Voy a tratar de analizar lo más fríamente que puedo este asunto. Voy a tratar de abrir la realidad y de cauterizarla en un único tajo. Tengo un par de lectores que me siguen con lupa y que están esperando cualquier pretexto para decir que me politizo más de la cuenta o que soy un cenizo. No es así. Entiéndanme, mi equipo bajó a segunda el año pasado y lo llevo lo mejor que puedo. Además, y por más que lo entiendo, no termino de creerme que sea verdad eso de que la crisis es una coyuntura coyuntural global. Me asusta un poco eso de la subida de los impuestos y el cáncer de próstata. Además, estoy a dieta, y eso le agria el carácter a cualquiera. ¡Tengo motivos para estar amargado! Con todo y con eso, lo voy a intentar. Voy a intentar ser lo más frío que pueda.
Datos objetivos: El Presidente del Gobierno lleva a sus hijas, en un viaje de estado, a Estados Unidos. Nuestros impuestos pagan ese desplazamiento. La cultura norteamericana da una importancia capital al peso familiar en la célula máxima de Gobierno. Donde fueras haz lo que vieres. La primera dama (¿o el primer damo?) cumplen un rol clave que se ve apuntalado por la figura de los hijos. Por tanto, la exposición de los hijos es socialmente lógica y consabida. Por tanto, es normal que nuestro funcionario máximo acuda con su familia al encuentro con el líder norteamericano. También es lógico que exponga, por tanto, al peso mediático a toda su familia. No ha de suponer un problema que estas sean menores de edad. Al fin y al cabo, cuentan con el consentimiento paterno. Nadie debe cuestionar el buen juicio y la atención como padre de una persona capacitada para dirigir un país. Hasta aquí, todo parece nocional y nacionalmente cerrado.
Una comparecencia pública requiere de un atuendo adecuado. Nuestros dirigentes nos representan. Nuestros dirigentes deberían adecuarse a cierto canon estético propio del país al que abanderan. No obstante, si tu padre es el presidente de todos tus españoles eso no debería coaccionar tu forma de pensar ni de vestir. Al fin y al cabo, todo adolescente ha de tener cierto margen de expansión para tomar sus propias decisiones, acertadas o no. Imagino que todo padre desearía, aún así, que sus hijos, de cara a la opinión pública, presenten la mejor cara posible. No parece posible que Zapatero y que Sonsoles estimen que la estética de sus hijas es la más adecuada. Al fin y al cabo, si ellos estuvieran de acuerdo con la forma de expresión gótica, comulgarían de ella (y nuestro presidente siempre vestiría de negro). Por tanto, es probable que ellos desearan que sus hijas, al menos en esa ocasión tan señalada, vistieran de otro modo más acorde a los usos y a las costumbres españolas. Al fin y al cabo, el movimiento gótico (cito) estipula que “el color ha de estar ausente, pues el mundo se ha convertido en un foco de dolor carente de esperanza. No hay signos para el optimismo”. El discurso político de Rodríguez Zapatero no es ese, sino el opuesto. La imagen que transmitieron, por tanto, sus hijas, no es acorde a su mensaje de fondo. Parece lógico estimar que no le convenía que ellas (durante ese día) vistieran de ese modo. Habría que considerar que el votante socialista muestra, en líneas generales, una visión abierta ante la vida. Tal vez, incluso, en ciertos colectivos la imagen mostrada pudiera beneficiara los intereses del partido socialista. Pero no lo creo. Si el atuendo respondiera a un efecto previamente buscado, ¿por qué se ha dificultado el acceso de la opinión pública a dicha instantánea? Todo parece indicar, por tanto, que ni Rodríguez Zapatero ni su mujer consideraban adecuada la forma de vestir de sus hijas para ese día. Nudo nocional cerrado.
Tras exponer de forma objetiva todo esto… ¿Me puede alguien explicar cómo demonios se pretende que eduquemos a los hijos de la gente si ni siquiera el Presidente del Gobierno es capaz de conseguir que sus hijas se pongan una camiseta de cuadritos en un día tan señalado como es la primera visita a la casa de Obama? ¿Qué le digo yo al padre que sistemáticamente da la razón a sus vástagos, a todos esos padres que ceden sistemáticamente ante ellos… si el responsable máximo de este país también lo hace?
miércoles, 30 de septiembre de 2009
jueves, 24 de septiembre de 2009
Andrea y el pollo
Leo en todas partes que ahora mismo “Belén Esteban da audiencia”. Miles de horas de programación propia, películas y cortometrajes carísimos, un partido de fútbol o abuelas entrevistadas por un presentador gracioso, no igualan el tirón mediático de la ex de un torero. Yo, que como funcionario tengo menos escrúpulos cada día, estoy también decidido a subirme a su carro de la compra. Por ello, esta mañana en clase no hacía más que darle vueltas a cómo relacionar mi línea editorial con dicho filón… y me he dado cuenta, en dicho proceso, de algo devastador: el Defensor del Menor está en contra de que Belén Esteban hable en el trabajo de su hija porque es menor de edad. Pues bien, he comprobado con espanto que todo nuestro trabajo consiste, a todas horas, en hablar de menores. Somos incapaces de pasar más de veinte minutos en el trabajo sin hacerlo. Me atrevería a decir que no tenemos ningún otro tema de conversación específico que no sea hablar de menores. Comentamos sus aptitudes y actitudes, sus circunstancias personales, sus físicos, sus relaciones sentimentales; repasamos vivencias y características de todo tipo: qué comen y cuánto duermen. En las últimas doce horas ardo tan sugestionado que, cada vez que suena el móvil, sopeso que uno de los interlocutores posibles es ese hombre tan agradable que pretende quitarme la custodia de mis tutorizados. ¿Qué será de mí si se los llevan?
Vale, lo admito, les vacilaba. No me quita el sueño que, por hablar de ellos en el trabajo, me desaparezcan de la vida los alumnos. Al fin y al cabo, y aunque mis alumnos son como hijos, estoy acostumbrado a que las promociones se precipiten (últimamente, se despeñan) al mundo laboral: estoy preparado para dejar de verlos de golpe. Imagino que el rapto sería, ni más ni menos, agilizar el proceso, por tanto. Eso sí, y ya que van a llevárselos, por culpa nuestra, como siempre y por supuesto, me gustaría que alguien me explicara antes por qué pasan tantos meses sin que nadie se acuerde de los alumnos absentistas de catorce años, por qué tantos estudiantes no disponen de medidas higiénicas suficientes, por qué las autoridades consienten que alumnos que no hablan ni una sola palabra de español sean penetrados de cuajo en nuestro sistema, sin adaptación previa, sin profesionales preparados para recibirlos… Me pregunto, como todo aquello que me indigna, por qué tiene tanta importancia hablar de una hija, de la que sabemos que toma pollo y que no siempre es visitada por su padre, habiendo tantos niños que no son alimentados correctamente, cuyos padres tienen sus condiciones mentales alteradas, o están en la cárcel, o ejercen la prostitución, sin ayuda alguna, ni para prostituirse ni para dejar de prostituirse. Me pregunto por qué en los últimos años solo he visto una vez la cara de alguien de Asuntos Sociales y su venida fue para llevarse a uno de nuestros alumnos, arrebatándole la custodia a su padre, sin prospección alguna. Decidieron que aquel hombre, que acudía todos los días a las dos y media a recoger a su hijo, dejaría de ser padre, pues es más barato dar un puñetazo encima de la mesa que tender la mano. Nadie le enseñó a mejorar.
Desconozco si la fama es tan mala para los infantes como dicen. Desconozco si es tan trágico crecer rodeado de fotógrafos. No obstante, sigo pensando que es peor que tus padres no te hagan una sola foto que recibir demasiadas. Tampoco sé si es peor que tu padre sea conocido o que nadie conozca quién es tu padre. Lo que sí tengo claro es que es absurdo que los telediarios abran con noticias de este tipo, que el circo mediático focalice nuestros desvelos en ellas, con la cantidad de barbaridades que se ven a diario en nuestras aulas, con la cantidad de gente que sí lo pasa realmente mal. Me da cierto placer imaginar juntas de evaluación en las que no podamos hablar de los alumnos, por ser menores de edad, por encontrarnos en público y sin consentimiento materno, pero me aterra estar siquiera planteándomelo. Cuando las cosas no funcionan, cuando la economía no arranca, cuando el paro sube y crece el flato, hacen falta temas de conversación para que la calle se mantenga distraída. ¿Será eso? Que quede claro. La base de la manipulación no es la mentira, sino la selección de la información que ha de ser relevante.
Vale, lo admito, les vacilaba. No me quita el sueño que, por hablar de ellos en el trabajo, me desaparezcan de la vida los alumnos. Al fin y al cabo, y aunque mis alumnos son como hijos, estoy acostumbrado a que las promociones se precipiten (últimamente, se despeñan) al mundo laboral: estoy preparado para dejar de verlos de golpe. Imagino que el rapto sería, ni más ni menos, agilizar el proceso, por tanto. Eso sí, y ya que van a llevárselos, por culpa nuestra, como siempre y por supuesto, me gustaría que alguien me explicara antes por qué pasan tantos meses sin que nadie se acuerde de los alumnos absentistas de catorce años, por qué tantos estudiantes no disponen de medidas higiénicas suficientes, por qué las autoridades consienten que alumnos que no hablan ni una sola palabra de español sean penetrados de cuajo en nuestro sistema, sin adaptación previa, sin profesionales preparados para recibirlos… Me pregunto, como todo aquello que me indigna, por qué tiene tanta importancia hablar de una hija, de la que sabemos que toma pollo y que no siempre es visitada por su padre, habiendo tantos niños que no son alimentados correctamente, cuyos padres tienen sus condiciones mentales alteradas, o están en la cárcel, o ejercen la prostitución, sin ayuda alguna, ni para prostituirse ni para dejar de prostituirse. Me pregunto por qué en los últimos años solo he visto una vez la cara de alguien de Asuntos Sociales y su venida fue para llevarse a uno de nuestros alumnos, arrebatándole la custodia a su padre, sin prospección alguna. Decidieron que aquel hombre, que acudía todos los días a las dos y media a recoger a su hijo, dejaría de ser padre, pues es más barato dar un puñetazo encima de la mesa que tender la mano. Nadie le enseñó a mejorar.
Desconozco si la fama es tan mala para los infantes como dicen. Desconozco si es tan trágico crecer rodeado de fotógrafos. No obstante, sigo pensando que es peor que tus padres no te hagan una sola foto que recibir demasiadas. Tampoco sé si es peor que tu padre sea conocido o que nadie conozca quién es tu padre. Lo que sí tengo claro es que es absurdo que los telediarios abran con noticias de este tipo, que el circo mediático focalice nuestros desvelos en ellas, con la cantidad de barbaridades que se ven a diario en nuestras aulas, con la cantidad de gente que sí lo pasa realmente mal. Me da cierto placer imaginar juntas de evaluación en las que no podamos hablar de los alumnos, por ser menores de edad, por encontrarnos en público y sin consentimiento materno, pero me aterra estar siquiera planteándomelo. Cuando las cosas no funcionan, cuando la economía no arranca, cuando el paro sube y crece el flato, hacen falta temas de conversación para que la calle se mantenga distraída. ¿Será eso? Que quede claro. La base de la manipulación no es la mentira, sino la selección de la información que ha de ser relevante.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Estic cansat (traducción al catalán)
Estic cansat de sentir dir als meus companys “Fulanet, a mi, em treballa”, però mai no em canso de batallar perquè Fulanet treballi, realment.
Estic cansat d’escoltar tothom dir que tenim massa vacances, i veure que després ells es desprenen dels seus fills i no els suporten. Això sí, no em canso de parlar amb els pares per aconseguir que estiguem junts en això, que busquem acords comuns, que provem fórmules noves per a motivar-los.
Estic cansat dels retrets de l’Administració, de les extorsions, de què ens manipulin, corrompent els nostres sindicats… No em canso de demanar als polítics que inverteixin més diner en futur, perquè fa falta, que baixin la ratio per així poder atendre millor els gitanos que no saben anglès, els immigrants que no saben espanyol, tots els nois que es perden en grups de trenta i escaig, confosos per la barreja de soroll i de droga.
Estic cansat de tenir por, de les agressions a docents, de què gravin amb el mòbil els seus actes d’indisciplina i de què no existeixi una manera eficaç de contrarrestar tant de mal.
Estic cansat de la Llei del Menor, del buit legal que produeix que tinguin les espatlles tan cobertes… però no em canso de lluitar pels drets dels nois a qui els seus pares maltracten quan tracten d’evitar que les seves mares derramin més sang. No em cansa el meu treball, em cansa no poder treballar. No em cansa portar els nois d’excursió, em cansen els retrets dels pares si algú es trenca una ungla. No em cansa cuidar-los, em cansen l’atenció excessiva, l’excés de zel: ser el dolent em cansa, perquè tracto de ser el millor de mi mateix i el millor per a ells.
Estic cansat de les crítiques per estar cansat. “Si estàs cansat, deixa-ho”, em diuen. Si estic cansat, alguna cosa falla.
Estic cansat de què ningú comprengui que si ens cansem és perquè necessitem ajuda… i no un cessament. Necessitem que algú ens cuidi una mica, tenir al nostre abast els mitjans que calen per seguir tirant endavant noves generacions, pau i vida.
Estic cansat d’extemporànies comissions de servei i, en canvi, de veure a gent que es juga la vida, per no tenir a mà els especialistes que les seves malalties requereixin, que hi hagi tant endoll per alguns, tant tracte desigual. La porta d’entrada no és democràtica.
Estic cansat dels pares rics, però no dels nens pobres.
Estic cansat del menyspreu generalitzat que sent la gent pel nostre treball, de què se sentin amb dret a tot, legitimats per a insultar-te, reprendre’t, explicar-te com es fa una classe... No em cansen els retrets, em cansa haver d’escoltar a tots aquells que em retreuen coses que són impossibles de solucionar.
No em cansa lluitar, estic cansat de lluitar contra els que no saben per què lluiten. No estic cansat d’educar, però sí de ser l’únic que educa. No em cansa donar classes, em cansa que la gent se’n vagi plorant de classe i que això es consideri un problema d’ells, del que plora, del que perd la paciència, la seva vocació, la seva gola i la seva vida.
Estic cansat de cridar, però no d’explicar. Em cansen els nois que no senten, ni escolten, no aquells que no comprenen. No estic cansat de realitzar el meu treball, estic cansat de fer tot el que no hauria de ser el meu treball: cursos inservibles, tasques de policia i política, fontaneria en els ordinadors obsolets i, si cal, quart i mig de psiquiatra, comerciant i rellotger. No em cansa tirar endavant el temari, però sí posar-lo per escrit tantes vegades.
Estic cansat de les programacions, dels informes, de tanta burocràcia. Em cansa la palmada que no arriba, que em recordin que “a l’Àfrica s’està pitjor”. Pel contrari, estimo el meu treball. Sí, estimo el meu treball. Però em desespera que les coses no siguin més fàcils, perquè si fossin més fàcils, podríem fer-ho tot millor. Em cansa que totes les setmanes hi hagi notícies dolentes i que, per desgràcia, mai no s’obrin els telenotícies amb alguna cosa bona. No em cansa construir un món millor. Però els funcionaris plorem perquè és millor sentir dolor que no sentir res. No perdo la fe. Però també perdo la fe.
PROFESOR CUYAMI
EL MUNDO d’Andalusia
26-6-2009
Estic cansat d’escoltar tothom dir que tenim massa vacances, i veure que després ells es desprenen dels seus fills i no els suporten. Això sí, no em canso de parlar amb els pares per aconseguir que estiguem junts en això, que busquem acords comuns, que provem fórmules noves per a motivar-los.
Estic cansat dels retrets de l’Administració, de les extorsions, de què ens manipulin, corrompent els nostres sindicats… No em canso de demanar als polítics que inverteixin més diner en futur, perquè fa falta, que baixin la ratio per així poder atendre millor els gitanos que no saben anglès, els immigrants que no saben espanyol, tots els nois que es perden en grups de trenta i escaig, confosos per la barreja de soroll i de droga.
Estic cansat de tenir por, de les agressions a docents, de què gravin amb el mòbil els seus actes d’indisciplina i de què no existeixi una manera eficaç de contrarrestar tant de mal.
Estic cansat de la Llei del Menor, del buit legal que produeix que tinguin les espatlles tan cobertes… però no em canso de lluitar pels drets dels nois a qui els seus pares maltracten quan tracten d’evitar que les seves mares derramin més sang. No em cansa el meu treball, em cansa no poder treballar. No em cansa portar els nois d’excursió, em cansen els retrets dels pares si algú es trenca una ungla. No em cansa cuidar-los, em cansen l’atenció excessiva, l’excés de zel: ser el dolent em cansa, perquè tracto de ser el millor de mi mateix i el millor per a ells.
Estic cansat de les crítiques per estar cansat. “Si estàs cansat, deixa-ho”, em diuen. Si estic cansat, alguna cosa falla.
Estic cansat de què ningú comprengui que si ens cansem és perquè necessitem ajuda… i no un cessament. Necessitem que algú ens cuidi una mica, tenir al nostre abast els mitjans que calen per seguir tirant endavant noves generacions, pau i vida.
Estic cansat d’extemporànies comissions de servei i, en canvi, de veure a gent que es juga la vida, per no tenir a mà els especialistes que les seves malalties requereixin, que hi hagi tant endoll per alguns, tant tracte desigual. La porta d’entrada no és democràtica.
Estic cansat dels pares rics, però no dels nens pobres.
Estic cansat del menyspreu generalitzat que sent la gent pel nostre treball, de què se sentin amb dret a tot, legitimats per a insultar-te, reprendre’t, explicar-te com es fa una classe... No em cansen els retrets, em cansa haver d’escoltar a tots aquells que em retreuen coses que són impossibles de solucionar.
No em cansa lluitar, estic cansat de lluitar contra els que no saben per què lluiten. No estic cansat d’educar, però sí de ser l’únic que educa. No em cansa donar classes, em cansa que la gent se’n vagi plorant de classe i que això es consideri un problema d’ells, del que plora, del que perd la paciència, la seva vocació, la seva gola i la seva vida.
Estic cansat de cridar, però no d’explicar. Em cansen els nois que no senten, ni escolten, no aquells que no comprenen. No estic cansat de realitzar el meu treball, estic cansat de fer tot el que no hauria de ser el meu treball: cursos inservibles, tasques de policia i política, fontaneria en els ordinadors obsolets i, si cal, quart i mig de psiquiatra, comerciant i rellotger. No em cansa tirar endavant el temari, però sí posar-lo per escrit tantes vegades.
Estic cansat de les programacions, dels informes, de tanta burocràcia. Em cansa la palmada que no arriba, que em recordin que “a l’Àfrica s’està pitjor”. Pel contrari, estimo el meu treball. Sí, estimo el meu treball. Però em desespera que les coses no siguin més fàcils, perquè si fossin més fàcils, podríem fer-ho tot millor. Em cansa que totes les setmanes hi hagi notícies dolentes i que, per desgràcia, mai no s’obrin els telenotícies amb alguna cosa bona. No em cansa construir un món millor. Però els funcionaris plorem perquè és millor sentir dolor que no sentir res. No perdo la fe. Però també perdo la fe.
PROFESOR CUYAMI
EL MUNDO d’Andalusia
26-6-2009
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Pandemia y pandemónium
“Pandemia” es, ni más ni menos, que una enfermedad que se propaga a través de muchos países. Hay un no sé qué en la citada palabra que me recuerda a “pandemónium”. “Pandemónium” es la capital imaginaria del reino infernal. “Pandemónium” es como decir “instituto”, pues es sinónimo también de lugar de confusión y de ruido extremo. Sí, eso es. ¡El juego de palabras no puede estar más a huevo! ¿Me permiten, por tanto, que a mi centro de este año lo bautice así? Desde este mismo instante trabajo en el IES Pandemónium. Y es curioso porque en el IES Pandemónium todo amenaza con convertirnos en el IES Pandemia. Lo crean o no, suena parecido, pero no es igual.
Arranca el curso y me acuerdo de la sangre de cordero sobre los dinteles de las puertas judías, para escapar así del ángel exterminador. ¿Acaso los ministros tendrán acceso a la vacuna? ¿Acaso el presidente del Gobierno no será pinchado? Se terminó la sangre y nosotros vamos a ser el cordero. La sangre no da para todos y ello hace que nos reste solo esperar a que los sicarios vengan a por nosotros. Estamos vendidos y pronto estaremos vencidos. Pronto llegarán el caos, los gritos, las fiebres de cuarenta con sus delirios incluidos. Lo primero que haré, cuando descubra que estoy infectado, será sonarme los mocos y mandarle un clínex-bomba, en una carta con membrete oficial, a los responsables de esta atrocidad. Me imagino a los cuatro o cinco inspectores y jefecillos abriendo la carta y descubriendo por de pronto, con el pañuelo usado entre sus dedos, que ya es demasiado tarde para tratar de escapar. ¡En toda la geodésica!
No pienso nombrarla. Eso sí, me apuesto un café con todos los lectores de Andalucía a que antes de enero les escribo una crónica febril. Como no la pesque, es cierto, me arruino. ¿Cuántos lectores tendré? ¿Cuántos cafés tendré que pagar si no me contagio? Es igual, me apuesto un café con todos ustedes. Y que conste que no cobramos tan bien los profesores (y más ahora que a los funcionarios nos van a congelar el sueldo), pero estoy tan seguro de que convivir con trescientos adolescentes en un cuartito cerrado me acarreará lo previsto que estoy dispuesto a jugarme mis emolumentos de varios meses. ¿Qué harían ustedes si estuviesen embarazadas? ¿Irían a trabajar poniendo en riesgo, más de lo habitual, su salud y la de sus proyectos? Si ustedes tuvieran cualquier tipo de enfermedad crónica, lo suficientemente soportable como para no ser pinchados, ¿se meterían en un aula de veinte metros cúbicos de aire? Después que nadie se nos queje si los vástagos ajenos se quedan solos, si hay epidemia de bajas. Que nadie se queje si nos plantamos, si caemos como moscas, si alargamos más las bajas de la cuenta. Lo que va a pasar se puede evitar. Va a ser caótico y católico. Cuando comencemos a faltar, será tarde. ¿Tan difícil es esperar a que lleguen las vacunas? ¿Tan duro es que la conciliación familiar se reconcilie también con las nociones más básicas de prevención en riesgos laborales?
