente, los precedentes no han sido buenos para ellos: en otros IES, en aventuras anteriores, ya fueron tildados de, y abogan ahora y por ende por no dejar un resquicio que posibilite que se reedite tal película.

Los docentes gays se escudan (tal vez resulte un poco fuerte decir “se esconden”), pero los adolescentes no tienen esa opción. De todo lo expuesto, sin discusión, lo que me parece más grave son las burlas e insultos que han de soportar, reiteradamente, nuestros chicos, por parte de iguales, de parte de otros estudiantes. Para muchos el día a día se convierte en una pesadilla. Aún hoy. Aclaro: no hablo del pasado que Almodóvar retrata en “La mala educación”, sino de la pasada semana. Y de esta. Y hablo de chicos que han de tragar saliva treinta o cuarenta veces, cada día, tras oír la palabra “maricón”; chicos que tienen miedo a leer en clase porque su tono de voz no es suficientemente grave, que si juegan al fútbol serán golpeados con el balón, a posta, por el chutador más potente de todo el grupo. Hablo de chicos condenados a superar los años, engendrando rencor, sin poder expresar lo que sienten, dado que la sinceridad les acarrearía, en muchos lugares difíciles, palizas y sangrías en sus narices hinchadas y rotas. En pleno siglo veintiuno.

En un partido que enfrentaba al Real Madrid y al Betis escuché cómo para ofender a los aficionados visitantes el graderío capitalino chillaba: “sevillanos, yonquis y gitanos”. Recuerdo que me indigné poderosamente porque no encuentro el matiz peyorativo en la palabra “gitano” y me resulta horrible que alguien la utilice de tal modo, tras haberse derramado tanta sangre inútilmente. Volvemos a lo mismo: ¿por qué nos ofendemos por cosas que no son ofensas?, ¿por qué insultamos con rasgos que no son insultantes? No es necesario, ni deseable, convocar días del Orgullo Gay en los IES (¡es lo que nos faltaba!), pero sí animo a todos a reflexionar seriamente sobre la hipocresía que seguimos demostrando. En pleno siglo veintiuno y con nuestra actitud vehemente y condescendiente, derrochada a destiempo. Nadie tiene prejuicios, nadie es racista… pero cuando conocemos al novio de nuestra hija (o de nuestro hijo) siempre se nos ocurre algo políticamente correcto que reprocharle.

Humo, humores y aceite

Mi tutoría de hace dos años era conocida, por los profesores del Centro, como “el aula rosa”. Desconozco la condición sexual de mis estudiantes porque, hoy por hoy, ese dato no aparece en el expediente académico, aunque todo se andará. Sí sé que era frecuente que muchos salieran bromeando de ella, comentando que habían estado a punto de caerse tras pisar manchas de aceite. Otro compañero señalaba que en el aula de mi grupo no era capaz de separarse de la pared por miedo a que el resultado del internamiento entre las filas fuera indeseable. Su actitud iba mucho más allá de la pura defensa. Hablamos de un adulto recio y adusto, que llevaba con poco humor las bromas. Redactó en un parte disciplinario lo siguiente: “se ha pavoneado, jactándose de su condición, como si llevara un batín de cola”. Ya entonces, y aun ahora, altera mi atención, dicho sea de paso, esa actitud descrita, dado que mis chicos se portaban mucho peor conmigo que con nadie y, por el contrario, yo no tenía queja de ellos porque eran un buen grupo. Al hombre recio le tenían bastante miedo, así que dudo mucho que alguien se pavoneara de algo en momento alguno. Sí eran culpables, lo admito, de presentar maneras que, vistas por ojos rancios, podrían parecer “amaneradas”. Pero… ¿acaso la ostentación de heterosexualidad era uno de los criterios evaluables descritos en la programación de aquel buen docente?

Si alguien me pregunta si los docentes andaluces somos homófobos, tendría que responderle que muchos sí lo son (aunque otros nos empeñemos en poner un poco de cordura y normalizar esta situación: no ganamos en número, me temo). No es infrecuente escuchar comentarios al respecto en las juntas de evaluación, apelativos sarcásticos o denominaciones despectivas, dentro y fuera de las aulas, por parte de los propios profesores. A pesar de todo lo que se le presupone a este sistema progresista y revolucionario, no hay integración. Me consta que dos de mis compañeros (un profesor y una profesora) son homosexuales y que no solo no lo admiten de cara a sus alumnos, sino que se les han escuchado comentarios que pretenden dar a entender lo opuesto. Evidentemente, los precedentes no han sido buenos para ellos: en otros IES, en aventuras anteriores, ya fueron tildados de, y abogan ahora y por ende por no dejar un resquicio que posibilite que se reedite tal película.

Los docentes gays se escudan (tal vez resulte un poco fuerte decir “se esconden”), pero los adolescentes no tienen esa opción. De todo lo expuesto, sin discusión, lo que me parece más grave son las burlas e insultos que han de soportar, reiteradamente, nuestros chicos, por parte de iguales, de parte de otros estudiantes. Para muchos el día a día se convierte en una pesadilla. Aún hoy. Aclaro: no hablo del pasado que Almodóvar retrata en “La mala educación”, sino de la pasada semana. Y de esta. Y hablo de chicos que han de tragar saliva treinta o cuarenta veces, cada día, tras oír la palabra “maricón”; chicos que tienen miedo a leer en clase porque su tono de voz no es suficientemente grave, que si juegan al fútbol serán golpeados con el balón, a posta, por el chutador más potente de todo el grupo. Hablo de chicos condenados a superar los años, engendrando rencor, sin poder expresar lo que sienten, dado que la sinceridad les acarrearía, en muchos lugares difíciles, palizas y sangrías en sus narices hinchadas y rotas. En pleno siglo veintiuno.

En un partido que enfrentaba al Real Madrid y al Betis escuché cómo para ofender a los aficionados visitantes el graderío capitalino chillaba: “sevillanos, yonquis y gitanos”. Recuerdo que me indigné poderosamente porque no encuentro el matiz peyorativo en la palabra “gitano” y me resulta horrible que alguien la utilice de tal modo, tras haberse derramado tanta sangre inútilmente. Volvemos a lo mismo: ¿por qué nos ofendemos por cosas que no son ofensas?, ¿por qué insultamos con rasgos que no son insultantes? No es necesario, ni deseable, convocar días del Orgullo Gay en los IES (¡es lo que nos faltaba!), pero sí animo a todos a reflexionar seriamente sobre la hipocresía que seguimos demostrando. En pleno siglo veintiuno y con nuestra actitud vehemente y condescendiente, derrochada a destiempo. Nadie tiene prejuicios, nadie es racista… pero cuando conocemos al novio de nuestra hija (o de nuestro hijo) siempre se nos ocurre algo políticamente correcto que reprocharle.

La venganza de los capullos

Óscar de la Rosa es uno de esos alumnos a los que nadie quiere tener dentro de su aula. Es mal encarado, no desea aprender y sus formas son agresivas y toscas. Encima, presenta la peor característica que un adolescente puede tener: está crecido. Se sabe importante, es consciente de que los demás estudiantes lo tienen por un referente, de que los profesores hablamos de él en nuestras reuniones; sabe de sobra que no titulará y, por lo tanto, no tiene nada que perder. Las expulsiones le hacen gracia, los partes son una pistola de fogueo y se desfoga inquiriendo a las profesoras del centro con sus modos machistas y soeces.

En cierta ocasión una de nuestras compañeras le confiscó el móvil y él se puso hecho un basilisco, más quemado que la propia metáfora. Durante tres horas la persiguió tratando de recuperarlo, a toda costa. A todas las horas (del día) atosigó a su profesora sin dejar de repetirle que se trataba de un error: haberlo sacado y haber mandado mensajes, y jugado a dos o tres juego, y echado cuatro o cinco fotos, y reproducido un vídeo porno, no eran suficientes motivos para confiscárselo. Tan pesado se puso el interfecto que se arrodilló y paseó de esa guisa tras la docente por toda la planta baja. Pasé a su lado y el individuo me pidió que le echara una fotografía para el periódico del Instituto. Se reía, mientras nosotros le pedíamos que se pusiera en pie. Pensé que era revelador y apreté el gatillo del móvil. La borré minutos más tarde: nunca sacamos primeros planos de menores en la revista.

Hasta ahí, lo normal. Por desgracia, en secundaria todo va más allá. La familia de los capullos florales, con su patulea y progenitores al frente, nos han declarado la guerra por aquel incidente. ¡Qué desfachatez arrebatárselo a su vástago! A pesar de que el Jefe de Estudios pensaba devolvérselo en cuanto se personaran ante él, la matriarca mandó ejecutar. Al día siguiente, una inscripción pomposa (“jodido cabrón”) apareció impresa sobre la carrocería del flamante Lancia cuyas letras, me refiero a las mensualidades, no a la gamberrada, aún hoy sigue abonando religiosamente el máximo responsable de la disciplina del Centro.

¡Ah, no! El incidente no finalizó ahí. ¡Las cosas en Secundaria siempre van más allá! Y nuestra Orientadora hubo de escuchar, cuando transitaba la calle de paisana, comentarios ingeniosísimos sobre la higiene de sus cavidades vaginales, sobre el supuesto hedor que estas desprenden. Lo normal, vaya. Lo más normal del mundo es que te griten eso por haber requisado un móvil. Le quitas el cachivache tecnológico a un hijo de mala madre y te acuchillan oral y drásticamente. Solo les falta atropellarnos con el coche, claro. No lo descarto, claro. Eso, no, pero otras cosas sí las han hecho ya. Mientras meditábamos cómo se podía contraatacar, cuál debía ser la respuesta del IES, recibo una llamada al teléfono de conserjería. Preguntan por mí y, a decir verdad, me contoneo telúricamente mientras me falta el aliento. Es la policía y me pregunta por Óscar de la Rosa. Van a denunciarme y, tal vez, deba prestar declaración de forma inminente.

Hagan memoria. ¿Me denuncian por las treinta horas que pasé tratando de cambiar la conducta de su hijo? ¿Me denuncian por haber intentado enseñarle Lengua, sin éxito, cinco meses? ¿Acaso la causa última de la denuncia es que he telefoneado a sus padres catorce veces para tratar de mejorar la conducta de Óscar? ¿Será por el millón de faltas de asistencia que he tenido que notar y anotar en SÉNECA? No, claro. ¡Eso tampoco es el motivo! Hagan memoria. Me denuncian, cito textualmente, por realizar una “fotografía a un menor de edad, sin consentimiento y en una actitud vejatoria”. ¿Se imaginan? Estas, y no otras, son las cosas de secundaria. Se te quitan las ganas de todo. De educar, de meterte en líos, de tomártelo en serio, de cambiar el mundo. El hombre es lobo para el hombre y algunos padres, directamente, te hacen sentir ganas de aplicar sobre tus orificios nasales, para no percibir el aroma a ponzoña, la máscara de despresurización de cabina. Perdemos altura. Moral.

Carta de un viejo amigo (inédito)

Manuel es delegado de la Facultad de Filología Hispánica. Hace unos días se puso en contacto conmigo para pedirme una columna prestada. Y yo, que no sé decirle que no a los amigos, cuando estos tienen motivos para recibir un “sí”, así lo he hecho. Cito. Esta columna no es mía, que conste. Le presto mi voz.

Se ha gastado ya suficiente tinta en mentir sobre la reforma universitaria europea (el famoso “Plan Bolonia”); de ahí que, a estas alturas del juego, sólo quepa retar a sus defensores a un debate público en el que se analicen, no abstracciones, sino datos concretos y leyes entrecomilladas. No sé a quién pretenderán engañar con la milonga de que en realidad “todo seguirá igual”. Algo así sólo puede sostenerse desde el más absoluto desconocimiento de la legislación educativa de la última década. ¿Para qué organizan entonces todo este cambio a nivel europeo, costoso, polémico y problemático? ¿Para qué entonces esa obsesión con que todo esto salga adelante, llegando a reprimir, expulsar y judicializar a los estudiantes?

Es insultante que resten veracidad a nuestras afirmaciones. Es incurrir en un falso debate. Podemos debatir si nos parece bien o mal que el agua tenga la propiedad de mojar, pero no podemos debatir seriamente con alguien que afirma que el agua en realidad seca. La incursión de empresas privadas en la financiación, dirección y gestión de la institución universitaria, a través de los Consejos Sociales y la ANECA, es algo que figura explícitamente en la LOU y el Real Decreto 1393/2007. ¿Cómo negar la existencia de leyes que son hechos y que han sido publicadas en el BOE?

En un debate con un mínimo de seriedad, los pro-Bolonia tendrían que argumentar por qué para ellos es positivo que los empresarios asuman esas funciones. Negando hechos sólo consiguen hacer el ridículo. ¿Cómo negar la subida del precio de las carreras si esa medida ha sido aprobada por la Conferencia General de Política Universitaria y publicada en prensa? ¿Cómo negar que las nuevas carreras de Bolonia van a ser mera formación profesional, si es lo que dicen las propias leyes que tanto defienden? ¿Cómo negar que han bajado las becas, si cualquier persona que tenga internet puede consultar el Real Decreto 675/2008 y verlo con sus propios ojos? ¿Cómo negar que la única posibilidad de formación especializada será hacer un carísimo máster, o que el 90% de ellos no están becados, si esto es algo que reconoció públicamente el propio Gobierno y no tienes más que ir a matricularte en uno para comprobarlo? Si no tienes dinero, no podrás estudiar. Pero si no trabajas, no tendrás dinero. Al establecerse la asistencia obligatoria, no podrás trabajar. Ergo estás acabado.

Con las nuevas prácticas en empresas, ¿dónde vas a trabajar cuando te gradúes? Muchos puestos de trabajo estarán siempre cubiertos por estudiantes en prácticas. ¿Qué empresario te va a contratar si puede disponer de trabajadores gratuitos cada año? ¿Cómo las grandes fortunas van a estar contra Bolonia, a la vista de eso, o a la vista de que los bancos podrán ofrecer “becas-préstamo” con intereses a los estudiantes? Si, como dicen las nuevas leyes, la concesión de financiación pública se condiciona a la previa obtención de financiación privada o al número de empresas creadas por los graduados, ¿qué será de las humanidades? ¿Quién financiará la filosofía, la historia, la literatura o el arte?

Estas son sólo algunas de las preguntas que los estudiantes hacemos y que nuestro Gobierno, que se dice progresista, se niega a contestar. Mientras tanto, a la espera de algún argumento que nos rebata, lo seguiremos gritando bien alto: ¡No a Bolonia!

Pandora y otros cuentos

Siempre he pensado en la cara de tonta que se le quedaría a Pandora tras ver todo lo que manó de su caja. En el fondo, supongo, albergaba la esperanza de que todo saliera bien, de que todo lo que saliera fuera el bien. Dentro solo quedó la esperanza. Tal vez, segundos más tarde, cerrara la caja con la esperanza de que el efecto fuera reversible pero, en efecto, como la esperanza es lo único que aún seguía dentro, esta réplica no funcionó. Resultó, por tanto, que nada tenía arreglo. Cualquier intento de mejora traía consigo más fracasos, más dolor y más ira. Al fin y al cabo, su historia había terminado. Su error será más recordado que aquel de Arconada. En ocasiones la ESO me recuerda a esa caja que siempre debió permanecer cerrada y a ese balón sin ocasión, deslizándose bajo el cuerpo de nuestro arquero. ¿Por qué la abrieron? ¿Por qué se inició todo este proceso, si antes las cosas funcionaban mejor, si no había peligro, si no era necesario, si era evitable? Ahora, pasados los años, no tenemos una situación más próspera, ni hemos logrado alumnos más competentes: la progresión de las promociones demuestra que alguien se equivocó. Desconozco qué persona tendría entre sus dedos la firma última, pero sí sé que cometió una pifia terrible y que por su culpa nos la colaron a todos.

Caroline es escocesa y tiene catorce años. La veo llorar y montarse en su avión. A lo largo de estos meses lo ha hecho con frecuencia. En virtud del plan bilingüe vino de intercambio con la mala suerte de que su IES adoptivo está en un barrio “con riego de exclusión social”. Se vio de pronto rodeada de gitanos que no comprendían el inglés, obligada a tomar puchero por las noches, incapaz de asimilar por qué se cena a las diez, si ella a esa hora se halla siempre en el séptimo sueño. No basta. “Esta niña es muy rara: no se come ni el puchero, ni la pringá. ¡Será posible!” Y Caroline lloraba deseosa de reparar su realidad de siempre. Por cierto, ahora que cada uno retornó a su casa, solo me preocupa la cara de espanto del patriarca al ver el vestuario que se gasta el Cristóbal ahora que ha vuelto al barrio. “A nuestro hijo nos lo han amariconado, Mari. ¡Nos lo han amariconado! ¡Estos guiris son todos una panda de sarasas y el niño se ha vuelto igual que ellos!”

Contemplo a una maestra de sesenta años descompuesta, con el alma caída bajo los pies, mientras corrige exámenes. “Cuyami, ¡no es posible! ¡Ya lo he visto todo! Treinta años dedicada a la enseñanza y… ¡Solo esto me quedaba por ver! ¿Puedes creerte que la nota más alta en lengua española la haya sacado una chica ecuatoriana? ¡Eso es intolerable! ¡Es lo que me faltaba!” Trato de hacerle entender a mi compañera que los ecuatorianos también hablan español y que si Johanna ha realizado un examen tan imponente es porque su familia le ha inculcado la importancia que el trabajo tiene para la vida… pero ella está en otra onda. Honestamente creo que muchos docentes mayores han perdido la capacidad para escuchar. Hablan, hablan y están acostumbrados a hablar. En realidad, no buscan una respuesta, les engatusa el reflejo de su propio eco. Esa es su finalidad en sí misma y en sí mismos.

En la vorágine gris del patio descubro a un chico de primero que tiene el puño de otro marcado sobre el ojo. Se niega a revelar el nombre del agresor. Lo llevaría a la enfermería, pero no hay. La conserje tiene un botiquín, pero decido acompañarlo al centro de salud no vaya a ser que tenga algún daño en la córnea y nos ganemos, encima, una denuncia de sus padres. Por el camino, le pido que me explique lo sucedido y se niega. Medito mis posibles extorsiones y finalmente me decanto por la más agresiva. “Vale, te lo has ganado… ¡diré a todos que te lo hizo una chica! Diré que no fuiste capaz de defenderte y que una chica de primero te pegó”. Lo hago con la esperanza de herir su orgullo, pero con la suficiente sorna como para recular si me veo obligado a ello. “Maestro, ¿cómo sabes que fue eso lo que pasó? ¿Quién te lo ha dicho? ¡Mataré a quien te lo haya dicho!”. Mientras transcurre mi hora de guardia, sentado en la sala de espera, mientras las viejas del pueblo se afanan en colarse porque hay médico nuevo y todas están ansiosas por conocerlo y que les tomen la tensión, lo miro y me apiado de sus lágrimas. “Óscar, no te sientas mal… Las cosas han cambiado. ¡Ya sabes cómo se las gastan las chicas de tu edad! Tienen muchísima fuerza y bastante mala leche. Lo que te ha pasado a ti, nos ha pasado a todos alguna vez”.

jueves 26 de febrero de 2009

¿Nota o tiempo?

Dicen que el tiempo todo lo cura, pero no me queda claro qué cura al tiempo. En el mundo de los interinos, el tiempo siempre lo ha sido todo. Si llevas en el cuerpo dos meses eres mercancía. Sin embargo, aquellos que alcanzan la mayoría de edad tienen más privilegios que aquellos que somos funcionarios. Encuentras interinos que, tras quince o veinte años siéndolo, no desean sacar las oposiciones porque ello los arrastraría a perder su posición de privilegio: los funcionarios, los que comienzan a serlo, han de peregrinar por destinos lamentables. La interinidad prolongada te asegura cierta bonanza. Cambias cada dos años de centro, cierto; pero no te apartas de tu capital porque eres siempre el número uno para cubrir vacantes y eso, aunque parezca extraño, es algo que da privilegios a los cuales los funcionarios tardamos décadas en aspirar.

De pronto, y sin preguntar a nadie, la Junta toma la siguiente determinación: “ordenaremos las bolsas según la nota de las oposiciones y no en virtud de la antigüedad”. Cada dos años será preciso ganarse el jornal. Según esto, todos aquellos que se apoltronaron, tiempo ha, en una hamaca incierta a la par que confortable, serán precipitados, caerán de su estatus, serán vareados y, de pura madurez, los sustituirán los opositores del mañana, aquellos que parte de cero, máquinas de estudiar que se quedaron en las puertas del Olimpo. ¿Y ahora qué? ¿Qué opinión os doy, si no lo tengo claro? Existe cierto nerviosismo porque podría darse el caso de que cientos de hipotecas se queden en suspenso, muchos sean arrojados al paro tras muchos años, se queden esperando una llamada que no volvería a llegar. Algunos, mayores, sin recursos neuronales para acometer unas oposiciones, remojan sus barbas. ¿Ha de regalárseles, de nuevo, la plaza a los “pata negra”, por caridad cristiana? ¿Convertimos en funcionario a todo aquel que lleve en esto cierto número de años, también a todos aquellos que no desean serlo? Me quedo sin ideas.

Pienso en todos los chicos que buscan su sueño de ser profesores. En muchos casos, y tras unas oposiciones lamentables, tras enfrentarse a un sistema injustísimo tras el que ni siquiera se les explicó qué nota sacaron en cada examen, sin oportunidad alguna de reclamar con solvencia, tras años preparándose, se encuentran sin nada. Y merecen más, claro. Merecen ser profesores porque son, a día de hoy, los mejores y más preparados de entre todos los aspirantes. También es cierto que me encuentro cada día con interinos abnegados que no atesoran en su haber tantos conocimientos, pero que sí cuentan con mucha experiencia, que llevan en esto muchos más años que yo, que tienen una solvencia insultante a la hora de enfrentarse a los quehaceres del día a día. ¿Qué hacemos? ¿Cómo lo resolvemos?

La cuerda se romperá por el extremo más débil. Como siempre. En este caso, los interinos lo tienen todo entre sus manos. Se acerca una huelga… y funcionará. Al fin y al cabo, el uso indica que está mal dejar en la calle, sin trabajar (que es lo mismo), a docentes que llevan mucho tiempo haciéndolo bien. Nótese que una parte de mí me obliga a decir que algunos se lo merecerían porque descuidaron su formación hace tiempo y ofrecen un rendimiento lamentable. No obstante, ¿cuántas personas justas hacían falta para salvar Sodoma y Gomorra de la quema? Los hay. Hay muchos interinos que merecen que esta columna los apoye, aunque no puedo mostrarme incondicional porque ocurre, esta vez, que ninguna de las soluciones es justa del todo. Resulta cruel quitarle la vista a quien ve. El ciego de nacimiento no ansía ver, aunque los videntes creamos que sí. No sé, es raro. En ambos bandos tengo compañeros y no quiero frivolizar con el pan de nadie. ¿Los ordenamos por nota o por tiempo de servicio? En cualquier caso… es duro. Me pone triste este tema. Mi única certeza es que la decisión debe ser sostenible y sostenida. ¡Todos estamos hartos de que las normas del juego cambien con tanta frecuencia! No somos mercancía. No somos maquinaria. No buscamos el PER. Queremos trabajar y hemos luchado muchísimo para poder hacerlo. Queremos reglas claras e inamovibles. Así todos sabremos a qué jugar y no habrá llantos en septiembre. Así nadie se meterá en hipotecas cuyo pago depende de una firma, de una publicación en web, de los peregrinos designios de alguien que jamás da la cara. Que conste: por si acaso, yo haré huelga junto con mis compañeros interinos. No es mi guerra, pero ellos me salvan la vida todas las mañanas. Estamos juntos en esto. Supongo.

sábado 14 de febrero de 2009

La caída de la moto

Solo he montado en moto tres veces en toda mi vida. La tercera (y última) de esas veces me caí. Decidí no levantarme, porque me dolían las heridas. No fui capaz de volver a subirme nunca más, por eso. Pasado el dolor, otra cicatriz aún perdura. Se llama miedo. Un experto motorista me reprendió una vez y me aseguró que si te vas al suelo tienes que ponerte en pie en el mismo instante o, si no lo logras hacer así, ya nunca más volverás a hacerlo. Eso me pasó a mí. Y precisamente de esa experiencia me acuerdo al ver un nuevo caso de violencia en las aulas. ¡Lamento que mi asociación de ideas sea tan caótica! El profesor, tras recibir la agresión, decidió volver a clase al día siguiente. Todavía con los golpes y los hematomas sobre la piel. Todavía la madre del zagal seguía en los medios de comunicación, justificando a su mozuelo. Con la cabeza turbia y las manos temblorosas, imagino a ese hombre abrochándose la camisa, tomando el maletín y saliendo de casa. ¿Intuyen cuánto miedo tendría?

Durante las horas previas, todo el centro escolar murmuraría si sería capaz, si tendría arrestos. ¿Imaginan los primeros instantes de aquella clase, la tiza en la mano, las ganas de reír, de llorar, de golpear la pared y de implorar que aquello no es justo? ¡Porque no lo es! ¡Porque nuevamente vuelve a no serlo! A todo el mundo le parece mal, claro. La violencia es mala: eso está claro. Todo el mundo habla, todo el mundo se duele ahora… ¡pero nosotros seguiremos jugándonosla cada día y ya no nos basta con un poco de solidaridad aislada! ¿Es que eso nadie lo ve? Mañana se olvidará todo, nadie lo mirará diferente y… ¿después qué? ¿Dónde se dará el siguiente caso? ¿Cuántas columnas como esta tendré que escribir? ¿Cuánto tiempo tardará mi editor en decirme que ha dejado de ser noticia y que me busque otro tema? Pero, de todo, lo que más me preocupa es cuántos se suben a la moto, sin decir nada, y tiemblan mientras leen estas palabras, y recuerdan el golpe, una y otra vez, por hacer su trabajo con amor, por esforzarse cada mañana por ofrecer una alternativa a los chicos, por tratar de cambiar el mundo. ¿Eso es lo que nos merecemos?

Las guardias suelen ser extrañas. A veces en ellas no ocurre nada. Otras veces se convierten en los peores momentos de la semana. Son… imprevisibles. El docente recorre un pasillo. Imagino la calma vívida de dentro de las aulas, como si la viviera cada día. Confuso, descubre a uno de los chicos en el pasillo. No debe estar ahí y él se limita a aplicar la norma. Ya está. Eso es todo. Estaba expulsado. Un par de patadas. Nos movemos en esos tensos minutos que transcurren entre que el jefe de estudios firma el parte de expulsión y el responsable legal del muchacho se acerca al IES a recogerlo. Mientras estás en el limbo, nada ni nadie puede decirte nada. No existe algo más peligroso que una persona que no tiene nada que perder. Bueno, vale, lo retiro: hay algo más peligroso. Las personas que no tienen nada que perder y que están drogadas son aún más peligrosas.

Corolarios. UNO: considero necesario poner guardias jurados en las puertas de muchos centros. DOS: sería interesante contar con educadores sociales en los IES para tratar con los alumnos que presentan perfiles potencialmente agresivos y que escapan a nuestras capacitaciones. TRES: los docentes que sufren agresiones deberían tener la opción de cambiar de Centro, de forma digna e inmediata. CUATRO: la Ley del Menor ampara demasiadas carnicerías y es necesario endurecerla. CINCO: los problemas de convivencia seguirán existiendo mientras no haya una alternativa eficaz para todos aquellos alumnos que no quieren estudiar y que han de seguir escolarizados. SEIS: ¿por qué los docentes no nos movilizamos de forma contundente, por fin? SIETE: ¿y para cuándo seremos autoridad? OCHO: me encantaría ver verdaderas redadas en busca de droga, en muchos centros y castigos ejemplarizantes, a diario. NUEVE: ¿para qué sirven los planes de “escuela: espacio de paz”? Nuevamente ocurre una agresión en un centro acogido a este marbete. ¿Por qué no invertir en personal cualificado y derogarlos? DIEZ: sería interesante meditar el pago de un “plus de peligrosidad” para todos aquellos docentes que trabajan en centros costeros, en barrios suburbiales, en contacto con minorías conflictivas. El agravio comparativo es grande. Ellos realizan un trabajo diferente y deberían cobrar más, puesto que realizan un trabajo más peligroso.

martes 27 de enero de 2009

¿Cómo derrocar a un dictador?

Una persona íntegra no es aquella que tiene todos los dedos de la mano. Eso parece claro, pero cuesta trabajo encontrar personas íntegras. ¡Qué fácil es descubrir a quien no lo es! Ahora bien, ¿qué ocurre cuando todo el poder de un centro educativo está en las no-íntegras manos de alguien malévolo? Ocurre, lo que siempre ocurre: ese es el germen de las dictaduras, de los conflictos, de las injusticias, de las persecuciones, de los días sin dormir por miedo a las represalias.

Estuve en un Instituto cuyo director se llama Fernando. Fernando Matorrales, para ser más preciso. Suele vérsele vestido con un sombrero de John Wayne y se autodefine como el pistolero más duro del Lejano Occidente. Su máxima es la siguiente: “si algo no salpica, es correcto”. Lo nombraron director porque… Bueno, también Hitler fue elegido democráticamente y ya se sabe cómo terminó aquella historia (a veces la gente tiene un mal día en eso de la toma de decisiones). De todas formas, es un poco distinto. ¡Admito que me he pasado varias villas comparando a este hombre con Hitler! Hitler, al menos, sí era alemán y sí fue escogido tras una votación: Fernando no tiene su plaza allí, lo nombraron a dedo. De hecho, ni siquiera he podido constatar que sea licenciado. Supongo que su mayor virtud es ser socialista y tener buenos amigos. Le pidieron que fuera director cuando el Instituto se inauguró. Desde entonces ha hecho todo lo posible para convertirlo en su cortijo. ¿Les suena de algo? Sí, Fernando Matorrales es socialista, reitero. Es uno de esos socialistas progres que se andan por las ramas, haciendo honor a su apellido, que jamás traman algo bueno, que nació incapaz de decir una verdad sin cinismo, (pero sí) capaz de amenazar, extorsionar, insultar y… supongo que, en privado, también de practicar la sodomía sin consentimiento, desde un punto de vista puramente aspectual y alegórico, claro.