Dar clases será más que nunca un infierno. Tú le pones un parte y el adolescente te tose en la cara y te deja en el dique seco una semana. Ya tengo en la cabeza la apocalíptica imagen de todos los chicos con sus mascarillas verdes frente a ti, en el aula. A ver quién es el guapo que descubre quién está hablando, en esas condiciones. Si escuchas un rumor y todos los labios están tapados… ¡esto se convertirá más que nunca en un enigma policial! También imagino el calorcito del plástico en las comisuras, mientras tratas de relatar cómo se descompone un polinomio. ¡El más difícil todavía se acerca! Entiendo que el personal sanitario esté por delante de todos nosotros, pero está un poco feo que ni siquiera nos hayan dado esperanzas de salir indemnes de esta. La solución de la Administración parece sencilla. Se nos pide que enfermemos escalonadamente y que lloremos poco.
Arranca el curso y me acuerdo de la sangre de cordero sobre los dinteles de las puertas judías, para escapar así del ángel exterminador. ¿Acaso los ministros tendrán acceso a la vacuna? ¿Acaso el presidente del Gobierno no será pinchado? Se terminó la sangre y nosotros vamos a ser el cordero. La sangre no da para todos y ello hace que nos reste solo esperar a que los sicarios vengan a por nosotros. Estamos vendidos y pronto estaremos vencidos. Pronto llegarán el caos, los gritos, las fiebres de cuarenta con sus delirios incluidos. Lo primero que haré, cuando descubra que estoy infectado, será sonarme los mocos y mandarle un clínex-bomba, en una carta con membrete oficial, a los responsables de esta atrocidad. Me imagino a los cuatro o cinco inspectores y jefecillos abriendo la carta y descubriendo por de pronto, con el pañuelo usado entre sus dedos, que ya es demasiado tarde para tratar de escapar. ¡En toda la geodésica!
No pienso nombrarla. Eso sí, me apuesto un café con todos los lectores de Andalucía a que antes de enero les escribo una crónica febril. Como no la pesque, es cierto, me arruino. ¿Cuántos lectores tendré? ¿Cuántos cafés tendré que pagar si no me contagio? Es igual, me apuesto un café con todos ustedes. Y que conste que no cobramos tan bien los profesores (y más ahora que a los funcionarios nos van a congelar el sueldo), pero estoy tan seguro de que convivir con trescientos adolescentes en un cuartito cerrado me acarreará lo previsto que estoy dispuesto a jugarme mis emolumentos de varios meses. ¿Qué harían ustedes si estuviesen embarazadas? ¿Irían a trabajar poniendo en riesgo, más de lo habitual, su salud y la de sus proyectos? Si ustedes tuvieran cualquier tipo de enfermedad crónica, lo suficientemente soportable como para no ser pinchados, ¿se meterían en un aula de veinte metros cúbicos de aire? Después que nadie se nos queje si los vástagos ajenos se quedan solos, si hay epidemia de bajas. Que nadie se queje si nos plantamos, si caemos como moscas, si alargamos más las bajas de la cuenta. Lo que va a pasar se puede evitar. Va a ser caótico y católico. Cuando comencemos a faltar, será tarde. ¿Tan difícil es esperar a que lleguen las vacunas? ¿Tan duro es que la conciliación familiar se reconcilie también con las nociones más básicas de prevención en riesgos laborales?
Dar clases será más que nunca un infierno. Tú le pones un parte y el adolescente te tose en la cara y te deja en el dique seco una semana. Ya tengo en la cabeza la apocalíptica imagen de todos los chicos con sus mascarillas verdes frente a ti, en el aula. A ver quién es el guapo que descubre quién está hablando, en esas condiciones. Si escuchas un rumor y todos los labios están tapados… ¡esto se convertirá más que nunca en un enigma policial! También imagino el calorcito del plástico en las comisuras, mientras tratas de relatar cómo se descompone un polinomio. ¡El más difícil todavía se acerca! Entiendo que el personal sanitario esté por delante de todos nosotros, pero está un poco feo que ni siquiera nos hayan dado esperanzas de salir indemnes de esta. La solución de la Administración parece sencilla. Se nos pide que enfermemos escalonadamente y que lloremos poco.
El dragón y el combate
No recuerdo nada. ¿Golpearía mi cabeza con la mesita de noche, tal vez? Me he despertado jadeando. La camiseta del pijama está empapada en sudor y todavía me tiemblan las manos. No sé si fue por el calor propio del inicio de septiembre o si… No huelo a alcohol, no tengo pinchazos en los brazos. No recuerdo nada, ¡en serio! He tenido una pesadilla atroz, eso sí es seguro, que espero me aporte datos sobre mi vida. Tras eso, creí ver un destello incandescente y mi visión se quedó en blanco. Pasan los minutos y algunos datos sencillos atracan a/en mi mente (el nombre de mi madre, el modelo de mi coche, el nombre de mi equipo de Hattrick…). Pero no recuerdo a qué me dedico, por más que lo intento. Poco a poco recuerdo el nombre de mis amigos y de mis familiares, el mío propio; recuerdo cómo se llama cada uno de los personajes de la última novela de Juan José Millás e incluso me parece recordar que yo solía escribir para El Mundo. Eso sí, ¡no tengo ni idea de a qué me dedico! ¿Cuál era mi profesión antes de pegarme este porrazo en la cabeza? ¿Alguien puede ayudarme?
Cada año que pasa, y ya van cuatro, logro desconectar más y mejor de mi trabajo cuando llega el verano. Por desgracia, acabo de despertarme demasiado desorientado y dudo que esto tenga arreglo. El verano me ha pasado factura. Veo los restos de un vaso roto sobre el suelo y un viejo maletín que yace junto a la cama. En el sueño se arremolinaban muchos niños gritándome insultos, ¿sería militar? ¿Guardiacivil? Me miro en el espejo y descubro que no tengo pinta de haber portado un arma en toda mi vida. Mi condición física no da para pertenecer a los cuerpos de seguridad del Estado. En el sueño todos me hablaban de julio; en el sueño, los niños del sueño, de la llegada de julio me hablaban... ¡Julio! ¿Dónde quedó esa página? Me pongo de pie de golpe. En mi habitación, en una esquina, existe un calendario presidido por las iniciales “CEP”, que nada me dicen en este instante. Alguien la arrancó de mi calendario, la página de julio, y no me di cuenta ni siquiera, de que había pasado. ¿Y qué ocurrió con la de agosto? ¿Cómo se fue? ¿Dónde queda? No lo recuerdo. Me llevo la mano al pecho y siento que me falta el aire, respiro con dificultad.
Poco a poco me voy centrando en pequeñas certezas. Yo… hablaba en público. Alguna vez me echaban cuenta, pero tengo la sensación de que mis palabras se llevaban mal con los oídos de mis receptores. Recuerdo esa tensión, sí. Todos esos ojos frente a mí, restañando y esperando un fallo. ¿Combatí en el Vietnam? Yo vivía exiliado, a más de trescientos kilómetros de la dirección que aparece en mi DNI. Eso lo he descubierto porque tenía sobre la mesa muchas facturas de gasolina, junto a una serie de cuentas realizadas a lápiz. Mi letra parece pulcra y el lápiz estaba bien afilado cuando lo utilicé. ¿Sería un portaminas? Trato de buscarlo y hallo junto a él un trozo de tiza. ¿Qué persona normal guarda tiza en un cubilete de lápices? Voy atando cabos y me asusta darme cuenta de que las tizas están gastadas… ¡No, no puede ser! ¡Eso no! ¡No puedo ser profesor! Busco posibles interpretaciones alternativas y durante unos segundos me hace feliz imaginar que quizá tengo hijos, aunque no me acuerde de ellos. Es posible que les ayudara con la Lengua, puesto que tengo dentro de un cajón un libro de texto de tercero de la ESO. Me aterra un poco que los ejercicios están realizados en los márgenes con mi propia letra. Una de dos: o soy profesor o soy un padre que está malcriando a sus hijos. Cierro los ojos y deseo con todas mis fuerzas que la interpretación correcta sea la segunda.
Y, de pronto, ocurre. Caigo de rodillas sobre el suelo. Dejo caer, en un segundo momento, mi cuerpo hacia atrás y me veo tumbado totalmente sobre el piso del piso, mirando al techo, abrumado por todo aquello en lo que llevo dos meses sin pensar. Recuerdo mi vida, recuerdo la labor que tengo por delante, la responsabilidad, la dejadez de la Junta, los gritos y las inseguridades. Recuerdo mil y una historias, mil caras que dejé indicadas, el inicio del fin, el rugido feroz del Dragón, frente a una nueva apocalipsis. Era profesor. ¿Lo seguiré siendo?
Cada año que pasa, y ya van cuatro, logro desconectar más y mejor de mi trabajo cuando llega el verano. Por desgracia, acabo de despertarme demasiado desorientado y dudo que esto tenga arreglo. El verano me ha pasado factura. Veo los restos de un vaso roto sobre el suelo y un viejo maletín que yace junto a la cama. En el sueño se arremolinaban muchos niños gritándome insultos, ¿sería militar? ¿Guardiacivil? Me miro en el espejo y descubro que no tengo pinta de haber portado un arma en toda mi vida. Mi condición física no da para pertenecer a los cuerpos de seguridad del Estado. En el sueño todos me hablaban de julio; en el sueño, los niños del sueño, de la llegada de julio me hablaban... ¡Julio! ¿Dónde quedó esa página? Me pongo de pie de golpe. En mi habitación, en una esquina, existe un calendario presidido por las iniciales “CEP”, que nada me dicen en este instante. Alguien la arrancó de mi calendario, la página de julio, y no me di cuenta ni siquiera, de que había pasado. ¿Y qué ocurrió con la de agosto? ¿Cómo se fue? ¿Dónde queda? No lo recuerdo. Me llevo la mano al pecho y siento que me falta el aire, respiro con dificultad.
Poco a poco me voy centrando en pequeñas certezas. Yo… hablaba en público. Alguna vez me echaban cuenta, pero tengo la sensación de que mis palabras se llevaban mal con los oídos de mis receptores. Recuerdo esa tensión, sí. Todos esos ojos frente a mí, restañando y esperando un fallo. ¿Combatí en el Vietnam? Yo vivía exiliado, a más de trescientos kilómetros de la dirección que aparece en mi DNI. Eso lo he descubierto porque tenía sobre la mesa muchas facturas de gasolina, junto a una serie de cuentas realizadas a lápiz. Mi letra parece pulcra y el lápiz estaba bien afilado cuando lo utilicé. ¿Sería un portaminas? Trato de buscarlo y hallo junto a él un trozo de tiza. ¿Qué persona normal guarda tiza en un cubilete de lápices? Voy atando cabos y me asusta darme cuenta de que las tizas están gastadas… ¡No, no puede ser! ¡Eso no! ¡No puedo ser profesor! Busco posibles interpretaciones alternativas y durante unos segundos me hace feliz imaginar que quizá tengo hijos, aunque no me acuerde de ellos. Es posible que les ayudara con la Lengua, puesto que tengo dentro de un cajón un libro de texto de tercero de la ESO. Me aterra un poco que los ejercicios están realizados en los márgenes con mi propia letra. Una de dos: o soy profesor o soy un padre que está malcriando a sus hijos. Cierro los ojos y deseo con todas mis fuerzas que la interpretación correcta sea la segunda.
Y, de pronto, ocurre. Caigo de rodillas sobre el suelo. Dejo caer, en un segundo momento, mi cuerpo hacia atrás y me veo tumbado totalmente sobre el piso del piso, mirando al techo, abrumado por todo aquello en lo que llevo dos meses sin pensar. Recuerdo mi vida, recuerdo la labor que tengo por delante, la responsabilidad, la dejadez de la Junta, los gritos y las inseguridades. Recuerdo mil y una historias, mil caras que dejé indicadas, el inicio del fin, el rugido feroz del Dragón, frente a una nueva apocalipsis. Era profesor. ¿Lo seguiré siendo?
viernes, 26 de junio de 2009
Fin de curso
Pido disculpas a mis cuatro o cinco lectores por haber pasado algún tiempo desconectado de este blog (de golpe he colgado varios textos). He seguido publicando columnas en EL MUNDO-Andalucía, aunque la crisis financiera ha hecho que la periodicidad haya decrecido un poco. Pese a todo, me han comunicado que el próximo curso volverán a contar con mis servicios y, por tanto, también seguiré colgando columnas a través de este medio. ¡No me han despedido, ni nada parecido! Simplemente he estado bastante liado y no he podido dedicarle a esto los minutillos que requiere.
Muchas gracias a todos por seguirme... ¡y feliz verano! Nunca es tarde para cambiar el mundo.
Muchas gracias a todos por seguirme... ¡y feliz verano! Nunca es tarde para cambiar el mundo.
Estoy cansado
Estoy cansado de escucharle decir a mis compañeros “Fulanito a mí me trabaja”, pero jamás me canso de pelear para que Fulanito trabaje, realmente. Estoy cansado de escucharle a todo el mundo decir que tenemos demasiadas vacaciones, y que luego ellos se desprendan de sus hijos, y no los soporten. Eso sí, no me canso de hablar con los padres para conseguir que estemos juntos en esto, que busquemos acuerdos comunes, que probemos fórmulas nuevas para motivarlos. Estoy cansado de los reproches de la Administración, de las extorsiones, de que nos manipulen, corrompiendo a nuestros sindicatos… No me canso de pedir a los políticos que inviertan más dinero en futuro, porque hace falta, que bajen la ratio para así poder atender mejor a los gitanos que no saben inglés, a los inmigrantes que no saben español, a todos los chicos que se pierden en grupos de treinta y pico, confundidos por la mezcla de ruido y de droga.
Estoy cansado de sentir miedo, de las agresiones a docentes, de que graben con el móvil sus actos de indisciplina y de que no exista una forma eficaz de contrarrestar tanto daño. Estoy cansado de la Ley del Menor, del vacío legal que produce que tengan las espaldas tan cubiertas… pero no me canso de luchar por los derechos de los chicos a quienes sus padres maltratan cuando tratan de evitar que sus madres derramen más sangre. No me cansa mi trabajo, me cansa no poder trabajar. No me cansa llevar a los chicos de excursión, me cansan los reproches de los padres si alguno se rompe una uña. No me cansa cuidarlos, me cansan los cuidados excesivos, el exceso de celo: ser el malo me cansa, pues trato de ser lo mejor de mí mismo y el mejor para ellos. Estoy cansado de las críticas por estar cansado. “Si estás cansado, déjalo”, me dicen. Si estoy cansado, algo falla. Estoy cansado de que nadie comprenda que si nos cansamos es porque necesitamos ayuda… y no un cese. Necesitamos que alguien nos cuide un poco, tener a nuestro alcance los medios que hacen falta para seguir sacando adelante nuevas generaciones, paz y vida.
Estoy cansado de extemporáneas comisiones de servicio y, en cambio, de ver a gente que se juega la vida, por no tener a mano a los especialistas que sus enfermedades requieran, que haya tanto enchufe para algunos, tanto trato desigual. La puerta de entrada no es democrática. Estoy cansado de los padres ricos, pero no de los niños pobres. Estoy cansado del desprecio generalizado que siente la gente por nuestro trabajo, de que se sientan con derecho a todo, legitimados para insultarte, reprenderte, explicarte cómo se da una clase... No me cansan los reproches, me cansa tener que escuchar a todos aquellos que me reprochan cosas que son imposibles de solucionar. No me cansa luchar, estoy cansado de luchar contra los que no saben por qué luchan. No estoy cansado de educar, pero sí de ser el único que educa. No me cansa dar clases, me cansa que la gente se vaya llorando de clase y que eso se considere un problema de ellos, del que llora, del que pierde la paciencia, su vocación, su garganta y su vida.
Estoy cansado de gritar, pero no de explicar. Me cansan los chicos que no oyen, ni escuchan, no aquellos que no comprenden. No estoy cansado de realizar mi trabajo, estoy cansado de hacer todo lo que no debería ser mi trabajo: cursos inservibles, labores de policía y política, fontanería en los ordenadores obsoletos y, si se tercia, cuarto y medio de psiquiatra, comerciante y relojero. No me cansa sacar adelante el temario, pero sí ponerlo por escrito tantas veces. Estoy cansado de las programaciones, de los informes, de tanta burocracia. Me cansa la palmada que no llega, que me recuerden que “en África se está peor”. Por el contrario, amo mi trabajo. Sí, amo mi trabajo. Pero me desespera que las cosas no sean más fáciles, porque si fueran más fáciles, podríamos hacerlo todo mejor. Me cansa que todas las semanas haya noticias malas y que, por desgracia, jamás abramos los telediarios por algo bueno. No me cansa construir un mundo mejor. Pero los funcionarios lloramos porque es mejor sentir dolor que no sentir nada. No pierdo la fe. Pero también pierdo la fe.
Estoy cansado de sentir miedo, de las agresiones a docentes, de que graben con el móvil sus actos de indisciplina y de que no exista una forma eficaz de contrarrestar tanto daño. Estoy cansado de la Ley del Menor, del vacío legal que produce que tengan las espaldas tan cubiertas… pero no me canso de luchar por los derechos de los chicos a quienes sus padres maltratan cuando tratan de evitar que sus madres derramen más sangre. No me cansa mi trabajo, me cansa no poder trabajar. No me cansa llevar a los chicos de excursión, me cansan los reproches de los padres si alguno se rompe una uña. No me cansa cuidarlos, me cansan los cuidados excesivos, el exceso de celo: ser el malo me cansa, pues trato de ser lo mejor de mí mismo y el mejor para ellos. Estoy cansado de las críticas por estar cansado. “Si estás cansado, déjalo”, me dicen. Si estoy cansado, algo falla. Estoy cansado de que nadie comprenda que si nos cansamos es porque necesitamos ayuda… y no un cese. Necesitamos que alguien nos cuide un poco, tener a nuestro alcance los medios que hacen falta para seguir sacando adelante nuevas generaciones, paz y vida.
Estoy cansado de extemporáneas comisiones de servicio y, en cambio, de ver a gente que se juega la vida, por no tener a mano a los especialistas que sus enfermedades requieran, que haya tanto enchufe para algunos, tanto trato desigual. La puerta de entrada no es democrática. Estoy cansado de los padres ricos, pero no de los niños pobres. Estoy cansado del desprecio generalizado que siente la gente por nuestro trabajo, de que se sientan con derecho a todo, legitimados para insultarte, reprenderte, explicarte cómo se da una clase... No me cansan los reproches, me cansa tener que escuchar a todos aquellos que me reprochan cosas que son imposibles de solucionar. No me cansa luchar, estoy cansado de luchar contra los que no saben por qué luchan. No estoy cansado de educar, pero sí de ser el único que educa. No me cansa dar clases, me cansa que la gente se vaya llorando de clase y que eso se considere un problema de ellos, del que llora, del que pierde la paciencia, su vocación, su garganta y su vida.
Estoy cansado de gritar, pero no de explicar. Me cansan los chicos que no oyen, ni escuchan, no aquellos que no comprenden. No estoy cansado de realizar mi trabajo, estoy cansado de hacer todo lo que no debería ser mi trabajo: cursos inservibles, labores de policía y política, fontanería en los ordenadores obsoletos y, si se tercia, cuarto y medio de psiquiatra, comerciante y relojero. No me cansa sacar adelante el temario, pero sí ponerlo por escrito tantas veces. Estoy cansado de las programaciones, de los informes, de tanta burocracia. Me cansa la palmada que no llega, que me recuerden que “en África se está peor”. Por el contrario, amo mi trabajo. Sí, amo mi trabajo. Pero me desespera que las cosas no sean más fáciles, porque si fueran más fáciles, podríamos hacerlo todo mejor. Me cansa que todas las semanas haya noticias malas y que, por desgracia, jamás abramos los telediarios por algo bueno. No me cansa construir un mundo mejor. Pero los funcionarios lloramos porque es mejor sentir dolor que no sentir nada. No pierdo la fe. Pero también pierdo la fe.
El pacto del Yoni
Salgo a desayunar como cada mañana. En esta ocasión, Josico está de pie, tomándose su café, ojeando el Marca del día anterior. Por azares de la vida, tan lejos de nuestra tierra, hemos ido a coincidir un bético y un sevillista, en tierra extraña. Nos conocimos por casualidad, haciendo patria, con los lugareños, discutiendo de fútbol. Él me aparca todas las mañanas su Seat León bajo mi bloque y apunta hacia mí una bandera pirata, del equipo ese suyo al que tanta grima le tengo. Todavía recuerdo la mañana en que charlamos por vez primera. “Tío, ¡no me puedo creer que haya otro sevillano tan lejos de nuestra ciudad! ¡Somos una plaga! Pero… ¡tú encima te quedas definitivo! ¡Estás colgado! ¡Tú sí que tienes un problema!” El caso es que Josico se está convirtiendo en mi colega. El exilio es así: él conoce cosas de mí que nadie intuye y yo descubrí con solo mirarlo a los ojos que está liado con una de sus compañeras de curro. “Todo lo que yo sé es lo que tú sabes, y lo que yo sé, lo aprendiste tú también de niño: ligamos igual porque somos del mismo lugar”. Y no digo que no.
“Oye, Cuyami, ¡os vais a cagar! En serio, ¡os vais a cagar!” No me gusta que se metan en mis hábitos excretores, pero (con todo y con eso) le pregunto el motivo que legitima tal afirmación. “Os va a llegar un sexto que es terrible… ¡En serio, jamás vi un sexto tan malo!” Se me olvidó comentar antes que Josico es maestro de Educación Física e imparte clases en el colegio del pueblo. Sus actuales pupilos son mi porvenir. “No será para tanto, macho. He oído a cientos de maestros hablando de sus niños así… ¡y después nunca es para tanto! No trates de asustarme porque, a estas alturas de mi vida, ya me las sé todas. Me preocupa mucho más el descenso del Betis…”. Llega ahora el momento en el que Josico comienza a hablarme del Yoni. Es el maleante más prometedor que ha salido del Colegio en varias décadas. Haciendo caso de las palabras de Josico, vamos a morir todos. Según él, es el líder de una generación galáctica. En otro centro, recuerdo, estuvimos dos años escuchando hablar de un tal Chulín. Se le esperó tanto que, el día que pisó el Instituto al fin, a punto estuve de pedirle un autógrafo. A decir verdad, no andaba mal dotado de maldad. No levantaba más de cuarta y media del suelo, pero no necesitaba envergadura física para enseñarte el culo a las limpiadoras, para amenazar con armas a los padres, para acosar a las chicas.
“¿Y el tal Yoni ese tiene su edad?”, le pregunto, con la esperanza de que me diga que va a repetir. “Cuyami, ¡parece que te has caído de un guindo! ¡Cómo se nota que eres del equipo que eres! Vamos a ver: con los alumnos de estas características se establece un pacto secreto entre los maestros para que no repitan nunca. Yoni no sabe leer y va a pasar curso. Si repiten, nos los tenemos que quedar nosotros y tampoco eso hará que mejoren demasiado. Cuanto antes pasen a la ESO, antes nos dejarán en paz. Los que repiten son los más buenecitos, hombre, no los que tienen mal comportamiento. Cuando llegan a Primero pasan a ser vuestro problema y no queremos que se hagan poderosos en nuestras manos. El ser humano se vuelve letal con trece años… y nosotros no queremos tentar la suerte. Por lo tanto, solo me queda decirte una cosa… ¡ahí lo llevas! Si te digo la verdad, yo lo haría repetir, porque el año que viene no voy a estar en este pueblo y porque el crío se lo merece, pero mis compañeros sí estarán y ellos no quieren tener más raciones de Yoni. Pensando en ellos, el Yoni va a sacar una buena nota en Educación Física. Al fin y al cabo, en meterse en peleas sí es realmente bueno… y el boxeo es deporte olímpico, ¿no?”.
Me imagino ya a su madre. La tendré frente a mí y me mirará con ternura: “mi Yoni es muy inteligente, jamás repitió en el Colegio, y los maestros no tenían quejas de él”. Su pobre madre pensará que no lo motivamos de forma adecuada, que le tomamos manía. ¡Será todo un reto convencerla de lo contrario! En fin, lo único cierto es que las nuevas generaciones pisan fuerte, sea el Yoni para tanto o no. Sistemáticamente los alumnos mayores miran a sus predecesores con susto y pasmo: “nosotros no éramos tan malos”, te dicen. No obstante, la memoria de los peces y la de los seres humanos no difieren tanto.
“Oye, Cuyami, ¡os vais a cagar! En serio, ¡os vais a cagar!” No me gusta que se metan en mis hábitos excretores, pero (con todo y con eso) le pregunto el motivo que legitima tal afirmación. “Os va a llegar un sexto que es terrible… ¡En serio, jamás vi un sexto tan malo!” Se me olvidó comentar antes que Josico es maestro de Educación Física e imparte clases en el colegio del pueblo. Sus actuales pupilos son mi porvenir. “No será para tanto, macho. He oído a cientos de maestros hablando de sus niños así… ¡y después nunca es para tanto! No trates de asustarme porque, a estas alturas de mi vida, ya me las sé todas. Me preocupa mucho más el descenso del Betis…”. Llega ahora el momento en el que Josico comienza a hablarme del Yoni. Es el maleante más prometedor que ha salido del Colegio en varias décadas. Haciendo caso de las palabras de Josico, vamos a morir todos. Según él, es el líder de una generación galáctica. En otro centro, recuerdo, estuvimos dos años escuchando hablar de un tal Chulín. Se le esperó tanto que, el día que pisó el Instituto al fin, a punto estuve de pedirle un autógrafo. A decir verdad, no andaba mal dotado de maldad. No levantaba más de cuarta y media del suelo, pero no necesitaba envergadura física para enseñarte el culo a las limpiadoras, para amenazar con armas a los padres, para acosar a las chicas.
“¿Y el tal Yoni ese tiene su edad?”, le pregunto, con la esperanza de que me diga que va a repetir. “Cuyami, ¡parece que te has caído de un guindo! ¡Cómo se nota que eres del equipo que eres! Vamos a ver: con los alumnos de estas características se establece un pacto secreto entre los maestros para que no repitan nunca. Yoni no sabe leer y va a pasar curso. Si repiten, nos los tenemos que quedar nosotros y tampoco eso hará que mejoren demasiado. Cuanto antes pasen a la ESO, antes nos dejarán en paz. Los que repiten son los más buenecitos, hombre, no los que tienen mal comportamiento. Cuando llegan a Primero pasan a ser vuestro problema y no queremos que se hagan poderosos en nuestras manos. El ser humano se vuelve letal con trece años… y nosotros no queremos tentar la suerte. Por lo tanto, solo me queda decirte una cosa… ¡ahí lo llevas! Si te digo la verdad, yo lo haría repetir, porque el año que viene no voy a estar en este pueblo y porque el crío se lo merece, pero mis compañeros sí estarán y ellos no quieren tener más raciones de Yoni. Pensando en ellos, el Yoni va a sacar una buena nota en Educación Física. Al fin y al cabo, en meterse en peleas sí es realmente bueno… y el boxeo es deporte olímpico, ¿no?”.
Me imagino ya a su madre. La tendré frente a mí y me mirará con ternura: “mi Yoni es muy inteligente, jamás repitió en el Colegio, y los maestros no tenían quejas de él”. Su pobre madre pensará que no lo motivamos de forma adecuada, que le tomamos manía. ¡Será todo un reto convencerla de lo contrario! En fin, lo único cierto es que las nuevas generaciones pisan fuerte, sea el Yoni para tanto o no. Sistemáticamente los alumnos mayores miran a sus predecesores con susto y pasmo: “nosotros no éramos tan malos”, te dicen. No obstante, la memoria de los peces y la de los seres humanos no difieren tanto.
¡Bienvenidos al Norte!
Pueblo pequeño. Montaña. Mil habitantes. Treinta profesores. Tres lugares para comer. Tomo la frase de una película francesa llamada “Bienvenidos al Norte”. Si les gusta esta columna, vean la película. “Un proverbio local dice que aquí se llora solo dos veces. Los forasteros lloran al llegar… y también el día de su partida”. Los profesores están condenados a encontrarse en el Súper, a tomar café juntos, a estremecerse bajo las mismas campanadas del reloj de la torre. El pueblo tiene cuatro calles. El clima etílico del lugar es más que considerable y, reza la leyenda, el pueblo ha roto matrimonios, construido hijos putativos, de allí han salido amistades indelebles y algún que otro labio roto en alguna reyerta tabernaria a cuenta de la profesora de Historia. El trabajo no acaba jamás, porque jamás dejan de estar de servicio. En el Restaurante o en el Mercado, todos conocen quién es docente y han de responder dudas a los padres o tomar cañas con los alumnos. Aquellos que somos de ciudad nos encontraríamos ante la difícil tesitura de tener el establecimiento franquiciado más próximo a tres cuartos de suerte, si la carretera permanece abierta. Otro mundo.
Esta columna es un pretexto para enumerar las fases que todo profesor vive al acometer el exilio. Si alguno de ustedes se encuentra en algún lugar semejante, no teman: todo acaba bien. Es posible que se den a la bebida. Por lo demás, no hay riesgos. Reitero, voy con las fases. Notarán que se parecen bastante al proceso de duelo que experimenta una persona que siente que va a morir. Me he inspirado ahí, lo admito, pero goza de especificidad plena. A saber. 1) Negación: el sujeto manifiesta un rechazo irracional. Llora. No atiende a razones. Está abrumado por la cantidad de curvas y se limita a señalar que aquello no puede estar ocurriendo. “No, ¡yo en este instituto no me quedo! ¡No puede ser! ¡Tiene que haber un error!”. 2) Negociación: pasado el enajenamiento inicial, busca alternativas que son bastante inviables. “Mi sindicato me concederá una comisión de servicios. Al fin y al cabo… ¡me duele muchísimo el dedo gordo del pie! Y si no… ¡puedo darme de baja! Soy funcionario y tengo un primo que lleva cafés en Torretriana. ¿Y si presto favores sexuales a…?”. 3) Parálisis: el docente queda a merced de su destino. Se deja ir y comienza a plantearse de veras lo que le espera. Es en este momento cuando mira los horarios de los autobuses, comprueba cuáles son las carreteras menos malas, busca alojamiento sin perder en ningún momento el rictus de muerto en vida. “Bueno, es lo que hay, ¿no? Voy a ir preparando las cosas. Aquí puedo aprovechar para estudiar, aprender yoga, hacer batuka, leerme al fin Fortunata y Jacinta…”. 4) Aceptación: se culmina el proceso con la madurez emocional propia de un superhéroe. Se pierde el miedo y se descubre que todo lugar tiene ventajas y desventajas. Los pueblos medio aislados tienen alumnado cálido y de calidad y el modo de vida enaltece el beatus ille. En esta fase, todo te ilusiona. “Ya que tengo que quedarme… ¡al menos me lo voy a pasar bien! Esto podré contárselo a mis nietos”. 5) Nirvana: olvidas que existe un “antes de”, entras en comunión con el medio y re-actualizas tu lectura de Heidi. Conoces gente, sales, le coges miedo a marcharte. “¡Guou! No sé si es porque estoy demasiado borracha… ¡pero os quiero tanto!”. 6) Plenitud: el bar es tu bar. Asumes que este lugar siempre va a pertenecerte. Comienzas a recitar los nombres de (todas) las calles. Ya no todo es perfecto, claro. Añoras momentos del comienzo y desearías volver atrás. Ha dejado de ser un sueño, pero… ¿dónde estarías mejor? “Estoy pensando en volver a pedirlo. Está lejos de todo, pero se vive bastante bien y terminas por acostumbrarte a las curvas de la carretera… y a todo lo demás”. 7) Despedida: aunque siempre has dicho que no sería así, lloras y con ello se cierra el círculo. Se hace realidad en ti el proverbio y descubres que has sido feliz. Ítaca aguarda. Penélope espera. A Calipso… ¿dónde la dejamos?
Cuando comuniqué a mi editor mi destino, me dijo: “profesor Cuyami, ¡le han descubierto!, ese lugar es lo más parecido a las Islas Canarias (para Unamuno) que tiene la Junta de Andalucía”. Honestamente, no creo que haya relación entre lo que escribo (y pienso) y mi emplazamiento actual. Eso sí, si algún inspector despechado tiene algo que ver en todo esto, quiero darle las gracias de forma sincera. Estoy en la fase de plenitud. Aunque mi emplazamiento no es idéntico al caso descrito, este sitio es lo mejor que me ha pasado laboralmente en toda mi vida. Los alumnos son buenos y el aire puro de la costa va a hacer que me vuelva místico perdido. Lloraré el día que me marche… porque soy feliz.
Esta columna es un pretexto para enumerar las fases que todo profesor vive al acometer el exilio. Si alguno de ustedes se encuentra en algún lugar semejante, no teman: todo acaba bien. Es posible que se den a la bebida. Por lo demás, no hay riesgos. Reitero, voy con las fases. Notarán que se parecen bastante al proceso de duelo que experimenta una persona que siente que va a morir. Me he inspirado ahí, lo admito, pero goza de especificidad plena. A saber. 1) Negación: el sujeto manifiesta un rechazo irracional. Llora. No atiende a razones. Está abrumado por la cantidad de curvas y se limita a señalar que aquello no puede estar ocurriendo. “No, ¡yo en este instituto no me quedo! ¡No puede ser! ¡Tiene que haber un error!”. 2) Negociación: pasado el enajenamiento inicial, busca alternativas que son bastante inviables. “Mi sindicato me concederá una comisión de servicios. Al fin y al cabo… ¡me duele muchísimo el dedo gordo del pie! Y si no… ¡puedo darme de baja! Soy funcionario y tengo un primo que lleva cafés en Torretriana. ¿Y si presto favores sexuales a…?”. 3) Parálisis: el docente queda a merced de su destino. Se deja ir y comienza a plantearse de veras lo que le espera. Es en este momento cuando mira los horarios de los autobuses, comprueba cuáles son las carreteras menos malas, busca alojamiento sin perder en ningún momento el rictus de muerto en vida. “Bueno, es lo que hay, ¿no? Voy a ir preparando las cosas. Aquí puedo aprovechar para estudiar, aprender yoga, hacer batuka, leerme al fin Fortunata y Jacinta…”. 4) Aceptación: se culmina el proceso con la madurez emocional propia de un superhéroe. Se pierde el miedo y se descubre que todo lugar tiene ventajas y desventajas. Los pueblos medio aislados tienen alumnado cálido y de calidad y el modo de vida enaltece el beatus ille. En esta fase, todo te ilusiona. “Ya que tengo que quedarme… ¡al menos me lo voy a pasar bien! Esto podré contárselo a mis nietos”. 5) Nirvana: olvidas que existe un “antes de”, entras en comunión con el medio y re-actualizas tu lectura de Heidi. Conoces gente, sales, le coges miedo a marcharte. “¡Guou! No sé si es porque estoy demasiado borracha… ¡pero os quiero tanto!”. 6) Plenitud: el bar es tu bar. Asumes que este lugar siempre va a pertenecerte. Comienzas a recitar los nombres de (todas) las calles. Ya no todo es perfecto, claro. Añoras momentos del comienzo y desearías volver atrás. Ha dejado de ser un sueño, pero… ¿dónde estarías mejor? “Estoy pensando en volver a pedirlo. Está lejos de todo, pero se vive bastante bien y terminas por acostumbrarte a las curvas de la carretera… y a todo lo demás”. 7) Despedida: aunque siempre has dicho que no sería así, lloras y con ello se cierra el círculo. Se hace realidad en ti el proverbio y descubres que has sido feliz. Ítaca aguarda. Penélope espera. A Calipso… ¿dónde la dejamos?
Cuando comuniqué a mi editor mi destino, me dijo: “profesor Cuyami, ¡le han descubierto!, ese lugar es lo más parecido a las Islas Canarias (para Unamuno) que tiene la Junta de Andalucía”. Honestamente, no creo que haya relación entre lo que escribo (y pienso) y mi emplazamiento actual. Eso sí, si algún inspector despechado tiene algo que ver en todo esto, quiero darle las gracias de forma sincera. Estoy en la fase de plenitud. Aunque mi emplazamiento no es idéntico al caso descrito, este sitio es lo mejor que me ha pasado laboralmente en toda mi vida. Los alumnos son buenos y el aire puro de la costa va a hacer que me vuelva místico perdido. Lloraré el día que me marche… porque soy feliz.
Redes sociales
Sucedió de forma inocente. Siempre he pensado que los grandes descubrimientos siempre poseen esa misma ingenuidad: una manzana que pega sobre la cabeza, una cueva que creíamos vacía no lo está, juntamos elementos que parecían peleados… ¡y ocurre algo! Estábamos de excursión en el campo. Una de las chicas del grupo dijo que las fotografías que estaban haciendo iban a colgarlas en el Tuenti y yo, que siempre he sido muy cotilla, me interesé por ello. En mi cabeza entraba lo siguiente “por fin una forma de conseguir material para la revista del IES, sin tener que solicitárselo a los autores quince o dieciséis veces”. Así me veis, introduciendo “tuenti” en Google, con la esperanza de que me saliera algo más accesible de lo que, en realidad, encontré. Se trata de una red social, semejante al Facebook, que cuenta con más usuarios en España que nadie, pero que exige una invitación para poder acceder. Rebusqué en mi memoria y en mi agenda hasta encontrar a alguien lo suficientemente adolescente como para invitarme. ¿Quién podría estar dado de alta en el tal Tuenti? Lo hallé y, en unos pocos minutos, pude acceder por fin a un nuevo mundo.
Se trata de un universo paralelo. El ochenta por ciento de mis alumnos tienen una cuenta. La mayoría de ellos, de hecho, entran a diario. A través del Tuenti quedan, se comunican, preguntan cosas del Instituto y, sobre todo, ligan. Es cómodo porque te permite recordar cumpleaños (o, mejor dicho, te evita tener que recordarlos). Además de eso, sin necesidad de rebuscar demasiado, te permite encontrar a personas que creíamos perdidas, que yacen a los pies de algún pedestal de la memoria. Le hago caso a Sabina y me creo eso de que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, pero lo cierto es que Tuenti aporta rincones abiertos a la melancolía: te permite recuperar bienhechores, descubrir que siempre somos generosos cuando imaginamos dónde estarán nuestros ex, aquellas personas que nos han hecho tanto daño o todo lo demás.
Ah, se me olvidaba el tema de la columna: Tuenti es, ante todo, un descomunal álbum de fotografías. De hecho, su gracia principal estriba en el morbo de ver situaciones sin ser vistos, vivencias, novios, viajes… de otros. Existen miles de posados veraniegos, instantáneas de borrachera, vestidos imposibles de comunión. Tuenti nos permite rastrear y discernir si nos gustan los amigos de alguien, cuánto bebe cada cuál, las compañías, los enemigos… de nuestros hijos y amigos. Solo existe un pequeño problema: nadie controla qué fotografías tienen la anuencia de los interesados y tampoco si son adecuados los comentarios que el resto de mortales aporta sobre estas. Regreso a lo que nos ocupa, que hoy estoy un poco disperso: ¿se imaginan cuántas fotografías de docentes, tomadas en clase, y sin consentimiento, se encuentran en las redes sociales? ¿Cuántos profesores están, sin saber que están? Yo estoy, se lo aseguro. Usted puede que esté, también. ¿Se imaginan la índole de los comentarios de los estudiantes que las cuelgan? Probablemente fallan. Si les soy sincero, la línea general no es demasiado faltona. Hablan de nosotros, pero no hablan demasiado mal de nosotros. No obstante, el otro día me llegó un comunicado firmado por el claustro de un IES. Se trataba de un centro en el que los profesores protestaban porque estaban cansados de tener que aguantarse con esta práctica, hartos de ser difamados en Tuenti, asqueados de que se cuestione la identidad sexual de la gente, la profesionalidad, las conductas higiénicas o alcohólicas de todos los docentes. Sin defensa posible y mediante fotos que vulneran el derecho a la privacidad.
Con todo y con eso, quiero quedarme con la parte positiva. Os recomiendo Tuenti. Daos de alta y mimetizaros con el entorno: volveréis a los veinte años o a los años veinte. La experiencia vale la pena porque te permite conocer mejor a tus alumnos, porque ayuda a ganarte su respeto, porque así podrás felicitarlos y preguntarles si han tenido un mal día, cuando tengas problemas con ellos. Así descubres sus inquietudes, sus problemas, así te haces con su lenguaje, con sus roles; así te será más fácil comunicarte con ellos en todos los sentidos. Es una herramienta didáctica muy útil (sé que posiblemente nadie me creerá) y, si este argumento no te convence, seguro que sí valdrá otro bastante más egoísta. Si tú estás, no te critican. Son adolescentes, pero no son tontos. Si molas, molarás más. Si no molas, tu presencia en Tuenti les cortará el rollo. ¡Y eso supone el fin del problema!
Se trata de un universo paralelo. El ochenta por ciento de mis alumnos tienen una cuenta. La mayoría de ellos, de hecho, entran a diario. A través del Tuenti quedan, se comunican, preguntan cosas del Instituto y, sobre todo, ligan. Es cómodo porque te permite recordar cumpleaños (o, mejor dicho, te evita tener que recordarlos). Además de eso, sin necesidad de rebuscar demasiado, te permite encontrar a personas que creíamos perdidas, que yacen a los pies de algún pedestal de la memoria. Le hago caso a Sabina y me creo eso de que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, pero lo cierto es que Tuenti aporta rincones abiertos a la melancolía: te permite recuperar bienhechores, descubrir que siempre somos generosos cuando imaginamos dónde estarán nuestros ex, aquellas personas que nos han hecho tanto daño o todo lo demás.
Ah, se me olvidaba el tema de la columna: Tuenti es, ante todo, un descomunal álbum de fotografías. De hecho, su gracia principal estriba en el morbo de ver situaciones sin ser vistos, vivencias, novios, viajes… de otros. Existen miles de posados veraniegos, instantáneas de borrachera, vestidos imposibles de comunión. Tuenti nos permite rastrear y discernir si nos gustan los amigos de alguien, cuánto bebe cada cuál, las compañías, los enemigos… de nuestros hijos y amigos. Solo existe un pequeño problema: nadie controla qué fotografías tienen la anuencia de los interesados y tampoco si son adecuados los comentarios que el resto de mortales aporta sobre estas. Regreso a lo que nos ocupa, que hoy estoy un poco disperso: ¿se imaginan cuántas fotografías de docentes, tomadas en clase, y sin consentimiento, se encuentran en las redes sociales? ¿Cuántos profesores están, sin saber que están? Yo estoy, se lo aseguro. Usted puede que esté, también. ¿Se imaginan la índole de los comentarios de los estudiantes que las cuelgan? Probablemente fallan. Si les soy sincero, la línea general no es demasiado faltona. Hablan de nosotros, pero no hablan demasiado mal de nosotros. No obstante, el otro día me llegó un comunicado firmado por el claustro de un IES. Se trataba de un centro en el que los profesores protestaban porque estaban cansados de tener que aguantarse con esta práctica, hartos de ser difamados en Tuenti, asqueados de que se cuestione la identidad sexual de la gente, la profesionalidad, las conductas higiénicas o alcohólicas de todos los docentes. Sin defensa posible y mediante fotos que vulneran el derecho a la privacidad.