Da clases de Alternativa a un grupo que no tiene alternativa (no es un juego de palabras, es un juego con los horarios… para no trabajar). Dio música a un grupo que no tenía música. Su horario del pasado curso no contemplaba ninguna hora lectiva: ¡toda una plusmarca! Colecciona grupos ficticios o de menos de cinco o seis alumnos (será para no estresarse) y pasa las horas en su despacho haciendo no se sabe muy bien el qué (en los papeles oficiales consta otra cosa). A un compañero, que estaba en prácticas, lo amenazó con pasarle un informe desfavorable para que no llegara a ser funcionario… y así lo hizo, después de estar todo un curso presionándolo. Eliminó una plaza de Matemáticas, condenando a los profesores de Naturales a dar una asignatura que no es la suya, porque le caía mal la compañera que la impartía. ¿Quejas? ¿Protestas? ¡Solo le faltó sacarse su minúscula pistola del pantalón y apuntarnos con ella! Es un matón, un portero de discoteca. Puede hacer lo que quiera en el Centro porque nadie se queja, pues no deja a nadie quejarse. Llega a las diez de la mañana y jamás está en el Centro cuando este cierra. Impone justicia, mercadea con los padres, deja en ridículo a todo aquel que trata de hablar en los claustros en oposición a sus ideas.

Desafortunadamente, ¿es posible derrocar a un director? Para elegir a uno nuevo es conditio sine quae non formar una comisión presidida por el Inspector (que, ¡oh, sorpresa!, es amigo suyo). Para que alguien se presente contra él, tiene que tener cinco años de servicio efectivo. La Comisión evalúa los méritos de los candidatos y lo que prima son los años de dirección, los proyectos hechos como director… ¿qué posibilidad hay de sustituir al actual si todos los aspirantes parten, lógicamente, de cero? Es vitalicio. Es un cargo vitalicio, puesto que nadie con experiencia irá a ese pueblo, pues sería un paso atrás: los únicos que podrían ganarle tienen ya puestos mejores. Seguirá cobrando más que nadie y trabajando menos que nadie. Seguirá pasándose las normas por el forro de su cazadora de cuero. Seguirá amenazando a los tutores jóvenes que lleguen, negando su ayuda a todo aquel que la solicite, provocando lágrimas, mirando su cartera mientras se vende droga ante sus propias narices. Repletas ya de mierda.

miércoles 21 de enero de 2009

Hoy toca sexo

Tu hija lleva un vestido corto, muy corto, diseñado por Inditex y producido en Asia. Pasó casi dos horas en el tocador. Decía que, claro está, en fin de año no te queda otra. A la postre es la noche más corta del año, pero sus preparativos son extenuantes. El postre llega tarde; luego, las uvas. Las uvas de la ira, que traen consigo negocios horarios, tras las cuales aceptaste que llegara al mediodía, dan inicio a su fiesta. Tiene quince años, pero aduce que pronto cumplirá dieciséis. Su novio ronda los diecinueve. Estudió un ciclo formativo y ahora trabaja de albañil. Tiene un pirsin en la ceja derecha. Tu hija, no. Su novio, aunque dice que no le va el compromiso demasiado. A pesar de lo cual, él no consiente que ella baile con ninguna otra persona. Tampoco ningún otro chico está legitimado para mirarla. ¿Cuántas peleas se iniciarán por ese motivo? Solo él puede hacerlo. Solo él puede tocarla. Bailan. Beben cuatro o cinco copas. La entrada es cara. Hay que beber rápido, porque su marca de ron se agota, porque es obligatorio amortizar los gastos.

Bien pronto, las amigas de tu hija se adentran entre otras presas: se aburren de estar junto a una chica atada a otro chico, sin libertad alguna. Y ella, tras la fuga de estas, recibe ya solo miradas obscenas, pensamientos lúbricos, que están a punto de hacerse realidad. La discoteca es un antro de techos bajos, oscuros, que no posee salida de emergencia. En los servicios hay restos de coca sobre la parte superior de la cisterna y en los lavabos. Las corbatas van poco a poco aflojándose y, de un modo simétrico, los vómitos y las peleas van inundando los espíritus de todos. Inicialmente el novio de tu hija pensó en hacer el amor con ella en los servicios, en esos mismos servicios, pero descubrió que no era adecuado porque es su primera vez. ¡Qué detalle! ¿No te sientes orgulloso? Supo ver que un poco de delicadeza es necesario en instantes así. Por tanto, mantendrán relaciones en su coche.

Mientras salen, apoyada ella sobre los hombros de él, porque ha bebido demasiado, reteniendo las arcadas, con el rímel proscrito y un pendiente menos, suena de fondo la nueva canción del Gobierno. “Stop, tronco, yo no corono rollos con bombos. O con condón o yo pongo stop. Como fosos. Como pozos. Somos dos. O con condón o yo sobro. O con condón… o yo sobro. ¡Bombón! Yo propongo condón como modo. Lo cojo, lo toco, lo pongo… Con condón. Yo floto pronto. Solo con condón. Solo con coco”. Los chicos que aún restan dentro, a muchos de ellos les doy clase, bailan dicha canción y aprenden la lección (lamento el ripio que acabo de perpetrar, pero todo se pega, menos las enfermedades venéreas, claro).

Él pone cara de intelectual y le dice a tu hija al oído: “hoy toca sexo”. Ella se pone nerviosa y se ríe, medio absorta, medio borracha, próxima al desmayo, porque aquel es sin duda el hombre de su vida. Huele mal, todo huele a tabaco, de hecho, pero se montan en el coche y este tiene un ambientador fortísimo. Es un Ibiza de segunda mano, que su tío (el tío del novio de tu hija, no tu hermano) arregló para que el chico acudiera a realizar sus chapuzas. Ha bebido mucho, pero esta columna no trata sobre las colisiones viarias y ni siquiera de los atropellos, aunque sí es cierto que estuvieron a punto de pasar por encima de un par de incautos beodos. Él los reprende y eso parece excitar a tu hija. Al fin y al cabo, es un mal chico. Es destructivo y todo eso, y como no podía ser de otro modo, esa maldad ejerce un poder hipnótico sobre ella.

Paran el coche en un descampado. Son las cuatro menos cuarto de la madrugada. Todavía tiene margen para llevarla a tiempo a casa. Incluso, con un poco de suerte, podrá comer churros antes. Tal vez eso ayude a que los efectos de la intoxicación etílica se le pasen. Ah, ¿de veras sigues leyendo todavía? Lo que acabo de hacer justo ahora se llama “desembrague” en narratología. Muy oportuno. La sangre posterior a la ruptura del himen no fue un problema porque tu hija llevaba un tanga rojo que le regaló una amiga. Al fin y al cabo, aquello sucedió en fin de año y las tradiciones mandan. ¿Qué mejor día para perder la virginidad? ¡Ya estaba tardando! Eso sí, siéntete orgulloso, le dejó claro a su novio, a tu futuro yerno, que ella sin condón no hace nada de nada. Lo cierto es que eso a él le importó un pepino, pero lo importante es el detalle.

sábado 20 de diciembre de 2008

Cuento de Navidad

Los que dominan el arte de leer las runas, aquellos que son capaces de seguir pisadas en la nieve, un pastor especialista en guiarse por olores, la chica del cántaro que había tenido aquel arcano sueño, entre todos ellos me contaron esta historia. Lo sé: tal vez no sea cierta, pero puede serlo. En cualquier caso, en algunos momentos, podría decirse que eso no importa demasiado.

Nacho había enseñado un villancico y los alumnos de primero adornaban con la flauta todo el Centro. Rosa se encargó del belén. Muchos, al fin y al cabo, jamás verían uno en sus casas. Cristina escogió el mejor relato y alguien le regaló un juego con bolígrafos y lápices al ganador del concurso. Al mozo no le hizo demasiada ilusión, a pesar de que estábamos en el último día escolar del año, y de que eso siempre predispone a sonreír. Faltaban muchos, suele ocurrir. Al fin y al cabo, las notas se daría al siguiente día y ya nadie se jugaba nada y todas las clases jugaban a algo. En la sala de profesores, una botella de anís nos recordaba, junto a la fuente de agua, que nos encontrábamos en un día señalado. El brillo achispado de los ojos de muchos de los presentes traslucía que todo iba bien, que nada podría romper esa calma, a pesar de los gritos de algún aula, a pesar de las carreras por los pasillos, del ardor excesivo y excelso de muchos estudiantes.

De pronto, se abrió la puerta. Afuera seguía cayendo agua-nieve y el puerto próximo pronto exigiría cadenas. Ella hizo su aparición y la conserje fue a recibirla corriendo, por encontrarse empapada. “¿Le traigo una manta? ¿Algo de abrigo? ¿Se encuentra bien?”. Pero ni se movía. Este nuevo personaje tenía la mente perdida y seca. Ambas, la conserje y ella, se conocían del pueblo, alguna que otra vez, algún día cinco, se habían cruzado saludos entre los puestos del mercadillo, buscando ropas de bebé o algún que otro artilugio para preparar la bechamel. La señora del tembleque enfermizo era madre de dos alumnos del Centro. Con frecuencia, se había escuchado en las juntas de evaluación que su marido no la trataba demasiado bien. No obstante, sus zagales eran adolescentes de trato fácil, de mirada activa y actitud dócil, a pesar del infierno al que su madre estaba condenada a perpetuidad. La Navidad… es la familia. Como causa y conclusión, esta es una época dura para todos aquellos que no la poseen, que la tienen rota, que no encuentran una lumbre común sobre la que compartir sus manos.

Poco a poco muchos profesores fueron acercándose. Sus rostros desprendían gozo, ilusión, casi todos se habían contagiado del regusto melindroso de los polvorones que los alumnos de cuarto nos habían vendido para costear su viaje estival. Incluso Nicolás, conocido por todos por tener una voluntad indomeñable, por su mala follá, había relajado su semblante. Un profesor musulmán, seguidor estricto de las directrices de Mahoma, también brindaba con mosto y traducía chistes de su tierra en los que los cristianos éramos malos y tontos. Sin embargo, la aureola trémula de todos se convertía en rescoldos cuando veían a la madre de los Téllez desplomada sobre los hombros de nuestra conserje.

A pesar de las palabras de Mari Sol, esta no dejaba de llorar. No articulaba palabra alguna porque, desde antiguo, llorar y hablar no han sido nunca acciones demasiado compatibles en esta región. Por ello, todos trataban de animarla con acciones de lo más variopintas y contradictorias, de hecho. Elena consideraba que lo mejor era abrazarla, Andrés estaba preocupado por la falta de aire, Ascensión fue por un poco de agua, Desireé impidió que ningún alumno se acercara. Diego fue a avisar a sus hijos y aguardó con ellos en su despacho hasta que llegara el momento más adecuado para que estos vieran a su madre. Tras media hora de tempo lento, de tensión inenarrable, tras media hora de muchos llantos y ningún cambio, la madre de los Téllez fue capaz de contener el balanceo espasmódico de su cuerpo y de hablar.

-“Creo que he matado a mi marido”, dijo al fin.

martes 9 de diciembre de 2008

¿Manuel o Manuela?

Esta historia sonará inverosímil, salvo en su barrio. Parece claro que Andalucía está cambiando y que poco tiene que ver ya con el retal melindroso, de valores tradicionales, que fue hasta hace bien poco. No, Andalucía progresa. Por suerte. Prueba de ello fue aquella reunión. A las cuatro y once minutos dio comienzo. Los padres, como acostumbran a hacer, no fueron puntuales, pero él sí. El tutor de sus hijos los miraba con ternura. Había optado por esperar hasta que el último de ellos se incorporara al encuentro. Ya, sí. Los miró y dijo las palabras más importantes de toda su vida: “desde el próximo lunes dejaré de ser Manuel… y pasaré a llamarme Manuela, culminando con ello mi tratamiento. Si ustedes no están de acuerdo con que sus hijos estudien conmigo, ahora que mi condición ha cambiado, lo comprendo. Están a tiempo aún para solicitar el cambio de grupo. El director, estoy seguro de ello, tendrá a bien posibilitarlo”.


Sí, sí. Han leído bien. Pronto se iniciaron los rumores, sobre si su mujer estaba o no satisfecha con el cambio (quien me contó esta historia asegura que sí, que no peligra dicho matrimonio). Los había curiosos, preocupados, atrevidos… ¿en qué consistía exactamente la última fase del “tratamiento”? ¿Sería preciso pasar por el quirófano para ello o la cuestión se reducía a un mero cambio de look? No mejoraba demasiado las cosas el hecho de que Manuel sirva, intachablemente, eso sí, a la Enseñanza Pública en un colegio de Primaria. ¡Cuánta hipocresía! ¿Cómo es posible que a un padre le parezca mal que sus hijos de ocho años sean atendidos por él/ella, ahora? ¿Acaso cambia algo, más allá de lo evidente? ¡Qué intransigentes!


Lo que jamás llegó a ver el maestro, eso sí, fue una conversación que aconteció pocos días más tarde. Sus antiguos alumnos, ya en el Instituto, se replanteaban su infancia entera por el mero hecho de haber sido educados por un/a maestro/a. Pónganse en su caso: todos hemos tenido algún venerable docente al que hemos idolatrado y tenido por referente. Si mañana, en la cola del súper, a un tris de conseguir las entradas para un concierto o celebrando la Fiesta de la Vendimia, nos lo encontrásemos vestido de mujer, con un bolso, y con todo lo demás, al hombro… ¿Qué pensaríamos? No lo juzgo, que conste y por supuesto, solo constato la zozobra de los estudiantes, que se miraban entre sí y que no lograban evitar un diáfano “¡jo, tú!, ¡qué palo!”


Durante la hora de tutoría surge el tema y uno de ellos me transmite su pesar. “Es que si lo veo… creo que no lo saludaría”. Trato de demostrar todos los valores transversales por los que me pagan: transmito tolerancia, integración, bla y bla. Trato de incidir sobre el (que yo pienso que es el) verdadero origen del conflicto. “Antes era hombre y… ahora es mujer. ¿Dónde está el problema? Fue tu maestro, en el cole, y sigue siéndolo”. Me paro, consciente de que ya no es maestro, sino maestra, pero constato también que no se han dado cuenta del cambio de matiz. No es eso, por tanto, lo que les preocupa. O es eso… o es que están horrorizados y no reaccionan. De pronto, llego a tener la sensación de que esos chicos no son tan connaturalmente “progres” como yo creía. Tal vez, y a pesar de que pueda parecer imposible, puede que un adolescente considere que no es normal que un hombre pase, de una semana a otra, a ser mujer y que a la mujer de este no le importe demasiado el cambio. ¿Será posible?


-“No, Cuyami, si ese no es el problema, es que… A ver, ¿cómo te lo digo? El problema está en que… si me lo encuentro por la calle, ¿cómo lo llamo? Si lo llamo don Manuel, se puede cabrear. Si lo llamo doña Manuela, me dará la risa. ¡Por eso, si me lo encuentro, cambiaré de acera! No quiero reírme de él, ni hacer que se enfade, porque le tengo cariño, ¡porque fue mi maestro! ¿O fue mi maestra? ¡Joé, macho, yo qué sé! ¡Qué lío!”.


Después de veinte minutos, entre todos llegamos a una conclusión beneficiosa para ambas partes. Desde hoy, todos sus antiguos alumnos, si se encuentran a don Manuel en algún taller mecánico o viendo la cabalgata de los Reyes Magos, optarán por llamarlo “profe”, a secas. Y así no se enfada nadie y nadie se reirá: así acertarán seguro.

miércoles 3 de diciembre de 2008

Camiones de juguete

Cuando comencé a dar clases, me sentía desprotegido: yo era uno y ellos son muchos. Ahora me ocurre más aún, claro, pero he conseguido, al menos, no sentirme tan solo. Ya no me quejo tanto, ni me siento una víctima, sino un verdugo. Francisco pulverizó el récord de expulsiones del Centro aquel otoño. Yo sugerí que le regaláramos una tostadora para conmemorarlo, pero la iniciativa no prosperó. Como tutor suyo que fui, hace dos años, me tocó hablar con su madre varias veces. Ella no sabía cómo tratarlo, lo temía, estaba segura de que su hijo consumía drogas y de que vendía maría también a pequeña escala. Fue sincera, directa y no lloró demasiado. Me pidió ayuda y yo me comprometí a hablar con Francisco, aunque pensaba honestamente que eso no ayudaría demasiado. Mi investigación duró un mes. En las guardias de recreo me acercaba y le daba palique. Me costó la vida propia conseguir que me dedicara unos minutos. Como alumno disruptivo que es (considerado) era muy solicitado por los otros compañeros. De cara al foro, él me hacía un favor a mí, por hablar conmigo. Acepté que no fuera al revés. Finalmente, algo de fútbol sabía, de mayor quería ser camionero, como su padre, y le gustaba muchísimo un pequeño pueblo de la sierra de Huelva de donde era natural su abuela. “¡Necesito más datos!”, pensaba. Eso me dije. Siempre. Y así fue… hasta que descubrí lo que realmente le quitaba el sueño y las ganas de estudiar. Su padre había transportado mercancía quince años y ese curro le duró hasta que los maderos descubrieron que no eran fresas lo que llevaba dentro. Fue encarcelado, unos meses, tiempo suficiente para hacerse adicto a la carga que él mismo había transportado anteriormente. Al salir, su carácter había cambiado: más de una vez colocó sobre su mujer algún golpe e hizo llorar a su hijo. Un buen día, se separaron. Inicialmente a Francisco le tocó vivir los trámites legales, juicios, abogados que no dejaban de preguntarle cosas absurdas y el agobio de los profesores que querían conocer cada día cómo se sentía. Luego, llegó lo peor. Todo el mundo olvidó lo que estaba pasando y comenzaron a reprocharle su actitud con acritud. De preguntarle con demasiada frecuencia cómo se sentía pasamos a todo lo contrario.

Pero su padre cambió de nuevo. Ingresó en una clínica de desintoxicación, estuvo ausente del pueblo algún tiempo… y se olvidó de que tenía un hijo. En palabras de Francisco, dejó de quererlo. Él se sentía fatal. Echaba de menos a su padre. Tenía ganas de montar en el camión, de pasear por medio mundo, de escuchar miles de historias sobre países muy lejanos. Es mayor; Francisco es un tipo duro, pero echaba de menos quedarse dormido en el sofá, tras haber escuchado batallitas, visto un partido de fútbol con su padre y haber devorado una pizza carbonara. Podría decir que Francisco lloró desconsoladamente contándome todo esto, pero no sería cierto. Sospecho que, a pesar de tener quince años, cuando lo conocí ya había agotado todas sus lágrimas.

Tras varias semanas de incertidumbres, logré quedar con él. El padre de Francisco tiene una cobra tatuada en su brazo derecho. Parece un macarra trasnochado y arquetípico. Los ojos los tiene apagados y alguien parece haber detenido las cenizas de un cigarro sobre sus cuerdas vocales. Le conté grano a grano cómo se sentía su hijo. Esperaba de él una respuesta dura, de expresidiario, tenía la seguridad de que iba a decirme que la madre de Francisco debía educarlo, que él ya había hecho bastante aquella madrugada en que lo engendraron en el asiento trasero de un Seat Ibiza. Sin embargo, aquel hombre tan duro sí lloró. No como su hijo. Me miró fijamente y me apretó la mano. “Verá usted, lo he estado pensando… y no deseo que mi hijo Francisco se convierta en alguien como yo. Deseo más que nada en el mundo pasar mi tiempo con él, claro… pero no quiero, bajo ningún concepto, que vuelva a cometer los errores de su padre. Por eso, y a pesar de que me duele muchísimo, intento convivir con él el menor tiempo posible, porque no quiero que vea el monstruo en que se ha convertido su padre”.

viernes 21 de noviembre de 2008

Conversación, poco sueño y muchos sueños. [Inédito]

"Soy maestra y doy clase en la ESO por lo que mi horario está lleno de Cármenes y de Juanes.

Intento enseñarles inglés mientras que ellos y ellas me enseñan a mí a ser más persona. A veces también hago mis pinitos y me pongo a intentar enseñarles valores, cosa mucho más difícil, por cierto.

Coincido contigo en que les cojo cariño. Llevo ya 20 años cogiéndoles cariño y no puedo evitarlo.

En esta semana me han acusado de dos cosas: en la primera unos compañeros/os con plaza definitiva en el centro me han acusado de poner mucha energía en el centro para ganar méritos y así poder mantener la comisión de servicios que me mantiene más cerca de mi casa. Otro compañero me ha confesado que él cree que yo me “superimplico” porque lo necesito.

Arrastro estas dos acusaciones con algo de dolor. La orientadora me ha dicho que no me preocupe que lo estoy haciendo bien. No me ha convencido. Yo creo que me ha aplicado la teoría del refuerzo positivo y a pesar de que a ella también la quiero mucho, tengo mis dudas.

Cuando el lunes vuelva a encontrarme con la Carmen o con el Juan tendré que estar convencida de algo. ¿Puedes ayudarme, profesor Cuyami? Por favor."


No. No puedo ayudarte. Esta es la primera vez que escribo un texto ex profeso para este blog. Jamás lo hice, porque jamás nadie me pidió que lo hiciera. No puedo ayudarte porque esta profesión no tiene certezas, porque nos guía la fe, una lumbre en mitad de una oscuridad demoledora. Y sin embargo... la luz la portamos nosotros. El día que pierdas el "vértigo creativo" estaremos perdidos. Plenamente. Quema tanto, duele tanto, porque es importante... Si te arriesgas a sentirte profesor, estás condenado a una incadescencia perenne, duele la sed. No puedo ayudarte, no puedes escapar de ti misma: sufres por amor. Esa espina, esa ira, la rabia de sentir la obra inacabada... eso se llama amor. AMOR con mayúsculas. Eso no tiene cura.

Esta mañana organizamos en el centro un casting para un grupo de teatro. Colocamos en la puerta del departamento un folio que ponía "el casting será hoy. Espere su turno". Tres profesores se colocaron en una mesa amplia. Dispusimos en tres pequeñas cartulinas los nombres de estos. Hacían cola en el pasillo y repasaban una hoja con un monólogo que debían declamar. En prepararlo todo tardamos diez minutos. Todos los chicos serán admitidos. Y sin embargo... surgió la magia. Con tres cartulinas y un folio creamos poesía, magia, literatura: cambiamos la vida de gente sencilla, que toda la vida recordarán una espera de diez minutos en un pasillo para llegar a ser actores. No tiene importancia, y la tiene. Esa es la magia de esto: crear magia, con cuatro detalles, hacer un destello, dotar de magia las vidas de los demás. Hacer, repartir, sembrar de esperanza este mundo tan jodido. Por una sonrisa, de rodillas, de cara al peligro. Sin miedo a nada, por tenerle miedo a todo.

Bla, bla, bla. No sé explicarlo. He dormido quince horas en cuatro días por trabajar demasiado. Eso sí, me pillas hoy entusiasmado porque he dormido quince horas en cuatro días por trabajar demasiado. Cuando sale todo mal, es una putada. Lo admito. ¡He perdido tantas veces! No puedo ayudarte, pero sí puedo pedirte que recuerdes las estrellas que has sembrado a lo largo de tu trayectoria profesional: ellas te alumbrarán dentro de esta oscuridad desoladora, y si las recuerdas con toda tu fuerza, estoy seguro de que comenzarás a llorar antes de terminar de leer estas palabras. Por ellos y por amor. Tus alumnos, los hijos de estos, tu fuerza y tu voz son ya inmortales, resuenan y resonarán siempre.

Cuelga este texto en tu taquilla. Repásalo de vez en cuando. Recibe mi sonrisa.

"Gracias, profesor Cuyami, por tu respuesta. Cada viernes necesito ese empujoncito que me avive la sonrisa para el siguiente lunes. Comparto tus palabras, me apoyo en ellas y en otras muchas que así llego más lejos.

Tu artículo del otro día, tus comentarios de la Carmen, me parecían incompletos. La Carmen tira la mesa y saca pecho, ¿Y qué? ¿Cómo sigue la historia? ¿Como siempre represión, represión, represión o hay más?

Les hay que dicen: “Yo quiero para mis hijos e hijas un centro limpio de Cármenes, que retrasan el aprendizaje del resto y yo deseo un futuro brillante para los míos”. No saben lo que se pierden. Claro, en pequeñas dosis. Lo malo es cuando el centro concertado, ese muy alto y muy grande que está cerca del mío, recomienda a todo alumnado algo esquivo que busque en la pública el apoyo psicológico que necesita. Y vienen una, dos, tres personas ... con fracaso escolar, inadaptación, conductas disruptivas, trastornos de no sé qué y de no se cuántos.

Yo necesitaba que tú me confirmaras que gente como tu Carmen y mi Juan, con todo lo que llevan a cuestas, vienen al instituto con la esperanza y el deseo interior (probablemente desconocido incluso para ellos y ellas) de que alguien les mire a los ojos sin rencor, sin resentimiento. Vienen al insituto pero sin cruzar del todo la barrera; ellos tampoco quieren que se las sigan dando “de frente”. Por precaución incordian, desconfían, agreden antes de ser agredidos, retan ... Es su modo de ser personas supervivientes. Probablemente un día descubrieron que tenían el corazón demasiado blandito y decidieron reforzarlo con doble chapa."

miércoles 19 de noviembre de 2008

La Carmen y la lluvia

Esta es la historia de una frase: “si hago eso, ellos ganan”. Para comprender qué hay detrás de esa afirmación he de dar un pequeño rodeo y comenzar por el principio. Os pido disculpas y una pausa. Pensad.


La Carmen tiene los ojos surcados por el maquillaje siempre; se pinta de guerra con una línea gruesa y negra. Posee una cadena que nunca se quita. Colecciona oros. Los bastos, los reparte su padre cuando bebe más de una copa. Algún corazón ha roto ya con su espada: una palabra aguda, unas reacciones bruscas, un tono de voz marcado y pausado, que dilata cualquier pausa, que crispa, tensa y anima. Ella es las circunstancias. Dijo Ortega que todos somos “nosotros mismos y nuestras circunstancias”. Ella es circunstancia para todos. Cuando quiere, no hay clase. Patalea, grita, arremete contra los que la insultan y devuelve salivazos a cambio de una mala mirada. Cuentan que se dice que la leyenda narra que posee una navaja y que no teme sacarla. La temo y la adoro. Admito que me gusta que sus fines de semana duren cuatro días. Llegan las ocho y media de la mañana de un martes y, con frecuencia, no se toma ni siquiera la molestia de entrar en el aula. “¿Para qué? Si el profesor me va a echar de todas formas, aprovecho y así gano tiempo”. Se va directamente a la sala de expulsados, toma un cuaderno y pinta escaleras y botas de tacón alto. Jamás sus boas devoran elefantes.


Un buen día tomó su mochila y la arrojó sobre el escritorio del Jefe de Estudios. “¡Yo me voy de aquí! ¡Me tienen manía!”. Conste que es cierto. El Jefe lo sabe y yo también. La miró, por tanto, y le preguntó sus motivos. “Los profesores me odian, los compañeros me desprecian… ¡y aquí no me habéis enseñado ni a leer! ¡Esto es una mierda de instituto porque no sé sumar, ni restar, ni multiplicar! ¡No he aprendido nada, joder!”. Permítaseme las palabras malsonantes. Reproduzco y cito, no narro: no quiero darle cierto toque de Casa de la Pradera, porque no lo hay por ninguna parte. Imaginen el gesto. ¿Qué respondes? Cinismo, lo justo. ¡Deseamos que se vaya! ¡Cómo no! Somos trabajadores. ¿Qué limpiador desea vivir perennemente un primero de enero? A veces el camino fácil no es tan malo.


Charlamos. Con la base que tiene, no la aceptarán en el instituto más cercano sin un motivo serio. En efecto, no le hemos enseñado a leer ni a escribir y para que migre antes debe aprender lo básico. La orientadora se sienta con nosotros. Toma una hoja de papel. Yo tomo café. Consejo de guerra. Penamos que sería bueno que durante cuatro meses la dotemos de ciertos mecanismos básicos: algo de aritmética, mucho dictado, reglas de conducta, pensamiento lógico… “La lluvia en Sevilla es una pura maravilla”, y tendremos una doncella, una princesita capaz de engañar a cualquiera. Nos reímos de mi ocurrencia, pero admito que no tiene ni pajolera gracia. Estamos tensos porque de tanto que nos hemos peleado con ella, y contra ella, le tenemos bastante aprecio a la Carmen.


Como tutor, me toca acercarme. La saco de clase. Empuja la mesa antes de salir. Cae. Los demás ríen. Se convulsiona el mundo en un segundo y el profesor que trataba de explicar, maldice mi gracia: le he formado un motín. Parece decirme con la mirada que no la devuelva al aula antes de que toque la campana. La siento en mi despacho. Le cuento el plan. Específico. Le digo que podrá irse, que aprenderá algo antes y que tendrá un profesor para ella sola. Todos tendremos lo que queremos, claro. Y ella lo sabe. Afila sus uñas sobre mi escritorio y me cala como lluvia de noviembre (que ni siquiera en Sevilla es maravillosa, aunque eso no se lo explicaran a My fair lady). “Si lo hago, ellos ganan”. “No aceptaré, aunque me convenga. De mí se espera otra cosa. Mis compañeros esperan otra cosa de la Carmen y no puedo traicionarlos. Si me rindo, los profesores ganan. Y no se lo merecen. No me habéis tratado bien”.

martes 11 de noviembre de 2008

Pecés y pelis de terror

Como legisladores no se ganan la vida, pero escogiendo nombres tronchantes sí son unos fenómenos. No me parece casual que llamaran “eso” al sistema educativo más amorfo de la historia y, por tanto, no puede ser fortuito tampoco que los institutos con ordenadores en sus aulas sean un “tic” de nuestros fabulosos librepensadores que de tanto dejar fluir el flujo incontrolable de sus conciencias, varan más allá de los cerros de Úbeda. De allí, precisamente, es una amiga que me cuenta que su centro, de Primaria, continúa con las mesas listas para que se coloquen los ordenadores y que Sus Majestades no se apresuran a realizar la entrega que llevan dos años aguardando. Dicho lo cual, y tras entrelazar una encuesta con esta idea previa, descubro que casi siempre, en la primaria, el ordenador es un juego, solo eso. Si realizan bien los deberes, se les conceden diez minutos de ciber asueto (en días previos a las notas, cuatro horas). Una constante es. En ciertos cursos de cuarto de ESO, muchos compañeros siguen tomando los ordenadores para el mismo fin: no tienen una finalidad educativa, porque eso requiere de una preparación previa que nadie hace, son un premio o, meramente, una distracción para que el ganado no moleste, mientras ellos corrigen exámenes.