Con todo y con eso, quiero quedarme con la parte positiva. Os recomiendo Tuenti. Daos de alta y mimetizaros con el entorno: volveréis a los veinte años o a los años veinte. La experiencia vale la pena porque te permite conocer mejor a tus alumnos, porque ayuda a ganarte su respeto, porque así podrás felicitarlos y preguntarles si han tenido un mal día, cuando tengas problemas con ellos. Así descubres sus inquietudes, sus problemas, así te haces con su lenguaje, con sus roles; así te será más fácil comunicarte con ellos en todos los sentidos. Es una herramienta didáctica muy útil (sé que posiblemente nadie me creerá) y, si este argumento no te convence, seguro que sí valdrá otro bastante más egoísta. Si tú estás, no te critican. Son adolescentes, pero no son tontos. Si molas, molarás más. Si no molas, tu presencia en Tuenti les cortará el rollo. ¡Y eso supone el fin del problema!
La bolsa o la vida
Recuerdo aquella escena milenaria, tomada de aquella película milenaria, en la que una cámara enfocaba el vuelo inconstante de una pequeña bolsa de plástico. Subía y bajaba con facilidad, inculcada en sus virajes, por rachas desiguales de viento. Eso es la belleza, como reza parte de su título. Antes bien, he dejado de ver belleza en eso. Hace meses que surgió el rumor: las bolsas de interinos estaban paradas. A esto le sumamos que en Andalucía no es posible saber el orden exacto de los presentes. Solo se revela quién es el primero que ocupa el escalafón y tu puesto exacto, pero nunca la lista completa. Hablo de las bolsas de interinos, por si no se nota, de las cuales salen los profesores que realizan las sustituciones para reemplazar a los caídos en acto de servicio. En la virtualidad más sublime, introduces tu número de ciudadano español y la aplicación informática te devuelve otro distintivo algebraico según el cual sabes si estás a punto de trabajar o no. Son muchos más los que distan mucho de hacerlo, que aquellos que permanecen en capilla, todo sea dicho, pero hay quien sí se lleva alegrías de vez en cuando. A veces esas alegrías vuelven a encabezarlas interinos con mucho tiempo de servicio… y tus ilusiones se frenan en seco porque ese cambio viene acompañado siempre de pérdidas de puesto. En algunas especialidades, ningún opositor de libre (o sea, los que no eran interinos) ha podido todavía comenzar a trabajar (casi un año después de las oposiciones). No tuvieron plazas en las oposiciones y ahora tampoco la bolsa de interinos tiene para ellos un hueco habitable.
Un amigo que trabaja dentro del gran pastel (¿les he dicho alguna vez que Torretriana me recuerda a una enorme creación de la hermana de Arguiñano?) me dijo una vez que es un auténtico milagro que cobremos la nómina cada mes. Me dijo que el funcionamiento de la Consejería de Educación es un desastre. “Si no se publica la lista completa de los interinos es porque hay muchos cambios”, me dijo. “A veces se altera el orden si hay alguna sentencia que así lo aconseja, otras veces… bueno, tú sabes, a veces alguien tiene que adelantar algún puesto por algún motivo”. Hoy puedes estar el treinta y mañana y cuarenta y uno. No hay esperanza, ni criterio: simplemente pasas las horas muertas cruzando dedos y enlaces, con la feliz esperanza de que algo altere y alterne las cosas. Últimamente, los milagros no ocurren. Se dice que estamos en crisis y que ampliar las plantillas de profesores ha dejado de ser una prioridad. “Es inútil, el próximo curso no trabajaremos”, escuché decir a un par de chicas que casualmente pretenden entrar en el gremio y que compartían, junto a mí, equipo en un cibercafé.
Existe una leyenda urbana que reza que nuestros sindicatos han pactado con la Junta que el próximo año muchas sustituciones “cortas” no se cubran. También existe la creencia de que ahora, faltando poco más de un mes, aquellos que nos hagamos un esguince, tampoco seremos reemplazados. Según eso, si es cierto, nuestros compañeros habrán de hacer guardias, agotándose aún más en un mes que se las trae, y los alumnos estarán desamparados en las postrimerías del curso. Más que nada porque hay que ahorrar gastos. USTEA ha creado una página que pretende recabar información sobre qué centros están desatendidos, sobre qué sustituciones no se cubren… y no son pocos ya los inscritos. Parece que esa es, de un tiempo a esta parte, una de las consignas que se perciben: el ahorro pasa por un deterioro en la calidad de la enseñanza pública. Ya ocurrió con muchos proyectos del CEP, para los que dejó de haber dinero hace tiempo; influye en el tránsito de las bolsas de interinos y repercutirá también en aspectos tan importantes como la creación de nuevos ciclos formativos (¿se juegan algo a que en el próximo ejercicio el ritmo de crecimiento de la FP se estancará de forma notable?).
Nunca he pasado por una de esas listas. Pese a lo cual, quiero mandar palabras de ánimo a todos aquellos que están pendientes de la llamada de la selva. Cuando suene el teléfono, estaréis dentro. Los problemas pasarán entonces a ser otros. Sé que creéis que todo estará solucionado entonces, que los planes de boda pueden recrudecerse, que habrá babero nuevo para el bebé. Sin embargo, ya os lo digo, los problemas se multiplicarán exponencialmente, y nada estará resuelto (siento romper el sueño, vuestro trabajo no estará garantizado de por vida). Eso sí, ¡disfrutad del momento! Llorad cuando os llamen. Bailad bajo la lluvia: ¡lo que sea! Pero no os ilusionéis en exceso. En lo relativo a la Junta y a sus burocracias, no os ilusionéis jamás. Es una amante ingrata. Y no corren buenos tiempos. Omiten.
Un amigo que trabaja dentro del gran pastel (¿les he dicho alguna vez que Torretriana me recuerda a una enorme creación de la hermana de Arguiñano?) me dijo una vez que es un auténtico milagro que cobremos la nómina cada mes. Me dijo que el funcionamiento de la Consejería de Educación es un desastre. “Si no se publica la lista completa de los interinos es porque hay muchos cambios”, me dijo. “A veces se altera el orden si hay alguna sentencia que así lo aconseja, otras veces… bueno, tú sabes, a veces alguien tiene que adelantar algún puesto por algún motivo”. Hoy puedes estar el treinta y mañana y cuarenta y uno. No hay esperanza, ni criterio: simplemente pasas las horas muertas cruzando dedos y enlaces, con la feliz esperanza de que algo altere y alterne las cosas. Últimamente, los milagros no ocurren. Se dice que estamos en crisis y que ampliar las plantillas de profesores ha dejado de ser una prioridad. “Es inútil, el próximo curso no trabajaremos”, escuché decir a un par de chicas que casualmente pretenden entrar en el gremio y que compartían, junto a mí, equipo en un cibercafé.
Existe una leyenda urbana que reza que nuestros sindicatos han pactado con la Junta que el próximo año muchas sustituciones “cortas” no se cubran. También existe la creencia de que ahora, faltando poco más de un mes, aquellos que nos hagamos un esguince, tampoco seremos reemplazados. Según eso, si es cierto, nuestros compañeros habrán de hacer guardias, agotándose aún más en un mes que se las trae, y los alumnos estarán desamparados en las postrimerías del curso. Más que nada porque hay que ahorrar gastos. USTEA ha creado una página que pretende recabar información sobre qué centros están desatendidos, sobre qué sustituciones no se cubren… y no son pocos ya los inscritos. Parece que esa es, de un tiempo a esta parte, una de las consignas que se perciben: el ahorro pasa por un deterioro en la calidad de la enseñanza pública. Ya ocurrió con muchos proyectos del CEP, para los que dejó de haber dinero hace tiempo; influye en el tránsito de las bolsas de interinos y repercutirá también en aspectos tan importantes como la creación de nuevos ciclos formativos (¿se juegan algo a que en el próximo ejercicio el ritmo de crecimiento de la FP se estancará de forma notable?).
Nunca he pasado por una de esas listas. Pese a lo cual, quiero mandar palabras de ánimo a todos aquellos que están pendientes de la llamada de la selva. Cuando suene el teléfono, estaréis dentro. Los problemas pasarán entonces a ser otros. Sé que creéis que todo estará solucionado entonces, que los planes de boda pueden recrudecerse, que habrá babero nuevo para el bebé. Sin embargo, ya os lo digo, los problemas se multiplicarán exponencialmente, y nada estará resuelto (siento romper el sueño, vuestro trabajo no estará garantizado de por vida). Eso sí, ¡disfrutad del momento! Llorad cuando os llamen. Bailad bajo la lluvia: ¡lo que sea! Pero no os ilusionéis en exceso. En lo relativo a la Junta y a sus burocracias, no os ilusionéis jamás. Es una amante ingrata. Y no corren buenos tiempos. Omiten.
El triunfo de la mediocridad
Soy consciente de que voy a perder unos cuantos lectores a lo largo de estas líneas. Pese a lo cual, aunque no voy demasiado sobrado de clientela, quiero correr el riesgo de ser políticamente incorrecto, le duela a quien le duela. Me centro: acaba de llegarme el borrador de mi declaración de la Renta y tengo que pagar. Cobro cada mes unos mil ochocientos euros. Estoy exiliado. A pesar de ser un funcionario público de la más alta categoría, mi puesto de trabajo está a más de tres horas de viaje de mi domicilio habitual. Estoy obligado a pagar cuatrocientos euros de alquiler. En Madrid esos gastos sí podría desgravarlos, pero en Andalucía se me considera un privilegiado y no me dan ni un céntimo por ello. Gasto en gasolina todos los meses unos doscientos euros, tampoco por ellos recibo ayuda alguna, y al estar apartado de todo mi mundo mis facturas de teléfono fijo y móvil son altas. Todos esos gastos se los debo a la Administración (también mi alimentación se incrementa: todos sabemos que vivir solo sale proporcionalmente mucho más caro). Teniendo en cuenta cuánto tendría que conducir tuve que comprarme un coche y suelo comer tres veces al día. Al final, si echamos cuentas y sin pagar hipoteca, resulta que me quedan unos quinientos euros para vivir todo el mes. No está mal, ¡Dios me libre! (Hay gente que está peor, lo sé). Pero la Admnistración me tiene fiscalizado y sabe hasta dónde meo.
Estudié catorce años para acceder a la Universidad. En ella cursé cinco cursos en cinco años. Preparé las oposiciones en nueve meses. Pasé ese tiempo levantándome a las cinco y pico de la mañana. Me encerraba a las seis y media en una biblioteca y, en líneas generales, cuando salía de allí era de noche. Nadie me ha regalado nada. Hice un trabajo excelente y conseguí ser funcionario con veinticuatro años. Y ahora, ¿me oyen?, muchas promociones de VPO me niegan una casa porque cobro demasiado. Ahora, a pesar de ser joven, me deniegan las becas y las ayudas de alquiler. ¿Me oyen? ¡Vivo peor que aquellos que se quedaban en la puerta del Instituto fumando porros! ¡Vivo más lejos, tengo menos dinero y encima he de pagarle más a Hacienda, encima he de sufragar el PER y el subsidio de algunas personas que se merecen mi dinero menos que yo! ¡Estoy hasta los mismísimos de pagarle dos años de paro a alguna gente que no quiere trabajar! Los quinientos euros que se ahorran cada mes aquellos jóvenes que reciban una VPO, y que se ganan con un trivial sorteo, yo tardé veinte años en ganarlos… ¡y me costaron cinco dioptrías en cada ojo! No me entiendan mal: creo en la solidaridad y en todas esas cosas bonitas. Soy educador y me dejo la crisma por los demás, pero ¿no les parece un poco fuerte que encima de que tengo poco dinero, habiendo trabajado tanto, deba pagar a Hacienda cuando, en realidad, llevan todo el año quitándome un quince por ciento de mi sueldo cada mes, mientras que muchos otros jóvenes trabajan en negro? Cotizo más y ¿de qué me sirve estar asegurándome el paro si yo jamás he estado ni estaré en el paro? ¿He de pensar en mi jubilación, que tendrá lugar vete tú a saber cuándo? Yo no quiero auto-pagarme el paro porque no corro ese riesgo. Y quiero tener las mismas oportunidades que los jóvenes que han trabajado menos que yo. ¿De qué sirve estudiar tanto si no tengo dinero para pagar una casa, si no puedo escoger dónde quiero vivir, si me deniegan todas las ayudas que mi edad merece?
Y encima has de escuchar cómo todo el mundo te dice que eres afortunado, que tienes privilegios. La suerte no existe. En Andalucía no se prima a la gente brillante (y no lo digo por mí, que conste): se tiene contenta a la gente mediocre. Los jóvenes no saben competir porque no vale la pena competir. Me he privado de muchas fiestas, de mucho alcohol y de todas las drogas, para conseguir todo lo que tengo y, sin embargo, cuando digo en qué pueblo trabajo y cuánto gano por ello, mucha gente se ríe de mí. Todo el mundo piensa que esto está muy bien pagado, pero hay meses que mi banco tirita. “No te gestionas bien”, me dicen. Y yo me río: yo hago las cosas de forma legal y ese pecado siempre te sale caro. Tengo el seguro del coche a mi nombre y no robo el Wifi del vecino (en todo caso, soy yo el vecino al que alguien le está robando el Wifi). Lo dicho: fracasen, no persigan comerse el mundo porque Hacienda te hará encima pagar por ello (pregúntenle a los empresarios que hacen bien su trabajo qué opinan). Haces todo lo que está en tu mano y terminas cenando un sábado en Burger King porque te falta dinero para otra cosa. Hacienda somos todos, dicen. Pero no todos pagamos a Hacienda. Callan.
Estudié catorce años para acceder a la Universidad. En ella cursé cinco cursos en cinco años. Preparé las oposiciones en nueve meses. Pasé ese tiempo levantándome a las cinco y pico de la mañana. Me encerraba a las seis y media en una biblioteca y, en líneas generales, cuando salía de allí era de noche. Nadie me ha regalado nada. Hice un trabajo excelente y conseguí ser funcionario con veinticuatro años. Y ahora, ¿me oyen?, muchas promociones de VPO me niegan una casa porque cobro demasiado. Ahora, a pesar de ser joven, me deniegan las becas y las ayudas de alquiler. ¿Me oyen? ¡Vivo peor que aquellos que se quedaban en la puerta del Instituto fumando porros! ¡Vivo más lejos, tengo menos dinero y encima he de pagarle más a Hacienda, encima he de sufragar el PER y el subsidio de algunas personas que se merecen mi dinero menos que yo! ¡Estoy hasta los mismísimos de pagarle dos años de paro a alguna gente que no quiere trabajar! Los quinientos euros que se ahorran cada mes aquellos jóvenes que reciban una VPO, y que se ganan con un trivial sorteo, yo tardé veinte años en ganarlos… ¡y me costaron cinco dioptrías en cada ojo! No me entiendan mal: creo en la solidaridad y en todas esas cosas bonitas. Soy educador y me dejo la crisma por los demás, pero ¿no les parece un poco fuerte que encima de que tengo poco dinero, habiendo trabajado tanto, deba pagar a Hacienda cuando, en realidad, llevan todo el año quitándome un quince por ciento de mi sueldo cada mes, mientras que muchos otros jóvenes trabajan en negro? Cotizo más y ¿de qué me sirve estar asegurándome el paro si yo jamás he estado ni estaré en el paro? ¿He de pensar en mi jubilación, que tendrá lugar vete tú a saber cuándo? Yo no quiero auto-pagarme el paro porque no corro ese riesgo. Y quiero tener las mismas oportunidades que los jóvenes que han trabajado menos que yo. ¿De qué sirve estudiar tanto si no tengo dinero para pagar una casa, si no puedo escoger dónde quiero vivir, si me deniegan todas las ayudas que mi edad merece?
Y encima has de escuchar cómo todo el mundo te dice que eres afortunado, que tienes privilegios. La suerte no existe. En Andalucía no se prima a la gente brillante (y no lo digo por mí, que conste): se tiene contenta a la gente mediocre. Los jóvenes no saben competir porque no vale la pena competir. Me he privado de muchas fiestas, de mucho alcohol y de todas las drogas, para conseguir todo lo que tengo y, sin embargo, cuando digo en qué pueblo trabajo y cuánto gano por ello, mucha gente se ríe de mí. Todo el mundo piensa que esto está muy bien pagado, pero hay meses que mi banco tirita. “No te gestionas bien”, me dicen. Y yo me río: yo hago las cosas de forma legal y ese pecado siempre te sale caro. Tengo el seguro del coche a mi nombre y no robo el Wifi del vecino (en todo caso, soy yo el vecino al que alguien le está robando el Wifi). Lo dicho: fracasen, no persigan comerse el mundo porque Hacienda te hará encima pagar por ello (pregúntenle a los empresarios que hacen bien su trabajo qué opinan). Haces todo lo que está en tu mano y terminas cenando un sábado en Burger King porque te falta dinero para otra cosa. Hacienda somos todos, dicen. Pero no todos pagamos a Hacienda. Callan.
jueves, 2 de abril de 2009
Estoy de huelga
Este texto se publicará dentro de unos días y el tema ya habrá pasado de largo como el Autedia hace con los pueblos pequeños de la comarca. Como siempre ocurre, tras la novedad no queda nada. Los textos periodísticos pierden su vigencia pronto, y este estará desactualizado, de hecho, antes incluso de haberse publicado. Sin embargo, es el momento. No logro evitarlo. Esta mañana el despertador sonó como de costumbre, pero me he quedado en el piso. Corrigiendo, todo sea dicho, pero sin entrar en clase. Tampoco puedo volver a mi ciudad porque la Junta me hace trabajar a más de cuatro horas del lugar que reza en mi DNI. Perderé noventa euros por estar haciendo lo que estoy haciendo y, honestamente, no gano nada. No soy interino y las bolsas de sustitución me cogen un poco fuera de juego porque jamás he estado en una de ellas. Empero estoy en huelga. Mi conciencia no me permite dar clases hoy. Las normas cambian cada día, los acuerdos los dictaminan cuatro o cinco sindicalistas casposos que dejaron de representarnos cuando sus manos dejaron de tener tiza sobre ellas. Mi cuota los libera. Los libera de toda obligación docente y los encadena a otros intereses, en virtud de los cuales han llegado a donde están. Casi nadie sabe nada. Me consta que más de la mitad de los interinos de mi centro ni siquiera sabían hace unos días en qué consiste la batalla, la mayoría de los padres desconoce por completo por qué sus hijos hoy vivirán seis horas de anarquía y de servicios mínimos. Nadie lo cuenta claro, nadie te informa, las negociaciones, mesas sectoriales y demás fraudes, deberían ser televisadas. Quiero verle la cara de aquel que me entrega por un puñado de monedas.
Sin que nadie lo pidiera, decidieron ordenar a los interinos por nota y no por experiencia. Eso implicaba que muchas personas (adultas y serias) se iban a ir al paro, con hipotecas, hijos y amantes que mantener. Como, de pronto, descubrieron que eso era una barbaridad, el Plan B consiste en mantenerle la antigüedad a los que están dentro y fastidiar a los que lleguen a partir de ahora. Nuevamente habría internos de dos y tres divisiones y, para colmo, se comete una deprecación abrasiva contra la Constitución, ese papelajo según el cual todos somos iguales. Si llegaste al cuerpo antes del Día D, bien. Si llegaste el día E, que todo el mundo sabe que es el posterior al D, entonces no tienes nada que hacer: cada dos años tendrás que ganarte el sueldo y te pasará hasta el Potito, fiero opositor donde los haya, si tienes un mal día o si te tocan las bolas… y salen los temas que no tienen que salir. Cada dos años te juegas tu puesto de trabajo a una carta. Y si no te parece bien, te aguantas.
¿Por qué no nos preguntan? ¿Por qué cambian las cosas entorno a las cuales ya había consenso, en vez de solucionar los problemas reales? Somos el colectivo laboral más grande de Andalucía. Los profesores estamos por todas partes. ¿Cuántas huelgas como la de hoy son necesarias para que nos traten un poco mejor? No, claro, ya lo sé. Si alguien ajeno al mundillo permanece leyendo esto, estará ya en su cabeza lo de las vacaciones y ese mito estúpido que asegura no trabajamos nada. Ante lo cual, y como siempre, solo me resta pedir a los interesados que echen su solicitud, previo estudio de un porrón de años, y que compitan por entrar en este Olimpo tan jugoso (ah, y les deseo suerte si han de pasar antes por la trepidante experiencia vital que supone la interinidad).
Se supone que una directriz de la Unión Europea dice que hemos de reducir el número de interinos. Por ello, han tenido dos planes providenciales. El primero es regalar las plazas a manojitos en un modelo injustísimo (os recuerdo: en la última oposición ni siquiera era posible conocer las notas de tus exámenes). Como no hubo plazas para todos, la estrategia segunda pasa por quitarles estabilidad a estos profesionales para mandarlos al garete cuando sea menester. Y digo yo: ¿no sería más fácil distribuir mejor las vacantes para que no sea preciso crear cada año nuevos interinos… y que la jubilación haga el resto? Y digo yo: ¿tan difícil es crear una oposición de “promoción interna” y que las vías de acceso al cuerpo de funcionario sean diferentes para los que llegan de nuevas y para los que ya están dentro? Así cada cual sabría a lo que juega y competiría contra los de su liga. En suma, y por lo pronto, vuelvo a rogar que las normas no cambien cada seis meses y que si se cambia algo que, al menos, se haga con un poco de cabeza. ¿Veis? Siempre lo mismo. Últimamente me repito más que el gazpacho de mi tía.
Sin que nadie lo pidiera, decidieron ordenar a los interinos por nota y no por experiencia. Eso implicaba que muchas personas (adultas y serias) se iban a ir al paro, con hipotecas, hijos y amantes que mantener. Como, de pronto, descubrieron que eso era una barbaridad, el Plan B consiste en mantenerle la antigüedad a los que están dentro y fastidiar a los que lleguen a partir de ahora. Nuevamente habría internos de dos y tres divisiones y, para colmo, se comete una deprecación abrasiva contra la Constitución, ese papelajo según el cual todos somos iguales. Si llegaste al cuerpo antes del Día D, bien. Si llegaste el día E, que todo el mundo sabe que es el posterior al D, entonces no tienes nada que hacer: cada dos años tendrás que ganarte el sueldo y te pasará hasta el Potito, fiero opositor donde los haya, si tienes un mal día o si te tocan las bolas… y salen los temas que no tienen que salir. Cada dos años te juegas tu puesto de trabajo a una carta. Y si no te parece bien, te aguantas.