Vayamos por partes. Los centros TIC son institutos modernísimos que, siguiendo los pasos de la Bauhaus, son concebidos de manera inteligente, con ordenadores en todas sus aulas y un montón de cartelitos que indican que lo son. El objetivo era que los chicos fueran suprimiendo poco a poco los cuadernos por pecés (?), pero solo se ha conseguido aficionarlos al buscaminas y a los dos o tres jueguecitos tontos de Guadalinex. Por desgracia, en vez de computadoras instalaron tartanas que estaban obsoletas desde antes de echar a rodar. Por desgracia, poco a poco se fue agotando el crédito (de los buenos propósitos) y pasó a llamarse “tic” a institutos que solo tenían unas cuantas clases con ordenadores (o sea, todo guizque) y no los que tenían ordenadores en todas las clases. Esos centros de segunda generación también tienen en la puerta muchos cartelitos en los que se explicita que son TIC… pero no tienen tantos ordenadores como cartelitos, desgraciadamente. No obstante, casi que lo prefiero. El ordenador sobre el que escribo pierde valor por momentos. ¿Se imaginan en qué se convierte un instituto con ciento treinta ordenadores, tras cinco años? Hablamos de un cementerio informático donde ni los elefantes osan echar su siestecita final. Los monitores de las clases parecen ya la imagen mental que tengo de la tele de la casa de mi abuela. Para colmo, a los teclados les han intercambiado las letras entre sí y el otro día vi uno que, por primera vez en la historia, seguía riguroso orden alfabético, gracias al chico que dedicó una guardia entera a quitar las chapitas de las teclas y disponerlas como le vino en gana.

Sin embargo, lo peor sigue siendo la imposibilidad de mover las mesas. Sin parangón es el engorro de ver a los chicos escribiendo en un ladito de la mesa porque el monitor de la reconstrucción mental de la casa de mi abuela les robó el resto del espacio, no ofreciéndoles ninguna contraprestación a cambio. Bueno, vale: especifico. ¡No todo es tan inútil! Los centros TIC sí resultan muy beneficiosos para los que asumen el cargo de “coordinador de”. En pago a estos servicios se les entregan cinco horas sin dar clases, a la semana, cinco horas de reducción que a don Pedro le vinieron genial para ligarse a la administrativa del centro. En su misión, y no hablo de seducciones sino de trabajo, se contentó con ir contando el número de bajas y hacer una estadística sobre qué curso escacharraba más ratones (el mayor punto débil de esos robustos mamotretos que parecen sacados de la Alemania de la postguerra son los ratones: los alumnos deberían trabajar en alguna empresa de fumigación). Solo esa estadística hizo. Don Pedro nunca me aportó el dato que siempre quise saber. Intuyo, pero no lo tengo confirmado, que poseemos el récord de horas consecutivas sin que ningún profesor emplee los ordenadores como herramienta de trabajo. No me extraña. Dan cursos de dos tardes y pretenden con eso cambiarle la visión docente a gente que lleva veinte años en el gremio. Tras varios años en el ajo, lo que comenzó siendo una película de ciencia-ficción ha cambiado de género y da más miedo que Psicosis. Y de todo, lo que más susto provoca es que tantas toneladas de chatarra, tantos ordenadores que no soportan ni siquiera la última versión de Guadalinex, concebida ex profeso para tal fin, la paguen ustedes con sus dolientes impuestos.

martes 4 de noviembre de 2008

Asperger y el Asteroide

Cambio los nombres, el resto es verídico. Estamos de excursión y todos los chicos comparten la comida salvo él. Lobato permanece con la mirada ida, dando tumbos como las piedras que arrojan contra los patos los alumnos disruptivos. Su madre tuvo la idea feliz de animarlo a venir. Ya aquí, Lobato consiguió durante las tres primeras horas pasar el mayor tiempo posible con nosotros. Los profesores, con otras necesidades comunicativas más adultas, deseosos también de ver si sería capaz de superarse, lo dejamos con verónicas (Sánchez y Martínez) y naturales (un libro de naturales repleto de manchas de bollería industrial), frente al “Toro” (apodo de Miguel Cañas). Pronto las compañeras lo abandonaron y las burlas del fornido muchacho, que se fue con ellas dos, lo devolvieron soltero y solitario a las inmediaciones del lago.

Lobato posee un síndrome que los sicólogos denominan “Asperger”, que no es demasiado semejante al autismo, aunque mucha gente tiende a confundirlos. Probablemente complete sus estudios de Secundaria y no sería raro que llegara a Bachillerato o, incluso, a la Universidad. De hecho, no es infrecuente que algunos de estos chicos introvertidos, con descomunales problemas de adaptación, lleguen más lejos que otros de una normalidad más aparente que cierta. No es tonto, todo lo contrario, pero sus alardes intelectuales están concentrados en puntos excepcionalmente concretos del saber humano. Pinta alas de mariposa, en un cuaderno de esquinas puntiagudas, y las dota de un realismo que me enternece y me asusta. Sin embargo, frecuentemente las musarañas anidan en su cabeza y no es capaz de mantenerse a este lado de la realidad: se distrae. Y cuando atiende, no oye. Percibe rumores y colores, pero no ve. No siempre, al menos. Su mente vara por otros derroteros, en mundos de elfos, dibujos animados y sucesos a un tiempo perversos y ancestrales. Pero no siempre. Otros días, parece (y es) un chico normal: copia, pregunta, siente calor y frío.

En los recreos casi siempre lo veo solo, con un libro, con las mejillas de un color cobrizo: su cabeza no se estanca jamás, pero cualquiera que lo observe sin excesivo mimo diría de él que permanece en Babia. Parece distraído, pero capta más matices que el resto y razona de forma magnífica. Creo que fue Lobato quien me hizo llegar una carta anónima, hace unos días. Lo sé porque se mostraba incoherente e imprecisa, con los mismos giros que él imprime cuando habla. Me sentí halagado, lo admito, porque fuera capaz de mostrarse de ese modo frente a mí. Reproducía de forma milimétrica palabras que yo había pronunciado en clase y las convertía en reproches: atacaba que les prohíba comer chicle, me llamaba feo, estaba ofendido porque en los cambios de clase no se puede salir del aula. Nadie hubiera podido retener mis expresiones, y reinterpretarlas, salvo él. La primera frase del texto era “desde este momento tu mente está bajo mi control”. Me decidí a guardar el secreto. Ambos tenemos ya demasiados problemas. Lo asumo como un lance digno. Eso sí, me quedé con las ganas de hablar con él del tema, de introducirme en su mundo, partir esa barrera y ver las luces que él ve, jugar con los duendes, echar carreras con las hadas y morir de mil formas espantosas. No puedo. Todos mis mecanismos restallan cuando concibo alguna idea más rara de la cuenta, a pesar de que a veces me dé por mirar a través de esa ventana.

Existen muchos chicos con este síndrome que no están diagnosticados, cuyos padres los reprenden y no logran comprender que sus adolescentes razonan de un modo diferente al del resto de especimenes de su edad. Yo siento lástima por Lobato porque su apertura al mundo será difícil, porque no conseguirá un desarrollo normal nunca, porque sus compañeros de trabajo se reirán de él, durante las horas del café… y la soledad no le viene bien. ¿Pero acaso existe otra opción para él que no sea estar solo? Los adolescentes están demasiado ocupados en entenderse a sí mismos: no dedican una porción de su tiempo a comprender también a quien más necesita ser comprendido. Todo adolescente se siente la persona más rara del Universo, todo adolescente se siente poseedor del asteroide B-612 y no mira más allá de los cascabeles de su estrella. Todos se sienten. Lobato lo es.

Asperger y el Asteroide

Cambio los nombres, el resto es verídico. Estamos de excursión y todos los chicos comparten la comida salvo él. Lobato permanece con la mirada ida, dando tumbos como las piedras que arrojan contra los patos los alumnos disruptivos. Su madre tuvo la idea feliz de animarlo a venir. Ya aquí, Lobato consiguió durante las tres primeras horas pasar el mayor tiempo posible con nosotros. Los profesores, con otras necesidades comunicativas más adultas, deseosos también de ver si sería capaz de superarse, lo dejamos con verónicas (Sánchez y Martínez) y naturales (un libro de naturales repleto de manchas de bollería industrial), frente al “Toro” (apodo de Miguel Cañas). Pronto las compañeras lo abandonaron y las burlas del fornido muchacho, que se fue con ellas dos, lo devolvieron soltero y solitario a las inmediaciones del lago.

Lobato posee un síndrome que los sicólogos denominan “Asperger”, que no es demasiado semejante al autismo, aunque mucha gente tiende a confundirlos. Probablemente complete sus estudios de Secundaria y no sería raro que llegara a Bachillerato o, incluso, a la Universidad. De hecho, no es infrecuente que algunos de estos chicos introvertidos, con descomunales problemas de adaptación, lleguen más lejos que otros de una normalidad más aparente que cierta. No es tonto, todo lo contrario, pero sus alardes intelectuales están concentrados en puntos excepcionalmente concretos del saber humano. Pinta alas de mariposa, en un cuaderno de esquinas puntiagudas, y las dota de un realismo que me enternece y me asusta. Sin embargo, frecuentemente las musarañas anidan en su cabeza y no es capaz de mantenerse a este lado de la realidad: se distrae. Y cuando atiende, no oye. Percibe rumores y colores, pero no ve. No siempre, al menos. Su mente vara por otros derroteros, en mundos de elfos, dibujos animados y sucesos a un tiempo perversos y ancestrales. Pero no siempre. Otros días, parece (y es) un chico normal: copia, pregunta, siente calor y frío.

En los recreos casi siempre lo veo solo, con un libro, con las mejillas de un color cobrizo: su cabeza no se estanca jamás, pero cualquiera que lo observe sin excesivo mimo diría de él que permanece en Babia. Parece distraído, pero capta más matices que el resto y razona de forma magnífica. Creo que fue Lobato quien me hizo llegar una carta anónima, hace unos días. Lo sé porque se mostraba incoherente e imprecisa, con los mismos giros que él imprime cuando habla. Me sentí halagado, lo admito, porque fuera capaz de mostrarse de ese modo frente a mí. Reproducía de forma milimétrica palabras que yo había pronunciado en clase y las convertía en reproches: atacaba que les prohíba comer chicle, me llamaba feo, estaba ofendido porque en los cambios de clase no se puede salir del aula. Nadie hubiera podido retener mis expresiones, y reinterpretarlas, salvo él. La primera frase del texto era “desde este momento tu mente está bajo mi control”. Me decidí a guardar el secreto. Ambos tenemos ya demasiados problemas. Lo asumo como un lance digno. Eso sí, me quedé con las ganas de hablar con él del tema, de introducirme en su mundo, partir esa barrera y ver las luces que él ve, jugar con los duendes, echar carreras con las hadas y morir de mil formas espantosas. No puedo. Todos mis mecanismos restallan cuando concibo alguna idea más rara de la cuenta, a pesar de que a veces me dé por mirar a través de esa ventana.

Existen muchos chicos con este síndrome que no están diagnosticados, cuyos padres los reprenden y no logran comprender que sus adolescentes razonan de un modo diferente al del resto de especimenes de su edad. Yo siento lástima por Lobato porque su apertura al mundo será difícil, porque no conseguirá un desarrollo normal nunca, porque sus compañeros de trabajo se reirán de él, durante las horas del café… y la soledad no le viene bien. ¿Pero acaso existe otra opción para él que no sea estar solo? Los adolescentes están demasiado ocupados en entenderse a sí mismos: no dedican una porción de su tiempo a comprender también a quien más necesita ser comprendido. Todo adolescente se siente la persona más rara del Universo, todo adolescente se siente poseedor del asteroide B-612 y no mira más allá de los cascabeles de su estrella. Todos se sienten. Lobato lo es.

martes 28 de octubre de 2008

El De Lorean y el de Bolonia

Hay horas que no existen. Madrugada del domingo. Me propongo realizar un experimento antropológico fascinante. He optado por mantenerme despierto justo hasta ahora. Son las dos y, si todo me sale bien, cuando termine de redactar estas líneas, seguirán siendo las dos. O volverán a serlo, mejor dicho. Si consigo cumplir con el reloj, que tengo sincronizado con la Puerta del Sol de Madrid, esta página será invisible, me sentiré Michael J. Fox y habré viajado al pasado o regresado del futuro, porque habré escrito una columna en una hora inexistente. Paradójicamente, pretendo en ese tiempo contar una historia de otra hora que no existió tampoco. Pero de otra manera.

La mañana del pasado miércoles se inició como cualquier otra. Tomé mi maletín, crucé el vestíbulo principal del edificio y me adentré en el pasillo donde dan clase los grupos de bachillerato. Para mi sorpresa, todas las aulas estaban a oscuras. No había nadie. Me planteé seriamente si mi reloj estaba correcto, dado que mi grupo de segundo suele ser puntual. Tal vez, hubiera llegado yo más temprano de la cuenta. No, nada de eso. Bajé de nuevo, comuniqué el hallazgo al jefe de estudios y fui a tomar café con otro compañero, que se encontraba en la misma situación. Ya: sin más. Habían hecho huelga. A través de los mensajes a móviles, del Tuenti y de otras páginas de Internet, gracias al mésenyer, habían coordinado una reivindicación que la mayoría de ellos no comprendía demasiado bien. En mi opinión y en su mayoría, demostraron ser bastante vagos, pero no solidarios. Eso sí, durante mi clase del día siguiente (esa sí existió), me asediaron a preguntas sobre el tema. Transcribo aquí, junto con mis respuestas, lo que fue surgiendo. Quizá esta información le sirve a alguien para enterarse de algo.

¿Por qué no vinimos ayer? Porque había una huelga contra el Plan Bolonia, convocada por el Sindicato de Estudiantes. ¿Qué es ese plan? Básicamente, un acuerdo europeo para poner en común los planes de todos los países de la Unión, que no se parecen demasiado entre sí. Bueno, pero ¿y por qué nos quejamos? Se suponen que estáis en contra de que se privatice la Enseñanza Pública. ¿Qué significa que se privatice la Universidad? Nadie lo entiende muy bien, ni siquiera yo. Las Universidades, a día de hoy, tienen acuerdos muy amistosos con ciertos bancos y cajas y se deben favores entre ellos. ¿Y eso afecta a los universitarios o solo a los bancos? Sí, les afecta, por eso se ponen en huelga los universitarios: se intuye que todo tenderá a proyectarse al mundo de la empresa. Toda titulación ha de ser rentable, servir para crear empresas y generar dinero. Si una facultad no es productiva, es castigada. ¿Todas las facultades podrán ser rentables? Evidentemente, no. Aquellas que son de Humanidades van a pasarlo mal, porque no se ajustan a las directrices europeas. ¿Nos afecta eso a nosotros? Sí, en la medida en la que pronto seréis universitarios. Además, vuestro sindicato considera que ha aumentado la inversión en la Enseñanza Privada y Concertada y que está perdiendo comba la Educación Pública, que es la vuestra. ¿Es eso cierto? No lo sé, honestamente. No creo que el problema de la Pública sea que la Concertada reciba más dinero. De hecho, me alegro por los profesores de la Privada: no hay que ser envidiosos. ¿Y qué es lo que se ha dicho que pasará con las becas? Se supone que se pretende sustituir las becas universitarias por préstamos con interés muy bajo que, a medio o largo plazo, hay que devolver. ¿En serio? No me lo creo demasiado, la verdad. Al menos, no creo que eso suceda en los próximos años. Eso sí, parece claro que si no hay dinero en ningún ámbito de la sociedad, las becas se recortarán también… Pero, ¿entonces nadie irá a la universidad? Sí, iréis, pero se dice que habrá menos estudiantes. De todas formas, también se comenta que van a endurecer selectividad, incluyendo un examen oral y haciéndolo más complicado todo. Eso sí le quitará las ganas a más de uno. ¡Esto es una estafa! ¡Hay que protestar! ¿Cuándo habrá otra huelga? Por lo pronto está prevista otra, para el 13 de noviembre (…).

Hay horas que no existen. Madrugada del domingo. Me propongo realizar un experimento antropológico fascinante. He optado por mantenerme despierto justo hasta ahora. Son las dos y, si todo sale bien, cuando termine de redactar estas líneas, seguirán siendo las dos.

martes 14 de octubre de 2008

La bandera de los padres

La arrogante niña de mejillas sonrosadas que pare en las películas un precioso texto sobre las barras y las estrellas, en mi barrio no pasaría del tercer telediario. En todo caso, saldría en el segundo, en el de mediodía: le pegarían una paliza, la grabarían con el móvil y Matías Prat hablaría de ello. Sin embargo, echo en falta un poco de patriotismo barato en mis aulas. Despierta esta columna tras un puente cito sobre nuestra fiesta nacional y dedico diez minutos de mi tiempo a pensar cuántas veces escuché el himno español en la escuela. Supongo que… tantas como mis alumnos, tantas como puntos sacó en Eurovisión la canción de Remedios Amaya. Así de raro soy: me planteo si alguien alguna vez me explicó por qué la bandera es roja y amarilla. A duras penas recuerdo de dónde procede “Hispania” y tomo conciencia de que no podría citar las provincias de Castilla León, ni con una chuleta. El doce de octubre es la fiesta del descrédito, por tanto. ¿Qué es eso de Pilar? ¿Qué pasa con la Patria? De verde y blanco se llenan los calendarios en febrero. Nuestros infantes aprenden la letra del ídem y la cantan sin excesivo sarcasmo. Las aulas son verdes y blancas, en muchos institutos, pero jamás vi ningún elemento ornamental nacional. Pregunta: ¿dónde termina España? Respuesta: donde comienza Andalucía. De “plus ultra”, ni mijita. Los papeles timbrados, lo son en andaluz. Los impresos donde se justifican las faltas, las papeleras a donde varan estos, todo rezuma un andalucismo anacrónico para una comunidad sin patria, donde el porcentaje de nacionalistas se aproxima al de testigos de Jehová. Pero de España, ni rastro.

Puedo comprender y comprendo que las competencias en materia de educación estén transferidas a las autonomías. Mi nómina, en última instancia, la respalda Chaves y no Zapatero, lo cual está muy bien porque a la hora de quejarme me queda más cerca Heliópolis que la mansión del otro. Me parece bien la legislación y ni entro ni salgo, porque es lo último de lo que me acuerdo cuando veo a un chico que no se sienta [del verbo ‘sentar’] de forma correcta. Ahora bien, ¿no deberíamos conseguir que nuestros chicos se sientan [de ‘sentir’] un poco más españoles, también? ¿Dónde quedaron las actividades para conocer al resto de comunidades? ¿No deberíamos, desde la escuela, borrar las diferencias entre vascos y catalanes, mitigar los odios, hermanar las regiones y no disgregarlas? No nos damos cuenta, pensamos que el separatismo emana de otras regiones, pero nosotros no fomentamos la común unión, tampoco: se aventan los tópicos en las explicaciones y se pasa de puntillas sobre los temas geográficos, literarios e históricos que se centran en otras regiones.

Por desgracia, y para más guasa, en nuestros centros toda referencia nacional se asocia con el fascismo por parte de los alumnos… pero también de no pocos profesores. Solo los adolescentes de ciertos colegios privados llevan banderas de España y no son, precisamente, apreciados por ello, salvo en sus restringidos círculos sociales. No hay, en general, en la pública, demasiadas pegatinas con banderas, ni referencia alguna al toro o al escudo hercúleo, en las carpetas de los alumnos. Y casi mejor. Lo prefiero porque evita problemas y todo lo que evite problemas tiene mi apoyo. ¡Ah, por cierto, he recordado otro! Existe otro distintivo fabuloso. Sí, por supuesto. Como la ley así lo establece, el retrato del Rey ha de presidirnos. Estar… está, claro. Pero resulta curioso cómo se esconde en vete tú a saber dónde. En algún despacho oscuro, en algún pasillo poco frecuentado, en un departamento que casi nadie abre… allí te toparás, en alguna guardia de abril, cuando ya descartabas hacer descubrimientos nuevos sobre el edificio, con un deslucido retrato de Sofía y de Juan Carlos, más abandonado que el Cristo de Marcelino pan y vino en su desván. Buscarlo equivale a iniciar una expedición para hallar un tesoro. Delata la importancia que tiene España para nuestro sistema educativo.

Vamos camino de ser reconquistados desde dentro, por pura abulia. Si no tenemos letra que cantar, si no existe un poema elocuente, me conformo con poseer al menos una alineación campeona o una lista de empresas del IBEX-35 en la que creer cuando tenga los ojos cerrados. “España” es, en la escuela, un tabú mayor que el sexo. ¿Están peleados los modelos educativos y los términos medios? Añoro un poco de más cordura. En serio, ¿tanto trabajo cuesta llegar y no pasarse?

domingo 12 de octubre de 2008

Diverso y divertido

Me sorprendí sintiéndome dolido cuando uno de los chicos de la primera fila me dijo que me echaba diez años más de los que tengo. Para ellos cualquier persona con más de veinte es un anciano, me dije, pero lo cierto es que cada día que pasas aquí, envejeces una inmensidad. No obstante, todos seguimos buscando el paraíso perdido, todos seguimos recorriendo los pasillos con el deseo de colmar nuestros sueños, aquellas esperanzas que teníamos antes de ser profesores: ideales de paz y bien. En suma, hallar la fuente de la eterna juventud. Anoto en mi libro de ruta, recorto más y más señas y esquinas. De pronto, tengo una revelación. Cruzo el umbral y topo con ellos.

Paso ocho horas a la semana con los chicos de Diversificación y puedo decir con la boca bien grande que son lo mejor que me ha pasado en esta profesión nunca. Acostumbro a dar mucha cera al sistema, pero no se me caen los anillos por admitir que la Diversificación es uno de los mayores aciertos de todas las reformas hechas desde que las Olimpiadas de Cobi incendiaran su pebetero. Para los no versados, resumo el plan. Toman a ocho o diez alumnos, de tercero o cuarto de ESO, a los que les cuesta trabajo estudiar. Han de ser trabajadores, voluntariosos y, sobre todo, no presentar problemas de disciplina. Se les asignan dos profesores de referencia (uno les imparte ocho horas de las asignaturas de letras y otro, otras ocho de ciencias). Al ser un grupo muy reducido, prácticamente puedes tratarlos como si fueran clases particulares. Al final de los dos años obtienen, si han hecho bien su trabajo, el título y con él pueden acceder a un ciclo formativo… ¡o hacer lo que quieran! A priori pensé que el resto de alumnos arremeterían contra ellos, que se quedarían muy aislados por las peculiares características que presenta dicho grupo. Sin embargo, no he visto ningún indicio de ello, hasta la fecha. El resto de asignaturas sí las comparten con el resto de alumnos del grupo y nadie se extraña porque salgan del aula ordinaria unas cuantas horas. Con ellos, y por primera vez desde que ejerzo esta profesión, me encontré con chicos que realmente quieren aprender, que guardan silencio, que son educados y respetuosos contigo. He conocido ya varios grupos de diversificación a lo largo de estos años y he de reconocer que todos ellos tenían una calidad humana muy superior a la media del resto de clases. Es un placer trabajar con ellos y estoy convencido de que ese clima de trabajo es más que adecuado para personas con capacidades algo limitadas o que presentan cierto retraso por venir del extranjero, por pertenecer a estratos sociales muy bajos o por haber tenido cualquier tipo de experiencia traumática. Tienen asignadas, también, visitas periódicas de la orientadora para que los ayude en todo lo relacionado con las técnicas de estudio. Ella los anima, también, cuando tienen la moral algo más baja. Todos mejoran y la mayoría consigue sus objetivos, si la selección ha sido hecha correctamente. Los profesores consideramos la Diversificación un premio para el alumno… pero también lo es para nosotros.

Desafortunadamente, hay padres que no aceptan que sus hijos vayan a “díver”. Algunos docentes se han dedicado a difundir la leyenda de que es un “grupo para tontos”, cuando en muchos casos el nivel de estos alumnos no es inferior al de los otros terceros y cuartos. No recortamos los contenidos, aunque sí se los hacemos más asequibles. Cuando tú nominas a un alumno para ir a Diversificación y su madre o su padre no dan su consentimiento, la impotencia que sientes es indescriptible. Los docentes siempre buscamos el bien de nuestros alumnos. Por tanto, si yo fuera padre y el tutor de mi hijo me dijera que lo mejor para mi vástago es ir a “díver”, le daría un abrazo a ambos. Podría estar seguro de que el comportamiento y esfuerzo de mi hijo son máximos, porque la oferta recibida es un premio… pero también estaría feliz porque sé que va a ser tratado con el mayor esmero posible, porque participará del grupo más selecto de todo el instituto, pasando a tener a huevo el título de graduado.

martes 30 de septiembre de 2008

Aulas y andamios

Sospecho que la Junta de Andalucía pretende ahorrarse cientos de sueldos de profesores, en el mes de septiembre. ¡Hale! ¡Ya lo he dicho! ¡Y qué a gusto me he quedado! Siento no haberle dado un poco de más emoción, como hago siempre, pero es que necesitaba desahogarme rápido. Más que nada, me urgía porque estoy un poco estresado por haber tenido que pasar dos semanas haciendo guardias en las que el número de profesores ausentes casi igualaba al de los presentes. ¡Hasta siete bajas hemos llegado a tener! Y no somos un centro demasiado grande, que conste. El primer día de curso, de hecho, cuando los alumnos de primero se presentaron aquí para recibir sus nuevos horarios, nos dimos cuenta de que varios de esos grupos no tenían todavía tutor. A más de uno nos tocó suplantarlos y ser asediados con preguntas del tipo “¿quién será nuestro tutor? ¿Por qué no lo eres tú? Y entonces, ¿qué haces aquí?”. Por algún motivo arcano, los interinos con vacantes han llegado más tarde que nunca. Los claustros iniciales han tenido que verse retrasados y, en innumerables centros, el curso ha tenido que empezar unos días más tarde de lo previsto. ¿La verdadera causante de este desfase? La Administración, sin duda, y casi como siempre. Y que conste que también es culpa suya la desoladora sensación de provisionalidad y chapuza académica que todos hemos sentido a lo largo de estos días, tras mirar el “parte de guardias” (hemos perdido dos semanas que más adelante echaremos de menos, cuando los temarios no se completen). ¿Por qué recortan gastos en estos “pequeños” detalles y después presumen, henchidos de gozo, de entregarlo todo a favor de la educación de nuestros hijos? ¡Qué poca vergüenza!

Mi Jefe de Estudios dice que cuando llama a Recursos Humanos, para pedir más profesores, no le cogen el teléfono. El enlace de la página web donde aparece el puesto de los interinos, a día de hoy, está desactivado y lleva bastantes horas sin funcionar (no quiero ni imaginar la cara de aquellos que estén de los cuatro o cinco primeros en cada bolsa). Para colmo, en muchos cuerpos minoritarios todavía no se ha repartido ninguna sustitución porque alegan que hay otras especialidades más “urgentes”. Así no es raro ver a nuestros alumnos de FP dando vueltas por el centro, a vida cuenta de las carestías que ellos sufren, de forma especial (como son mayores, la Administración nos anima a dejarlos solos unos días, para recortar gastos). ¡Oh, albricias! ¡Mañana acaba el mes! ¿Acaso a partir del miércoles los tres o cuatro lacayos encargados de telefonear a los interinos recrudecerán sus acciones? ¿Acaso habrán conseguido ahorrar varios millones, torpedeando el correcto funcionamiento de los centros, durante casi un mes? ¡No seáis tontos! Si se ahorra tanto dinero dejando a los chicos sin clases dos semanas… ¡Hacedlo más a menudo! ¡Mandad al garete la formación, que no es tan importante! ¿Se imaginan lo barato que serían para los contribuyentes los institutos si durante todo el curso nos faltaran seis o siete compañeros siempre, si los chicos de primero de ESO aprendieran lo esencial sobre la vida por ellos mismos, sin que nadie los mediatice, sin un tutor que esté dándoles la tabarra a todas horas?

Las oposiciones acabaron en julio. Desde junio la Administración sabe aproximadamente cuántos profesores necesita cada centro. ¿Cómo es posible que hayan hecho falta al menos tres meses para mandar a los nuevos profesores? Una de dos: o son unos rácanos y no quieren pagarles el mes de septiembre… o la persona que aprieta los botones tiene un serio problema con la mecanografía. Opto por la primera opción, porque no soy quién para poner en duda el abnegado trabajo de los administrativos de Torretriana. Eso sí, como siempre, todo da igual. Yo y todos apostamos por agachar la cabeza, olvidar las circunstancias y a los causantes de estas, solicitando al de la planta de más arriba (a Chaves, el funcionario máximo) que lluevan hombres y mujeres en octubre, que se termine esta sequía de interinos, a pesar de la crisis… para poder trabajar en paz. ¡Que ya va siendo hora! ¡Hasta los chicos están hartos de perder el tiempo! ¡Y ya es decir! Algo va mal.

domingo 28 de septiembre de 2008

Contra Dios

La frase es clara y concisa. “Dios ha muerto”. Sin más, sin matización posible. Sin embargo, tendemos a ser los lectores muy poco curiosos. ¿Cómo murió? ¿Quién lo mató? ¿Alguien exigió responsabilidades penales? ¿Qué arma fue utilizada? ¿Tuvo el mayordomo algo que ver en todo esto? Por deformación profesional tiendo a imaginar a ciertos seres mitológicos dándose puntapiés en la tripa y proclamando epitafios redondos, anacrónicos para tanto dolor. Acaso, si Dios murió, ¿una de las puñaladas recibidas no ha de ser semejante a las que están recibiendo los profesores de Religión hoy en día? Me pregunto si la deidad receptora de tantas procesiones, a las que asisten tantos cargos electos de diversos partidos a los que no quiero señalar, lograría verle la cara a su asesino, antes de expirar. Parece claro, un nivel por debajo, que los profesores de Religión están revolviendo sus sábanas un septiembre más, sin descubrir el puñal en sus espaldas, sin saber qué será de ellos, desconociendo todavía el plan que ha de dejarlos sin pan y sin sangre. Intuyen una fecha de caducidad implícita, lenta, inapelable, que lapida las conciencias sin piedad, que dilapida los corazones y dilata las esperas, que les va quitando horas cada año, sin que esté en su mano evitarlo. Horas de sueño. Y horas de clase.

¿Cómo es posible que aumente el número de alumnos, apuntados en Religión en un centro, y que disminuyan el número de horas de Religión concedidas por la Administración para estos? ¿Cómo es posible que los grupos de Alternativa de mis jefes tengan dos y tres alumnos y que la Junta los obligue a fusionar los cursos de los profesores de Religión surgiendo mezcolanzas de más de treinta alumnos? Se han reducido drásticamente el número de horas, mientras se despilfarran sueldos en profesores de planes bilingües de resultado nefasto. A nadie se le derraman los anillos por acumular a destajo profesores de Lengua en un solo grupo y, por el contrario, se reduce cada año el sueldo a un colectivo de profesores que también poseen familias, hipotecas, responsabilidades… Llega septiembre y se les cae un dígito del sueldo por la falta de un par de horas lectivas. Surgen mileuristas de sesenta años sin que se tenga en cuenta la labor realizada a lo largo de los últimos veinte, tras asegurarles todos los veranos que la situación está resuelta a medio plazo. ¿Y qué más? Repito la tesis. No baja el número de matriculados y sí drásticamente el número de horas (el pasado curso suprimieron, porque sí, 1.170 y esta vez la sangría ascendió hasta las 2.465, según los sindicatos). Saquen ustedes sus propias conclusiones porque a mí me pone de mal humor explicitar el corolario.