¿Por qué no nos preguntan? ¿Por qué cambian las cosas entorno a las cuales ya había consenso, en vez de solucionar los problemas reales? Somos el colectivo laboral más grande de Andalucía. Los profesores estamos por todas partes. ¿Cuántas huelgas como la de hoy son necesarias para que nos traten un poco mejor? No, claro, ya lo sé. Si alguien ajeno al mundillo permanece leyendo esto, estará ya en su cabeza lo de las vacaciones y ese mito estúpido que asegura no trabajamos nada. Ante lo cual, y como siempre, solo me resta pedir a los interesados que echen su solicitud, previo estudio de un porrón de años, y que compitan por entrar en este Olimpo tan jugoso (ah, y les deseo suerte si han de pasar antes por la trepidante experiencia vital que supone la interinidad).
Se supone que una directriz de la Unión Europea dice que hemos de reducir el número de interinos. Por ello, han tenido dos planes providenciales. El primero es regalar las plazas a manojitos en un modelo injustísimo (os recuerdo: en la última oposición ni siquiera era posible conocer las notas de tus exámenes). Como no hubo plazas para todos, la estrategia segunda pasa por quitarles estabilidad a estos profesionales para mandarlos al garete cuando sea menester. Y digo yo: ¿no sería más fácil distribuir mejor las vacantes para que no sea preciso crear cada año nuevos interinos… y que la jubilación haga el resto? Y digo yo: ¿tan difícil es crear una oposición de “promoción interna” y que las vías de acceso al cuerpo de funcionario sean diferentes para los que llegan de nuevas y para los que ya están dentro? Así cada cual sabría a lo que juega y competiría contra los de su liga. En suma, y por lo pronto, vuelvo a rogar que las normas no cambien cada seis meses y que si se cambia algo que, al menos, se haga con un poco de cabeza. ¿Veis? Siempre lo mismo. Últimamente me repito más que el gazpacho de mi tía.
miércoles, 25 de marzo de 2009
Cuadros, grillos y grilletes
Laly sueña despierta y por ello he esperado a encontrarme en un estado de hiperconciencia para redactar estas líneas. Solo en estados alterados de ánimo, tras estímulos desgarradores, inmerso en sueños y sueño, me es posible entender ciertas cosas. Hablamos de una artista, de una profesora con arte, que cada día se enfrenta a los invasores de guaridas, a todos los guardias de las mazmorras, a los fantasmas, grillos y grilletes que pueblan sus cuadros, sus dudas y sus muertos; no me es posible hablar del tema con objetividad porque eso sería renunciar a la parte transcendente. Laly es una profesora excelente que, pese a todo, sigue siendo un ser humano. Abarca sueños y suspiros entre sus lienzos y, de pronto, sin dar cabida a tantos sentimientos como su luz debiera engendrar, topa de bruces contra una realidad carcomida y estúpida.
Ahora, en cristiano. Laly tiene un alumno al que todos apodan El Gitano. El Gitano es tosco en las formas y ruin en el fondo. Acude al Centro para hacer negocio y, por desgracia, no me refiero a negocios justos, como bien podrían ser revender bocatas, traficar con chuletas o pintar iconos manga a cambio de besos. El Gitano vende droga y enunciarlo de otro modo sería un eufemismo injustificable. Como en el Centro el Director no tiene los arrestos necesarios para meterle mano al asunto, el tráfico de estupefacientes se ha convertido en una eventualidad más, tal como son los cambios de clase, las peleas en los recreos o los suspensos debidos al poco dormir. De este modo, la mercadotecnia ha funcionado. La droga es la misma, pero no es lo mismo comprársela a uno que a otro. ¿Cómo va a ser igual un porro liado con yerba de un tal don Nadie, que otro procedente de la factoría de El Gitano? Solo el mote ya coloca. La firma hace efecto, claro. Siempre ha sido y será así. La sociedad de consumo es a menudo eso: un eterno placebo de productos iguales, pero más sabrosos conforme más sucio sea el proceder, el actuar, el halo que lo envuelve y envenena todo.
Retomo. En el tejemaneje cotidiano que supone el trafique, Laly se encontraba en una clase centrada en las creaciones de los chicos, tratando de insuflar un poco de magia en un horizonte de pulcra roña. Vio un bulto y, en el quehacer diario de todo docente-policía, se acercó al muchacho de los pelos largos. “No tengo nada, no mires ahí”, inquirió escondiendo el paquete. Inicialmente ella pensó que se trataba de un insignificante móvil, por eso se acercó. Las leyes del Centro lo prohíben, pero el botín fue bastante más sabroso. Hablamos de una bolsita de polen de marihuana, mercancía que crispó a El Gitano sobremanera, tras la fortuita incautación. “Maestra, ¡ni se te ocurra! ¡Eso no lo toques!”. Una tranquila clase, en la que el objetivo era componer un bodegón surrealista, se concreta en una persecución a lo Corrupción en Miami. A partir de ahí, ¿os imagináis qué viene? ¿Suponéis el estrés, la tensión, los insultos, los comentarios, el bajonazo de autoestima cada vez que los alumnos te tratan de loca, por oponerte a una transacción ordinaria, por trazar diques para que el mar no siga comiéndose el terreno? Desde ahí, Laly mirará su coche antes de montarse y respirará aliviada si las cuatro ruedas tienen la misma cantidad de aire, aproximadamente. Desde entonces, le será imposible entrar en el IES, escuchar los gritos de siempre, sin haber amortiguado su conciencia con algún medicamento fuerte. ¿Quién tiene la culpa?
Me vanaglorio de decir que no existen los docentes normales. Todos estamos un poco tocados y tarados. Normal. Te llevas cornadas si toreas desde el albero. Duelen mucho y no son un gaje, sino una putada (perdón por la expresión). Es personal siempre, porque el objetivo de los alumnos, capitaneados por El Gitano, será herirla hasta que logren fundir su resistencia, quebrar sus nervios, prenderla y hacer que derrame sus humores, sus vísceras, el alma al completo. ¿Cómo no va a ser personal si todo salpica como escupitajos reciclados contra el viento? Hablo del viento del mar que aquí trae los fardos que las zodiac de los narcos dejan escapar. Todo el mundo sabe qué significa, en los puertos costeros, una persecución cerca de la orilla. Habrá pesca y alguien cambiará su forma de vestir. Lo normal. Oponerse a lo obvio se le ocurre solo a los locos y a los artistas.
Ahora, en cristiano. Laly tiene un alumno al que todos apodan El Gitano. El Gitano es tosco en las formas y ruin en el fondo. Acude al Centro para hacer negocio y, por desgracia, no me refiero a negocios justos, como bien podrían ser revender bocatas, traficar con chuletas o pintar iconos manga a cambio de besos. El Gitano vende droga y enunciarlo de otro modo sería un eufemismo injustificable. Como en el Centro el Director no tiene los arrestos necesarios para meterle mano al asunto, el tráfico de estupefacientes se ha convertido en una eventualidad más, tal como son los cambios de clase, las peleas en los recreos o los suspensos debidos al poco dormir. De este modo, la mercadotecnia ha funcionado. La droga es la misma, pero no es lo mismo comprársela a uno que a otro. ¿Cómo va a ser igual un porro liado con yerba de un tal don Nadie, que otro procedente de la factoría de El Gitano? Solo el mote ya coloca. La firma hace efecto, claro. Siempre ha sido y será así. La sociedad de consumo es a menudo eso: un eterno placebo de productos iguales, pero más sabrosos conforme más sucio sea el proceder, el actuar, el halo que lo envuelve y envenena todo.
Retomo. En el tejemaneje cotidiano que supone el trafique, Laly se encontraba en una clase centrada en las creaciones de los chicos, tratando de insuflar un poco de magia en un horizonte de pulcra roña. Vio un bulto y, en el quehacer diario de todo docente-policía, se acercó al muchacho de los pelos largos. “No tengo nada, no mires ahí”, inquirió escondiendo el paquete. Inicialmente ella pensó que se trataba de un insignificante móvil, por eso se acercó. Las leyes del Centro lo prohíben, pero el botín fue bastante más sabroso. Hablamos de una bolsita de polen de marihuana, mercancía que crispó a El Gitano sobremanera, tras la fortuita incautación. “Maestra, ¡ni se te ocurra! ¡Eso no lo toques!”. Una tranquila clase, en la que el objetivo era componer un bodegón surrealista, se concreta en una persecución a lo Corrupción en Miami. A partir de ahí, ¿os imagináis qué viene? ¿Suponéis el estrés, la tensión, los insultos, los comentarios, el bajonazo de autoestima cada vez que los alumnos te tratan de loca, por oponerte a una transacción ordinaria, por trazar diques para que el mar no siga comiéndose el terreno? Desde ahí, Laly mirará su coche antes de montarse y respirará aliviada si las cuatro ruedas tienen la misma cantidad de aire, aproximadamente. Desde entonces, le será imposible entrar en el IES, escuchar los gritos de siempre, sin haber amortiguado su conciencia con algún medicamento fuerte. ¿Quién tiene la culpa?
Me vanaglorio de decir que no existen los docentes normales. Todos estamos un poco tocados y tarados. Normal. Te llevas cornadas si toreas desde el albero. Duelen mucho y no son un gaje, sino una putada (perdón por la expresión). Es personal siempre, porque el objetivo de los alumnos, capitaneados por El Gitano, será herirla hasta que logren fundir su resistencia, quebrar sus nervios, prenderla y hacer que derrame sus humores, sus vísceras, el alma al completo. ¿Cómo no va a ser personal si todo salpica como escupitajos reciclados contra el viento? Hablo del viento del mar que aquí trae los fardos que las zodiac de los narcos dejan escapar. Todo el mundo sabe qué significa, en los puertos costeros, una persecución cerca de la orilla. Habrá pesca y alguien cambiará su forma de vestir. Lo normal. Oponerse a lo obvio se le ocurre solo a los locos y a los artistas.
¿Se puede echar a un mal profesor?
Partamos de la base de que no ha pegado a ningún alumno y de que justifica religiosamente todas sus faltas. Prefiero no dar su nombre. Al fin y al cabo, nadie va a conseguir expulsarlo del cuerpo por más que se le presione y, por ende, no está bien alarmar a los padres de una situación que no tiene arreglo. Creemos que posee una seria enfermedad psicológica. Y no es broma. Sus conductas son anómalas. Realiza actos irracionales y no da buenas clases. Acoto: me atrevería a decir que “no da clases”, pero no quiero opinar sin conocimiento de causa. Yo no estoy allí. Soy docente, no alumno. Eso sí, las leyendas sobre lo que hace en sus sesiones darían para rellenar cuatro o cinco escritos como este. Y por las tardes es aún menos discreto. Se cuenta que una vez se bañó en la fuente del pueblo, que agitó sus genitales al paso de un cortejo fúnebre, se marcha sin pagar de los bares y las limpiadoras del Centro han pedido que no las dejen solas por las tardes. Esa es la consigna: si él aparece, todos cierran las cancelas y el paso no está permitido. Es necesario cerrar con llave en todo momento y el equipo directivo ha de autorizarte expresamente la entrada, fuera del horario escolar. Todo por él. ¡Y estoy hablando de un profesor! Tiene el mismo cargo y las mismas responsabilidades que yo, pero se comporta como un auténtico alienígena.
Es cierto: no ha hecho nada grave, pero ha hecho todo aquello que no es grave. Las guardias no las cubre, confunde papel Albal con alijos de coca y se cuenta que una vez dejó una bolsa repleta de pescado crudo en los armaritos de un aula con el consiguiente hedor, posterior a la putrefacción, y con el consecuente escándalo de todos los adolescentes circundantes, descubierto el pastel. Claro, no es grave. Nadie puede echar del cuerpo a un compañero por apestar un armario, por culpa de rumores sobre su estado mental y… ¿Acaso es posible comprobar con un análisis médico si todo esto es serio o no? ¿Acaso él está obligado a rendir cuentas de sus capacidades neuronales? Más bien no. Ahí sigue. Mientras muchos de los nuestros temen que abramos el telediario algún día, ahí sigue. Y muchos no podemos quitarnos de la cabeza aquel fin de semana en que tuvo la feliz idea de perseguir a varios adolescentes con el coche. Fue a horas intempestivas. No queda probado que existiera voluntariedad. Nunca algo es lo suficientemente grave porque certezas hay pocas, dado que la opinión de nuestros alumnos no deja de ser el testimonio de adolescentes. Ahí seguimos. En las mismas. La Administración se cansa de recibir quejas de los padres, de los directores que lo soportaron antes, de todos nosotros. En realidad, no existe ningún mecanismo que posibilite excretar a un docente defectuoso. El sistema es majestuoso, pero… ¿Qué se hace en momentos así, cómo se lucha contra individuos así?
Este será su tercer expediente disciplinario abierto. El otro día fueron cinco las horas que la Inspección pasó evaluando qué podía hacerse. Algunos alumnos declararon. Muchos de nosotros tuvimos que poner por escrito que no cumple con sus obligaciones. Sin embargo, no confiamos en que todo esto sirva para algo. Tendrá la opción de recurrir, pasarán los meses y, mientras tanto, los chicos seguirán encerrados con él. No aprenderán la asignatura que imparte y seguiremos en boca de todos. Cada mañana nos preguntamos por dónde seguirán sus desvaríos, si sabe lo que hace, si sabe demasiado bien lo que hace, o si estamos poniendo en unas manos inconscientes las vidas de muchos seres frágiles. La Inspección nos reitera que nada puede hacerse, que no está en sus manos terminar con esta tensión perenne. Ni los padres tienen voz, ni la tenemos nosotros, ¿está llamado a ganar él, en esta lucha?
Con frecuencia suplico que se defienda a los docentes. Con frecuencia solicito a la sociedad respeto, prestigio y comprensión. Sin embargo, y de pronto, me doy cuenta de que sí existe impunidad extemporánea para pecados mucho más serios y delicados. Al Capone fue arrojado a las mazmorras por incumplir con los tributos viarios. Una conducta inadecuada, sistemáticamente anómala, tantos docentes que corrompen con su abulia las conciencias de nuestros estudiantes, está a salvo. Errores de forma cuestan más caros. Si no golpeas, física, sexual o moralmente, si justificas tus faltas, si estás, aunque no estés, basta. ¿Qué provoca que te echen? ¿Cómo has de actuar si descubres que un compañero está poniendo en peligro la educación de los hijos de los demás? ¿Cómo te comportas si tienes la sospecha de que otro docente supone un riesgo para la integridad de los demás? Acepto ideas. Me vendrán bien. Estamos perdidos.
Es cierto: no ha hecho nada grave, pero ha hecho todo aquello que no es grave. Las guardias no las cubre, confunde papel Albal con alijos de coca y se cuenta que una vez dejó una bolsa repleta de pescado crudo en los armaritos de un aula con el consiguiente hedor, posterior a la putrefacción, y con el consecuente escándalo de todos los adolescentes circundantes, descubierto el pastel. Claro, no es grave. Nadie puede echar del cuerpo a un compañero por apestar un armario, por culpa de rumores sobre su estado mental y… ¿Acaso es posible comprobar con un análisis médico si todo esto es serio o no? ¿Acaso él está obligado a rendir cuentas de sus capacidades neuronales? Más bien no. Ahí sigue. Mientras muchos de los nuestros temen que abramos el telediario algún día, ahí sigue. Y muchos no podemos quitarnos de la cabeza aquel fin de semana en que tuvo la feliz idea de perseguir a varios adolescentes con el coche. Fue a horas intempestivas. No queda probado que existiera voluntariedad. Nunca algo es lo suficientemente grave porque certezas hay pocas, dado que la opinión de nuestros alumnos no deja de ser el testimonio de adolescentes. Ahí seguimos. En las mismas. La Administración se cansa de recibir quejas de los padres, de los directores que lo soportaron antes, de todos nosotros. En realidad, no existe ningún mecanismo que posibilite excretar a un docente defectuoso. El sistema es majestuoso, pero… ¿Qué se hace en momentos así, cómo se lucha contra individuos así?
Este será su tercer expediente disciplinario abierto. El otro día fueron cinco las horas que la Inspección pasó evaluando qué podía hacerse. Algunos alumnos declararon. Muchos de nosotros tuvimos que poner por escrito que no cumple con sus obligaciones. Sin embargo, no confiamos en que todo esto sirva para algo. Tendrá la opción de recurrir, pasarán los meses y, mientras tanto, los chicos seguirán encerrados con él. No aprenderán la asignatura que imparte y seguiremos en boca de todos. Cada mañana nos preguntamos por dónde seguirán sus desvaríos, si sabe lo que hace, si sabe demasiado bien lo que hace, o si estamos poniendo en unas manos inconscientes las vidas de muchos seres frágiles. La Inspección nos reitera que nada puede hacerse, que no está en sus manos terminar con esta tensión perenne. Ni los padres tienen voz, ni la tenemos nosotros, ¿está llamado a ganar él, en esta lucha?
Con frecuencia suplico que se defienda a los docentes. Con frecuencia solicito a la sociedad respeto, prestigio y comprensión. Sin embargo, y de pronto, me doy cuenta de que sí existe impunidad extemporánea para pecados mucho más serios y delicados. Al Capone fue arrojado a las mazmorras por incumplir con los tributos viarios. Una conducta inadecuada, sistemáticamente anómala, tantos docentes que corrompen con su abulia las conciencias de nuestros estudiantes, está a salvo. Errores de forma cuestan más caros. Si no golpeas, física, sexual o moralmente, si justificas tus faltas, si estás, aunque no estés, basta. ¿Qué provoca que te echen? ¿Cómo has de actuar si descubres que un compañero está poniendo en peligro la educación de los hijos de los demás? ¿Cómo te comportas si tienes la sospecha de que otro docente supone un riesgo para la integridad de los demás? Acepto ideas. Me vendrán bien. Estamos perdidos.
miércoles, 11 de marzo de 2009
Humo, humores y aceite
Mi tutoría de hace dos años era conocida, por los profesores del Centro, como “el aula rosa”. Desconozco la condición sexual de mis estudiantes porque, hoy por hoy, ese dato no aparece en el expediente académico, aunque todo se andará. Sí sé que era frecuente que muchos salieran bromeando de ella, comentando que habían estado a punto de caerse tras pisar manchas de aceite. Otro compañero señalaba que en el aula de mi grupo no era capaz de separarse de la pared por miedo a que el resultado del internamiento entre las filas fuera indeseable. Su actitud iba mucho más allá de la pura defensa. Hablamos de un adulto recio y adusto, que llevaba con poco humor las bromas. Redactó en un parte disciplinario lo siguiente: “se ha pavoneado, jactándose de su condición, como si llevara un batín de cola”. Ya entonces, y aun ahora, altera mi atención, dicho sea de paso, esa actitud descrita, dado que mis chicos se portaban mucho peor conmigo que con nadie y, por el contrario, yo no tenía queja de ellos porque eran un buen grupo. Al hombre recio le tenían bastante miedo, así que dudo mucho que alguien se pavoneara de algo en momento alguno. Sí eran culpables, lo admito, de presentar maneras que, vistas por ojos rancios, podrían parecer “amaneradas”. Pero… ¿acaso la ostentación de heterosexualidad era uno de los criterios evaluables descritos en la programación de aquel buen docente?
Si alguien me pregunta si los docentes andaluces somos homófobos, tendría que responderle que muchos sí lo son (aunque otros nos empeñemos en poner un poco de cordura y normalizar esta situación: no ganamos en número, me temo). No es infrecuente escuchar comentarios al respecto en las juntas de evaluación, apelativos sarcásticos o denominaciones despectivas, dentro y fuera de las aulas, por parte de los propios profesores. A pesar de todo lo que se le presupone a este sistema progresista y revolucionario, no hay integración. Me consta que dos de mis compañeros (un profesor y una profesora) son homosexuales y que no solo no lo admiten de cara a sus alumnos, sino que se les han escuchado comentarios que pretenden dar a entender lo opuesto. Evidentemente, los precedentes no han sido buenos para ellos: en otros IES, en aventuras anteriores, ya fueron tildados de, y abogan ahora y por ende por no dejar un resquicio que posibilite que se reedite tal película.
Los docentes gays se escudan (tal vez resulte un poco fuerte decir “se esconden”), pero los adolescentes no tienen esa opción. De todo lo expuesto, sin discusión, lo que me parece más grave son las burlas e insultos que han de soportar, reiteradamente, nuestros chicos, por parte de iguales, de parte de otros estudiantes. Para muchos el día a día se convierte en una pesadilla. Aún hoy. Aclaro: no hablo del pasado que Almodóvar retrata en “La mala educación”, sino de la pasada semana. Y de esta. Y hablo de chicos que han de tragar saliva treinta o cuarenta veces, cada día, tras oír la palabra “maricón”; chicos que tienen miedo a leer en clase porque su tono de voz no es suficientemente grave, que si juegan al fútbol serán golpeados con el balón, a posta, por el chutador más potente de todo el grupo. Hablo de chicos condenados a superar los años, engendrando rencor, sin poder expresar lo que sienten, dado que la sinceridad les acarrearía, en muchos lugares difíciles, palizas y sangrías en sus narices hinchadas y rotas. En pleno siglo veintiuno.