En cierto papel de cierto sindicato descubro que prometieron mantenerles el sueldo, hace un año, cuando firmaron sus contratos indefinidos. Ni de roña. En otras comunidades se han buscado fórmulas para que estas familias no tengan problemas, para que el sueldo de todo un curso no esté pendiente de la foto finish de septiembre. ¿Quién se hará esa foto? ¿Qué sindicato aparecerá apretando las manos (o los atributos) de quién? En algunas comunidades socialistas se les ha permitido a estos docentes completar sus horarios a través de diversas tareas de apoyo a sus respectivos centros. Aquí, no. Lo comprendo. A los cristianos si les das pan, te lo consagran. ¡Al enemigo ni agua! “Si son tan buenos, que pongan otra mejilla”. Si les quedan mejillas, claro.

¿Qué será lo siguiente? Que lo digan claro, por favor. Estos trabajadores tienen contratos indefinidos y, por el contrario, nadie parece dar crédito a que las condiciones vayan a respetarse de cara a próximos cursos. ¿Reducirán el sueldo a los profesores de Latín cuando descubran que se trata de una lengua difunta, también? ¡Qué sé yo! Si yo fuera padre, protestaría ahora. Si deseo que mis hijos, en un futuro, puedan estudiar Religión, este es el momento de quejarme. Para todos los demás, para todos los ateos de Andalucía, os filtro que pretenden a medio plazo quitaros también la oportunidad de decir “no” (¡con lo mucho que desahoga hacer apostasía!). Me da por pensar que van a privarnos de la capacidad de elegir y, probablemente, lo siguiente sea robarnos también nuestra facultad para pensar (diferente).

viernes 19 de septiembre de 2008

Vuelta al Cole

La carretera no se acaba. Las vacaciones, sí. Con esa filosofía me subo al coche y hago acopio de todos los discos compactos que la guantera es capaz de albergar. Creo que lo llevo todo, aunque bien pronto descubro que no es así. Me consuelo pensando que en occidente con una tarjeta de crédito se logra casi cualquier cosa. Con eso y con algo de dinero en la cuenta corriente, llegaré lejos. Afortunadamente, está recién cobrado mi soborno de seiscientos euros por votar que sí al plan de calidad (sin lugar a dudas, los dos minutos más rentables de toda mi vida, dado que no gané el panel final, aquella vez que fui a concursar, hace años, a un programa de la tele). De pronto, descubro que mi GPS está obsoleto y me arroja por una carretera lamentable, sombría, más tortuosa que una tutoría complicada. Tanto hablar de los interinos que peregrinan de un centro a otro y por fin me toca experimentarlo en mis propias carnes.

¡Ni siquiera había oído el nombre del pueblo antes y me costó trabajo aprender a pronunciarlo! Bueno, miento. Una vez lo vi. Lo leí justo cuando deposité su código en el puesto doscientos de mi lista. Lista, según se ve, que fue tan tenida en cuenta como cuando pedí un caballo de carreras a los Reyes Magos. Por aquel entonces, recibí un monopatín. El parecido entre dicho regalo y mi petición era bastante mayor que la semejanza entre un lugar habitable (y habitado) y este pueblo. Por lo menos tengo dos años para hablaros de él, así que no seáis impacientes. Por ahora solo os diré que lo colman unas dos mil personas y que es semejante su número al de las cabras que se comen todas las latas de los alrededores. Eso sí, guardadme el secreto porque esa es la parte que mi madre oculta a sus amigas en la peluquería: para todo el que quiera concederme una permuta, que sepa que es un paraíso perdido hermosísimo, que ahorrará dinero y que despertará literalmente por las mañanas con gallos y con el trinar de los pajaritos. Debí ser albañil o un intelectual de la brocha gorda, especializarme en pintar soldaditos de plomo… Tantos años de trabajo para resultar exiliado de este modo, para terminar incomunicado, en mitad de la montaña, para pasar los ásperos días de diciembre: Madre, ¡manda huevos (porque aquí a veces escasea la comida)! Por lo demás, no me quejo: mi casera es una mujer fabulosa. Los cuatro pisos del municipio que están en disposición de ser alquilados se reparten entre los profesores del centro: aquí tus vecinos son compañeros, hermanos, grandes hermanos... En efecto, es turismo rural en estado puro, convivencia extrema y alcohol en cantidades industriales. Los entretenimientos del sitio conceden un placer poco duradero, pero es bonito. He pasado una tarde entretenida, pero lamento no haber dejado nada por hacer para las próximas seiscientas.

Descubro que hay una vieja piscina y me decido a entrar. Allí se ven un montón de adolescentes que se arrojan a la vez y que parecen estar a punto de matarse en cada incursión en el agua. No hay socorrista y yo no estoy de servicio. Si sucede un accidente, tendremos entierro. Catorce personas detrás de un féretro y la calle principal (y casi única) colapsada por el cortejo suponen una imagen mental que me horroriza. ¡Estoy agotado! Y no de andar, precisamente. Lo estoy por haber pasado las noches de todo mi verano rezando. Dios no me escuchó tampoco. El tiempo siguió avanzando y cuando el lector reciba esta desesperanzadora misiva ya habré dado mis primeras tres clases. A duras penas entiendo a mis alumnos, aún: su dicción parece un cuadro de Dalí (o peor aún, aunque no puedo poner ningún ejemplo más rebuscado. Siempre me aburrieron las clases de Arte y como no tengo Internet no puedo citar ningún autor que sea más abstracto, si cabe). Sin embargo, a todo se adapta uno. O eso espero. En cuanto escuche los gritos en el patio y me vea vestido de luces, todo lo demás se me habrá olvidado. Prefiero no pensarlo. ¿Qué me espera? La incertidumbre devastadora de siempre, supongo. ¿Cuántas veces lloraré esta vez? ¿Aprenderán algo? ¿Se enamorará alguna chica de mí? ¿Me interpondrán alguna querella? ¿Adquiriré mi propia ganadería o me afiliaré a un sindicato? Si sois padres, dadles caña a vuestros hijos. Si sois profesores, tened muchísima suerte. Y si por casualidad esto lo lee algún alumno… que conste que era broma lo de antes. ¿Cómo va a llorar un profesor? ¡Estaba de cachondeo!

jueves 4 de septiembre de 2008

¿Quién quiere ser funcionario?

De pronto surgió una chica y abrió la cancela del portal. Los cuatro se miraron entre sí. Era solo una desconocida, pero ellos también lo habían sido hasta media hora antes y, por lo tanto, eso no significaba nada. En pleno mes de julio, rozando agosto, en Sevilla, los pensamientos fluyen de una forma anómala. No da el seso para demasiado raciocinio: “Perdona, ¿sabes si en el primero c existe algún sindicato?” Pareció descolocada. Llevaba una bolsa de la compra, tenía calor y un top turquesa sobre unos short. Les miró y confesó que vivía en el piso de al lado (el primero d). En el primero c vivía un matrimonio que tenía un hijo, según ella. “¿Y no sabes si quizá el hijo puede tener algo que ver con el sindicato?”, le preguntó uno de los nuestros a la vecina. Ese hijo tenía dos años, nos contestó. Luego se rio y se marchó… y entre lo uno y lo otro no debieron de pasar más de quince o veinte segundos. “Quizá sea un sindicalista precoz, nunca se sabe”, profetizó Rosa. En ese tiempo, el quinto miembro del comando salió del bar más próximo. “¡Buenas noticias! En el Bar… ¡me han dicho que sí hay un hombre que se dedica a esas cosas y que vive en el primer piso!” Pronto comenzaron a discutir sobre si la zagala de las bolsas tendría o no buena relación con el padre del bebé. Quizá por eso no le hubiera contado nunca que trabajaba en un sindicato de Educación. Quizá, solo quizá, se encontraran en el lugar correcto. En cualquier caso, Tomás los miró y no pudo evitar sentirse ridículo. Habían venido desde Madrid, Málaga, Algeciras y Chipiona. Eran profundos desconocidos y se encontraban en mitad del barrio de Triana, bajo un incesante mar de más de cuarenta grados, tras recorrer media ciudad con ayuda del GPS, olvidando desde dónde aquella aventura había dejado de tener sentido.

Más de dos meses antes, cuando comenzó el proceso, estaba yo en la sala de profesores y las vacaciones eran todavía un refugio neuronal para los instantes duros. Lo recuerdo y los personajes de entonces se alargan como espectros en las dunas. “Oye, ¿te puedes creer que hay cientos de personas a las que no han admitido en las oposiciones porque ya eran funcionarios? No comprendo cómo alguien que ya ha sacado las oposiciones puede volver a echar los papeles…”, dije sin despegar la vista de la web de la Junta. Juan Carlos, apoyado sobre otro de los ordenadores, me miró con ternura. No podía creerse que yo lo estuviera diciendo realmente. “Cuyami, echan los papeles para no ser miembros de tribunal. No los aceptan, claro, pero están exentos de evaluar. Pagan setenta euros por un mes de vacaciones. ¿No lo sabías? Mucha gente lo hace. La Junta se gana un dinerito y ellos pueden hacer planes para julio sin tener que esperar a las listas”. Por aquel entonces, muchos de los interinos que pasan ahora a ser funcionarios, a los que nadie podrá echar jamás, que le darán clase a vuestros hijos, a vuestros nietos, que se harán eternos y que profetizarán en tierra propia antes que yo, todavía no habían empezado a prepararse para el examen. Se sabían ganadores a priori, se amparaban en los tres puntos de más que tendrían en el oral (gracias a un informe y a tener que hacer una parte menos), en el hecho de que una quincena de temas, de entre los setenta del temario, era más que suficiente para superar el examen. Cinco bolas para hacer una y ni siquiera suspendiendo te quedabas en tierra. Ellos lo sabían y les bastaba con llegar al quince para tener su pleno (¿se imaginan profesores dominadores solo de un diez por ciento de lo que explican durante el curso?). En los cafés, se jactaban con la seguridad de saberse ganadores antes de comenzar la batalla. “Hombre, estas son las nuestras. La Unión Europea les ha dicho que tienen que reducir el número de interinos a toda costa. Por tanto, quizá sea cierto que salen más plazas que nunca, pero no me gustaría ser opositor de primer año. En muchas especialidades no tienen absolutamente nada que hacer…”.

Yo la vi. Su primera y última exposición. Una vergüenza. La vi defender una programación bochornosa. En el escrito, algo hizo. “En dos horas no puede verse la diferencia entre alguien que sabe y alguien que sabe poco”, eso me lo reconoció otro de mis compañeros, miembro de tribunal y todo. Estefanía es una profesora deplorable y ha obtenido un nueve y medio. Lleva sin tocar un libro quince años, pero ha dado igual. No prepara las clases y no se ha involucrado jamás en nada porque cambia de plaza como el Circo Europa de pueblo. Tenía diez puntos en virtud de sus correrías y le han puesto cerca de un diez en la nota total, sin explicaciones. Ni siquiera sabremos jamás qué tenía en el escrito y qué en el otro. Nadie lo ha publicado. En su especialidad, en FOL, ninguna plaza fue para ninguno de los nuevos. Ni las reencarnaciones de Aranzadi, del mismísimo Adam Smith, hubieran obtenido un puesto. Ni siquiera Solbes hubiera sido escogido para impartir economía. La batalla estaba perdida antes de librarla: ¿qué clase de oposiciones escogen no a los mejores para un puesto, sino a los que llevan más tiempo haciendo (en algunos casos, mal) ese trabajo? No se libraron. Casi cincuenta mil aspirantes cayeron como moscas en una tela de araña cara. ¿Y si los multiplicamos por el precio de las tasas que pagaron? Creo que esa suma dará para enarbolar un nuevo piso más en Torretriana. Un nuevo valle para tanto caído.

Se trata de las oposiciones con menos glamour. Alguien que ha luchado, que ha peleado durante dos años, debería al menos recibir un poco de compostura en la recta final. Los recibe a pie de puerta un chico con un polo verde y un pantalón corto que estuvo a punto de quedar dormido durante la exposición de mi amiga. En la presentación, los hacinan en una sala de profesores sin aire acondicionado. Inicialmente pensaron en otra sala, pero los promotores no se habían dado cuenta de que eran demasiados y de que quedaba poco serio pedirles que se sentaran en el suelo. Un miembro del tribunal le dijo a mi amiga que no tenían nada que hacer, que esta iba a ser para los interinos. También le reconoció que el objetivo debía ser precisamente ese: alimentar a la eterna pescadilla que se automuerde, convertirte en interino para que dos años más tarde el mismo sistema que te ha fagocitado te defeque con bastante menos dignidad de la que tenías al principio, cuando ya estés “suavón” tras haber pasado por un novio en cada puerto, tras hacer turismo, tras contemplar amaneceres, haber cambiado cromos, ido al cine solo, vivido en lugares a los que toda tu vida temerás regresar. En algunos tribunales aceptan anexos, en otros te dejan exponer con un ordenador, en algunos el corrector es un aliado y en otros el mayor enemigo. Los hay que se refieren a “alumnos y alumnas” y otros te laceran si pegas tales latigazos a la lengua. Presiden hombres con el ABC debajo del brazo y otros que llevan EL PAÍS. Y no es lo mismo. No hay normas absolutas. Perdón: las normas no están claras, no son normas, en suma. Se trata de un partido donde no se comienza con el tanteador a cero, donde la política, los sindicatos, donde tus sueños y designios no dependen solo de tu destreza con el boli. Quizá ese que está junto a ti, que saluda y guiña el ojo a uno de los miembros del tribunal (con el que ha compartido miles de cafés en el instituto), ya te va ganando, antes de empezar. Diseminó a los interinos la Administración siguiendo no sé qué proporción áurea. No te libras, ni siquiera fugándote a la recóndita Almería. Suspiras hondo y le pides a Dios que al menos te dejen demostrar si vales o no, si eres un buen profesor. ¡Chaval, te equivocaste de dios!

Los cinco están en Torretriana. Uno de ellos sugiere que se trata del infierno de Dante. Miran su reflejo en el mármol que lo recubre todo y piensan en lo bien que viven allí los políticos que dirigen los destinos de esos mismos profesores a los que agreden en el aula. Ya han ido a los sindicatos y punto. Ahí acaba la mención y la utilidad de la mayoría de estos. Alguien les dijo allí que “un sindicato no puede decir de algo que es blanco o negro porque tiene afiliados del blanco y afiliados del negro”. Otro sindicalista les confesó que no los defenderían porque sus intereses no se correspondían con el de los interinos, que ganan en número. Precisamente, sobre la mesa de ese hombre, se veía una comisión de servicio que rezaba lo siguiente: “Solicita trabajar en la provincia de Sevilla por el profundo dolor y desasosiego que le produce encontrarse lejos de su familia”. Aceptada. Los que se fugaron del aula, los que tienen a sus hijas en casa en virtud de papelajos como ese, viven de defender al grupo de Aida, Lucía, Sergio, Mónica, Eduardo y compañía... Pero esto es Andalucía (¿o es Esparta?) y un pequeño ejército no debe derrotar a una administración entera.

Otra historia. Tras dos años preparando oposiciones, con un nueve y medio en el examen, se queda sin plaza. Con dos hijos en el mundo, se encuentra esperando en la puerta de un despacho sin saber qué decir porque han logrado que se sienta un número. A más de mil personas los dejaron fuera de la lista por no entregar un papel que la convocatoria no decía claramente cuándo se entregaba, que parecía estar dirigido a los que ya daban clases, tras el que no se concedió la oportunidad de subsanar tal pérdida. Un lío de tantos. Un anexo Doce que les está dejando sin dormir, que ha mandado a la basura los esfuerzos de buena gente que solo buscaba ser profesores. Muchas de sus academias no hicieron bien su trabajo y no les informaron. La web de la Junta no lo especificaba claramente y sospechan que los sindicatos han colgado esa información a posteriori. Esta es, en suma, la historia de un puñado de personas que corren detrás de un papel por toda Sevilla. Un papel, dentro de un pajar, de una casa de locos, de este corrupto sistema, de este enredo que te lleva a esperar con los ojos envueltos en lágrimas que un pobre bebé sindicalista, de dos años de edad, de la calle Evangelista, te salve de todos tus problemas y te permita levantarte por las mañanas con fe, sin sentirte estúpido por haber gastado tu dinero y tus fuerzas, que te libre de seguir indignado por haberte dejado engañar por esos chapuceros burócratas que dirigen nuestra Comunidad.

Regreso. Ya es oficial

En un par de semanas regresaré con EL MUNDO y, por supuesto, mis textos seguirán siendo colgados aquí, también. Os doy las gracias por todas las muestras de apoyo y afecto recibidas a lo largo de estos más de dos años. También por las críticas, porque han resultado a la postre realmente estimulantes.

El pasado día uno de septiembre editamos un texto muy especial. Poseía una extensión notablemente más amplia porque abordaba un tema preocupante. Era un artículo sobre las oposiciones, en el que relato la historia de muchas personas afectadas por un síndrome peculiar, que no les permitió pasar un mes de julio corriente. Lo repoduzco a continuación y espero que os sea de agrado.

¡Feliz vuelta al trabajo! (Para que luego digan que no soy optimista, ¿acaso mi exclamación no refleja que estoy convencido de que será un curso estupendo?).

martes 24 de junio de 2008

Tomo vacaciones

Acabo de colgar mi última columna de este curso (morir matando, vivir muerto). Con ella me despido, sin la certeza de si EL MUNDO renovará mi sección el próximo curso. Carezco de certezas al respecto, pero eso no me abruma: nuestra profesión es precisamente eso, un cúmulo incesante de incertidumbres.

Haré lo posible por volver. Hasta entonces, este blog permanecerá latente, amplificando el eco de nuestras dudas, inseguridades y conquistas. Disfrutad del verano: nos lo hemos ganado.

PROFESOR CUYAMI

Morir matando, vivir muerto

Esta columna la he escrito varias veces y nunca acierto con el tono. Hay una verdad, la verdad que me apetece confesar. Hay otra verdad: la prohibida. Esa me apetece aún más compartirla, pero es demasiado delicada. Yo no sé qué es lo que tiene lo de guardar un secreto que lo hace todo tan atractivo. Pues bien, ¿veis este primer párrafo? Pues… ¡he borrado ya varios como este! Me atrevería a decir que he borrado varios, incluso, que eran bastante mejores que este (lo cual, no es difícil, por cierto). Eso sí, este quiero dejarlo. Quiero dejarlo porque nadie puede vivir eternamente borrando. No lleva a ningún lugar tratar de borrar lo vivido. Los recuerdos sirven. El pasado está ahí y se recuerda y se recubre de cariño, del mismo modo en que yo le cogeré cariño a este párrafo por estar donde está, en esta última columna del curso, justo al principio del final… aunque sea malo.

Si dejara de dar clases, lo que más echaría de menos es el toque del timbre los viernes, la sensación de haber sobrevivido y convivido; echaría de menos el brote de adrenalina en el pecho, antes de una clase complicada. Echaría de menos la sensación de haber enseñado algo. Si cuelgo la tiza, echaría de menos las manchas blancas en la ropa, tras una jornada de trabajo. Las cornadas del torero, volver a casa y tirar los zapatos, la voz quebrada, las ganas de llorar por mirar a un compañero que ha sufrido; sentirme de su bando, saber que somos de los nuestros, mentirme y creer que vale la pena, que caminamos y cambiamos el mundo. Añoraría ser suicidas, animadoras, abanderados, la voz suave de las chicas que estudian, el murmullo de los bolígrafos durante un examen, el brillo carmesí de la mirada de las madres, los bocatas de pizza, la paz de las primeras horas, el brillo tierno del sol de abril durante una guardia de recreo. Echaría en falta los golpes sobre la mesa, perder la paciencia, ser actor, juez y parte. Que me miren, que me admiren, sentirme odiado y amado a un tiempo, importar en la vida de alguien, importar vidas, saberme portador de estrellas y de sueños. Ya no reinventaría el mundo, no me saltaría [mis propias] normas, cesarían las sorpresas y los trabajos sacados de Internet. Se apagaría una parte crucial de mi vida, no volvería a nacer, perdería mi balcón hacia la inmortalidad y la piedra Urim me haría naufragar en el samsara.

Si me fuera, echaría en falta la ternura de Javi, su vocación de revolucionario siempreviva y la rivalidad sana, la deidad glamurosa que Eva me regalaba en cada palabra de ánimo, Paco y sus trucos, su calma infinita y su bondad. Echaría de menos cazar fantasmas y buscar robots con Antonio. Echaría de menos las iras, ideas, idas y venidas. Cesaría ser lo mejor de mí mismo, exigirme lo que se exigen los que exigen mucho. Sus confesiones, llorar de risa, vivir mil vidas en una, querer morir por el hecho de estar tan vivo, amar lo amargo y lo que hago, donar la vida entera al entregarme para morir en el empeño. Perdería el miedo a regresar y las ganas de volver, la necesidad de huir y la inercia de seguir, los requiebros del ánimo, estar triste y fuerte, cambiar de ruleta en cada hora, ver la fiesta según toque, un gol, desde según qué ojos, contemplar el mundo desde sus mundos, partir el pan y repartirlo entre todos, que sobren sacos y tacos: obrar milagros, andar sobre las aguas, enseñarme y ensañarme enseñando.

Si me marcho, no volveré a soñar con el Pollo o con el día en que Durán sea “un durán”. No volveré a soñar que el reloj de los zapatos, que pende en el módulo primero, que anuncia mi hora, echa a rodar. Al fin. Mi hora acecha. Sí, hablo de ese reloj sin manecillas y con los zapatos blancos, del que nunca hablé con nadie, que ahora me atormenta y me delata. Si me voy, no tendré que temer nunca más que voy a irme, pero jamás volveré a verlo. Dos años. Estos dos años han cambiado mi vida. Me miro y no me veo, me siento lejos, más ignorante, con menos voz… pero han crecido, a cambio, las ganas de reinventarme, de reventarme cambiando el mundo, de disfraz, de chillar hasta dejarme partida la garganta, de suplicarle a todos los profesores andaluces que no pierdan su fe, que no pierdan su partida ni su patria, que estemos juntos en esto, pues trato de proponer palabras para lo que todos sentimos: es mejor estar vivo que estar muerto, claro; pero es muchísimo mejor morir matando que vivir muerto. Ah, ya: ¡la partida! Cuando cincele este párrafo último caerá sobre mí el verano, desapareceré, seré un recuerdo infantil, un mito que alguien traerá a colación en alguna tasca, bajo el crepitar denso y sordo de la lluvia. Recojo la maleta. Abandono mi hogar, para siempre. ¿Están justificadas mis lágrimas?

jueves 5 de junio de 2008

Una historia, cinco finales

PLANTEAMIENTO. Todos los días Ulises veía a Penélope en el metro. Caía sobre ellos la bruma que envuelve a la línea 3 en Moncloa. El sopor y la angustia, el tropel desconcertante de un millón de vidas que se entrecruzan, los aproximaba. Parecía detenerse todo. Cuando su mirada se posaba sobre ella, el universo entero dejaba de importar. Fueron muchos los encuentros: un poema, una nota, una taza de café y quizá, tras este, alguna partida de Risk, flores sobre el sofá y una habitación de hotel deshecha. Dos o tres meses bastaron para aproximar aficiones. Tras estos, una oposición. No mucho más hubo de pasar para que él se convirtiera en profesor, para que ella cambiara de bufete. Se casaron y Málaga les concedió la opción de estar juntos. Pasaron dos años, muy rápido. Como en un sueño, con los ojos envueltos en lágrimas, Ulises paró una clase de Bachillerato. Le sonó el móvil y él sonrió: “Soy papá, ¿alguien tiene un cigarrillo?”. Todos los alumnos comenzaron a aplaudir.
NUDO. Al pertenecer Ulises a una especialidad minoritaria, han tardado cuatro años en asignarle un destino definitivo. No pudo contener un pequeño grito cuando, estando en la sala de profesores, constató que tendría que tendría que trabajar en Pulpí. Tan lejos de su mujer, de su hijo Telémaco, exiliado y obligado a recorrer miles de kilómetros cada año: se vino abajo. ¿Cómo podría aguantar tantos días sin ver a su hijo? ¿Qué haría de lunes a viernes para contener su dolor? No. No era posible. Todo aquello debía ser un error. Estaba pagando una hipoteca. En Málaga. ¿Qué sería de su vida en Pulpí?
DESENLACE-1. Alguien escuchó los lamentos de Ulises y se ofreció para ayudarlo. “Tengo un amigo que trabaja en”, fue el comienzo de la conversación que arregló su vida, de nuevo. Problemas de migrañas, un médico con cierto parecido a Nick Riviera, para obtener una comisión de servicios. Cada tarde Ulises juega con Telémaco junto al Jardín Botánico. Cada tres meses, se escucha en la sala de profesores la voz del niño mientras su papá asiste a las juntas de evaluación. Todos los vecinos comentan que es un padre ejemplar y nadie sabe con qué favor pagó la comisión de servicio que le fue concedida.
DESENLACE-2. Telémaco tenía ocho años ya. Ulises, sintió una punzada en el corazón y supo que las listas habían sido publicadas. ¡Había sufrido tantísimo para llegar hasta allí! Habían sido años de duros madrugones, de muchas horas en la carretera, había pasado por tres institutos hasta que, finalmente, había conseguido su sueño: un centro cerca de Málaga, que le permitirá dormir todas las noches con su mujer y jugar cada tarde con su hijo. Lamentablemente, se había perdido momentos irrepetibles, una parte crucial de la infancia de su hijo… ¡pero lo había logrado y eso ya bastaba! Esta noche cenarán en un chino.
DESENLACE-3. No quería perderse, por nada del mundo, el segundo cumpleaños de su hijo. Había conducido demasiado. Aquella curva está mal peraltada. Ni siquiera vio llegar el camión.
DESENLACE-4. Miró a su mujer. La cuna estaba a pocos metros y, por primera vez en varios meses, Telémaco había dejado de llorar. Nada les había ido bien desde que Ulises se marchó al pueblo. Penélope se había sentido muy sola y, los fines de semana, en las pocas horas que podía disfrutar de su marido, se encontraban tan cansados que naufragaban juntos en el mismo lecho: se miraban indolentes, discutían demasiado, se marchó la pasión a navegar a nuevos puertos. Ni siquiera fue necesario que cantaran las silencias. Tras dos cursos en Almería, ella le espetó el desolador “tenemos que hablar”.
DESENLACE-5. Ulises apagó el ordenador y se echó a reír. No estaba dispuesto a perderse la infancia de su hijo. Durante muchos siglos las mujeres habían trabajado en casa, ¿había algo malo, acaso, en que fuera Penélope la que llevara el dinero a casa?

jueves 29 de mayo de 2008

Ránking de buena vida

Solicité hace tiempo a una prestigiosísima universidad extranjera que elaborara un ranking para mi sección semanal. Finalmente, me ha llegado un correo electrónico en el que se desgrana el resultado de sus estudios. Deseaba conocer quién vive mejor en mi instituto. Para confeccionar esta clasificación han tenido en cuenta, principalmente, tres variables (ninguna de ellas es más importante). La primera es la “cantidad de alumnos con los que trabajan”, la segunda el “número de horas que pasa en el aula”. La tercera, por descontado, la “responsabilidad de sus funciones”. ¡Allá voy! ¡Hagan sus apuestas! El ganador se lleva una copa y el reconocimiento de toda la comunidad científica.

En el diez, y que me perdonen porque les tengo gran aprecio, colocan a los profes de Educación Física: son curritos y tienen las mismas horas que yo, pero nada tiene que ver aguantar a los chicos en el patio que dentro de un aula. En el puesto nueve va el Jefe de Extraescolares. Es un profesor normal, de acuerdo, pero se ahorra el suplicio que entraña una tutoría (y tres horas de clases) para organizar excursiones, que casi siempre organiza otro. Por idéntica reducción, aunque con menor responsabilidad si cabe, colocan a la responsable del proyecto “Escuela espacio de paz” en el ocho, a quien no se le reprocha que los niños se sigan matando, a pesar de que ellos trabajan tres horas menos a la semana para tratar de evitarlo. Por un motivo similar, el puesto número siete lo habitan los profesores del Proyecto Bilingüe. Ellos, al menos en mi centro, no dan una clase en inglés ni por error… Eso sí, su fantástica habilitación los exime todos los años de todos los cursos nocivos. Algo así le pasa al inquilino del puesto seis: nuestro fabuloso profesor de francés tampoco suda en exceso la camiseta (recordemos que los alumnos de francés son siempre los mejores). De todas formas, nada de eso es comparable con el habitante del puesto cinco: ¡el Director! Nótese que este puesto de responsabilidad puede ser fabuloso o un castigo, en función de las dotes que tenga el susodicho para escaquearse y de su compromiso. Como el nuestro es un amo del escapismo, lo cierto es que no da ninguna hora de clase y, además de eso, jamás está en el centro cuando se le necesita (aunque sea el que más cobra, por cierto), pero no todos son así, que conste. Cuatro: el Secretario. Pasa la mayor parte del día entre papeles y da pocas horas de clases (además de eso, y por desgracia para su mujer, es el único de todo el centro que tiene algo parecido a una secretaria). Eso sí, como tenga un pequeño error de cálculo se agencia unos marrones colosales (no me gustaría ser secretario).