En un partido que enfrentaba al Real Madrid y al Betis escuché cómo para ofender a los aficionados visitantes el graderío capitalino chillaba: “sevillanos, yonquis y gitanos”. Recuerdo que me indigné poderosamente porque no encuentro el matiz peyorativo en la palabra “gitano” y me resulta horrible que alguien la utilice de tal modo, tras haberse derramado tanta sangre inútilmente. Volvemos a lo mismo: ¿por qué nos ofendemos por cosas que no son ofensas?, ¿por qué insultamos con rasgos que no son insultantes? No es necesario, ni deseable, convocar días del Orgullo Gay en los IES (¡es lo que nos faltaba!), pero sí animo a todos a reflexionar seriamente sobre la hipocresía que seguimos demostrando. En pleno siglo veintiuno y con nuestra actitud vehemente y condescendiente, derrochada a destiempo. Nadie tiene prejuicios, nadie es racista… pero cuando conocemos al novio de nuestra hija (o de nuestro hijo) siempre se nos ocurre algo políticamente correcto que reprocharle.
Si alguien me pregunta si los docentes andaluces somos homófobos, tendría que responderle que muchos sí lo son (aunque otros nos empeñemos en poner un poco de cordura y normalizar esta situación: no ganamos en número, me temo). No es infrecuente escuchar comentarios al respecto en las juntas de evaluación, apelativos sarcásticos o denominaciones despectivas, dentro y fuera de las aulas, por parte de los propios profesores. A pesar de todo lo que se le presupone a este sistema progresista y revolucionario, no hay integración. Me consta que dos de mis compañeros (un profesor y una profesora) son homosexuales y que no solo no lo admiten de cara a sus alumnos, sino que se les han escuchado comentarios que pretenden dar a entender lo opuesto. Evidentemente, los precedentes no han sido buenos para ellos: en otros IES, en aventuras anteriores, ya fueron tildados de, y abogan ahora y por ende por no dejar un resquicio que posibilite que se reedite tal película.
Los docentes gays se escudan (tal vez resulte un poco fuerte decir “se esconden”), pero los adolescentes no tienen esa opción. De todo lo expuesto, sin discusión, lo que me parece más grave son las burlas e insultos que han de soportar, reiteradamente, nuestros chicos, por parte de iguales, de parte de otros estudiantes. Para muchos el día a día se convierte en una pesadilla. Aún hoy. Aclaro: no hablo del pasado que Almodóvar retrata en “La mala educación”, sino de la pasada semana. Y de esta. Y hablo de chicos que han de tragar saliva treinta o cuarenta veces, cada día, tras oír la palabra “maricón”; chicos que tienen miedo a leer en clase porque su tono de voz no es suficientemente grave, que si juegan al fútbol serán golpeados con el balón, a posta, por el chutador más potente de todo el grupo. Hablo de chicos condenados a superar los años, engendrando rencor, sin poder expresar lo que sienten, dado que la sinceridad les acarrearía, en muchos lugares difíciles, palizas y sangrías en sus narices hinchadas y rotas. En pleno siglo veintiuno.
En un partido que enfrentaba al Real Madrid y al Betis escuché cómo para ofender a los aficionados visitantes el graderío capitalino chillaba: “sevillanos, yonquis y gitanos”. Recuerdo que me indigné poderosamente porque no encuentro el matiz peyorativo en la palabra “gitano” y me resulta horrible que alguien la utilice de tal modo, tras haberse derramado tanta sangre inútilmente. Volvemos a lo mismo: ¿por qué nos ofendemos por cosas que no son ofensas?, ¿por qué insultamos con rasgos que no son insultantes? No es necesario, ni deseable, convocar días del Orgullo Gay en los IES (¡es lo que nos faltaba!), pero sí animo a todos a reflexionar seriamente sobre la hipocresía que seguimos demostrando. En pleno siglo veintiuno y con nuestra actitud vehemente y condescendiente, derrochada a destiempo. Nadie tiene prejuicios, nadie es racista… pero cuando conocemos al novio de nuestra hija (o de nuestro hijo) siempre se nos ocurre algo políticamente correcto que reprocharle.
Humo, humores y aceite
Mi tutoría de hace dos años era conocida, por los profesores del Centro, como “el aula rosa”. Desconozco la condición sexual de mis estudiantes porque, hoy por hoy, ese dato no aparece en el expediente académico, aunque todo se andará. Sí sé que era frecuente que muchos salieran bromeando de ella, comentando que habían estado a punto de caerse tras pisar manchas de aceite. Otro compañero señalaba que en el aula de mi grupo no era capaz de separarse de la pared por miedo a que el resultado del internamiento entre las filas fuera indeseable. Su actitud iba mucho más allá de la pura defensa. Hablamos de un adulto recio y adusto, que llevaba con poco humor las bromas. Redactó en un parte disciplinario lo siguiente: “se ha pavoneado, jactándose de su condición, como si llevara un batín de cola”. Ya entonces, y aun ahora, altera mi atención, dicho sea de paso, esa actitud descrita, dado que mis chicos se portaban mucho peor conmigo que con nadie y, por el contrario, yo no tenía queja de ellos porque eran un buen grupo. Al hombre recio le tenían bastante miedo, así que dudo mucho que alguien se pavoneara de algo en momento alguno. Sí eran culpables, lo admito, de presentar maneras que, vistas por ojos rancios, podrían parecer “amaneradas”. Pero… ¿acaso la ostentación de heterosexualidad era uno de los criterios evaluables descritos en la programación de aquel buen docente?
Si alguien me pregunta si los docentes andaluces somos homófobos, tendría que responderle que muchos sí lo son (aunque otros nos empeñemos en poner un poco de cordura y normalizar esta situación: no ganamos en número, me temo). No es infrecuente escuchar comentarios al respecto en las juntas de evaluación, apelativos sarcásticos o denominaciones despectivas, dentro y fuera de las aulas, por parte de los propios profesores. A pesar de todo lo que se le presupone a este sistema progresista y revolucionario, no hay integración. Me consta que dos de mis compañeros (un profesor y una profesora) son homosexuales y que no solo no lo admiten de cara a sus alumnos, sino que se les han escuchado comentarios que pretenden dar a entender lo opuesto. Evidentemente, los precedentes no han sido buenos para ellos: en otros IES, en aventuras anteriores, ya fueron tildados de, y abogan ahora y por ende por no dejar un resquicio que posibilite que se reedite tal película.
Los docentes gays se escudan (tal vez resulte un poco fuerte decir “se esconden”), pero los adolescentes no tienen esa opción. De todo lo expuesto, sin discusión, lo que me parece más grave son las burlas e insultos que han de soportar, reiteradamente, nuestros chicos, por parte de iguales, de parte de otros estudiantes. Para muchos el día a día se convierte en una pesadilla. Aún hoy. Aclaro: no hablo del pasado que Almodóvar retrata en “La mala educación”, sino de la pasada semana. Y de esta. Y hablo de chicos que han de tragar saliva treinta o cuarenta veces, cada día, tras oír la palabra “maricón”; chicos que tienen miedo a leer en clase porque su tono de voz no es suficientemente grave, que si juegan al fútbol serán golpeados con el balón, a posta, por el chutador más potente de todo el grupo. Hablo de chicos condenados a superar los años, engendrando rencor, sin poder expresar lo que sienten, dado que la sinceridad les acarrearía, en muchos lugares difíciles, palizas y sangrías en sus narices hinchadas y rotas. En pleno siglo veintiuno.
En un partido que enfrentaba al Real Madrid y al Betis escuché cómo para ofender a los aficionados visitantes el graderío capitalino chillaba: “sevillanos, yonquis y gitanos”. Recuerdo que me indigné poderosamente porque no encuentro el matiz peyorativo en la palabra “gitano” y me resulta horrible que alguien la utilice de tal modo, tras haberse derramado tanta sangre inútilmente. Volvemos a lo mismo: ¿por qué nos ofendemos por cosas que no son ofensas?, ¿por qué insultamos con rasgos que no son insultantes? No es necesario, ni deseable, convocar días del Orgullo Gay en los IES (¡es lo que nos faltaba!), pero sí animo a todos a reflexionar seriamente sobre la hipocresía que seguimos demostrando. En pleno siglo veintiuno y con nuestra actitud vehemente y condescendiente, derrochada a destiempo. Nadie tiene prejuicios, nadie es racista… pero cuando conocemos al novio de nuestra hija (o de nuestro hijo) siempre se nos ocurre algo políticamente correcto que reprocharle.
Si alguien me pregunta si los docentes andaluces somos homófobos, tendría que responderle que muchos sí lo son (aunque otros nos empeñemos en poner un poco de cordura y normalizar esta situación: no ganamos en número, me temo). No es infrecuente escuchar comentarios al respecto en las juntas de evaluación, apelativos sarcásticos o denominaciones despectivas, dentro y fuera de las aulas, por parte de los propios profesores. A pesar de todo lo que se le presupone a este sistema progresista y revolucionario, no hay integración. Me consta que dos de mis compañeros (un profesor y una profesora) son homosexuales y que no solo no lo admiten de cara a sus alumnos, sino que se les han escuchado comentarios que pretenden dar a entender lo opuesto. Evidentemente, los precedentes no han sido buenos para ellos: en otros IES, en aventuras anteriores, ya fueron tildados de, y abogan ahora y por ende por no dejar un resquicio que posibilite que se reedite tal película.
Los docentes gays se escudan (tal vez resulte un poco fuerte decir “se esconden”), pero los adolescentes no tienen esa opción. De todo lo expuesto, sin discusión, lo que me parece más grave son las burlas e insultos que han de soportar, reiteradamente, nuestros chicos, por parte de iguales, de parte de otros estudiantes. Para muchos el día a día se convierte en una pesadilla. Aún hoy. Aclaro: no hablo del pasado que Almodóvar retrata en “La mala educación”, sino de la pasada semana. Y de esta. Y hablo de chicos que han de tragar saliva treinta o cuarenta veces, cada día, tras oír la palabra “maricón”; chicos que tienen miedo a leer en clase porque su tono de voz no es suficientemente grave, que si juegan al fútbol serán golpeados con el balón, a posta, por el chutador más potente de todo el grupo. Hablo de chicos condenados a superar los años, engendrando rencor, sin poder expresar lo que sienten, dado que la sinceridad les acarrearía, en muchos lugares difíciles, palizas y sangrías en sus narices hinchadas y rotas. En pleno siglo veintiuno.
En un partido que enfrentaba al Real Madrid y al Betis escuché cómo para ofender a los aficionados visitantes el graderío capitalino chillaba: “sevillanos, yonquis y gitanos”. Recuerdo que me indigné poderosamente porque no encuentro el matiz peyorativo en la palabra “gitano” y me resulta horrible que alguien la utilice de tal modo, tras haberse derramado tanta sangre inútilmente. Volvemos a lo mismo: ¿por qué nos ofendemos por cosas que no son ofensas?, ¿por qué insultamos con rasgos que no son insultantes? No es necesario, ni deseable, convocar días del Orgullo Gay en los IES (¡es lo que nos faltaba!), pero sí animo a todos a reflexionar seriamente sobre la hipocresía que seguimos demostrando. En pleno siglo veintiuno y con nuestra actitud vehemente y condescendiente, derrochada a destiempo. Nadie tiene prejuicios, nadie es racista… pero cuando conocemos al novio de nuestra hija (o de nuestro hijo) siempre se nos ocurre algo políticamente correcto que reprocharle.
La venganza de los capullos
Óscar de la Rosa es uno de esos alumnos a los que nadie quiere tener dentro de su aula. Es mal encarado, no desea aprender y sus formas son agresivas y toscas. Encima, presenta la peor característica que un adolescente puede tener: está crecido. Se sabe importante, es consciente de que los demás estudiantes lo tienen por un referente, de que los profesores hablamos de él en nuestras reuniones; sabe de sobra que no titulará y, por lo tanto, no tiene nada que perder. Las expulsiones le hacen gracia, los partes son una pistola de fogueo y se desfoga inquiriendo a las profesoras del centro con sus modos machistas y soeces.
En cierta ocasión una de nuestras compañeras le confiscó el móvil y él se puso hecho un basilisco, más quemado que la propia metáfora. Durante tres horas la persiguió tratando de recuperarlo, a toda costa. A todas las horas (del día) atosigó a su profesora sin dejar de repetirle que se trataba de un error: haberlo sacado y haber mandado mensajes, y jugado a dos o tres juego, y echado cuatro o cinco fotos, y reproducido un vídeo porno, no eran suficientes motivos para confiscárselo. Tan pesado se puso el interfecto que se arrodilló y paseó de esa guisa tras la docente por toda la planta baja. Pasé a su lado y el individuo me pidió que le echara una fotografía para el periódico del Instituto. Se reía, mientras nosotros le pedíamos que se pusiera en pie. Pensé que era revelador y apreté el gatillo del móvil. La borré minutos más tarde: nunca sacamos primeros planos de menores en la revista.
Hasta ahí, lo normal. Por desgracia, en secundaria todo va más allá. La familia de los capullos florales, con su patulea y progenitores al frente, nos han declarado la guerra por aquel incidente. ¡Qué desfachatez arrebatárselo a su vástago! A pesar de que el Jefe de Estudios pensaba devolvérselo en cuanto se personaran ante él, la matriarca mandó ejecutar. Al día siguiente, una inscripción pomposa (“jodido cabrón”) apareció impresa sobre la carrocería del flamante Lancia cuyas letras, me refiero a las mensualidades, no a la gamberrada, aún hoy sigue abonando religiosamente el máximo responsable de la disciplina del Centro.
¡Ah, no! El incidente no finalizó ahí. ¡Las cosas en Secundaria siempre van más allá! Y nuestra Orientadora hubo de escuchar, cuando transitaba la calle de paisana, comentarios ingeniosísimos sobre la higiene de sus cavidades vaginales, sobre el supuesto hedor que estas desprenden. Lo normal, vaya. Lo más normal del mundo es que te griten eso por haber requisado un móvil. Le quitas el cachivache tecnológico a un hijo de mala madre y te acuchillan oral y drásticamente. Solo les falta atropellarnos con el coche, claro. No lo descarto, claro. Eso, no, pero otras cosas sí las han hecho ya. Mientras meditábamos cómo se podía contraatacar, cuál debía ser la respuesta del IES, recibo una llamada al teléfono de conserjería. Preguntan por mí y, a decir verdad, me contoneo telúricamente mientras me falta el aliento. Es la policía y me pregunta por Óscar de la Rosa. Van a denunciarme y, tal vez, deba prestar declaración de forma inminente.
Hagan memoria. ¿Me denuncian por las treinta horas que pasé tratando de cambiar la conducta de su hijo? ¿Me denuncian por haber intentado enseñarle Lengua, sin éxito, cinco meses? ¿Acaso la causa última de la denuncia es que he telefoneado a sus padres catorce veces para tratar de mejorar la conducta de Óscar? ¿Será por el millón de faltas de asistencia que he tenido que notar y anotar en SÉNECA? No, claro. ¡Eso tampoco es el motivo! Hagan memoria. Me denuncian, cito textualmente, por realizar una “fotografía a un menor de edad, sin consentimiento y en una actitud vejatoria”. ¿Se imaginan? Estas, y no otras, son las cosas de secundaria. Se te quitan las ganas de todo. De educar, de meterte en líos, de tomártelo en serio, de cambiar el mundo. El hombre es lobo para el hombre y algunos padres, directamente, te hacen sentir ganas de aplicar sobre tus orificios nasales, para no percibir el aroma a ponzoña, la máscara de despresurización de cabina. Perdemos altura. Moral.
En cierta ocasión una de nuestras compañeras le confiscó el móvil y él se puso hecho un basilisco, más quemado que la propia metáfora. Durante tres horas la persiguió tratando de recuperarlo, a toda costa. A todas las horas (del día) atosigó a su profesora sin dejar de repetirle que se trataba de un error: haberlo sacado y haber mandado mensajes, y jugado a dos o tres juego, y echado cuatro o cinco fotos, y reproducido un vídeo porno, no eran suficientes motivos para confiscárselo. Tan pesado se puso el interfecto que se arrodilló y paseó de esa guisa tras la docente por toda la planta baja. Pasé a su lado y el individuo me pidió que le echara una fotografía para el periódico del Instituto. Se reía, mientras nosotros le pedíamos que se pusiera en pie. Pensé que era revelador y apreté el gatillo del móvil. La borré minutos más tarde: nunca sacamos primeros planos de menores en la revista.
Hasta ahí, lo normal. Por desgracia, en secundaria todo va más allá. La familia de los capullos florales, con su patulea y progenitores al frente, nos han declarado la guerra por aquel incidente. ¡Qué desfachatez arrebatárselo a su vástago! A pesar de que el Jefe de Estudios pensaba devolvérselo en cuanto se personaran ante él, la matriarca mandó ejecutar. Al día siguiente, una inscripción pomposa (“jodido cabrón”) apareció impresa sobre la carrocería del flamante Lancia cuyas letras, me refiero a las mensualidades, no a la gamberrada, aún hoy sigue abonando religiosamente el máximo responsable de la disciplina del Centro.
¡Ah, no! El incidente no finalizó ahí. ¡Las cosas en Secundaria siempre van más allá! Y nuestra Orientadora hubo de escuchar, cuando transitaba la calle de paisana, comentarios ingeniosísimos sobre la higiene de sus cavidades vaginales, sobre el supuesto hedor que estas desprenden. Lo normal, vaya. Lo más normal del mundo es que te griten eso por haber requisado un móvil. Le quitas el cachivache tecnológico a un hijo de mala madre y te acuchillan oral y drásticamente. Solo les falta atropellarnos con el coche, claro. No lo descarto, claro. Eso, no, pero otras cosas sí las han hecho ya. Mientras meditábamos cómo se podía contraatacar, cuál debía ser la respuesta del IES, recibo una llamada al teléfono de conserjería. Preguntan por mí y, a decir verdad, me contoneo telúricamente mientras me falta el aliento. Es la policía y me pregunta por Óscar de la Rosa. Van a denunciarme y, tal vez, deba prestar declaración de forma inminente.
Hagan memoria. ¿Me denuncian por las treinta horas que pasé tratando de cambiar la conducta de su hijo? ¿Me denuncian por haber intentado enseñarle Lengua, sin éxito, cinco meses? ¿Acaso la causa última de la denuncia es que he telefoneado a sus padres catorce veces para tratar de mejorar la conducta de Óscar? ¿Será por el millón de faltas de asistencia que he tenido que notar y anotar en SÉNECA? No, claro. ¡Eso tampoco es el motivo! Hagan memoria. Me denuncian, cito textualmente, por realizar una “fotografía a un menor de edad, sin consentimiento y en una actitud vejatoria”. ¿Se imaginan? Estas, y no otras, son las cosas de secundaria. Se te quitan las ganas de todo. De educar, de meterte en líos, de tomártelo en serio, de cambiar el mundo. El hombre es lobo para el hombre y algunos padres, directamente, te hacen sentir ganas de aplicar sobre tus orificios nasales, para no percibir el aroma a ponzoña, la máscara de despresurización de cabina. Perdemos altura. Moral.
Carta de un viejo amigo (inédito)
Manuel es delegado de la Facultad de Filología Hispánica. Hace unos días se puso en contacto conmigo para pedirme una columna prestada. Y yo, que no sé decirle que no a los amigos, cuando estos tienen motivos para recibir un “sí”, así lo he hecho. Cito. Esta columna no es mía, que conste. Le presto mi voz.
Se ha gastado ya suficiente tinta en mentir sobre la reforma universitaria europea (el famoso “Plan Bolonia”); de ahí que, a estas alturas del juego, sólo quepa retar a sus defensores a un debate público en el que se analicen, no abstracciones, sino datos concretos y leyes entrecomilladas. No sé a quién pretenderán engañar con la milonga de que en realidad “todo seguirá igual”. Algo así sólo puede sostenerse desde el más absoluto desconocimiento de la legislación educativa de la última década. ¿Para qué organizan entonces todo este cambio a nivel europeo, costoso, polémico y problemático? ¿Para qué entonces esa obsesión con que todo esto salga adelante, llegando a reprimir, expulsar y judicializar a los estudiantes?
Es insultante que resten veracidad a nuestras afirmaciones. Es incurrir en un falso debate. Podemos debatir si nos parece bien o mal que el agua tenga la propiedad de mojar, pero no podemos debatir seriamente con alguien que afirma que el agua en realidad seca. La incursión de empresas privadas en la financiación, dirección y gestión de la institución universitaria, a través de los Consejos Sociales y la ANECA, es algo que figura explícitamente en la LOU y el Real Decreto 1393/2007. ¿Cómo negar la existencia de leyes que son hechos y que han sido publicadas en el BOE?
En un debate con un mínimo de seriedad, los pro-Bolonia tendrían que argumentar por qué para ellos es positivo que los empresarios asuman esas funciones. Negando hechos sólo consiguen hacer el ridículo. ¿Cómo negar la subida del precio de las carreras si esa medida ha sido aprobada por la Conferencia General de Política Universitaria y publicada en prensa? ¿Cómo negar que las nuevas carreras de Bolonia van a ser mera formación profesional, si es lo que dicen las propias leyes que tanto defienden? ¿Cómo negar que han bajado las becas, si cualquier persona que tenga internet puede consultar el Real Decreto 675/2008 y verlo con sus propios ojos? ¿Cómo negar que la única posibilidad de formación especializada será hacer un carísimo máster, o que el 90% de ellos no están becados, si esto es algo que reconoció públicamente el propio Gobierno y no tienes más que ir a matricularte en uno para comprobarlo? Si no tienes dinero, no podrás estudiar. Pero si no trabajas, no tendrás dinero. Al establecerse la asistencia obligatoria, no podrás trabajar. Ergo estás acabado.
Con las nuevas prácticas en empresas, ¿dónde vas a trabajar cuando te gradúes? Muchos puestos de trabajo estarán siempre cubiertos por estudiantes en prácticas. ¿Qué empresario te va a contratar si puede disponer de trabajadores gratuitos cada año? ¿Cómo las grandes fortunas van a estar contra Bolonia, a la vista de eso, o a la vista de que los bancos podrán ofrecer “becas-préstamo” con intereses a los estudiantes? Si, como dicen las nuevas leyes, la concesión de financiación pública se condiciona a la previa obtención de financiación privada o al número de empresas creadas por los graduados, ¿qué será de las humanidades? ¿Quién financiará la filosofía, la historia, la literatura o el arte?