Burla burlando hemos llegado a los tres puestos principales (el podio de la buena vida, de la dolce vita). ¡Uy! No esperen encontrar aquí a los administrativos (cobran poco y tienen que aguantar al secretario), a los jefes de estudio (tienen la mayor cuota de responsabilidad de todo el centro) y tampoco a las limpiadoras (si yo encontrara lo que ellas encuentran en los servicios cada tarde, tendría pesadillas). ¿No saben quién está en el bronce? Sin lugar a dudas… ¡el PT! No todos son así, que conste, hay muchos abnegados… pero me hablaron de alguno que tiene solo cuatro o cinco niños a los que enseña a escribir y a leer. No se estresa, no se agobia, no da muchas clases y sus rivales son pocos y cobardes. Por no tener, no tiene ni que poner notas. Causalmente, el segundo mejor vividor es su compañera de departamento. ¡Divino! Esto es como la Lotería de Navidad: cuando la lotería toca, toca por barrios (en este caso, por departamentos). Puesto segundo y plata: los orientadores (toda mi admiración hacia ellos, son los que mejor escogieron sus oposiciones, ¡se lo han ganado! No entran en clase en exceso y viven la mejor parte de la educación: el trato personal con los alumnos). ¡Vaya! ¡Hasta ahora he sido demasiado cruel! Me he pasado… y todavía me falta revelar el ganador. La prestigiosa universidad a la que he encargado este estudio no se aclara. Inicialmente pensaron que la persona que mejor vive es el inspector, pero teniendo en cuenta que todo el mundo se acuerda de sus madres cada dos por tres, tiene su cosa eso de ser el malo de la película (y, por tanto, le perdonaré esta vez el castigo). También pone aquí que viven requetebién los liberados sindicales, pero me niego a incluirlos porque… esos ya ni se pasan por el instituto a vernos, así que han perdido el derecho a ganar esta copa. ¿Quién queda? ¿Quién gana? Primer puesto y oro. [Redoble de tambores]. Ganador: ¡los profesores políticos! Sí, me explico: alcaldes de pueblos, concejales… ¡Los hay a manojitos! ¡Dos sueldos e inmunidad diplomática! Faltan cada dos por tres, pero nadie tiene arrestos para denegarles la compatibilidad. De mayor (si llego con vida) quiero ser uno de ellos.

miércoles 21 de mayo de 2008

Barrigas y barricadas

Eduardo Fernández pagó el café. Nos encontrábamos en pleno centro de Sevilla. Hace tiempo alguien me dijo que los sevillanos no meriendan en La Campana. Hay lugares que, de tan sevillanos como son, resultan burdos para los verdaderos oriundos. Será por eso, quizá, que me encontré con él en ese lugar y no en otro. No tenía muchas ganas de conversar, pero tampoco de pensar en un páramo inédito. Había tenido una mañana torva, intensa, propia de mayo. Con o sin sayo, amenazaba lluvia. Lo tengo delante y me mira con cierto estupor. Supongo que, como tantos otros, me imaginaba de otro modo. No aparento ser un buen profesor. Quizá ni siquiera aparento ser profesor.

“Cuyami, necesito que escriba sobre la manifestación”, fueron sus primeras palabras. Y yo, que vivo en la inopia, no pude más que reconocer que no tenía ni la menor idea de a qué se refería. “Le imaginaba más a la vanguardia, más al tanto de las discrepancias, de los deseos, de nuestras luchas…”. Y yo sonreí. A duras penas sé quién ha ganado la liga de fútbol. De Fórmula Uno tengo más idea, pero como a mi inspector no le hace gracia que hable del papá de Hamilton en mis columnas, me mantengo callado. “A ver, ilústreme. Le concedo cinco minutos. Pondré mi grabadora. Si consigue convencerme, publicaré lo que me diga. Cinco minutos, no más… y usted paga el café”, sonreí socarrón. No debería tratar de forma tan irónica a la gente que no me conoce. A veces ocurre que llegan a tomarme en serio.

-“El 21 de mayo tenemos previsto ponernos en huelga. El paro lo convocamos varios sindicatos. En concreto, APIA, CGT, SADI, SIEP y USTEA… pero es posible que se sume más gente. El pretexto es el programa de calidad, la pérdida de nuestra dignidad, que nos estamos vendiendo, que aceptamos que toda la responsabilidad es nuestra, cuando no es así. Nos sobornan para que estemos callados, pero la mayoría de los centros han dicho que no. Han rechazado el soborno porque se está iniciando una nueva corriente, han prendido las ganas de luchar, se recrudece el deseo de pelear por el respeto de la sociedad: lo tuvimos y lo perdimos, hay que volver a ganarlo. ¿Cuántas veces en sus columnas nos ha dicho usted que debemos plantarnos? ¿Cuántas veces nos ha llamado a la huelga? ¿No ha criticado tantas veces la indolencia del profesorado? Este es el momento. No solo por el plan de calidad, sino porque debemos comenzar a reivindicar lo que es nuestro. Han intentado comprarnos y les ha salido mal… ¿por qué la gente no se entera? ¿Por qué la gente no se entera de que los docentes estamos hartos de todo lo que nos está sucediendo? ¿No es acaso evidente que estamos perdiendo autoridad, poder adquisitivo y capacidad de decisión? Ahora puede pegarnos cualquiera, nos dejamos la garganta y no sirve… y nos echan las culpas de todo, cuando estamos entregando hasta la última gota de nuestro sudor.

Paramos porque para hacer bien nuestro trabajo, conforme a las nuevas exigencias que el alumnado perpetra, requerimos de una jornada laboral más corta (con menos clases y más horas para preparar dichas sesiones), es indispensable más profesorado para bajar la ratio, para dar una respuesta de garantías al problema del fracaso escolar, más estabilidad para los interinos, para poder construir con ellos proyectos educativos más sólidos, deseamos profesionales especializados, un mayor apoyo de las instituciones, que nos dejen dar clases y que manden a otras personas para realizar el trabajo burocrático… ¡porque nosotros debemos dedicarnos a dar clases, si queremos que los alumnos aprendan! ¡Ah, y por supuesto… necesitamos que se nos pague como a funcionarios! Si tenemos unas oposiciones idénticas a las de otros profesionales, ¿por qué no cobramos como ellos?

Si usted me cediera espacio en su columna, aprovecharía para pedirles a los profesores de Andalucía que el miércoles 21 [mañana] opusieran un poco de resistencia, que pelearan, que dejaran de cobrar un día para conseguir que nuestra situación mejore el resto de días. Está en nuestra mano alcanzar lo que verdaderamente necesitamos y no solo los siete mil euros con los que prometieron untarnos… ¿Los pagarán o serán como los cuatrocientos de Zapatero, que se difuminan en el café como el terrón que acabo de echar? No, no basta. Hay que hacer mucho más. Tenemos que pelear. El momento ha llegado. Vale la pena iniciar esta insurrección porque ya hemos aguantado demasiado. ¡Vayamos a la huelga!”.

domingo 18 de mayo de 2008

El Profesor Cuyami va a la cárcel

Desconfío. Pienso. Constato hasta tres veces que es realmente mi nombre el que aparece impreso sobre aquel sobre. Sí, no hay duda. Se trata de mí. Es una carta para mí. Mi apellido es inconfundible, el cartero no puede equivocarse, no vive ningún otro Cuyami en la ciudad (al menos, que yo sepa). Repaso mentalmente mi historial de amantes. No tengo conocimiento de que ninguna de ellas pueda ser la causante de… ¡saldré de dudas! Sea quien sea, está en la cárcel. Eso es seguro. Hay mucha gente que está en la cárcel, eso no me extraña, pero no llego a comprender qué puede llevar a alguien así a ponerse en contacto con alguien como yo.


Abro el sobre y libero una interjección insolente porque me había equivocado de lleno (¿qué me llevó a pensar en una amante? ¿Qué afán peliculero me posee?). Tras la apertura, paso una semana entera imaginando cómo será enfrentarme a este momento. Finalmente, tomo el coche y acudo por fin. Me cachean y he de rellenar un sucinto cuestionario. Paso junto a varias celdas habitadas. Nada tienen que ver con las imágenes que aparecen en las películas. Nadie grita. Paso junto a un hombre mayor. Parece estar estudiando. Otro chico está dormido. Otros dos ven la televisión. Me recorre el cuerpo un cruel escalofrío. Jamás había entrado en una cárcel y mis propios prejuicios me carcomen.


¿Han escuchado alguna vez la historia de Luzbel? Sí, lo sé. Suelo deslizar citas bíblicas dentro de mis columnas. Generalmente, no vienen muy al caso, pero lo hago porque necesitaré la asistencia de Dios cuando mi amigo, el Inspector Gadget, intente ajustarme las cuentas. Esta vez, resulta inevitable. También Manuel era el ángel más bello y, de eso, ha pasado a convertirse en... Nada más abrir el sobre, me dirigí al desván de casa. Desempolvé un montón de carpetas hasta que topé con aquel cuaderno del profesor de 1999. Por aquel entonces, él estaba en Segundo de ESO y la ESO se inauguraba, como quien dice. Era un chico... fantástico. Trasmitía una luz impresionante en su mirada. Era el más hermoso, el más noble. Sin embargo, solía sentarse junto a otro chico, llamado Israel, que no poseía ninguna virtud aparente, salvo su exceso de vitalidad. Este segundo, en cierta ocasión, le mostró una pequeña bolsita con dos gramos de polen de marihuana. Le explicó que muchos chicos del Instituto lo vendían. Compraban dos mil pesetas. Consumían la mitad y la otra mitad la revendían recuperando el dinero. No obtenían beneficios, pero sí más droga. Desgraciadamente, Manuel se encaprichó de unas Nike Jordan rojas. Las llevaba su primo y él sentía mucha envida porque por aquel entonces todavía practicaba deporte. La cara de Manuel es diferente, ya no es puro el brillo de sus ojos. Te mira y ve tu dinero, los gatos maúllan a su paso. Para conseguir aquellas zapatillas, solo tuvo que venderle droga a otros cuatro o cinco chavales, pero hipotecó su propia alma. Solo cuatro o cinco. Le sorprendió lo fácil que era el trabajo de camello: cuatro ventas equivalían a un par nuevo de zapatillas, si se buscaba a las víctimas adecuadas. Sus padres no preguntaban y se sorprendía a sí mismo imaginando cómo sería eso de convertirte en tu propio jefe. Los mayores, los profesores, no se enteraban de nada. A la salida del Instituto, en los cambios de clase, en la valla, junto al patio, todo lugar era bueno para potenciar su mercadotecnia. Eran pequeñas cantidades, pequeñas ventas, pero lo llevaron pronto a conseguir notables beneficios. Cuanto mayores eran las ventas, mayor era el beneficio (¡tiene su lógica!). Eso sí, cuando se vio con una suma importante bajo el colchón, dejó de estudiar y trató de conseguir aún más pasta: tanta que la situación se le escapó de las manos con la misma facilidad con que [lo] colocaba la mercancía. Hasta ahí sé. Yo dejé aquel instituto y no volví a verlo en varios años. De hecho, no volví a saber nada de él hasta recibir aquella carta, en la que me pedía que viniera a visitarlo por algo importante.


Manuel me mira. Me siento profundamente incómodo. Me siento terriblemente sucio y tengo la impresión de que me está viendo desnudo. Me pregunto si yo puede evitarlo, quizá. Me pregunto si quiere hablar conmigo para reprocharme cómo terminó su vida o lo sencilla que es la mía, o cómo pude olvidarlo, sin que me costara lo más mínimo conciliar el sueño desde entonces. En su brazo derecho ha tatuado una serpiente y me pregunto a mí mismo si él recordará que en otro tiempo deseaba ser farmacéutico. Estoy desconcertado, realmente. A Manuel le enseñé cuatro o cinco normas ortográficas y salí de su vida, sin tiempo para dejarle demasiada huella. Sin embargo, y tras tantos años, ahora desea hablar conmigo, pero yo no deseo hablar con él.

viernes 9 de mayo de 2008

La gitana del lazo azul

Cada vez me llevo peor con las fiestas de los pueblos. Cuatro casetas y cinco personas en cada una, hacen un total de veinte personas. Más o menos ese es el cómputo. Más o menos: soy de letras y estaba medio borracho. Por ende, viví la fiesta intensamente porque aliciente adicional no hay. Allá donde la diversión se mide de forma inversamente proporcional a la precisión de la micción, te encuentras ante una fiesta popular. ¿Qué hace un ilustre licenciado como yo en un lugar como este? Es jueves, trabajo aquí, todos los lugareños hablan maravillas de las virtudes de la feria del pueblo de al lado y yo he recibido una invitación de tres o cuatro interinos del centro. No echaban nada en la tele, no tengo ganas de comenzar otro libro. No tenía nada que perder, claro: pensé que podría ser estimulante, un ejercicio sociológico de gran alcance. Total, que cuando menos me lo esperaba, imbuida por un comentario de una de mis compañeras, al escuchar mi apellido, la gitana del lazo azul viene y se pega a mí. Me pregunta si soy yo el columnista de EL MUNDO y me siento Paulo Coelho, pero en versión Belén Esteban (por la falta de glamur). ¡Ah, ya! Jamás hablan conmigo los lectores y para una vez que se me acerca una, está ebria y quiere echarme la bronca. Dice que está indignada conmigo porque dediqué una columna a las chuletas y no conté cómo son las que hacen los jóvenes, hoy en día. Dice que tiene curiosidad, que quiere saber si son como cuando ella estudiaba. Dedico esta columna a la gitana del lazo azul y a todas los interinos que, exiliados y al borde de las oposiciones, toman la determinación de salir con los compañeros a la fiesta del pueblo de al lado (la parranda no será gran cosa, pero no se arrepentirán, se lo prometo).

Nuestros alumnos no han evolucionado demasiado. Son bastante primarios y, por lo tanto, creo que la Edad de Oro de las chuletas acabó hace bastante tiempo. Eso sí, las nuevas tecnologías han dado cierto fuste a los cuatro o cinco métodos de siempre. Admito que sigue prevaleciendo el pequeño trozo de papel con texto escrito (a mano u ordenador). Los chicos suelen guardarlos en sudaderas de bolsillo frontal, al estilo canguro. Las chicas optan por la falda, por conservarlas entre las piernas o debajo del culo (si te atreves a mirar allí, te ganas una denuncia por acoso). Abundan también los textos escritos en la mesa y también en las paredes. En cierta ocasión (me quito el sombrero en su honor), un grupo fabricó un mural de “la respiración” y lo pegaron en la pared, antes de un examen mío. Dentro del mismo estaba la vida y obra de Lope de Vega, junto a los ventrículos y aurículas. Admito que no le presté ninguna atención, hasta que la clase no concluyó. No busqué a los culpables, me pareció demasiado original el engaño como para castigarlos. Más burdo sigue siendo el típico cambiazo, esos sí los persigo. Como casi todos decimos qué va a caer, aunque sea grosso modo, ellos utilizan un folio en blanco para introducir muchísima información y lo sacan cuando miramos para otro lado. Ni que decir tiene que esto también se hace en Matemáticas con las fórmulas, pero allí lo que se saca no es el folio que se entrega, sino el que “supuestamente” utilizan de borrador (y que tiene las fórmulas escritas de serie).

Se dice que en la universidad están proliferando los pinganillos, en virtud de los cuales te dictan las respuestas desde el exterior del edificio. Se cuenta que esto se utilizará también en las próximas oposiciones. No obstante, a nuestros institutos todavía no ha llegado y difícilmente llegue. Sí lo han hecho los móviles, claro, que muchas veces dejan encima de la mesa (para mirar la hora, supuestamente). Por el contrario, como mensaje de texto, pueden apuntar fechas y datos difíciles de recordar. De todas formas, la forma más fácil de copiar sigue siendo la mirada hacia el compañero (empollón), con o sin disimulo. Inclusive, en los últimos asientos, es posible charlar un rato, si el profesor no echa demasiada cuenta. Los sitios de la ventana también tienen la ventaja de posibilitar poner papeles auxiliares en la parte exterior del marco, para echarle un ojo desde el asiento (mirada hacia arriba y suspiro). No se puede pasar tampoco por alto el recurso de la chuleta en el estuche (el sesenta por ciento tienen regalo dentro), los datos arañados sobre el bolígrafo y el cuaderno abierto bajo la mesa (parece tosco, pero cuando los pillas te dicen que “se les cayó” y cualquiera los baja del burro). De todas formas, de entre todas, la chuleta que más me gusta encontrar es la tatuada a boli en la mano o sobre el brazo: un clásico que jamás pasa de moda.

Mesón Casa Diego

Estoy enfadado. Acabo de salir de una entrevista con un padre. Lo miré y, desde el primer instante en el que lo tuve delante, encontré en mi interior la absoluta certeza de que ese tipejo deseaba gresca. En las entrevistas pasa algo semejante a lo de ciertos bares de carretera (en los que reconozco no haber estado jamás y de los que tengo referencias por algún que otro libro y, ante todo, por muchas películas). Allí el primer golpe se asesta con una mirada. Este hombre me lo hizo igual. Y todo comenzó por algo tan antiguo como… podría decirse que es tan antiguo como el propio hombre. La historia se remonta a los albores de la humanidad, si no antes. Ya, lo sé: no está documentado. Y no se puede documentar, porque creo que las chuletas se inventaron antes que los exámenes, antes que la escritura, incluso; allá por el magma o el día primero. No obstante, a pesar de su longevidad, nunca han gozado de buena fama. Con ellas pasa algo semejante a lo con las flatulencias y con otras secreciones humanas, voluntarias e involuntarias. Todo el mundo afirma no haberlo hecho jamás y casi todo el mundo es culpable, por el contrario. En cierta ocasión, se me ocurrió la feliz idea de ofrecer dos puntos más en un examen a todos aquellos alumnos que se levantaran y que pusieran sobre mi mesa alguna chuleta. Media clase contribuyó a la irrupción de lo que pronto vendrá a ser El Museo Nacional de la Chuleta, del que me ofrezco a ser director, a cambio de una reducción en mi horario lectivo. Propongo instituirlo, al estilo Almagro, en algún lugar donde sean ilustres los asadores (quizá Salteras, quizá junto a Itálica… y así nos ahorramos una taquilla). Total, otra opción es revitalizar algún pueblo perdido en el mapa, alguno de esos poblachos que no tienen nada que contar o que ofrecer: seguro que vendrían japoneses, gente de todos los confines del mundo, para hacerse fotos junto a un “cambiazo” o frente a la “chuleta más grande del mundo”.

Lo malo de tener un torrente de ideas tan abrupto, como el que te aporta esta profesión, es que a veces no doy pie con bola y dejo los temas a la mitad: estaba hablando del papá ese. Ese papá quería tema y estaba indignado porque su hijo se iba expulsado. Su hijito del alma se había dedicado a potenciar el mecenazgo del conocimiento efímero (y clandestino): se había convertido en camello de la proteína. No contento con hacer chuletas, se había dedicado a confeccionarlas con el ordenador y a venderlas a cincuenta céntimos el corte. Supuestamente se había ganado a nuestra costa unos treinta euros, o eso reza la leyenda. Claro está, eso el papá no lo veía motivo suficiente para una expulsión. Supongo que por eso, o porque es un bobo supino, me preguntó (oh, ¡qué ironía tan selecta!) si conocía la estadística de cuántos profesores habían llegado hasta las aulas haciendo chuletas. Yo, por supuesto, en un ataque de gallardía y de cinismo, me indigné muchísimo y repuse que todos hemos sido excelentes estudiantes y que a ninguno de nosotros nos ha hecho falta una treta tan burda. Lo admito, mentí. No obstante, temo que una estadística al respecto arrojaría unos datos más falsos que el cuadro de Munch que tengo colgado en mi habitación.

Casi siempre me sucede, cuando hablo con papás, que se me ocurre una respuesta ingeniosa (mucho mejor que la que he dado) cuando ya es tarde, cuando me encuentro haciendo otra cosa (o no haciendo nada, que viene a ser mi pasatiempo favorito de un tiempo a esta parte). Total, que estaba yo poniendo la colada y me di cuenta de que sí se está produciendo un cambio sustancial. Antes, cuando un alumno copiaba, tenía la conciencia sucia, estaba convencido de que hacía algo malo. Si un profesor confiscaba una chuleta, el estudiante se quedaba pálido y no levantaba la cabeza del folio en cuatro o cinco años. Por el contrario, ahora te contestan, se indignan contigo: “Maestro, ¡si yo solo lo he utilizado en una pregunta! ¿Cómo se te ocurre quitarme el examen?”. ¡Grotesco! Ahora lo haces con toda la sutileza, delicadeza, lisonjas imaginables: “Disculpe, no quiero desconfiar de usted, pero…”. Y se rebotan. Y los padres, lo ven normal. “Pobrecito, eso lo hacen todos, pero mi hijo es más torpe, le falta experiencia”, me dijo una vez una madre. ¿Tan difícil de entender es que si te saltas un stop y te pillan, te han pillado? La culpa ha muerto. Parece que fuera traumatizante hacer que los chicos se sientan culpables por algo. Si son culpables, que se sientan culpables, [taco].

sábado 26 de abril de 2008

Sida, Sara, ¿será?

Soy un cotilla. Si conservo algún lector, quedaría mejor con ellos si dijera ahora mismo que me preocupo por mis alumnos. Mi inspector, apoyado en su poltrona funcionarial, al que he convertido ya en un personaje más de este relato, mientras toma café tranquilamente y lee como cada martes mi columna en EL MUNDO, se relamería de gusto si yo le diera a esta práctica una explicación pedagógica… pero no la hay. Simplemente, soy un cotilla: ¿contentos? Después de haberles mandado una actividad para buscar información en Internet, me acerqué a sus ordenadores y me puse a comprobar qué palabras habían estado buscando en Google mientras, supuestamente, debían estar haciendo lo que yo les había mandado hacer. Soy un cotilla, lo sé (no tengo excusa). Eso sí, gracias a mis vicios, les puedo exponer ahora los resultados de mis pesquisas: en dos ordenadores habían intentado buscar pornografía. Otros dos chicos habían estado mirando fotos de luchadores de Pressing Catch. Otro rebuscó páginas web de marihuana para conocer cuál era el récord mundial de altura (y no me refiero a la especialidad deportiva). De todas formas, todo esto me resultó obvio. Sin embargo, alguien había buscado la palabra “SIDA” y eso sí me preocupó bastante. Lo constaté. Había estado rebuscando páginas, bastantes páginas, muchas páginas sobre dicho tema. ¿A santo de qué?

¿Cómo puedes acercarte a una alumna de catorce años para preguntarle si cree tener SIDA? ¿Cómo se le pide a una persona que te considera su enemigo, que se duerme en tus clases, que se está intentando rebelar contra ti, que te abra su corazón, que te explique lo que está viviendo, que te hable de por qué está tan preocupada, últimamente? Sé quién se sentó en ese ordenador y todos mis prejuicios me hacen reafirmar que mi memoria no falla. Repetidora, muy delgada, es frecuente verla en malas compañías, lejos de las bibliotecas, frecuentando callejones por la noche. Sí, ¡es ella! Como sé que debo hacer algo, opto por actuar de la forma más ruin que se me ocurre. Utilizo una de mis clases, saco el tema y empleo una pregunta de uno de los chicos como pretexto para soltarles la charla sobre el SIDA. Les cuento cómo se contrae, en qué consiste, qué se puede hacer para evitar caer enfermos. No dejo de mirarla, mientras hablo. Ella piensa que es casual: no sabe, no piensa, se echa a llorar.

En mi despacho, en una guardia, compruebo que se ha mordido las uñas demasiado. No me fija los ojos en mis ojos. Me sería más fácil hacer hablar con fluidez a un gato de porcelana, por eso sé que necesito un golpe de efecto. –“Sara, ¿te apetece un cigarro?”, le pregunto, y ella se extraña, primero, y luego se espanta. Me dice que “no” (contaba con ello), pero creo haber ganado con la pregunta diez centímetros de confianza. Lo aprovecho y comienzo a introducirla en la conversación que yo deseo.

La clave de todo está en que ella tiene catorce años. Supongo que eso explica que le llamara tanto la atención lo que le contaron sus amigas de un chico que vive a catorce kilómetros del pueblo. Ese chico tiene SIDA, o eso se dice de él. A ella, aunque no me lo explica con estas palabras, le fascina la idea de que alguien tan joven pueda estar sentenciado ya. Ese chico es cruel, desagradable, parece haber vivido catorce vidas, aunque solo tiene veintidós. Años. Pocos años le quedan, según la leyenda. Cayó en sus brazos y, como tantas otras veces, mantuvo relaciones sexuales. Con catorce años, pero sin preservativo, Sara se dejó llevar por/con el joven en su coche. Me aterran las cosas que atenazan mi mente, mientras ella me explica con frialdad cómo sucedió. No hay amor en su mirada y tampoco deseo. Se siente fascinada. En cierto modo, el terror por poder estar infectada la hace sentirse especial, la hace sentirse más viva que cuando estaba segura de estar sana. Sus padres la tratan todavía como una niña, porque es una niña. Eso a ella la enferma. Tener una enfermedad tan adulta podría hacerla convertirse en un mito: la gente hablaría de ella, le harían caso por fin. Los chicos la mirarían, verían en sus ojos cierto halo de misterio, sentirían miedo de ella, la mirarían con compasión, la mirarían con-pasión. –“Maestro, ¿tú crees que tengo el SIDA?”, me dice. Y me dejo llevar y me da la sensación de que soy yo el que necesita el cigarrillo.

martes 15 de abril de 2008

Propuestas para el nuevo gobierno

Sr. Arenas, Sr. Chaves... Esto es para ustedes. Si les interesa, tomamos un café y les explico mis ideas. Eso sí, ustedes pagan, dado que sus sueldos son mayores que el mío. No tengo ideología: votaré en las próximas elecciones al partido que apoye, durante esta legislatura, un número mayor de estas propuestas. ¿Por qué no comienzan, desde ya, a ganarse mi voto? ¡Tienen cuatro años para currárselo un poquito!

Uno. Creo que el gran cáncer de nuestros institutos es la obligatoriedad de cursar el actual modelo de ESO hasta los dieciséis años. En según qué casos, resulta una tortura para los alumnos y, más aún, para nosotros. A efectos prácticos, muchos alumnos dejan de venir con quince o incluso con catorce años. Hay que regularizar esta situación y, si me lo permiten, creo que habría que plantear un sistema paralelo para alumnos que no saben o no pueden (en suma, que no quieren) estudiar a los catorce y quince años. Dos. Por tanto, creo que deberíamos invertir decididamente en PGS (Plan de Garantía Social), bien cualificados y dotados, para todos estos alumnos de los que sabemos que no titularán en la vida (¡a partir de catorce años!). Plantearía programas de jornada reducida, más prácticos, que los preparen para el mercado laboral, donde se les ofrezca el título y la formación mínima en Lengua y Matemáticas… sin tener que esperar hasta los dieciséis años. Tres. ¿Por qué no se gastan los fondos de todos los proyectitos-chorra en bajar la ratio? No solo no reforzaría los centros bilingües, sino que me plantearía suprimir dichos proyectos, porque nuestros alumnos no conocen nuestra lengua, así que estudiar en otra, resulta una quimera, visto desde dentro. Así pues, esos fondos los destinaría a desdoblar los grupos, a bajar a veinte o veinticinco la ratio máxima y, en los cursos y centros conflictivos, a quince (hay más centros conflictivos que no son considerados centro de atención preferente, por cierto). Sé que antaño existían grupos de más de treinta (y de cuarenta)… pero eran otros tiempos.

Cuatro. Los licenciados no estamos preparados ni física ni emocionalmente para impartir clases en el primer ciclo de la ESO. O bien se cambian los programas de las licenciaturas o se dinamiza el CAP (no creo en ello) o nos dejan hacer lo que sabemos hacer. Lo ideal sería que estos cursos fueran impartidos por maestros (como siempre ha sido). ¿Sería tan descabellado el retorno de los primeros y segundos a los colegios, de donde nunca debieron salir? Creo profundamente en mi inutilidad para enseñar como los maestros lo hacen. Desdoblaría los cursos altos (con licenciados) y contrataría más maestros para impartir clase en los cursos bajos. Cinco. Asesinaría al pingüino de Guadalinex y pagaría licencias Windows para que nuestros alumnos aprendan realmente algo útil en Informática, aumentaría el peso de la Informática y crearía una plataforma interactiva que realmente sirviera, ofrecería reducciones horarias al profesorado para trabajar en la labor de ponerla en pie (materiales comunes, interactivos, globales). Seis. Daría más estabilidad laboral a los interinos, pues es difícil construir un proyecto educativo si cada año tienes que renovar una parte importante de tu plantilla. Siete. Daría más derechos a los profesores de Religión, pues hacen el mismo trabajo que nosotros y no tienen reducción a los 55 años, ni muchos otros derechos. Ocho. Eliminaría la promoción automática y, mucho más aún, la aberrante medida de pasar de curso con cuatro suspensos. Nueve. Concedería a los profesionales de la educación la categoría de autoridad. Diez. Aumentaría la dotación de guardias de seguridad en las puertas de los centros y, en algunos institutos, también reforzaría la vigilancia policial dentro y fuera de las aulas (no me disgustaría ver, de vez en cuándo, algún policía haciendo algún que otro registro por sorpresa a ciertos estudiantes). Once. Acabaría con la endogamia que preside las elecciones de los cuerpos directivos, daría primacía al voto del claustro y a las ideas de los docentes: en mi opinión el director debería ser aquel que tenga el mejor equipo y las mejores ideas, no el que tenga más experiencia como director. Doce. Daría más protección a los profesores novatos, para que su inserción en el aula sea algo más gradual (quizá, con una pequeña reducción horaria el primer año, acompañada de ayudas reales por parte de sus tutores, sobre todo al comienzo del curso). Trece. Aumentaría el sueldo de los profesores de los centros conflictivos o a aquellos que tengan que trabajar en provincias muy lejanas de lo que, en realidad, han pedido (para compensar las pérdidas económicas, respecto de las personas en comisión de servicio, que trabajan junto a sus casas). Catorce. Liberalizaría todas las permutas. Quince. Pondría cámaras de vídeo dentro de las aulas y daría libertad a los profesores para enseñar a los padres lo que hacen realmente sus hijos. Dieciséis. Me dejaría de cambiar el sistema educativo según mis intereses políticos y a espaldas de los docentes.

miércoles 9 de abril de 2008

Los funcionarios no lloran

Estoy cansado de escucharle a los compañeros: “Fulanito a mí me trabaja”. Estoy cansado de que no me hagan caso los alumnos, ni nadie. Estoy cansado de los dolores de garganta. Estoy cansado de escuchar que los profesores no trabajamos. Estoy cansado de que mi director tenga un horario donde no existen la mitad de sus horas. Estoy cansado de que siempre que escucho “don” sea con ironía. Estoy cansado de los consejos de muchos pedagogos, que no han entrado en un aula jamás. Estoy cansado de que los políticos se apunten tantos que no mete nadie, pero que si alguien los metiera, seríamos nosotros. Estoy cansado de solucionar robos de lapiceros y estuches. Estoy cansado de temer por la chapa de mi coche. Estoy cansado de planes absurdos como el proyecto de calidad, las ecoescuelas, los espacios de paz y todas esas sandeces que no arreglan nada. Estoy cansado de rellenar partes que no sirven y de que se critique Educación para la Ciudadanía habiendo quinientas cosas que están peor. Estoy cansado de pedirle a los alumnos que abran el libro. Estoy cansado de escuchar cómo me faltan al respeto. Estoy cansado de leer noticias de agresiones a docentes, sin que nadie haga nada. Estoy cansado de tener que coger el coche cada mañana y de conducir para llegar a mi puesto de trabajo, mientras muchos impostores aducen una comisión de servicio por enfermedades que no existen.


Estoy cansado de la falta de medios, de las clases de más de treinta alumnos y de sentir que nadie me escucha mientras hablo. Estoy cansado de regañar a los hijos, de regañar a los padres y de que los segundos compren motos a los primeros para celebrar que los he suspendido. Estoy cansado de ver alumnos promocionar, sin aprobar ni el recreo. Estoy cansado de poner notas que no sirven de nada. Estoy cansado de corregir gratis pruebas extraordinarias que se inventa la Junta para engañar a la gente. Estoy cansado de perseguir a los camellos, de buscar droga en las mochilas, de descubrir a niñas embarazadas, de hacer de psicólogo, asistente social, esteticista y hombre de la limpieza. Estoy cansado de ver papeles por el suelo, de escuchar gritos en los cambios de clase, de la Ley del Menor, de las Leyes de Murphy, de ser mirado como un traidor por los alumnos y un mercenario por los padres. Estoy cansado de las promesas de la Junta, de los sindicatos, de las propuestas de los sindicatos, de las propuestas que nunca llegan a nada, de los aumentos de sueldo que nos “proponen”, de asistir al Centro por la tarde para perder mi tiempo, de los cursos del CNICE, de los cenizos cursos del CEP, de preparar actividades que los alumnos no aprecian, del lenguaje no sexista, los membretes de la Junta sobre cualquier cosa, los accidentes, las bibliotecas sin libros y los centros TIC sin demasiados ordenadores y con demasiados tics.


Estoy cansado de los inspectores. Sí, estoy cansado de los inspectores. Estoy cansado de que todo el mundo le eche la culpa de todo a la educación, de que las familias se desmoronen, de llegar a punto del colapso a casa, de las ganas de matar a alguien, de no poder castrar químicamente a los futuros violadores que acosan ya a ciertas alumnas, de los padres que fuman porros delante de sus hijos, de los políticos, de todos los políticos, de absolutamente todos los políticos, de las leyes de Educación, reformas, contrarreformas, análisis e informes infumables. Estoy cansado de pasar frío en invierno, de pasar calor en verano, de la falta de corporativismo, de no ser ni tener autoridad, de que lo rompan todo, de no poder dar clases, de que los contenidos sean una anécdota porque son secundarios en Secundaria, de pedir perdón por explicar a última hora, de las programaciones y unidades didácticas, de colocar unos en vez de ceros, de ver cómo todos se cruzan de brazos, de sentir miedo, de ser engañado, de sentirme solo, de saberme sembrador en el desierto, de tantas mentiras, hipocresía, falta de educación en Educación, blasfemias, políticas e ira.


Estoy cansado. Pero lo sé: son solo gajes del oficio. Los funcionarios no lloran, pero sí pagan impuestos.

jueves 3 de abril de 2008

¿El precio de Hacéldama? (2 de 2)

¿El precio de Hacéldama? (2 de 2)
Alguien rompió el silencio con unos cuantos aplausos. El moderador, que no desea que el debate se descontrole, se apresura a presentar al otro profesor. Benigno tendrá cinco minutos para explicar por qué está a favor del Plan de Calidad. Máximo ya ha mostrado su disconformidad con solvencia, pero será el resto del claustro el encargado de decidir, con sus votos, cuál de las dos posturas es la más fuerte. En cualquier caso, parece obvio que no habrá unanimidad, pues existen muchos recelos, a fin de cuentas, podría cortarse el ambiente con un cuchillo jamonero. El moderador, nuestro flamante Director, le da paso con un gesto a Benigno. Carraspea y comienza con parsimonia a desgranar su letanía:
-“¡No seáis torpes, hombre! De todos los funcionarios tipo A, somos los que menos cobramos. La Junta eso lo sabe. Por tanto, ha tomado la decisión de subirnos el sueldo. Ahora bien, ¿cómo se tomarían los médicos que a nosotros nos subieran la nómina por toda la cara? No, no es posible. Se tienen que buscar algún pretexto para pagarnos más. Vamos a ver, no hace falta ser muy listos para darse cuenta de que el Plan de Calidad no nos exige nada que no hagamos ya… ¿Acaso no aprobamos ya a más alumnos de la cuenta? ¿Acaso no los vemos promocionar sin poder evitarlo? ¿Acaso no tenemos ya que hacer cursos? ¿No es cierto que se nos revisa, que se nos vigila? ¿No se nos pide ya que mejoremos nuestros resultados? Todo esto se lleva haciendo ya varios años… ¿por qué nos extrañamos si nos pagan por ello, ahora? Haremos lo mismo y cobraremos más. ¿Os parece malo eso? No sé vosotros, pero yo ya cumplo el Plan de Caridad en mis clases. Para mí no supone ningún avance, ningún trabajo extra…
La Junta tiene derecho a obligarnos a hacer todo eso. Si decimos “no” al Plan, dentro de dos o tres años nos exigirán esto mismo, pero tendremos que hacerlo gratis… ¿no os dais cuenta? ¡Tanto tiempo pidiendo que nos suban el sueldo y ahora nos quejamos! ¿Por qué nos quejamos siempre de todo? Supongo que si hubiera sido otro el partido que lo hubiera propuesto, los que estáis a favor, estaríais en contra. Los que están en contra, estarían a favor… ¿no os parece absurdo? Dejad la política a un lado y hacedle caso a vuestra razón. Podemos renunciar al proyecto cuando queramos, en cualquier momento, y no habrá que devolver el dinero cobrado. ¡¡No es necesario aprobar a ningún alumno más!! Empezamos, cobramos… el que quiera sigue, el que no, que se vaya. ¡Y tan amigos! No es vinculante a todos, ni es obligatorio llegar hasta el final. Mientras sigues, cobras. Si no quieres seguir cobrando, te borras. ¿Dónde está el problema, entonces? Y si se ofrece algún premio más, como mantenernos en el mismo centro, ¡mejor aún! ¿No nos quejamos tanto de la precariedad, de que nos cambien de centro cada dos por tres? Parece que la Junta se ha dado cuenta de que para mejorar los institutos, tienen que darnos más estabilidad, ¡por fin vamos por el buen camino!
Por último, quería plantearos una reflexión. ¿Vais a renunciar al dinero por dignidad? ¿Os queda de eso? Los alumnos nos faltan el respeto, los padres tratan de pegarnos, cuelgan vídeos nuestros en Youtube y nadie nos presta atención… ¿y os sigue quedando dignidad? Yo, si os digo la verdad, no tengo dignidad, si hablamos de dinero. Al fin y al cabo, ¿dais las clases por gusto? No, claro que no. Todos vosotros trabajáis por dinero, no por dignidad. Yo prefiero trabajar por más dinero, por mucho dinero, porque trabajo por dinero, porque soy realista. Al fin y al cabo, de eso vivimos, no de la dignidad ni del orgullo. Pero vamos, tened la cabeza alta; no van a hacernos nada distinto de lo que ya nos hacen. La única diferencia es que tendremos siete mil euros más para comprar un campito, para celebrar una fiesta, para marcharnos al Caribe con nuestra mujer y perder de vista a los alumnos, a los padres, al claustro y a todas esas historias. No tengáis miedo: tendréis unas largas y prósperas vacaciones para gastaros toda la pasta que estamos a punto de ganar.
Voto secreto. Recuento: Treintaidós votos a favor. Catorce votos en contra. Seis abstenciones. Nombre del Centro. Fecha y firma de los presentes.

El campo del alfarero

El campo del Alfarero (1 de 2)
¡Ni los más viejos del lugar recuerdan algo semejante! Los dos partidos se arremolinan entorno a sus líderes para escuchar las últimas instrucciones, antes de la votación final. El objetivo de fondo es, ni más ni menos, captar el voto de los indecisos y de los más proclives a abstenerse. Para ello, unos prometen dinero. Otros, dignidad. El catastrofismo es la bandera de unos. La simplicidad, el arma letal de los otros. Mucho movimiento, miradas desafiantes… Por lo pronto, se ha logrado captar la atención de los más disolutos, de aquellos que no echan cuenta a nada. No falta nadie. Todos presencian el cuadro. Se miran, se increpan, llega el silencio. Toma la palabra el moderador y presenta la reyerta que está llamada a prorrumpir:
-“Señores, estamos aquí para debatir y votar si nos adscribimos (o no) al Plan de Calidad. Ya sabéis que este tema ha suscitado demasiada polvareda en la opinión pública y, por ello y con ello, muchos ya tenéis una opinión formada. Para todos los demás, esto servirá para aclarar ideas. Algunos opinan que es una vergüenza que nos paguen un plus por objetivos y que, llegado el caso, nos obliguen a aumentar el número de aprobados para recibir dinero. ¡Pero estamos hablando de mucho dinero y, por ello, muchos no quieren escuchar todos esos pretextos! ¡Más de siete mil euros, en total, por cabeza, podemos ganar! Ahora bien, ¿es lícito aceptar ese pago? ¿Debemos creernos que la Junta cumplirá su palabra o nos atraparán en la letra pequeña? Vamos a escuchar dos opiniones. Una a favor del Plan de Calidad y otra en contra. Después, se procederá a la votación. Sabemos que hay miles de personas pendientes de nosotros. Han hablado mucho los políticos sobre este proyecto. Hemos de tener cuidado: señores, presten atención, porque no se trata solo de un “sí” o de un “no”, hay mucho más en juego. ¡Doy la palabra a Máximo!
-“Compañeros, amigos… Lo que la Junta busca es manipularnos, atarnos, comprar nuestra voluntad con unos cuantos billetes. Lo que estamos discutiendo hoy es qué precio queremos poner a nuestra dignidad. Si decimos que sí, los padres pasarán un informe sobre nosotros, tendremos que venir muchas más tardes, quién sabe si no se buscará a medio plazo que perdamos nuestro mes de julio de vacaciones o que trabajemos todos los días de ocho y media a dos y media… Además, perderemos lo más importante que poseemos: ¡nuestro derecho a dar clases y evaluar libremente a los alumnos! Todos sabéis que para superar el último escalón de las bonificaciones hemos de mejorar nuestros resultados académicos. Entonces, la Junta dirá que los resultados han subido, que la nueva ley es fantástica, que todo funciona estupendamente. Entonces, nadie nos hará caso, no podremos protestar, nadie podrá chillar que las cosas están peor, que el nivel académico y educativo es deplorable. No, señores: tendremos que poner buena cara y regalarle el título a todo el mundo, por un puñado de monedas. ¡No hay derecho! ¡Tenemos más dignidad! ¿Esa es la educación en la que creemos? ¿Es lícito cobrar más por aprobar a más gente?
No. No buscan que la educación mejore su calidad. Buscan que mejoren las estadísticas. Buscan lo que siempre buscan: engañar a la gente. ¿Queremos ser cómplices de este engaño? Está a punto de prometer que aquellos que se adscriban podrán quedarse en sus centros; pronto los interinos, los profesores en prácticas, tendrán que aprobar a muchos alumnos para evitar irse al exilio. ¿Qué fue de nuestra libertad? ¿Por qué renunciamos a nuestra dignidad? Más aún, ¿pensáis que vale la pena venir tantas tardes, hacer tantos cursos? No, nada de eso. Ya sabemos todos cómo son los cursos que la Junta nos exige. Son un desastre, una deslealtad hacia la razón, un pretexto de muchos para alejarse de las aulas. Además, quizá nos paguen (está por ver, de todas formas), pero… ¿qué será lo siguiente? ¿Qué nos pedirán después? Cada vez nos exprimen más, como si no fuera ya suficientemente difícil dar clases, como si no nos dejáramos hasta la última gota de sudor con nuestras clases. Y, si como decís los que apoyáis el sí, pensáis van a pagarnos por “nada”, convendréis conmigo en que nadie regala nada, nadie da dinero porque sí… ¿Qué quieren de nosotros? ¿Sumisión o que aprobemos a más gente? ¡Muchas gracias por vuestra atención! Espero que deis vuestro voto al “NO”. ¡No pongáis precio a vuestra dignidad profesional!”
[CONTINUARÁ…]

viernes 14 de marzo de 2008

Dólmenes en NY

Párense a imaginar un mundo nuevo. El ser humano, cuando crece, se topa de bruces con una finitud desoladora. Solo hay un sol. Las estrellas no se besan entre sí. Los ríos no recorren el mundo entero y solo hay cinco continentes. La educación capa la imaginación, nos adultera, trunca nuestras aspiraciones de plenitud. Cuando recorres una carretera hasta su final descubres que no hay castillos encantados en el lugar de destino. Cuando recorres un edificio antiguo, por vez primera, puedes creer en pasadizos y sortilegios. Si vives en él, te acomodas, te acostumbras, te aprendes su código postal y pones un felpudo en su puerta. Conocer el medio mata la imaginación, aniquila el mito, nos encasilla en una cultura decadente, decrépita, sin redención posible. El desconocimiento es una virtud insoslayable: el analfabeto se imagina lo que no conoce y, por lo general, las explicaciones de quienes nada saben de la realidad suelen ser mucho más estimulantes que la verdad en sí misma.

Dar clases de Ciencias Sociales te lleva a ampliar tu universo. Él es alto y tiene un aspecto adusto, pertenece a la vieja escuela. Pedro López lo sabe todo, es un hombre bueno y sabio. Entre tantas batallitas, en todos sus años en esto, ha visto cómo se venía abajo un sistema educativo que funcionaba medio-bien, para llegar al actual. Primero trabajó en un colegio, más tarde en el instituto. Hace poco, en una de sus clases, un alumno se pegó un coscorrón. No sé cómo, pero se hizo un pequeño arañazo en el brazo. Ni sangre salía y, sin embargo, aquel percance fue la sensación en el recreo. En unos días, casi todos los alumnos llevaban una línea roja pintada en el brazo. Se extendió con ello una moda que duró varias semanas. -“Este es un universo complicado. Un instituto tiene sus propias normas, su propia lógica interna. Las relaciones causa-efecto nada tienen que ver con lo que fuera se espera de ellas. Aquí es posible que un estudiante se ponga a bailar break-dance en el aula, mientras yo explico por qué es necesario suprimir las barreras arquitectónicas (irónico, ¿verdad?). Cuando un alumno levanta la mano, todo se detiene y se reinventa. Hace poco un alumno me preguntó si es lo mismo “lluvia y precipicio”. Eso también da que pensar. Algo habrá en común entre los precipicios y las precipitaciones, pero yo no lo tengo demasiado claro.

Cualquiera que da clases de Sociales sabe que los dromedarios guardan el agua en las jorobas para beber cuando tienen sed. La primera vez que lo ves dibujado en un cuaderno te sorprende. Pronto te acostumbras y, en cierto modo, llegas a creértelo. Es lo más normal del mundo que haya dólmenes en Nueva York. Es frecuente que “la luna nueva desaparezca del cielo porque la tapan para limpiarla, una vez al mes”. Madrid es un país. Francia, una ciudad. Creo, honestamente, que Cristóbal Colón tenía mucha más idea de lo que se encontraría, antes de su gran viaje, de lo que conocen nuestros alumnos de América. Ni memoria historia, ni memoria, ni historia. Ellos no recuerdan nada que haya sucedido hace más de una semana. Nada saben de nuestro pasado o patrimonio. Muchos no han salido jamás del pueblo. A punto están de entrar en estado de shock cuando, en alguna excursión, los llevamos a Madrid o a Barcelona. No se portan mal, sienten miedo. “¿No se caerá alguno de esos edificios encima de nosotros?”, mascullan atemorizados.

La LOGSE decía que es absurdo que los alumnos aprendan de memoria cosas sobre lugares en los que nunca estarán. La LOGSE postulaba que la historia es válida en la medida en la que es útil. De nada sirve la Prehistoria porque eso no le aporta ni le resta votos a nadie. ¿No es más bello un universo donde Córdoba sea famosa por su muralla de centenares de kilómetros y Moscú por sus vistas al mar? Si el fin justifica los medios, un buen fin justifica el desconocimiento del medio. O eso creo. Aunque ya no sé ni qué creo. Me duele la cabeza y todavía me quedan cuatro horas de clase hoy. El martes es mi día malo”.

jueves 6 de marzo de 2008

Dificultades del francés oral

—La causa de todos los problemas recae en el hecho de que los profesores fuimos en nuestra adolescencia unos auténticos empollones. Tú, serías de los mejores en Matemáticas; Matías era de los mejores en Sociales y yo en francés… ¡Somos una manta intolerable de empollones! ¿Conoces a algún alumno empollón que proteste por algo? No, siempre protestan los desarrapados. Los empollones se aguantan con todo. Como nosotros tenemos espíritu de empollones, nos comemos todos los marrones y jamás nos metemos en charcos. ¿Por qué no vamos a la Huelga? ¿Por qué no solicitamos una serie de cosas y hasta que no nos las den cerramos todos los institutos? De acuerdo, perderíamos unas cuantas semanas de sueldo, pero ganaríamos en calidad de vida. Cuando todos los padres de Andalucía se tuvieran que comer a sus vástagos indefinidamente, imagínate la que se liaría. Los profesores somos muchísimos, el cuerpo más abundante de la Administración. Si nos plantamos, ganamos. Podríamos pedir más seguridad, más autoridad, más sueldo. ¿Por qué no cobramos como los demás funcionarios tipo A si nuestras oposiciones son administrativamente iguales que las de un médico o las de un notario? Si nos plantamos, nos dan cualquier cosa. No habrá más agresiones. No habrá más insultos. Habrá más sueldo e incluso más vacaciones. Pero… ¡no luchamos! No luchamos porque no sabemos o porque supimos demasiado, en otro tiempo. En suma, no sabemos luchar porque fuimos empollones.

Si yo fuera cruel, diría que Augusto se queja de vicio. Al fin y al cabo, los alumnos que estudian francés son los mejores. Los grupos con francés son los mejores. No tiene grandes conflictos ni les imparte clase a los terroristas del Centro (que tienen Refuerzo de Matemáticas o de Lengua). Sin embargo, lo mira con displicencia todo y suspende a un sinnúmero de alumnos. Nuestros estudiantes no saben inglés, porque no saben español. Explicarles francés también es una utopía. Además, no lo aprenden ni por las canciones (algo de inglés sí aprenden así), ni por los videojuegos (todos saben qué significa “game over”, pero no “c’est fini”), no conozco a ningún alumno de este Instituto que haya salido hablando francés. Aprenden los números, a leer con acento de Moguer y poco más. No contentos, desde la Junta, se nos dice que pronto vamos a impartir también alemán, para ser más europeos. ¿Qué les parece? Piensen en el pasado sábado. Si fueron a un centro comercial, seguro que a su lado pasó una bandada de gorriones vestidos en chándal y con seis o siete pendientes por cabeza; gorriones cuya vehemencia y lucidez los hacía gritar seis o siete veces por encima de la media mundial. ¿Se fijaron en esos adolescentes que, en cola para el cine, se pegaban entre sí sin pinta de tramar algo bueno? ¿Se acuerdan? Pues sí: ¡esos son nuestros alumnos! ¡Esos mismos!

—Yo estudié en la Sorbona. Tenía una carrera prometedora allí, pero me enamoré de una chica de Baena. Voy a París siempre que tengo vacaciones. Y mírame, en este pueblo, rodeado de analfabetos. ¡La culpa es de los profesores de Lengua! (Os lo prometo, no sé si lo dice con sorna o en serio). ¿Qué hacen en sus clases? Si ellos no enseñan qué es un sujeto, ¿cómo pretenden que yo los haga hablar en otra lengua? ¡Es inadmisible! ¡No soy un domador de Circo! ¡Y no tengo por qué enseñar español, pues mi asignatura es Francés! En consecuencia, hago lo que puedo. Leen pronunciando algunas palabras como en ingles, otras en español y el resto en andaluz. ¡Qué estrés! ¡Qué desesperación! ¡Con lo bien que me iría a mí siendo traductor de Sarkozy! O, incluso, de Carla Bruni, que está más de moda y que es más mona. En el hipotético caso de que estos alumnos vayan algún día a Francia, se comunicarán por gestos, como todo hijo de vecino. Como tengan que sobrevivir en tierras galas con lo que aprenden en los institutos, van de culo. Afortunadamente, las hamburguesas de los restaurantes de comida rápida a los que ellos van, se llaman del mismo modo en todas partes.

jueves 28 de febrero de 2008

De Oz, de coz y decó

La veo llegar con una minifalda. Parece una alumna más. No, miento. He sido demasiado impreciso: cuando la ves entrar en la sala de profesores, a punto estás de gritarle, de pedirle que se marche, de ponerle un parte disciplinario o de llamar a su casa. Pero no, no es una alumna: tiene mucha más luz. No es muy alta, no se diferencia demasiado del resto de estudiantes, pero no es una alumna. Lleva una mochila como la de ellos y en su juventud tripitió tercero de BUP. Algún que otro porro se ha fumado y habla también el lenguaje de la calle, aunque sabe más que yo de programaciones y de unidades didácticas. La jalean cuando entra de guardia en algún grupo y las leyendas sobre ella recorren todos los pasillos. Los alumnos cuentan de ella que una vez le enseñaron un video porno grabado con un móvil y que ella dio un consejo sobre lo que en él se veía. Hemos de creernos la mitad. De los alumnos, siempre te crees la mitad… pero la mitad de algo es algo. La parte cierta, la moraleja, es que le quita hierro a todo. Si algún alumno la insultara, ella le llamaría algo más fuerte. Cuando alguien le falta el respeto, ella sabe entender que quien le insulta es, ni más ni menos, que uno más de los suyos. Ella fue así. Ella es así. La única diferencia es que ronda ya la treintena y que ahora es funcionaria.

-Cuyami, no es que no te respete: tú lo haces todo muy bien, pero… creo que te pasas un poco con tus columnas. Las cosas no están tan mal como tú las cuentas. No han empeorado, porque llevan veinte años estando igual. Siempre ha habido alumnos buenos y alumnos malos, profesores odiados y motes. Siempre han recibido insultos los profesores… ¿o tú no lo hacías? En otro tiempo, bien podría haberle rajado yo misma las ruedas del coche a la directora, como pasó el otro día. Tú y yo sabemos que… ¡se lo merecía! ¿Acaso a ti no te entran ganas de hacerlo? Seguro que a ti también. La diferencia es que los adolescentes son aún más auténticos que nosotros.

Los problemas surgen cuando algunos profesores tratan de ponerse por encima, cuando tratan a los alumnos como si fueran marcianos o caniches. ¿Tan difícil es preguntarles un poco por sus vidas y reírles cuatro gracias? Si lo haces, ellos responden. ¡Siempre responden! Una vez estaba yo en clase charlando con un grupo de tercero sobre algo que había pasado aquella semana (no recuerdo qué: maté toda mi memoria para sacar las oposiciones). Total, que me llamaron a la puerta y ellos vieron que se trataba de un hombre mayor. Era, en realidad, el encargado de traernos unos libros que habíamos pedido, pero los alumnos pensaron que se trataba de un inspector. Pasé cinco minutos en el pasillo hablando con aquel hombre. Cuando entré, habían puesto en la pizarra una lista de ejercicios (¡ficticios!) y se habían puesto ellos solos a hacerlos. “Profesora, es que no queríamos que el inspector se enfadara contigo por estar hablando con nosotros, en lugar de darnos clases”.

Aquí más de uno se cree que estamos en la Sorbona. ¡Ese es el problema! Son chicos del campo. Ninguno llegará a la Universidad y dan la lata porque… necesitan llamar la atención, porque nadie les hace caso en sus casas. No necesitan diez partes disciplinarios. Necesitan alguien que, de vez en cuando, los escuche. El problema es que los profesores, poco a poco, con los años, olvidamos lo que es estar sentados seis horas en una silla, recibiendo órdenes. ¿Sabes? El otro día fui a uno de los “fantásticos” cursos que organiza el CEP. Eran tres horas… ¡y no lo aguanté! Pasada la primera media hora, me puse a charlar con el chico que estaba a mi lado. Cuando llevábamos hora y media, firmé y me largué con él a tomar un café. Se supone que yo soy adulta, pero no resisto tres horas seguidas de sermón. Ellos, que están en plena revolución hormonal, ¿tienen que estar seis horas al día tolerando rollos que son para ellos mucho peores que los cursos del CEP para nosotros? ¡Qué hipocresía! Si nosotros no podemos, ¿cómo van a poder ellos?

De veras: me gustan tus columnas. Escribes muy bien y creo que estás ayudando mucho a los profesores que lo pasan mal, porque se sienten un poco más comprendidos y respaldados. Eso sí: ¡creo que te pasas un poco de talibán! Colega, relájate un poco. ¡No es para tanto! ¡Peor se está en África!

jueves 21 de febrero de 2008

La Puerta de Tannhäuser

¿Y qué carajo digo yo ahora? Tengo por delante una hoja en blanco y no doy pie con bola. Según mi querido inspector, veo demasiado la tele y, por desgracia, puede que lleve razón. Me faltan las palabras y me preocupa. Al fin y al cabo, he respondido a cuatrocientos millones de preguntas de mis alumnos, este curso, pero no sé cómo poner en pie esta columna. Sé dónde están los servicios y cuándo se puede o no ir a ellos. Sé que los exámenes se hacen con bolígrafos y no con lápiz. Los móviles se usan fuera del instituto y el precio por romper un sacapuntas es pedir disculpas y comprarle otro al compañero. Sé mucho de Biología: hay especies que se extinguen, algo sé de reproducción, la alimentación es necesaria, la fotosíntesis no tiene secretos para mí. Sé contestar a muchas dudas, sé darles respuesta a casi todo… pero me cuesta horrores saber qué clase va tras la muerte.

Vayamos por partes. Me han contado una historia. Un conocido que vive cerca de otro conocido me ha hecho llegar cierta información y me ha pedido que la cuente aquí. Me hablaron de una persona. Solamente tengo cuatro o cinco datos de ella, pero he prometido contarlos. El primero es que se llamaba Cristina. El segundo, que daba clases de Educación Física en un pueblo de la Costa. El tercero, que era muy querida por sus compañeros y alumnos. De hecho, quien me habló de ella, me contó maravillas. No era de aquí. Nació en Zaragoza (ese es el cuarto dato que tengo). El quinto es cómo murió. Murió dando su vida a los demás, murió por amar a los demás demasiado. A pesar de las reformas y de las contrarreformas, a pesar de las leyes y de las medidas de disciplina, siguen existiendo profesores que entregan su vida a los demás, que no protestan, que actúan, que dan hasta la última gota de su sudor: su pundonor; su voluntad es su vocación. Pidió un permiso. La Junta le concedió unos días de libertad (sin sueldo) para realizar una labor humanitaria. Marchó a Togo. Allí se rodeó de los más pobres de entre los pobres. Los cuidó y atendió. Tuvo que marcharse y que mancharse. ¿La necesitarían más sus alumnos o aquellos enfermos? Regresó al Instituto.

Como tantos otros profesores, vivía sola. Lejos de su casa, exiliada en parte; tomaba una bicicleta y recorría el camino que separaba su casa del Instituto. Jamás se quejaba si hacía mal tiempo, tampoco se quejó cuando su frente comenzó a arder. Era domingo por la noche. Tal vez tomara una pastilla, quizá sintiera que las cosas estaban llamadas a mejorar pronto. “No será nada”, se dijo. Cerró los ojos. Quizá pensara en su familia, a la que tanto quería, quizá se acordara, entonces, de sus alumnos. Tal vez, su última mirada se fuera hacia el mar. No llegó a clase. Aquel lunes, sus alumnos no la recibieron. Alguien la sustituyó, sin que se supiera aún qué le pasaba. No pudo llamar, no pidió un médico, estaba en coma. La descubrieron en coma. Sus vecinos se asustaron por no verla. Llevada al hospital, dejó la vida y se convirtió en mito. La mató la malaria.

No tengo claro por qué estoy escribiendo esta columna. Quizá el único motivo sea que un amigo me ha pedido que la escriba. Quizá el motivo mayor es… que esta historia me ha hecho pensar muchísimo o que deseo que ustedes también piensen un poco, pues necesito rendirle con ello un pequeño homenaje a Cristina. Una profesora andaluza ha muerto de malaria por hacer el bien. Ha muerto a causa de una de esas enfermedades que solo padecen los países que no sabemos situar en el mapa. No pondrán su nombre a ninguna calle, estas líneas pronto envolverán pescado en el mercado. Es solo un papel con tinta impresa: ¿qué perdura? ¿Qué parte de nosotros no se marcha? ¿De qué sirve darte por completo a los demás si, de buenas a primeras, te sobreviene la fiebre y se acaba “todo”?

¿Como lágrimas en la lluvia se perderán nuestras ganas de cambiar el mundo? Esta columna va dedicada a todos los profesores que nos dejaron, a todos aquellos que han entregado su vida a una vocación temeraria, estúpida… la luz del mundo. Porque quizá sí sembremos y nuestra semilla sí germine. Porque quizá la muerte de uno de los nuestros deba hacernos apreciar, aún más, lo que tenemos, la vida que nos queda por vivir, este pequeño y frágil milagro de despertar cada mañana, de poder entregarle lo mejor de ti a tus alumnos, a tu familia, a todas las personas que nos cruzamos por la calle. Al fin y al cabo, no cuesta tanto trabajo dar los buenos días, no cuesta dinero el cariño, no nos morimos si tratamos de ser mejores personas. ¡Que Dios esté contigo, Cristina…!


Prof. Cuyami

domingo 17 de febrero de 2008

Asaltacunas, ranas y princesas

Es joven. Su nombre empezaba por… Su nombre empezó como empiezan todos los nombres: un padre tuvo la feliz idea de llamar así a un hijo y como ese primer padre era de origen godo, como los godos ganaron las batallas adecuadas, aquel nombre prosperó. A decir verdad, él no sabe qué significa su nombre, porque han pasado varios siglos ya desde que los godos saltaron desde la realidad hasta los libros de Historia. Yo sí sé lo que significa, pero no quiero dármelas de sabihondo, así que me guardo el secreto. Lo veo llorar. En el departamento, en un cambio de clase, mantiene las manos sobre sus ojos. No es frecuente ver llorar a un compañero. Cuando eso sucede tiende a ser, casi siempre, porque ha tenido un conflicto de los gordos con un alumno, tras una clase realmente tensa. No es el caso. Es temprano y no ha comenzado sus explicaciones todavía. Se ciñe a decirme que está triste porque esta semana es San Valentín. Ese día le pone muy triste por algo. “¿Un antiguo amor?”, le pregunto. “Una antigua alumna”, me responde.