Estas son sólo algunas de las preguntas que los estudiantes hacemos y que nuestro Gobierno, que se dice progresista, se niega a contestar. Mientras tanto, a la espera de algún argumento que nos rebata, lo seguiremos gritando bien alto: ¡No a Bolonia!
Se ha gastado ya suficiente tinta en mentir sobre la reforma universitaria europea (el famoso “Plan Bolonia”); de ahí que, a estas alturas del juego, sólo quepa retar a sus defensores a un debate público en el que se analicen, no abstracciones, sino datos concretos y leyes entrecomilladas. No sé a quién pretenderán engañar con la milonga de que en realidad “todo seguirá igual”. Algo así sólo puede sostenerse desde el más absoluto desconocimiento de la legislación educativa de la última década. ¿Para qué organizan entonces todo este cambio a nivel europeo, costoso, polémico y problemático? ¿Para qué entonces esa obsesión con que todo esto salga adelante, llegando a reprimir, expulsar y judicializar a los estudiantes?
Es insultante que resten veracidad a nuestras afirmaciones. Es incurrir en un falso debate. Podemos debatir si nos parece bien o mal que el agua tenga la propiedad de mojar, pero no podemos debatir seriamente con alguien que afirma que el agua en realidad seca. La incursión de empresas privadas en la financiación, dirección y gestión de la institución universitaria, a través de los Consejos Sociales y la ANECA, es algo que figura explícitamente en la LOU y el Real Decreto 1393/2007. ¿Cómo negar la existencia de leyes que son hechos y que han sido publicadas en el BOE?
En un debate con un mínimo de seriedad, los pro-Bolonia tendrían que argumentar por qué para ellos es positivo que los empresarios asuman esas funciones. Negando hechos sólo consiguen hacer el ridículo. ¿Cómo negar la subida del precio de las carreras si esa medida ha sido aprobada por la Conferencia General de Política Universitaria y publicada en prensa? ¿Cómo negar que las nuevas carreras de Bolonia van a ser mera formación profesional, si es lo que dicen las propias leyes que tanto defienden? ¿Cómo negar que han bajado las becas, si cualquier persona que tenga internet puede consultar el Real Decreto 675/2008 y verlo con sus propios ojos? ¿Cómo negar que la única posibilidad de formación especializada será hacer un carísimo máster, o que el 90% de ellos no están becados, si esto es algo que reconoció públicamente el propio Gobierno y no tienes más que ir a matricularte en uno para comprobarlo? Si no tienes dinero, no podrás estudiar. Pero si no trabajas, no tendrás dinero. Al establecerse la asistencia obligatoria, no podrás trabajar. Ergo estás acabado.
Con las nuevas prácticas en empresas, ¿dónde vas a trabajar cuando te gradúes? Muchos puestos de trabajo estarán siempre cubiertos por estudiantes en prácticas. ¿Qué empresario te va a contratar si puede disponer de trabajadores gratuitos cada año? ¿Cómo las grandes fortunas van a estar contra Bolonia, a la vista de eso, o a la vista de que los bancos podrán ofrecer “becas-préstamo” con intereses a los estudiantes? Si, como dicen las nuevas leyes, la concesión de financiación pública se condiciona a la previa obtención de financiación privada o al número de empresas creadas por los graduados, ¿qué será de las humanidades? ¿Quién financiará la filosofía, la historia, la literatura o el arte?
Estas son sólo algunas de las preguntas que los estudiantes hacemos y que nuestro Gobierno, que se dice progresista, se niega a contestar. Mientras tanto, a la espera de algún argumento que nos rebata, lo seguiremos gritando bien alto: ¡No a Bolonia!
Pandora y otros cuentos
Siempre he pensado en la cara de tonta que se le quedaría a Pandora tras ver todo lo que manó de su caja. En el fondo, supongo, albergaba la esperanza de que todo saliera bien, de que todo lo que saliera fuera el bien. Dentro solo quedó la esperanza. Tal vez, segundos más tarde, cerrara la caja con la esperanza de que el efecto fuera reversible pero, en efecto, como la esperanza es lo único que aún seguía dentro, esta réplica no funcionó. Resultó, por tanto, que nada tenía arreglo. Cualquier intento de mejora traía consigo más fracasos, más dolor y más ira. Al fin y al cabo, su historia había terminado. Su error será más recordado que aquel de Arconada. En ocasiones la ESO me recuerda a esa caja que siempre debió permanecer cerrada y a ese balón sin ocasión, deslizándose bajo el cuerpo de nuestro arquero. ¿Por qué la abrieron? ¿Por qué se inició todo este proceso, si antes las cosas funcionaban mejor, si no había peligro, si no era necesario, si era evitable? Ahora, pasados los años, no tenemos una situación más próspera, ni hemos logrado alumnos más competentes: la progresión de las promociones demuestra que alguien se equivocó. Desconozco qué persona tendría entre sus dedos la firma última, pero sí sé que cometió una pifia terrible y que por su culpa nos la colaron a todos.
Caroline es escocesa y tiene catorce años. La veo llorar y montarse en su avión. A lo largo de estos meses lo ha hecho con frecuencia. En virtud del plan bilingüe vino de intercambio con la mala suerte de que su IES adoptivo está en un barrio “con riego de exclusión social”. Se vio de pronto rodeada de gitanos que no comprendían el inglés, obligada a tomar puchero por las noches, incapaz de asimilar por qué se cena a las diez, si ella a esa hora se halla siempre en el séptimo sueño. No basta. “Esta niña es muy rara: no se come ni el puchero, ni la pringá. ¡Será posible!” Y Caroline lloraba deseosa de reparar su realidad de siempre. Por cierto, ahora que cada uno retornó a su casa, solo me preocupa la cara de espanto del patriarca al ver el vestuario que se gasta el Cristóbal ahora que ha vuelto al barrio. “A nuestro hijo nos lo han amariconado, Mari. ¡Nos lo han amariconado! ¡Estos guiris son todos una panda de sarasas y el niño se ha vuelto igual que ellos!”
Contemplo a una maestra de sesenta años descompuesta, con el alma caída bajo los pies, mientras corrige exámenes. “Cuyami, ¡no es posible! ¡Ya lo he visto todo! Treinta años dedicada a la enseñanza y… ¡Solo esto me quedaba por ver! ¿Puedes creerte que la nota más alta en lengua española la haya sacado una chica ecuatoriana? ¡Eso es intolerable! ¡Es lo que me faltaba!” Trato de hacerle entender a mi compañera que los ecuatorianos también hablan español y que si Johanna ha realizado un examen tan imponente es porque su familia le ha inculcado la importancia que el trabajo tiene para la vida… pero ella está en otra onda. Honestamente creo que muchos docentes mayores han perdido la capacidad para escuchar. Hablan, hablan y están acostumbrados a hablar. En realidad, no buscan una respuesta, les engatusa el reflejo de su propio eco. Esa es su finalidad en sí misma y en sí mismos.
En la vorágine gris del patio descubro a un chico de primero que tiene el puño de otro marcado sobre el ojo. Se niega a revelar el nombre del agresor. Lo llevaría a la enfermería, pero no hay. La conserje tiene un botiquín, pero decido acompañarlo al centro de salud no vaya a ser que tenga algún daño en la córnea y nos ganemos, encima, una denuncia de sus padres. Por el camino, le pido que me explique lo sucedido y se niega. Medito mis posibles extorsiones y finalmente me decanto por la más agresiva. “Vale, te lo has ganado… ¡diré a todos que te lo hizo una chica! Diré que no fuiste capaz de defenderte y que una chica de primero te pegó”. Lo hago con la esperanza de herir su orgullo, pero con la suficiente sorna como para recular si me veo obligado a ello. “Maestro, ¿cómo sabes que fue eso lo que pasó? ¿Quién te lo ha dicho? ¡Mataré a quien te lo haya dicho!”. Mientras transcurre mi hora de guardia, sentado en la sala de espera, mientras las viejas del pueblo se afanan en colarse porque hay médico nuevo y todas están ansiosas por conocerlo y que les tomen la tensión, lo miro y me apiado de sus lágrimas. “Óscar, no te sientas mal… Las cosas han cambiado. ¡Ya sabes cómo se las gastan las chicas de tu edad! Tienen muchísima fuerza y bastante mala leche. Lo que te ha pasado a ti, nos ha pasado a todos alguna vez”.
Caroline es escocesa y tiene catorce años. La veo llorar y montarse en su avión. A lo largo de estos meses lo ha hecho con frecuencia. En virtud del plan bilingüe vino de intercambio con la mala suerte de que su IES adoptivo está en un barrio “con riego de exclusión social”. Se vio de pronto rodeada de gitanos que no comprendían el inglés, obligada a tomar puchero por las noches, incapaz de asimilar por qué se cena a las diez, si ella a esa hora se halla siempre en el séptimo sueño. No basta. “Esta niña es muy rara: no se come ni el puchero, ni la pringá. ¡Será posible!” Y Caroline lloraba deseosa de reparar su realidad de siempre. Por cierto, ahora que cada uno retornó a su casa, solo me preocupa la cara de espanto del patriarca al ver el vestuario que se gasta el Cristóbal ahora que ha vuelto al barrio. “A nuestro hijo nos lo han amariconado, Mari. ¡Nos lo han amariconado! ¡Estos guiris son todos una panda de sarasas y el niño se ha vuelto igual que ellos!”
Contemplo a una maestra de sesenta años descompuesta, con el alma caída bajo los pies, mientras corrige exámenes. “Cuyami, ¡no es posible! ¡Ya lo he visto todo! Treinta años dedicada a la enseñanza y… ¡Solo esto me quedaba por ver! ¿Puedes creerte que la nota más alta en lengua española la haya sacado una chica ecuatoriana? ¡Eso es intolerable! ¡Es lo que me faltaba!” Trato de hacerle entender a mi compañera que los ecuatorianos también hablan español y que si Johanna ha realizado un examen tan imponente es porque su familia le ha inculcado la importancia que el trabajo tiene para la vida… pero ella está en otra onda. Honestamente creo que muchos docentes mayores han perdido la capacidad para escuchar. Hablan, hablan y están acostumbrados a hablar. En realidad, no buscan una respuesta, les engatusa el reflejo de su propio eco. Esa es su finalidad en sí misma y en sí mismos.
En la vorágine gris del patio descubro a un chico de primero que tiene el puño de otro marcado sobre el ojo. Se niega a revelar el nombre del agresor. Lo llevaría a la enfermería, pero no hay. La conserje tiene un botiquín, pero decido acompañarlo al centro de salud no vaya a ser que tenga algún daño en la córnea y nos ganemos, encima, una denuncia de sus padres. Por el camino, le pido que me explique lo sucedido y se niega. Medito mis posibles extorsiones y finalmente me decanto por la más agresiva. “Vale, te lo has ganado… ¡diré a todos que te lo hizo una chica! Diré que no fuiste capaz de defenderte y que una chica de primero te pegó”. Lo hago con la esperanza de herir su orgullo, pero con la suficiente sorna como para recular si me veo obligado a ello. “Maestro, ¿cómo sabes que fue eso lo que pasó? ¿Quién te lo ha dicho? ¡Mataré a quien te lo haya dicho!”. Mientras transcurre mi hora de guardia, sentado en la sala de espera, mientras las viejas del pueblo se afanan en colarse porque hay médico nuevo y todas están ansiosas por conocerlo y que les tomen la tensión, lo miro y me apiado de sus lágrimas. “Óscar, no te sientas mal… Las cosas han cambiado. ¡Ya sabes cómo se las gastan las chicas de tu edad! Tienen muchísima fuerza y bastante mala leche. Lo que te ha pasado a ti, nos ha pasado a todos alguna vez”.
jueves, 26 de febrero de 2009
¿Nota o tiempo?
Dicen que el tiempo todo lo cura, pero no me queda claro qué cura al tiempo. En el mundo de los interinos, el tiempo siempre lo ha sido todo. Si llevas en el cuerpo dos meses eres mercancía. Sin embargo, aquellos que alcanzan la mayoría de edad tienen más privilegios que aquellos que somos funcionarios. Encuentras interinos que, tras quince o veinte años siéndolo, no desean sacar las oposiciones porque ello los arrastraría a perder su posición de privilegio: los funcionarios, los que comienzan a serlo, han de peregrinar por destinos lamentables. La interinidad prolongada te asegura cierta bonanza. Cambias cada dos años de centro, cierto; pero no te apartas de tu capital porque eres siempre el número uno para cubrir vacantes y eso, aunque parezca extraño, es algo que da privilegios a los cuales los funcionarios tardamos décadas en aspirar.
De pronto, y sin preguntar a nadie, la Junta toma la siguiente determinación: “ordenaremos las bolsas según la nota de las oposiciones y no en virtud de la antigüedad”. Cada dos años será preciso ganarse el jornal. Según esto, todos aquellos que se apoltronaron, tiempo ha, en una hamaca incierta a la par que confortable, serán precipitados, caerán de su estatus, serán vareados y, de pura madurez, los sustituirán los opositores del mañana, aquellos que parte de cero, máquinas de estudiar que se quedaron en las puertas del Olimpo. ¿Y ahora qué? ¿Qué opinión os doy, si no lo tengo claro? Existe cierto nerviosismo porque podría darse el caso de que cientos de hipotecas se queden en suspenso, muchos sean arrojados al paro tras muchos años, se queden esperando una llamada que no volvería a llegar. Algunos, mayores, sin recursos neuronales para acometer unas oposiciones, remojan sus barbas. ¿Ha de regalárseles, de nuevo, la plaza a los “pata negra”, por caridad cristiana? ¿Convertimos en funcionario a todo aquel que lleve en esto cierto número de años, también a todos aquellos que no desean serlo? Me quedo sin ideas.
Pienso en todos los chicos que buscan su sueño de ser profesores. En muchos casos, y tras unas oposiciones lamentables, tras enfrentarse a un sistema injustísimo tras el que ni siquiera se les explicó qué nota sacaron en cada examen, sin oportunidad alguna de reclamar con solvencia, tras años preparándose, se encuentran sin nada. Y merecen más, claro. Merecen ser profesores porque son, a día de hoy, los mejores y más preparados de entre todos los aspirantes. También es cierto que me encuentro cada día con interinos abnegados que no atesoran en su haber tantos conocimientos, pero que sí cuentan con mucha experiencia, que llevan en esto muchos más años que yo, que tienen una solvencia insultante a la hora de enfrentarse a los quehaceres del día a día. ¿Qué hacemos? ¿Cómo lo resolvemos?
La cuerda se romperá por el extremo más débil. Como siempre. En este caso, los interinos lo tienen todo entre sus manos. Se acerca una huelga… y funcionará. Al fin y al cabo, el uso indica que está mal dejar en la calle, sin trabajar (que es lo mismo), a docentes que llevan mucho tiempo haciéndolo bien. Nótese que una parte de mí me obliga a decir que algunos se lo merecerían porque descuidaron su formación hace tiempo y ofrecen un rendimiento lamentable. No obstante, ¿cuántas personas justas hacían falta para salvar Sodoma y Gomorra de la quema? Los hay. Hay muchos interinos que merecen que esta columna los apoye, aunque no puedo mostrarme incondicional porque ocurre, esta vez, que ninguna de las soluciones es justa del todo. Resulta cruel quitarle la vista a quien ve. El ciego de nacimiento no ansía ver, aunque los videntes creamos que sí. No sé, es raro. En ambos bandos tengo compañeros y no quiero frivolizar con el pan de nadie. ¿Los ordenamos por nota o por tiempo de servicio? En cualquier caso… es duro. Me pone triste este tema. Mi única certeza es que la decisión debe ser sostenible y sostenida. ¡Todos estamos hartos de que las normas del juego cambien con tanta frecuencia! No somos mercancía. No somos maquinaria. No buscamos el PER. Queremos trabajar y hemos luchado muchísimo para poder hacerlo. Queremos reglas claras e inamovibles. Así todos sabremos a qué jugar y no habrá llantos en septiembre. Así nadie se meterá en hipotecas cuyo pago depende de una firma, de una publicación en web, de los peregrinos designios de alguien que jamás da la cara. Que conste: por si acaso, yo haré huelga junto con mis compañeros interinos. No es mi guerra, pero ellos me salvan la vida todas las mañanas. Estamos juntos en esto. Supongo.
De pronto, y sin preguntar a nadie, la Junta toma la siguiente determinación: “ordenaremos las bolsas según la nota de las oposiciones y no en virtud de la antigüedad”. Cada dos años será preciso ganarse el jornal. Según esto, todos aquellos que se apoltronaron, tiempo ha, en una hamaca incierta a la par que confortable, serán precipitados, caerán de su estatus, serán vareados y, de pura madurez, los sustituirán los opositores del mañana, aquellos que parte de cero, máquinas de estudiar que se quedaron en las puertas del Olimpo. ¿Y ahora qué? ¿Qué opinión os doy, si no lo tengo claro? Existe cierto nerviosismo porque podría darse el caso de que cientos de hipotecas se queden en suspenso, muchos sean arrojados al paro tras muchos años, se queden esperando una llamada que no volvería a llegar. Algunos, mayores, sin recursos neuronales para acometer unas oposiciones, remojan sus barbas. ¿Ha de regalárseles, de nuevo, la plaza a los “pata negra”, por caridad cristiana? ¿Convertimos en funcionario a todo aquel que lleve en esto cierto número de años, también a todos aquellos que no desean serlo? Me quedo sin ideas.
Pienso en todos los chicos que buscan su sueño de ser profesores. En muchos casos, y tras unas oposiciones lamentables, tras enfrentarse a un sistema injustísimo tras el que ni siquiera se les explicó qué nota sacaron en cada examen, sin oportunidad alguna de reclamar con solvencia, tras años preparándose, se encuentran sin nada. Y merecen más, claro. Merecen ser profesores porque son, a día de hoy, los mejores y más preparados de entre todos los aspirantes. También es cierto que me encuentro cada día con interinos abnegados que no atesoran en su haber tantos conocimientos, pero que sí cuentan con mucha experiencia, que llevan en esto muchos más años que yo, que tienen una solvencia insultante a la hora de enfrentarse a los quehaceres del día a día. ¿Qué hacemos? ¿Cómo lo resolvemos?
La cuerda se romperá por el extremo más débil. Como siempre. En este caso, los interinos lo tienen todo entre sus manos. Se acerca una huelga… y funcionará. Al fin y al cabo, el uso indica que está mal dejar en la calle, sin trabajar (que es lo mismo), a docentes que llevan mucho tiempo haciéndolo bien. Nótese que una parte de mí me obliga a decir que algunos se lo merecerían porque descuidaron su formación hace tiempo y ofrecen un rendimiento lamentable. No obstante, ¿cuántas personas justas hacían falta para salvar Sodoma y Gomorra de la quema? Los hay. Hay muchos interinos que merecen que esta columna los apoye, aunque no puedo mostrarme incondicional porque ocurre, esta vez, que ninguna de las soluciones es justa del todo. Resulta cruel quitarle la vista a quien ve. El ciego de nacimiento no ansía ver, aunque los videntes creamos que sí. No sé, es raro. En ambos bandos tengo compañeros y no quiero frivolizar con el pan de nadie. ¿Los ordenamos por nota o por tiempo de servicio? En cualquier caso… es duro. Me pone triste este tema. Mi única certeza es que la decisión debe ser sostenible y sostenida. ¡Todos estamos hartos de que las normas del juego cambien con tanta frecuencia! No somos mercancía. No somos maquinaria. No buscamos el PER. Queremos trabajar y hemos luchado muchísimo para poder hacerlo. Queremos reglas claras e inamovibles. Así todos sabremos a qué jugar y no habrá llantos en septiembre. Así nadie se meterá en hipotecas cuyo pago depende de una firma, de una publicación en web, de los peregrinos designios de alguien que jamás da la cara. Que conste: por si acaso, yo haré huelga junto con mis compañeros interinos. No es mi guerra, pero ellos me salvan la vida todas las mañanas. Estamos juntos en esto. Supongo.
sábado, 14 de febrero de 2009
La caída de la moto
Solo he montado en moto tres veces en toda mi vida. La tercera (y última) de esas veces me caí. Decidí no levantarme, porque me dolían las heridas. No fui capaz de volver a subirme nunca más, por eso. Pasado el dolor, otra cicatriz aún perdura. Se llama miedo. Un experto motorista me reprendió una vez y me aseguró que si te vas al suelo tienes que ponerte en pie en el mismo instante o, si no lo logras hacer así, ya nunca más volverás a hacerlo. Eso me pasó a mí. Y precisamente de esa experiencia me acuerdo al ver un nuevo caso de violencia en las aulas. ¡Lamento que mi asociación de ideas sea tan caótica! El profesor, tras recibir la agresión, decidió volver a clase al día siguiente. Todavía con los golpes y los hematomas sobre la piel. Todavía la madre del zagal seguía en los medios de comunicación, justificando a su mozuelo. Con la cabeza turbia y las manos temblorosas, imagino a ese hombre abrochándose la camisa, tomando el maletín y saliendo de casa. ¿Intuyen cuánto miedo tendría?
Durante las horas previas, todo el centro escolar murmuraría si sería capaz, si tendría arrestos. ¿Imaginan los primeros instantes de aquella clase, la tiza en la mano, las ganas de reír, de llorar, de golpear la pared y de implorar que aquello no es justo? ¡Porque no lo es! ¡Porque nuevamente vuelve a no serlo! A todo el mundo le parece mal, claro. La violencia es mala: eso está claro. Todo el mundo habla, todo el mundo se duele ahora… ¡pero nosotros seguiremos jugándonosla cada día y ya no nos basta con un poco de solidaridad aislada! ¿Es que eso nadie lo ve? Mañana se olvidará todo, nadie lo mirará diferente y… ¿después qué? ¿Dónde se dará el siguiente caso? ¿Cuántas columnas como esta tendré que escribir? ¿Cuánto tiempo tardará mi editor en decirme que ha dejado de ser noticia y que me busque otro tema? Pero, de todo, lo que más me preocupa es cuántos se suben a la moto, sin decir nada, y tiemblan mientras leen estas palabras, y recuerdan el golpe, una y otra vez, por hacer su trabajo con amor, por esforzarse cada mañana por ofrecer una alternativa a los chicos, por tratar de cambiar el mundo. ¿Eso es lo que nos merecemos?