-“No sé cómo explicártelo. Todos sabemos que está mal, pero mi pretexto es que comencé muy joven, con solo veintitrés años. Mi primer destino, mi primera clase, fue aquella. Inevitable, creo. Desde la primera explicación, como los insectos se inmolan contra la luz de un flexo, me fijé en ella. Dieciséis años tenia, ¿solo una niña? Si así era, lo disimulaba bien. Cruzaba miradas conmigo en el pasillo. En la sala de profesores, alguna que otra vez, vino a buscarme para entregarme algún que otro trabajo. Me sonreía. Me sonreía y recorría mi cuerpo un escalofrío descomunal, un fogonazo capaz de iluminar el trazado completo del AVE. Jamás le dije nada. De hecho, hice todo lo posible por evitar sentirme así. Por desgracia, tenía que tratarla cinco eternas horas por semana. Yo era su tutor. Cuanto más la miraba, más me gustaba. Sus facciones eran preciosas, sus manos, las más lindas que jamás vi. Sus ojos transmitían un color inmenso, descomunal.

¿Puedes imaginarte la cara de tonto que se me quedó al recibir aquella primera carta en San Valentín? Tenía un buen puñado de faltas de ortografía, era sencilla, me preguntaba en ella qué me gustaba hacer en mi tiempo libre y cuál era mi música favorita. Tenía dos corazones. Uno al principio y el otro al final del folio. Meses después me dijo que uno de los dos era el suyo y que el otro representaba el mío. Aquella explicación, de tan sencilla que era, de tan simple y trivial, me perforó los pulmones con las costillas. Eso sí, logré aguantar mi cabeza sobre los hombros, contra pronóstico. No hice nada de lo que arrepentirme, te lo prometo. A veces, eso sí, charlábamos en privado, en mi departamento, durante los recreos. Medio en broma, medio en serio, le conté un sueño que había tenido una noche. Cuando ella terminara Bachillerato, cuando tocara la campana y dejara de ser mi alumna, deseaba verla llegar a la sala de profesores. Le prometí que si iba a buscarme entonces, acabada la última clase, siendo ella ya mayor de edad, siendo mi ex-alumna, yo le daría el mayor beso que jamás nadie le hubiera dado. Y ella prometió hacerlo, prometió venirme a buscar, entonces. Dos años eran. Eran solo dos años. Dos años en los que me vi obligado a seguir viéndola crecer. Cada vez más guapa, cada vez su mirada era más intensa, más adictiva y peligrosa. Te lo prometo: cumplí, esperé. Nos seguíamos cruzando en los pasillos, se detenía el mundo. Los gritos de los demás estudiantes desaparecían, mis miradas se centraban en sus ojos, se clavaban dentro de ella. Las pulsaciones se me iban a la garganta. La perdía de vista a lo lejos, en el pasillo y la rutina me arrumbaba. Contaba los días, casi. Pronto cumpliría dieciocho. Nada le quedaba ya de niña. De alumna, todo: se acercaba Selectividad.

Sentado, mirando hacia aquella puerta, mataba el tiempo ojeando una revista. Junio refulgía (o como se diga). Aquella era la última clase, el último día. Yo aguardaba de guardia y en guardia. Aquella fue la hora más larga de toda mi vida. ¿Llegaría? ¿Cumpliría nuestra promesa, al fin? Desde luego, yo la había esperado y tenía la esperanza de que ella acudiera. En tiempos del cólera, Florentino Daza esperó cincuenta años a su amor. ¡Qué horror! ¡Qué calor! ¡Qué nervioso estaba! Solo habían sido dos cursos, pero habían sido dos cursos larguísimos. Enseguida, la campana empezó a estallar. Fue eterno. Jamás me pareció tan largo su sonido. Indeleble, gigantesca, densa y tosca. De golpe, prorrumpió todo el instituto en gritos y vítores. Las vacaciones habían comenzado y Julia dejaba de ser mi alumna. Me puse de pie y miré hacia la puerta…”

La Lola se va a los puertos

La veo con una inmensa maleta que pretende introducir en el maletero (tiene lógica) de su coche. La ayudo. Pese a ser profesor, me sigo sintiendo un caballero. Toma el GPS. Lo saca y lo conecta en el encendedor. Lo sitúa sobre el asiento del copiloto. Atornilla la antena del vehículo (¿quién se atreve a dejarla puesta en una calle como esa?), el GPS le da la bienvenida al coche y le dice con precisión dónde nos encontramos: el nombre del pueblo y la calle. Lola ya no es mi compañera. Tras batirnos en duelo durante unas cuantas semanas, terminó su tiempo. Caducó su nombramiento como un yogur. Lola suele decir que el GPS debería ser un regalo obligatorio de la Junta a todos los interinos. Ella ya lleva cuatro sustituciones en lo que va de curso. Esta ha sido la más larga. En cinco meses, ha conquistado todos los confines de nuestra Comunidad: Jaén, Sevilla, Córdoba y ahora Málaga. Turismo rural. En realidad, no ahorró nada. Perdió casi más dinero del que ganó, cambiando de alquiler y por culpa de los torrentes de gasolina que ha necesitado. Para colmo, no ha podido estudiar nada para sus oposiciones, que serán este junio y para las que casi no tendrá puntos extra. Lo peor de todo, según cuenta, es que tuvo que dormir tres semanas en una casa habitada por fantasmas. La vivienda tenía una habitación sellada y el arrendatario le exigió que no la abriera. Era un pueblo perdido en la sierra. Ahora no recuerdo su nombre. Cada noche miraba la puerta y pensaba: ¿qué hace una chica como yo en un lugar como este? Para empezar, aguantar a los cafres. Además de eso, pensar en qué puerto será el siguiente, hacia dónde la mandarán en su próxima aventura. James Bond. 007. Lola tiene lealtad a la Junta (aunque no le hayan dado todavía licencia para matar), las misiones no se protestan, los destinos se acatan. Gira de nuevo. Una pequeña ruleta. Hoy aquí, mañana allá. Cuatrocientos kilómetros lo determinan todo. “A quinientos metros, gire a la derecha”. Marta, la voz del GPS, se ha convertido en su mayor confidente.

Si te digo la verdad, lo peor que he vivido en estas semanas ha sido comprobar que las maravillosas explicaciones que recibo en el Máster cada fin de semana, no tienen nada que ver con la realidad. Nadie sabe cómo funciona un instituto hasta que no entra y trata de dar clases en él. También me sorprendió muchísimo el estado mental de muchos profesores. Existen dos opciones: están los que aprenden a marcar las distancias con los alumnos, los que los tratan con indiferencia, con amargura o incluso con violencia (sí, como Augusto. ¿Has escrito ya sobre él?); y hay otros que… se siguen esforzando por tratarlos con cariño. Y se pasa muy mal, haciéndolo así. Los que lo intentamos, tenemos días fantásticos en los que ellos son tus cómplices, en los que comparten contigo cosas que son preciosas. Recibes un trato humano que no te aporta ningún otro trabajo. Sin embargo, cuanto más les entregas, más daño pueden hacerte. Si confías en ellos, si les das cosas que te importan, todos los lances son personales, te destrozan. Cuando saltas de la tarima y das la clase desde abajo, cuando te desmitificas y te pones a su altura (y pueden insultarte, porque les haces saber que eso jamás tiene importancia), todo se convierte en algo personal y tu autoestima corre muchísimo peligro. Todo lo que te dicen son ataques y alabanzas personales. Y hay que tener mucha confianza y mucho valor para hacer eso. Supongo que al final todos terminamos por inmunizarnos. Ningún médico puede pasar su vida pensando en los pacientes que ha matado. No viviría y no podría trabajar si no aprendiera a pasar por alto lo que me dicen los alumnos.

Encima, cuando eres sustituto, cuando llegas sólo para unas semanas, los alumnos se rebelan contra ti porque tenían aprecio a la persona a la que estás sustituyendo. No te quieren. Saben que tus notas no sirven para casi nada. Imagínate: vosotros tenéis para mantener el control el recurso de las notas. Nosotros, en las sustituciones cortas, no. Y, para colmo, cuando ni siquiera tienes deshecha la maleta, has de irte. Hoy estoy en Málaga. ¿Y mañana? ¿A dónde me enviarán? El destino siempre cambia. Se supone que el Destino está escrito, pero el nuestro cambia cada dos por tres. ¡Y de nuevo toca escuchar al GPS!

No quiero ponerme metafísica, pero ¿no te resulta contradictorio que digan de nosotros que tenemos “un destino provisional”? Siempre he pensado que se trata de una profanación. “Destino” es una palabra demasiado bella como para ser utilizada en un papel burocrático.

La Oreja de Van Gogh

Ariane Dávila conoció en su juventud a Alejo Carpentier. Por aquel entonces, estaba liada con un artista cubano. Fue, en todo momento, una relación turbulenta, entre el amor y la guerra. Ella era una excelente artista también, pero agotó su universo vivencial demasiado rápido. Reflejaba siempre atmósferas prebélicas, decadentes, lugares sombríos, donde las primeras bombas hubieran hecho mella ya. Poco a poco se dio cuenta de que no era capaz de salir de ahí. No progresó y, por ello, optó por dejar la pintura y regresar a España. La historia de cómo terminó en un pueblo como este es un tanto tosca. Había más plazas en Andalucía que en Canarias. Preparó las oposiciones y… ¡zas! El resto es historia. Eso sí, una historia de letras minúsculas, nimias, muy diferentes a las letras mayúsculas que sus amigos y conocidos en Cuba escribieron.

-¿Sabes? El otro día una madre vino a buscarme. Estaba exaltada, profería todo tipo de insultos hacia mí. Según parece, le había dado por leer el diario de su hija. En él ponía que la profesora de Plástica “la había pegado toda”. Terrible, grotesco: afortunadamente, la niña vino y supuró el entuerto. ¡Yo le había pegado toda la cartulina! ¡Porque en la clase anterior se había roto! A punto estuvo la gracia de costarme una torta a mí. No estoy hecha para esto. Llevo demasiados años enseñando a los niños a dibujar. Estoy cansada. Me produce una pereza atroz explicar los colores pastel y contrariarme por sus bromas sobre ellos y la comida: he dejado de explicar esos colores, porque no tengo ganas de decir la palabra “pastel” en clase. Durante años he ayudado a decorar el Centro, pero también de eso estoy cansada: de ver bigotes pintados sobre cuadros de Dalí y jeringuillas entre los motivos de El Guernica. Todos los cuadros que flanquean los pasillos son obra mía (junto con mis alumnos, claro). Sin embargo, cada vez nos quitan más horas, cada vez veo pasar por mi clase a más grupos diferentes. Tengo trescientos alumnos. Vivo en otro mundo. No transito, prácticamente nunca, por la sala de profesores… porque aquí, en la última planta, he desarrollado mi propio universo. Los alumnos suben, como quien se reencuentra con las altas esferas, como quien transciende más allá del tiempo y del viento, como volaban las vacas del genial Chagall.

No comprendo qué hago aquí, la verdad. Estoy demasiado loca como para que me afecte la demoledora brutalidad de un instituto. Quizá, precisamente, terminé aquí porque en mi juventud dibujaba cuadros que trataban de plasmar esa misma decrepitud prebélica. Todos los días existe una guerra aquí. Encontré mi lugar en el mundo, quizá, por ende. De tan absurdo, es genial. El otro día les pedí a mis alumnos que dibujaran un triángulo y que realizaran una composición libre tomándolo como medida, como modelo, como eje de la composición. Uno de los alumnos me preguntó qué es un triángulo y otro se atrevió a contradecirme: “no existen los triángulos en la naturaleza. Aunque los veamos, no existen”. Empiezo a pensar que este pueblo se aniquilará pronto: todos los primos se casan entre sí, por eso hay tantos alumnos medio bobos; pronto nacerá el último bebé y Melquiades no podrá hacer ni descifrar nada.

No ha cambiado mucho. El dibujo técnico pasó a mejor vida (¡no se imparte como tal en la ESO!), pero el dibujo artístico… ahí sigue. Mientras ponen en duda su utilidad, mientras lo encasillan, mientras se debate si apartarlo de Cuarto (y de cuajo) o no, lo cierto es que Ariane sigue viva. No comprendo cómo su voluntad no se quiebra, cómo soporta este ambiente una persona con la sensibilidad que ella posee. Fútbol, drogas y sexo, esos son ahora los temas de los paisajes que sus alumnos trazan. ¿Y dicen los manuales que los grandes temas son atemporales?


Se cuenta en el Instituto que toma catorce pastillas al día para olvidar, para recordarse, para no perder el tino entre tanto cretino. Las perlas y los cerdos no se llevan bien. ¿Qué hace una persona que tanto ha vivido, que tanto talento atesora, que tanto arte tuvo (y retuvo), frente a chicos que no saldrán de su pueblo, que no han entrado jamás en un museo, que piensan que los artistas más consagrados de todos los tiempos son Faber-Castell y el Señor Carioca? Ariane oculta bajo una nómina estándar-media los retales y retazos de sus propios sueños. Renueva su espíritu. Algún día atará bandadas de gorriones a sus muñecas y escapará, rumbo a su planeta, como lo hizo El Principito.

viernes 18 de enero de 2008

EF

No, no. No te estoy vacilando. Estudié medicina. Terminé aquí porque… ¿Tú sabes lo estresante que es un hospital? ¿Tú sabes lo bien que se vive con cuatro meses de vacaciones al año? De veras: no tiene color, la vida es otra cosa. Preparé las oposiciones de Educación Física y… ¡pum! ¡Aquí estoy! Sí, lo admito: a mí la enseñanza no me llama la atención en absoluto, pero no deja de ser un trabajo. Es un trabajo más. Yo lo hago y me pagan por hacerlo. ¿Se plantea un frutero si tiene vocación de frutero? ¡Ni de casualidad! Él, simplemente, realiza su trabajo. Y le pagan por ello, sin que nadie le pregunte si eso tiene algo que ver con lo que estudió para llegar hasta allí. Además, a mí el deporte me interesa. Yo hago muchísimo deporte. Yo siempre estoy haciendo deporte y… si se lesiona algún niño, ¿quién mejor que un médico para atenderlo?

Marta mira mi grabadora con recelo. Es la segunda profesora a la que siento en mi despacho. Me impone. Tiene una mirada penetrante y todos sus músculos están desarrollados. Soy consciente de que podría matarme. De hecho, si no escribo lo que ella quiere que escriba, me matará con sus propias manos. Y después… escapará corriendo del lugar del crimen y nadie la atrapará porque es profesora de Educación Física y los profesores de Educación Física tienen súper poderes que la policía no es capaz de neutralizar.

Si te digo la verdad, de mi asignatura lo mejor es que a los chicos les encanta. No hay que convencerlos para que se porten bien. Su premio es… la asignatura en sí. Si dan la lata, los subo a la clase y les doy una clase normal, les explico cualquier cosa y ya no vuelven a darme problemas. Venderían a sus respectivos padres por dos horas a la semana en el patio. ¿Tú sabes lo poco que les gusta estar sentados? Bueno, claro que lo sabes… ¡tú los tienes sentados! Además, admito que en mi asignatura lo tengo francamente fácil. Si un día me duele la cabeza o he tenido un mal día en casa, les doy un balón y asunto arreglado. Lo hago con frecuencia. En estos tiempos que corren, es imposible pretender que todas las sesiones sean “controladas”. Alterno una libre y otra vigilada. Es un trato justo. Ellos están contentos y me adoran por darles tantas horas de “deporte libre”. Es fácil y es sencillo. No hablo demasiado. No explico demasiado y mi garganta no se resiente. Les saco más partido a los cursos buenos y a los malos les doy el balón, sin más explicaciones… ¿por qué tengo que aguantarlos? ¡Para eso ya estás tú, Cuyami, que no te queda otra! ¿Yo? ¿Te crees que estoy loca?

Lo peor… que muchas veces no hay horas suficientes para todos los profesores del Departamento y terminamos por dar Plástica, Refuerzo de Lengua o de Matemáticas. ¿Tengo yo pinta de profesora de Matemáticas? ¡Eso mejor se lo dejamos a Juan! ¿Me ves tú a mí dando Refuerzo de Lengua? ¡Para eso ya está Lola! Lo otro peor de la asignatura es que a todos, en algún momento de nuestra carrera docente, nos sucede. Sí, ya sabes: algún accidente. Un niño que se cae de una colchoneta, una portería mal sujeta que le cae a un niño en la cabeza… ¿sabes que casi todos los años muere en Andalucía algún chico en una clase de Educación Física? Eso no sucede en Educación para la Ciudadanía. Es a nosotros a los que nos pasa… Y además, si los tenemos en el patio, ¿tú sabes cuántos porros se fuman en nuestras horas, en las esquinas del patio? Escena típica: chica monísima de quince años, enseñando todo lo enseñable en una clase de mayo. Se niega a hacer ejercicio físico porque dice que tiene la regla. ¿Qué haces con ella? Terminará por escapársete a una esquina con su amiguita. Un rollo. Eso pasa con frecuencia. Tratas de controlarlo, pero… vivimos al filo. Aunque hagas todo lo posible, siempre puede pasar algo (y siempre pasa).

Existe cierta leyenda negra sobre la mayoría de los profesores (varones) de mi asignatura. Las alumnas siempre los acusan de propasarse con ellas. Suele decirse de ellos que se arriman demasiado, que las ayudan con demasiado mimo a saltar el potro. Si te soy sincero, jamás he conocido a ningún profesor que realmente responda a este perfil. Si algún día me encuentro con alguno, le pegaré una paliza, te lo prometo. Dicen que, cuando el río suena, agua lleva, pero yo prefiero pensar que lo de esos cerdos se trata de una leyenda urbana.

Prof. Cuyami

Uno más uno son siete

Te lo vuelvo a repetir: es sencillo y no tendrá ninguna contraindicación. Yo pongo en marcha la grabadora y cuando veas la luz roja encendida, me cuentas unas cuantas anécdotas sobre tu asignatura. Si te apetece criticar, critica. Si te apetece elogiar al sistema, elógialo. ¡A mí me da igual! Yo solo quiero que me expliques cómo vive en pleno siglo XXI un profesor de Matemáticas. Además, Juan, no revelaré tu nombre, te lo prometo. ¿Accedes? [No soy periodista y, por lo tanto, a mi grabadora le cuesta mucho arrancar. ¡Con el trabajo que me ha costado convencerlo, me falla ahora la grabadora y me da un siroco!].

“En estos tiempos que corren, los profesores de Matemáticas lo tenemos especialmente difícil. Los alumnos no están acostumbrados a esforzarse por nada, en ninguna asignatura… pero en Matemáticas, además, se nota especialmente esta desidia. Me explico: en Historia, por ejemplo, si un alumno malo tiene un día inspirado puede seguir a la perfección una clase sobre el Antiguo Egipto, sin saber nada de Prehistoria. En Matemáticas, como no saben lo que tienen que saber de cursos anteriores, muchos no pueden enterarse de nada… y, por tanto, se dedican a enredar. ¿Cómo van a aprender a multiplicar los que no saben sumar?

Jamás pensé que mi cometido en esta vida fuera enseñar a sumar y a restar: ¡yo soy doctor! ¡Hice mi tesis! ¡Y se supone que esto es un instituto serio! ¿Por qué esas cosas no las aprenden en Primaria? ¡Hay alumnos en Segundo y de Tercero de ESO que no saben multiplicar! ¡En el antiguo primero de BUP! ¿Y la tabla? ¡Estos chicos llevarán la tabla de multiplicar en una chuleta hasta que se jubilen! Están acostumbrados a los audiovisuales y para ellos un papel y una hoja no reportan ninguna motivación. Si te digo la verdad, en lo que va de curso, solo una vez los he visto concentrados. ¿Te puedes creer que en Segundo de ESO no sabían lo que era un número par? Uno me levantó la mano y me preguntó “si eso de los números pares tenía alguna relación con el juego pares-nones”. Me dijeron que para saber quién había ganado, ellos contaban de forma alterna: pares-nones. “¿Entonces eso de pares y nones significa algo? ¡Creía que era como el que dice mesa o silla!”. Cuando les conté cómo se sabía si el veintiocho era par o impar sin tener que repetir las palabras “none” y “pare” catorce veces cada una, se les iluminó el rostro y pasaron todo el recreo jugando a dicho juego. “Profe, así es mucho más fácil jugar…”. ¡Ninguno de la clase sabía qué era un número par! ¡Y tienen quince años!

No me extraña que ahora proyecten un número en la Puerta del Sol, durante las campanadas, diciendo cuántas uvas tienen que comerse. Si estos genios tienen que contar mentalmente hasta doce, se extingue la tradición. No me sorprende: ¿sabes que Marta, la profesora de Educación Física, imparte Refuerzo de Matemáticas? El mes pasado hicieron un cartel durante una clase suya. “Las Matemáticas son el analfabeto del mundo”. Sí, ponía “analfabeto”: se equivocaron [o fueron clarividentes]. El cartel estuvo colgado quince días en la clase. Muy revelador. ¡Es que aquí tampoco se sabe leer! ¿Puedes poner eso en tu columna? Escríbelo con todas las letras: no saben multiplicar y tampoco saben leer, ni los enunciados de los problemas. No sabes bien el bajón que han pegado este cotarro en los últimos años. ¡Es increíble!

El otro día mandé el ejercicio veinticinco del tema y todos se rieron. ¡Claro, tenía rima! Por supuesto, segundos más tarde, escuché a un alumno diciéndome que aquel ejercicio tenía premio. ¿Puedes creerte que cuando corregimos los ejercicios, días más tarde, un alumno me vino a preguntar qué había ganado, que qué premio había para los alumnos que habían hecho los ejercicios ese día? Porque habíamos dicho que el ejercicio tenía premio y, claro está, él quería su premio. ¡Ni siquiera saben entender sus propias bromas!

No lo sé. No sé cómo va a acabar todo esto. Es increíble cómo llegan a la Universidad, sin saber de nada. Pero… ¿qué quieres que haga yo? Llevo en la enseñanza más de veinticinco años y ya no tengo fuerzas ni ganas para cambiar el sistema. Además, por más que se intenten dinamizar, las Matemáticas siempre serán Matemáticas. ¿Para qué voy a ponerles una película o hincharlos a utilizar páginas web, si nada de eso sirve? Las Matemáticas son otra cosa… y yo, pese a todo, sigo creyendo en ellas”.


Prof. Cuyami

lunes 24 de diciembre de 2007

El silencio de Lucas Cordero

Es otoño. Caen las hojas de los árboles sobre la baranda y por la ventana parece filtrarse una estela violeta de viento, una serenata ocre, una esquirla puntiaguda que aflora tras el balanceo de los barrenderos, del murmullo quedo que insufla la calle. Mientras el pueblo se adormece y parece calibrar su propio letargo, Lucas se apoya sobre el pupitre y deja caer su cabeza sobre la terca madera que proyecta su sombra contra la pared. Es primera hora. Casi todos albergan dormido el espíritu, sin temple aún para mucha farándula, sin mirada en la mirada, con el frío estancado sobre las sienes. A las ocho y media de la mañana nadie reconcome cosas profundas.


Gilberto López imparte plástica. Pidió a sus alumnos que se trajeran papel de estraza para elaborar una composición. El profesor explica. Habla muy despacio porque sabe que sus pupilos están dormidos y que no es conveniente despertarlos todavía (la mañana será larga). Asesta cada palabra de aquella clase con cuidado, con delicadeza, moldeando el temple y el tempo. Les explica que han de dibujar con ceras blandas en cuatro colores. En la imagen debe aparecer “una figura humana en una habitación conocida”. Lo demás lo deja a libre elección de los alumnos.


Se escucha un pequeño murmullo. Nada serio, es temprano. Jorge Leal, un alumno de sobresaliente, pregunta si los colores pueden ser cualesquiera. Gilberto responde que sí, pero que es interesante que pertenezcan a la misma escala cromática. Natacha pregunta si puede dibujar a alguna persona de las que están en la clase. El profesor responde que sí, pero que ha de comentarle antes qué pretende hacer porque no quiere que se le falte el respeto a nadie. Natacha se pone colorada porque pretendía dibujar a Gilberto en la habitación de ella… y le da vergüenza decírselo a él, directamente. Natacha está, de forma platónica (claro está), enamorada de su profesor. Gilberto lo sabe, esas cosas siempre se saben, y de hecho lo utiliza para captar la atención de su alumna, de forma especial. “Una alumna enamorada estudia más que una alumna que no lo está”, le contó hace dos noches Gilberto a su novio, mientras cenaban en un restaurante chino.


La amiga de Natacha, una chica llamada Ruth, hace la pregunta por ella: “¿Y podemos dibujar a un profesor?”, y Gilberto dice que sí, pero les pide también que no sean crueles. Gilberto se ríe. En sus seis años de profesión cree haberlo visto todo. Sin embargo, en una esquina, sepultado por un enorme chaquetón rojo, Lucas Cordero acaba de tener una idea. Sale del letargo y toma los colores. Lucas Cordero no pregunta, porque Lucas Cordero nunca pregunta. Es un chico retraído, su piel es pálida, tiene la mirada profunda. Algunos profesores comentan que es “como si te viera desnudo”. Sonríe. Media sonrisa. Toma el color rojo y el negro. Los agita con agria vehemencia sobre el papel de estraza. Con un trapo acaricia la cera blanda y la extiende a lo largo y ancho de toda la composición. Más rojo. Más rojo. Sigue dibujando y el mundo parece evaporarse. Allá a lo lejos, sale el sol. Comenzó la clase siendo de noche todavía. Ha amanecido y en lontananza se inmiscuye en el pueblo un amanecer de tonalidad naranja clarito (¿qué ceras hay que mezclar para obtenerlo?).


Gilberto felicita a Natacha. Definitivamente lo ha dibujado más guapo de lo que es (¡al novio de Gilberto le encantará ese dibujo!, seguro que lo cuelga en su despacho). Ruth dibujó a una niña china dándole la mano a una niña árabe, que lleva un pañuelo sobre la cabeza (lo ha copiado del libro de Educación para la Ciudadanía). Gilberto la felicita para que Ruth no sienta celos de Natacha, pero Gilberto sabe también que Ruth no se ganará la vida dibujando. “Montmartre está lleno de pintores con menos talento que tú”, suele decirle. Pero sabe que miente.


A punto de tocar la campana, Gilberto le pide a Lucas Cordero su creación. Queda pasmado, se horroriza. Sobre el papel se observa con claridad la figura de un hombre degollado. La sangre chorrea prominentemente. El hombre degollado permanece de rodillas, con las manos juntas, suplicando clemencia, despojado ya de su cabeza. El captor posee una sonrisa enorme, que traspasa su rostro. Con un hacha ha segado el cuello de su presa. A decir verdad, Gilberto no se atreve a preguntarlo, pero todo parece indicar que el fondo reproduce el despacho del Director del Centro. Y el hombre sin cabeza es ni más ni menos que el Director.


¿Y ahora qué?

Querido Reyes Magos

Queridos Reyes Magos:


Soy consciente de que es un poco pronto para enviaros esta carta. Sin embargo, mañana me acercaré a Correos y la franquearé porque este pueblo del litoral almeriense está muy alejado del verdadero Oriente y porque las comunicaciones (sobre todo por carretera, por tren ni hablamos) son algo defectuosas y poco afectuosas, así que será mejor que vayamos bien de tiempo (vosotros sois magos, pero los carteros no tanto). Ni que decir tiene que he sido muy bueno a lo largo del año. Me he portado bien… aunque creo que voy a suspender bastante. Pero no es culpa mía, ¡que conste! Es más bien que me tienen manía. Hay profesores muy malos, muy crueles, que ponen muchos deberes y que suspenden a los alumnos porque les da la gana… pero yo no soy uno de ellos.


¿Qué pido? ¿Qué pido? ¡Uf! ¡Qué presión! ¡Son muchas cosas! Yo pido todo lo que se me ocurra y vosotros veis qué se puede hacer. En primer lugar deseo un instituto que no esté lejos de todo. Estoy un poco harto del turismo rural. Admiro a los habitantes de las Alpujarras, pero no me gustaría ir para allá, sino regresar a mi tierra: ¿sería posible que se liberalizaran las permutas? Es que es un poco duro estar a trescientos kilómetros de casa (y trabajar con cafres) y me consta que hay muchos profesores que tienen que pasar por el exilio, no solo yo. En segundo lugar, me gustaría tener algún grupo de Bachillerato porque se me empieza a olvidar lo mucho que amo esta profesión y lo que me gustaba que me hicieran caso (sé que Bachillerato no es como cuando yo estudié COU, pero algo es algo). También me gustaría tener en mi aula solo a inmigrantes que hablen mi idioma y, sobre todo, que estos no estén en grupos con más treinta alumnos. De hecho, me gustaría contar con grupos un poco más reducidos siempre. Más que nada porque los alumnos de ahora no son como los de antes y veinte ya parecen demasiados… salvo que estén dormidos o drogados (ambas cosas ocurren a veces).


Quiero material informático en el Centro, porque se habla de un ordenador por cada dos alumnos, pero creo que se os acabó el cargamento antes de llegar a Almería. También os pido un guardiacivil en la entrada y en la salida, que vigile la valla a través de la cual le venden droga a los alumnos en el recreo (así de paso evita las peleas y las agresiones en la calle). Me gustaría también un aparcamiento dentro del Instituto, para que no nos pinchen las ruedas ni nos rallen la pintura. Si es posible, desearía días de asuntos propios, como el resto de funcionarios. Pero prefiero en vez de eso una alternativa digna para todos aquellos alumnos que con catorce años decidan no seguir estudiando (que dedican dos años a calentar el asiento, haciendo el mayor daño posible, porque no hay otra cosa para ellos). ¡Ah, ya! ¡Quiero pastillas Juanola! Una caja XXL para la garganta, porque mandar a callar te deja las cuerdas vocales un tanto mermadas. De todas formas, lo que más me gustaría de todo sería un poco de más autoridad: que los alumnos vuelvan a hacernos más caso, que los padres nos respeten un poquito más, que no agredan a ningún otro compañero más, que no vivamos tan al límite. No quiero escuchar tantos insultos al cabo del día, ni recibir pintadas en las paredes del centro, me gustaría que volviera la tarima, que nos hablen de usted. Quiero estar por encima. Me gustaría que ser profesor volviera a significar algo. Me gustaría que nuestro trabajo estuviera un poco mejor valorado por la sociedad: dejar de ser asistente social o educador social, explicar mi asignatura y educar a los alumnos que verdaderamente quieran ser educados. ¿Sería posible pedir padres que colaboren más? ¿Sería posible que los chicos vinieran educados ya de casa o que trajeran de serie un dispositivo para sentarse y callarse cuando entra el profesor? Y, sobre todo, y ante todo, esta carta es para pediros… ¡que le traigáis carbón a los alumnos a los que se lo hemos suspendido todo! El cargamento de motos es un poco excesivo, el año pasado os pasasteis con las motos. Si yo los suspendo y vosotros les traéis una moto, ¿con qué cara miro al alumno de turno en enero cuando le diga que yo voy a volver a suspenderlo… y él me responda que “le da igual”?