Las guardias suelen ser extrañas. A veces en ellas no ocurre nada. Otras veces se convierten en los peores momentos de la semana. Son… imprevisibles. El docente recorre un pasillo. Imagino la calma vívida de dentro de las aulas, como si la viviera cada día. Confuso, descubre a uno de los chicos en el pasillo. No debe estar ahí y él se limita a aplicar la norma. Ya está. Eso es todo. Estaba expulsado. Un par de patadas. Nos movemos en esos tensos minutos que transcurren entre que el jefe de estudios firma el parte de expulsión y el responsable legal del muchacho se acerca al IES a recogerlo. Mientras estás en el limbo, nada ni nadie puede decirte nada. No existe algo más peligroso que una persona que no tiene nada que perder. Bueno, vale, lo retiro: hay algo más peligroso. Las personas que no tienen nada que perder y que están drogadas son aún más peligrosas.
Corolarios. UNO: considero necesario poner guardias jurados en las puertas de muchos centros. DOS: sería interesante contar con educadores sociales en los IES para tratar con los alumnos que presentan perfiles potencialmente agresivos y que escapan a nuestras capacitaciones. TRES: los docentes que sufren agresiones deberían tener la opción de cambiar de Centro, de forma digna e inmediata. CUATRO: la Ley del Menor ampara demasiadas carnicerías y es necesario endurecerla. CINCO: los problemas de convivencia seguirán existiendo mientras no haya una alternativa eficaz para todos aquellos alumnos que no quieren estudiar y que han de seguir escolarizados. SEIS: ¿por qué los docentes no nos movilizamos de forma contundente, por fin? SIETE: ¿y para cuándo seremos autoridad? OCHO: me encantaría ver verdaderas redadas en busca de droga, en muchos centros y castigos ejemplarizantes, a diario. NUEVE: ¿para qué sirven los planes de “escuela: espacio de paz”? Nuevamente ocurre una agresión en un centro acogido a este marbete. ¿Por qué no invertir en personal cualificado y derogarlos? DIEZ: sería interesante meditar el pago de un “plus de peligrosidad” para todos aquellos docentes que trabajan en centros costeros, en barrios suburbiales, en contacto con minorías conflictivas. El agravio comparativo es grande. Ellos realizan un trabajo diferente y deberían cobrar más, puesto que realizan un trabajo más peligroso.
Durante las horas previas, todo el centro escolar murmuraría si sería capaz, si tendría arrestos. ¿Imaginan los primeros instantes de aquella clase, la tiza en la mano, las ganas de reír, de llorar, de golpear la pared y de implorar que aquello no es justo? ¡Porque no lo es! ¡Porque nuevamente vuelve a no serlo! A todo el mundo le parece mal, claro. La violencia es mala: eso está claro. Todo el mundo habla, todo el mundo se duele ahora… ¡pero nosotros seguiremos jugándonosla cada día y ya no nos basta con un poco de solidaridad aislada! ¿Es que eso nadie lo ve? Mañana se olvidará todo, nadie lo mirará diferente y… ¿después qué? ¿Dónde se dará el siguiente caso? ¿Cuántas columnas como esta tendré que escribir? ¿Cuánto tiempo tardará mi editor en decirme que ha dejado de ser noticia y que me busque otro tema? Pero, de todo, lo que más me preocupa es cuántos se suben a la moto, sin decir nada, y tiemblan mientras leen estas palabras, y recuerdan el golpe, una y otra vez, por hacer su trabajo con amor, por esforzarse cada mañana por ofrecer una alternativa a los chicos, por tratar de cambiar el mundo. ¿Eso es lo que nos merecemos?
Las guardias suelen ser extrañas. A veces en ellas no ocurre nada. Otras veces se convierten en los peores momentos de la semana. Son… imprevisibles. El docente recorre un pasillo. Imagino la calma vívida de dentro de las aulas, como si la viviera cada día. Confuso, descubre a uno de los chicos en el pasillo. No debe estar ahí y él se limita a aplicar la norma. Ya está. Eso es todo. Estaba expulsado. Un par de patadas. Nos movemos en esos tensos minutos que transcurren entre que el jefe de estudios firma el parte de expulsión y el responsable legal del muchacho se acerca al IES a recogerlo. Mientras estás en el limbo, nada ni nadie puede decirte nada. No existe algo más peligroso que una persona que no tiene nada que perder. Bueno, vale, lo retiro: hay algo más peligroso. Las personas que no tienen nada que perder y que están drogadas son aún más peligrosas.
Corolarios. UNO: considero necesario poner guardias jurados en las puertas de muchos centros. DOS: sería interesante contar con educadores sociales en los IES para tratar con los alumnos que presentan perfiles potencialmente agresivos y que escapan a nuestras capacitaciones. TRES: los docentes que sufren agresiones deberían tener la opción de cambiar de Centro, de forma digna e inmediata. CUATRO: la Ley del Menor ampara demasiadas carnicerías y es necesario endurecerla. CINCO: los problemas de convivencia seguirán existiendo mientras no haya una alternativa eficaz para todos aquellos alumnos que no quieren estudiar y que han de seguir escolarizados. SEIS: ¿por qué los docentes no nos movilizamos de forma contundente, por fin? SIETE: ¿y para cuándo seremos autoridad? OCHO: me encantaría ver verdaderas redadas en busca de droga, en muchos centros y castigos ejemplarizantes, a diario. NUEVE: ¿para qué sirven los planes de “escuela: espacio de paz”? Nuevamente ocurre una agresión en un centro acogido a este marbete. ¿Por qué no invertir en personal cualificado y derogarlos? DIEZ: sería interesante meditar el pago de un “plus de peligrosidad” para todos aquellos docentes que trabajan en centros costeros, en barrios suburbiales, en contacto con minorías conflictivas. El agravio comparativo es grande. Ellos realizan un trabajo diferente y deberían cobrar más, puesto que realizan un trabajo más peligroso.
martes, 27 de enero de 2009
¿Cómo derrocar a un dictador?
Una persona íntegra no es aquella que tiene todos los dedos de la mano. Eso parece claro, pero cuesta trabajo encontrar personas íntegras. ¡Qué fácil es descubrir a quien no lo es! Ahora bien, ¿qué ocurre cuando todo el poder de un centro educativo está en las no-íntegras manos de alguien malévolo? Ocurre, lo que siempre ocurre: ese es el germen de las dictaduras, de los conflictos, de las injusticias, de las persecuciones, de los días sin dormir por miedo a las represalias.
Estuve en un Instituto cuyo director se llama Fernando. Fernando Matorrales, para ser más preciso. Suele vérsele vestido con un sombrero de John Wayne y se autodefine como el pistolero más duro del Lejano Occidente. Su máxima es la siguiente: “si algo no salpica, es correcto”. Lo nombraron director porque… Bueno, también Hitler fue elegido democráticamente y ya se sabe cómo terminó aquella historia (a veces la gente tiene un mal día en eso de la toma de decisiones). De todas formas, es un poco distinto. ¡Admito que me he pasado varias villas comparando a este hombre con Hitler! Hitler, al menos, sí era alemán y sí fue escogido tras una votación: Fernando no tiene su plaza allí, lo nombraron a dedo. De hecho, ni siquiera he podido constatar que sea licenciado. Supongo que su mayor virtud es ser socialista y tener buenos amigos. Le pidieron que fuera director cuando el Instituto se inauguró. Desde entonces ha hecho todo lo posible para convertirlo en su cortijo. ¿Les suena de algo? Sí, Fernando Matorrales es socialista, reitero. Es uno de esos socialistas progres que se andan por las ramas, haciendo honor a su apellido, que jamás traman algo bueno, que nació incapaz de decir una verdad sin cinismo, (pero sí) capaz de amenazar, extorsionar, insultar y… supongo que, en privado, también de practicar la sodomía sin consentimiento, desde un punto de vista puramente aspectual y alegórico, claro.
Da clases de Alternativa a un grupo que no tiene alternativa (no es un juego de palabras, es un juego con los horarios… para no trabajar). Dio música a un grupo que no tenía música. Su horario del pasado curso no contemplaba ninguna hora lectiva: ¡toda una plusmarca! Colecciona grupos ficticios o de menos de cinco o seis alumnos (será para no estresarse) y pasa las horas en su despacho haciendo no se sabe muy bien el qué (en los papeles oficiales consta otra cosa). A un compañero, que estaba en prácticas, lo amenazó con pasarle un informe desfavorable para que no llegara a ser funcionario… y así lo hizo, después de estar todo un curso presionándolo. Eliminó una plaza de Matemáticas, condenando a los profesores de Naturales a dar una asignatura que no es la suya, porque le caía mal la compañera que la impartía. ¿Quejas? ¿Protestas? ¡Solo le faltó sacarse su minúscula pistola del pantalón y apuntarnos con ella! Es un matón, un portero de discoteca. Puede hacer lo que quiera en el Centro porque nadie se queja, pues no deja a nadie quejarse. Llega a las diez de la mañana y jamás está en el Centro cuando este cierra. Impone justicia, mercadea con los padres, deja en ridículo a todo aquel que trata de hablar en los claustros en oposición a sus ideas.
Desafortunadamente, ¿es posible derrocar a un director? Para elegir a uno nuevo es conditio sine quae non formar una comisión presidida por el Inspector (que, ¡oh, sorpresa!, es amigo suyo). Para que alguien se presente contra él, tiene que tener cinco años de servicio efectivo. La Comisión evalúa los méritos de los candidatos y lo que prima son los años de dirección, los proyectos hechos como director… ¿qué posibilidad hay de sustituir al actual si todos los aspirantes parten, lógicamente, de cero? Es vitalicio. Es un cargo vitalicio, puesto que nadie con experiencia irá a ese pueblo, pues sería un paso atrás: los únicos que podrían ganarle tienen ya puestos mejores. Seguirá cobrando más que nadie y trabajando menos que nadie. Seguirá pasándose las normas por el forro de su cazadora de cuero. Seguirá amenazando a los tutores jóvenes que lleguen, negando su ayuda a todo aquel que la solicite, provocando lágrimas, mirando su cartera mientras se vende droga ante sus propias narices. Repletas ya de mierda.
Estuve en un Instituto cuyo director se llama Fernando. Fernando Matorrales, para ser más preciso. Suele vérsele vestido con un sombrero de John Wayne y se autodefine como el pistolero más duro del Lejano Occidente. Su máxima es la siguiente: “si algo no salpica, es correcto”. Lo nombraron director porque… Bueno, también Hitler fue elegido democráticamente y ya se sabe cómo terminó aquella historia (a veces la gente tiene un mal día en eso de la toma de decisiones). De todas formas, es un poco distinto. ¡Admito que me he pasado varias villas comparando a este hombre con Hitler! Hitler, al menos, sí era alemán y sí fue escogido tras una votación: Fernando no tiene su plaza allí, lo nombraron a dedo. De hecho, ni siquiera he podido constatar que sea licenciado. Supongo que su mayor virtud es ser socialista y tener buenos amigos. Le pidieron que fuera director cuando el Instituto se inauguró. Desde entonces ha hecho todo lo posible para convertirlo en su cortijo. ¿Les suena de algo? Sí, Fernando Matorrales es socialista, reitero. Es uno de esos socialistas progres que se andan por las ramas, haciendo honor a su apellido, que jamás traman algo bueno, que nació incapaz de decir una verdad sin cinismo, (pero sí) capaz de amenazar, extorsionar, insultar y… supongo que, en privado, también de practicar la sodomía sin consentimiento, desde un punto de vista puramente aspectual y alegórico, claro.
Da clases de Alternativa a un grupo que no tiene alternativa (no es un juego de palabras, es un juego con los horarios… para no trabajar). Dio música a un grupo que no tenía música. Su horario del pasado curso no contemplaba ninguna hora lectiva: ¡toda una plusmarca! Colecciona grupos ficticios o de menos de cinco o seis alumnos (será para no estresarse) y pasa las horas en su despacho haciendo no se sabe muy bien el qué (en los papeles oficiales consta otra cosa). A un compañero, que estaba en prácticas, lo amenazó con pasarle un informe desfavorable para que no llegara a ser funcionario… y así lo hizo, después de estar todo un curso presionándolo. Eliminó una plaza de Matemáticas, condenando a los profesores de Naturales a dar una asignatura que no es la suya, porque le caía mal la compañera que la impartía. ¿Quejas? ¿Protestas? ¡Solo le faltó sacarse su minúscula pistola del pantalón y apuntarnos con ella! Es un matón, un portero de discoteca. Puede hacer lo que quiera en el Centro porque nadie se queja, pues no deja a nadie quejarse. Llega a las diez de la mañana y jamás está en el Centro cuando este cierra. Impone justicia, mercadea con los padres, deja en ridículo a todo aquel que trata de hablar en los claustros en oposición a sus ideas.
Desafortunadamente, ¿es posible derrocar a un director? Para elegir a uno nuevo es conditio sine quae non formar una comisión presidida por el Inspector (que, ¡oh, sorpresa!, es amigo suyo). Para que alguien se presente contra él, tiene que tener cinco años de servicio efectivo. La Comisión evalúa los méritos de los candidatos y lo que prima son los años de dirección, los proyectos hechos como director… ¿qué posibilidad hay de sustituir al actual si todos los aspirantes parten, lógicamente, de cero? Es vitalicio. Es un cargo vitalicio, puesto que nadie con experiencia irá a ese pueblo, pues sería un paso atrás: los únicos que podrían ganarle tienen ya puestos mejores. Seguirá cobrando más que nadie y trabajando menos que nadie. Seguirá pasándose las normas por el forro de su cazadora de cuero. Seguirá amenazando a los tutores jóvenes que lleguen, negando su ayuda a todo aquel que la solicite, provocando lágrimas, mirando su cartera mientras se vende droga ante sus propias narices. Repletas ya de mierda.
miércoles, 21 de enero de 2009
Hoy toca sexo
Tu hija lleva un vestido corto, muy corto, diseñado por Inditex y producido en Asia. Pasó casi dos horas en el tocador. Decía que, claro está, en fin de año no te queda otra. A la postre es la noche más corta del año, pero sus preparativos son extenuantes. El postre llega tarde; luego, las uvas. Las uvas de la ira, que traen consigo negocios horarios, tras las cuales aceptaste que llegara al mediodía, dan inicio a su fiesta. Tiene quince años, pero aduce que pronto cumplirá dieciséis. Su novio ronda los diecinueve. Estudió un ciclo formativo y ahora trabaja de albañil. Tiene un pirsin en la ceja derecha. Tu hija, no. Su novio, aunque dice que no le va el compromiso demasiado. A pesar de lo cual, él no consiente que ella baile con ninguna otra persona. Tampoco ningún otro chico está legitimado para mirarla. ¿Cuántas peleas se iniciarán por ese motivo? Solo él puede hacerlo. Solo él puede tocarla. Bailan. Beben cuatro o cinco copas. La entrada es cara. Hay que beber rápido, porque su marca de ron se agota, porque es obligatorio amortizar los gastos.
Bien pronto, las amigas de tu hija se adentran entre otras presas: se aburren de estar junto a una chica atada a otro chico, sin libertad alguna. Y ella, tras la fuga de estas, recibe ya solo miradas obscenas, pensamientos lúbricos, que están a punto de hacerse realidad. La discoteca es un antro de techos bajos, oscuros, que no posee salida de emergencia. En los servicios hay restos de coca sobre la parte superior de la cisterna y en los lavabos. Las corbatas van poco a poco aflojándose y, de un modo simétrico, los vómitos y las peleas van inundando los espíritus de todos. Inicialmente el novio de tu hija pensó en hacer el amor con ella en los servicios, en esos mismos servicios, pero descubrió que no era adecuado porque es su primera vez. ¡Qué detalle! ¿No te sientes orgulloso? Supo ver que un poco de delicadeza es necesario en instantes así. Por tanto, mantendrán relaciones en su coche.
Mientras salen, apoyada ella sobre los hombros de él, porque ha bebido demasiado, reteniendo las arcadas, con el rímel proscrito y un pendiente menos, suena de fondo la nueva canción del Gobierno. “Stop, tronco, yo no corono rollos con bombos. O con condón o yo pongo stop. Como fosos. Como pozos. Somos dos. O con condón o yo sobro. O con condón… o yo sobro. ¡Bombón! Yo propongo condón como modo. Lo cojo, lo toco, lo pongo… Con condón. Yo floto pronto. Solo con condón. Solo con coco”. Los chicos que aún restan dentro, a muchos de ellos les doy clase, bailan dicha canción y aprenden la lección (lamento el ripio que acabo de perpetrar, pero todo se pega, menos las enfermedades venéreas, claro).
Él pone cara de intelectual y le dice a tu hija al oído: “hoy toca sexo”. Ella se pone nerviosa y se ríe, medio absorta, medio borracha, próxima al desmayo, porque aquel es sin duda el hombre de su vida. Huele mal, todo huele a tabaco, de hecho, pero se montan en el coche y este tiene un ambientador fortísimo. Es un Ibiza de segunda mano, que su tío (el tío del novio de tu hija, no tu hermano) arregló para que el chico acudiera a realizar sus chapuzas. Ha bebido mucho, pero esta columna no trata sobre las colisiones viarias y ni siquiera de los atropellos, aunque sí es cierto que estuvieron a punto de pasar por encima de un par de incautos beodos. Él los reprende y eso parece excitar a tu hija. Al fin y al cabo, es un mal chico. Es destructivo y todo eso, y como no podía ser de otro modo, esa maldad ejerce un poder hipnótico sobre ella.
Paran el coche en un descampado. Son las cuatro menos cuarto de la madrugada. Todavía tiene margen para llevarla a tiempo a casa. Incluso, con un poco de suerte, podrá comer churros antes. Tal vez eso ayude a que los efectos de la intoxicación etílica se le pasen. Ah, ¿de veras sigues leyendo todavía? Lo que acabo de hacer justo ahora se llama “desembrague” en narratología. Muy oportuno. La sangre posterior a la ruptura del himen no fue un problema porque tu hija llevaba un tanga rojo que le regaló una amiga. Al fin y al cabo, aquello sucedió en fin de año y las tradiciones mandan. ¿Qué mejor día para perder la virginidad? ¡Ya estaba tardando! Eso sí, siéntete orgulloso, le dejó claro a su novio, a tu futuro yerno, que ella sin condón no hace nada de nada. Lo cierto es que eso a él le importó un pepino, pero lo importante es el detalle.
Bien pronto, las amigas de tu hija se adentran entre otras presas: se aburren de estar junto a una chica atada a otro chico, sin libertad alguna. Y ella, tras la fuga de estas, recibe ya solo miradas obscenas, pensamientos lúbricos, que están a punto de hacerse realidad. La discoteca es un antro de techos bajos, oscuros, que no posee salida de emergencia. En los servicios hay restos de coca sobre la parte superior de la cisterna y en los lavabos. Las corbatas van poco a poco aflojándose y, de un modo simétrico, los vómitos y las peleas van inundando los espíritus de todos. Inicialmente el novio de tu hija pensó en hacer el amor con ella en los servicios, en esos mismos servicios, pero descubrió que no era adecuado porque es su primera vez. ¡Qué detalle! ¿No te sientes orgulloso? Supo ver que un poco de delicadeza es necesario en instantes así. Por tanto, mantendrán relaciones en su coche.
Mientras salen, apoyada ella sobre los hombros de él, porque ha bebido demasiado, reteniendo las arcadas, con el rímel proscrito y un pendiente menos, suena de fondo la nueva canción del Gobierno. “Stop, tronco, yo no corono rollos con bombos. O con condón o yo pongo stop. Como fosos. Como pozos. Somos dos. O con condón o yo sobro. O con condón… o yo sobro. ¡Bombón! Yo propongo condón como modo. Lo cojo, lo toco, lo pongo… Con condón. Yo floto pronto. Solo con condón. Solo con coco”. Los chicos que aún restan dentro, a muchos de ellos les doy clase, bailan dicha canción y aprenden la lección (lamento el ripio que acabo de perpetrar, pero todo se pega, menos las enfermedades venéreas, claro).
Él pone cara de intelectual y le dice a tu hija al oído: “hoy toca sexo”. Ella se pone nerviosa y se ríe, medio absorta, medio borracha, próxima al desmayo, porque aquel es sin duda el hombre de su vida. Huele mal, todo huele a tabaco, de hecho, pero se montan en el coche y este tiene un ambientador fortísimo. Es un Ibiza de segunda mano, que su tío (el tío del novio de tu hija, no tu hermano) arregló para que el chico acudiera a realizar sus chapuzas. Ha bebido mucho, pero esta columna no trata sobre las colisiones viarias y ni siquiera de los atropellos, aunque sí es cierto que estuvieron a punto de pasar por encima de un par de incautos beodos. Él los reprende y eso parece excitar a tu hija. Al fin y al cabo, es un mal chico. Es destructivo y todo eso, y como no podía ser de otro modo, esa maldad ejerce un poder hipnótico sobre ella.
Paran el coche en un descampado. Son las cuatro menos cuarto de la madrugada. Todavía tiene margen para llevarla a tiempo a casa. Incluso, con un poco de suerte, podrá comer churros antes. Tal vez eso ayude a que los efectos de la intoxicación etílica se le pasen. Ah, ¿de veras sigues leyendo todavía? Lo que acabo de hacer justo ahora se llama “desembrague” en narratología. Muy oportuno. La sangre posterior a la ruptura del himen no fue un problema porque tu hija llevaba un tanga rojo que le regaló una amiga. Al fin y al cabo, aquello sucedió en fin de año y las tradiciones mandan. ¿Qué mejor día para perder la virginidad? ¡Ya estaba tardando! Eso sí, siéntete orgulloso, le dejó claro a su novio, a tu futuro yerno, que ella sin condón no hace nada de nada. Lo cierto es que eso a él le importó un pepino, pero lo importante es el detalle.
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