Gracias. Gracias. Gracias. Nunca me habéis fallado. ¡Haced lo que podáis, también esta vez! Y de paso aprovecho para desearos una feliz Navidad para vosotros tres, para vuestros camellos y para todos los que creen en vosotros. Oye, por cierto, ¿eso de los “camellos” va con segundas? Es que trabajo en un instituto y, por ello, me he acostumbrado a pensar mal siempre.


Prof. Cuyami

jueves 6 de diciembre de 2007

¿Diagnósticos o autopsias?

Tomo EL MUNDO [página cuarta, carta al Director firmada por Don Agustín Pérez Morán, profesor de Lengua y Delegado de la Asociación de Profesores de Instituto. Viernes 30 de noviembre de 2007]. Le pido disculpas, Don Agustín. No puedo abordar este tema mejor de lo que usted lo ha hecho. Sin embargo, y como no podía ser de otro modo, sí puedo aportarle una dosis cruel y mayor de mala uva a sus argumentos. Marca de la casa.

Si han estado listos los señores lectores supondrán a estas alturas que quien les escribe es profesor de Lengua y Literatura (eso sí, dentro de dos o tres semanas lo negaré todo, en otra columna). Hace cosa de un mes entró la directora de mi centro en el despacho departamental y nos contó que “iban a” realizarse por segundo año las pruebas de diagnóstico. Id est: un examen que se aplica a todos los alumnos de tercero de ESO para medir las destrezas (en Lengua y Matemáticas) que estos tienen tras finalizar el primer ciclo de ESO. Estas pruebas son una patraña, a pesar de que se revisten de cierta sofisticación malsana: supuestamente son anónimas, pero nos entregan a los correctores la equivalencia de códigos y de nombres de los estudiantes; se pide a todos los centros de Andalucía que se comience a la vez, aunque no hay nadie “externo” que presencie esto, y se les entregan toneladas de papel timbrado a los chicos, para que se asusten y piensen que no están perdiendo su tiempo. El objetivo, a toda costa, es demostrar que nuestros alumnos tienen un nivel académico general genial. Por lo tanto, se les presentan unas preguntas lastimosas, a su altura: el año pasado la prueba estrella estaba basada en una canción de Andy y Lucas (en lugar de textos clásicos, pues estos están pasados de moda) y este año les pidieron a los alumnos que definieran: “pringao”, “tío” y “tron”, para medir con ello sus competencias lingüísticas. ¡Canela fina! Es solo un ejemplo.

Todos los datos que salen en los medios de comunicación (de izquierda) sobre la calidad de nuestra enseñanza, toda la propaganda, todos los proyectos, todo está basado en las 1770 notas que cada profesor de Lengua ha de poner por cada grupo de alumnos (sí, sé que parece una locura ponerle tantas notas a tan solo 30 exámenes, pero loco te vuelves tú cuando terminas de corregir todo eso). Son miles de códigos que, tras tres o cuatro horas, te parecen todos iguales de absurdos. Para colmo, no nos pagan un plus por corregir esas pruebas, a pesar de que se pierde una semana entera en dicho trabajo y a pesar de que los demás profesores, de otras áreas, no tienen que corregirlas (es un agravio comparativo que quedó segundo en el campeonato mundial de agravios comparativos).

Paso a glosar un ejemplo. Se plantea un texto a los alumnos sobre las personas con minusvalías físicas. Se les pide que opinen al respecto. Nosotros, los profesores, hemos de poner siete notas sobre lo que cada alumno ha respondido. Evaluamos por separado: la coherencia, la cohesión, la riqueza semántica, la corrección normativa, la caligrafía, la presentación, la fluidez en las ideas… ¡así hasta siete notas para una sola redacción! Llega el momento de leer lo que el alumno ha escrito: “Po a mí me parece bien.” Remarco el punto final porque es sobrecogedor: ahí queda eso. Y al “eso” hay que ponerle siete notas (más notas que palabras ha escrito el alumno). Y no hablo de un caso aislado. Casi ninguno redacta con fluidez más de diez o doce líneas… y nosotros tenemos que exprimirnos la sesera para calibrar eso en términos psicopedagógicos, de tal manera que nuestro centro salga bien parado, de tal manera que mejoremos las calificaciones del año precedente para no ser castigados por la Junta.

Lean la carta al director publicada por Agustín. No sé y no puedo mejorarla. Las pruebas de diagnóstico son una patraña. No es pesimismo, ni melancolía, sino espíritu crítico: el sistema no funciona. Lo único que demuestran esas pruebas, lo único que se vuelve a poner de manifiesto, es que la única solución que tiene el sistema educativo es retroceder diez años y comenzar de nuevo. ¿Por qué no volvemos al BUP? ¿Por qué no llevamos el primer ciclo de la ESO a los Colegios para que los maestros hagan con ellos lo que muchos licenciados no hemos sido capaces de hacer (me incluyo)? Hay que volver atrás, tirarlo todo. Regresar al sistema antiguo, olvidarnos de todo esto. El día que entró en vigor la LOGSE fue el comienzo del fin. No todo está perdido… se puede rectificar volviendo atrás, si reconocemos que hemos estado perdiendo el tiempo. Mi consejo: no se crean las estadísticas. Jamás se las crean. En dos años no he leído ni una sola estadística oficial sobre la educación secundaria que refleje lo que está pasando realmente. Estamos generando analfabetos funcionales. Es culpa de todos (y ahí me incluyo: le pongo entusiasmo, pero no sé hacerlo mejor). ¿Cómo de mal han de hacer las pruebas de diagnóstico los chavales para que se den cuenta los que mandan, de una vez por todas, de que llevamos diez años metiendo la pata?

Prof. Cuyami

jueves 15 de noviembre de 2007

Horeja: cuarenta minutejos

Albert Einstein. Teoría de la Relatividad. ¿El tiempo transcurre de forma constante? Manolo García. Disco análogo. ¿Nunca el tiempo es perdido? Miro el reloj, mi eterno compañero. En los pasillos, se escuchan gritos. Agoto los últimos instantes en la sala de profesores. Dos de la tarde. Muchos nos hacemos los remolones con cierta frecuencia. Es la sexta y no me refiero a la televisión, sino a la última hora del día. Estamos cansados y no lo digo por los niños. Llevo en el Centro desde las ocho y media y mis fuerzas no dan para más. Afortunadamente, la última dura solo cincuenta y cinco minutos.

En mi Instituto, algunas horas son más cortas. Se trata de un vacío legal que alguien me explicó una vez, pero de cuyo motivo no me acuerdo. De las seis horas de clase, tres son de cincuenta y cinco minutos, cada una. Las otras tres, de sesenta. Hay quince minutos de margen que nos debe el dios Cronos y que nos cobramos así. Sin embargo, si esas clases duran cincuenta y cinco minutos y hay cinco más de descanso entre cada clase, nos quedamos en cincuenta. Diez minutos perdidos, sería. Pero no. Hay más. A última hora, se abren las puertas cinco minutos antes y es frecuente que los alumnos estén fuera antes de que toque la campana. Eso por no hablar de la compasiva clemencia que tiene la sirena: ¡casualmente la alarma está adelantada para que toque un poquito antes de que se cumpla la última hora! Un par de minutos, casi imperceptibles para el ojo humano, pero que se notan y se agradecen bastante. Nos quedamos en cuarenta y cinco, con todo ello. No es solo eso. De quinta a sexta, algunos cursos salen del Instituto. Los jefes están en otros menesteres. Los cambios de clase duran un poquito más, por ello. Cuarenta minutos. Sin embargo, con la clase tan ingobernable, es habitual finalizar la explicación un poco antes. En ese margen, los alumnos recogen el aula, ponen las sillas encima de las mesas, se colocan los abrigos. Treinta y cinco minutos. Antes bien, es cierto también que a veces, por estar ellos cansados, entre que comienzas y no, entre que los mandas a callar y se sientan, tras el cambio de clase, pasan unos instantes. Treinta minutos. ¡Ah, pero encima cuando se consiguen sentar, te entregan justificantes, te suplican que no se dé la clase, te instan a entender que están cansados! Veinticinco minutos.

A veces, las horas duran veinticinco minutos. Parece un milagro, un misterio, un vórtice espacio-temporal. Cosas mundanas. ¿Qué puede hacerse en tan poco tiempo? Contra pronóstico, esas son las clases más largas, las peores. Esos veinticinco minutos no avanzan, los alumnos no atienden, el runrún de los estómagos actúa de diapasón y todo gira de forma tortuosa. Cuando hace calor, el reloj avanza en su sentido inverso. No es infrecuente dar ciertos toquecitos por hora, a la esfera, para cerciorarte de que las agujas no se detuvieron. Sin embargo, poco o nada suele tenerse en cuenta la relatividad del tiempo. ¿Por qué no nos pagan el doble por estas agónicas últimas clases de la mañana? Hasta un chimpancé podría impartir clases a las ocho y media. El grado de sufrimiento nada tiene que ver entonces con el postrero, dado que los alumnos están dormidos, cuando recién empieza a clarear. En esos momentos, todo es fácil, aprovechas hasta el último instante y cualquier actividad o explicación te sale bien. Cualquier curso es bueno a primera. A primera, te luces. A última, te pones el traje de luces… ¡y a torear! Cualquier curso es malo a última hora.

Me hace gracia. Los inspectores se están poniendo más severos y están suprimiendo las clases de cincuenta y cinco minutos en muchos IES. Por ventura, los Inspectores jamás se enteran de nada. Ellos viven en los mundos de Yupi, o más allá; se quedaron anclados en pleno Romanticismo. Les parece poco serio que algunas clases sean más cortas cuando, en realidad, el tiempo efectivo de todas las demás jamás compensa tanta pulcritud. A mí, por descontado, me da igual. Si las horas regresan a sus convencionales sesenta minutos, propondré que los minutos se recorten a cuarenta y cinco segundos: ¿también en eso se meterán los Inspectores? Vale, de acuerdo. Si eso no resulta, prometo inventar algún otro método nuevo para perder aún más tiempo y contraerlas hasta el cuarto de hora que verdaderamente los eso-estudiantes asimilan. ¿Todos los funcionarios del mundo pueden tomarse su café, fumarse sus tres o cuatro cigarritos y leerse la prensa en Internet y yo he de trabajar las horas completas? ¡Pero si los niños no te echan cuenta más de veinte minutos! ¡Diablos! Los profesores somos funcionarios, no superhéroes. Y si debemos trabajar como superhéroes y no como funcionarios, que nos paguen lo que el Erario Público de Gotham destina a sus superhéroes.

Prof. Cuyami

El Inspector Gadget

El Inspector Gadget salva el mundo

Estoy en contra de la eutanasia. Sin embargo, si algún día me convierto en uno de ellos, mátenme. Se lo suplico, háganme ese favor. A las dos personas a las que más manía les tengo en todo el mundo son al padre de Lewis Hamilton, que aparece siempre tan sonriente y que tiene una pinta descomunal de meterse en todo… y al Inspector que frecuenta mi Instituto. Ahora que lo pienso, los motivos por los que les tengo tirria a ambos son los mismos. Mi Inspector también es demasiado sonriente y también tiene pinta de meterse en todo. Además, ambos ven los toros desde la barrera y le ponen pegas a lo que los demás hacen, sin hacer nada ellos. ¿Cómo opinas sobre las chicanes que otros trazan sobre la pista si tú solo coges el coche para hacer la compra? Lo mismo le pasa a muchos inspectores. Preguntan dónde está todo el mundo, pero se meten en las clases solo cinco minutos. ¡De ese modo se ve la educación tan fácil! ¿No son entrañables? Abren tu puerta y se te sube a la garganta una congoja incoherente e inconsciente. Te sonríen, te preguntan qué estás haciendo en esa hora y aparentan cierto interés que es impostado y que fastidia tela. “Mamarracho, en esta hora hago lo que hago en todas las demás. Hago, lo que tú no has tenido agallas de seguir haciendo: ¡enseñarle algo a estas bestias!”.

Pero claro, los que cambian el mundo son ellos, no tú. A pesar de que en muchos casos como docentes lo pasaban francamente mal, motivo que les llevó a prepararse otras oposiciones para promocionar dentro del cuerpo y escaparse de las aulas. A pesar de eso, obtuvieron la omnisciencia en el momento en el que transcendieron a un lugar mejor, a un despacho más grande. Ahora, lo saben todo. Son unos traidores (¿de ahí el paralelismo con la familia de Hamilton?) porque no nos defienden a pesar de que dicen ser de nuestra misma especie. Antes, eran como nosotros. Ya, no. Conocen nuestros secretos… pero los utilizan en nuestra contra. También tienen sus amigos, sus enemigos y sus cuentas pendientes. Pasan factura a antiguos directores y devuelven los mimos a sus compañeros de café, de vidas pasadas. Con cuánta frecuencia se escucha: “No pasa nada, el Inspector es íntimo amigo de nuestro Director”. O el caso contrario: “Tened listos y en orden todos los papeles porque el Inspector está muy enfadado con nosotros porque estamos expulsando a demasiados alumnos”. Están por encima del bien y del mal, porque ellos son el bien y el mal. Atesoran todo el saber universal y, sin embargo, están exentos de compartirlo con las futuras generaciones.

En la Universidad, los profesores pasan toda su vida formándose para ser catedráticos. Cuando lo consiguen, en muchos casos, parece que se les funden las neuronas y dejan de trabajar y de tomarse en serio su trabajo. Nuestros catedráticos son los ínclitos estos. De coherencia, la justa. Poseen una memoria tan limitada como la gracia de sus chistes. ¿No recuerdan lo que molesta la sonrisita de quien se introduce en tu clase cinco minutos y encima trata de parecer simpático? La experiencia me dice que, además de eso, se afanan en vivir bien, en todos los sentidos de la vida y de la expresión: rehúyen los problemas como rehúye el agua el gremlin Gizmo. ¡Son unos vagos! Si los dejas en paz, no te persiguen. Si les complicas la existencia, te atosigan. ¡Qué fraude de salvadores del mundo son, pues perdieron su alma… de docentes!

Llegó hasta mis oídos la leyenda urbana de que en cierto centro de la provincia de Cádiz los profesores, enfadados porque se hubiera puesto en la calle a una compañera por un motivo injusto, se pusieron en huelga durante una semana. Desde aquel entonces, las visitas de su alguacil fueron mucho mayores y más crueles. Las preguntas y requerimientos, mucho más fuertes. Ya nadie volvió a respirar a gusto: ya nadie volvió a ponerse en huelga. Pagaron con creces su denuncia. La justicia es así. Alguien ordena. Otros, obedecen.

Si algún inspector lee esto y piensa: “Eh, ¡yo soy una buena persona!”, le suplico que me perdone. Todo el mundo tiene sus antipatías y yo tengo las mías, también. De todas formas, sospecho que el perdón que ahora estoy suplicando no es sincero. Un inspector jamás recuerda sus experiencias en el aula, pero jamás olvida las palabras de escarnio de otras personas. Eso mi inconsciente lo sabe. En tal caso, me temo que estoy pidiendo perdón porque con la honestidad con la que funciona el cotarro, si mi Inspector lee esto y se enfada conmigo, me veo el próximo curso en Pulpí, que es un pueblo fantástico, pero que se ha convertido en todo un mito dentro del mundo de la docencia por estar francamente alejado de (casi) todo. Nada es casual. Todo tiene un por qué. Fortuito aquí, viene de fuerte. Siempre se rompe el coche que debe romperse…

Prof. Cuyami

Hijos de

Cuando repasé la lista por vez primera, supe que este no sería un curso cómodo. Pronto, la tuve frente a mí. Sentada en uno de los primeros asientos, inmersa en un grupo pulcrísimo. Parecía hecho a posta y, de hecho, así es: un grupo con los mejores alumnos de todo el Instituto para que las malas compañías no estén próximas en exceso. La hija del Director, ni más ni menos, estará en mi tutoría todo el año. No le alabo el gusto a él, más bien me parece una tortura. La mirarán con recelo todos los compañeros y nosotros, los profesores, soñaremos ensañarnos con ella, sin llegar a consumar nuestra venganza jamás (los anhelos retenidos, son los más nocivos). Pese a todo corporativismo baladí, el Director es mi Jefe. Él decide mi horario. Él me echa las broncas cuando llego tarde. Él me adjudica los permisos, aunque estos no estén contemplados en la ley. Él es mi jefe: reparte las aulas, asigna las guardias. Él es mi jefe y ahora tengo a su hija frente a mí. Todas las tardes, hablarán de mis clases, me someteré a un examen perpetuo. Si cuento un chiste verde en su presencia, el Director se enterará. Si un día llego a clase sin dormir, él tendrá conocimiento de eso. Si me ensaño con ese grupo, si digo algún taco… ¡esa pequeña mocosa va a chivarse de mí! Es natural, yo también me chivaría. Y después, pagaré las culpas. ¿Y qué le hago? ¿Cómo lo evito? ¿Cómo suspenderla y que parezca un accidente? ¡No tengo lo que hay que tener! No. No tengo valor. No tengo el valor suficiente como para echarle una bronca, siendo la hija de quien es. ¿Y si se pone a llorar y se refugia en los brazos de su Papá? Tal vez, en tal caso, el ajuste de cuentas sea para mí. ¡Yo también me vengaría si alguien “hace daño” a un hijo mío! No es extraño, es instinto.

Y cuando lleguen las reuniones de padres, cuando me vea sentado a mi Director frente a mí, me va a dar un tabardillo. Me mirará con esa mirada suya de mala persona y necesitaré un cambio de dodotis. Y si... ¿le da por pedirme una tutoría? No me veo, la verdad. Es muy raro. Nos conocemos demasiado. ¿Me pedirá la programación de aula si suspendo a su hija? Las programaciones de aula son como los unicornios azules de Silvio Rodríguez. Muchos hemos oído hablar de ellas… pero nadie las ha visto, en realidad. ¿Y si le da por pedírmela? ¿Le pido a él su ROF o el plan de autoprotección, para compensar? Un diálogo de besugos y de suburbios propio del mismísimo Budy Allen se barrunta: “¿Por qué has suspendido a mi hija? ¿Puedes enseñarme los criterios de evaluación que ella ha incumplido?”. Supongo que le respondería: “Todo es culpa de mi Director, que no ha habilitado salidas de emergencia. ¡Los niños no pueden concentrarse si los extintores están pintados en la pared, pero no son reales!”. Después de eso, nos daríamos bofetadas mutuas. ¡Miedo me da! ¡Él estuvo en el ejército, o eso creo! Y yo siempre he sido un poco nenaza.

Al menos, ha tenido la delicadeza de no darle clases él mismo a su propia hija. Cosa que suele hacerse, por cierto. Sin embargo, ¿cómo se evalúa a tu propio hijo? ¿Si ha de preguntarte una duda te llama “Papá” o “Profesor Cuyami”? ¿Cómo se abronca a tu propio hijo, delante de sus compañeros? ¿Y delante de tus compañeros? ¿Qué pensarán el resto de alumnos al ver sus calificaciones? Y si le pones un parte disciplinario para que lo firmen sus padres, ¿lo puedes firmar tú allí, sin necesidad de llevarlo a casa? Peor aún. Si le das clases a tu propio hijo y lo suspendes, ¿te concedes una entrevista a ti mismo? ¿Dialogas contigo mismo, como el protocolo ordena? ¿Has de presentarte a ti mismo una tarjeta para justificar sus faltas cuando él no pueda asistir a clase? ¿Te tratas a ti mismo de tú o de usted? ¡Diablos! ¡Esto es desquiciante! ¡Entraña un trastorno de doble personalidad y esquizofrenia, fijo! Porque yo siempre trato a los padres de usted, pero si soy yo mismo con quien estoy hablando, suelo tener menos miramientos.

Ficción. En mi caso, no sucederá. “Yo a mis hijos los llevaré a la privada”, como siempre digo en mis columnas (esta afirmación os juro que no es ficción, sino una verdad como una catedral… y un consejo para todos los padres de Andalucía). Lo que sí es cierto es que sí voy a tener que darle clases todo este curso a la hija de… Pedro. ¡Y eso es un marrón descomunal! El único lado bueno de todo esto es que si él escoge qué profesores le dan clases a cada grupo y me ha tocado a mí con su varita para que yo sea tutor de su hija, será que a día de hoy no tiene muy mal concepto de mí. Si yo fuera un vaina, jamás hubiera consentido que le diera clases a su hija. ¡Qué honor! ¡Me acaba de dar un subidón de autoestima al caer en la cuenta! Ahora bien, ¿seguirá pensando él de mí lo mismo cuando llegue septiembre y lo llame a su casa para comunicarle que su hija está avocada a repetir curso? Vale, lo reconozco. En esto último voy de farol…

Prof. Cuyami

viernes 2 de noviembre de 2007

Obra para el Opus

Escúcheme bien, señora. ¡Lléveselo! Su hijo no tiene cabida en nuestro Centro. Ni yo, ni mis compañeros, podremos hacer con él un buen trabajo. No me malinterprete. No tengo ningún inconveniente en que se quede. Javier es fantástico. Lo aprecio mucho. Desde el día en que lo conocí, siento ganas de ser su tutor. Es un chico… ¡distinto! No sé si me entiende. Verdaderamente, lo miras a los ojos y sientes que es un buen chaval, que le interesa lo que se le explica, sin tener que convencerlo a cada instante. Tiene talento, tiene madera: es listo. Con un poco de suerte podría llegar a ser ingeniero, fiscal, presidente del Gobierno o astronauta. ¡Lo que él quiera! No lo malgaste… ¡lléveselo! Sé que es una inversión importante. Se dejará un buen dinero, pero vale la pena. Créame: me duele decírselo. Decírselo entraña reconocer que nuestro trabajo jamás ostentará la brillantez que me gustaría que tuviera. Pero es así. Figúrese: pasé siete años estudiando para esto. Yo, que tan bien hacía mis comentarios de texto, que obtuve un premio extraordinario en mi tesis doctoral… ¡para terminar aquí! Sé de lo que le hablo, en serio. En general, hay muy buenos especialistas, pero no podemos hacer nada más. En realidad, actuamos más como trabajadores sociales y, muchas veces, no tanto como profesores. Figúrese: ¿qué puede explicársele de Física a estos alumnos que no saben ni leer, casi? Por eso me da tanta lástima su hijo…


Sí, me habló de un Colegio. Es del Opus Dei. Se lo recomiendo. Me han hablado muy bien de él. ¡Sáquelo de aquí! ¡Lléveselo de aquí! Matricúlelo en ese Colegio. Podría decirle que lo llevara a otro centro público, pero yo no me arriesgaría, si fuera usted, porque su hijo es bueno. Podría recomendarle un instituto mejor, pero… ¿quiere que le sea franco? Yo trabajo en esto. Sé lo que hay dentro y jamás llevaría a un hijo mío a un centro público. Soy sincero. El dinero que se gaste ahora de más se lo ahorrará el día de mañana en consultas del psicoanalista. Porque… las cosas no son como cuando usted estudiaba. Entonces, la enseñanza pública tenía calidad. Ahora, los tiempos han cambiado. Existen muy pocos IES que, verdaderamente, puedan competir académicamente con un privado. Y, créame, este no es uno de ellos. ¡Ya me gustaría a mí!


Si quiere que le sea sincero, puedo darle varios motivos por los que un instituto público no puede compararse con otro del Opus Dei. En primer lugar, los medios. Ya lo ve usted: ¿ve el mobiliario con el que contamos? ¿Quiere que le muestre nuestra biblioteca? La sala de ordenadores no es mucho mejor que la biblioteca, a pesar de que somos centro TIC. ¿Algo más? ¡Ah, eso! La disciplina. La disciplina lo es todo. Aquí eso… se concibe a ratos, ya sabe. Es diferente. Los padres no colaboran y, por tanto, muchos grupos no funcionan. Si un alumno no deja en paz a los demás, los profesores nos lo tenemos que comer. Eso, en la privada, no sucede. Porque… los padres son de otra manera y porque si un alumno no se comporta, se va a la calle (y entonces, se lo come un instituto público). ¿A usted le gustaría ver a su hijo compartiendo cesto con hijos de delincuentes? Sí, el lado bueno es ese: al menos aprenderá antes lo que es la calle, lo que es la vida. Pero, ¿sabe el tiempo que tarda un alumno en conocer todos los tipos de droga que existen, estando aquí? Eso, en la privada, no es de ese modo. Algo hay, claro, pero no tiene nada que ver.


Supongo que en todos lados habrá indeseables, pero existe mucha gente sin educación en Educación. Hay profesores que no dan ningún ejemplo. Se reciben puñaladas desde todos los rincones. Usted alucinaría con las cosas que hace y dice mi Director. Es un auténtico impresentable. Al menos, si el director es un cura, la cosa cambia un poco. Al menos, la buena fe, se le presupone. Aquí se presupone el instinto de supervivencia, eso es lo único que vale. ¿De veras quiere que ese tipo de gente, sin educación, eduque a su hijo? Porque hay gente fantástica, gente que ama a sus alumnos… pero la mayoría pierden la fe, más pronto o más temprano. La gente buena, no dura mucho. O lo pasan muy mal y se vuelven malos. Y después, ¿qué queda? ¿El odio? Aquí, el que no mata, muere. Y la mayoría de las veces, los contenidos son un aditamento, un colorante. Un condimento regado, por muchos, con odio. No sea tonta: su hijo vale la pena. Lléveselo. Estoy seguro de que en el Opus Dei harán una obra excelente con él…

Comida para peces

Nekane nació en Donosti. Recuerdo que un día y en su presencia le llamé a su ciudad “San Sebastián” y se enfadó muchísimo conmigo. Las malas personas no reprimen aquellos detalles que incomodan a los otros. En su presencia, y desde entonces, llamo a la ciudad de la Playa de la Concha, Donosti. ¡Qué menos que emplear aquí la denominación de origen que ella prefiere, si voy a hablar de ella en esta columna! No sé bien por qué marcharon. Nada siniestro se esconde; ni rastro de terrorismo. Su padre trabaja en una multinacional y le ofrecían más dinero por mudarse al otro extremo peninsular. A Nekane no le quedaba otra alternativa que hacer su petate y proseguir con su vida, lejos de su primer novio, de su mejor amiga y de sus peces, a los que visita cada vez que regresa a su tierra y que están al cuidado de su abuela. Por desgracia, cada vez que vuelve, quedan menos. La última visita se saldó con la desaparición de su pez favorito, uno que era de la misma especie que Nemo. Había fallecido dos semanas antes del regreso de Nekane. Sospecha que su abuela no le echa a los peces la comida adecuada, pero no tenemos pruebas que confirmen este hecho, ni que lo desmienta.

El padre de Nekane suele prestarle mucha atención al hermano de Nekane, que se llama Aitor. Aitor estudia en la Escuela Superior de Ingeniería y tiene muchas dudas que a él le apasiona responder. Nekane, por el contrario, tiene dificultades con el Inglés de tercero de la ESO y eso no supone un reto interesante para su padre. Y la madre de Nekane tampoco presta mucha atención a la chica porque pasa muchas temporadas fuera, cuidando de la abuela. Quizá esto explique que, de un día para otro, Nekane comenzara a venir al Instituto vestida totalmente de negro. Es guapa, tiene unos ojos hermosos. De ser una chica modosita, con cierta tendencia a los tonos pastel, trocó totalmente sus querencias hasta llegar a parecer un alter ego de sí misma, pero en escala de grises. Supongo que nada mejoró en casa. El siguiente paso fueron los piercing. Agujereó por tres o cuatro sitios su hermoso rostro. De su torso, ni hablo. ¿Un tatuaje? No lo descarto, pues apareció en clase durante una buena temporada con un esparadrapo enorme en su brazo. Después, se decantó por las mangas largas. En mayo o junio saldremos de dudas.

Un buen día leyó un relato en Internet sobre una chica que empleaba una cucharilla de postre para provocarse el vómito. Según parece, si te introduces los dedos, las uñas van desgastándose por los jugos gástricos y se ponen de un asqueroso color amarillo. Además, es muy fácil que te descubran por ese rastro y hay que tener cuidado porque a veces los profesores se meten más de la cuenta en la vida de sus alumnos. Encima, sus atuendos negros no casarían bien con las uñas amarillas, con esos restos de uña amarillos. ¿Cómo se las pintaría de negro si las perdía? El vómito, a veces, hace que pierdas las uñas, de tanto deterioro. No pasa nada. Robó una cucharilla de postre del cajón de la cocina y desde entonces la emplea después de cada comida, con bastante regularidad. De hecho, se siente muy orgullosa porque la treta está teniendo resultados evidentes. Ya le han desaparecido los signos evidentes del ciclo menstrual y, por ello, se ahorra tener que llevar tampones en el bolso. Además, cada vez se ve más delgada, y eso es algo bueno. ¡Ya es casi una modelo! Y ha conseguido algo mejor aún: su padre, el otro día, durante unos segundos, la miró fijamente y le preguntó: “Nekane, ¿estás bien? Te veo más delgada…”

Si todo va bien y si su plan surte efecto, será mucho más feliz dentro de unos meses. Tal vez entonces no le presten tanta atención a Aitor. “¡Aitor siempre piensa que lo sabe todo! Con su melenita y sus apuntes… ¡siempre haciéndole la pelota a Papá! ¿No se da cuenta de que le presta atención, simplemente, porque ganará pronto mucho dinero? Y está tan gordo… ¡los kilos de más ya no se llevan!”. A veces, me doy cuenta de que Nekane está mareada, durante mis clases, porque tiene la mirada perdida. Cuando le pregunto si se encuentra bien, me responde siempre que no ha desayunado todavía, pero que lo hará en el recreo.

Le pido a Pepi un café para mí y un colacao para ella. La tengo a mi lado, durante mi hora de guardia, pero me siento completamente incapaz de sacarle el tema porque no poseo respuestas para sus preguntas. Me siento en el borde de la silla. Ella me mira. Le brillan los ojos y me abruma su presencia. Trato de sonreír, pero en su sonrisa descubro cierta nostalgia que deja helado mi café. Quizá su abuela no lo haga mal. Se acuerda de sus peces. Tal vez ellos hayan dejado de comer porque perdieron la memoria, porque se sienten solos.

Prof. Cuyami